Mis consuegros y yo (2)
Manu siempre evitó las fiestas y la soledad, pero una noche en un refugio de montaña cambió todo. Ahora, cada roce en el autobús y cada mensaje de su futura cuñada le recuerdan que el luto ha terminado: su cuerpo está listo para lo que la vida, y Marcela, le tienen reservado.
Es cierto que la vida nos tiene reservadas muchas y variadas sorpresas. Hasta ayer mismo, mis consuegros me parecían una pareja de lo más normal, su comportamiento era totalmente predecible y sus modales educados y comedidos.
Nos conocimos durante los preparativos de la boda de nuestros hijos, ellos viven en la otra parte de la ciudad y nunca habíamos coincidido en ningún evento entre familias, porque yo no soy muy propenso a las fiestas. Estoy viudo desde hace tres años y todavía me cuesta salir a socializarme, por eso mi hijo no me invitó a ninguna celebración familiar.
Desde que nos conocimos, muy amablemente, han tratado de animarme para que salga con ellos dejando atrás mi duelo y mi soledad. Quieren que, ahora que ya no me debo cuidar de la casa ni de mi hijo, dedique mi tiempo libre de jubilado a divertirme, a hacer deporte y sobre todo a socializarme más. Yo rehúyo bastantes de sus invitaciones, sobre todo cuando intuyo que se trata de citas encubiertas con intención de emparejarme con alguna “buena amiga” suya.
Ayer hicimos una excursión a la sierra para visitar un paraje muy bonito y pintoresco cercano a la ciudad. Marcela, mi consuegra tuvo la mala fortuna de tropezar y torcerse el tobillo en la subida. Esto ralentizó mucho el ritmo de marcha, llegamos tarde al refugio sin tiempo para acometer el camino de regreso por lo que decidimos quedarnos a dormir allí. Solo quedaba una habitación libre que decidimos compartir entre los tres haciendo gala de mucha tolerancia por su parte.
Al volver del único baño del refugio, encontré a Nicolás haciéndole un masaje en la pierna a su esposa que yacía echada bocabajo sobre la cama. Me invitó a que hiciera lo mismo con la otra pierna, tras dudarlo mucho eché un poco de crema contra los dolores sobre su pantorrilla y me puse a imitar a Nicolás en las friegas.
A partir de ahí mi mundo cambió por completo. Mientras tocaba su sedosa piel podía ver marcada la raja de su sexo sobre las apretadas bragas blancas que llevaba. Marcela es una mujer bastante rellenita, sin llegar a estar gorda, para sus cincuenta y tantos años, podríamos decir que se conserva bastante bien, con un poco de exceso de peso.
Tiene un cuerpo completamente distinto al de mi difunta, todo lleno de curvas voluptuosas. Sus pechos son grandes, luce una buena barriguita, un buen trasero y unas piernas bien rotundas. Su piel parece de seda, mis manos resbalan sobre ella. Hasta ese momento, mi cerebro no había ido más allá, ni imaginado que podía haber debajo de la ropa, al fin y al cabo, ellos eran ya parte de la familia, y esas cosas no se tienen en cuenta entre familiares.
Sin duda lo que más me sorprendió fue lo que vino después. Después de desearnos las buenas noches educadamente entre tres adultos responsables nos pusimos a dormir. Quince minutos más tarde reinaba un perfecto silencio y una completa oscuridad. Los oí como se susurraban algo, fingí estar dormido, lo que ellos aprovecharon para hacer de las suyas. Marcela le hizo a Nicolás una soberna paja, tan rica que no pudo contener sus gemidos de placer, todo ello suponiendo que yo andaba de paseo con Morfeo.
No podía dar crédito a lo que estaba escuchando… vaya descaro…hacerlo conmigo presente… a escasos centímetros. ¡Vaya sorpresa…la señora no era tan apocada como parecía!... y a juzgar por los suspiros de su marido, sabía hacerlo dando la cadencia y las pausas adecuadas para que fuera una paja de nivel superior.
