Xtories

Leche de Papa Noel en la Cara de una Mujer Casada

Laura lleva años contando los días desde su último orgasmo real. Cuando llega la Navidad a una cabaña aislada, conoce a Marcos: alto, fuerte y con una mirada que la humedece al instante. Él no es un marido aburrido; es el peligro que ella ha estado buscando. Y esta noche, bajo la nieve, va a confesar todos sus pecados.

Merovingiox13K vistas8.9· 13 votos

Laura tenía treinta y cuatro años, ocho meses y veintitrés días desde la última vez que alguien que no fuera ella misma le había provocado un orgasmo decente.

Lo llevaba contando con precisión obsesiva en una libreta pequeña de tapas negras que escondía dentro de una caja vieja de tampones caducados, en el fondo del armario del baño. Allí, con bolígrafo azul barato, anotaba cada fecha y una línea breve pero demoledora:

22-feb-2023 – ducha, pensando en el profesor nuevo de pilates, el que tiene tatuajes en los antebrazos

17-jun-2023 – cama matrimonial, 2:41 a.m., Carlos roncando como tractor, pensando en el vecino del 3º que siempre sale a correr sin camiseta

9-oct-2024 – sofá del salón, auriculares puestos, vídeo porno en el móvil, imaginando que era con un desconocido en un parking subterráneo oscuro

14-mar-2025 – baño del trabajo, puerta cerrada con pestillo, pensando en el repartidor que dejó el paquete en la puerta y la miró un segundo más de lo normal

Cuarenta y un meses y pico de sequía real. No era que Carlos fuera un mal amante en teoría. Tenía manos bonitas, dedos largos y finos, besaba bien cuando empezaron la relación allá por los veintitantos. Sabía dónde estaba el clítoris, aunque lo trataba siempre con la delicadeza de quien acaricia un gatito recién nacido y tiene miedo de aplastarlo. Pero después de dos hijos (Mateo de seis y Sofía de tres), una hipoteca a treinta años que les apretaba el cuello cada mes, nóminas que apenas daban para el colegio privado y las vacaciones de verano, el sexo se había convertido en un trámite más de la lista semanal: comprar leche semidesnatada, sacar la basura los jueves por la noche, follar cinco minutos y medio en misionero con las luces apagadas para que él no se queje de que “ya no le quieres como antes”.

Laura no lo odiaba. Carlos era un buen hombre: puntual, responsable, padre dedicado, siempre traía flores el día de su aniversario. Pero en la cama era predecible hasta el punto de la tristeza. Siempre el mismo orden: besos en el cuello, caricia suave en los pechos, mano bajando despacio por el vientre, penetración en misionero, eyaculación rápida y un “¿te ha gustado, amor?” murmurado antes de darse la vuelta para roncar. Ella siempre contestaba “sí, claro” mientras se limpiaba con una toallita húmeda y miraba el techo, sintiendo cómo el vacío crecía un poco más cada vez.

Por eso cuando Carlos llegó una tarde de noviembre de 2025 con la tablet en la mano, los ojos brillantes y la voz de niño pequeño diciendo:

“¡Mira esto, amor! Una cabaña en la sierra de Guadarrama, completamente aislada, sin cobertura de móvil, sin wifi, chimenea enorme, jacuzzi exterior cubierto de nieve… ¡Navidad en familia desconectada del mundo!”, Laura sintió un pinchazo bajo el ombligo que no tenía nada que ver con el espíritu navideño.

Dijo que sí en menos de tres segundos.

No porque creyera que una semana en la montaña iba a devolverle la pasión a su matrimonio. Lo hizo porque el aislamiento absoluto le parecía, de repente, una posibilidad peligrosa. Y el peligro, aunque fuera solo teórico, le humedecía las bragas de una forma que Carlos no había conseguido en años.

El viaje de ida fue el caos familiar navideño de rigor: Mateo y Sofía peleándose por el cargador del iPad en el asiento trasero, Carlos cantando “Campana sobre campana” en versión desafinada y desafiante, paradas cada cuarenta minutos porque Sofía necesitaba pipí y Mateo decía que tenía hambre aunque acababa de comerse dos paquetes de gominolas.

Laura miraba por la ventanilla cómo el paisaje se volvía cada vez más blanco y silencioso. Los pinos cubiertos de nieve parecían soldados en posición de firmes. El cielo era de un gris plomizo perfecto. Y ella sentía cómo la expectativa crecía en su bajo vientre como una bola de nieve que rueda cuesta abajo y se hace cada vez más grande, más pesada, más inevitable.

