Xtories

Héctor

Serguei llega al apartamento como fontanero, pero la escena se transforma rápidamente en una grabación de cine para adultos. Mientras su esposa Isabel espera en casa, él debe decidir entre su carrera y su familia, mientras su esposa también mantiene una vida sexual intensa y abierta.

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Héctor

Héctor contemplaba la escena, tragando saliva, intentando, en vano, retirar las dioptrías de aquellas dos esbeltas columnas que eran sus piernas.

Se las había estampado delante, sin destino ni preaviso, sin dar alerta o advertencia.

- Puta vida – murmuró tan a lo escondido que incluso le costó entenderse a sí mismo.

Puta vida sí, que lo había conducido hasta ella para arreglar un urinario roto y terminó enclavándolo ante aquel inestable taburete, sobre el cual, los descalzos pies de la señora trataban de alcanzar las tacitas de café que atesoraba para los invitados considerados de postín.

Él no era un conocido.

Ni un invitado.

Y, desde niño, supo que carecía de ese concepto tan adulterado que es “ser de postín”.

El apenas alcanzaba a ser un fontanero de acento moldavo, autónomo de amplio horario y paupérrimos beneficios, permanentemente sucio, graso, atareado, asfixiado.

El, que se había limitado a acudir al aviso del número setenta y dos de la calle Mercaderos, donde una cisterna quejumbrosa, de diseño desfasado y gomas resecas, amenazada con permitir que el agua traspasara el suelo poniendo de mal humor al vecino de abajo.

Héctor trataba de desviar la vista hacia los imanes del frigorífico, concentrándose en su posición, circunstancias y oficio.

Concentrarse en sostener el taburetito de los cojones, una de esas creaciones Ikea, tan retorcidas e incompetentes que temblaba como un soldado francés, tratando de alzar el equilibrio cómico, estereotipado y desternillante de su dueña.

“Esto no puede estar pasando. Esto no me puede estar pasando”.

Héctor era un incapacitado, un ser inválido, indefenso, rendido ante mujeres como aquella.

Una mujer de cuarenta y ocho estirándolos mucho, rebuscando platillos descascarillados que, con movimientos intencionados o no, elevaba la falda ese justo para consentir que se entrevieran dos muslos cebados y la sutileza de unas braguitas con ganas de visita.

- Ha sido usted rápido y eficaz – hablaba fingiéndose la despistada – Se merece doble de azúcar.

El fontanero se limitó a asentir con una cabeza sumisa que no acobardada, acorralada por su excesiva heterosexualidad ante la lánguida tela de aquella fémina.

“Encuentra las putas tazas joder”.

La señora encontraría las putas tazas cuando quisiera y como quisiera.

Porque todo, en aquella escena, había sido previa y meticulosamente planeado.

Sobre todo, su fingida y exagerada incapacidad para encontrar la vajilla objetivo de aquella fingida inoperancia.

Y por añadidura, aquel insoportable calor urbano.

Héctor y el calor estival urbano, eran una simbiosis perfecta que se retroalimentaba.

Durante los meses en los que el mercurio reventaba, su lívido se disparaba hasta lo vergonzoso, hasta lo incontrolable y salvaje, hasta conducirlo a punta de pistola, siempre a la frontera de los permisible.

Un defecto genético que, sorprendentemente parecía compartir con la muy pícara, empeñada en encontrar unas tacitas que no iba a encontrar y, de paso, mostrar que se puede llegar a los casi cincuenta, con unas piernas de infarto.

“Pero que pedazo de…”

Héctor pecaba de muchos vicios.

De demasiados realmente.

Era superficial ante lo importante y detallista cuando lo más sensato era ser insulso.

Era rudo en lo cotidiano y delicado frente a lo excepcional.

Era un ignorante cercano al terraplanismo, convencido mejor que leer el Quijote, era verlo en dibujos animados y, al tiempo, conocía hasta lo catedrático todas las posibilidades que ofrecía el cuerpo femenino.

Héctor resultaba ser todo un personaje, hiperactivo, insensato e insaciable, un animal sexual habituado a atraer y saberse atractivo, incapaz de negarse ante la tentación, por muy peligrosa y desenfilada que esta surgiera.

La señora pareció tropezar.

Y, en el traspiés, el fontanero acudió raudo al socorro, colocando una mano más arriba de la conveniencia, apretando, acentuado con su rudeza, la sostenida carnalidad del muslo.

- Uy que torpe – se excusa– Menos mal que estaba usted, si no, me parto la cara.

- Una cara demasiado bonita para partirse.

Héctor extiende el brazo y alcanza la cadera.

Ella lo percibe, acogiéndolo con una sonrisa maliciosa.

- Anda que si mi marido….

- Su marido no sabe arreglar cisternas – responde tajante.

No le gustaban los cobardes, los reprimidos, los fariseos.

