Xtories

Mi vecino me folla en un probador

El probador está medio abierto y la adrenalina le recorre la espalda. Sabe que su esposo está lejos, pero su vecino está justo detrás, y el riesgo de ser vista por cualquiera que pase por el pasillo es lo que la hace temblar. Esta vez, no piensa irse sola de la tienda.

kittysumise7934K vistas9.0· 8 votos

Antes de leer este relato recomiendo leer en este orden:

Espiando a Cristina. Del autor: el coleccionista

De cena con mis nuevos vecinos. De mi autoría.

Espiando a Cristina (2). Del autor: el coleccionista

Así disfrutarás más de Cris, Alfred, Juan y Mari Carmen.

Ya que los relatos están conectados entre sí.

*********

Alfred se levantó a la mañana siguiente de mal humor.

Tenía una cena importante esta misma noche y le había llegado un comunicado que era en pareja.

Me dijo que sí o sí tenía que ir con él y que esta vez fuera a comprarme un vestido apropiado, porque los míos no eran como para ir de cena de empresa.

Eso se traducía en algo monótono y recatado. Justo lo que yo no era.

Preferí arrancar una discusión que no iba a llegar a ninguna parte, últimamente no dejábamos de pelearnos.

Cogí el coche, conduje hasta una boutique del centro comercial y cogí varios modelos aptos para su control de castidad.

Seguía teniendo en mente la cena con mis vecinos de la noche anterior, y la posterior paja que me hice viéndolos follar a través de la ventana.

No solo me excitaba que me miraran, también me excitaba mirar.

Entré en el probador dejando la cortinilla medio abierta, era uno de mis vicios, desnudarme y probarme ropa con la adrenalina disparada por si alguien me veía.

Me quité la camiseta de tirantes y la falda de raso, para quedarme con un sugerente conjunto interior de encaje blanco, con medias y ligero.

Me gustaba el reflejo que me devolvía el espejo. Solo con el morbo de ser vista, ya me estaba humedeciendo.

Me probé un par de vestidos con disgusto. Ninguno parecía a la altura de lo que yo era. Alfred habría estado la mar de contento si hubiera nacido en Arabia y yo tuviera que llevar un burca.

Me quité el segundo modelo con fastidio.

—Este es el tuyo —susurró una voz detrás de mí. Clavé los ojos en el cristal incrédula porque sabía a quién pertenecía. La voz de mi vecino había capado mi atención. ¿Me habría seguido? ¿Cómo sino sabía que estaba en el probador? Verlo allí me dio morbo.

—Vaya, no te hacía usuario de esta tienda, pensaba que te iban más los pantalones que los vestidos de fiesta. —Él sonrió ofreciéndome el modelo que había elegido para mí.

—Tenemos una boda, Mari Carmen está dos probadores más allá. Te he visto y no me he podido resistir, ya sabes cuánto me gusta mirarte —Le sonreí y acepté el vestido.

—Yo ya tengo ayudante —Busqué con la mirada a la chica que anteriormente había estado echándome una mano con la elección.

—Me parece que la dependienta está demasiado ocupada con mi mujer y a mí no me importa asistirte. —Miró mis tetas que ya estaban duras. Me tomé un segundo para mirar el vestido que Juan, me había ofrecido. Era negro, brillante, de espalda descubierta hasta la cadera y escote insinuante pero no demasiado provocativo. Era precioso.

—No sé si a mi marido le gustará —dije escueta—. Es bonito, pero poco recatado por la espalda.

—¿Desde cuando eres recatada? —cuestionó Juan con una sonrisa perversa—. Esas curvas no están hechas para taparlas.

—Eso se lo cuentas a Alfred.

—Lo haría con mucho gusto. Con ese vestido serás la envidia de todo el mundo. Porque lo mejor es la percha, sin duda.

Sonreí ante su descaro. Si aquello era una estrategia de marketing con la que convencerme, estaba funcionando, porque de repente tenía toda mi atención.

—Pruébatelo, no pierdes nada.

Lo miré a él, después al vestido, de nuevo a él, otra vez al vestido… Lo dejé a un lado y me me quité el sujetador dejándole ver mis grandes tetas. Un ligero temblor asomó en su boca, se le hacía agua de solo verlas. Presioné mis pezones para que se erizaran y la pollita de Juan dio un brinco de alegría. ¡Cómo me gustaba su reacción!

—Anoche me pusisteis muy cachonda —comenté pasándome el vestido con lentitud sobre la cabeza. El simple roce de la tela me estremeció. Cuando me vi ante el espejo con el vestido colocado no pude más que contener la respiración. Era perfecto. Cualquiera diría que estaba dibujado sobre mi piel.

