Xtories

El final de la inocencia

Sara tiene 43 años y su esposo le ha dado luz verde para follar con quien quiera. Pero para entender por qué elige a Pedro, el padre joven de la escuela, debe recordar la noche en que perdió su inocencia. Fue una noche de dolor, venganza y descubrimiento, donde aprendió que el placer y la traición suelen ir de la mano.

AlbertoXL20K vistas7.8· 11 votos

Me llamo Sara, tengo cuarenta y tres años, y hace unos días mi esposo me dijo que le daba igual si yo follaba con otros, siempre y cuando no dejase de hacerlo con él. Sin que él lo supiera, Alfonso acababa de darme el empujón para hacer algo que ya llevaba tiempo pensando.

No les atormentaré detallando como es mi vida en pareja. Tan sólo les diré que siempre hemos sido un matrimonio unido y feliz, gracias a lo cual hoy tenemos la suficiente confianza mutua como para explorar otros afectos sin que ello suponga un drama.

Todo empezó hace unos meses cuando Alfonso, mi esposo, me reenvió el enlace de un relato erótico que narraba un trío muy morboso. A partir de ahí, comenzamos a bromear que si mira ése hombre, que si qué chica tan bonita, hasta que anoche Alfonso por fin confesó que a él no le importaría que yo follase con otros mientras que sólo se tratase de sexo, claro está. Dicho así puede sonar extraño, pero la verdad era que ya llevábamos un tiempo dándole vueltas al asunto. Los años pasan volando, a partir de los cuarenta el cuerpo se deteriora año a año y, al final, un día tu vida se acaba independientemente de que la hayas disfrutado o no.

Si habéis leído mis anteriores relatos, sabréis que el verano pasado ya hicimos un trío, sólo que en esa ocasión incorporamos a una mujer, y no a un hombre. Concretamente, fue con la masajista a quien suelo acudir por mis problemas de cervicales, y la verdad es que la experiencia resultó francamente excitante y divertida. Aunque, bien pensado, ahora mi esposo no me había propuesto hacer un trío, sino simplemente que yo gozase del sexo con quien me diera la gana.

Era consciente de que mi tranquila vida como ama de casa, a la que había dedicado los últimos quince años, podría tambalearse y venirse abajo, pero si estaba barajando llevar a la práctica la indecente propuesta de mi esposo era porque tenía una buena razón para ello.

Alfonso me había brindado la excusa perfecta para hacer algo que no estaba bien, tener una aventura con un hombre joven y atractivo a quien veía a diario en la puerta del colegio mientras aguardaba la estampida infantil.

— Hola.

— ¡Ey, hola! —sonrío, feliz de que me haya saludado.

Sus ojos se fijan en mis labios, turgentes merced a la sesión de bótox del viernes pasado. Además, últimamente siempre los repaso con carmín gloss antes de ir al cole a por los niños. Curiosamente, ahora mis labios se mueven con timidez al pronunciar ese inocente saludo. Será que los comienzos siempre son complicados. Mis pequeños dientes, blancos y regulares, se iluminan al mismo tiempo que mis preciosos ojos verdes tratan de transmitir todo lo que siento por él, inútilmente, pues es demasiado.

El papá de Julia se acerca a mí, mirándome a los ojos. Yo mantengo la mirada, incapaz de bajarla, de moverme, de hacer algo, de detener aquel pequeño corazón que palpita como loco.

— ¿Qué tal? —pregunta.

— Bien, muy liada.

— ¿Y eso?

— Le han cambiado el turno a mi hermana y hoy va a traerme a mis sobrinos para que les dé de comer.

— Vaya…

— Sí —suspiro— Encima esta tarde tengo que llevar a los míos a pintura y a natación. ¡A ver como me las arreglo!

— ¡Ey, Victoria! ¡Aquí! —grita él, intentando llamar la atención de su hija que, al oído, habla con una amiga como si no hubiesen tenido ocasión de hacerlo en toda la mañana.

Le miro alejarse y aprieto el puño para no agarrarlo de la chaqueta, sintiendo el zumbido de mis latidos. El tiempo parece haberse detenido.

— ¡¡¡MAMÁ!!! —oí gritar de repente a mi espalda.

Bastaba con que pensase en ese hombre para que los nervios me devoraran por dentro y mi corazón echara a galopar. Yo deseaba que Pedro, ese padre joven, alegre y con carácter, fuera ese amante que mi marido deseaba para mí, pero lo cierto era que ni siquiera sabía si él accedería a tomarse un café conmigo.

Con todo, ahora que mi esposo me ha dado permiso para que me acueste con quien yo quiera, ya va siendo hora de que me sincere con él y le confiese que hace mucho tiempo que quedó en mí la marca de la infidelidad. Sin embargo, para poder explicar cuáles fueron los motivos y las circunstancias que me condujeron al final de la inocencia, y a ser infiel a mi entonces novio, habré de remontarme casi treinta años atrás.

Para ti, por estar siempre ahí.

