Xtories

Todas Puteamos. Capítulo V Mi primer Jefe.

Mario no era su tipo, pero en la camioneta detenida en la carretera, él le enseñó a bajar la guardia. Entre besos lentos y dedos expertos, descubrió que el verdadero placer no requiere prisa ni riesgo, solo entrega total.

Julieta10K vistas8.0· 5 votos

(Para disfrutar mejor de este relato, les recomiendo leer los anteriores:)

Todas Puteamos. Capítulo I. Mi Padre www.todorelatos.com/relato/186060/

Todas Puteamos. Capítulo II. Capítulo II Mi novio del pueblo. www.todorelatos.com/relato/186202/

Todas Puteamos. Capítulo III Mi novio de la ciudad. www.todorelatos.com/relato/186243/

Todas Puteamos. Capítulo IV Mi primer Cliente. www.todorelatos.com/relato/186280/

Capítulo V Mi primer jefe.

Mario Me enseñó cómo tratar a los clientes pequeños, me enseñó también todo lo que una mujer debe saber sobre el culo de un hombre. Me enseñó a consentir una verga, y a ser la Reyna de las mamadas. Me enseñó también a disfrutar de besos y caricias, a disfrutar de la sexualidad sin prisas y a derretirme en el post orgasmo. Mario me hacía venir con las manos o con su boca. Le aterraba la idea de embarazarme. Nunca me metió la verga, pero nunca me hizo falta. Era mi amigo antes, y fue mi amigo después. Yo lo quería, y siempre le guardaré cariño. Tal vez es una de mis relaciones menos traumáticas. Ustedes dirán.

Yo fui la puta de Mario de forma grata y agradecida. Dejé de trabajar con Jorge porque no me sentía cómoda con estar cerca de él tanto tiempo. Pensaba que en cualquier momento se daría cuenta de que seguía con mi novio del pueblo, o de que cogía con Francisco. Vivía en un constante terror. Los nervios me traicionaban y decía yo estupideces a cada rato.

En ese momento de mi vida yo tenía sexo regular con tres hombres. Seguía manteniendo un acostón cada mes con mi novio del pueblo, para no perderlo, tenía una relación plena y feliz con Jorge, con quien cogía casi a diario y comencé a ser la puta de Francisco.

Como si esto no fuera suficiente pagaba con mi putería mi espacio en el Despacho con Mario. Fue un año tremendamente destructivo para mi. Para sostener esto me convertí en mitómana. Vivía mintiendo a todos, pero mis mentiras estaban completamente desorganizadas, le daba versiones distintas de lo que hacía a cada una de las personas que convivía y cuando días después me preguntaban sobre lo que había hecho antes, me confundía y me equivocaba. Fue un periodo terrible.

Lo bueno llama a lo bueno. Lo malo a lo malo.Es una ley universal. A todos nos gustaría que no fuera así. A todos nos gustaría que en nuestros momentos oscuros llegara La Luz, pero no es así en la vida real. En la vida real, cuando estás hasta el cuello de mierda, llega alguien, te pisa la cabeza, y comienzas a respirarla. Mario fue tal vez mi tabla, de la que me aferraba para respirar entre tanta mierda.

Conocí a Mario en la Universidad, él iba un par de generaciones adelante y se había graduado con honores. Mario es un tipo simpático, con don de gentes. Se casó aún en la escuela y fue padre antes de graduarse. Yo llevaba tres años de haber salido de la escuela. Él cinco, pero le habían sido suficientes para ganarse un nombre en su propio despacho. Yo necesitaba seguir trabajando, había adquirido la deuda de un auto, las deudas de las tarjetas de crédito, y los gastos que generaba mi nuevo estilo de vida de abogada de ciudad de alta categoría.

Yo lo busqué y le conté una triste historia de mi vida con Jorge. En la historia que le conté, Jorge me había seducido y no quería divorciarse -aunque ya lo había hecho- y yo, víctima, quería estar lejos de él para recomponerme. Quien cuenta demasiadas veces historias de víctima corre el grave riesgo de convertirse en víctima de sus historias. Tardaría diez años más para entenderlo. En el despacho de Mario nunca faltaba el trabajo. Atendían a una dependencia de gobierno, además de un centenar de clientes particulares.