En esta asquerosa vida, continuamente se sufre.

Por eso se deben agarrar sin dudar todas las pocas buenas oportunidades que te ofrece, y exprimirlas.

La vida no espera excusas banales cuando te permite el camino hacia un buen viaje, un buen dinero, un buen coche o un buen polvo.

Héctor aprieta sí pero consiente que lo aprieten.

En aquella cocina de baldosines impolutos, nadie quiere deshacer el mal hecho y el que se les está echando encima.

- El café no se preparará solo.

- El café ya está hirviendo.

Recurriendo a un gesto impetuoso, una alzada brusca, la aúpa enérgicamente haciéndola descender hasta su altura, impidiendo que sus pies descalzos, con esos dedos gordezuelos y esas uñas pintadas en rosa hortera, toquen el suelo.

Un movimiento firme, rudo que la pilla desprevenida provocando que la dichosa tacita, herencia de porcelana, se estampe haciéndose añicos contra el suelo.

- A tomar por cuelo abuelo – dice con evidente excitación e indiferencia.

Todo da igual.

De nada se queja.

Ella ya no piensa en ningún recuerdo, ningún agujar de boca anticipo de un matrimonio cimentado en base al bostezo.

No.

No piensa.

Tampoco le apetece hablar.

Porque no se habla cuando se besa.

Lo hace, no como una mojigata, una pilita recién descascarillada, ilusamente enamorada, engañada con cuentos de príncipes azules que no se tiran pedos cuando, la realidad es que todos andan atiborrados de vulgaridad y aburrimiento.

Besa con las ganas que se acumulan contemplando el desperdicio de tiempo, la ausencia de una novedad más excitante que la oferta en el kilo de patatas del supermercado.

Besa sin remilgos.

Besa abriendo los labios, sacando la lengua, exhibiendo deseo y saliva.

Besa porque le apetece, porque no tiene que pedir permiso, porque le sale de lo más oscuro y sometido de sus oscuras y sometidas ganas.

Héctor, al contrario, no se sorprende.

Héctor esta sobradamente escarmentado.

Porque no será ni la primera, ni la última.

Incluso en una ocasión llegó a explorar con un primero que tampoco sería último.

Ella besa a lápida puesta, con las ansias de quien lleva décadas represando inapetencia ante la vida.

“Insúflame esperanza”.

Así piensa.

“Quiero oxígeno”

“Regálame una salida”

- Dame más lengua – ordena0

El mozo obedece sin perder un ápice de dominancia.

Un semblante que lo empuja a palpar bajo el vestido, izando la tela, apretando ávidamente todo lo que inútilmente se oculta bajo ella.

Un trasero de tamaño generoso, firme, aunque con leves signos de haber dejado atrás, ya hace mucho, los veinte años.

Atractivo, jugoso, sin realces, artificios, mentiras ni bisturíes.

Un tra…se…ro.

En el aprieto la aproxima sin delicadezas ni intermedios.

La ciudadela ha sido quebrada.

No hay defensa.

Y ella comienza a descubrir lo que para hombres como Héctor, significa entrar a saco.

Y jadea.

Ahora sí que, con todas las consecuencias, no hay marcha atrás.

Ahora sí que, sin remedio, tendrá que callar ante su marido el verdadero apaño que le va a hacer el fontanero.

Con la fortaleza que le otorgan sus dos cuidados bíceps y ayudado por la buena disposición con que ella se abre de piernas, abrazándolas a sus caderas, la transporta hasta la mesa.

El movimiento resulta tan incisivo que el frutero, cuyas manzanas, meticulosamente verdes, meticulosamente dispuestas en pirámide, sale disparado hasta despeñarse, como la tacita, en el suelo.

“Menos mal que es chino de plástico” piensa.

Y que su destroce no afecta al momento.

- Ya me compraré otro – jura sin retirar sus labios de los de Héctor - Sigue.

O no es un ama de casa obsesionada con el orden y limpieza, o le pueden más los años que lleva olvidando que un corazón es capaz de sobrepasar los cien latidos en sesenta segundos.

Ella suspira.

No pude ocultar una expresión de asombro al sentir su miembro rozándola.

Un miembro abultado, generoso, grande de telenovela, de onirismo, de onanismo de los que se cuentan, pero no encuentran.

Se ha olvidado de lo mucho que en ocasiones le cuesta a su marido alcanzar una erección lo suficientemente mediana como para permitirle penetrarla.

Suspira de nuevo, desesperada, sin abandonar el beso, mientras le arranca la camiseta publicitaria de “Fontanería y Chapado Héctor Constantinu SL”.

Luego desabrocha el pantalón el cual, en su caída, deja escapar el estruendo metálico de las herramientas que se parapetan en los bolsillos laterales.

Finalmente, confirma sus sospechas liberando el calzoncillo.

