Xtories

Me folla el joven jefe de mi marido

Cada vez que se sienta a cenar con su marido, Cristina sabe que no está sola. Dietrich, el joven jefe de Alfred, tiene la llave de su placer y el poder de su destino. Esta noche, el baño del restaurante será el escenario de una traición que cambiará todo.

kittysumise7951K vistas8.6· 13 votos

Antes de leer este relato recomiendo leer en este orden:

Espiando a Cristina. De: el Coleccionista

De cena con mis nuevos vecinos. De kittysumise79

Espiando a Cristina (2). De: el Coleccionista

Mi vecino me folla en un probador. De kittysumise79

Tenía ganas de reír y de celebrar.

La cena con los del trabajo de mi marido había sido deliciosa, y aunque la noche no arrancó muy bien, el fin de semana fue brutal.

—¿Ese es el vestido discreto que te pedí? —Preguntó Alfred al verme aparecer con el atuendo que Juan había seleccionado para mí.

—¿Algún problema?

—Se ve que no llevas sujetador.

—El escote de la espalda es incompatible con uno.

—Se te van a marcar los pezones mientras cenamos.

—Tú i mis pezones, deberías hacértelo mirar. ¿Qué pasa? ¿Tú madre no te dio el pecho?

Alfred me agarró de malas maneras el rostro, estaba enfadado. Nunca le había gustado que lo encarara.

—¡De rodillas! —exigió.

­—Acabo de pintarme los labios.

—¡He dicho que de rodillas! —­cuando se ponía así era mejor no contrariarlo. Obedecí y él se sacó su polla todavía flácida. Ya así era grande—. Separa los labios. —Abrí la boca y él me la metió aferrándose a mi cabeza. Me dio una arcada que contuve. Me resultaba desagradable su consistencia blanda abarcando mi cavidad bucal—. Manos a la espalda. —Odiaba aquel rito que usaba cada vez que íbamos de cena. Como si follarme la boca y tragar su leche me marcara de alguna manera.

Me agarré las muñecas y dejé que tomara el control. Siempre era así. Frío, calculado, dominante. La erección comenzó a tomar forma, el aire empezó a fallarme. Si algo le ponía a Alfred era que se me cerrara la garganta mientras me follaba la cara. La baba se acumulaba sobre mi lengua dándole lubricidad. El carmín dejaba su rastro en el tronco mientras los gruñidos rebotaban en mis oídos, sordos incesantes.

La carne cubierta de saliva entraba y salí sin pedir permiso. Sus huevos desprovistos de vello rebotaban en mi barbilla, pesados uniformes.

Tiró de mi pelo para tener mejor cabida. Su polla había alcanzado su esplendor y apenas me cabía. Me miró a los ojos con aquella sonrisa pérfida de manipulador estirado. Dos pequeñas lágrimas se agolpaban en las comisuras por el esfuerzo titánico que estaba haciendo. Le gustaba verme llorar, que sufriera para albergar su grosor. Porque se sentía fuerte, poderoso, hombre y a mí me repugnaba, a la vez que me hacía mojar las bragas.

Mi relación con él era difícil, puede que incluso inexplicable.

Las acometidas ganaron potencia y ritmo. Las arcadas se sucedían con mayor frecuencia y el jadeaba cada vez que venía una más intensa. Alguna vez me había llevado al vómito y ni así se había detenido. No hasta descargar, hasta que tragara.

Su excitación crecía al ver que mis mejillas se mojaban. Sonrió. Me apretó con violencia contra su pubis y descargó.

La leche impactó en mi garganta y descendió sin que pudiera evitarlo. Tragué la espesa corrida y limpié su polla como él exigía.

Al terminar se separó de mí y se la guardó.

—Date prisa, siempre tengo que esperarte, a veces eres exasperante.

Se dio la vuelta y bajó las escaleras.

Me puse en pie y retoqué mi maquillaje. Sin dramas. Cada uno sabe lo que tiene en casa.

Llegamos al restaurante en silencio, con música clásica sonando en el Mercedes.

Acepté cada cumplido y sonreí. Iba a tocarnos en la mesa del jefe. No podía ser de otro modo.

Dietrich, el cabronazo con más dinero y poder que conocía, se ubicó a mi derecha, Alfred a mi izquierda. El alemán era el super jefazo, veintiocho años y en la lista FORBES desde los veinticuatro, decían las malas lenguas que su fortuna pronto superaría a la del dueño de TESLA.

—Estás muy follable esta noche —murmuró en mi oreja, mientras mi marido estaba ocupado con uno de los inversores.

—Tú tampoco estás mal. —Le devolví el cumplido y él rio. Además de mucho más joven y rico que yo. Dietrich estaba terriblemente bueno. Siempre aparecía rodeado de supermodelos, aunque su fetiche era follar con maduras, a ser posible, que estuvieran casadas y de tetas grandes.

Su mano acarició mi muslo bajo el mantel. No era la primera vez ni la última que cenábamos, tonteábamos y follábamos. A Dietrich le ponía el morbo como al que más y meterme mano por debajo de la mesa con mi marido al lado lo encendía como a un petardo en la noche de San Juan.

—Separa las piernas. ¿Te has puesto las bragas que te regalé? —masculló. Las susodichas habían llegado a mi casa hacía un par de días, suerte que iban dentro de una revista de moda y que Alfred no prestaba atención a ese tipo de cosas.

—¿Por qué no lo compruebas?

Subí la tela del vestido para darle acceso, el mantel siempre daba una privacidad que era de agradecer. La mano masculina no tardó en hurgar en la zona abierta del encaje donde pendía una ristra de perlas húmedas por mi flujo.