Mario se portó como lo que era, y como lo que será siempre: un extraordinario amigo. Me recibió en su despacho sin grandes inversiones. Compartió a su espacio, secretarias, mensajeros, a sus postulantes y a sus estudiantes conmigo. Pero para ganar, yo necesitaba clientes, y comencé a hacer la búsqueda. Jorge me ayudó, y me presentó a Francisco, un cliente que me permitiría mantener el nivel de ingreso que ya tenía.

Mario se llevaba muy bien conmigo. En unos cuantos días nos convertimos en confidentes y me presentó a su esposa y a sus niños. Yo disfrutaba de su escucha y de su compañía. Y en ratos, sentía que mi vida se normalizaba un poco. Pero el destino quiso que esa tranquilidad se fuera en un pestañeo.

A mi ya me encantaba mamar. Había aprendido a disfrutar al máximo el tener la verga de un hombre en la boca. Los años que tuve ese deseo, mientras mi padre me lo negó, me calenté incontables horas viendo mamadas en el porno. Pero fue con Jorge, mientras me llegaban los orgasmos durante las irrumaciones, que comencé a disfrutarlo de verdad. Así como fantaseaba estar siendo poseída por la vagina o por el ano, así fantaseaba tener una verga tocándome la garganta, y sentir la llegada de la leche en mi paladar, en mi lengua, en mis labios y en mi garganta.

Se descompuso mi coche. Era el motor, y eso llevaría por lo menos un par de meses, me dijeron en el taller. Es común quedarte hasta tarde en un despacho. Mario se ofreció llevarme hasta mi pueblo y yo acepté. Pasamos por un café, y le pedí que parara en la carretera para fumar un cigarrillo y terminar el café mientras charlábamos. Platicamos de todo, me la pasé súper.

Las putas somos putas porque queremos recibir algo a cambio de nuestras caricias, de nuestro sexo o de nuestro amor. Pero también, cuando alguien nos ha dado lo que no esperábamos, en nuestro instinto de putas, queremos dar caricias a cambio.

Por eso cuando Mario comenzó a acercarse a mi en la camioneta, no me hice atrás ni un milímetro, y recibí su beso gustosa. Nos besamos, nos besamos y nos besamos. Mario no era tímido. Al segundo beso me había sacado una teta y alternaba sus besos entre mi busto, mi cuello y mi boca. Yo no me quedaba atrás. No era mi tipo, no me encantaba, pero quería devolverle un poco de lo recibido.

Bajé su cierre y comencé a mamarlo. En el instante me detuvo. -Vámonos atrás- me dijo, y le obedecí un poco desconcertada. Se retiró por completo los pantalones, y mientras yo intentaba hacer lo mismo, me detuvo. -Sígue- dijo y me llevó la cabeza a su verga. Comencé de nuevo a mamarlo, y de nuevo me detuvo. Me besó, ahora más suave que antes, recorrió mi silueta con ambas manos, me mordió dulcemente un lóbulo y me dijo: -despacio Eli-

Suspiré y le hice caso. Nunca me di cuenta de que en todas mis relaciones sexuales yo estaba siempre tensa, tensa por mamar, tensa por desnudarme, tensa por terminar, tensa por el tiempo, tensa porque nadie nos descubriera, tensa porque estaba engañando a alguien. Pero esta vez no era así. Yo sabía que él era casado. Él sabía que yo amaba a mi Jorge. Y por primera vez en la vida, suspiré hondo y traté de bajar mi tensión.

