El enemigo de mi esposo. Parte 2 (final)
Lena solo quería leche para sus natillas, pero Rober le ofreció algo mucho más peligroso. En el patio de su casa, sin testigos y con la culpa latente, la frontera entre vecina y amante se desdibuja bajo el peso de un deseo prohibido y una venganza antigua.
El enemigo de mi esposo
Parte 2 (final): Natillas.
Una semana después de que Rober la hiciera correrse a borbotones, la rubia y despampanante Lena aún seguía un poco en shock. Y aunque le habría encantado ver si aquello de “tengo mucho salero y demasiada polla” era cierto (salero sí que tenía) no era capaz de mirar a su nuevo vecino a los ojos. Lo había vuelto a ver en la piscina municipal y en la calle, pero no intercambiaron palabra.
A decir verdad, ella había ido solo una vez más a la piscina, esperando que Rober la invitara a volver a la sauna, pero le había quedado claro que aquello había sido una aventura de una vez.
Le sentaba mal haberse dejado tocar por el “enemigo” de Jaime, su marido, sobre todo cuando tenían una hija preciosa en conjunto. Pero no podía dejar de pensar en el paquete gordísimo que se le marcaba al vecino, que había visto dos veces. La primera, cuando fue a pedirle que bajara la música y la segunda en la sauna de la piscina. Tenía un aire masculino impotente, unos brazos gruesos que podrían abrazarla hasta que se dejara dormir en su pecho esculpido.
Sus masturbaciones en casa se habían hecho frecuentes, cuando antes apenas lo hacía. A las dos de la noche, cuando el calor la invadía y no podía conciliar el sueño, pensaba en Rober. Cuando hacía la colada se bajaba los pantalones y pegaba los glúteos a la lavadora vibrante y fría, mientras pasaba sus dedos humedecidos por los pezones. Cuando hizo macarrones no pudo evitar meterse el mango del colador por su rajita mientras murmuraba el nombre del vecino. Incluso había mirado algún que otro dildo en internet. Luego se sentía terriblemente culpable y cerda.
Un miércoles, Jaime le llamó a las dos de la tarde para avisarle que iba a llegar tarde, seguramente más allá de las 20:00 porque tenía una reunión general y luego salían a tomar unas copas. Lena pensó en ir a la piscina pero no tenía ganas de salir de casa. Se puso un bikini negro y tomó el sol hasta las 14:45 y luego entró cuando oyó traqueteo en el patio de Rober.
Durmió a la niña y pensó hacerle unas natillas a su marido, para alegrarle la noche cuando llegara y para sentirse menos culpable por lo que había pasado con el vecino. Encima con Rober, el chico que le había quitado una novieta a Jaime hace 15 años.
Empezó batiendo en un bol las yemas de huevo, la maicena y la harina. Cuando acabó de batir, se dio cuenta de que había cometido el fallo de no mirar cuánta leche quedaba… El brick de la nevera estaba casi vacío, y ya no quedaban más. Tenía parte de la receta hecha y no era cuestión de tirarla. No quería salir a comprar y pensó que aquella era una oportunidad perfecta para encarar a Rober. Si no iban a hacer nada más, por lo menos quería tener con él una buena relación de vecinos y dejar su pequeño desliz en el pasado, olvidarlo todo y borrar ese fallo de la historia.
En vez de salir a la calle, fue al patio. La vecina de la izquierda era una señora mayor y estaría durmiendo la siesta o viendo el informativo con Pedro Piqueras. Chistó un par de veces, llamando a Rober y se dio cuenta (un poco tarde) de que estaba ahí plantada en bikini.
—¿Qué? ¿Lena, eres tú? —llamó su voz desde el otro lado del muro. Los patios se separaban por un muro de poco más de 2 metros, sin toldos.
—Sí.
No hubo respuesta, pero sí unos cuantos ruidos. La cabeza de Rober se asomó tras el muro. Estaba subido a una silla. Lena se puso roja y se tapó con las manos, como si él no la hubiera visto ya en bikini… o incluso más.
