Xtories

Salvando a Livia: Capítulos (29 y 30)

Joaquín ha pasado semanas custodiando los sueños de Livia, pero esta noche la pasión rompe la contención. Mientras tanto, Ezequiel despierta atado frente a la profanación de su dolor más profundo: su hijo muerto y su esposa en brazos de su enemigo. La noche se vuelve un campo de batalla donde el placer y la muerte chocan sin piedad.

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29. PAROXISMO

JOAQUÍN ARMENTEROS

Sábado 19 de agosto

Club Shadow Babilonia

—Hola, Estefi —la saludé cuando abrí la puerta por enésima vez.

Lorna lo había dispuesto todo para que me encontrara con ella durante los últimos 15 días. No diario, pero sí de manera constante. Mi tarjeta negra, propiedad de Valentino, seguía vigente, y Livia y yo habíamos pasado días, por la madrugada, conversando sobre nuestras vidas, sobre todo cuando estaba lúcida, que no era siempre.

No obstante, cuando ella tenía un día agotador, la encontraba dormida, recién bañada, y yo me acostaba junto a ella, besaba su espalda desnuda, su cuello, ponía música en mi teléfono y la abrazaba hasta que mi tiempo concluía y debía marcharme a casa.

No me importaba sólo mirarla descansar y no haber hecho el amor nunca con ella. A mí me bastaba con escuchar sus respiraciones. Me bastaba con percibir la frescura de su pelo. Me bastaba con custodiar sus sueños mientras ella escapaba de este obsoleto mundo.

«Livia ha sido programada para creer que es un trozo de carne cuya finalidad es proporcionar placer en detrimento de su felicidad» me había dicho Lorna «Si la amas como dices, Joaco, hazla sentir diferente. Devuélvele su humanidad, o correremos el riesgo de que cuando salga de aquí, ya no sea la misma.»

La madrugada de ese sábado me dije que tenía que ser diferente. Livia me recibió con una gran sonrisa y quise pensar que se alegraba de verme. Parecía un ángel que traslucía inocencia con ese cuerpo que invitaba al pecado. Estaba descalza, pero con un atuendo imperial de color perla que transparentaba todo su cuerpo.

—Volviste —me dijo feliz.

—Por ti siempre, cielo. Sabes que yo nunca desisto por algo que me importa.

Me acerqué a ella y le di dos besos en las mejillas, pero Estefi me tomó del pelo y me empujó a su boca.

—Bésame —me dijo, recibiéndome con su lengua—, ¿o es que otra vez sólo has venido para decirme que me amas?

—No —jadee, rodeándola de las caderas, aspirando su boca, lamiendo sus labios y sus comisuras—. Esta vez he venido a tomarte.

—¿A tomarme? —sentí que una de sus manos tocaba mi pecho, descendiéndola hasta mi entrepierna, donde encontró un grueso bulto que ya palpitaba—. ¿Quieres cogerme, Joaco?

Y yo, comiéndome sus labios, lamiéndola con codicia, llevando mis manos más lejos de lo que lo había hecho, estrujando sus nalgas, respondí entre densos jadeos:

—No quiero sólo cogerte, Estefi, yo más bien quiero hacerte el amor.

Con mis rodillas separé sus piernas, en ingresé entre ellas para anclarnos aún más.

—En la práctica, el significado de ambas cosas se traduce a lo mismo —me dijo agitada, apretando sus dedos en mi paquete, y con su mano libre metiéndola debajo de mi camisa negra, detrás de mi espalda, rasguñándome sensualmente.

—No, no se traduce a lo mismo —contesté, posando mis dos manos sobre cada una de sus nalgas, separándolas lento para luego soltarlas y hacerlas botar—. Y te lo voy a mostrar.

Impregnó sus labios suaves en mi mentón y lo lamió como si fuese un chocolate, bajando poco a poco a mi cuello, que ardió a su contacto, crispándome la piel.

Solté sus enormes glúteos para quitarme el pantalón, que lastimaba mi falo endurecido, mientras ella desabotonaba mi camisa y con su lengua hacía trazos en mis líneas musculares «Ufff, Estefi…». Con mis talones me quité primero un zapato y luego el otro, hasta quedar descalzo luego de deshacerme de los calcetines. Finalmente ella misma separó y precipitó las sedas de su cuerpo, hasta quedar increíblemente tan desnuda como yo, que temblaba a su disposición de ansiedad y deseo, dejándome conducir por ella hasta las fronteras de la pasión.

Livia miraba por primera vez las proporciones de mis genitales, y con una sonrisa lasciva me halagó:

—Ufff, qué rica la tienes, como no podría ser de otra manera.

Mi miembro erecto vibró en sus manos cuando ella lo agarró a puños. Tiró de él y me condujo hasta su cama y mi corazón palpitó tan fuerte que sentí que los ecos de mis latidos estallarían en mis orejas.

Vi cómo ella gateaba sensualmente, contoneando sus firmes y redondas nalgas, hasta recostarse en el medio de su cama, y desde allí, atrevida, me dijo, cuan sílfide bañaba en leche:

—Ven, Joaco, y siéntate en mis pechos.

—¿En tus pechos? —alcé las cejas—, ¿sentarme?

—Quiero probar algo —me invitó mordiéndose el labio inferior.

—B…ueno —respondí nervioso.