Llegaron al atardecer del 23 de diciembre.

La cabaña era aún más impresionante que en las fotos de Airbnb: troncos oscuros, techo a dos aguas con mucha pendiente para que la nieve resbale, ventanales del suelo al techo que daban a un bosque infinito de pinos nevados, chimenea de piedra que parecía poder calentar una catedral, y un jacuzzi exterior protegido por una pérgola cubierta de nieve virgen. Todo olía a madera resinosa, frío limpio y libertad absoluta.

El dueño estaba esperándolos en la puerta, apoyado en el marco con una postura que parecía casual pero que era claramente estudiada.

Marcos.

Metro noventa y tres (lo supo después porque se lo preguntó directamente con descaro). Hombros que parecían tallados a hachazos. Barba negra corta pero densa, perfectamente recortada. Ojos color café muy oscuro con motas doradas cuando les daba la luz del sol poniente. Llevaba una camisa de franela a cuadros rojos y negros que se pegaba al pecho cada vez que respiraba hondo, vaqueros azules desgastados que marcaban unos muslos potentes y botas Timberland con barro seco hasta los tobillos. En la mano izquierda sostenía un hacha pequeña, en la derecha una botella de vino tinto de la bodega local con etiqueta escrita a mano.

—Bienvenidos al fin del mundo —dijo con una voz que parecía salir de una caverna profunda—. Soy Marcos. Espero que hayáis traído ganas de frío, porque aquí abajo de cero es lo normal.

Carlos le dio la mano con esa energía de oficinista que intenta parecer hombre de campo. Laura extendió la suya con más calma. Cuando los dedos de Marcos envolvieron los suyos, sintió la aspereza de los callos, el calor que emanaba de su palma, la fuerza contenida. Él mantuvo el contacto un segundo y medio más de lo estrictamente necesario. Ella retiró la mano despacio, notando cómo la piel le hormigueaba durante varios minutos después.

Esa primera noche todo transcurrió dentro de los límites de lo aceptable (o casi).

Cena de bienvenida que Marcos había preparado como gesto: fondue de queso con pan de pueblo recién horneado, embutidos curados de la zona, setas salteadas con ajo y perejil fresco, ensalada de rúcula con nueces caramelizadas y el vino tinto que había traído. Los niños estaban fascinados con él. Marcos les contó historias de lobos que se acercaban a las cabañas en inviernos muy duros, de tormentas que habían dejado la zona incomunicada durante doce días seguidos, de osos que habían roto ventanas para robar comida.

Carlos reía y bebía, ajeno a cómo Laura observaba los antebrazos de Marcos cada vez que partía un trozo de pan, cada vez que echaba otro tronco enorme a la chimenea y los músculos se marcaban bajo la camisa como cuerdas tensas.

Antes de que los niños se durmieran, Marcos anunció que tenía una sorpresa. Desapareció por el pasillo y volvió cinco minutos después completamente transformado.

Traje de Papa Noel completo.

Mono rojo de terciopelo grueso con ribetes blancos de piel sintética, botas negras altas hasta la pantorrilla, cinturón ancho de cuero negro con hebilla dorada enorme, guantes blancos, gorro rojo con pompón blanco colgando, barba postiza blanca perfectamente colocada. Llevaba un saco enorme de arpillera lleno de paquetitos envueltos en papel rojo y dorado.

—Ho ho hoooo… —bramó con voz fingida pero grave—. ¿Hay niños buenos en esta cabaña?

Mateo y Sofía gritaron como posesos. Carlos aplaudió como un idiota feliz. Laura se quedó sentada en el sofá, con una copa de vino en la mano, mirando fijamente cómo el traje se adaptaba al cuerpo de Marcos cuando se movía. El mono era holgado por diseño, pero aun así se marcaba el volumen del pecho, la anchura de hombros, y cuando se agachó a entregar un regalo a Sofía, la tela se tensó en la entrepierna de una forma que hizo que Laura apretara los muslos sin darse cuenta y sintiera un latido fuerte y profundo entre las piernas.

Cuando los niños finalmente se rindieron al sueño, Marcos se quitó la barba y el gorro, pero dejó el mono puesto mientras se tomaba la última copa junto a la chimenea.