Comencé a mamar con calma, dando hondas aspiraciones. Él disfrutaba mi cabello, mis hombros y mi espalda. Dejé de mamar moviendo todo mi tórax, para comenzar a hacerlo moviendo solo mi cabeza. Una calma desconocida comenzó a llegar a mi. -Pasa la lengua por el frenillo- me dijo, y comencé a hacerlo. Yo desconocía que con ese movimiento puedes hacer venir a un hombre, y a los pocos segundos comencé a sentir sus espasmos. Su eyaculación cayó por todos lados. Mi cabello, mi cara, su ropa, la mía, las vestiduras del asiento, y su cara era un poema. Este hombre si que disfrutaba de sus orgasmos. Por un momento, le tuve hasta envidia, pero me duraría muy poco.

Hizo el asiento hacia atrás. Quedamos completamente acostados. Uno junto al otro. -Quítate la ropa- me dijo, y comenzó a bajar a comerme la vagina. -Dime cómo lo hago- me pidió y llevó mis manos a su cabeza, una de cada lado. Mario sabía mamar. Pero no solo eso, sabía seguir instrucciones, las entendía a la perfección, un pequeño tirón de la mano lo entendía y ladeaba la cabeza, jalarlo hacia mi pubis lo entendía como un incremento en la fuerza de su lengua. Estaba tremendamente excitada. Liberada. Estaba feliz. Me vine con ganas. Con el deseo acumulado de coger sin tantos sentimientos encontrados. Me vine largo y agradecido. Estaba relajada, cómo tenía meses que no estaba. Seguimos hablando, tal vez una hora más. Relajada, así, sin tanto problema, con la simpleza del momento, Mario me pregunto: ¿nos comemos de nuevo? E hicimos un 69, largo y sexy. Liberador y divertido. El con la boca en mi vagina y yo con su verga en la boca, nos fuimos dando instrucciones.

Nunca cogimos. Alguna vez se lo pedí. Pero le tenía pavor a dejarme embarazada, y no le gustaban los condones. Eso si. Con Mario perfeccioné mis técnicas de mamar y también aprendí todo lo que una mujer debe saber sobre el culo de los hombres.

Mario estaba liberado en cuanto a hablar durante el sexo se refiere. -Succiona Eli, succiona más-. -Saca la lengua, y luego cómetela hasta la garganta- -Quiero sentir un poco tus dientes- él me indicaba y yo obedecía. Las primeras veces con palabras, las demás, simplemente con caricias en mis labios, en mis mejillas, en mi cabeza, en ese lenguaje sin palabras que los dos habíamos inventado para comernos.

La primera vez que toqué el culo de un hombre fue en una de esas llevadas a mi pueblo. Era una tarde difícil. Yo tenía muchas cosas que contar. Mi parte enferma necesitaba sentirse víctima y recibir la comprensión de Mario. Hablé no menos de una hora, y como siempre, él me escuchó atento. Ese día sería su puta, su puta mamadora, simplemente en agradecimiento a la escucha, a que me diera la razón en todas mis conjeturas y en todas mis historias. Nos besamos muchísimo, más que las veces anteriores. Pasamos atrás de la camioneta y en esta ocasión, el bajó primero a comerse mi clítoris. Mientras lo hacía, iba tomando saliva y flujo, e iba abriendo mi culo. Lentamente comenzó a hacer un masaje entre la entrada de la vagina, el perineo y mi ano. Mario sabía hacer eso, y para los dos o tres minutos ya me había puesto mal. Yo arqueaba la espalda y lo apretaba a mi clítoris y él entendía perfectas las señales. Metió un dedo en mi culo, luego dos y luego tres, yo ya había tenido dos orgasmos cuando comenzó a girar los dedos dentro de mi, y mi orgasmo llegó con un notorio squirt. Sabía lo que hacía, y sabía cómo lo hacía. Sentí contracciones en la pelvis, pero también en el estómago, sentí temblores en las piernas, pero también en los brazos y en el pecho, Mario me había dado un orgasmo memorable, y yo aún ni lo tocaba.

Para las que somos putas, el sexo es un toma y daca. Hay que compensar lo recibido, y esa tarde, después de ese orgasmo, pensaba darle la mejor mamada de su vida.