Los dedos largos y de manicura perfecta se hundieron en mi interior, mientras frotaba las bolitas con la base de la mano para que friccionaran mi clítoris.

Dejé ir un suspiro de placer mientras llevaba la copa de vino blanco a mis labios.

—Cari, ¿tú que crees? —preguntó la pelirroja de pechos ensiliconados que lo acompañaba.

—¿Sobre qué?…cuestionó volviendo la atención hacia ella sin dejar de follarme con los dedos.

—Sobre la estética de Rosalía, ¿te gusta el pendiente que se ha puesto entre los dientes?

Los apéndices se hundieron con más fuerza y buscaron hallar mi punto G, esa parte rugosa que Dietrich sabía localizar tan bien.

—Yo te prefiero sin pendiente entre los dientes, mi amor. —La pelirroja rio y retomó la conversación con la mujer que tenía al lado. Mi respiración era cada vez más errática. Tenía muchísimas ganas de follarme al alemán.

—¿Verdad que sí querida? —Ese era Alfred, quien giraba el rostro hacia mí que no podía tener las rodillas más separadas, mientras su jefe me masturbaba.

—¿E-el qué?

—Le comentaba a Alberto, lo buena gente que parecen los nuevos vecinos.

—Oh, oh —jadeé. Diétrich acababa de dar con el punto exacto de mi placer. Alfred arrugó el ceño—. Sí, son adorables. —La última palabra me salió con demasiado aire.

—Él está en el paro y su mujer es bibliotecaria. Tal vez Diétrich encuentre algún puesto para Juan, se ve un tipo responsable.

—¿Lo es, Cristina? —cuestionó el jefe de mi marido hurgando en mi coño encharcado.

—Sí, sí, se le ve muy responsable, entregado y necesitado. Ya sabes. Los hombres y vuestra necesidad de ser los que llevan el pan a casa.

Sacó los dedos y se puso a frotar el clítoris muy rápido. Mi coño no dejaba de lanzar espasmos exigiendo ser rellenado. El aire me faltaba. Diétrich se relamió el labio inferior, era su señal para que fuera al baño.

—¿Entonces? ¿Piensas que podría haber algún puesto para él? A Carmen le haría mucha ilusión, se nota que lo está pasando mal por él.

—Si vosotros me lo pedís, le haremos una entrevista, ya sabes que me fío mucho de vosotros como pareja. Y más si lo dice tu mujer, ya sabes que ellas siempre son las de la intuición.

Alfred apretó el gesto.

—Por supuesto. Cristina es muy intuitiva.

—Di-disculpad, tengo que ir al servicio.

Recoloqué mi vestido, Diétrich apartó la mano y con las piernas temblorosas llegué al baño de mujeres.

Él no tardó en llegar. Me subió al lavamanos se desabrochó la bragueta y me folló como un animal.

—Joder, Cristina, mira cómo me pones.

No podía besarme, solo mirarme mientras mi boca se abría jadeante. Cualquiera podría entrar, a ambos nos ponía el riesgo. El jefe de mi marido se puso a amasar mis tetas y mordisquearlas por encima del tejido.

—Fóllame más duro —gemí con las piernas en su cintura. Me agarró del culo me alzó, me estrelló contra la pared y me embistió una y otra vez.

—¿Esto es lo que quieres?

—Sí, oh, sí. Así, apenas puedo contenerme.

Estaba tan cachonda. No solo por lo guapo que era, sino por lo bien que me follaba y el morbo que me daba.

—Cuéntamelo, ¿te follas al vecino? —Quiso saber con una sonrisa lasciva.

—Puede —jadeé notando el orgasmo constriñendo mi útero.

—Eres tan zorra…

—Y a ti te gusta —respondí conociendo de antemano la respuesta.

—Ya sabes lo que te dije, quiero un finde contigo a solas, necesito follarte de todas las formas imaginables.

—Envía a mi marido de viaje y soy tuya —mascullé antes de correrme como una cerda.

Diétrich empujó unas cuantas veces más y volcó su corrida en mi coño.

—Sabes que lo estoy preparando…

—Perfecto.

Acepté un suave pico antes de que me bajara al suelo. Él se limpió la polla con papel del baño, se lavó las manos y me guiñó un ojo antes de salir.

Me recompuse, me pasé algo de agua por el cuello y sonreí. Saqué el móvil de mi bolso y tomé una foto de mi coño, enmarcado por las perlas y lleno de semen para mandársela a Diétrich, a nuestro mail privado, con el asunto: «Mándalo de viaje y lléname de leche».

Sabía que se la cascaría en cuanto la viera.

Después me miré al espejo y recordé a Juan, a cómo me lo había tirado en el probador gracias a ese vestido y me acaricié las tetas pensando en él trabajando codo con codo con Alfred. Podría ser divertido.

Regresé a la mesa y me encontré con la sorpresa de que Alfred me informaba que el domingo lo pasaríamos en la finca de su jefe, que nos había invitado a pasar el día. Diétrich me ofreció una mirada retadora a la que yo respondí con una sonrisa. No pasaron ni tres segundos cuando me murmuró al oído: «No hace falta mandarlo de viaje para llenarte con mi leche».

Ya me había vuelto a excitar otra vez, así que permití que volviera a manosearme bajo la mesa y esta vez llegara al postre con un orgasmo en sus dedos.

El domingo sería épico.

Tal vez nos grabara para mandarle el vídeo al mirón de mi vecino. ¿Qué opinaría Juan sobre mis escarceos con el joven jefe de mi marido?

Espero que os haya gustado el relato de hoy.

Miau.