E hice lo que la implacable muchacha me pedía. Me subí al colchón, y de rodillas me acerqué desnudo hasta estar muy cerca de su cara. Situé mis nalgas sobre sus abombadas tetas, que eran tan grandes y abultadas que parecían realmente posaderas, y evité poner todo mi peso sobre ellas, para no aplastarla, sino que más bien me apoyé con mis rodillas por los laterales de su cuerpo, y apenas toqué sus senos con la suficiente presión para que al menos me hiciese sentir sus compactos pezones anillados en mis glúteos.

—Eres hermosa, niña traviesa —le dije sonriendo.

Allí, arriba de ella, sentado sobre sus gloriosas inmensidades, esperé a que procediera según su capricho.

—Eres increíblemente bello, Joaco…

Me enseñó una sonrisa que me recordó a una perversa nínfula, y a su vez, los hoyuelos de sus mejillas me mostraron a una inocente niña que intentaba jugar con un nervioso adulto con valores; pero ni ella era una niña inocente ni yo un adulto con valores. Éramos simplemente una hembra y un varón, dispuestos a entregarse a sus más bajos instintos.

—Quédate quieto —me indicó, volviéndome a sonreír, mientras los túmulos que coronaban sus senos se enterraban un poco más sobre mi culo—. No hagas nada, sólo siente.

Con sus dos manos cogió mi inabarcable falo, y su cálido contacto me escalofrió la espalda.

Y al poco rato, mi dura erección cruzaba toda su cara, desde su mentón hasta su frente, y ella, en esa posición acostada, miraba hacia mis ojos directamente en medio del pene.

—Ouufff, Liviaaa…

Con esa imagen tan prosaica y tan morbosa me dio un vuelco el corazón.

—Echa las caderas un poco más adelante, Joaco —me ordenó, y como un autómata me deslicé hacia el frente, frotando con mi tallo sus labios, su nariz y su entrecejo—, un poco más, hasta que tus huevos queden a la altura de mi boca.

Esas palabras tan atrevidas, esa actitud tan resuelta, esa expresión tan indómita y de gata en celo fue una conjunción de estímulos que provocaron que mi glande babeara sobre su pelo incluso antes de que uno de mis testículos fuese absorbido por su boca.

—¡Auuuf! —bufé enardecido, temblando de placer.

Y mientras ella se los comía, los besaba, los lamía, los chupaba, ayudándose con sus propios labios acolchados, para luego escupirlos, yo me estremecía sobre sí, sintiendo un frío escalofrío que se trazaba por toda mi médula espinal.

«¡Mhuuummm!»

Cuando ella dejaba brillante y mojado un huevo, lo sacaba de su boca, empujándolo con su húmeda lengua, y luego se metía el otro.

—¡Ouuuu… Estefiii! —volví a bramar, enloquecido, irradiándome un cosquilleo calientísimo desde la punta de mi glande hasta mi pecho.

Curvé mi espalda hacia ella, y la tomé de su rostro, entre pálpitos constantes, acariciando la suavidad de sus mejillas, haciéndola mía, como si venerara su impecable piel, como si agradeciera su talento felatorio para hacerme sentir tan bien. Y veía su lengua llena de saliva, lamiendo mis bolsas testiculares, jugueteando con mis pelillos, atrapándolos con los labios, tirando lentamente de ellos para luego liberarlos, y mi miembro temblando sobre su cara, con el glande expulsando un pequeño hilo pre seminal que se acumulaba en su almendrado pelo.

Y sus ojos lúcidos, calientes como dos brasas, jugando con mi virilidad. Y mi sumisión ante sus encantos y su húmeda empresa, aun si era yo quien estaba arriba de ella, en pose dominante, la enloquecieron.

Y Livia, o más bien Drusila, se complacía con el poder que ejercía sobre mí, que cerraba mis ojos y gemía con deleite. Se gozaba en sí misma al advertir mi docilidad y obediencia. Ella sabía, que así como me tenía, podría hacerme matar a quien ella me ordenara.

Incluso a Valentino Russo.

Ella sabía que mientras me ofreciera de sus procacidades e impudencias, yo sería un esclavo suyo que se rendiría ante cualquier acto de subordinación que me impusiera.

—¿Te gusta, hermoso? —me preguntó con la boca llena de saliva y babaza..

Y su voz perversa me hacía temblar sobre ella.

—¡Me fascina, Estefi…!

—¿Quieres que te la chupe?

—Sí…

—Dime que quieres que me la meta a la boca —me atormentaba.

—¡Sí, amor, métetela en la boca!

—¿Qué cosa?

—Mi pene…

—Suplica…

—¡Carajo, traviesa… me estás matando de deseo!

—Suplica.

—¡Chúpamela, por favor, comete mi verga, ahora!

Bastó que colocara sus pequeñas manos sobre mis abdominales para echarme hacia atrás, hasta que mi glande y la babaza que expulsaba, y que dejo un reguero sobre su frente y nariz, quedó a la altura de su boca.

Y la abrió, agarrando mi miembro con sus dos manos, y ella solita golpeteó la punta sobre sus labios abiertos. Y sacó la lengua, y vi cómo iniciaba una candente lamida de que iba desde mi tronco y hasta el vértice, asegurándose de enjugar con su boca toda mi longitud.

—¡Hummm! —gemía eróticamente—, ¡me encanta tu verga, cielo!

La blandura y suavidad de su lengua, lamiéndola por fuera, no se comparó con nada a la febril sensación que experimenté cuando la usó para chapotear mi falo dentro de su boca.

Y tuve que adoptar otra postura mucho más obscena, incorporándome más, cuando noté que la mitad de mi trozo había desaparecido dentro de ella, aplastándose mi circunferencia entre su lengua y paladar. Y ella ansiaba más, porque usó sus uñas para enterrarlas en mis nalgas, impulsándome hacia su centro, y a medida que más me inclinaba, mi virilidad más se hundía dentro de sí.

