Xtories

Después de la primera mentira...

Alberto creía tener el control total de su vida y de su mujer, hasta que una simple multa de tráfico reveló una mentira. Ahora, la duda lo consume y está dispuesto a cruzar cualquier límite para descubrir la verdad detrás de las noches que Marta no explica.

AlbertoXL21K vistas9.3· 14 votos

Este relato es una revisión autorizada con DISTINTO FINAL Y UN CAPÍTULO MÁS que otro ya publicado por “Portarthur”.

31 de agosto.

Alberto podía respirar tranquilo. Por fin habían acabado las vacaciones estivales. Al menos este año, la relación entre Marta y su madre, aunque tensa, no había llegado a explotar. Tenía la certeza de que tanto su pareja como su progenitora habían realizado, en ocasiones, grandes esfuerzos para evitar situaciones desagradables.

Su madre no soportaba a su novia. Eso le constaba a Alberto desde el principio de su relación con Marta. Y aunque adoraba a su madre, cuando vio a Marta por primera vez supo que era la mujer de su vida y que nadie se interpondría en su deseo de conseguirla.

Marta era simplemente espectacular. La típica chica que ves por la calle y te esfuerzas para no volverte. Alta para ser latinoamericana, de formas sensuales, de espeso cabello negro y unos enigmáticos ojos verdes. Su presencia en cualquier reunión hacía que los hombres quedasen prendados de su belleza, elegancia, inteligencia y exquisita educación. Aunque en un primer momento Marta no se fijó en él, él luchó hasta la extenuación por conseguirla.

Alberto era inteligente, ambicioso, astuto y hábil en sus relaciones personales. Pronto se convirtió en el socio fundador de uno de los muchos despachos de abogados de Madrid, pero redobló sus esfuerzos hasta transformarlo en un bufete de prestigio, tanto a nivel nacional como internacional. Aunque se sabía un hombre atractivo, tenía muy claro que el único medio de llegar a conquistarla era siendo un triunfador. Y lo logró, aun conociendo los riesgos de unir su existencia a la de esa mujer. Pues, frente a las virtudes que adornaban la personalidad de Marta, ésta también adolecía de ciertos defectos. Su inestabilidad emocional, su indomable independencia, su primitivo egoísmo, su consumismo voraz… Pero Marta representaba un premio demasiado tentador para alguien tan competitivo como él, así que Alberto lo apostó todo para conseguirla.

Estando locamente enamorado de ella, Alberto no comprendía cómo su madre a duras penas la aceptaba como su pareja. Aunque también era cierto que, a pesar de convivir con él, Marta se había negado reiteradamente a casarse. En contra, claro está, de la mentalidad conservadora de su madre. De modo que, al morir su padre, Alberto tuvo que afrontar el dilema de qué hacer con su anciana madre, pues su salud estaba demasiado deteriorada como para que viviera sola. Él era hijo único e idolatraba a su madre, pero tenía claro que invitarla a convivir con ellos supondría tensar excesivamente unas relaciones, de por sí, nada boyantes. A Alberto no le quedó otra opción que ingresar a su madre en una residencia de ancianos, asumiendo la pesada carga emocional que ello implicaba. Cada vez que la visitaba, debía soportar su mirada triste y sus silencios impregnados de reproches. Pero no había vuelta atrás. Marta sólo aceptó la posibilidad de que su suegra pudiese compartir con ellos algunos días de las vacaciones de verano porque, para qué negarlo, la colombiana correspondía a su suegra con el mismo desprecio y, además, sabía perfectamente que era la ganadora de aquella guerra soterrada.

Mientras conducía su deportivo por las estrechas calles de la ciudad, Marta quiso borrar definitivamente el recuerdo de su suegra, preguntando a su marido si quería que fuesen a cenar esa noche, recién recuperada su libertad. Alberto, aún con la imagen de su madre grabada en la cabeza, asintió. De manera que Marta le pidió a su teléfono un listado de los mejores restaurantes del centro de Madrid.

Sentado en el sillón del salón, vestido con una camisa blanca de seda y unos pantalones beige que resaltaban su tez morena, Alberto esperaba pacientemente a que Marta bajase. Estaba distraído mirando como el anochecer se apoderaba del cielo cuando el ruido de unos tacones, descendiendo las escaleras, le hizo girarse. Y la imagen que vio, le cautivó.

Marta había envuelto su piel tostada con un corto y ajustado vestido de color blanco de una sola pieza, tan vaporoso que al caminar traslucía tanto su silueta como su ropa interior. Los pezones se insinuaban bajo la fina tela, adaptada a sus macizos pechos como una segunda piel. Se había implantado un año atrás, y el resultado había sido ese soberbio escote con el que Marta siempre había soñado. Llevaba su espesa melena recogida en una sencilla y graciosa coleta alta y, al descender, sonreía mirando con ojos risueños a su hombre, como a ella le gustaba llamarle. Su hombre, con esa connotación posesiva y lasciva que la colombiana le daba a la palabra.

Sus labios encandilaron a Alberto. Seguían engrosados gracias al bótox y Marta se había pasado la barra efecto lipgloss de elegante color burdeos. Su de por sí voluptuosa figura resultaba imponente con esos zapatos de tacón, a juego con el bolso. Aquellos preciosos zapatos no sólo estilizaban sus fuertes piernas, sino que le daban un toque distinguido. Toda ella era un reclamo para los sentidos, incluso su perfume Yves Saint Laurent que, desde la distancia, comenzaba a alterar las hormonas de Alberto.

— ¿Tenemos que salir obligatoriamente? —inquirió con cierta sorna.

— ¡Por supuesto! ¡No pensarás que llevo una hora delante del espejo sólo para ti! —respondió Marta con fingido enojo— Tengo ganas de disfrutar de la noche madrileña, ¡Qué se me va a olvidar!

— Pues nada… Lo que quiera la reina —replicó él, obviando el mordaz comentario de su mujer.

Salieron de casa en el pequeño BMW de Marta, más fácil de aparcar. Se dirigieron directamente al primer restaurante de la lista que Google les había recomendado. Comieron en un ambiente íntimo y relajado, muy distinto a las anteriores noches con su suegra, donde la tensión era manifiesta. Conforme avanzaba la noche y los efectos del vino empezaron a hacer efecto, Alberto se sintió feliz y deseó que aquella velada nunca acabara. Cuando Marta se levantó para ir al baño, ni Alberto ni el hombre sentado en la mesa de enfrente pudieron evitar echar una mirada al trasero de su novia. Era demasiado tentador.