8 de noviembre, mediodía. Veintinueve años antes.

— ¡Mamá! —chilla Sara desde su cuarto— ¿No ha llegado nada para mí?

— Sí, hay una carta en la cocina. Está sobre la mesa.

Sara se dirige corriendo a la cocina, encuentra la carta. Reconoce la letra y la abre feliz. Hace cuatro meses que están juntos, y hoy es su cumpleaños. Su historia más larga, prácticamente su única historia. Lee la carta.

Querida Sara: En este día tan importante (¿El descubrimiento de América? ¡Más aún! ¿El primer hombre sobre la luna? ¡Mucho más! ¿La inauguración de la discoteca Gilda? ¡Casi, casi...!) ¡Es broma, amor! Hoy es tu cumpleaños y he decidido que tiene que ser un día especial, feliz, precioso, romántico. ¿Estás lista? Espero que sí, porque ha empezado tu “búsqueda del tesoro”. “Tesoro” en el sentido de amor, que es lo que yo siento por ti.

MARCO

P. D.: El primer mensaje es:

Una villa que frecuentas,

mas de noche ni lo intentas,

on the left, the third tree,

en inglés, claro que sí.

Es posible que algo halles,

cuando bajo el árbol indagues.

¿Preparada? ¡¡¡VAMOS ALLÁ!!!

Sara cierra la carta y piensa. La villa está en el parque de Villa Gloria, donde va a correr tres veces por semana. ¿En inglés? ¿Por quién me toma? Desde luego es fácil, el tercer árbol apenas se entra a la izquierda.

— Salgo, mamá.

— ¿Adónde vas? —inquiere Rafaela.

— Tengo que llevarle una cosa a Llanos.

Sara se pone la cazadora Nike azul marino.

— ¿A qué hora vuelves?

— A la hora de cenar. Voy a estudiar en su casa.

Rafaela se asoma a la puerta.

— No vuelvas tarde, por favor.

— Si cambia algo, te llamo por teléfono.

Sara sale deprisa, luego se detiene en la puerta y retrocede. Besa apresuradamente a su madre en la mejilla y escapa. Una vez en el patio, abre el cierre metálico del garaje con cuidado de no hacer ruido. Saca la Vespino y después, sin encenderla, baja la rampa. Pero justo cuando gira, alza la mirada. Rafaela está asomada al balcón, sus miradas se cruzan.

— En autobús tardo mucho, mamá.

— Al menos ponte los guantes.

— No tengo frío, de verdad. Adiós.

Sara arranca la Vespino, retuerce el puño derecho y parte hacia delante con presteza. Inclina la cabeza y pasa por debajo de la barrera que el guarda se ha apresurado a levantar. Por la avenida de Francia, llega hasta el parque de Villa Gloria. Pone la Vespino sobre el soporte y va rápidamente hacia la villa. Algunas mujeres pasean empujando carritos de bebés. Algún atlético muchacho hace footing. Sara se acerca al tercer árbol que hay a la izquierda. Abajo, junto a las raíces, hay un pequeño arbusto. Lo aparta. Bajo él hay escondido un sobre de plástico. Lo coge. Cómplice y feliz vuelve a su Vespino. Lo abre. Dentro hay una bufanda preciosa de cachemira azul claro y una nota:

No lo niegues, no la tienes,

no es normal que no la lleves.

La garganta siempre roja,

natural, pues, que uno tosa.

Bien tapada, hasta el centro,

de la Plaza Mayor, justo dentro.

En el medio hay un caballo,

a qué esperas, ¡ve como un rayo!

Al llegar, cuando allí estés,

lo verás justo a sus pies.

Sara se sube a la Vespino y sonríe divertida por aquel romántico juego. Se echa al cuello la bufanda. Abriga y es suave. Realmente un bonito regalo. Y útil, visto el frío que hace. Mamá tenía razón. Levanta el asiento y saca los guantes. Marco es de verdad un tesoro. Aunque ha sido un poco imprudente. ¿Y si la hubiese encontrado alguien? Pero ha salido bien. Sara pone en marcha la Vespino y se dirige a toda velocidad hacia la Plaza Mayor. Se para delante de la entrada sur, baja de la moto y entra. Dos ancianas miran a la adolescente con curiosidad, luego se concentran en un turista que les solicita amablemente una información. Sara se acerca a la estatua ecuestre. En el frente del pedestal han dibujado una flecha con tiza blanca que apunta hacia arriba. Sara piensa que su novio está loco. Mira y, entre los cascos del caballo Alfonso Xll, ve otro paquete. Lo coge. Las dos ancianas la observan francamente intrigadas. Esta vez Sara encuentra un par de gafas de sol. Unas Ray-Ban preciosas, modelo Wayfarer. Justo las que, unas semanas antes, ella le dijo a Marco que le gustaban frente al escaparate de una óptica.