—¡Ouffff! ¡Li…viaaaa! ¡Ohhhh!

Y ella chapoteando con la boca, lamiendo, aspirando.

—¡UUUUUf!

Tuve que cerrar los ojos cuando advertí que mi verga había desaparecido toda dentro de su boca: una boca que me quemaba con su aliento y su calor. Una boca y una lengua que esculpían mi falo con destreza como si quisiera darle una nueva forma.

Y la quemazón de mi glande se intensificó de forma exponencial cuando chocó contra su úvula y sus amígdalas, ardiéndome las piernas, prendiéndose la sangre de mis venas, y yo jadeando intensamente.

—¡Ohhhhhh! —grité estremecido, latiéndome fuerte el corazón.

Y Livia escupió mi polla cuando sintió arcadas, expulsando babaza muy líquida por la boca. Y yo me eché hacia atrás, hiperventilando, con el sudor resbalando por mi frente. Y ella respiró hondo, se limpió los líquidos que había en sus comisuras y tan pronto como se recuperó, volvió a encajar sus uñas en mis nalgas y yo volví a sumergir mi falo dentro de su boca, empujándolo lentamente. «Mmmmhggggh» gemía ella, como si el clítoris lo tuviera en la garganta y estuviese disfrutando del placer.

—¡Estefiii… me estás matándooo amor…!

Y ella jugaba con mi verga, lengüeteándola cada vez que la succionaba, impregnándola de todos los líquidos que se formaban entre su lengua y su paladar. Y mi glande ardía, cosquillaba, y palpitaba.

Entonces, después de un rato mamándomela, la volvió a escupir, diciéndome como toda una viciosa:

—¡Penétrame… que mi puchita está ardiendo…!

Y yo, esclavo de sus deseos, me incorporé de inmediato, y mientras me acomodaba sobre sí, ella separó sus piernas. Y yo no podía creer que esto estuviese sucediendo. Había soñado con estar con ella en la intimidad tantas veces, que ahora que ocurría me parecía irreal.

Y abrió aún más sus piernas, quedando tan abiertas para mí que mis vistas se eternizaron en mis ojos.

—¿Te puedo hacer un oral, antes?

Y ella, que tenía los ojos entrecerrados, mordiéndose los labios, asintió con un «ujumm»

Me posé entre sus muslos, y advertí que su caverna yacía entreabierta. La calentura, el deseo y las ansias de comerse mi falo habían hecho brotar sus pliegues mojados y su sensible clítoris anillado, y como no podía ser de otra manera, me atasqué en su sexo como pretendiendo enterrar mi cabeza dentro de su vagina.

—¡Ahhhh! ¡Oh… Joacooo…! ¡Rico! ¡Ricooo!

Y mi lengua exploraba sus suaves carnes. Mis manos se estiraban y ella se revolvía en la cama.

—¡Saboréame, nene! ¡Cómeme bien! —bramaba de placer—. ¡Qué lengua tan experta… métemela más!

Con mi boca absorbí sus frescos y suaves gajos vaginales, que ya destilaban su caliente rocío, y entre inocentes jadeos sus manos fueron hundiendo mi cabeza dentro de su sexo como si quisiera devorarme a través de esa hambrienta cavidad, ofreciéndome calientes caldos que quemaron mi garganta. Y mi lengua reptó más adentro de su vagina, floreciendo como una rosa en primavera en tanto mi nariz frotaba su sensible clítoris y su perforación, haciéndola vibrar.

—¡Aah! ¡Uffff! ¡Aaaahhh!

Y jadeó mil veces como una sirena que pretende envolver con sus cánticos a un hombre en el altamar.

—¡Oh, síiii!¡Hummm!

Y sus finos pliegues endulzaban mi boca aunque estuvieran salados. Quería ahogarme con ellos, que se adhirieran a mi lengua y mi paladar. Y allí aprendí amar su carne fresca, sus flujos que se desbordaban en mi boca en abundancia, los rocíos de secreción que exudaba de su piel caliente y sus dedos presionando mi cabeza para que la siguiera comiendo ahí en medio de sus piernas, privándome de todo cuanto era.

—¡Ohhh! ¡Dioooos! —aullaba cuan auténtica loba.

Y cuando se corrió en mi boca, no le di tiempo de más. Volví a tumbarme sobre ella, eché sus piernas en mis hombros y me hundí dentro de sí aprovechando su caliente viscosidad.

—¡Ohhh, Liviaaaa!

—¡Que ricoooooo, Joacoooo!

Se contrajo y me presionó fuerte el falo con su vagina. E inicié un vaivén cadente, meneando mis caderas para restregarme completamente dentro de ella. Y la hice llorar de placer, bramar de regocijo, la hice arder y explotar un par de veces, mojándome el pene, mis muslos y mis testículos.

Y el tiempo se desconectó de nuestros cuerpos, y sólo fuimos ella y yo y nuestros placeres.

Su esencia y la mía se hizo espesa, y entre la espesura de nuestros sudores formamos caricias, humedad y jadeos, arcadas y gemidos. Y nos ahogamos comiéndonos las bocas, ella la mía, yo la suya, ambos las lenguas.

—¡Me corroooo! —exclamé con la adrenalina explotando en mi corazón, como si fuesen esquirlas de cristal—. ¡Ohhhh, Estefiiiii!