Alberto notó su polla reaccionar bajo el calzoncillo. Descubrió la mirada lasciva de otros comensales, incluso de alguna mujer, que no pudieron reprimir un breve escaneo al espléndido cuerpo de Marta. Alberto sonrió, esas reacciones se producían con relativa frecuencia y, hasta cierto punto, complacían su propio ego como pareja de tan soberbia mujer.

Alberto había trabajado muy duro para que esa maravillosa mujer, codiciada por todos, fuese suya. Es más, sabía que si Marta no se hubiera cruzado en su camino, su vida sería muy distinta. Llegar a la cima había sido, hasta cierto punto, sencillo. Según Alberto, lo realmente complicado era mantenerse ahí, y su mayor incentivo para lograrlo era esa atractiva mujer que caminaba hacia él.

— Hoy vas muy sexy.

— Es el vestido, tonto —replicó Marta sonriendo de forma pícara— Y tampoco voy enseñando tanto, ¿no?

— Bueno... No sé si te has dado cuenta que el camarero apenas se separa de nosotros, pero claro, si tú dices que la culpa es del vestido...

Marta rió de buena gana la broma de su esposo y, al terminar de cenar, le propuso marcharse a un local donde poder bailar y divertirse. Alberto, a pesar de lo cansado que estaba, no rechistó. Le gustaba mirarla bailar, casi tanto como a ella que la mirasen.

El local era una discoteca de moda y, por tanto, abarrotada de gente. Como siempre, Alberto se sintió fuera de lugar en aquel sitio, pero la reacción de Marta fue la contraria. Fue directa a la barra, pidió unas consumiciones para ambos y se dispuso a bailar en la pista. Siempre se comportaba de la misma forma. Sola, olvidándose del mundo, empezaba a cimbrear la cintura al son de la música y en unos pocos compases se adueñaba de la mitad de la pista.

Le gustaba llamar la atención, era algo superior a su voluntad, instintivo. Al principio de su relación, a Alberto le chocó esa conducta y se la echó en cara en varias ocasiones. La respuesta de Marta fue igual de contundente pues, parafraseando la famosa canción, replicó: “Yo soy así, y nunca cambiaré”. De manera que, con el paso de los sábados, Alberto se fue resignando. “Pásalo bien, haz lo que yo…”, le decía ella, jovial. Pero claro, cuando una mujer como Marta baila sola, lo habitual es que la circunde una bandada de jóvenes a la caza, mientras que si quien baila es un hombre, el resultado no es equivalente.

Así pues, desde que Alberto asumió estas situaciones, él se retiraba estratégicamente a un sitio donde poder vigilar a su novia o, más bien, a los galanes que la intentaban camelar. De vez en cuando, Marta se acercaba al rincón donde él la aguardaba, tomaba un sorbo de su copa, le decía que lo estaba pasando genial y regresaba a la pista sin más.

Al principio, Alberto se preguntaba por qué Marta no podía ser como las demás y bailar tranquilamente con él, pero a esas alturas la había visto bailar con tantos desconocidos, que ya no le molestaba. Al fin y al cabo, era él quien la follaba, y eso le bastaba para rechazar cualquier sentimiento de frustración o humillación. “Puedes divertirte con ellos, pero voy a ser yo quien te empotre contra la pared”, pensaba cada vez que Marta le saludaba desde la pista de baile.

Esa noche, con su vestidito blanco, Marta parecía una deslumbrante luz que hipnotizaba a multitud de moscones. Danzaba con unos y con otros sin prestarles mucha atención, como si no fuese consciente de las pasiones que despertaban sus lascivos contoneos. Alberto, viendo a esos cretinos acercarse a su novia para decirle cosas al oído, no veía la hora de salir de allí y llevársela a casa. Pero no fue hasta las cuatro de la mañana que Marta abandonó la pista y, dirigiéndose donde estaba su hombre, le abrazó y musitó:

— Eres un encanto, me lo he pasado muy bien. Voy al baño y nos vamos a casa, ¿de acuerdo?

— De acuerdo —suspiró aliviado.

Por fin había llegado la hora de marcharse. Alberto se despidió de la copa que le había hecho compañía durante buena parte de la noche y, anquilosado, se incorporó de su asiento. Ya estaba a punto de salir en busca de Marta cuando ésta regresó del baño. En un rápido movimiento, le pasó algo a Alberto y, cogiéndose el bolso, abrió camino hasta la puerta del local. Él la siguió, intentando no perderla de vista. La oscuridad y los haces de luz le impedían ver lo que Marta le había entregado, pero le bastó acercárselo a la nariz para adivinar lo que era. Una mujer dejaba a un lado la vergüenza y lucidez cuando se encontraba enamorada y cerca del hombre en cuestión. Sonriente, Alberto se guardó el tanga de Marta en el bolsillo interior de su chaqueta y ganó la puerta no sin cierta dificultad. Marta le estaba esperando en el exterior, y nada más abrazarle le restregó la mejilla de forma melosa.

Emprendieron el camino hasta su coche cogidos de la mano:

— ¿Por qué me habré enamorado de un hombre al que no le gusta bailar?

— ¿Por qué me habré enamorado de una mujer que no es del Atlético de Madrid?

Marta rió la réplica de Alberto. Lo amaba como no había amado nunca a otro hombre, su mera presencia alteraba todo su ser. Mirándole de forma traviesa, Marta le tomó la mano, que en ese momento descansaba en su cintura, y la guió hacia su trasero. Alberto la agarró el culo con tal fuerza que la pobre estuvo apunto de chillar.

Bajo la dorada luz de la farola, el vestido de Marta apenas sí ocultaba su desnudez de cintura para abajo. Esa idea hizo que Alberto se excitase más todavía, y su polla cabeceó contra el slip, haciéndole sentir incómodo. Entonces Marta, al verle recolocarse el asunto, prorrumpió automáticamente en carcajadas, y esta vez sí, Alberto se enojó con su revoltosa mujer.

Sagaz, Marta giró sobre sí misma para escapar de él, pero el instinto más primario de Alberto emergió irrefrenable y echó a correr tras ella. Marta chillaba de forma jovial a la vez que corría, pero con aquellos preciosos zapatos su huida resultó más aparatosa que efectiva. Si bien Alberto le permitió, entre juegos y risas, alcanzar el lugar donde habían aparcado su automóvil, y allí se abalanzó sobre ella.