Héctor queda por fin de pie y desnudo sobre aquella cocina de alicatado hospitalario, de suelo blanquecino y abrillantado que refleja su sombra y la humedad de las huellas de sus pies descalzos.

Ella exige brusquedad.

Y los actos y gestos del fontanero no van a desmentir lo que su físico promete.

Ofrece un musculado de pesa y testosterona, levemente excesivo, algo próximo al que en tiempo tuvo un joven Stallone, ese que se vio obligado a vender a su perro para pagar las páginas sobre las cuales escribió el primero de los Rockys…el bueno, el que contaba algo más que mamporros.

Ella le aferra el cabello y, desde arriba, le obliga a descender.

- Ve directo. No te pares.

El vuelve a obedecer, sin regañadientes.

Desciende sí, pero manteniente su poderoso brazo derecho erguido y su mano, aferrando, no acariciando, aferrada a un pecho de tamaño medio que medio asoma por debajo de un vestido ya dañado.

La agraciada pega un leve brinco pues el afortunado, no le practica un delicado cunnilingus.

En su lugar, devora un coñito sin depilación que no aguardaba visita el cual, lleva humedeciendo desde que, al abrirle la puerta al fontanero, recordó el poderoso afrodisiaco que la novedad representa.

Héctor suspira sobre él, aspirando aquel aroma de dioses, sacando tenuemente la puntita de su lengua para mezclar jugos con saliva.

Apenas roza los labios.

Apenas los roza, pero ella reacciona de manera sobredimensionada.

Su cadera, conmocionada por la hipersensibilidad, intenta huir de la sofoquina, retirándose unos centímetros.

Sus manos, en cambio, pecan de incongruentes, aferrando contra su pubis la cabeza del fontanero.

El cualquier caso, libera un gemido gutural.

Un bramido placentero que obligará, a la santurrona del cuarto B, una beata de mierda cuyos rosarios se escuchan a kilómetros, a rezar triplemente por pecados propios y ajenos.

Héctor lo interpreta como una concesión de patenta de corso y se aplica ya, sin cortapisas, a desplegar su experimentado repertorio de lametones, suspiros, gemidos, ensalivadas, besos vaginales, caricias digitales…

Basta con extender la lengua, ancha, ensalivada, jugosa, carnosa, y recorrer suavemente la vagina, para coronar en un clítoris rojizo, hinchado y empapado el cual, al sentirse acariciado, reacciona traicionero.

- Si sigues así voy a correrme….si sigues así voy a correrme…..voy a correrme….me corro…me corro siiii uugggg

“Una más” – piensa.

Héctor comete en demasiadas ocasiones el error de la insensibilidad, de la superficialidad y prepotencia.

Esta parece ser una de esas ocasiones.

Tanto tiempo sin probar nada nuevo, tanto tiempo recortándole los pelos de las cejas al mismo, que nunca, hasta el instante en que sintió aquella lengua en su coño, se había parado a pensar, cual era el significado real y práctico de la palabra orgasmo.

El orgasmo sí, y ese delicioso camino que estamos obligados a recorrer hasta alcanzarlos.

Y Héctor que se sabe de memoria la ruta hasta encontrarlo.

Basta disposición.

Basta morbo.

Basta cinco minutos.

Cinco minutos y mucho deseo.

- Aaaaa aaaa Diosss ssiiiiiii.

Ella se corre sí, pero no se siente desahogada.

Todavía bajo la epidermis, bajo cada cutícula, injerto en cada una de las millones de células que la ensamblan, se parapeta el deseo.

Ella quiere más.

Y se lo dice con la mirada.

- Ahora o nunca – lo jalea.

Héctor asiente.

Héctor acepta el reto.

Es hombre activo, de pocas palabras y demasiados desagües bozados.

Y ella, señora de muchas tortillas bien cuajadas, carente de acicates y objetivos.

Y luego está ese dichoso orgullo.

Ella devora con fruición, dolida por esa duda interna que la corroe.

Esa desdicha de saber que aquel hombretón, quince primaveras más joven que ella, allá descubierto que es una mojigata ilusa y con poca experiencia que se deja hacer, sencillamente, porque no sabe hacer.

Por eso aferra la polla con decisión.

Por eso desciende de la mesa, pone una mano en el pectoral y, mientras lo masturba con presteza, lo besa, de puntillas, girando el cuello hasta que su nariz queda a la altura del lóbulo izquierdo.

Héctor sabe que es un rudo.

Y sabe que las mujeres, por muy cachondas que se ofrezcan, nunca dejarán de ser superiores, más sutiles, más duchas e imaginativas.

La combinación de beso y suspiro, de jadeo y mano en polla, lo sobrecargan de un erotismo mucho más ardiente y enloquecedor que la más experimentada de las felaciones.

Por eso se sobresalta.

Por eso sus piernas, instintivamente, tienen a juntar las rodillas para encauzar el placer.