—¡Aaah! ¡Aahhh! ¡Dame leche, Joaco…! ¡Aaah! ¡Inúndame de lecheee!

Me saqué el falo ardiente y palpitante y eyaculé sobre sus pechos, cuyos chorros de semen alcanzaron incluso su mentón y una gota en su labio inferior. Livia sacó la lengua para limpiárselo, y se lo tragó. El resto colapsó en su seno derecho, pero ella, ávida, sucia, empleó las yemas de sus dedos para extender la leche hasta impregnar el que estaba limpio.

Mi glande seguía estilando mientras las fuerzas me faltaban, y el pálpito de mi pecho continuaba inmisericorde, viendo cómo sus dos cumbres de carne rebosaban de mi semen, y ella jugando con él, arrastrándolo en sus pezones.

—Bésame —me ordenó al poco rato.

Y yo me tumbé sobre ella, aplastando mi pecho contra sus senos, ensuciándome con mi propio semen. Y la besé muy suave, impregnando nuestras lenguas de nuestros alientos.

—Voy a sacarte de aquí, Livia… es una promesa.

Y nos besamos de nuevo, apasionadamente, hasta que mi falo volvió a ponerse duro y volvimos hacer el amor, esta vez en la asperidad de la alfombra, con el propósito de alcanzar un nuevo paroxismo.

30. ENFRENTAMIENTO

EZEQUIEL VÁSQUEZ

Domingo 20 de agosto

La fortaleza, Sierra Madre Occidental.

Ya me lo temía, desgraciadamente, ya me lo temía.

La deducción, y no el instinto, como pasa con las mujeres, es el mejor talante del hombre. Era patente que tarde o temprano Aníbal Abascal menoscabaría mi humanidad como una vez lo hizo con mi hombría, al acostarse con mi mujer.

Sabía que podía llegar a sopesarlo en su mente siniestra y vengativa, como una amenaza para mantenerme atemorizado de por vida. Una admonición para recordarme que por mi culpa su cría había muerto. Pero fui ingenuo y no creí que de veras se atrevería. Mas el cobarde no tiene mejor excusa para justificar sus faltas que adjudicándoselas a otro. Y él me culpaba a mí de la cosecha que él mismo había sembrado.

Porque el cobarde no tiene mayor raciocinio que creer que matando a otro puede restablecer sus frustraciones y tener una victoria que le traerá paz. Pero la paz radica en tener limpia la conciencia, y la suya, infortunadamente para él, estaba tan sucia que los remordimientos lo iban a atormentar toda la vida, convirtiéndolo en el hombre más desdichado del mundo.

El ojo por ojo: una usanza de antaño que sigue vigente en una supuesta sociedad civilizada, fue lo que recibí con saña.

Como digo; sabía que Aníbal era capaz, pero no creí que se atrevería. No lo creí por el dolor que él mismo había padecido ya con la muerte de su hija.

Tampoco pensé que un admirable estratega y ex coronel como él se atrevería a mandar a su gente para levantarme (como ahora los sicarios llaman en México a la privación ilegal de la libertad).

Después de más de una semana sin que mi muchacho diera señales de vida, y la policía sin darme noticias satisfactorias, yo ya sabía que algo malo le había pasado. Incluso su madre, mi ex esposa, me habló llorando para compartirme su preocupación. Ella sintió el día y la hora en que nos mataron a nuestro hijo, y yo no le creí, porque tenía esperanza, porque la esperanza es la única cosa que queda cuando todo se ensombrece.

«Está muerto, Ezequiel, Fercho está muerto»

«Va aparecer, mujer, nuestro hijo va aparecer»

O aunque Olga Erdinia se encargó lo más que pudo para que mi Fercho estuviese siempre protegido, los jóvenes son rebeldes, y aborrecen sentirse controlados, por lo que un día simplemente se le escapó a sus escoltas y allí aprovecharon los transgresores para atraparlo.

Afortunadamente, y lo digo como el menor de un cúmulo de dolores inmensos que me vinieron al cuerpo, su muerte fue instantánea, o yo habría sufrido lo impensable al saber que lo habían torturado en un suplicio del que él no era culpable.

Se hubo brigadas de búsqueda entre hombres y mujeres, jóvenes y niños, en un país de desaparecidos donde cada víctima se convierte en una más de las estadísticas. Y nosotros, los deudores, perpetuando la indolencia de algo que ya parece normal.

Recibí la cabeza de mi hijo en una caja de madera al en la entrada del rancho de Sabinas Hidalgo. Alguien timbró, yo salí y sin siquiera abrirla ya sabía lo que era. Ni siquiera tuve tiempo de gritar, de padecer el duelo repentino de cuando te quitan algo muy amado tan de prisa.

No tuve tiempo de asimilar que habían asesinado a mi hijo, cortándole la cabeza, porque al instante una retahíla de patadas me tumbó en el piso, dejándome en shock.

—¡Ya te chingaste, cabrón! —gritó Dumbela con una voz pedestre, un sicario tosco que yo conocía, el burlón, el envidioso, ese estúpido que sólo cumplía voluntades para ganar reconocimiento en detrimento de su dignidad—. ¡A la troca, llévenlo a la troca! —ordenó.

Y fui arrastrado entre las piedras en dirección a la camioneta, y allí me echaron, me maniataron y golearon hasta que sentí chorros de sangre escurriendo en mi nariz, que se acumulaban a las lágrimas calinosas que escapaban de mis cuencos.

En instantes tu mente se cierra para evitar que el caos te explote por dentro. Por eso no sé qué ocurrió durante el traslado desde el rancho hasta esa casa de seguridad, la Fortaleza, donde el cobarde de Abascal se resguardaba.