—Tradición familiar —explicó—. Llevo haciéndolo desde que era pequeño. A mis sobrinos les encanta, y a los huéspedes con niños también.

Laura lo miró por encima del borde de la copa, los ojos brillantes por el vino y algo más.

—Te queda ridículamente bien —dijo en voz baja.

Marcos sonrió de lado, una sonrisa lenta y peligrosa.

—Ridículo es un adjetivo interesante viniendo de ti.

Carlos bostezó y anunció que se iba a la cama. Besó a Laura en la frente como si fuera una niña buena y subió las escaleras arrastrando los pies. Quedaron solos los dos.

El fuego crepitaba. El viento aullaba fuera. La nieve golpeaba suavemente los cristales.

Marcos dio un sorbo largo al vino.

—¿Y tú, Laura? ¿Has sido buena este año?

Ella sostuvo la mirada durante varios segundos.

—No —respondió muy despacio—. Nada buena.

Marcos no dijo nada más. Solo sonrió. Después se levantó, se despidió con un “buenas noches” grave que resonó en el pecho de ella y salió a la nieve.

Laura se quedó mirando la puerta cerrada durante casi quince minutos. Luego subió a la habitación. Carlos ya roncaba como un tractor. Ella se desnudó en el baño, se metió en la cama y, mientras él dormía profundamente a su lado, se tocó pensando en el mono rojo, en la barba blanca, en las manos grandes que habían partido el pan como si fueran a partirla a ella por la mitad.

Se corrió en silencio, apretando la almohada contra la cara para no hacer ruido. Fue el orgasmo más intenso que había tenido en meses.

A la mañana siguiente el sol salió pálido y frío. La nieve había seguido cayendo toda la noche; el mundo parecía envuelto en algodón blanco y silencio absoluto.

Carlos despertó de buen humor. Después del desayuno (tostadas con mermelada casera que Marcos había dejado en la nevera, café fuerte y zumo de naranja) anunció el plan:

—Voy a bajar al pueblo con los peques a comprar el árbol de Navidad y los adornos que olvidamos en casa. Tardaremos tres horas mínimo, quizás cuatro. ¿Te quedas preparando la cena de Nochebuena, amor?

Laura asintió con una serenidad que le sorprendió incluso a ella misma.

—Claro. Prepararé el solomillo, la ensalada y el postre.

Los besó a los tres en la puerta. Vio cómo el coche se perdía por el camino nevado. El silencio que quedó después fue ensordecedor.

Veintisiete minutos más tarde apareció Marcos.

Traía una caja metálica de herramientas y una expresión que decía que la caldera era la excusa más pobre del mundo.

—Buenos días —saludó, quitándose la nieve de las botas en el felpudo—. Vengo a revisar la caldera. El frío de anoche fue de los fuertes.

Laura lo dejó pasar descalza. Llevaba un jersey granate de lana merino holgado y leggings negros muy finos que se pegaban a cada curva. Debajo: absolutamente nada. Ni sujetador, ni bragas. Lo había decidido esa mañana frente al espejo mientras se depilaba el pubis con la maquinilla hasta dejarlo perfectamente liso y suave. Se había mirado de cuerpo entero, había pasado los dedos por los labios mayores y había sonreído con complicidad a su propio reflejo. “Por si acaso”, se dijo.

Bajaron juntos al sótano.

El espacio era fresco, con olor a humedad, metal caliente y madera vieja. Marcos se arrodilló frente a la caldera. La camisa de franela se le subió un poco, dejando ver la parte baja de la espalda: piel morena, vello negro descendiendo en una línea fina y oscura hacia la cintura de los vaqueros.

Laura se quedó de pie detrás, a menos de un metro.

—¿Necesitas algo? —preguntó, la voz ligeramente ronca.

Marcos se giró sin levantarse. Sus ojos subieron por las piernas de ella, deteniéndose en la entrepierna donde la tela de los leggings se marcaba con la forma exacta de sus labios mayores.

—Depende —respondió despacio—. ¿Qué estás ofreciendo exactamente?

El aire se volvió espeso. Podía oírse el latido del corazón de Laura en los oídos.

Dio un paso adelante. Luego otro. Luego uno más.

Marcos se levantó con lentitud deliberada. Era tan alto que tuvo que alzar mucho la cabeza para sostenerle la mirada.

—Anoche te vi —dijo él en voz baja—. Cuando me puse el traje. Tus ojos no se apartaban de mí ni un segundo. Te mordías el labio inferior cada vez que me agachaba.

