Xtories

Los cuernos también caducan (ii)

Ella le dijo que si no podía ser un toro, al menos podría servir como buey. Él aceptó, y ahora espera en la oscuridad, disfrazado y mudo, mientras otro hombre toma su lugar en la cama.

maixua12K vistas6.9· 14 votos

CAPÍTULO DOS

Cómo entrenar a un cornudo.

Mi vecino era bien cornudo hace tiempo y no tenía ni idea. Mi vecina, bastante recatada en un principio había hecho de mí un macho a su medida. A su medida porque cuando necesitó más no dudó en alargarme el pene, hormonarme y administrarme viagra.

Le gustaba que me pusiese un anillo de goma en la base del pene, antes de los cojones, que mantenían mi pene bien rojo, como el de un animal. Me hacía ponerla con el pene descapullado y así la piel no podía volver a cubrirlo.

Le empezó a gustar humillar a su marido desde que supimos de sus gustos porno. Si le gustaban los vídeos de humillación, no le importaría que su mujer le llamase impotente.

Empezó diciéndoselo con tono cariñoso. Llegaba del trabajo o de estar conmigo y le saludaba: Hola cariño, ¿qué hace mi buey?

Si él protestaba ella le decía que le demostraba lo toro que era. Como él no reaccionaba ella seguía adelante…

Si mi buey no me monta me buscaré un toro. Te gustaría, ¿verdad?. O…

Oye, quizás con la leche que me eche un toro, si te la bebes como medicina, logres tú ser un toro aunque sea una vez.

Cada vez que le decía alguna de estas lindezas percibía su bragueta hinchada.

Le acariciaba la frente desde atrás mientras jugaba y le decía: “No encuentro tus cuernos”. ¿Te gustaría tener unos?

Mi vecino a veces simulaba enfado pero no se levantaba de la silla para disimular sus erecciones.

Otro día se untó el coño con yogur y le dijo: “Mira, leche de toro”. Ven a quitármela no vaya a ser que tengamos un ternero de otro color ja,ja,ja. Él acudió a chuparle el coño después de meses de abstinencia voluntaria pero ya no volvería a follarla. Había firmado su sentencia. Además mi vecina ya tenía macho, y ahora cornudo consentido, porque la siguiente vez no fue yogur sino mi leche la que bebió. El muy cornudo no reconoció el sabor… o quizás sí.

Con las primeras dosis ya mi vecina le acariciaba asiduamente la cornamenta. Ya la tienes bien dura, le decía. Ahora hay que hacerla crecer. Él se acostumbró tanto que se hizo adicto a mi leche. Mi vecina rejuvenecía por días. Tantos años desperdiciados, me decía.

Mis cojones para entonces producían esperma en abundancia y mi pene estaba más tiempo tieso que en reposo. A mi vecina le encantaba acariciar cuernos, por lo visto, porque tocaba los míos también mientras me llamaba cabrón. Le encantaba hacerlo mientras se corría, y era muy a menudo. Tanto que me confesó que a veces volvía a correrse con la lengua de su buey.

Decidió convertirlo en perro como había hecho mi ama conmigo tiempo atrás. No necesitaba ponerle jaula porque si le invitaba a montarla, se le esfumaba la erección. Era todo un buey, ¡sí señor!. La educación fue rápida. Era mucho mejor alumno que lo había sido yo. Además él nunca tenía dolor de huevos.

Mi vecina quiso dar un paso más. Muy morboso. Dejó de tomar la píldora, pero antes, un mes antes fue preparando a su “manso”.

Oye cariño, llevas meses vaciándome el coño. Has cogido mucha práctica con esa lengua de buey que tienes. Vamos a ponerle más emoción. Voy a dejar de tomar pastillas. Si de verdad me sacas toda la leche siempre que vuelva llena, no tendrás problemas. Si fallas, te tocará criar el hijo de otro. Deberás aplicarte bien porque a veces pasaré la noche entera y haré que me monte varias veces. Vigila mi tripa. Tus cuernos ya no tienen remedio.

Aquí viene lo más extraño. Mi vecino estaba tan poseído por su sumisión y posiblemente por mi esperma que, lejos de afligirse o protestarle rogó que llevara a su toro a montarla delante de él. ¡Quería ver como la preñaba!

El acuerdo fue el siguiente: Conseguiríamos tres máscaras, una de vaca marrón, otra de toro negro y otra de un buey blanco y marrón. En los primeros encuentros mi vecina y yo vestiríamos el disfraz. Mi vecino iría vestido de granjero. Su misión sería echarle el toro a su vaca una vez al día durante un mes. Así aseguraríamos el preñazo. Nos pareció muy morboso.

A continuación y durante otro mes, los tres estaríamos disfrazados. El buey trataría de montar a la vaca, pero el toro le empujaría, lo montaría a él para demostrar dominio y después copularía con la vaca mientras el buey se masturbaba. Al acabar el buey limpiaría a la vaca y se bebería su propia leche.

Mi vecina quedó preñada y a los nueve meses fui padre. El niño era igual que yo. Mi vecino no había visto mi cara pero ahora no había necesidad. Mis cuernos de cabrón derribarían puertas. Los de mi vecino no cabían por ellas. Ante los vecinos no había disimulo posible.

Mi vecina disfrutaba haciendo pasear a su cornudo llevando al bebé. Algunos se paraban y no se cortaban al decirle “es igualito que su padre”.

Por nuestra parte mi vecina y yo seguíamos viéndonos sin problemas. Teníamos quien cuidara de los niños. Niños, sí. Teníamos pensado seguir sin protección en adelante.

Al vecino le había gustado el juego del buey y el toro y cuando mi vecina trabajaba no dudaba en llamarme por teléfono imitando a un buey. Era la señal. Vestía mi disfraz y él el suyo y así, sin vernos las caras dábamos rienda suelta a nuestras fantasías. Fingíamos luchar cuerno contra cuerno y cuando le veía erecto le montaba, rápido, brutal, me corría dentro y luego levantando la pata como un perro, le meaba como señalando territorio.

Mis cojones eran una máquina de producción inagotable. Mi vecina no tardó en quedar preñada de nuevo y cuando estaba más hinchada y bajaban sus instintos yo me dedicaba a su cornudo. Ahora era mi otra vaquita. Le tenía el culo bien dilatado. Tenía tanto esperma mío dentro como su zorra.

Estábamos formando una gran familia.