Ni siquiera recuerdo si tenía los ojos vendados durante el trayecto o si me continuaron golpeando en el viaje. Sólo recuerdo llegar a un claro, arrastrarme troca abajo y subirme a un helicóptero que me llevó hasta la Fortaleza de Abascal, sembrado entre pinos y la fauna fresca de la sierra. Decenas de hombres armados permanecían desplegados alrededor de la finca, y puesto que estaba claro que yo iba a morir, incorporé mi torso, levanté la cara y adopté una postura que no fuese de sumisión.

Yo era todo, menos cobarde.

Y me empujaron finca dentro, a un recibidor espacioso que nunca había visitado. Porque, como dije antes, Aníbal no revelaba a una sola persona todos sus secretos. Y atado de las manos con una cuerda tosca que sangró mis muñecas, arrastré mis pies por un suelo brumoso y áspero que me recordaba a mi alma.

—¡Adentro, cabrón, adentro! —me impulsó Dumbela.

Apenas recuerdo las risotadas de mis secuestradores cuando me dejaron frente a una enorme compuerta de madera, de dos hojas, que permanecía cerrada, y sobre ella una esquela gigante que tenía la fotografía de mi hijo, diciendo que ahí dentro era el velatorio.

—¡Mis condolencias, cornudín! —se carcajeó Dumbela—, a ver si tus cuernos te dejan entrar a la estancia.

Desde adentro de aquella sala «velatorio» escapaban los ecos de los gemidos, jadeos prosaicos y libido procaz. Como hombre que se adelantaba a los hechos por intuición, vi a Aníbal y a Lola fornicando cerca del féretro de mi hijo incluso antes de que abrieran las compuertas.

Y en efecto, cuando Marcos abrió las puertas para que yo entrara vi la misma imagen que había labrado en mi cerebro; Aníbal fornicando a esa puta que había perdido la dignidad y la voluntad.

—Lo siento, cabrón, pero nos hemos tenido que adelantar al entierro —me dijo Abascal.

Aníbal estaba, pero no estaba. Era un hombre mecánico que intentaba mostrarse vivo, cuando estaba muerto. Yo había contribuido a su muerte espiritual.

Un féretro figuraba en el centro de la sala, cuyos muebles habían sido replegados a los rincones, junto a las ventanas que daban al exterior de la Fortaleza.

Vi la alfombra tinta sobre la que reposaba el tálamo fúnebre y los tacones puntiagudos de mi esposa, que yacían anclados sobre ella, separados casi un metro el uno del otro, y también vi a Aníbal que la acometía desde atrás, del lado posterior al ataúd.

Lola permanecía negándome la vista, apoyándose con los antebrazos sobre la superficie del cristal, con los ojos y la boca cerrada, apretándolos duro para no verme y para no jadear. Yo quise mirar hacia otro lado, pero alguien me cogió del cuello y me levantó.

Y clavé mi vista al frente.

Era una escena ridícula, más que despreciable, porque aunque intentaran humillarme y profanar el cuerpo de mi muchacho, él ya estaba muerto. Ya no estaba allí, salvo sus restos.

Por eso no dejé que me impresionara tal escena, porque mis creencias sobre la espiritualidad eran otras.

—¡Míralo a los ojos, Lola, mira al cabrón de tu cornudo! —le gritó Aníbal, que ni siquiera parecía disfrutar de la follada.

Lo hacía sólo como mero trámite, por rabia.

Y tiró de los cabellos de mi esposa, que estaba vestida de negro para la ocasión, y la levantó con fuerza, de manera que me mirara a los ojos.

—¡Dile lo mucho que estás disfrutando que te reviente el culo, cabrona! ¡Díselo!

Pero Lola no decía nada. Tenía la cara descompuesta. Me miraba llorosa, con la boca entreabierta, como pidiéndome perdón, con sus antebrazos apoyados en la caja, el culo echado hacia atrás, el escote rasgado y sus tetas desparramadas en el cristal del ataúd, donde mi hijo, si hubiese abierto los ojos, las habría podido apreciar, con sus pezones y areolas expandidas.

—¡Erraste al meterte conmigo, hijo de tu puta madre! —me gritó Aníbal—. ¡Erraste al traicionarme! ¡Porque ahora te toca sufrir a ti, y después voy a desgarrarte yo mismo el alma entera!

Y amé su gesto de frustración cuando le sonreí, cuando mi apariencia de turbación y de duelo fue reemplazada por una sonrisa, cuando le confirmé que lo que hiciera con Lola ya no era de interés, y que el sacrilegio frente a la caja de mi hijo, tampoco me inquietaba.

—Siempre tan predecible, Aníbal, siempre tan imbécil y tan predecible —le dije riéndome, aun si por dentro estaba trozado—. Nunca aprendes de tus errores, nunca, y esos son los que te han llevado a la ruina. Una vez Eleanor Roosevelt dijo algo sobre aprender de los errores de otros, porque uno jamás podrá vivir lo suficiente para cometerlos todos. No obstante, como toda salvedad, tú eres la excepción a la regla, pues en muy poco tiempo de vida creo que has cometido los suficientes errores para considerarse una cuota digna para toda una existencia. Y ahora eres un pobre pusilánime de mierda que ya no vale nada. Absolutamente nada.

Antes de que Aníbal pudiera reaccionar, todos oímos una avioneta a la distancia, murmullos de su gente que comenzaba a correr a todos lados, pisadas, gritos, empujones, palabrerías y el sonido de esa avioneta y luego un helicóptero que aterrizaba justo en el techo de la Fortaleza.

