Xtories

Me follo al socorrista mientras mi novio trabaja.

A solas en una piscina vacía, ella sabe que él la mira. Y él sabe que ella lo sabe. Lo que empieza como un juego de miradas furtivas y fotos discretas se convierte en una necesidad insaciable de ver hasta dónde puede llegar la tentación.

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Con la llegada del verano y la apertura de la piscinas me he decidido a contaros una historia que sucedió hace ya 3 años y para mi supone una de las mejores experiencias sexuales que he tenido a espaldas de mi novio.

Para los que me conozcáis de relatos anteriores, no hace falta que me presente, pero para el resto os hago un breve resumen. Me encanta el sexo, y por este motivo tengo un novio de mente abierta que permite que mantengamos una relación liberal. Disfrutamos mucho del sexo juntos y con otras personas, siempre (o casi siempre...) con consentimiento mutuo. Sin sexo yo no puedo vivir, y reconozco que pongo empeño en sentirme deseada. Cuido mi imagen, hago deporte, sigo una dieta estricta... esto me permite mantener un cuerpecito que soy consciente que llama la atención, por que soy bajita, tengo el pecho pequeño pero muy bien puesto, estoy delgada, pero de caderas anchas y de un culo redondo y firme, que, aunque tengo 35 años, es la envidia de muchas chicas de 20. Pero hecha la introducción personal, paso a contaros la historia que os he prometido.

Era agosto de 2019 y mi chico, con el que ya llevaba 3 años, había cambiado de trabajo hace tan solo una semanas, con lo que por llevar poco tiempo en su nuevo puesto no había tenido tiempo de acumular días de vacaciones. Por este motivo, como pareja decidimos pasar el mes de agosto en Madrid e irnos de vacaciones cuando pudiéramos los dos. El problema estaba en que en mi trabajo nos obligan a cogernos al menos dos semanas de vacaciones en agosto, con lo que mi expectativa era que durante esas dos semanas pasaría las mañana en casa sin mucho que hacer hasta que llegara mi chico del trabajo.

Os confieso que tener unas horas para una misma todos los días sin preocuparse del email, del teléfono o de la pareja es una bendición, pero al cabo de unos días así lo normal hubiera sido acabar aburrida, con lo que me decidí a gastar mi tiempo yendo al gimnasio, paseando, haciendo compras o yendo a la piscina. Y es que el mes de agosto en Madrid es una gozada por que la ciudad está vacía. Puedes hacer todo lo que quieras sin aglomeraciones y disfrutar de la ciudad y de tu tiempo en ella como en ninguna otra época del año.

Mi rutina empezó a girar en torno a la piscina de nuestro edificio. Esta abría sus puertas a las 12 del mediodía, y mi intención era ir todas las mañanas a esa hora para tomar el sol y bañarme hasta la hora de comer. No me sorprendí cuando el primer día que fui no había absolutamente nadie Los pocos que usan la piscina en agosto en Madrid lo hacen por la tarde cuando vuelven de trabajar y por la mañana no suele ir nadie por que nadie que esté de vacaciones y tenga dos dedos de frente se quedaría a pasarlas en la ciudad. Excepto yo, claro, que era una pringada.

El único que siempre estaba presente era el socorrista, como no podía ser de otra forma. Era un chico callado que permanecía siempre sentado a la sombra leyendo o su móvil o bien un libro. Apenas reparábamos el uno en el otro más allá de darnos los buenos días. Yo por mi parte, solo iba con la idea de relajarme al sol y darme un baño refrescante de vez en cuando, con lo que el hecho de que el socorrista pasara de mi era algo que agradecía. Al fin y al cabo yo era propietaria y el un empleado, con lo que creo que el solo se limitaba a ser profesional.

Fuera de que no había mucha interacción el socorrista era un chico joven que parecía agradable. Debía de tener 20 o 21 años, que es la edad corriente para este tipo de trabajos. El llevar ya más de un mes siendo el socorrista de nuestra piscina le había dotado de un buen tono moreno a su piel y en lo que su cuerpo se refiere, el chico estaba claro que se cuidaba. Casi siempre iba con camiseta holgada que marcaba poco, pero en ocasiones se la quitaba para darse una ducha y refrescarse. Cuando lo hacía yo no podía evitar mirar disimuladamente, por que tenía un cuerpazo, la verdad. Pectorales grandes, abdominales definimos, brazos que parecían troncos y una espalda ancha de musculación bien marcada. Ello unido a lo moreno que estaba hacía que el chico fuera un bombón, no cabía duda.