—Bueno perdona —se bajó de la silla.
—¿Tienes leche? —hubo un silencio durante uno o dos segundos— Para las natillas, es que estoy haciendo natillas.
—¿Y no tienes leche en casa? —preguntó Rober con un tono poco inocente, dejando claro que toda la charla de la leche iba con segundas.
—No, es que no me di cuenta y no me queda.
—Bueno, tengo leche entera, ¿te sirve?
—Sí, esa es la que yo uso también.
—Pues entonces te la doy entera…
Lena oyó pasos que indicaban que Rober había entrado a buscar la leche.
—Vale, como estás en bragas—dijo poco tiempo después— y no quieres que te vea, he atado la leche a una cuerda. Como no quiero lanzar el brick, por si las moscas, te tiro el otro extremo de la cuerda y tú vas tirando.
—Es un bikini…
Lena no tuvo tiempo de decir nada porque Rober ya había lanzado el cabo de una cuerda verde, larga y fina. No sabía para qué podía usarla Rober. Fue tirando de la cuerda y cuál fue su sorpresa cuando vio a Rober asomado de nuevo. Se impulsó y en un visto y no visto cayó hábilmente en el patio de Lena.
Estaba totalmente desnudo, con el otro extremo de la cuerda atado a su escroto y el brick de leche en la mano.
—¿Pero qué coño haces?
—Te dije que ataba la leche a una cuerda y tú tirabas. La leche la tengo aquí —puso la mano bajo su escroto.
Era un saco generoso, tal y como ella lo había imaginado, bastante grande. Lo acompañaba una polla que se antojaba jugosa, gorda y con capuchón, morcillona. Lena notó como sus partes bajas comenzaban a humedecerse.
—Vete por favor.
—¿No está Jaime?
—Vete. Yo no quiero llegar a más contigo, la culpa me está matando, yo quiero a…
Rober se abalanzó contra ella y comenzó a besarla, comiéndole la boca. Ella se dejó hacer porque no tenía opción y porque lo estaba deseando. La barba le pinchaba y le hacía cosquillas, la polla crecía con el roce y ella la notaba rozando su ingle. Cuando ella rompió el beso, corrió adentro y Rober la siguió. Dejó el brick de leche junto al bol y empezó a succionar el cuello de Lena.
Lena gemía, agarrándose con las dos manos a la isla de cocina. Poco a poco iba enredando sus piernas alrededor de la cadera de Rober.
—Un chupetón no —alcanzó a decir.
Él separó su boca del cuello Lena y se quitó con una mano la cuerda anudada alrededor de su escroto. Bajó la parte de abajo del bikini y dirigió el pene enhiesto hacia la vagina. Se detuvo en los labios mayores.
—No voy a tener nada de piedad contigo —murmuró Rober frotando la punta de su pene con los labios mojados de Lena.
—Por favor… A Jaime no…
Miró hacia abajo y vio el pene largo y grueso de Rober, monstruoso en comparación con el único otro pene que había catado en su vida. Como mínimo eran 20 centímetros, con varias venitas recorriendo el ancho mástil.
—Fóllame —cambió de idea tan rápido como el vecino había saltado a su patio e imploró tener el rabo de Rober dentro de sus entrañas.
Primero Rober introdujo un dedo, palpando el ambiente, y luego la gran cabeza de su pene.
Lena gimió como loca, pero se mordió el labio para no hacer mucho ruido.
—Dímelo. Dime que quieres esta polla dentro —le retó el vecino, echándole su aliento sobre los pechos.
—La quiero.
—¿Recuerdas cuándo te dije que tenía mucha polla y que por eso le quitaba los ligues a tu maridito? Fue la primera vez que nos vimos —susurró en su oreja—. Tocaste en mi casa para que bajara la música. Desde entonces sabía que te tenía en el bote.
Lena se puso un poco roja. Se sentía como la mujer más fácil del mundo. A Rober no le había costado apenas esfuerzo tenerla abierta de piernas en la sauna masculina. Ella lo había hecho por voluntad propia, oponiendo una resistencia falsa que ya no tenía sentido mantener.