Naturalmente, hay otra nota. Ésta es más sucinta, indica una dirección. “Calle Núñez de Balboa, 48”. La Vespino arranca a toda velocidad. En parte gracias al tubo de escape que su hermana Daniela acaba de cambiar, como hacen todos para que vaya más rápida, pero también a causa de su creciente entusiasmo. Sara está convencida de que todas sus amigas se morirán de envidia cuando les hable de la búsqueda del tesoro.

Llega a la nueva dirección. Es una tienda. Sara la mira estupefacta. Una tienda de lencería. Esas cosas se las compra siempre su madre. Entra indecisa. Mira en derredor. Una dependienta joven está detrás del mostrador registrando en el ordenador unos conjuntos de raso gris recién llegados. Sara relee el final de la nota:

Tu nombre les dirás,

y nuevas prendas lucirás.

La dependienta, al verla, se acerca a ella.

— ¿Puedo ayudarla?

— Pues no lo sé —responde, y ruborizada muestra la nota a la dependienta.

— Ah, sí —sonríe— La estábamos esperando.

La chica regresa tras el mostrador y saca el contenido de una bolsa de papel.

— Estos conjuntos son para usted. Elija el que más le guste.

La dependienta coloca tres conjuntos de ropa interior sobre el mostrador. Los tres son de raso.

El primero es un body negro, con dibujos transparentes sobre el pecho y unos finos tirantes. El segundo es un dos piezas rosa pálido con dibujos transparentes ligeramente más claros. El último es de color ciruela, con unos tirantes ligeros y la braguita con la pernera alta. Sara los mira. Se detiene en cada uno de ellos sin atreverse a levantar la cabeza. Se ruboriza a causa de la vergüenza. La dependienta lo advierte y trata de echarle una mano.

— Creo que éste es el más adecuado para usted —coge la parte de arriba del conjunto rosa pálido y se lo enseña— Tiene la piel clara, le quedará fenomenal.

Sara alza tímidamente la mirada.

— Sí, estoy de acuerdo. Me quedo con éste, gracias.

Sara da un paso hacia atrás y mira distraídamente a su alrededor, esperando a que aquella dependienta tan solícita envuelva su regalo. Un frío maniquí luce un conjunto súper sexy. Sara se imagina con él puesto. Al maniquí le sienta genial, a ella quizá no tanto.

— Disculpe, señorita.

Sorprendida, Sara se vuelve hacia la dependienta.

— El muchacho que vino, imagino que es su novio…

— Sí, así es.

— Pues dejó dicho que, después de haber elegido el conjunto tenía usted que ponérselo.

— No —dice Sara, sin pensar.

— Sí.

Sara no se lo puede creer.

— Si no, me prohibió terminantemente que le entregara el mensaje.

— ¿Hay más?

— Supongo que sí.

— Entiendo. Gracias.

Sara toma del mostrador el conjunto rosa, pero antes de que se marche al probador, la dependienta le ofrece la bolsa de papel vacía.

—Tenga, puede meter aquí dentro el que lleva puesto.

Tras verificar que la cortina del probador queda sellada de forma hermética, Sara se cambia de ropa interior. Esto sólo se lo contará a Llanos, su mejor amiga y que, al contrario que ella, ya no es virgen. A continuación se mira al espejo. Realmente la dependienta tenía razón, aquel dos piezas le sienta de maravilla. Un pensamiento le cruza la mente. “¿Qué dirá mamá cuando vea esto en el cesto de la ropa para lavar?”. Le contará que es un regalo que le han hecho las graciosas de sus amigas. Llanos, Cristina y alguna más. Sara se viste de nuevo y sale del probador. La dependienta se fía y, sin mirar dentro de la bolsa, le da el nuevo mensaje. La dependienta, soñando con los ojos abiertos, la contempla mientras se aleja. También es lo bastante guapa como para que alguien quiera hacer con ella aquel romántico juego. Lo que es seguro es que esa noche la joven reprochará a su novio por no tener imaginación. En cualquier caso, hay que darse prisa. Algunas locuras sólo son verdaderamente divertidas a una cierta edad.

A Sara le cuesta un poco entender la siguiente pista. Al final, va al jardín que hay junto a su colegio. Allí hay un banco donde a menudo se ha besado con Marco. Debajo de éste encuentra un sobre con un décimo de la lotería de Navidad y un nuevo mensaje. En Benetton le espera un conjunto de falda y chaqueta en tono burdeos, además de una blusa blanca de manga larga. El mensaje siguiente la conduce hasta una tienda de la Calle Preciados donde, resolviendo un sencillo acertijo, recibe un par de preciosos zapatos a juego con el conjunto recién adquirido. Allí cerca, para reponer fuerzas, Marco le ha pagado su pastel preferido. Mientras Sara se come uno de aquellos deliciosos hojaldres con crema, la cajera le da la última nota:

Engullida ya la tarta,

aún hay algo que falta.

¿O estás ya un poco harta?

Si él es el amor de tu vida,

vuelve al punto de partida.