Ebrio de lujuria, encendido el ánimo por el voluptuoso cuerpo de su mujer, Alberto empujó y tendió a Marta sobre el capó. Sin miramientos, deslizó sobre sus hombros los tirantes del vestido y el sujetador. Devoró sus turgentes senos, poniendo atención a los firmes y oscuros pezones de Marta y, mientras su boca jugueteaba con ellos, sus fuertes manos siguieron el contorno de las caderas en dirección a sus nalgas.

Alberto pintó con la lengua las areolas de su enamorada. Chupó aquellas puntas que le amenazaban como dagas. Se deleitó en aquel manjar mientras sus dedos buscaban su suave y su depilada sexualidad. A pesar de tener sus bragas en el bolsillo, a Alberto le extrañó tocar directamente su sexo. Estaba tan mojada que sus dedos se deslizaron dentro de ella sin ninguna dificultad.

Los gemidos de Marta se fueron haciendo mucho más intensos, lo cual provocó en él una creciente agitación. ¡Ya no podía más! Volteó el cuerpo sudoroso de su mujer contra el capó, levantó la escueta faldita de Marta y se agachó para beber entre sus piernas.

Marta jadeaba tan escandalosamente que Alberto decidió sacar el tanga del bolsillo de su chaqueta y, haciendo con él una pelota, se lo metió en la boca para que se callara. Alberto creyó ver una silueta que, subrepticiamente, pretendía ocultarse entre los coches. En otras circunstancias, se la habría llevado a casa para rematar allí la faena, pero en ese momento, en que su piel ardía y su hombría ansiaba derretirse dentro de ella, en ese momento era imposible parar.

Dominado por el deseo, Alberto bajó la cremallera de sus pantalones, y sacó de ahí su miembro para entrar en su mujer de inmediato. Nunca había visto su polla tan gruesa y poderosa como en aquella ocasión. Era como un mortero golpeando con saña las caderas de Marta que, con ojos desorbitados, ni siquiera podía gemir. Alberto nunca la había visto tan excitada, y eso complacía su ego. La agarró pues de las caderas e hizo golpear su pelvis contra el cuerpo de su compañera, haciéndola estremecer con cada embestida.

— ¡Sí! ¡Dame fuerte, Papi! ¡Así! ¡Así!”, jadeó Marta nada más escupir el tanga.

Esas exclamaciones, impropias en ella, enardecieron aún más a Alberto, quien mantuvo en todo momento su contundente ir y venir. Voluminosas gotas de sudor recorrían su piel, intentando retrasar lo inevitable para darle tiempo a ella.

Sin embargo, en cuanto Marta se dio cuenta de que Alberto estaba por correrse, se separó de él, se arrodilló y, tomando su verga, comenzó a mamarla como loca. Justo cuando su semen corría buscando una salida, Marta se distanció un tanto y apuntó el falo hacia su boca que, abierta, esperaba la leche de la vida. Tres o cuatro chorros se proyectaron con fuerza entre sus labios. Una quinta ráfaga le cayó en la barbilla, y las demás fueron succionadas y tragada por su ávida boquita.

Marta se levantó con agilidad felina y, clavando su mirada en los ojos de su hombre, besó con pasión sus labios.

— ¡Casi me rompes el vestido, bruto! —le increpó.

— Me pones a cien, y luego pasa lo que pasa...

De vuelta en casa, todavía un poco aturdido, Alberto sonrió para sus adentros: “¡Vaya polvazo!”. Sólo una cosa empañaba su felicidad: la obsesiva tenacidad de Marta en evitar el embarazo.

19 de noviembre

Eran las diez de la mañana de un lunes otoñal y ventoso cuando Irene, la atractiva secretaria de Alberto, dispuso toda la documentación sobre la mesa. Estaban iniciando una de las operaciones más importantes a nivel bursátil en suelo español de los últimos meses y su despacho había sido el elegido para dirigir esa operación de compra que afectaría significativamente al ámbito farmacéutico.

El ruido de la puerta de la sala de reuniones distrajo la atención de Irene, que levantó la vista para averiguar quién entraba. Era Javier, socio de Alberto y su amigo y más fiel consejero. Un agradable treintañero con pronunciadas entradas en su cabello.

— Buenos días, Irene. ¿Aún no ha llegado nadie?

— No, Javier. Aún no ha llegado nadie.

Javier se sentó en el asiento más cercano que halló y se fijó en la silueta curvilínea y sugerente de Irene. Vestía una camisa de seda malva muy ajustada a su talle que realzaban unos senos contundentes y una minifalda de color gris que revelaban unas piernas marfileñas y hechiceras, sin medias, que remataban unos zapatos negros de tacones vertiginosos.

Javier siempre se sentía tentado de soltar alguna insolencia delante de Irene, cuya simple visión hacía le turbaba.

— ¿No quieres ser mi secretaria, Irene? Mira que soy más guapo y joven que tu jefe.

— Pero tienes menos dinero. Además, tú ya tienes a Rosa.

— ¡Jesús! ¿Rosa? Pero si podría ser mi madre. Además, está felizmente casada y es madre de 50 churumbeles ¡Si ya tiene nietos!

— Pues yo podría ser tu hermana, estoy felizmente ennoviada y quiero ser madre de 51 churumbeles.

— ¡Qué ya tienes novio! ¿Pero tú cuántos años tienes? Sólo por curiosidad, que conste.

— La curiosidad mató al gato, caballero. Veintiocho años para veintinueve.

— ¡Si estás en la flor de la vida! ¿Qué haces con novio siendo tan joven?

— ¿Ya estás martirizando a Irene? ¿Quieres que la santifiquen? —intervino Alberto nada más irrumpir en la sala.

— Si por mí fuera, convertiría a tu eficiente secretaria en cualquier cosa menos en santa —contestó riendo, Javier.

— Muchas gracias, Irene. Por favor, llame al resto para iniciar la reunión. – rogó Alberto a su secretaria.

Cuando Irene salió de la estancia, Javier acertó a decir:

— La mataba a polvos.

— Mira que eres bruto. Y ten más cuidado que ahora estas cosas pueden traer cola, si hasta está mal visto piropear a una mujer por la calle. Anda que, contenta debes tener a María…

— Ya… Como tú estás con la mujer perfecta no te fijas en las demás.

— Sí, claro. ¡Qué lo crees tú!

— ¿Has pensado en otras... posibilidades?

— Qué te crees, que yo sólo pienso en OPAS, adquisiciones y fusiones de empresas —respondió Alberto abriendo el portafolios que había delante de él y concentrándose en su contenido.

— ¡Sí, sí! Esa no me la cuelas, pero, cambiando de tema. Quiero ir este fin de semana con María y los niños a Santander… Se viene mi suegra, así que no es un vieja de placer.