Rober la miró con fiereza a los ojos, agarró sus nalgas redondas y tersas, y tras recrearse en sus blandos glúteos la dejó caer en el suelo con un golpe seco.
—¡Ay! ¿Qué haces imbécil? —gimió Lena. Miraba como una niña buena, preguntándose qué había hecho mal. Desde abajo, Rober le daba aún más miedo y morbo.
—Dime que me quieres. Que me quieres más que a Jaime.
—No —se levantó sola y se plantó firme ante el vecino—. Solo me estoy dejando llevar. Él es mucho mejor de lo que tú serás nunca, y sé que se merece a alguien como yo.
—Claro que se merece a otra, porque eres una puta —Rober dio un paso adelante, seguía hablando con calma y en voz baja. Su miembro erecto rozaba la barriga de Lena—. Tienes un marido que te quiere y que trae el pan de cada día, una hija pequeña y vives bien. Y aún así te tiras al vecino —agarró un moflete de Lena—. Claro que eres una puta y no te mereces a Jaime.
Acto seguido, le propinó una sonora torta a la mujer.
—¡Tú me provocaste!
—Y tú caíste —besó a Lena en los labios una vez más y ella volvió a enrollar sus piernas alrededor de él.
De un golpe metió más de la mitad dentro de Lena. Ella no dejaba de proferir nerviosos gemidos mientras el pene seguía inmóvil en su interior. Rober pasó su dedo por la zona del clítoris y siguió adentrándose en el húmedo túnel.
—Venga, acabemos rápido que tengo que ir a trabajar.
Ella se apoyó en la isla y comenzó a mover su tren inferior como loca. Él puso sus dos manos en la cadera de Lena para guiar los movimientos. Lena nunca había sentido dentro otro pene que no fuera el de su marido, por lo que el tamaño y grosor de este quemaba su vagina.
Rober no tenía piedad y siguió bombeando hasta que se cansó de estar de pie. Lena conocía sus propias debilidades y sabía que el ritmo que llevaba Rober la haría correrse en poco tiempo. Con ella empalada, Rober comenzó a moverse en dirección a las escaleras.
—Vamos a tu cuarto, guíame.
Cada escalón que subían metía el grueso miembro un poco más adentro, haciendo que ella soltara algunos grititos de placer. Mientras, él aprovechaba para lamer y hacer movimientos circulares con la lengua alrededor de los pezones erectos de Lena, con pequeñas areolas de un color entre rosa y marrón que brillaban con la saliva.
Al estar aún en lactancia, los pezones eran una zona extremadamente sensible y esto hizo que se quedara a las puertas del orgasmo. La tumbó sobre la cama de matrimonio, resoplando como una fiera. En una cuna al lado descansaba su hija Lucía.
—Delante de la niña no, por favor —logró decir Lena antes de que Rober saltara encima de ella.
—Agh, bueno… —Rober deshizo toda la cama y arrastró a Lena dentro. Estaban cubiertos por las sábanas y Lena ya no sentía tantos remordimientos por tener a su hija delante.
—Ten cuidado… Voy a correrme en poco tiempo, me queda muy poco.
—¿Y no quieres manchar las sábanas?
—Las pondré a lavar luego —dijo Lena con una sonrisa.
Rober comenzó a bombear dentro de Lena. El dolor de la entrada seguía siendo el mismo, pero el placer inminente iba a cubrir toda la molestia de tener esa herramienta dentro. Con un gemido alto y claro, sin tapujos, echó el primer chorro de líquido transparente, bastante abundante. No paró aquí, y mientras le temblaban las piernas echó numerosos chorros más, tantos que le parecieron incontables. Todo alrededor de su entrepierna empezó a mojarse; las sábanas, la sábana bajera, sus muslos…
—Qué corrida, nena —susurró Rober, que se había retirado cuando empezó la cascada.
—No me llames nena, que me da mucho asco —gimió Lena sin dejar de correrse, con espasmos voluntarios en la vagina—. Llevaba tiempo cachonda.