Sara se traga el último trozo de tarta, el central, el que tiene en medio un grano de uva. Se limpia la boca antes de salir. Pone en marcha la Vespino y, en décimas de segundo, piensa el mejor camino para regresar al parque de Villa Gloria. Si su madre la viera ahora, casi no podría reconocerla. Lleva puesto un traje burdeos precioso, unos zapatos de piel elegantísimos, unas Ray-Ban súper chic y en el bolsillo un posible tesoro: el billete de lotería. Sara tampoco ha olvidado ponerse la cálida bufanda de cachemira alrededor del cuello. Da la vuelta en la plaza de Neptuno y se para delante de la verja del parque, justo donde ha empezado la búsqueda del tesoro. Reconoce el Alfa-Romeo GT azul oscuro. Se apresura a entrar. Marco está allí, apoyado en un árbol. Sara llega corriendo hasta él y lo abraza con fuerza. En cuanto ella se lo permite, Marco saca una rosa que tenía escondida tras de sí.

— Toma, cariño. Feliz Cumpleaños.

Encantada, Sara contempla la hermosa flor que su novio le acaba de regalar. Luego le rodea de nuevo el cuello con los brazos y lo besa apasionadamente. Se siente realmente enamorada. ¿Cómo no estarlo después de todo aquello? Marco la aparta ligeramente, sujetándola por los hombros.

— Déjame ver… Estás guapísima. ¡Qué elegante! ¡Pero quién te ha regalado todo esto!

— Tú, mi amor.

Marco le arregla la bufanda azul alrededor del cuello. Sara lo mira sonriendo con sus grandes ojos verdes. Pasa el brazo alrededor de su cintura y, juntos, se encaminan hacia la salida.

— ¿Puedes dejar la Vespino aquí?

— ¿Por qué? ¿Adónde vamos?

— A tomarnos un aperitivo y luego tal vez a comer algo.

— Tengo que avisar a mi madre.

Sara sube al GT. Marco se ocupa amablemente de poner el seguro en la rueda delantera de la Vespino. Luego sube al coche y se aleja veloz en el tráfico del mediodía. Sara llama a su madre. Está jugando a las cartas en casa de los Arzuaga. Rafaela está tan concentrada en el juego que escucha distraída lo que le dice Sara. Van a comer una pizza. Va ese chico con ella pero, por supuesto, les acompañan otros amigos. Va a dejar la Vespino en casa de Llanos y la recogerá mañana. Marco le ha regalado una bufanda por su cumpleaños, que es lo que deja más tranquila a su madre. Sara recibe permiso para cenar fuera de casa.

Comen en Il Forno, una pizzería-restaurante en la calle de la Caba, un local muy popular porque lo frecuentan actores y personajes famosos.

Hablan de la búsqueda del tesoro. Sara le dice cuánto se ha divertido. Cuánto le ha gustado todo, cuánto la van a envidiar todas sus amigas cuando se lo cuente. Marco le resta importancia, pero no consigue ocultar hasta qué punto aquella idea le hace sentir orgulloso.

Bromea contándole que fue a Villa Gloria, preocupado por que ella no hubiera entendido algún mensaje y no llegara hasta el final. Sara finge ofenderse. Marco le sonríe. Sara se toca el pelo. Él le acaricia la mano. Entra un actor conocido con una guapa muchacha que todavía no es famosa. Lo será muy pronto, al menos en la prensa rosa, a juzgar por como sonríe. En realidad Sara no entiende muy bien por qué Il Forno tiene tanto éxito. La gente va para ver a los famosos pero luego, cuando éstos llegan, hacen como que no los ven.

Más tarde dan un breve paseo por el centro, él le compra una flor que ella promete guardar entre las páginas de su cuaderno de Latín. Entran en Smöy y se toman un helado. Sara discute con la camarera para que le ponga más cantidad de helado de yogur. Marco paga un suplemento con tal de contentarla. Mucho después, hablando todavía sobre la estúpida camarera y la ración doble de yogur, acaban en casa de Marco casi sin darse cuenta. Abren con cuidado la puerta para no despertar a sus padres, hace rato que anocheció. Andan de puntillas hasta su habitación. Cierran la puerta y, un poco más tranquilos, encienden la radio. Mantienen bajo el volumen. Un tierno beso los lleva hasta la cama. En Onda Melodía una cándida voz femenina anuncia “Poética”, de Cesare Cremonini, una romántica canción italiana. La luz de la luna entra tímidamente por la ventana. En aquella mágica penumbra, Sara se deja acariciar. Lentamente, Marco recupera el traje que le ha regalado. Ella se queda en ropa interior. Él la besa entre el cuello y los hombros, acariciándole el pelo, le roza el pecho, el vientre pequeño y liso. Luego se incorpora y la mira.

Sara está allí, bajo él. Jadeante y ligeramente asustada, lo mira. Marco sonríe. Sus blancos dientes relucen en la penumbra.

— Estaba seguro de que elegirías este conjunto. Es precioso.

