Xtories

Cuando los sueños se hacen realidad

Llevaba años mirándola con deseo oculto, creyendo que nunca pasaría de la fantasía. Pero esa tarde, cuando ella cerró la puerta y se quitó la ropa, la realidad superó cualquier sueño. Ahora, el secreto pesa más que el placer, y la tentación de romperlo sigue ahí.

Desahogo12K vistas8.3· 13 votos

Nunca he sido un hombre especialmente agraciado, y por eso muchas mujeres me han rechazado. Por esto, aun me cuesta asimilar lo que pasó aquella tarde de verano, quizás una de las veces en las que la vida decidió darme un respiro.

Aunque estoy casado desde hace bastantes años, siempre he estado enamorado en secreto de mi amiga María. Nos conocemos hace muchos años, y aunque ella siempre ha estado en pareja, incluso casándose hace no mucho, siempre he tenido una pequeña esperanza de que se fijara en mi más que como su amigo y confidente. Porque sí, hemos compartido miles de conversaciones bastante subidas de tono y explícitas que no dejaban lugar a la imaginación.

María es una chica más o menos de mi edad, pasando los 30, bastante guapa, alrededor de 1'55, con un buen cuerpo: buena figura, con el peso justo, tetas tamaño medio y un culo que me volvía loco cuando se ponía vaqueros ajustados. Confieso que más de una vez, estando ambas parejas en la playa o piscina, he tenido que retirarme para masturbarme porque la erección era muy descarada y sus bikinis muy cortos de tela.

Un día de verano, un poco antes de salir de trabajar, María me mandó un mensaje preguntándome si podría ayudarla a montar unos muebles de Ikea ya que su marido trabajaba hasta la noche. Ese día yo salía temprano y su casa no me quedaba muy lejos, así que acepté a cambio de algo frío de beber.

Cuando llegue, me abrió la puerta con la ropa de faena, unos pantalones cortos que se ceñían a sus muslos, haciéndolos bastante apetitosos, y una camiseta blanca que transparentaba un sujetador color carne bastante normalito. Me guió al salón, donde estaban las cajas de un armario relativamente grande y un par de mesitas de noche. Estoy bastante fuerte y soy un manitas, así que no me llevó demasiado tiempo montar todo; eso sí, en cuanto terminé me derrumbé en el sofá. María me dio las gracias y me pidió un momento para cambiarse de ropa, ya que las cajas venían con algo de polvo y se había manchado la camiseta y quería hacer algunas compras cuando me acompañara a la calle, así que cerró la puerta de su cuarto. Mientras tanto, yo echaba el rato con el móvil mientras recuperaba un poco el aliento.

Cuando abrió la puerta, levanté la cabeza mientras decía "¿Vam...?". Me quedé sin palabras cuando vi a María con un sujetador negro que realzaba sus pechos, no demasiado grandes pero a los que se podía sacar partido con una buena prenda, y unas braguitas con encaje que dejaban intuir que estaba todo rasurado. Sonrió cuando notó que me quedé sin palabras, algo bastante difícil. "Te dije que te daría algo a cambio. ¿O no lo quieres?", me dijo sin ningún tipo de pudor. Se acercó a mí y comenzó a besarme mientras notaba que me intentaba bajar el pantalón; por supuesto, yo hice todo lo posible por facilitarle el paso.

En el momento que me bajó el pantalón, junto con el calzoncillo, mi pene erecto se levantó a saludar a mi amiga. Siempre había dicho que tengo la polla muy gorda, pero ella se lo tomaba a broma hasta que la vió en directo. La agarró con una mano como pudo, ya que sus manos eran pequeñas y le costaba abarcar, la miró fijamente mientras daba un par de suaves sacudidas y dijo "vaya, pues sí que tenías razón, es muy gorda". Tras soltarla, se puso de pie, avanzó a mi regazo, se retiró la parte de las bragas que cubrían su sexo y se empezó a dejar caer.

Mi cabeza era un hervidero de emociones y pensamientos: qué está pasando, cómo he llegado a esto, por qué hace esto mi amiga... Sentimientos de incredulidad, un poco de culpabilidad, pero ante todo infinitos deseos de disfrutar de aquella amiga a la que llevo tantos años deseando en secreto.

Mi cerebro se apagó en el momento en el que todo mi pene estaba dentro de mi amiga, haciéndola soltar un gemido que nunca había escuchado. En aquel momento me dentro en disfrutar del momento, y creo que ella también, así que nos centramos en follar. Creo recordar que agarré su culo mientras su cadera se movía bombeando mi pene y empecé a azotarla, lo que la hizo excitarse más e ir aun más rápido. Cuando noté que estaba a punto de correrme susurré un tímido "oye...", a lo que ella me contestó "tranquilo, tengo la píldora al día, puedes correrte". Menos mal que me dio permiso, porque justo al terminar la frase hundía mi cabeza entre sus tetas y me corrí dentro de María como no me había corrido nunca. Noté su espalda estirarse hasta el límite mientras recibía mi semen, lo que me dió a entender que le había gustado.