Alberto alzó la vista.

— ¿No puede ser otro fin de semana? No quisiera dejar sin mercantilistas al despacho, precisamente ahora que…

— Voy a estar conectado todo el día al móvil y al ordenador. Si se da alguna contingencia estaré al tanto, no te preocupes.

— Bueno, como quieras, pero como ocurra algo, te corto los huevos —zanjó Alberto.

En ese preciso instante, entraron en tropel un buen número de asesores y ayudantes en ruidoso bullicio. Javier saludó a todos y se marchó dejándole solo ante el peligro.

Cuando todos se sentaron, Alberto tomó la palabra y adoptando un aire profesional, anunció:

— Un cliente extranjero desea hacer compras en España en el sector químico—farmacéutico. Hemos firmado ya con ellos el contrato de diseño y dirección. Quiero que todo el departamento se ponga en marcha y controle esta operación desde cualquier punto de vista: competencia, normativa de OPAS, CNMV, fiscal, etc. La adquisición se va a hacer por un monto muy elevado y…aún estamos en los primeros estadios. No tengo que recordarles que deben guardar la máxima discreción sobre esta operación, pues su éxito futuro depende de nuestra habilidad en trabajar y permanecer callados. Estudien el asunto en profundidad y en próximas reuniones, analizaremos el tema desde todas las perspectivas posibles. Buenos días.

22 de noviembre

El día había sido satisfactorio, pero extraordinariamente duro. Horas y horas, analizando la operación con inversores americanos para una oferta de venta de una compañía aseguradora hispano—francesa.

Alberto, descorbatado y sin su elegante chaqueta, con la camisa abierta, repasaba papeles encima del escritorio de la habitación de su hotel. Junto a Irene buscaba unos datos que serían transcendentales para unos fondos ingleses con cuyos responsables se debía reunir al día siguiente.

Por un momento, se sorprendió mirando a su secretaria, con su pelo rubio recogido y sus gafas de pasta enmarcando sus profundos ojos negros. Su camisa blanca, sedosa, ajustada, discretamente desabotonada, mostraba el inicio de unos pechos pequeño y firmes. Quizás no llevaba sujetador, o éste debía ser muy ligero, pues sus pezones se adivinaban levemente bajo la blusa. Era una buena colaboradora. Siempre al pie del cañón. Trabajadora, eficiente, ordenada y, además, bonita. En aquellos días tan tumultuosos, ella estaba pendiente de sus más mínimos deseos para que no se descentrase en su labor. De repente, ella alzó la vista y extrañada por aquella mirada, se sonrojó.

— Días duros, ¿verdad? —suspiró Alberto desentumeciendo sus miembros algo abotargados.

— Un poco, sí. Pero también emocionantes. —corroboró ella.

Un zumbido sordo procedente de su móvil devolvió a Alberto a la realidad:

— ¿Son ya las doce?

— Las once, hora británica.

— Dios mío, llama al servicio de habitaciones y que nos suban algo de cena. Elije lo que quieras, a mí me da lo mismo.

Era paradójico. Delante de otras personas, Alberto la llamaba siempre de usted, pero si estaban solos la tuteaba.

Se apartó un tanto de la mesa de trabajo y comprobó los mensajes que le habían llegado al teléfono. Dos de Marta donde le preguntaba cómo estaba y otro deseándole buenas noches. Otro mensaje de Javier que le hizo sonreír:

“Sin novedades por aquí. Todo bajo control, excepto mi suegra que está desatada. Qué leches comería ayer que ahora está con gastroenteritis. He comprado equipos de protección no vaya a ser el virus de la cólera. Por cierto, me encontré con Susana en la estación de Atocha. Venía a Santander con ese de las rastas, el de la última vez. Macho, qué morbo me da la amiga de tu mujer... —emoticonos de una cara sofocada— Dijo que venía para toda la semana. ¡Qué bien se los monta! Me voy a hacer azafata yo también...”.

Algo inmadura, Susana era amiga íntima de Marta, muy guapa y simpática, pero con demasiados pájaros en la sesera. Habían estado trabajando como azafatas de tierra para una compañía aérea y aunque abandonaron ese trabajo siguieron manteniendo la amistad. En algunas ocasiones, en fiestas celebradas en su casa, Alberto y Marta habían hecho coincidir a sus respectivos amigos. De ahí que Javier y Susana se conocieran.

Comprobó los demás mensajes más y dejó su teléfono sobre la mesa. Irene estaba recogiendo determinados documentos de la mesa para dejar espacio libre para cenar.

— Irene, ¿cuánto hace que no vas por Galicia?

Ella contestó que unos quince meses y confesó abiertamente que ya tenía morriña de su tierra. Mientras cenaba rememoraron anécdotas de sus respectivas infancias infancias, muy dispares entre sí, y rieron con nostalgia.

Repentinamente y sin previo aviso, Alberto, sintió una fuerte punzada el hombro derecho y la espalda. Demasiada tensión acumulada. Con cara de fastidio alejó el plato de sí y se llevó la mano derecha a la zona dolorida. Necesitaba descansar, pero todavía faltaban varios detalles por concretar.

Irene, preocupada al ver la expresión de Alberto, se incorporó y le preguntó qué le ocurría. No sería el primer ejecutivo al que le fallase el corazón a causa del estrés.

Alberto la tranquilizó respondiendo que era una vieja contractura que había vuelto a propinarle un buen latigazo. Al oírle decir aquello, Irene, solícita, se puso tras él y comenzó a masajear sus hombros. Como comprobó que sus músculos estaban tensos como el acero, le ordenó acostarse boca abajo sobre la cama y, tomando sitio sobre sus muslos, amasó con destreza los músculos de su espalda hasta que éstos empezaron a relajarse.

Ágiles y fuertes, las manos de su secretaria recorrían su espalda sabiendo lo que hacían. Alberto percibió como el dolor se desvanecía poco a poco, pero entonces imaginó a Irene con la minifalda levantada, encima de él, con su blusa entreabierta y sus senos turgentes y enhiestos, y no pudo evitar una involuntaria y poderosa erección. Aunque respiró despacio para intentar serenarse, sus manos buscaron las piernas de su secretaria sin que él fuese consciente de lo que hacía. Irene detuvo su masaje, pero no impidió las caricias de Alberto. Así permanecieron durante un largo instante, hasta que Irene tomó una decisión.