Laura se pasó la lengua por el labio inferior, repitiendo el gesto de forma inconsciente.

—El traje es ridículo —murmuró—. Pero en ti… en ti no lo parece. En ti parece… peligroso.

Marcos sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, casi cruel.

—¿Quieres que me lo vuelva a poner?

Ella no contestó con palabras. Solo bajó la mirada un instante y volvió a subirla. Eso fue suficiente.

Marcos dio un paso atrás.

—Sube al salón. Enciende la chimenea hasta que arda fuerte. Dame siete minutos. No menos.

Laura subió las escaleras con las piernas temblando. Encendió la chimenea con manos torpes. Echó tres troncos grandes, papel, astillas. Las llamas crecieron rápido. El calor le quemaba las pantorrillas y subía por sus muslos desnudos bajo los leggings.

Siete minutos después Marcos apareció en la puerta del salón.

Traje completo.

Mono rojo de terciopelo grueso con ribetes blancos, botas negras altas, guantes blancos, cinturón ancho de cuero negro con hebilla dorada enorme, gorro rojo con pompón blanco colgando, barba postiza blanca perfectamente colocada. Pero debajo del mono no llevaba nada. Laura lo supo en cuanto vio la erección que empujaba la tela roja hacia delante, gruesa, larga, imposible de disimular. El contorno era tan claro que podía ver incluso la forma del glande.

—Ho ho ho… —dijo con esa voz teatral pero cargada de amenaza sexual—. ¿Ha sido usted una buena chica este año, señora?

Laura se acercó despacio, descalza sobre la alfombra gruesa, los pezones ya duros y visibles bajo el jersey.

—No, Papa Noel —susurró—. He sido una chica muy, muy mala.

Marcos la tomó por la cintura con ambas manos enguantadas. La tela áspera del guante rozó la piel bajo el jersey y Laura soltó un pequeño gemido involuntario.

—Entonces —dijo él inclinándose hasta que la barba postiza le rozó la mejilla—, vas a tener que confesar todos tus pecados. Con detalle. Sin omitir nada.

Laura tragó saliva. El calor de la chimenea le quemaba las pantorrillas, pero el verdadero incendio estaba entre sus piernas, donde ya sentía la humedad empapando los leggings.

—He pensado en otros hombres —empezó, la voz temblorosa—. En hombres que no son mi marido. En hombres que me usan como quieren. Que me atan con sus cinturones. Que me azotan hasta dejarme el culo rojo. Que me dejan marcas que tengo que tapar con maquillaje al día siguiente.

Marcos apretó los dedos en su cintura. La tela del mono rojo crujió.

—¿Y qué has imaginado exactamente que te hacían esos hombres?

—Que me follan muy fuerte… contra paredes, sobre mesas, en el suelo… Que me agarran del pelo y me meten la polla hasta la garganta hasta que lloro… Que me abren el culo con los dedos mientras me dicen que soy una puta casada infiel que se moja solo de pensar en una polla que no es la de su marido…

Él soltó una risa oscura, ronca, que le vibró en el pecho.

—¿Tu marido te hace todo eso?

—Nunca —respondió ella, casi escupiendo la palabra con rabia contenida—. Siempre es suave. Siempre rápido. Siempre aburrido. Siempre me pregunta si estoy bien. Siempre termina antes de que yo empiece a sentir algo.

Marcos la besó entonces.

No fue un beso dulce. Fue una conquista total. La lengua invadió su boca con fuerza, explorando cada rincón, reclamándola como si tuviera derecho de propiedad. La barba postiza le raspaba la barbilla y las mejillas; el roce áspero le provocaba escalofríos que le bajaban por la columna. Laura gimió dentro de su boca, agarrándose a los hombros anchos cubiertos de terciopelo rojo. Sus uñas se clavaron en la tela.

La empujó hacia atrás con lentitud, paso a paso, hasta que la espalda de ella chocó contra la repisa de piedra de la chimenea. El calor le quemó a través del jersey. Marcos le levantó la prenda con las dos manos enguantadas, despacio, dejando sus pechos al aire centímetro a centímetro.

Los pezones estaban duros, oscuros, apuntando hacia él como si le suplicaran atención.

Los pellizcó con los guantes puestos. Fuerte. Laura arqueó la espalda y soltó un grito corto y agudo.

—¿Te gusta el dolor, Laura?