Cuando acabé estábamos ambos sudorosos, así que le pedí que me dejara ducharme y cambiarme de ropa, ya que mi trabajo a veces es un poco sucio y suelo llevarme ropa de recambio. Me metí en la ducha y empecé a darle vueltas a todo lo que había pasado, por qué, qué iba a hacer después... Estaba tan absorto en mis pensamientos que no me dí cuenta que tenía compañía: María había entrado al baño a acercarme una toalla... Y algo más.

María me miró desnudo y mojado, y pensó que ella también tenía que darse una ducha. De un movimiento de muñeca dejó caer el sujetador al suelo, revelándome que los pechos de María eran más grandes de lo que pensaba, y al momento se bajó las bragas. Se había quedado desnuda completamente, una imagen que me pareció bellísima incluso después de aquel polvo. "¿Puedo?", me preguntó mientras ladeaba la cabeza y señalaba la entrada a la ducha. "Es tu casa", le dije haciéndole una reverencia. Comenzamos a remojarnos para quitarnos el calor y el sudor mientras nos salpicábamos como niños pequeños. Un par de veces nos abrazamos, pasando las manos por todos los recovecos de nuestros cuerpos, y otro par nos besamos. Aquello no podía terminar ahí.

Mientras terminábanos de secarnos con el calor ambiental, noté una de sus manos sobando mi pene, intentando relajarse después de la anterior descarga. Mientras nos besábamos y su lengua jugaba con la mía, mi pene empezó a recuperar la erección. Cuando estaba a su gusto, María se separó un poco de mi y se agachó hasta ponerse a la altura de mi miembro. Usó sus labios para envolver mi glande, como si estuviera calculando si le cabría todo, y se lo metió entero en la boca. Mi gemido en aquel momento tuvo que ser muy cómico, ya que noté un movimiento en la comisura de sus labios similar a una sonrisa. Comenzó a chupármela con pasión, sabiendo que lo que hacía me estaba encantando. Yo no quise entervenir, ella sabía lo que estaba haciendo y marcaba el ritmo, y viendo los excelentes resultados yo la dejé hacer. Siempre presumió que todas sus parejas estaban muy satisfechas con sus mamadas, y debo darles la razón.

Cuando notó mi pene otra vez en forma, me cogió de la mano y me llevó a su habitación. Tras llegar, se dio la vuelta y se tumbó en la cama boca arriba. Se desplazó un poco para dentro y se abrió de piernas completamente, revelando un sexo rosado y aparentemente delicado, pero ansioso por tener acción. "Siempre habéis dicho que eres muy bueno con el oral y que tienes una buena lengua. Demuestrame que sabes usarla". Ante semejante orden, hundí mi cabeza entre sus piernas y comencé a lamerle los labios, lo que le hizo soltar un gemido un poco más alto de la cuenta. María tenía un coñito delicioso, por lo que lo disfruté a gusto dale que te pego con la lengua, moviéndola en todas direcciones y alternando con secciones esporádicas que se notaba le estaban gustando. Mientras, mis manos masajeban sus tetas y su culo, haciéndola disfrutar aun más.

La notaba a punto de caramelo, así que le metí tres dedos mientras retiraba la cabeza y le dije "¿terminamos bien?". Ella asintió, y nada más sacarse mis dedos se puso a cuatro patas. " Siempre te ha gustado mi culo, ¿no? Pues todo tuyo en primer plano". Con la polla dura como pocas veces la había tenido, se la metí hasta chocar mis huevos contra su monte de Venus. Estaba tan mojada por dentro que entró sin ningún tipo de problema, y ella me recompensó con un pequeño grito, ya que no la esperaba tan de repente. Manosée ese culo mientras iba embistiendo, cachondo como pocas veces había estado, mientras sus gemidos cada vez subían más de volumen. Noté cómo su coño se hacía cada vez más estrecho y apretaba más, cosa que me estaba encantando, y cómo contenía la respiración... Hasta que finalmente tuvo un sonoro orgasmo que la hizo derrumbarse sobre la cama. Yo seguí unos segundos más hasta que volví a correrme dentro, liberando un poco menos de semen que la vez anterior pero quedándome a gusto.

Tras aquello, me volví y vestir, y cuando nos íbamos María me confesó que ella siempre se había fijado en cómo la miraba y cómo la trataba, pero que lo nuestro no podía ser porque ella era la mejor amiga de mi mujer y no se sentía con fuerzas para quitarle al novio, pero que tampoco era justo para mi tener que reprimir para siempre estos deseos, así que prometimos en aquel momento nunca más sacar el tema. Aquello nunca había pasado.

Aun después de dos o tres años, aun tengo sueños de aquel día, en el que pude dar tienda suelta a aquel amor imposible. Seguimos viéndonos cada fin de semana como si nada hubiera pasado, sin despertar ninguna sospecha en nuestras parejas ni hacer ningún comentario al respecto, incluso estando a solas.

Y quiero dejar un pequeño recado a María: si lees esto y te reconoces, búscame.