Pero su experiencia le advierte que no se trata de una buena idea.

Hacerlo, unir las piernas, es el camino seguro al ridículo.

Devuelve el beso colocando la mano abierta y ensalivada sobre el pubis velloso.

Ella gime.

No, no está completamente satisfecha.

Sus caderas buscan, sus muslos aferran facilitando que un dedo la penetre superficialmente, obligando a abandonar el beso de oreja para represarse mordiendo el hombro de su amante.

- ¡Auss! – y este se queja.

- Perdona, perdona.

El reacciona exagerando la comedia, confirmando su intuición sobre la dama y sus más inconfesables inclinaciones.

Por eso aferra sus mofletes apretándolos hasta lo burlesco.

Su rostro parece una pieza blanquecina de porcelana segoviana a punto de quebrarse a poco que la oprima con mayor saña.

Los aplasta controlando la fuerza, sin causarles el más mínimo daño aunque dando la terapéutica y afrodisiaca advertencia, de que podría, cuando quisiera, hacerlo.

Héctor jamás osaría golpear a nadie.

A pesar de su intimidante porte, de sus tatuajes de tigres rugiendo, nunca se había visto involucrado más lejos de una pelea de “!Imbécil!” por la usurpación de una plaza de parking.

Su sentido de la violencia era puramente defensivo, sexualmente siempre tras la frontera.

Salvo que entre dos lo consintieran.

Ella mira hacia su propio reflejo sobre el acristalado que abre una interesante vista de terraza y paisaje urbano atestado.

Millones de ladrillos, ventanas colmena, asfalto, claxon, pájaros derretidos y smog urbano.

La luz penetra con claridad, aunque algo difusa incrementando la borrosidad del reflejo.

Desde su posición ella queda alerta, nerviosa y en guardia, pudiendo presentir la sombra del fontanero, vislumbrar sus movimientos reflejados en el acristalado, el estómago plano y parcelado, la ausencia de vello y el olor a hombre de pocas reglas, bruto pero procurado.

Sentir sus dos brazos, el uno asiendo la cadera, sujetándola firmemente para ubicarla, para encauzarla, para orientar donde a él convenga.

El otro trasteando sin dejarse ver, acercando su miembro justo donde se desea.

Intuir, entrever, pero nunca saber que es lo que en verdad Héctor trama fuera de su vista.

Esa ignorancia para saber que sería, como sería, resultó, para ella, un desconocido lubricante natural.

Pero más y mejor lubricaba ante la posibilidad, escasa pero no nula, que, al otro lado del patio interno del edificio, unos ojos mirones estuvieran, secreta y excitadamente descubriendo, cuando puta es la santurrona de mi vecina.

Héctor no podía distinguirlo bien, pero sabía que ella no iba a cerrar los ojos.

Sospechaba que deseaba grabar con cincel aquella oportunidad bien aprovechada, borrando la cantidad de tiempo desperdiciado.

Al sentirla entrando, suspiró.

El fontanero aguardó un buen rato, rozando la entrada con la punta del falo, hacia delante, hacia detrás sin terminar de penetrar más que dos, tres centímetros a lo sumo cuatro centímetros.

Dos o tres rácanos, ávaros e hijoputescos centímetros.

- ¿Qué esperas cabrón? – se quejó gritando.

Solo cuando ella se hartó, girando la cabeza para comprobar si no habría algún problema, tensó los glúteos, forzó los músculos renales y, avanzando con tensión, la penetró.

Lo hizo paladeando la sensación de estar dentro para permitir que ella, solo ella, solo para ella, por ella, disfrutara de cada segundo de su polla….dentro.

- Ooooo….

Ella volvió a mirar al ventanal y a hundir la cabeza sobre la mesa, aferrándose a sus laterales, arrugando el hule clavándole las uñas.

Cuando llegó al fondo, el fontanero aguardó quieto.

En su lugar hizo palpitar la polla mientras usaba sus manos para acariciar aquella hermosa espalda….la rabadilla, las vértebras, las costillas y omoplatos, el cuello, la piel, tres pecas curiosas y aquellas chichas laterales.

Todo olía a real, a detalle, a única y perfecta.

Cuando hizo regresar las manos a los laterales de aquellas caderas, separó sus piernas y las de ella, y entonces, ahora sí, arremetió tres, cuatro, veinte veces, bufando como una auténtica fiera.

Su bajo vientre, torneado, harto de doscientas abdominales diarias, golpea unos glúteos, hartos de años en sosiego, hartos de bostezos y albóndigas en salsa de almendras.

Ella comienza a gritar, excitada por el ruido carnal que aquel ritmo genera.

Él ni tan siquiera aprieta dientes.

No es la primera vez que ha escuchado a una mujer chillar de semejante forma.

En ocasiones, ha llegado a pensar que gritan tratando de represar la sorpresa que les da recibir dolor, rabia y placer…tres en una.