Sara abre los labios para decir algo, pero Marco se inclina sobre ella para besarla. Ella, casi inmóvil, delicada y suave, acoge su beso. Aquella noche, en Onda Melodía, ponen las canciones más bonitas que jamás se hayan compuesto, o eso le parece a ella. Marco es dulce, pero insiste un buen rato para obtener algo más. En vano. Su fútil esfuerzo sólo le sirve para tener el placer de ver como es Sara sin la parte de arriba del conjunto de lencería. Es el primero en tener esa suerte, pero eso es todo.

Más tarde la lleva a casa. La acompaña hasta la puerta y la besa tiernamente, ocultando la extraña rabia que siente por dentro. Después regresa conduciendo veloz en la noche. Recuerda aquella canción de Alejandro Sanz que hablaba de una muchacha que era igual que una tarta de frambuesa, una muchacha feliz de que no se la hayan comido.

— Igual que ella. Sólo me ha dejado probar una cucharada.

Piensa en la búsqueda del tesoro, en el dinero que se ha gastado. El tiempo que dedicó a componer aquellas frases en rima. Las tiendas que eligió y todo lo demás. Entonces cambia de idea, irá a esa popular discoteca, Gilda, y da la vuelta. Un pensamiento oportunista acaba de barrer hasta el último de sus escrúpulos. “¡Por amor de Dios, ella ha conseguido incluso la doble ración de helado!”. Frustrado y furioso, Marco decide que va a encontrar a una chica que sí esté dispuesta a dejarse comer.

Unos días más tarde, al pasar frente a la cristalera de un restaurante, una amiga de Sara reconoce a Marco comiendo pizza con una chica bastante guapa, de cabello oscuro y no demasiado largo. Por supuesto, la llama de inmediato.

Cuando Sara lo ve algo se resquebraja. Recuerdos, emociones, momentos preciosos, frases dulces susurradas empiezan a girar en un remolino espantoso. Sara palidece, siente que está a punto de vomitar y Llanos, su amiga, lo advierte.

— ¿Qué?

Sara no consigue hablar. Indica con incredulidad a su novio, que a su vez llama la atención del camarero. Llanos se da la vuelta. Llanos ve como el camarero se acerca a la mesa. Marco está allí, sonríe a la chica sentada frente a él. Le acaricia la mano, confiado en que esa será una comida agradable, casi tanto como lo que vendrá a continuación. Llanos se vuelve de nuevo hacia Sara.

— ¡Hijo de puta! —prorrumpe Llanos, finalmente— Ése se está preparando el examen de Anatomía.

Sara agacha la cabeza en silencio. Una ingenua lágrima le resbala por la mejilla, se detiene un instante en la barbilla y luego, empujada por el dolor, salta al vacío.

Su amiga la mira con angustia.

— Perdona, Sara. Yo no quería…

— Tú no tienes la culpa, Llanos. Tú no tienes la culpa.

Llanos se saca del bolsillo de los pantalones una colorida badana para el pelo y se la da.

— Ten. No es lo más apropiado, pero siempre es mejor que nada.

Casi sin darse cuenta, se sientan en una de las mesas de la terraza. Sara suelta una extraña carcajada con regusto a llanto. Acto seguido, se seca las lágrimas y levanta la mirada. Sus ojos vidriosos, ligeramente enrojecidos, vuelven a mirar a su amiga. Entonces Sara suelta otra carcajada que suena en realidad como un sollozo. Llanos le acaricia la mejilla, arrastrando otra lágrima indecisa.

— Venga, no llores. Ese cretino no se lo merece. ¿Cuándo encontrará a alguien como tú? Él es quién llorará, no sabe lo que acaba de perder. De ahora en adelante no tendrá más remedio que salir con tías como ésa.

Llanos se vuelve de nuevo para mirar a la chica. Sara lo hace también. Siente una nueva punzada en el estómago. La búsqueda del tesoro. Los paseos y las risas en el parque, los besos al caer la tarde, mirarse a los ojos y decirse “Te quiero”. Imágenes dulcemente etéreas salen volando arrastradas por un viento triste. Sara trata de sonreír. Les traen unas cervezas.

— Bueno, a mí no me parece tan fea.

Llanos sacude la cabeza. Su amiga es increíble, incluso en una situación como ésa Sara no puede evitar ser sincera. Sara coge la cerveza y da un sorbo. A continuación coloca enérgicamente la jarra sobre la mesa y se limpia la boca y las mejillas con el dorso de la mano.

— ¡Dios, cómo lo odio! —confiesa apretando los dientes.

— ¡Bien! Así me gusta. ¡Tendremos que darle su merecido!

Llanos hace chocar su jarra con la de su amiga, luego ambas se acaban la cerveza con un largo trago. Sara, ligeramente confundida, nada acostumbrada a beber y a todo el resto, sonríe decidida a su amiga.

— Tienes razón, ésta me la tiene que pagar —afirma Sara, dando la razón a su amiga— Tengo una idea. ¡Vamos!

Marco ríe divertido mientras sirve a la chica vino tinto muy frío. Sabe divertir a una mujer casi tanto como es incapaz de elegir un buen vino.