—Tú a nosotros también —aceptó Juan babeando.

—No sabía que a Mari Carmen le gustaban este tipo de juegos.

—Te sorprenderías —masculló acercándose a mi espalda—. Se corrió muchísimo viendo estas preciosidades. —Sus manos amasaron mis tetas y yo jadeé. Notaba su erección clavada en mis nalgas—.Te lo dije, este vestido está hecho para ti. —Pinzó mis pezones lanzando una descarga eléctrica directa a mi coño.

—¿Y qué diría tu mujer si nos viera así?

—Está demasiado entretenida para opinar y a mí me encanta mirarte.

—Eres un pervertido —comenté jocosa.

Juan atrapó mi pelo con las dos manos y lo subió creando una especie de recogido para que se viese un poco más elegante. No pasó desapercibido para mí el roce de sus dedos intencionados subiendo con suavidad por mi cuello. Colocó su cabeza encima de mi hombro desde atrás, de tal forma que veía estupendamente su cara y la mía juntas en el espejo, como un amigo que sin reparo entra a aconsejarte.

—Así está mucho mejor —dijo posando los labios sobre mi cuello y dejando, en él, un húmedo beso que me estremeció—. Ahora solo falta realzar un poco más la parte del escote. Lo miré con gesto interrogante. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar mi vecino después de haberme comido el coño anoche?

Me excitaba muchísimo y no pondría impedimento alguno a sus avances. Él lo notó.

—A Alfred seguro que el escote le gusta así. —Alargó la mano y lo ahuecó, dejando ver un poco más mis pechos, pero sin rozar nada que no debiera.

—¿Y a ti? —pregunté con atrevimiento.

—A mí… —Suspiró y movió sus dedos acariciando mi pelo para descender por la clavícula, tirar del tejido y dejar medio pezón fuera—. A mí me gustaría verte aparecer así. Seguro que te arrancaba el vestido y te comía entera.

Nuestros ojos chocaron en silencio a través del espejo, le envié una sonrisa lasciva. Me daba mucho morbo que su mujer estuviera a dos probadores de distancia. Juan me dio la vuelta tiró del escote hacia abajo y se puso a comerme las tetas.

Gemí al sentir su boca húmeda rebosante de erotismo. Mamaba mis pezones con la misma habilidad que había demostrado con mi coño durante el postre de anoche.

Los mordía, jalaba de ellos para succionarlos y lamerlos descarado.

—Me vuelven loco tus tetas —masculló contra ellas.

—Y a mí tu descaro.

No había cerrado la cortina del todo, por lo que si alguien pasaba nos vería de pleno.

Acaricié su pelo castaño con mis manos dándole vía libre a mis pezones. Me volteó hacia el espejo de nuevo para que pudiéramos vernos bien, y aquel simple gesto consiguió que me mojara más. Con la parte superior del vestido bajada por debajo de mis pechos.

—Separa las piernas —me ordenó.

Lo hice con gusto, mientras sus manos las rozaban elevando el tejido de la falda.

Me sentía tan puta, tan zorra, tan sexy. Comenzó a besarme con deleite la columna, deteniéndose unos segundos de más en mis lumbares. Consiguió alzar el vestido hasta la cintura, y emprendió en descenso de la parte superior, esta vez llagando al mismo punto, dejando el vestido alrededor de mis caderas como si se tratase de un cinturón de tela ancho.

Me instó a apoyar las manos sobre el cristal sin quitar su mirada de la mis tetas.

—Eres una jodida diosa.

—Y tu un mirón pervertido —rio.

—Verás cuanto.

A través del espejo vi cómo sacaba su polla pequeña. No se molestó en quitarme el tanga, lo echó a un lado, para posicionar su pene en la entrada de mi vagina y frotarlo en mi humedad aferrado a mis caderas.

Jadeaba como un perro que se tira a su cojín predilecto y a mí me ponía como una moto sentirme objeto, sentirme usada por él. Mis ojos se desviaron y creí ver una sombra disfrutando del espectáculo.

Gemí con fuerza, quien estuviera fuera no iba a tener más remedio que convertirnos en su tortura placentera.

Pensé en la noche anterior, en las tetas de Mari Carmen pegadas a su ventana, con el vestido que le había regalado y Juan follándosela por detrás. El sabor de la corrida de Alfred seguía en mis labios y mi coño chapoteaba sin cesar.

—Juan, fóllame —le exigí queriendo sentir su pollita en mi coño.

—¿La quieres dentro? —asentí.

—Suplica —comentó tanteando la entrada de mi vagina con una lentitud pasmosa.

—Por favor, Juan… Hazlo, fóllame, lo estoy deseando desde que te vi con tu mujer.