Como si por un lado gozaran del sexo y por el otro, de la venganza que suponía, ponérselos bien puestos al culpable de su juventud desperdiciada.

Para.

Aguarda a que recupere el resuello.

Y cuando se confía, cuando cree que le ha dado tregua, arranca todavía más rápido.

- Toma, toma, tomaaaaaa…..

Vuelve a detenerse para besar y mordisquear su nuca, sorbiendo sudor con la lengua al tiempo que la folla a cámara lenta.

Enreda sus manos entre los cabellos negros y retorcidos, hartos de permanentes y teñidos.

Estira sus melenas para incorporarla obligando a que se apoye sobre la mesa utilizando los codos.

Parece que le duele un ápice.

Le duele y le gusta demasiado.

De pie ambos, la penetra con firmeza sin terminar de sacarla del todo pero enterrándola hasta lo más que consiente su resistencia.

Ese roce, esa piel contra piel la doblega.

- Follame, fo…follame…follame por favor.

- ¿Duro?

- Duro si, si…duro.

El la saca y, antes de escuchar un lamento, la gira sentándola sobre la mesa.

Cara a cara.

Abre sus piernas en una “V” sin mácula ortográfica.

Ninguno de los dos abandona la mirada del otro mientras el proceso se ejecuta.

Una polla.

Una vagina.

Una penetración, sin fisuras, eficaz, húmeda, veloz y placentera.

- ¿Duro? – vuelve a preguntar recalcando un evidente tono retador.

Ella ofrece una tenue haz de debilidad en la retina.

Ignora el significado exacto de dureza.

Lo ignora y lo teme.

Pero no cede y le terminan por vencer las ansias de nuevas experiencias, asintiendo con una mezcla de…”si, si, duro, pero no tanto”

Héctor asiente.

Sus primeros acercamientos, son muy firmes, pero comedidos.

Sabe que puede hacerle daño si acomete con toda su capacidad.

Y, por mucho que esté allí, desnudo en territorio desconocido, por mucho que se le apodere la avidez, no puede dejar de sentir respeto hacia quien, al fin y al cabo, consiente que veinte centímetros de él, permanezcan dentro de ella.

No tarda ni dos minutos en alcanzar una velocidad morbosa.

Ella lo acoge echando la cabeza hacia atrás, permitiendo que se la folle así, bien follada, sobrepasando una espiral en la que sus pechos bailan enloquecidos al ritmo de las arremetidas, en la que sus muslos mecen como flanes, en la que ella y el, ambos, juntos, bufan.

Se suda.

Se suda mucho.

Es un matrimonio de falsa economía media que da para cenar fuera una vez al mes, pero no para pagar el aire acondicionado.

Desde afuera, penetran los treinta y cuatro grados de agosto que aquellos cuerpos acoplados, transforman en cuarenta.

Sudar.

El siente las gotas gordas que descienden por su espalda hacia los glúteos que hinca con mayor saña.

Ella abraza esas gotas, las hace resbalar, las unta con sus manos asidas a las renales para exigirle mayor ritmo, mayor profundidad, mayor de todo.

- Mete, mete, me corro…me estoy corriendo.

El domina.

Él sabe controlarse.

Sabe concentrarse.

Conoce, comprende, acata y despliega el arte de compaginarse sin egoísmos para que su amante culmine, se harte, se satisfaga y no haya queja.

Tan solo inicia su propia liberación, su propio camino hacia el orgasmo cuando siente que ella, con los pies apuntados, con los ojos fusionados, con el grito gutural de guerra y el movimiento de sus caderas, está culminando.

- Aquí viene, aquí.

Entonces lo saca coordinada con ella, que se incorpora adoptando mirada hambrienta mientras se arrodilla e introduce su polla en la boca, succionando casi soezmente en espera de la primera y lechosa oleada.

Una primera que traga para luego, extender las otras tres o cuatro, todas generosas, todas hasta la última gota, sobre los labios, los mofletes, la faz, los pechos, el suelo de la misma cocina donde tres horas antes, le había preparado al marido, un infantil Cola Cao sin grumitos.

Héctor suspira visiblemente descargado.

Ella se incorpora y lo besa aun con su semen compartiendo el espacio de los pintalabios.

- ¡Vale corten! ¡Toma válida y positivamos!

- A ver equipo, que vamos con prisas. Tu desmonta focos – ordena mientras acerca dos toallas a los protagonistas – Serguei, Rosa, ducharos rápido por favor, que el piso lo tenemos alquilado solo hasta las cinco en punto – el tono marcial que adopta con el técnico en luminotecnia desaparece cuando habla con sus dos estrellas.

Rosa bebe de la botella que le acaba de acercar el director mientras Serguei, atento le limpia el pringue.

- Déjalo, cielo – pide – Eso se lo lleva la ducha.

Y se lo lleva.