Aquella noche, el restaurante puede sentirse orgulloso. Nunca ha tenido un camarero tan atractivo. Una camarera, para ser más exactos. Sara avanza entre las mesas con las pizzas en la mano. No le cabe ninguna duda. Aquella de mozzarella con anchoas es para Marco. Cuántas veces se la ha oído pedir. Cuántas veces, además, se la ha hecho probar con amor, metiéndole un trozo en la boca.

Otra punzada en el estómago y Sara decide que es mejor no pensar más en ello. Se da la vuelta. Llanos distrae al camarero junto a la caja. Le sonríe incitándola desde lo lejos. Sara continúa. Está aturdida, pero la cerveza la está ayudando a llegar hasta la mesa de Marco.

— Supongo que ésta es para usted, señorita.

Deja la focaccia con jamón y poco aceite delante de la chica, que la mira sin entender.

— ¡Y ésta es para ti, gusano!

A Marco no le da tiempo a sorprenderse. La mozzarella y las anchoas le chorrean por la cabeza mientras la pizza se transforma en un abrasador e incómodo sombrero. Llanos comienza a vitorear a su mejor amiga, provocando la conmoción del camarero y de todo el restaurante. Sara, algo borracha, se inclina para dar las gracias. Luego se aleja del brazo de Llanos seguida por los divertidos comentarios de los presentes y la estupefacta mirada de la muchacha.

Regresan silenciosas en la Vespino, Llanos pilota. Sara se abraza estrechamente a su amiga, y no porque tenga miedo. En la calle hay mucho menos tráfico. Con la cabeza apoyada en el hombro de Llanos, Sara ve desfilar los árboles, las luces lejanas rojas y blancas de los coches. Un autobús verde pasa junto a ellas. Cierra los ojos. Un estremecimiento se apodera de todo su cuerpo, después se disipa. Tiene frío y calor y, momentáneamente, se siente sola. Siempre en silencio, llegan a casa. Sara baja de la Vespino.

— Gracias, Llanos.

— ¿De qué? Yo no he hecho nada, has sido tú.

Sara le sonríe y dice:

— Mañana te invito al almuerzo en el insti. Tenemos que celebrarlo.

— ¿El qué?

— La libertad.

Aproximadamente tres después.

Sara:

Esta noche uno de los amigos de Melanie va a hacerme un favor. Un favor incómodo, sudoroso y trascendental. Siempre le deberé una a mi amiga, sólo que ella nunca lo sabrá, y es que fue ella quien nos contó lo maravilloso que era ese chico en la cama.

— Espera aquí —le digo antes de entrar en el baño. Mis padres han salido a cenar, y mi hermana pequeña está con sus amigas. Aunque claro, también se supone que yo estoy con las mías.

Miro a Mario de reojo. Está sentado en el borde de la cama, apoyado cómodamente con los brazos hacia atrás mientras revisa la decoración de mi cuarto. Es como si para él lo que va a pasar fuera lo más normal del mundo, y es eso mismo lo que me indica que he acertado al elegirle.

A salvo en el baño, me quito los shorts vaqueros y la camiseta de Artic Monkeys. Gracias a esa sonrisa, sé que Mario sabrá qué hacer con el conjunto que me regaló el cretino de mi ex. Me pinto los labios y me dejo el pelo suelto sobre los hombros. Está ondulado, todavía húmedo de la ducha. Normalmente me lo plancho hasta dejarlo muy liso, pues eso me hace parecer más esbelta, pero ahora no es el mejor momento para ello. En cambio, sí que me tomo un segundo para definir mis ojos frente al espejo. Mario va a tener lo que, definitivamente, no soy: una chica mala.

— ¡Guau, nena! —se le quiebra la voz al verme, abriendo los ojos de par en par. Además de guapo, a penas tiene marcas en las mejillas. Desde luego, la pubertad se ha portado bien con él.

— ¡No digas eso! —le ordeno, empujándole sobre la cama y encaramándome encima de él.

— ¿Que no diga qué? —me pregunta con cara de bobo.

— Nena.

— Pero si Melanie te llama así.

— Ella es mi amiga. Tú, no. Tú eres el chico que va a hacer que deje de ser virgen de una vez. No tienes que llamarme de ninguna forma. Llámame por mi nombre.

— ¿Sara? —dice de forma un tanto extraña— Es que mi tía también se llama Sara —entonces se da una palmada en la frente, y se echa a reír.

Me enfadaría con él si no tuviera esa preciosa sonrisa. En la boca de Mario, mi nombre suena raro, forzado, como si estuviese intentando hablar en otro idioma. Supongo que se debe a que debe pronunciar el de muchas chicas, quizá sea por eso por lo que me ha llamado nena, para no confundirse.

Sonrío y le paso la mano por el pelo. Mis dedos se deslizan suavemente entre los mechones, señal inequívoca de que Mario debe haberse duchado esa misma tarde. Espero que sea así.

— No te preocupes —dice entrelazando sus dedos con los míos— Todo el mundo se pone nervioso la primera vez.