Se oyó el sonido sordo de algo que caía al suelo y, de repente, Alberto percibió que una corriente eléctrica recorría su organismo al sentir como los desnudos pechos de Irene rozaban suavemente su espalda. Las manos de su secretaria, cada vez más atrevida, se introdujeron bajo su cintura y le desabrocharon el pantalón. Acto seguido, los delicados dedos de Irene se internaron en su calzoncillo en pos de su poderosa erección. El contacto le hizo gemir, y entonces su secretaria comenzó a masturbarle con primorosa pericia.

Alberto alzó ligeramente las caderas para que Irene pudiese quitarle los pantalones. Su calzoncillo fue retirado al mismo tiempo, dejando expuesto su trasero a la vista de su secretaria, cuya mano derecha volvió a hacer maravillas con su falo...

Sin embargo, súbitamente apareció en su cabeza la cara de Marta con el ceño fruncido. Eso le hizo sentir mal, bochornosamente culpable, aunque nada hubiera pasado todavía. El recuerdo de su mujer le abatió con increíble crudeza y extinguió de golpe el incendio provocado por su secretaria.

— Muchas gracias, Irene. No sabes cuánto te lo agradezco. Ahora me encuentro mucho mejor —susurró Alberto a duras penas— Permíteme un momento y ahora continuamos con la fiscalidad de la operación.

Tras un momento de incertidumbre, sintió como Irene se levantaba para sentarse luego en una esquina de la cama. Alberto, en cambio, permaneció unos instantes más en el lecho hasta notar como su miembro recuperaba su estado normal y, consternado, salió por el otro lado opuesto de la cama. De reojo, Alberto vio que Irene se tapaba el rostro con las manos y, confundido, le comunicó a Irene que sería mejor dejar el trabajo por esa noche.

Al día siguiente, todo marchó sobre ruedas, como si realmente nada hubiera ocurrido.

15 de enero

Angelines, la carismática y veterana sirvienta, le puso el desayuno al señor Piñeiro mientras éste revisaba la correspondencia. Cartas de bancos, facturas, domiciliaciones, recibos y una notificación certificada de la Dirección General de Tráfico. Alberto, conforme repasaba el correo notaba como el malhumor se apoderaba de él.

Las facturas y las disposiciones de dinero en los cajeros por parte de su mujer se iban haciendo cada vez más frecuentes y cuantiosas. Lo había hablado mil veces con ella, pero no había manera. Aquel consumismo impulsivo formaba parte de su personalidad y, por mucho que se le amonestase al respecto, nada la parecía frenar. Alberto se veía trabajando como una mula hasta los noventa años para pagar los gastos de su mujer.

Alberto suspiró antes de abrir con aversión la notificación de tráfico. Era una multa por exceso de velocidad. Habían sorprendido a Marta a 130 km/h en un tramo en el que debería circular a 100. Doscientos euros de multa. “Pues vale. Empiezo el día con energía, qué duda cabe”. Por la A1, leyó con desgana. Fotografía del pequeño deportivo azul de su mujer que, al igual que la multa, figuraba a su nombre. “Excelente foto”. Día: 22 de noviembre… Hora: 4:21 a.m.… “¿Hora 4:21 a.m.? Alberto se quedó extrañado y, de pronto… se atragantó, la tostada se le escurrió de entre los dedos con tan mala suerte que cayó dentro de la taza de café con leche, poniendo todo perdido. Necesitó beber un trago de agua para recuperar la compostura, cosa que hizo bajo la ceñuda mirada de Angelines, disgustada con él por haber manchado el mantel. ¡El 22 él estaba en Londres! ¿Qué hacía Marta en la A1 a esas horas? Por más que lo intentaba, no lograba recordar que ella le hubiese comentado nada en particular acerca de aquel sábado.

Cuando Marta bajó a desayunar, y aguardando a que Angelines se retirase, Alberto le mostró a su mujer la notificación de tráfico.

— ¡Vaya! —dijo Marta, con pesar— No debí frenar a tiempo antes del túnel.

— A las 4:21 de la mañana —puntualizó Alberto en tono neutro, mirándola a los ojos.

— ¡Ah, claro! —exclamó Marta al acordarse de algo— Esa noche cené en casa de Susana y se me hizo un poco tarde… Pero, vamos, no recuerdo ir a una velocidad excesiva… ¡Qué ansia de recaudar, por Dios!

— ¿Un poco tarde? —repitió Alberto en tono irónico.

— Bastante tarde —admitió Marta.

— ¿En casa de Susana?

— Sí, la “friki”, como tú la llamas. La de Las Rozas.

Alberto le lanzó un mirada de recriminación.

— Lo siento, amor. Tendré más cuidado.

Él esbozó otra mueca en respuesta a la condescendencia de Marta y continuó con su desayuno. Aparcando el asunto, nunca mejor dicho, pero francamente sorprendido de lo bien que mentía su mujer.

“Imposible, querida. Susana estaba esos días en Santander”, pensó mientras fingía mirar las noticias en su iphone. “Qué mala suerte. Si no es por Javier, no me habría enterado de nada… ¿Qué me ocultas, Marta?”

Alberto terminó de desayunar en silencio, respondiendo escuetamente cuando su mujer le preguntó si le compraba algo para la fiesta de los Lezcano. Después, se levantó con tranquilidad y, dejando la servilleta sobre la mesa, besó la frente de su mujer y se marchó a trabajar. Era la primera vez que le mentía, que él supiera, pero lo que le devoraba por dentro era descubrir la razón de aquel engaño, saber si esa pequeña mentira escondía algo mucho más dañino.

26 de enero

La duda, una planta de sabor amargo, había germinado en su alma. Porque tras la primera mentira, toda verdad se convierte en duda. Antes no dudaba, antes creía que no había secretos entre ellos. Pero ahora, por mucho que intentaba desterrar las sospechas y fingir que todo seguía igual con su mujer, el problema seguía ahí, en la pérdida de la confianza, en la duda…

Aunque trató de disimular, Alberto no pudo impedir que su comportamiento variase. Ahora, cualquier llamada que recibía Marta, y que provocaba que se retirase a otra habitación para conversar discretamente, originaba un millar de sospechas en su marido. ¿Con quién hablaba? ¿De qué se reía? ¿Por qué no le contaba nada?

Sin percatarse, Alberto estaba cayendo en una especie de psicosis que afectaba su conducta. Ahora no estaba seguro de nada. Nunca antes pensó que su mujer pudiese caer en los brazos de otro hombre, aunque pretendientes no le faltaban. Hasta ahora creía que Marta era feliz, que no tenía deseos que saciar fuera de su relación de pareja. Pero esa maldita mentira acabó degenerando en una desconfianza insidiosa que hacía tambalear todo su mundo.