Mientras Rosa disfruta del agua fría y el gel con aroma de lavanda, Serguei aguarda apoyando la espalda en el resquicio de la puerta.

El equipo de rodaje va con eficacia desmontándolo todo, procurando no rozar las paredes con los atriles no fuera que les descuenten la fianza.

- Has estado estupendo – dice ella desde el plato – Gracias por darme un resuello en el cambio de postura. Iba justa. El calor – se justifica.

Serguei la contempla.

No iba justa.

Rosa es una veterana del oficio.

Aquella es la tercera escena de la segunda película que ruedan juntos.

Rosa, cuyo nombre de guerra es Luxor, lleva en el oficio desde los diecinueve y ya cumple treinta y ocho.

Como los deportistas de élite, está desgastada en lo comercial, pero conserva un magnífico cuerpo a pesar de que, de vez en cuando, visita el universo de la droga para soportar alguna escena de más que le solvente alguna inesperada factura.

No tiene familia, no tiene pareja y todo indica que no sufre por ello.

Tal vez en diez años, cuando lleve medio lustro retirada y su rostro comience a ser olvidado por el mundillo, se arrepienta.

Serguei siente hacia ella respeto.

- Te toca cielo – sale de la ducha y, al pasar al lado le acaricia el pectoral.

Rosa es así.

Puede hacer un bukakke entre diez o una doble penetración que siempre, siempre, tendrá un detalle cariñoso cuando las luces se han apagado.

- Me visto y me marcho – anuncia – Nos vemos en la próxima – y guiña un ojo.

Serguei consigue sacarse toda la suciedad del cuerpo, salir, no secarse (eso lo hace el calor), vestirse y despedirse del equipo que, a esas horas, se toma unos bocadillos en el salón.

- Hasta luego macho.

- Recuerda que el jueves hemos quedado en Hortaleza para la sesión doble.

- Si– responde con su acento de ribera Danubio.

Apenas sale del bloque, le sacude una bofetada del anticiclón de las Azores.

Al contrario que Héctor, Serguei no soporta el calor.

No nació donde este existiera y no consigue adaptarse a vivir en una ciudad donde el invierno puro y crudo, malamente alcanza el mes y medio.

Apenas pone un pie dentro de su Berlingo, conecta el aire acondicionado al máximo de lo que es capaz de dar el aparato.

Enciende el motor.

Respira.

Se pasa las manos por la cara.

Suda.

Suda y a pesar del lavado, se siente sucio.

Necesita volver a ponerse bajo el chorro, solo que esta vez, bajo su propia ducha.

Necesita conducir hacia Isabel.

Hacia su familia.

Tiene veinte minutos de trayecto, sin semáforos, hasta su plaza de garaje en el barrio Tetuán.

Mil doscientos segundos, mil trescientos si alguien quiere cruzar una acera o el autobús sesenta y tres se cala, para airearse, para recolocarse, para volver a ser quien verdaderamente era.

Veinte minutos hasta besarla, hasta abrazarlos.

Un trayecto para recordar su aldea natal, su nacimiento en aquel paritorio de corte soviética, de loza azulada acumulando mierda desde los tiempos de Stalin y que aún conservaba, en las paredes exteriores, los impactos de bala que derrocaron al dictador Ceaucescu.

En Pristina Domocina no había futuro.

No había pavimento en las calles, lapiceros en las escuelas, o recambio para las desgastadas ruedas de los Lada.

No había un padre responsable, incapaz de preñar y abandonar, de pasearse por el mismo pueblo, en la misma calle, frente a la misma madre y ni tan siquiera descender la vista para contemplar al hijo le había parido.

Tampoco es que encontrara una madre atenta y cariñosa.

Su lugar lo ocuparía aquel engendro amargado, de temprana obesidad, incapacitada para satisfacer el espíritu curioso, inquieto, del hijo que engendraron entre dos borrachos.

Lo que si había era el petróleo de Ploesti, extraído, refinado y quemado hasta convertir la ciudad y todas sus posibilidades, en un negro hollín moral que lo aplastaba contra futuro.

Marchó.

Mejor dicho, emigró.

Mejor dicho, huyó.

No se podía hacer otra cosa.

No iba a permanecer en un país donde, con su atractivo físico, terminara tirándose todo lo que viniera hasta que, emulando a su progenitor, acabara haciendo diana con la más incauta.

El deseaba partir, aprovechar su recién estrenada condición de ciudadano europeo, coger un avión a donde fuera, refundarse, resetearse, reiniciarse y, sobre todo, fundar una familia auténtica, verdadera.

La que, a él, le fue usurpada.

De España apenas conocía los nombres de cuatro futbolistas.

Pronto aprendió que, sin castellano, nadie esperaba nada de él, nadie lo quería, nadie lo amparaba y, sobre todo, nadie le ofrecería nómina.