En cuanto a mi, cuando voy a la playa siempre hago topless, pero en la piscina no suelo hacerlo ya que siempre corro el riesgo de encontrarme con los vecinos y ello puede dar pie a situaciones un poco incómodas. No obstante, como ya había ido dos días sin encontrarme con absolutamente nadie, al tercer día decidí quitarme la parte de arriba del bikini para tomar el sol como es debido. Quizás fuera este inocente gesto el que desencadenaría todo lo acontecido posteriormente, o quizás no. Quizás fuera que, aunque no quisiera reconocerlo, estaba aburrida de estar sola y estaba buscando formas para entretenerme. El caso es que me quité el bikini y me puse a tomar el sol.

Reclinada sobre la tumbona mientras leía un libro pude ver como el socorrista se levantaba y se quitaba la camiseta para darse su ya típica ducha. Mis gafas de sol me permitían disimular la mirada, así que pude disfrutar observando su estupendo cuerpo por enésima vez. Lo único es que en esta ocasión note una pequeña diferencia... un bulto en el bañador. Un bulto bastante marcado y de considerables dimensiones.

Lo que me faltaba... sin nadie en casa, aburrida como una ostra y a solas en una piscina con un chico atractivo y excitado, que además parecía que gastaba una buena polla... Ya iba a ser imposible tomar el sol tranquilamente. Esto ya no iba y subir a la piscina a matar el tiempo mientras me relajaba y me ponía morena, esto iba de ver hasta donde me atrevía a llegar en un juego de poner cachondo al socorrista.

Le observé con disimulo mientras se refrescaba para confirmar que el bulto correspondía era su polla y lo mejor de todo es que no parecía una polla del montón. Se le marcaba en diagonal hacia su pierna izquierda y llegaba casi hasta el final de su bañador, que aunque no era un slip, era de esos bañadores tipo bóxer tirando a cortos. Tras ducharse volvió a su silla como si nada y yo, algo alterada por lo que acaba de ver, me propuse calentar al pobre chico (un poquito solo...).

Dejé mi libro a un lado y me recliné sobre el respaldo de la tumbona con la intención de hacer como que quería dormir o tomar el sol con los ojos cerrados. Quería observarle sin que el sintiera que podía verle. Él leía su móvil, como de costumbre, pero observé que envalentonado por el hecho de que yo no me movía empezó a mirarme re reojo, y haciendo como que seguía leyendo apuntó con su móvil en mi dirección y me hizo una rápida y disimulada foto.

Tuve que contener una sonrisa. Me encanta sentirme deseada y más por un chico atractivo al que posiblemente sacaba 15 años. Al fin y al cabo, la erección que había visto antes en su bañador era el más sincero de los cumplidos ¿no? En ese momento decidí darle una pequeña recompensa. Haciendo como que me acomodaba en la tumbona dejé las piernas algo abiertas. Mi bikini era bastante pequeño ya que la parte de abajo me tapaba el pubis y poco más, mientras que por detrás solo cubría la mitad de mis nalgas, con lo que tapaba lo justito y yo era consciente que al abrir ligeramente las piernas, mi coñito quedaba perfectamente marcado, lo que unido a mi topless debía de ser una imagen bastante agradable, creo yo.

Pero el socorrista era un chico prudente. Ya se había atrevido a hacerme una foto, pero ¿se atrevería a hacerme dos? Repitiendo el modus operandi anterior empezó a dejar escapar miradas furtivas de reojo y, tras comprobar que yo permanecía inerte, volvió a hacer una foto con disimulo. Me excitaba muchísimo pensar que podría mandar esa foto al grupo de whatsapp de sus amigos de 20 años y que alguno de ellos o el propio socorrista la usaran para hacerse una paja. Me imaginaba como eyaculaban sobre la pantalla del móvil con mi foto y, uuuufff... eso me ponía cachondísima...