El resultado fue que el pobre se corrió como un bendito…y casi de inmediato se durmió como un tronco. Fui testigo, pero no convidado…aunque eso no evitó que se me pusiera dura… dura, como una piedra. Después de tanto tiempo de luto me puse totalmente verraco, hacía tiempo que no sentía algo así, me pareció que se había puesto mucho más gorda y grande de lo normal, y sentía unas ganas infinitas de darme un buen meneo para calmar tanta calentura.
Sentí mucho pudor y vergüenza por haberme excitado tanto al oír sus maniobras matrimoniales, a lo único que me atreví fue a poner la mano cerca de las nalgas de ella, justo hasta que noté el contacto de su tibia piel en mis dedos.
Pasaron los minutos, el cansancio del día, el silencio y que mi cerebro se puso a fantasear me permitieron conciliar el sueño…sin haber descargado las emociones que había almacenado.
Al día siguiente nos levantamos con total normalidad, desayunamos en el refugio e iniciamos el camino de regreso a casa como si nada hubiera ocurrido durante la noche. Afortunadamente, Marcela esta completamente restablecida de la torcedura lo que nos permite avanzar rápido hasta llegar a la parada de bus que nos llevará por la ciudad a nuestros respectivos domicilios.
Es hora punta, este bus lo toma mucha gente que va a la ciudad por diversos motivos. Está a reventar y nadie se quiere quedar en tierra, por lo que nos embutimos más y más a cada parada que hace para recoger nuevos viajeros.
Marcela, Nicolás y yo hemos logrado colocarnos los tres juntos, ocupando un pequeño espacio junto a un asiento que resulta más resguardado contra empujones de los otros pasajeros consecuencia de los baches y las curvas. Hay un inconveniente…a saber… Marcela esta entre ambos, de cara a su marido y dándome la espalda a mi… bueno lo que realmente me da es… su señor culo. Tal como estamos situados cada vez que se produce el más mínimo movimiento o ella me da con sus curvas un golpe a mi entrepierna, o soy yo quien le aprieto las nalgas con mi paquete.
El continuo contacto es inevitable, a mi mente acuden las imágenes de Marcela echada sobre la cama bocabajo donde podía verle las bragas metidas en la raja, el suave contacto de su piel y luego la soberana paja que le regaló a su marido. Todo eso unido a roce fortuito de mi paquete con su culo me ha conducido a una respetable erección que trato de ocultar por vergüenza a ser descubierto. Maniobro un poco para cambiar de posición, los dos interpretan que no estoy cómodo y que necesito poder agarrarme a un asidero que hay a nuestro lado.
Resultado: ahora Marcela empuja con sus tetas sobre mi brazo y yo tengo mi polla junto a su cadera, con el mismo o mayor problema que antes. Ellos dos están tranquilos, a su aire, dejándose mecer por las idas y venidas del autobús durante su recorrido. Yo por el contrario estoy sufriendo de lo lindo, trato de mantener la verticalidad a toda costa, tengo que hacer grandes esfuerzos para mantenerme separado de ella, y a pesar de eso siempre termino o dándole un pollazo en su muslo o con el brazo entre sus tetas.
Ya os dije al principio que ya tengo una edad…lo cierto es que me siento como un adolescente ante su primera cita con posibilidades de éxito.
A medida que el autobús va llegando al final de su recorrido, empieza a disminuir el número de pasajeros y aumenta el espacio disponible lo que supone un gran alivio para mí. Debido al tráfico de la ciudad los continuos arranques y paradas son más bruscos, y Marcela que anda algo distraída estampa su culo tantas veces contra mi paquete que este se resiste a reducir el volumen.
Cuando ya parece que el espacio libre nos permite movernos con holgura, sucede algo inesperado, Marcela sujeta en su mano su pequeña mochila de paseo, no tan mala fortuna que viene a darme de nuevo en la entrepierna. Si no fuera porque es imposible, pensaría que se está cebando conmigo y que le encanta ponerme duro en contra de mis deseos.