Menos para un rumano al que más de uno, sobre todo si se perdía por el barrio de Salamanca, lo miraba con descarado asco, con irrefrenable desprecio.

El dinero se agotó, el piso compartido entre ocho exigía su cuota de gasto y, entre elegir alquiler o comer, pagó lo primero y se puso en la fila de la parroquia de San Andrés para lo segundo.

Su abuela, ortodoxa y comunista hasta la médula, se habría revuelto en la tumba de verlo allí en la capital de la España postfranqusita, rogando la caridad de una iglesia católica.

La mejor decisión de su vida.

Porque Pilar resultó ser la persona que le puso en la mano una bolsa con zumo de frutas, bollería, arroz, pasta y dos bocadillos de tortilla francesa.

Porque Pilar no era beata de misa diaria.

Ninguna acobardada por el católico pecado la chupaba con semejante fruición.

Pilar era bondadosa con franqueza, con auténtica generosidad y desprendida genética.

Una rara especie esa que daba sin focos, sin altavoces, sin pregonarlo en círculos de amigas para luego ser una degenerada criticona en cuanto nadie les mira.

Pilar colaboraba con tres ONG, trabajaba como delineante en un despacho de arquitectura y entre trabajo, voluntariedad y clases de zumba, copulaba con Serguei como si el fin del mundo fuera el siguiente fin de semana.

Entre apaños, caridad y guiños, ella le pidió que le hiciera algún apaño en su apartamento…una bombilla fundida, una mesa que cojea, un grifo que gotea, una comida de coño….

- Oye, con esto te podrías ganar la vida – se reía mientras la observaba, aun enhiesta y latiendo aun veinte minutos de haberse corrido - Estas muy bien equipado. Eres guapo de hartar y ¡Dios como follas!

Fue ella sí, la que le ofreció lo más valioso que un ser humano puede ofrecer a otro; una posibilidad.

Él la escuchó, calibró sus posibilidades, calculó cuanto le durarían los doscientos euros que guardaba para imprevistos y urgencias y se decidió a dar el paso.

Tan solo tuvo que sacar el teléfono de la carátula de un DVD.

La productora.

Luego todo fue demostrar su buena disposición, sus ganas de aprender y, sobre todo, su colosal herramienta.

A los tres meses, el trabajo, venía ya solo.

Ganaba dinero sobrado, nunca se drogaba, aprendió rápidamente los trucos, exhibió un respeto hacia quien compartía con el cualquier escena, descubrió inclinaciones que ni sabía existieran, ganó su buena fama entre las compañeras y nunca daba problemas a quien ponía la pasta para que se rodara.

Se acomodó sin echar nada de menos.

Hasta que, una mañana, cuando fue a comprar refrescos a un supermercado que le pillaba a desmano, topó con la cajera.

Bajita, algo gordilla pero pizpireta, algo despeinada, algo locuela, mascando chicle y exhibiendo con el movimiento de la boca, las graciosas pecas que salpicaban su nariz y mofletes.

- Yo, a ti, te conozco de algo.

Eso fue lo primero que escuchó de su boca.

Una voz grave, algo de camionero guipuzcoano, que restaba feminidad, alterando su aire menor y delicado.

Desde este punto de partida, todo lo demás vino de manera tan natural como práctica.

Como si no existiera ningún inconveniente entre ellos, ningún roce, ninguna diferencia.

Enamoramiento, fogosidad, convivencia, matrimonio, hijos.

Héctor terminó de aparcar la Berlingo, respirando hondo, sintiendo que, a pesar de la distancia y el agua, del jabón y el sudor, seguía oliendo a otra.

Y no le gustaba.

Subió al ascensor, metió la llave en su cerradura, abrió.

El pequeño era siempre el primero en saludarlo.

- ¡Papiiiiii!

Acudía en trompa, preocupado porque su hermano se le adelantara, robándole el privilegio de ser el quien le diera a su padre la bienvenida.

Isabel lo miraba, abrazado al escaso medio metro de aquellos tres años, mientras cortaba los tomates que harían de cena.

- Serguei cielo, a la ducha que sabes no me hace gracia como hueles cuando llegas.

- Si mi vida – le lanzó un beso desde el descansillo, en plan Romeo enamorado.

Bajo la ducha, su ducha, protegido entre lo que verdaderamente era suyo, volvía a sentirse su propio y exclusivo propietario.

Durante el aseo espiritual, Isabel entra varias veces a comentarle cuatro banalidades sin importancia; el mayor tose un poco, su madre hizo croquetas, por la mañana pasaría a recogerlas, hay que pedir vez en el pediatra.

Son excusas para verlo desnudo.

La libido de Isabel es irreconciliable con la derrota.

Nada puede con ella.

El desagüe arrasa con todo.

El desagüe arrasa con todo.