—Pues a mí me has dejado compuesto y sin corrida.
—¿Te la chupo? ¿O te hago una cubana?
—¿Una cubana? ¿Y tú sabes lo que es eso? No te hacía yo tan puta, con lo formal que pareces. Bueno, prefiero seguir dándote caña luego y así me corro con todas las de la ley. Y lo haré dentro, para que le des una alegría a Jaime en nueve meses.
—Ni se te ocurra.
—Ahora voy a descansar un poco —salió de la cama, sudoroso, y abrió sin permiso uno de los armarios.
Como no encontró lo que buscaba, abrió el otro y sacó una bata azul marino que pertenecía a Jaime. Luego entró al baño. Lena aprovechó ese momento para quitar la ropa de cama y ponerla en un rincón para lavarla luego.
—¿Qué haces? —dijo Lena cuando entró al baño y vio a Rober en la ducha, usando una cuchilla desechable en sus partes.
—Pues me estoy afeitando, ¿no lo ves? —levantó el pene y pasó la cuchilla por los huevos repletos de espuma.
—¿Y para qué ahora?
—Pues porque no estaba presentable, todo fue improvisado. Si hubieras avisado que querías ponerle los cuernos a tu marido como Dios manda, me habría depilado antes.
Lena cogió un poco de papel higiénico para limpiarse los muslos y esperó a que Rober acabara. Tiró la cuchilla en la ducha y ni abrió el agua para quitar todos los pelos.
—Venga reina, que nos vamos —se quitó la bata de Jaime y la dejó en el suelo.
Ella le chupó un poco la polla, pasando la lengua desde el escroto hasta la punta húmeda. Sabía rico, siempre le había gustado el olor de la crema de afeitar masculina. Cuando se puso morcillona, Rober la empaló de nuevo y bajaron dando tumbos (adrede) hasta llegar a la cocina.
—Esta será la última vez que lo hagamos —murmuró Lena, entrecerrando los ojos de placer. Ahora que estaba completamente mojada, el pene entraba y salía con facilidad.
—De acuerdo. Me da hasta pena el pobre Jaime —dijo Rober separando cada sílaba de la frase mientras penetraba—. Una lástima que no tenga tiempo de haberte estrenado el culo.
Lena desvió la mirada y se mordió el labio.
—Aaah, que ya lo habías estrenado tú… Mira qué calladito te lo tenías.
Puso las dos manos sobre la isla y empezó a entrar y salir sin parar, como una bestia. Lena había perdido mucha fuerza después de la corrida, pero seguía disfrutándolo. Sentía que sus pezones estaban segregando un poquito de leche.
Rober no avisó, pero su cara lo decía todo. Su gran verga disparó un chorro que cayó profundo dentro de ella. Era una corriente caliente que le dejó pegajosas las paredes vaginales. La segunda y la tercera descarga también fueron dentro, muy abundantes.
La sacó con gran velocidad y en vez de echar semen en la barriga o la cara de Lena, cogió con rapidez el cuenco donde estaban las yemas, la levadura y el azúcar, y ahí echó dos telarañas de semen más, acompañadas de una risita.
—La leche se echa aparte —rió Lena.
—Bueno, espero que las natillas te queden buenas —Rober ignoró lo que acababa de decir Lena—. Un placer ayudarla, vecina. Hasta la próxima.
Y corrió al muro, se agarró al borde y se impulsó hacia arriba para llegar a su patio.
Lena respiraba agitadamente, con la vagina llena de fluidos pegajosos. A la primera la había hecho correrse en la sauna. Luego había entrado a su casa saltando el muro. Ella apenas se resistió. Le dejó que la follara en la cocina y en su dormitorio. Se había puesto la bata de Jaime y había usado su cuchilla y su crema de afeitar. Se había comportado como el hombre de la casa.
Sin duda, Rober se había vengado bien de aquel amigo que hace años le tenía tanta envidia, y si Jaime se enteraba de aquella humillación, su matrimonio con Lena se iría a la ruina.
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