Quizás esa pequeña mentira tuviera una explicación intrascendente. Aún así, le avergonzaba que otras personas percibieran su desasosiego. Le mortificaba pensar que se estaba convirtiendo en un hombre celoso, que ya no confiaba en la persona que más amaba en este mundo.

Esa inquietud, secreta y desdichada, pronto se convirtió en una obsesión. Un día se sorprendió a sí mismo husmeando en el móvil de Marta. La primera vez que lo hizo se sintió profundamente avergonzado, pero no lo evitar. Con todo, el aparato no arrojaba ninguna luz al respecto. Las charlas en WhatsApp o Telegram eran, generalmente, superficiales y anodinas, intrascendentes respecto al problema que no le dejaba dormir. Su desvarío llegó al punto de la desesperación por descubrir algo más, facetas que desconocía de la vida de su mujer, de su vida actual y de antes de que se conocieran en aquel pub.

Desde siempre, el último viernes de cada mes lo dedicaban a salir cada uno con sus amigos, para salir de la rutina y mantener esas viejas amistades, y ese se convirtió en el peor día para él. A esas salidas por separado, Alberto nunca les había prestado demasiada importancia. Él quedaba con Javier y el resto de sus amigos de siempre y, normalmente, se lo pasaba muy bien. Era una noche diferente, de compadreo. Lo mismo que hacía Marta con sus amigas que, habitualmente, se citaban en un restaurante para cenar y después acudían a algún local de moda para rematar la noche.

El 26 de enero, viernes, fue la primera vez en muchos años que Alberto no acució al bar de siempre junto a sus amigos. Dentro de un coche de alquiler y con un nudo en el estómago, Alberto siguió los pasos de su mujer y sus amigas por el centro de Madrid. Fue una noche fría y lluviosa, y se citaron todas en la plaza del marqués de Salamanca, Alberto contó hasta seis. Eran las 21:30 y, subidas en dos taxis, atravesaron la ciudad hasta llegar al paseo de Rosales. Desde allí se dirigieron a pie hacia un elegante establecimiento de comida japonesa.

Alberto, se limitó a esperar en la gélida noche, observando en todo momento la puerta del restaurante. Estuvo tentado de entrar y echar una ojeada, pero por suerte logró contenerse.

Las horas pasaron muy lentas hasta que, a las 00:45, Alberto advirtió que salían de allí. Alejándose de su puesto de observación, se subió de nuevo al coche y, tras unos segundos de espera, siguió nuevamente la estela de los dos taxis a los que se habían subido Marta y sus amigas.

Tras un largo trayecto, llegaron a las inmediaciones de una de las discotecas más exclusivas de Madrid. Alberto aparcó con la mayor celeridad posible y las vio bajar de los taxis entre risas. Luego, desde la penumbra de una esquina, contempló como tanto Marta como sus amigas accedían directamente a la discoteca tras saludar efusivamente a los dos guardias de seguridad. Marta se veía imponente con aquellos ajustadísimos pantalones de cuero negro, su abundante melena descansando sobre ese abrigo tres cuartos de piel de camello que tanto dinero le había costado.

Había mucha gente esperando su turno para entrar, algunos y algunas casi adolescentes. Mientras aguardaba en la cola, Alberto atisbó a Susana que, con el pelo teñido de malva y aquella espectacular cazadora de motera, se había quedado charlando en actitud bastante cariñosa con uno de los vigilantes de la puerta. Alberto temió ser descubierto y no tuvo más remedio que dejar pasar a un grupo de por lo menos diez universitarios que iban tras él. Mientras que él se impacientaba por momentos, Susana parecía estar encantada allí en la puerta con aquel imponete gorila de raza negra. De lo que no había duda era de que iba más salida que la punta de una plancha.

Consiguió entrar en el local tras veinte largos minutos, justo después de que otro gorila relevara al guardia con el que había estado flirteando Susana. Su sustituto, un tipo suspicaz de rasgos caucásicos y ancho como un armario, le miró de arriba a abajo antes de dejarle. El elegante traje a medida de Alberto desentonaba con el resto de la gente, especialmente de los más jóvenes.

Alberto avanzó entre el gentío por un estrecho corredor, con el abrigo en el brazo y angustiado por ser descubierto. En cuanto alcanzó una amplia sala de baile, se apartó de la riada humana y subió por unas escaleras que le condujeron a una gran balconada que se abría a la pista. Desde allí, escrutó desesperadamente entre la gente, tratando de encontrar al grupo de Marta y sus amigas.

Los incesantes flashes de luz, los movimientos al bailar de la gente y el ruido ensordecedor, dificultaban enormemente el poder localizarlas. Con la garganta reseca, consiguió dar por fin con varias de las amigas de Marta que, en círculo, bailaban en un lateral de la sala. Sin embargo, Alberto no acertaba a distinguir a su mujer. “¿Dónde estás...? ¿Dónde estás...?”, se repetía mientras buscaba. Pensando en la posibilidad de que su mujer hubiese ido al aseo, Alberto se resignó a esperar a que en cualquier momento Marta se uniese a las demás. Pero los minutos pasaban y ella no aparecía. Distinguió, eso sí, a un grupo de hombres que se aproximó al grupo de amigas y empezaron a hablar con ellas. Uno de ellos, un tipo con el pelo recogido en un moño, se apartó con una de ellas y ambos comenzaron a bailar.

Alberto no sabía qué demonios hacer. Por un lado, su corazón le compelía a bajar y buscar a su mujer, pues no podía haberse evaporado sin más, pero por otro, su entendimiento le instaba a permanecer en ese privilegiado puesto de observación sin perder de vista al grupo. Y justo entonces vio, estupefacto, como aquel fornido negro aparecía de la nada, se acercaba al grupo, tomaba a Susana del brazo y, sin más, desaparecía con ella tras una puerta disimulada al lado de la barra.

Aquello lo dejó paralizado, en estado de shock. ¿Y si Marta estaba allí adentro? Alberto bajó las escaleras lo más rápido que pudo y, de forma hosca se fue abriendo paso hasta llegar a la puerta por donde Susana y el vigilante de seguridad se habían desvanecido.