—¿Qué? ¿Qué mierdas es eso? —gritó Abascal, abriendo en exceso los ojos.

Mis infractores, que intentaban seguirme sujetando por atrás, se distrajeron, justo cuando una serie de detonaciones alertó a la gente de Abascal sobre el ataque a la fortaleza.

—¡La policía federal! —gritaron los sicarios allá afuera—. ¡Es la policía federal!

Los balazos se sucedieron de repente. Los cristales de ambos lados del salón, que daban hacia afuera, reventaron con violencia. Los añicos me llegaron a mi cara, arañándome, y casi de inmediato todo el mundo comenzó a gritar.

Lola apenas tuvo tiempo de desenterrarse la verga de Abascal de su coño antes de recibir una herida en la mitad de su cara con un pedazo de cristal roto que le cercenó la mitad de su mejilla y la desfiguró.

—¡AAAAAAAHHHH! —lanzó un alarido que sigue clavado en mi cerebro.

Lo demás fue una tormenta de balas que hizo cimbrar toda la casona.

Los sicarios de Abascal se movilizaron desde afuera, y los que me tenían cogidos desde el torso me soltaron y desenfundaron las armas e intentaron matarme. Mala suerte para ellos, que aun si sabían mi formación como policía y escolta profesional, me subestimaron.

Uno a uno les rompí la nariz con la nuca, y mientras les daba patadas traperas, moliéndoles los huevos, yo empleaba mis tácticas para liberarme del amarre.

Ambos cayeron en el suelo justo a tiempo de que mis muñecas quedaron libres; desarmé a Marcos que se arrastraba hacia la puerta para escapar y fue al primero que maté, hundiéndole una bala a la mitad de la cabeza.

Dumbela logró escaparse por cuestión de suerte, porque un nuevo ataque desde el exterior de la fortaleza me obligó a tumbarme sobre el piso.

La ofensiva del exterior, repeliendo a la avioneta que detonaba cascos de fuego y a los agentes de la policía que descendían del helicóptero, fue vital para que Aníbal se desestabilizara emocionalmente y dejara de pensar. Vi entre el caos que Abascal tenía clavados dos pequeños pedazos de vidrios en la pierna y en el brazo.

—¡Hijos de puta! —gritó el cabrón.

Los sicarios eran más que los policías, pero no tenían la experiencia ni la estrategia para repeler un ataque.

Vi una puerta del lado opuesto de la entrada de la sala que debía llevar a una planta alta, y previendo que Abascal intentaría escapar por allí me lancé hacia allá.

—¡Lola, escóndete! —oí la voz de Aníbal que se arrastraba por todo el despacho intentando que las balas que entraban por las ventanas rotas no le dieran.

Yo me lancé al rincón del habitáculo nuevamente cuando la compuerta de madera de la entrada voló a pedazos. La artillería que se estaba empleando era la que usaban los soldados contra los grupos narcotraficantes, como si estuviésemos en Irak.

—¡Policía Federal! —gritó alguien con un megáfono desde el exterior de la casa de seguridad, mientras Aníbal desaparecía de mi vista valiéndose del ahumadero—. ¡Ríndete, Abascal, dile a tu gente que detenga la ofensiva o todo será peor para ti y para ellos! ¡No hace falta que tenga que morir nadie más!

Y yo me deslizaba de rodillas intentando llegar a la puerta secreta por donde Aníbal pretendía huir.

—¡Esto es un operativo oficial controlado por la Policía Federal del gobierno mexicano, y todos quedan obligados a bajar las armas y a rendirse!

—¡Primero muerto antes que pisar la puta cárcel! —aulló Aníbal, que aun si seguía perdido ante mis ojos, le podía oír cerca guiándome con su voz—. ¡Jamás estaré tras las rejas! ¡Jamás!

—¡Mejor la cárcel que el infierno, perro! —lo amenacé, antes de que un nuevo ventarrón de balas lanzadas desde la avioneta penetran a través de los cristales rotos que con el ataque se terminaron de quebrar.

—¡NOOO! —lloraba Lola desde algún lugar—. ¡Nos van a matar! ¡Nos van a matar!

La siguiente balacera produjo que los muros se resquebrajaran, que los cimientos de la finca se cimbraran, y que el ahumadero nos volviese a cubrir.

—¡No hay escapatoria! —continuó el oficial mayor—. ¡Detente, Abascal, y dile a tu gente que se repliegue!

—¡Mátenlos! —gritaba Aníbal sus hombres—. ¡Háganlos mierda! ¡Rómpanles su madre!

Pero nadie le hizo ningún aprecio. La lluvia de balas alcanzó todos los muros del habitáculo. Las paredes se descarapelaron, y el sonido de las detonaciones nos ensordeció, aunado a los gritos de Lola que estaba replegada en algún lugar del ámbito.

Todo el interior se había vuelto polvo y negrura, y difícil era distinguir a quién disparabas y a quién no, por eso me abstuve de detonar mi arma.

—¡Lola! —grité—. ¡Repliégate! ¡No te muevas!

—¡Ezequiel! ¡Mi amor…! ¡Tengo miedo! —me dijo ella.

Y oí el sonido de alguien que pateaba sobre la madera, y deduje que se trataba de Aníbal que quería escapar por aquella puerta.

