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Los pecados que me faltaban por cometer, Cap.I

Katia siempre juzgó a su hermana por su libertinaje, pero esa noche, frente al espejo y con el corazón acelerado, comprendió que la envidia no era por lo que ella hacía, sino por lo que ella se negaba a sentir. Ahora, con el celular temblando en su mano y el olor a lujuria en el aire del hotel, la puerta de la habitación 216 no solo la separa de su hogar, sino de la mujer que creía ser.

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Katia creció en una familia tradicionalista y fue educada en un colegio religioso. Descubrió el placer por error, pues aunque su madre siempre la había educado para no profanar su cuerpo, aquel día decidió hacerlo; aquel glorioso día cuando se levantó a media noche por un vaso de agua y descubrió a su hermana de 18 años, quien tenía la misma educación que ella, recargada contra el portal mientras su novio le metía la mano por los pantalones y la tenía contorneándose y gimiendo suavemente, mientras sus padres dormían.

Cuando Katia regresó a su habitación hizo con ella misma, lo que el novio estaba haciendo con su hermana, y más tarde, lo volvió a hacer.

Por si la educación no fuera suficiente, Katia entró a la juventud siendo la típica “gordita” que los chicos universitarios no le ponían mucha atención, salvo Daniel, quien le pidió respetuosamente que fuera su novia en el segundo año de la universidad, y con quien se casó apenas se graduaron.

Gloria, su hermana mayor – la del portal -, fue siempre el foco de las críticas de Katia. Una chica que no se detenía ante nada, siempre y cuando sus padres no se dieran cuenta – nunca fue tonta – y mientras la joven Katia se dedicaba a atender a su próximo marido, su hermana de más de 25 años y quien para su gusto ya debería estar pensando en casarse, se dedicaba a “probar pitos”, como Katia le decía, a lo que Gloria siempre le respondía que no podía evitar comerse todas las vergas que se topaba, que le encantaba su sabor, causando el enojo de su pura y justiciera hermanita, enojo que en el fondo no era más que una profunda envidia no reconocida.

Katia siguió frecuentando a su grupo de amigas de la Universidad, y cuando les contó a detalle lo hermosa que había sido la noche de bodas, se ganó la risa de algunas, pues mientras ella apenas había conocido las mieles del placer que una buena verga da, a su grupo hacía ya tiempo que el romanticismo de una primera vez no las ponía a tono.

En fin, durante sus primeros años de matrimonio Katia tenía amigas que le sacaban la vuelta al compromiso porque disfrutaban de su libertinaje, una hermana que a los 28 años tuvo que casarse por quedar embarazada y que seguía disfrutando de su libertinaje a espaldas de su marido, y un esposo que tan pronto pasó la luna de miel se dedicó a crecer una enorme panza que le estorbaba y la ahogaba cuando hacían el amor. Sin embargo, ella estaba orgullosa de ser una ama de casa dedicada primero a su marido, y más delante a los dos hijos que tuvieron.

Fue en su fiesta de 30 años cuando todo cambió.

Aquella chica gordita de la Universidad se había mantenido como una atractiva “MILF”, con pronunciadas caderas y un par de enormes tetas, que aunque en la realidad eran flácidas, sabía esconderlo muy bien con bras que las levantaban y las hacían ver fenomenales; mientras que sus “amigas putas” como ella les llamó muchas veces, se habían casado siendo unas gordas o eran unas “solteronas” de 30 años, como a ella le gustaba llamarlas.

Todas ellas estaban en su fiesta, con sus maridos borrachos o sus amantes en turno. Gloria, su hermana, también estaba ahí con su cornudo marido, quien nunca había sido del agrado de Katia, pues siempre lo descubría viéndole las tetas, y lo peor, era que no le disgustaba, sino que la hacía sentir una especie de morbo que la sacaba de su pulcra educación y la hacía sentir sensual y deseable como mujer.

Aquella noche no fue la excepción, pues Katia se había puesto una blusa ajustada y escotada, atrayendo las miradas no solo de su cuñado, sino de los esposos y amantes de sus amigas, incluyendo la mirada de un tal Héctor, un tipo notablemente más joven que su amiga Claudia, y a quien había llevado como acompañante a su fiesta.

Pues cómo no me va a voltear a ver a mi, si Claudia tiene más panza que senos, pensaba Katia mientras armaba unos sándwiches para llevarlos al patio, cuando de pronto Héctor se apareció frente a ella en la cocina, ya con algunas copas de más y una sonrisa pervertida que la puso de nervios.

¿Cómo se la está pasando la guapa cumpleañera? Le preguntó Héctor, a lo que Katia respondió volteándole la cara y con simple “bien gracias”.

El que se la debe pasar muy bien es tu marido, le dijo Héctor mientras ella levantaba la mirada extrañada por el comentario que no había entendido. Ya quisiera yo tener un bombón como tú para darle su regalo cuando los invitados se vayan, y ponerte el regalote entre ese par de pedazos de cielo que tienes entre los hombros.

Katia se quedó helada, muda, y notablemente asustada.

No te enojes Katita, es con mucho respeto que te digo esto, pero es la verdad, cerró diciendo el tipo justo antes de salir de la cocina y dirigirse al baño mientras se apretaba el paquete por encima del pantalón, tal vez porque ya no se aguantaba de ir, o tal vez porque pensaba en ponerlo entre “los pedazos de cielo” como les había llamado.