—Sí… joder… sí…

Marcos se quitó los guantes con los dientes, uno a uno, sin prisa. Las manos desnudas eran impresionantes: grandes, venosas, con callos en las palmas y nudillos marcados por años de trabajo físico. Las puso sobre los pechos de ella y los estrujó con fuerza, dejando huellas rosadas en la piel blanca.

—Quítate el jersey entero —ordenó con voz ronca.

Laura obedeció. Se lo sacó por la cabeza con movimientos lentos. Quedó solo con los leggings negros finos.

Marcos la giró de golpe, poniéndola de cara a la chimenea. Le bajó los brazos a la espalda y utilizó el cinturón ancho del traje para atarle las muñecas. La hebilla metálica fría le mordió la piel. El cuero le apretaba lo justo para que sintiera la restricción en cada movimiento.

—Ahora estás indefensa —murmuró contra su oído, el aliento caliente rozándole la nuca—. ¿Te da miedo?

—No… me pone cachonda hasta el punto de doler.

Marcos le bajó los leggings con lentitud tortuosa. La tela se deslizó por los muslos, dejando el culo y el coño al descubierto. No llevaba bragas. El sexo apareció completamente depilado, labios mayores hinchados y brillantes, labios menores asomando rosados y húmedos, el clítoris inflamado y rojo como una cereza madura.

—Joder… —gruñó él, la voz rota por primera vez—. Mira qué coño tan perfecto. Mojado desde que llegué, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo llevas así?

—Desde anoche —susurró ella—. Desde que te vi con el traje.

Le separó las piernas con una bota. Pasó dos dedos entre los labios, recogiendo la humedad espesa y brillante. Se los llevó a la boca y los chupó despacio, saboreando.

—Sabes a pura necesidad. A años de necesidad.

Se arrodilló detrás de ella. La barba postiza le rozaba las nalgas mientras lamía desde el perineo hasta el clítoris con la lengua plana y caliente. Laura tembló entera. Él le separó las nalgas con las dos manos y metió la punta de la lengua en el ano, solo un instante, haciéndola jadear y ponerse de puntillas.

—¿Carlos te ha comido el culo alguna vez?

—Nunca… nunca se le ocurrió… nunca me preguntó…

—Pues hoy vas a aprender muchas cosas que tu marido no sabe hacer. Y que nunca va a saber.

Volvió al coño. Lamía con calma, saboreando cada gota. Después concentró la punta en el clítoris, lo succionaba, lo mordisqueaba con cuidado, lo hacía rodar entre los labios. Metió dos dedos dentro, curvándolos hacia arriba, buscando el punto G con precisión quirúrgica. Laura se puso de puntillas, las piernas temblando, los muslos temblando.

—Papa Noel… por favor…

—Llámame así otra vez —exigió él, la voz ronca.

—Papa Noel… no pares… voy a correrme… voy a correrme en tu boca…

El primer orgasmo llegó como una explosión silenciosa pero brutal. Las piernas se le doblaron, los fluidos le chorrearon por los muslos y gotearon sobre la alfombra. Marcos no paró. Siguió lamiendo, metiendo ahora tres dedos, abriéndola con paciencia infinita. Luego introdujo un dedo en el culo, lubricado solo con saliva y los jugos de ella.

Laura gritó. El dolor se mezcló con el placer en una corriente eléctrica que le subió por la columna. Se corrió otra vez, apretando alrededor de los dedos, el cuerpo convulsionando, las rodillas cediendo.

Marcos se levantó. Se desabrochó el mono con calma, botón a botón. La polla saltó libre: gruesa, venosa, el glande oscuro y brillante de líquido preseminal. Medía por lo menos veintidós centímetros, más ancha que la muñeca de Laura.

—Arrodíllate —ordenó.

Ella obedeció, muñecas aún atadas. Abrió la boca. Marcos le agarró el pelo con una mano y le metió la polla hasta la garganta de un empujón lento pero implacable. Laura tosió, los ojos se llenaron de lágrimas, pero no se apartó. Él empezó a follarle la boca con ritmo pausado, profundo. La saliva le chorreaba por la barbilla, caía sobre los pechos, sobre la alfombra.

—Buena puta casada —gruñó—. Trágatela entera. Hasta que te ahogues con ella.