Y Aníbal tiró la puerta a la tercera patada, y yo me abalancé contra él al tiempo que Lola se echaba a correr por la compuerta principal, al mismo tiempo que una lluvia de balas que entraban por las ventanas de los laterales se enterraban sobre su espalda, costillas y cabeza.

—¡Lola no! —grité horrorizado.

Aníbal aprovechó mi distracción para volverse y pegarme un puñetazo en la cara, en mis costillas y uno más en mi entrepierna. Mi arma salió volando mientras su frente golpeaba la mía con un impacto duro y certero que me aturdió. Con habilidad dobló mis brazos, empujó mis pantorrillas y me tiró al suelo, sometiéndome bocabajo. Subestimar a un ex militar como él era como confiarme de un pitbull o un Rottweiler. Y yo tenía que hacer algo pronto.

El dolor era insoportable, pero la adrenalina y mis ansias de justicia no me doblegaron.

Cuando Abascal me agarró del pelo para tronar mi cabeza contra el suelo, me giré en ipso facto, implementando todas mis fuerzas corporales hasta golpearlo contra la pared de su costado y aturdirlo, enterrando aun más uno de los cristales que estaba en su pierna, hasta enterrarlo en su carne viva.

—¡AAAAAAHHHH! —gritó de tormento.

Me arrastré hacia un lado y cuando aspiré mucho aire me abalancé sobre él, contratacando. Empuñé mis dos manos y hundí mis nudillos en su cara hasta reventarle la boca y la nariz. Su sangrerío salpicó mi propia cara toda vez que no paraba de asestarlo. Y él pateaba, pero yo con la fuerza de mis piernas intentaba doblegarlo.

—¡Voy a matarte, perro! —rugía él rabioso, completamente desfigurado de la cara, manoteando para esquivarme, sin éxito, mientras yo con mi rodilla intentaba clavar más adentro el cristal puntiagudo—. ¡Te irás a la mierdaaaa, Ezequieeeel…!

Y Aníbal me tiró un puñetazo, y al tiempo lo interceptó una de mis manos, y no sé cómo fue que hice que se la torcí con fuerza hasta que se la quebré.

—¡AAAAAHHHH! —Aulló.

—¡Aquí el objetivo! ¡Aquí el objetivo! —grité a los Policías, que seguían combatiendo en el exterior.

La pierna le sangraba tanto que temí que muriera desangrado.

—¡Mátame, hijo de putaaa! —gruñía Abascal, dolorido—. ¡Mátame de una vez!

—¡Sería demasiado fácil para ti, perro de porquería, pero una putiza no te la voy perdonar!

Y seguí hundiendo mis puños en su cara, en sus costillas, y cuando vi que el aliento se le había ido me levanté y lo patee.

Y un disparo desde atrás por poco me rozó la cabeza. Y Aníbal, que ya estaba hecho un despojo de carne, me dio una última patada me tiró de espaldas contra el suelo, pero ya no hizo por golpearme, sino por escapar, arrastras, como un agonizante, estilando sangre por el suelo, serpenteando por la escalera de caracol que llevaba hacia un techo donde, de todos modos, estaba repleto de policías.

Por eso lo dejé ir, me sentía conforme al haber volcado mi rabia moliéndolo a puñetazos. Por eso mi objetivo ahora fue ir contra Dumbela que me había tirado un balazo a matar.

Y levanté mi arma y disparé contra el sicario, que esquivó la bala escondiéndose detrás del ataúd que, por difícil que parezca, estaba intacto, aunque muy lleno de esquirlas y polvo.

Y vi en su cara rabiosa que habían perdido. La batalla campal que había afuera de la fortaleza estaba siendo ganada por los federales. Y a Aníbal lo iban a atrapar allá arriba, y Dumbela sabía que padecería las consecuencias de todos sus delitos.

Y nadie se explicaba cómo es que la policía había llegado hasta ese sitio tan recóndito, así como tampoco sabían que Olga Erdinia me había hecho colgarme dos dispositivos de rastreo GPS en los tobillos por si ocurría algo como esto.

Y me arrastré en el suelo, escondiéndome detrás de los muebles, hasta acercarme a Dumbela, que sin verme tiraba balas a lo loco por todos lados. Mi estrategia era no revelarme hasta agotar sus municiones, y cuando oí ese particular «clic» «clic» que indica que ya el arma no tiene balas, me levanté del suelo y me dejé ver. Y él, incrédulo, y viéndose rebasado, me lanzó la cuchilla que siempre cargaba consigo; cuchilla que, tras esquivarla, quedó clavada en lo que quedaba de la puerta que había roto Abascal.

Dumbela, sin armas, no era más que un costal de huesos y de carne. Por eso fui hasta él y lo estampé contra la pared, mientras él intentaba manotear. Pero era muy gordo para tener ligereza y escapar, aunque sí tenía una lengua muy larga para hacerme rabiar;

—¡Siempre me castraste los huevos, Ezequiel, por cabrón y presumido, y no sabes la satisfacción que tuve al sostener a tu hijo mientras Aníbal lo mataba! ¡Yo mismo le corté la cabeza y lo vi desangrarse!

—¡Pues será lo último que veas, hijo de puta! —le estampé un puñetazo que lo aturdió, colapsando en el suelo como un costal de vísceras.

El primer balazo se lo di en la pantorrilla, cuando intentaba arrastrarse hacia afuera, el segundo en la pierna, para nulificar sus ganas de huida, y el tercero en las entrañas, para que llegado el momento las tripas se le salieran. Y Dumbela gritó de dolor.

Se giró, extendió sus manos en el suelo en señal de rendición, e intentó arrastrarse con los pies, pero le di un balazo, rompiéndole los huesos de ambas manos.