Katia se quedó temblando del coraje, pero decidió no comentar con nadie lo sucedido para evitar un gran problema.

Esa noche, cuando todos se fueron y sus hijos estaban ya dormidos, saltó sobre su frígido y voluminoso marido, le sacó la ropa de encima, se comió su verga con una fuerza que no lo había hecho en años, y terminó poniéndose de perrito para que la tomara por detrás; todo esto, mientras desahogaba el coraje que traía, y mientras pensaba que quien la estaba bombeando afianzado de sus caderas era Héctor, el amante de Claudia que le había llamado pedazos de cielo a ese par de tetas que se balanceaban de un lado a otro.

La mañana siguiente hizo el desayuno para su familia y subió a ducharse. Se miró desnuda frente al espejo durante un rato, luego se sentó en el inodoro con el celular en la mano y navegó por el perfil de Instagram de Héctor. Al final y después de mucho pensarlo, decidió dar like a una de sus imágenes más antiguas, una con la que el tipo se diera cuenta de que había visto todas y cada una de ellas cuando llegara la notificación, y luego se metió a la bañera a masturbarse como no lo había hecho en muchos, muchos años.

Ese domingo abrió su Instagram fácilmente 20 veces durante el día, esperando alguna reacción de Héctor, pero no fue sino hasta las 9 de la noche, cuando ya estaba en la cama con su marido viendo una serie, cuando recibió como respuesta una notificación de que Héctor la estaba siguiendo.

Saltó de la cama y mientras le decía a su marido que la cena le había caído mal, se encerró en el baño y se sentó en el inodoro con el teléfono en la mano.

Unos segundos después recibió un mensaje privado de Héctor con el emoji de la berenjena, que a pesar de que Katia no lo había recibido jamás, sabía lo que significaba. Lo siguió el emoji del diablito, y después una fotografía de un pene erecto, con un mensaje escrito que decía: Así estoy, porque me estoy acordando de los pedazos de cielo.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Katia, quien se levantó de un salto del inodoro, apagó su celular como si eso fuera a borrar lo que acababa de suceder, y salió del baño sudando frío para irse a meter a la cama con marido.

¿Estás bien? Le preguntó Daniel. Pero Katia no respondió, simplemente se giró de frente a él y comenzó a besarlo apasionadamente para comenzar el segundo round de sexo del fin de semana, y anotar dos días seguidos por primera vez desde hacía más de 4 años.

¿Cuándo te veo? Decía el mensaje de Héctor enviado después de la fotografía, pero que Katia no abrió hasta el lunes después de dejar a sus hijos en el kínder y quedarse sola.

Vio durante minutos la fotografía. ¿Será su verga?, pensó, ¿O será una imagen de internet?. Y mientras veía la imagen recibió otro mensaje: Entonces, ¿Cuándo nos vemos para platicar tu yo solos?

Katia se estaba volviendo loca. Caminaba rápidamente de un lado a otro de la casa con el celular en la mano, abría el chat y se disponía a responder, luego lo cerraba e iba a ponerse frente al espejo a mirarse las tetas. ¿Realmente se está arriesgando a tanto por esto? Pensaba. Luego abría el chat queriendo contestar y lo volvía a cerrar. ¿Es posible que yo esté causando esto en un chico calenturiento menor que yo y que puede conseguirse a una chica de su edad? Y luego caminaba hasta el espejo de otra recámara y se miraba nuevamente.

Lo más interesante de todo, no era la situación en la que estaba Katia; sino el hecho de que a pesar de haber juzgado tantas veces a su hermana y sus amigas, no le cruzara ni un segundo por la cabeza la educación que le habían dado o su propio marido; lo único que pensaba, era en cómo haría para que ni Daniel ni Claudia se enteraran de lo sucedido, o de lo que pudiera suceder.

“Mañana, 11 AM, tú pones el lugar”, respondió Katia para luego apagar de nueva cuenta su celular y correr a meterse en una ducha de agua helada.

El café del Hotel Asturias, donde Héctor la citó, no era un lugar muy concurrido. Aun así Katia estaba hecha un manojo de nervios cuando llegó.

Preguntó por la mesa de Héctor Dorantes a la hostess, y la chica le respondió: Sra. Dorantes, su marido dejó dicho que tendría que tomar una junta de trabajo, pero me dejó la llave de su habitación para usted deje sus cosas, tome, es la habitación 216.

Katia temblaba tanto que no podía ni atinar al número 2 en el ascensor; sus piernas se doblaban al caminar, y sentía que sudaba de todo el cuerpo. ¿Pero estaba preocupada por estar a minutos de posiblemente ser infiel por primera vez en su vida? No. Estaba más preocupada por que su entrepierna estuviera sudada y expidiera mal olor cuando Héctor le quitara las bragas, luego recapacitaba y se preguntaba: ¿eso va a suceder, o estoy alucinando?.

Abrió como pudo la puerta de la habitación y entró tan rápido como sus temblorosos movimientos se lo permitieron cerrando de inmediato la puerta.

Ahí estaba Héctor. Sentado en la cama, con el televisor encendido y vistiendo la ropa menos sensual que pudo haber seleccionado para la primera “cita”, es más, lo primero que ella pensó era que venía de hacer ejercicio, aunque notablemente tenía poco tiempo de haber salido de la ducha, pues su cabello estaba húmedo y había un fuerte olor a loción fina en la habitación.