Con el corazón a punto de salírsele por la boca, abrió la puerta y entró veloz en un lóbrego cuchitril que daba a unas escaleras iluminadas con tenues luces de color rojo. Presentía que encontraría allí a Marta, no sabía con quién, pero estaba seguro de que ella estaba allí. Sigiloso, empezó a subir las escaleras. Alcanzó, entonces sí, un largo pasillo una serie de puertas, todas a la izquierda. Los sonidos que se mezclaban con la música de abajo revelaban que aquél era el rincón menos inocente de la discoteca y, quizá, de todo Madrid. Gemidos, jadeos, murmullos ahogados, obscenidades, verdaderos alaridos… Pero lo que a él le dejó mudo fue que no estaba solo. Había tres mirones en el corredor, pegados a una de las puertas, tan absortos que no repararon en su presencia.

Convencido de que en cualquier momento descubriría a su mujer en brazos de otro hombre, Alberto fue inspeccionando una a una las diferentes habitaciones. En el primero pudo adivinar la silueta de dos personas, dos hombres con el torso desnudo que se besaban ferozmente, atacándose. Esa conducta no tenía nada de romántica, era una sexualidad primitiva basada en la dominación. Alberto continuó cumpliendo su dolorosa penitencia por aquel pasillo del calvario. Revisó cada una de las dependencias, todas con resultado negativo en cuanto al hallazgo de Marta.

Con pequeñas variantes, vio en todas ellas la repetición de la misma escena. Una persona entregándose y otra poseyéndola, a excepción de una sala en la que eran dos hombres y un mujer los que se hallaban enredados entre las sábanas. Sólo le faltaba una habitación, aquella en cuya puerta ya había tres mirones agolpados.

Tuvo que ponerse de puntillas para alcanzar a ver algo por encima de todos aquellos pervertidos, pero lo cierto fue que lo que vio le dejó boquiabierto. Aquella melena malva no dejaba lugar a dudas. La mujer que trotaba sobre aquel hombre no era otra que Susana, la mejor amiga de su mujer. A horcajadas encima del vigilante, la pálida y delgada mujer jadeaba subyugada por la conmoción. En cada rebote el grueso badajo del vigilante, aún más renegrido que el resto de su piel, se hundía por completo en la vagina de Susana. Con todo aquello dentro de ella, la mujer cimbreaba las caderas para estimular todavía más las paredes de su intimidad.

Susana tenía la parte baja del vestido remangada en la cintura, pero el negro se incorporó y trató de encontrar la forma de bajar también la parte de arriba, pues parecía harto de no poder tocar sus pechos como es debido. Para lograr su objetivo necesitó la ayuda de Susana, pues la cremallera estaba disimulada en un lateral. Pero al final el vigilante pudo sentir en sus manos la suave piel de aquel suculento par de manzanas.

Con uno de sus sensibles pezones atrapado entre los labios de aquel hombre, Susana puso los ojos en blanco. Estaba como ida, concentrada en gozar de lo mucho que estaba recibiendo, tanto que ya vislumbraba el orgasmo.

El musculoso vigilante, percatándose del estado de Susana, le coló las manos bajo las nalgas, y la alzó en vilo para luego dejarla caer. El rostro de la joven se descompuso al verse empalada de un modo tan brutal, pero ese rictus no duró demasiado, apenas las tres o cuatro repeticiones que tardó en alcanzar el orgasmo.

Alberto, al igual que los demás allí presentes, pudo entonces comprobar el tamaño del falo de aquel energúmeno, y ello se debió a que el vigilante se quitó a Susana de encima para poder salir la cama. Alberto se asustó al pensar que la intención del vigilante era echarlos de allí a patadas, pero su plan era otro bien distinto.

Permaneció a los pies de la cama, con las manos a la espalda y su rampante erección preparada, esperando a que Susana se recuperara. Aunque el coño de la estrafalaria amiga de su mujer resplandecía de fluidez, no se hizo la remolona durante demasiado tiempo. Apoyada sobre un codo, se quedó mirando con desgana al belicoso vigilante que, sin duda, aún no daba por terminada la relación.

— Con la boca —ofreció ella, al final.

— O con el culo… Tú veras.

— Por el culo mejor se la metes a tu madre, tesoro.

Oculto en la sombra, Alberto se quedó gratamente sorprendido por la habilidad de la amiga de Marta. El amplio repertorio de lametones, chupadas y succiones de la esbelta azafata no parecía tener fin. Cabeceaba rítmicamente, con los ojos cerrados para no marearse, la boca muy abierta y llena de la dura carne de aquel hombre. La profusa cantidad de saliva, unida a la calidez y tersura del interior de su mejillas, debían hacer creer a aquel tipo que su miembro seguía dentro de su coñito. Y por momentos ese parecía ser el objetivo de Susana, que el moreno fecundara su garganta.

Ella se esforzaba en hacerlo bien, pero disfrutaba sin ambages de aquella tremenda masculinidad, llevándole poco a poco a su terreno. Ni siquiera le dejó distraerse con sus sonrosadas areolas. Le retiró la mano de inmediato, pues deseaba que estuviera concentrado en lo que le hacía con la boca.

En un momento dado, sabiéndole a punto de eyacular, la amiga de su mujer le ofreció sus labios entreabiertos. Contrariamente a lo esperado por Alberto, el musculoso vigilante introdujo su miembro en la boca de Susana de forma amable y servicial, como si fuera un regalo.

Fue gracias a aquel lento y parsimonioso vaivén que Alberto pudo saber el instante preciso en que el tipo comenzó a eyacular. La forma de sacudirse de su verga fue inconfundible, y cada una implicaba la salida de cierta cantidad de esperma, mucha al principio, progresivamente menos cada vez y que, a juzgar por la mueca de Susana, debía saber a gloria.

Al contrario que Marta, que siempre o casi siempre se tragaba su semen, la amiga de su mujer dejó escapar de su boca toda la corrida del vigilante. Lo cual no impidió para que la delgada muchacha siguiera chupando y succionando su rabo con frenesí.

”Es extraño que el esperma de un negro sea tan blanco”, pensó Alberto antes de retirarse en silencio. Desconcertado por el impactante show ofrecido por la más díscola de las amiga de su mujer, Alberto descendió por las escaleras y se fue directo a la salida. No podía soportar el atronador ruido de la discoteca ni un minuto más.

Al salir, el helor de la noche le hizo estremecer. Se sentía como si acabara de salir del inframundo y, a pesar del frío, le apetecía pasear y ordenar sus ideas.

Voces de noctámbulos se oían a lo lejos, ajenas a su drama. Después de un buen rato deambulando en soledad, agotado, llamó a un taxi. Llegó a casa muy tarde, decepcionado y hundido. Y entonces, al entrar en su alcoba, vio la silueta de Marta bajo la sábana, plácidamente dormida. Se sentó a su lado y, afligido, la besó en la mejilla. Ella, somnolienta, musitó:

— ¿Ya has llegado?