Mario me besa en el cuello al tiempo que roza mi hombro con sus dedos. Puedo sentir mi pulso acelerarse bajo la piel. Mueve su mano a lo largo de mi contorno hasta alcanzar las caderas.

— He traído ésto —dice, metiéndose la mano en el bolsillo de los vaqueros y sacando un par de preservativos.

Al verlos esbozo una sonrisa, al parecer da por sentado que querré repetir.

— Es bueno estar preparado —reconozco— Pero prefiero usar los míos.

Me inclino y abro el cajón de la mesilla. Saco del fondo un ultrafino, la mayoría de los tíos son de ultrafinos, lo justo para estar protegidos. Esto lo aprendí muy pronto, pues mi madre empezó a hablarme de anticonceptivos cuando las demás todavía estaban con los tampones.

— No es XL —comenta repentinamente.

Enarco las cejas con estupor ante las temibles consecuencias de aquellas dos letras. Mario me acaba de dejar fuera de juego, pero entonces el muy imbécil vuelve a echarse a reír, dejando claro que ha vuelto a burlarse de mí.

— ¡A que te quedas sin follar! —le advierto.

— No digas follar —me reprende— Es una palabra horrible. Una chica tan buena como tú no debe decir esas cosas. La próxima vez que nos acostemos recuérdame que te lave antes la boca con jabón.

Pero justo entonces, baja la vista hacia mi escote, que casualmente tiene justo a la altura de los ojos, y pregunta…

— ¿Hasta dónde llegaste con Marco?

— ¿Con Marco? —repito sorprendida— Nos metimos mano y una vez que sus padres dormían, estuvimos a punto de hacerlo. Pero probamos otras cosas —añado en un vano intento de salvar mi dignidad.

Mario entrecruza las manos detrás de la cabeza, dejándome sin aliento al mostrarme los marcados músculos de sus brazos.

— Vas a tener que ser más precisa. ¿A qué te refieres con “otras cosas”? ¿Te vio desnuda alguna vez?

Asiento con la cabeza porque temo que note que miento si contesto que sí. Por desgracia, percibo que me pongo aún más colorada de lo que ya estaba.

— ¿Y no quiso más? —me interroga.

— Él sí, pero yo no. Supongo que por eso el muy cretino se buscó a otra.

— Bueno, bueno… Dejémoslo.

Sé que Mario desea que esta noche sea maravillosa. Lo tenía todo planeado. La cena, el regalo… y cuando me mira sé que le gustaría haberlo hecho aún mejor. Entonces vuelvo a acordarme de Marco, de cuantas molestias se tomó por mi cumpleaños y de lo mal que acabó todo entre los dos. Recuerdo como se deshizo entre mis dedos la flor seca que él me había regalado meses atrás, como un viejo pensamiento, como un sueño ligero o una frágil promesa. Resoplo al desechar esos pensamientos y me centro en el chico que tengo debajo. Creo que de verdad le gusto, y me encanta que se haya interesado por saber como soy y qué tipo de cosas me hacen feliz.

— Voy a hacer que toques el cielo —me susurra al oído.

Jadeo y no entiendo por qué. Eso que Mario acaba de decir lo he entendido a la perfección. Todas las chicas esperamos que nuestra primera vez acabe con un apoteosis de fuegos artificiales. Sin embargo, todas mis amigas aseguran que los fuegos artificiales no se consiguen así como así. Hay que prepararlos bien y, sobre todo, lograr que la mecha arda despacio, que es exactamente lo que está haciendo Mario.

— Bueno, ya has avanzado más que la mayoría. Te has mostrado desnuda, que para algunas es la parte más incómoda.

Trago saliva. Por la ventana se asoma la luna como muda espectadora de lo que ocurre en mi cuarto. Más allá, el ruido de los vecinos. Más acá, dos sonrisas llenas de frescura. Mario se entretiene con los botones de su camisa. Yo le observo intentando parecer tranquila. Desabrocha un botón, después otro, con delicadeza, como si un gesto demasiado brusco pudiera romper en mil pedazos la magia de ese momento. Acto seguido se acerca a mí y desliza su mano bajo mi camisón. Sus dedos me recorren el costado, sobre la piel tibia. Me acaricia. Yo se lo permito y, besándolo, lo abrazo con más intensidad. Inhalo en la base del cuello, adicta de pronto a su olor. Mario no tiene prisa, y eso me gusta. Su palma resbala por mi espalda sin pedirme permiso, y eso me gusta aún mas, como también que me diga que soy preciosa. Recorre en descenso aquel suave canal hasta llegar a la goma de mis bragas. Su mano se interna bajo el camisón e inicia el ascenso, marcando así el comienzo de una dulce promesa. Aunque mi apasionados gemidos le hacen sonreír, Mario continúa acariciándome sin apenas detenerse. Asciende hasta alcanzar el frágil elástico de mi sujetador. Se detiene en el cierre, intentando desvelar el misterio. ¿Dos ganchos? ¿Dos pequeñas medias lunas que encajan una dentro de otra? ¿Una S metálica? Mario se demora un poco, y yo lo miro sin entender qué ocurre. Empieza a ponerse nervioso.