Al llegar a casa tras semejante calentón, en lo único que pienso es en quitarme el pantalón y dejar mi sufrido miembro a su aire para compensar la extrema presión que ha tenido que soportar. También trato de distraerme y olvidar lo sucedido haciendo algunas tareas domésticas, y me pongo a poner la lavadora. Mientras lo hago suena el celular, en la pantalla aparece: Llamada entrante de Marcela.
―Oye Manu, unos amigos nos han invitado a una fiesta mañana. ¿te quieres apuntar?... iremos a cenar y después a bailar todos juntos…habrá algunas amigas mías que están solteras.
―Mira Marcela, ya lo hemos hablado varias veces y sabes que no me apetecen nada estas fiestas y menos cuando hay “amigas” en búsqueda de maduros solitarios…
―Venga hombre no sean tan cafre…alguna vez tienes que empezar a salir― se oye la voz de Nicolás de fondo.
Tenemos abierta la video llamada por whatsapp, veo a Marcela más despeinada de la habitual. No sé cómo sujeta el teléfono porque el encuadre cambia continuamente, como si no lo pudiese mantener fijo. Solo muestra su cara en la pantalla y en medio de la conversación se ha colado mi consuegro lo que indica que lo tiene en manos libres.
Marcela tiene ganas de conversación y no la quiero cortar, así que le sigo la corriente. El problema es que mientras veo su cara han reaparecido las vibraciones que trataba de olvidar, por lo que la polla vuelve a reclamar protagonismo y la sangre se vuelve a acumular allí. Marcela nota algo y me pregunta:
―¿te pasa algo?... te noto extraño.
Supongo que, sin querer hacerlo, mueve la mano y el celular muestra su cuello y hombros desnudos. Enseguida vuelve a mostrar solo su rostro que se mueve levemente hacia arriba y hacia abajo.
―No es nada…es que estaba a medio poner la lavadora y tengo la sartén en el fuego― contesto
―¿No me digas que también cocinas?... eres un hombre muy “apañao”―dice haciendo unos gestos extraños con ojos y boca mientras sigue con el mismo movimiento extraño de antes.
―Claro que se cocinar…y dicen que bien…si queréis comprobarlo os invito a que vengáis a comer un día y lo comprobamos los tres juntos.
Marcela mira hacia abajo, como si quisiera consultar la opinión de alguien que está delante y en un plano inferior, vuelve al mirar al frente con una amplia sonrisa, y me dice:
―Aceptamos encantados, Nicolás piensa que no serás capaz… danos una sorpresa.
―Os espero este mismo sábado para comer. Podéis venir sobre las 13:30…no hace falta que traigáis nada…yo me encargo de todo.
―Muy bien…allí estaremos…ahora te tenemos que dejar…que tenemos cosas pendientes para acabar.
―Adiós, hasta el sábado.
―Adiós Marcela, dale recuerdos a Nicolás.
En cuanto cierro la llamada miro hacia mi entrepierna, se ha vuelto a poner dura y gorda mientras hablaba con mi consuegra… y en esta ocasión estoy yo solo, por lo que me puedo hacer una buena paja pensando en ella sin temor a ser sorprendido. Se acumulan en mi cerebro las imágenes y las sensaciones vividas en el día de hoy: los apretones del autobús, los golpecitos más o menos intencionados con la mochila, y ahora verla tan cerca a través del celular mientras me estaba tocando me han puesto a cien.
Mientras me pajeo pienso que la he visto extraña, como si estuviese haciendo algo mientras hablaba conmigo…sigo con la paja, mi calenturienta mente elabora una descabellada hipótesis…
…Y si lo que estaba haciendo mi pudorosa consuegra durante la llamada era cabalgar a Nicolás, de ahí el continuo movimiento arriba y abajo, y las miradas hacia abajo…no puede ser que sean tan lascivos…no me lo puedo creer…aunque solo imaginarlo me da ese plus adicional para correrme como un semental. Uffff, no está nada mal para un hombre de mi edad…jejeje.
Deverano.
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