Al cabo de un rato cambie de postura y reclinando el respaldo de la tumbona me tumbé boca abajo dejando de nuevo las piernas ligeramente abiertas y colocando la tela del bikini por la raja de mi culito con la excusa de que le diera bien el sol, pero con la verdadera intención de dejarlo completamente a la vista. Esta nueva postura tenía una parte buena y una parte mala. La mala es que no podía observar al socorrista ni comprobar si me hacía fotos, pero la buena es que podía dar rienda suelta a mi imaginación. ¿Sin ningún riesgo a sentirse observado sería menos prudente? Tenía la ocasión de hacer todas las fotos que quisiera sin ningún riesgo. ¿Tendría su polla dura todavía? ¿Se estaría tocando a mis espaldas? ¿Cómo tenía la polla? parecía grande pero era imposible saberlo a ciencia cierta. Con mi mente a mil por hora empecé a acalorarme demasiado. Necesitaba una polla o algo que se le pareciera y mi novio no llegaba a casa hasta bien entrada la tarde... Tendría que volver al apartamento y consolarme con el satisfyer, o con algo más contundente quizás...

Al cabo de un rato me incorporé lentamente y me dirigí a una de las duchas para refrescarme (y también para darle la puntilla al socorrista). Me metí debajo del choro, cerré los ojos y dejé que el agua fría me refrescara el cuerpo. Yo no tenía ya ninguna duda que me estaría mirando. Tras cerrar la ducha me dirigí de nuevo a tumbona, me vestí y me despedí del socorrista con un animado e inocente "¡Hasta mañana!". El se despidió de la misma forma, pero yo no pude evitar reparar de nuevo en el bulto de su bañador. Tenía una tremenda erección y no me quedaba ninguna duda que cuando tuviera oportunidad buscaría librarse de ella haciéndose una buena paja a mi costa. Una buena paja de esas que terminan en una deliciosa y copiosa corrida... ya me estaba calentando yo solita otra vez...

Nada más llegar a casa fui directa al dormitorio y saqué de mi mesita de noche uno de mis consoladores favoritos. Me desahogué prácticamente al instante pensando en el socorrista, tal era la excitación que sentía. Más tarde ese mismo día, cuando llegó mi chico a casa me abalancé sobre el nada más entró por la puerta."

"¿Que te pasa hoy? ¿Qué te han dado de comer? ¡estás desatada!", me dijo con tono burlón. Ante lo que yo ni contesté, me lo llevé al dormitorio y me lo follé sin miramientos.

Pero no pensaba en él. En la mente tenía fija la imagen del socorrista mirando mi foto en el móvil y de como la mandaba a sus amigos, a los que no les ponía cara, pero a los que si me imaginaba tocándose mientras la miraban. ¿Se correría alguno de ellos?, me preguntaba. Muy necesitado hay que estar para cascársela con una foto echa con un móvil... pero al menos el socorrista tendría la imagen en vivo en su mente. ¿Se habría hecho un paja cuando me fui? ¿Se habría corrido en el baño de la piscina? Si así fuera sería una pena que se hubiera desperdiciado ese semen sin haberlo probado. Me sorprendía mi misma reconociendo que tenía unas ganas locas de saborear su corrida mientras cabalgaba sobre mi novio... Pero me daba igual que en ese momento me lo estuviera follando... no era su polla la que quería, la tenía muy vista. Quería la del socorrista. Con estos pensamientos desbordando mi mente os podréis imaginar que no tardé en correrme.

Como fue un polvo muy rápido a mi novio no le dio tiempo de acabar, con lo que tras recuperar el aliento me puse a su lado y le comencé a hacer una paja mientras le comía la boca. Se corrió al cabo de un rato llenando mi mano y su vientre de lefa, pero esa corrida no era la que me quería llevar a la boca... no me resultaba apetecible...

Quedé algo más calmada después del polvo pero estaba claro que mis vacaciones, que hace tan solo un par de días prometían ser aburridísimas, acababan de ponerse muy pero que muy interesantes. Me propuse volver a la piscina a la mañana siguiente con la intención de poner a mi amigo socorrista contra las cuerdas.