— ¿Cómo coño se abre esto?

Sacudo la cabeza.

— ¿Siempre eres tan mal hablado? No hables así cuando estés conmigo.

En ese preciso momento, el misterio se resuelve. Las dos pequeñas medias lunas se separan tiradas al fin por un elástico liberado. La mano de Mario deambula por mi espalda, subiendo hasta el cuello, sin obstáculos.

— Perdona… —se disculpa con voz sincera.

Es intrépido. Aunque la confianza en sí mismo sea algo que se puede fingir, yo creo que el la siente de verdad. Me ayuda a despojarme del camisón y del sujetador. Contempla mis senos fijamente, con admiración.

Su respiración se hace más pesada. Creo que puedo notar su erección a través de los vaqueros. Quién sabe, a lo mejor sí que es de la XL.

— Sigue —le digo.

Por primera vez me encuentro completamente desnuda entre los brazos de un chico, mientras la magia comienza a difuminarse en mi cuarto, desvelando tímidamente nuestros cuerpos. El ruido del tráfico llega atenuado desde la calle. Después, en medio de un mar de caricias, del sonido de una sirena que se aleja, del aroma de ese cuerpo masculino, todo sucede.

Mario se coloca despacio sobre mí, y abro los ojos ante la amenaza de su ternura. Él sonríe ante ese temor inocente que relumbra en mi rostro. Me pasa una mano por el cabello, tranquilizándome. En ese momento, arrecia en la radio Beautiful, de Cristina Aguilera. Todavía no lo sé, pero esa canción acompañará por siempre el recuerdo de aquella tarde.

Súbitamente, abro los ojos conteniendo la respiración, arrebatada por esa sensación indescriptible, por ese dolor amoroso, por ese mágico hacerlo mío para siempre. Me encorvo y alzo mi pecho hacia el cielo, suspirando, hincando mis uñas en su piel, estrechándolo entre mis brazos.

Luego cierro los ojos, me abandono más pura y serena. Sometida ahora, suya. Y vuelvo a mirarle, está dentro de mí. Su tierna mirada cala dulcemente en mi corazón. De cuando en cuando siento que me besa, pero yo ya no estoy allí. Aquella chica indecisa de ojos azules, llena de dudas y miedos, se ha desvanecido, se ha transformado en otra cosa.

Desde muy niña me había fascinado la enigmática biografía de las mariposas. Aquella torpe oruga que se envuelve de sí misma y, sin previo aviso, brota con sus espléndidas alas multicolores y echa a volar. Así mismo es como me veo: fresca y delicada, recién nacida entre los brazos de Mario. Le miro con devoción, agradecida, y entonces lo beso. Mi primer beso como mujer.

La pasión juvenil le hace cometer algunos errores. Me soba los pechos, me babea el cuello y me mete la lengua hasta la campanilla. Son errores de principiante, de esos que ellos no saben ver. Pero para eso estoy yo. Le pido que no se acelere, le digo que cierre los labios, que recorra las curvas de mi cuerpo con la punta de sus dedos, que trace una línea con la lengua y la siga sin detenerse pase lo que pase.

Despacio y decidido, así es como entra dentro de mí. No lo reprendo por los primeros segundos de molestias y torpeza. En cambio, sí le felicito por su destreza durante los últimos compases. Aunque no haya llegado al orgasmo, ha sido maravilloso.

Cuando Mario insinúa la posibilidad de una segunda ronda, sacudo la cabeza. No me apetece.

— Guárdala para Melanie —le digo.

Se estira a mi lado bajo las sábanas y entierra la cabeza en la almohada.

— ¿Quieres que me quede? —me pregunta— Podemos volver a hacerlo por la mañana. Te pondré a cien con la lengua, ya verás. Y seguro que aguanto más.

Me tapo el pecho con la sábana y me incorporo. De repente me siento totalmente expuesta.

— No, no te vas a quedar —le digo con determinación mientras vuelvo de espaldas para ponerme el camisón. No sé que les ocurrirá a otras chicas, pero a mí no me apetece dormir con él, al menos por ahora.

Sonríe. Con esa luz tan tenue su mandíbula parece más angulosa. Sí, está aún más guapo. Estoy convencida de que Mario Castillo será un rompecorazones algún día, pero no hoy.

De pronto me abraza por detrás y me tiende sobre las sábanas. Vuelve a acariciar mi pelo mientras me mira. Luego me abraza y siento en la cara el calor de su pecho.

— No se me da bien, ¿verdad?

— Eres buenísima —contesta.

— No mientas, me he sentido torpe. Me tienes que enseñar.

Continuará MAÑANA con: “La Culpa”.

Referencias:

“A tres metros sobre el cielo”, de Federico Moccia.

“Soy tu primera vez”, de Laurie Elizabeth Flynn.