La dejó chupar durante largos minutos. La sacaba hasta la punta, la volvía a meter hasta el fondo, le daba pequeños golpes en la garganta. Después la levantó en brazos como si pesara nada. La llevó a la cocina. La sentó en la encimera de granito helado. Le abrió las piernas al máximo.

—Mírate —dijo—. Mírate cómo estás de abierta y mojada para un desconocido disfrazado.

Laura miró hacia abajo. El coño rojo, hinchado, brillante de saliva y fluidos. La polla de Marcos apuntando directamente al centro.

La penetró de un empujón firme. Laura gritó. Dolía. Era un dolor delicioso, el dolor de ser abierta hasta el límite absoluto. Marcos empezó a bombear despacio, profundo. Cada embestida la hacía rebotar contra la encimera. Los vasos caían, los platos se estrellaban en el suelo.

—Más fuerte… —suplicó ella—. Más fuerte, por favor…

Él obedeció. La agarró de las caderas, clavando los dedos hasta dejar moretones morados que tardarían semanas en desaparecer. La folló con fuerza creciente. Laura se corrió otra vez, apretando alrededor de la polla como un puño caliente. Marcos siguió hasta que él también llegó al clímax, llenándola con chorros calientes y espesos que desbordaron y gotearon por los muslos, por la encimera.

Pero no pararon.

La llevó afuera, al jacuzzi. Nevaba suavemente. El agua estaba a treinta y ocho grados. Se metieron desnudos (el mono rojo tirado en la nieve como una bandera rendida). Bajo las estrellas y los copos que caían, Laura se subió encima. Cabalgó despacio al principio, sintiendo cada vena, cada centímetro, cada palpitar. Marcos le chupaba los pezones, los mordía, metía dos dedos en el culo mientras ella subía y bajaba.

Se corrió dos veces más en el agua caliente. Él la folló de pie, contra el borde. La puso a cuatro patas en la nieve junto al jacuzzi, el frío quemándole las rodillas y las palmas mientras él la penetraba por detrás con fuerza brutal.

Volvieron adentro, temblando de frío y deseo. Frente a la chimenea. Marcos la puso de rodillas otra vez. Le folló la boca hasta casi correrse. Luego la levantó, la puso de espaldas contra su pecho, de pie frente al fuego.

—Último regalo —susurró contra su oído—. Quiero correrme en tu cara. Quiero que tu marido te encuentre marcada con mi leche, oliendo a mí, sabiendo a mí.

Laura se arrodilló. Abrió la boca. Sacó la lengua. Marcos se masturbó rápido, apuntando con precisión. El primer chorro potente le dio en la frente. El segundo en la mejilla izquierda. El tercero directo en la boca abierta. El cuarto en la nariz. El quinto y sexto le llenaron los labios, la barbilla. La leche espesa y caliente chorreaba por el cuello, por los pechos. Laura gemía, se la extendía con las manos, se metía los dedos en la boca y los chupaba con avidez.

Y exactamente en ese instante…

La puerta principal se abrió de golpe.

El viento frío entró como un cuchillo helado.

Carlos apareció en el umbral, cargando el árbol envuelto en plástico. Detrás venían Mateo y Sofía, riendo y pisando nieve con las botas, emocionados por el árbol.

El tiempo se congeló.

Carlos se quedó inmóvil. Los ojos abiertos como platos. Primero miró a su mujer: de rodillas, desnuda, con la cara, el cuello y los pechos cubiertos de semen espeso que todavía goteaba lentamente. Luego miró a Marcos: el mono rojo abierto hasta la cintura, la barba postiza torcida, la polla todavía semi-dura y brillante de saliva y restos de corrida.

Silencio absoluto.

Solo el crepitar de la chimenea y el viento helado que entraba por la puerta abierta.

Marcos se aclaró la garganta con calma. Se ajustó ligeramente el mono. Miró a Carlos directamente a los ojos.

Y con esa misma voz grave y teatral que había usado toda la noche, dijo:

—Ho… ho… ho…

Una pausa larga, pesada, casi sádica.

—Feliz Navidad.

Los niños empezaron a gritar de emoción al ver el árbol.

Carlos no dijo ni una palabra.

Solo miró.

Primero a Laura.

Luego al semen que le chorreaba por la barbilla y caía en gotas gruesas sobre la alfombra.

Luego a Marcos.

Nadie se movió.

El fuego seguía crepitando.

Y el eco de ese “Ho ho ho” quedó suspendido en el aire, eterno, como una sentencia de la que nadie podría escapar nunca.