— Sí. Me entretuve más de la cuenta —se excusó, Alberto.

— ¿Qué hora es?

— Las cinco y veinte.

— Gamberro… Métete en la cama, anda, que hace frío.

“¿Dónde has estado, mi amor?”, fue la pregunta que Alberto retuvo en su garganta, mientras miraba a Marta.

4 de abril.

La preocupación de Alberto se convirtió en alarma después de que interiorizase lo que había presenciado en la discoteca. Los viernes con los amigos se convirtieron en una tortura. Él siempre se había sentido seguro de sí mismo, pero no sabía qué hacer ante esa situación. No tenía ninguna prueba de infidelidad por parte de su mujer, pero un día Alberto comentó de pasada que su amiga Susana no le gustaba, que la veía muy promiscua.

Marta sonrió y le respondió que era buena gente, aunque un poco inmadura. Dijo que Susana era una mujer liberada, que vivía su sexualidad tan libremente como cualquier hombre, nada más.

Tras esa implícita acusación de machismo, Alberto no se atrevió a espetarle que su amiga más que inmadura era la mayor zorrona que él conociera. En lugar de presionarla, prefirió dejar que Marta le contase las cosas por sí misma, sin coacciones, pero Marta nunca dio ese paso. Y sus dudas crecieron de manera exponencial.

Alberto admitió que no estuvo bien espiar a su mujer aquel día. Si lo hubiesen descubierto, se habría encontrado en serio apuro. Decidió pues modificar su estrategia. Samuel era un detective privado que, ocasionalmente, contrataba su despacho para reunir pruebas, generalmente, en supuestos de espionaje industrial y asuntos escabrosos. Pero cuando estaba a punto de llamar por teléfono a su amigo, siempre se echaba atrás, reprendiéndose a sí mismo por una conducta tan rastrera. Y entonces llegaba el viernes y se le encogía el corazón. En el trabajo hacía increíbles esfuerzos por sobreponerse a su situación personal y ello le consumía aún más.

Javier e Irene, se percataron de que había algo que no andaba bien. Ella se sentía culpable, pues pensaba que todo se debía a lo ocurrido aquella noche durante su viaje a Londres y, creyéndose responsable, se plantó un día en su despacho.

— ¿Se puede?

— Claro, pasa. ¿Qué ocurre?

— Vengo a presentar mi dimisión, señor.

La reacción de Alberto no fue la esperada por su secretaria. Se negó en redondo a aceptar su dimisión y, preguntada por la razón de su renuncia, Irene le confesó que su repentino comportamiento seco y distante con ella la estaba afectando. Alberto negó que ella tuviera nada que ver con lo que le ocurría. Reconoció que lo estaba pasando mal por motivos familiares, y le rogó encarecidamente que siguiera en el bufete, pues la necesitaba más que nunca.

Al final, Irene retiró su dimisión a cambio de que él volviese a ser el de siempre. Sus grandes y bonitos ojos negros, tras las gafas de pasta, a punto estuvieron de echar a llorar. Aquel trance conmovió a Alberto que se dio cuenta que debía adoptar algún tipo de decisión, pues su conducta estaba enrareciendo el ambiente en la oficina.

Cuando Irene se marchó, Alberto descolgó el teléfono:

— Buenos días, Samuel. Necesito hablar contigo.

6 de abril.

El tiempo había cambiado de repente, y la tarde era bastante fresca, razón por la cual el sesentón decidió sentarse en el interior del bar en lugar de hacerlo en la terraza. Se acomodó en una de las mesitas redondas, pidió una cerveza y miró distraídamente la calle a través de las grandes cristaleras del local. A los diez minutos vio la inconfundible figura de Alberto que accedía al establecimiento y con aire despistado inspeccionaba el lugar. Samuel alzó la mano para llamar su atención.

— Buenas tardes, ¿qué tal? —saludó el detective.

— He conocido tiempos mejores, sin duda —rezongó Alberto.

— ¿Qué te traes entre manos ahora? ¿Por qué tanta urgencia?

— Antes de nada, Samuel, quiero dejar claro que lo que hablemos de aquí es estrictamente confidencial…

— Como siempre —le interrumpió el veterano de pelo cano.

— Más… No és un tema del despacho, sino de mi vida privada.

Samuel frunció el entrecejo.

— ¿Qué te pasa? —inquirió.

— Es sobre mi mujer —el silencio de Samuel le invitó a proseguir— Está pasando algo y quiero saber qué es.

— Se más concreto, te lo ruego.

Alberto le explicó todos los hechos desde el 22 de noviembre en adelante, sin omitir detalle.

— Si quieres divorciarte de tu esposa no necesitas alegar ningún motivo, supongo que eso lo sabes.

— Claro que lo sé, soy abogado. Pero esto no tiene nada que ver con ninguna crisis matrimonial. Yo quiero a mi mujer, y esta situación me está volviendo loco.

— Entiendo. San Juan Capítulo 8, versículo 31: “Y la verdad os hará libres”. Pero a veces, amigo, la verdad simplemente nos hace desdichados para el resto de nuestra vida.

— Puede que tengas razón, pero esto… esto me está matando.

— Si estás convencido, no seré yo quien te haga desistir de tu idea —dijo Samuel.

— Lo estoy.

— Bien. Para empezar, quiero todos los datos personales de tu mujer. Por cierto, ¿está dada de alta en alguna red social?

— Sí, en Facebook y en Instagram. Además, tiene WhatsApp y Telegram.

— Perfecto. Cuantos más redes sociales, mejor.

Alberto apuntó en un post-it los datos que samuel le fue solicitando.

— ¿Cuándo volveremos a vernos?

— Depende. Sea lo que sea lo que oculta tu esposa, lo averiguaré. Pero si es discreta, costará algo más de tiempo… En cualquier caso, seré yo quien se ponga en contacto contigo.

— Toma, aquí tienes un adelanto. Y si eres rápido con tus pesquisas recibirás un extra, ya lo sabes —Alberto le extendió un cheque con una bonita cifra que hizo sonreír a Samuel.

El detective cogió el cheque con presteza y se fue. De aquella conversación sólo sacó una conclusión: la amiga de Marta era una auténtica zorra, pero el resto tendría que ser él quien lo averiguara. El juego, las drogas, una traición, un amante… Podían ser tantas cosas.

CONTINÚA CON EL RELATO: “La fiesta”, ya publicado.

Referencias:

“Después de la primera mentira”, de portarthur.

“Pan de limón con semillas de amapola”, de Cristina Campos.