Me premió con una sonrisa, me separó los cachetes y me penetró de golpe arrancándome un resuello—. Ahhh.

—Pero mira que eres zorra, vecinita.

El insulto espoleó mi deseo. No llegaba a visualizar, la longitud y el grosor de aquella pequeña polla, sabía que era escasa, pero lo compensaba con su rigidez extrema. La sentía martillear en mi interior. Una vez, y otra, y otra. Dentro, fuera, dentro, fuera.

—¿Puedes meterme los huevos? —pedí.

—¿Eso es lo que quieres? —asentí.

—Muy bien.

Lo vi manipularme por detrás y encajarse entero.

—Me encanta cómo lubricas, pareces una fiesta del agua.

—Siempre he tenido facilidad.

Se puso a acariciarme el clítoris expuesto, a tirar de mis labios menores y a esparcir mi flujo por el coño mientras me follaba.

Estaba tan excitada que podía correrme en cualquier momento. Juan lo notó.

—Todavía no. Nuestros ojos se encontraron en el espejo—. Mírame —murmuró bajito con una sonrisa en la cara—. Míranos —rectificó.

Sus manos ascendieron a mis tetas sin dejar sus embestidas, suaves, constantes, placenteras… Me pellizcó los pezones, los retorció con violencia y yo gemí abandonada.

—Pero qué zorra eres Cris.

—Y tú un pervertido, ¿qué pensaría si nos viera tu mujer ahora?

Él siguió penetrándome con ahínco.

—Pensaría que estás muy buena y que le encantaría que te sometiéramos.

Aquella revelación llamó mi intención.

—¿Los dos?

—Sí, nos encantan ese tipo de juegos y tú eres tan puta... —Mi vagina se contrajo

—¿Te corres? —me preguntó mordiendo el lóbulo izquierdo de mi oreja al ver la mueca de excitación que se mostraba ante aquel espejo.

—Estoy muy cerca.

—Pues en mi boca.

Dejó de follarme y bajó hasta mi coño. Me lamió desde el culo hasta la entrada de la vagina, alternando ambos agujeros, follándolos con aquella lengua dura y exigente. Una de las manos la usaba para pajearse. La otra para frotarme el clítoris y llevarme a la locura.

—Adoro el sabor de tu coño, desde anoche que no he pensado en otra cosa.

—Y a mí me encanta tu lengua —confesé abrumada.

Jadeé como una loca, mientras él chapoteaba en mi sexo. Dejé que usara mi humedad para meterme un dedo en el culo y follarme el agujero.

Miré a través del cristal la cortina se movía y alguien nos miraba desde atrás. ¿Sería su mujer? La idea me excitó tanto que no pude contener el orgasmo me corrí en sus labios, dándole todo mi flujo en la boca.

Juan lamía desesperado almacenando todo mi sabor en su lengua.

En cuanto me tuvo limpia me pidió que me pusiera de rodillas y se pajeó entre mis tetas. Una gigantesca corrida cayó sobre ellas. Un poco de semen salpicó en la comisura de mi labio. Saqué la lengua y lo lamí para recrearme en su sabor.

Juan gimió excitado y pasó su mano por mis pechos para nutrirlos con su corrida.

Estaba tan excitada que hubiera querido que me montara de nuevo.

—Juan, ¿dónde estás? —dijo una voz desde fuera. Reconocí a Mari Carmen de inmediato.

Mi vecino hizo señal de silencio. Y empujó su pequeña polla contra mis labios para que se la limpiara. La chupé de inmediato, succioné alimentándome de un último coletazo de placer.

Juan apretaba mi cabeza y mi nariz se hundía en su pubis. Me tuvo así unos segundos, hasta que su pollita se puso flácida en mi boca.

Después me separó y se la guardó en el interior del pantalón. Se inclinó y besó mis labios con sabor a corrida.

—La próxima cena en mi casa. Será este fin de semana, mándame una foto de todos tus vestidos, yo te diré lo que quiero que lleves puesto, que le jodan a Alfred. —Sonreí complacida—. Y este vestido es el que te pondrás esta noche encima de mi corrida, y pensarás en todo lo que hemos hecho aquí dentro.

—Me parece una gran elección. —Me dio un último beso y salió a través de la cortina, dejándome ahí, de rodillas, para ir en busca de su mujer.

Pasé las manos por mis tetas y me sentí bien al notar ciertas partes que todavía no estaban secas. No pensaba quitarme su marca de la piel hasta después de la cena.

Mi móvil vibró y vi en la pantalla un mensaje de él.

—Besos húmedos en tu coño y en tus tetas de tu mirón favorito.

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Espero tus comentarios.

Miau