Cada vez que entra y habla, no retira la vista de sus músculos, de los omoplatos, de la espalda, de los músculos habituados a sesenta kilómetros semanales y de su miembro, aun generoso y terso tamaño a pesar de permanecer bajo el agua.

Incluso no puede reprimir el gesto de morderse los labios.

Isabel no es una represa.

Isabel está cachonda y no sabe cómo ocultarlo.

Él lo sabe.

Él la conoce.

Y aunque siempre se reserva de últimas para ella, lo cierto es que hay algo en esa atracción sexual, en esa manera de mirarle que no le gusta.

Y no sabe si algún día deberá confesarlo.

Porque a lo mejor, a lo peor, el cimiento de su familia, el poder conocer a una española de Chamberí y decir el sí quiero, el tener dos hijos de doble nacionalidad, se deba precisamente a eso que se lo paga y que tan poca gracia le hace cuando aparca bajo casa la Berlingo.

Los niños cenan tortilla francesa y yogur bebible de fresa.

Algo rápido para que mastiquen en tres minutos y no discutan.

- Mama podemos jugar.

- No.

- Mama podemos ver Bob Esponja.

- Hay que dormir.

- Mama no tengo sueño.

- He dicho que hay que dormir.

Isabel es una madre autoritaria, cariñosa pero tajante que domina como nadie los tiempos justos menos cuando, bajo la mesa, deposita su pie izquierdo, pequeño, de dedos gruesos y uñas pintadas de negro, justo en la entrepierna de donde la preñaron.

Su mirada indica.

Su cuerpo reacciona.

Serguei lo sabe y mientras escucha como su esposa acuesta a los niños, ni tan siquiera se pone el pijama.

Sabe lo que le espera.

Cuando Isabel cierra la puerta…

- Los niños mi amor – objeta cuando ella directamente lo besa, se arrodilla y comienza a felarsela como si fuera un helado– Aun no se habrán dormido.

- Calla.

Se incorpora quitándose en medio segundo el pijama de andar por casa, una horterada blanca con fresitas en rama.

Veinte minutos después, el cuerpo de Isabel ejerce con eficacia sentado a horcajadas sobre los abdominales de Héctor.

No hacen grandes posturas.

Se penetra cohibida, rozando el clítoris más que buscando la profundidad.

Pero su cara es de goce intenso, con las cejas enarcadas y los ojos apretados hasta fusionarse.

Boca abierta, gemidos sostenidos.

- Jo….deerrrrr

Ambos están cansados pero Serguei la ama hasta la extenuación.

Y no es capaz de negarle nada.

Ni unas vacaciones de Caribe en pleno diciembre madrileño.

Ni un fin de semana de paradores a doscientos la cama.

- Espera, espera…

Ni esa manía tan desquiciante y suya de interrumpirlo cuando siente que por fin penetra a la persona que adora.

- ¿Qué haces cielo?

- Quiero la tele.

- Estoy aquí mi amor.

Ella no lo escucha.

Nunca lo hace cuando quiere eso que busca.

- No seas tonto – objeta - Sabes que así me corro enseguida. Y como una loca – recalca enarcando la expresividad pícara de su rostro.

Y es cierto.

Transcurren apenas dos minutos entre las primeras imágenes y un orgasmo imposible de sofocar.

Serguei la empuja desde atrás su culo en pompa con toda la fiereza que ella le pide y a él le cuesta.

- Dale fuerte, dale duro ostiassss….dale, fóllame como una cerda jooderrrr.

Isabel se corre mientras contempla la escena que el televisor le está ofreciendo.

Serguei reconoce que se trataba de una de sus mejores faenas.

En él, barrunta eficazmente contra una madura flaquita quien, de pie, contra los ventanales de una torre de viviendas en pleno centro barcelonés, deja de vaho los cristales cada vez que gime al sentirse bien follada.

En la ciudad es de noche y la mujer, rostro y pechos aplastados contra el cristal, goza mientras unos primeros planos ofrecen la imagen de su vagina estirada hasta acoger todo el miembro de Héctor.

Ella grita.

Luego supo que, aunque se trataba de su segunda escena y de que hacía ese trabajo para pagarle la matrícula a su hijo en Senegal, se había corrido de veras, sin necesidad de meterse en vena los chutes que se inyectan los más curtidos en el mundillo.

Sergei sentía como Isabel humedecía de más cada vez que lo contemplaba trabajando.

- Fóllame duro Héctor – suplicaba.

Porque Isabel si había visto a Serguei de antes de pasar por la cinta la botella de Coca Cola que había comprado.

Isabel gustaba del buen porno.

Y debía de ser de las pocas que sabían relacionar un rostro con el primer plano de una polla.

- Me corro Héctor jodeeerrrrrr aagggggg

- Soy – le costaba mantener la templanza ante la imagen del voluble trasero de su mujer recibiendo aquellas salvajes acometidas -…soy Serguei. ¡Caguen Dios…Sergueiiiiii!