Y le cumplí mi promesa, eso de que la muerte de mi hijo «sería lo último que vería.»

Es cierto que él sólo había seguido órdenes, que mi hijo ya estaba muerto cuando él lo cerneó: pero todo lo había hecho con saña, con satisfacción. Me lo acababa de confesar. Por eso le aplasté las córneas con los dedos, las dos al mismo tiempo. Sus gritos casi rompieron mis tímpanos, y allí lo dejé, aguardando a que se ahogara con su propia sangre, que borboteaba en la garganta como si fuese chapopote hirviendo.

Miré al cielo e hice una señal de victoria «va por ti, hijo mío.»

Con lágrimas en los ojos, al haber efectuado la justicia por mis propias manos, miré hacia el umbral del salón destrozado por las balas y vi al oficial mayor de la corporación que atestiguaba la escena.

Él era más joven que yo. Y yo estaba dispuesto a entregarme sin oponer resistencia. Viviría el resto de mis días en la cárcel con la satisfacción de saber muerto a uno de los responsables de la profanación del cuerpo de mi hijo.

A esas alturas, todas las detonaciones se habían acabado. Ya no había disparos ni se oía más que los ruidos de los helicópteros y gente corriendo por todos lados.

—Lo atraparon —me dijo—. Aníbal Abascal ha sido atrapado y puesto a disposición de la fiscalía. Eso sí, está mal herido.

—No dejen que se muera —dije entre sollozos, limpiándome las lágrimas—, porque cada quien tiene que recibir su castigo. Dumbela temía a la muerte y lo he matado, pero Aníbal… no, para él la muerte sería demasiado fácil. Él lo que más teme es la ignominia. La castración pública. La humillación que será verse encerrado el resto de sus días en una cárcel donde ya no será el señor de Monterrey. Y no me importa que me pongan en una celda junto a él, así me aseguraré de atormentarlo el resto de sus días.

El oficial mayor miró la escena del crimen y, tras callarme, lo miré con respeto. Todo lo que él sabía se lo había enseñado yo. El honor y el sentido del respeto, que era una de mis principales enseñanzas.

Martín Alcántara tuvo mucha pena cuando tuvo que quedarse con mi puesto en la policía (antes de que lo ascendieran como oficial mayor no sólo de la policía estatal, sino federal), ese que me habían quitado injustamente cuando encerré en la cárcel a un niñato pijo. Martín quiso rechazar esa oportunidad, pero yo lo persuadí «Gente corrupta me ha hecho caer, Martín, así que al menos dame la satisfacción de saber que en mi lugar quedará un hombre honorable como tú.»

Recordando esas frases arrojé mi arma en el suelo. No quería hacerle pasar a mi viejo amigo por la vergüenza de tener que arrestar al hombre que le dio techo y comida cuando él no tenía nada.

Martín me miraba con un gesto de dolor en la cara. Lo había criado como un hijo más.

—Él, Dumbela, mató a Fercho —le dije, temblándome la voz, como si quisiera al menos explicarle la razón de mi saña y así evitar que la decepción que él sentiría por mí fuese mayor.

—Salga de aquí, maestro —me dijo, para mi gran sorpresa—. Y dele santa sepultura a Fernando. Yo aquí no he visto nada. Ya me encargaré de desaparecer el cuerpo del delito.

—No fue eso lo que te enseñé, muchacho, así que no me decepciones. Mi lugar es la cárcel, junto al perro de Abascal —me resigné, levantando las muñecas para que me apresara—. Yo también he provocado mucho daño, obnubilado por mi fragilidad humana. Y estoy muy arrepentido.

El oficial mayor retrocedió, diciéndome:

—Lo que usted me enseñó, maestro, es que la cárcel no es para los hombres justos. Así que fuera de aquí, y sepulte a mi hermano.

A él también le dolía la muerte de mi hijo. Habían sido como hermanos desde que lo llevara a mi casa por primera vez.

—Y… otra cosa, maestro —me dijo cuando yo salía del habitáculo—. Su esposa está muerta.

Tragué saliva. De alguna manera pude sentir esa punzada en el pecho de perder a tu mujer más amada. Y cómo no, sufrí su muerte, pero me resigné ante su libertad.

—Ahora se ha liberado —le dije.

Y sin decir más, salí.

Después de todo, Dios me había dejado con vida. Después de todo, mi destino, al final, era el mismo de Jorge. Volver a renacer y tener un nuevo objetivo, al lado de Raquel.

Y como digo, de todos los dolores, la muerte instantánea de mi hijo fue la menor, porque al menos no había tenido que agonizar.

Y me aferré a la vida, porque merecía estar al pendiente de mi hijo cuando Raquel diera a luz. No es que mi nuevo bebé fuese a reemplazar la vida de mi querido Fercho, pero quise creer, para resignarme, que él volvería a nacer a través de esa nueva criatura.

«Regreso a México, Ezequiel» me dijo Raquel esa noche llorando, tras conocer la tragedia de mi hijo «Y ahora que Aníbal pagará sus culpas… si es que no muere en el hospital, te prometo una vida de amor eterno. Tú y Jorge me han dado una gran lección de vida.»

Y ahora ahí estaba yo, sentado a las afueras de mi casa de Monterrey, con una victoria aciaga, pero sabiendo que la caída de Abascal ya era una realidad.

Y, con lágrimas en los ojos, entendí que me tenía que aferrar a la vida por él.

Para ella, y para él, para mi nuevo él.

Para mi nueva vida.

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