Mario estaba tranquilo. Su excitación era menor. Él se había preocupado de dejarme completamente satisfecha. -Yo también puedo sentir lo mismo- Me dijo mientras me miraba a los ojos dulcemente. -Te voy a enseñar- me dijo mientras se retiraba los pantalones, mojados también por mi húmedo orgasmo.

Bajé, y comencé a mamar. Hasta el fondo. Él dirigía mi cabeza, me imprimía el ritmo, y yo comencé a repetir su maniobra, con mis dedos, llenos de saliva y con flujo que recogía de mi entrepierna fui metiendo uno, dos, y tres dedos en su culo ya relajado. Comencé el movimiento que acababa de aprender, y comencé a girarlos. Despacio y con calma Mario me dijo que podía meterlos más hondo, y que dentro, encontraría una bolita, “es como una nuez, pero blandita” me dijo ya con una voz ronca y llena de excitación. La encontré y comencé a acariciarla de la misma manera que me acariciaba yo misma el clítoris. Sentí los temblores de los músculos de su vientre, sentí como se le iba y como le regresaban la fuerza y la respiración, y me di cuenta que había encontrado la forma perfecta.

No estaba lista para lo que sucedió después. El culo de un hombre había sido un enigma para mi. Había escuchado algunas cosas entre amigas. Había visto porno gay, pero no estaba lista para lo que siguió. Sentí los primeros espasmos con el glande en el fondo de la garganta. La respiración me estaba costando, así que lo dejé un segundo para meter una bocanada de aire. Y cuando nuevamente lo tuve en mi boca, empezó aquello. Yo había recibido eyaculaciones en la boca, pero nunca una como esa. El primer disparo me tomó por sorpresa, era enorme. Era un semen ligero, con una consistencia más delgada, pero enormemente abundante. Tragué ese primer disparo sin problema, pero mientras lo tragaba, dos disparos más se me habían acumulado en la boca, y casi la llenaban. Mario estaba en pleno orgasmo y yo no me daba la rapidez para deglutir. Comenzó a salirse el semen de mi boca y lo dejé caer sobre mis tetas. Por un momento pensé que se orinaba, pero no. Olía a semen, sabía a semen, era delgado, pero era semen. El siguiente disparo salió fuerte, a mi cara, nuevamente era de considerable volumen. Menos que los tres anteriores, pero grande para una eyaculación como yo las conocía. Dos chorros más, directos a mi tronco terminaron esa eyaculación. Suspiró hondo y me dijo -Esto es ordeñar una próstata Eli- -Perdón por no advertir. Es un orgasmo fabuloso para nosotros, pero sé que fue mucha leche.-

Yo estaba contenta de hacer feliz a mi amigo, y estaba caliente por la nueva experiencia. Le pedí que me cogiera, y se negó cortésmente al ofrecerme otra mamada. Nos reímos, y disfrutamos de estar abrazados un par de horas, mientras él hablaba de todo y de nada.

Lo nuestro se apagó cómo se extingue una fogata abandonada. Primero dejó de dar luz, y luego dejar de dar calor, y un día que nos dimos un pico en la oficina, cuando ya no había nadie, nos dimos cuenta de que estas cenizas estaban húmedas, y que no iban a volver a arder.

Mario dejó de ser mi jefe y comenzó a tratarme como su igual en todo y para todo. Con los meses supe que el despacho tenía un socio silencioso que era el responsable del financiamiento en tiempos de secas, y que era el responsable de que mantuviéramos como cliente al gobierno. Duré nueve años trabajando con Mario, y aquello que pasó entre nosotros esos meses, ni se repitió, ni fue hablado nunca más.

Si, tomando en cuenta el tiempo de Mario, yo estaba manteniendo sexo con 4 personas ahora, y decidí que necesitaba ayuda, que estaba pasando algo que no podía controlar y que me había inventado un puñado de Elizabeths distintas, que no existían, y que solo eran una historia más para seguir cogiendo con quien se me antojara en mis términos y en mis condiciones.

Así fue como comencé la terapia por primera vez.