Resoluciones humanas
La noche es larga y el dolor de Ernesto es un peso insoportable. Mientras el mundo duerme, sus instintos despiertan con una fuerza brutal. En la oscuridad de un apartamento sucio, la línea entre el consuelo y la crueldad se desdibuja, dejando una semilla de verdad que florecerá meses después.
Ernesto se abrazaba a su mujer y a sus tres hijos. Agradecía las muestras de cariño y el sentido común de todos ellos. Creía que veian más allá de su apariencia: que Ernesto era una persona con sentimientos. Ahora en su familia eran conscientes como sufría ante la inminente pérdida del abuelo, suegro y padre de Ernesto. Si, a sus 45 años, Ernesto González Buenaventura estaba abatido ante la enfermedad terminal de su padre. Dejó desarrollar su mente con el razonamiento " debo ser fuerte". A continuación hizo una llamada.
- ¿ Cómo está?
- Señor González, siento mucho informarle que creemos que no pasará de esta noche...
Acto seguido marcó el número de la habitación donde agonizaba su padre.
- Madre. ¿ Cómo está?
- Ya no queda mucho, hijo.
No pudo aguantar la emoción y dijo a su familia que iba al hospital.
- Cariño, no olvides que estamos contigo -dijo su mujer.
Al llegar al hospital estrecho a su madre en sus prominentes brazos. Lloraron juntos. Al pasar la medianoche una enfermera les informo que tenían que llevar al anciano a una UVI. Quedaron solos, su madre le dijo que fuera a descansar al cabo de tres horas ya que aún no se sabían noticias y hasta la madrugada tendrían que esperar. Destrozado Ernesto salió a despejarse ya que no tenia nada de sueño.
Aún con las luces fuera de servicio de su taxi al girar en una bocacalle para cruzar a la avenida se le puso en medio de la calle un chico el cual llevaba apoyada una turista a tenor del vestido estampado veraniego.
- Oiga jefe, puedes llevarnos...
- Estoy fuera de servicio.
- Venga le pagaré, jefe; solo para acompañar a la señora que está algo mareada a su hotel.
El chico llevaba rastas, era de color oscuro de piel, no llegaba a la treintena de años, aunque con esta gente nunca se sabe - pensó-. A pesar de que ella estaba algo torpe y confusa, con el pelo desordenado y rebasaba los 40 se la veía una mujer alta con ese atractivo germano, prieta de carnes. Ernesto en un ataque de buen samartarismo les dijo que entraran.
- ¿ Donde se aloja?
- Mondial, pero puede dejarnos en la playa colindante, jefe - dijo guiñandole un ojo.
Ella se acomodó quedándose medio dormida.
- ¿ Se encuentra bien la guiri?
- La sangría se le ha subido algo a la cabeza, jefe. Ya sabes cuando vienen se ponen hasta el culo.
- ¿ La has encontrado sola?
- No, tiene su maromo, pero lo he dejado potando en el baño, va como una cuba. Es digno de verse como se pone la peña cuando vienen a la costa.
- Entonces quieres que os deje en la playa de al lado.
- Si, la gente del hotel no le gusta que un men como yo entre en su establecimiento.
- La cosa tiene toda la pinta de... - insinuó Ernesto.
- La potranca vale la pena, ¿ no crees? - al mismo tiempo que Ernesto miraba por el retrovisor y vio como le levantó el vestido dejando al descubierto un tanga blanco con transparencias, mientras la mujer estaba tan desconcertada que tenía los ojos casi bizcos, después la rodeó con su brazo y le cubrió la teta izquierda como si fuera un sujetador.
- Ya llegamos os dejo aquí al lado del malecón de la playa lo otro es dirección prohibida.
- Gracias jefe, toma - y le tiró 50€.
Bajo y encendió un pitillo. Era noche de luna llena y vio con claridad como el rastas bajaba por el malecón con ella apoyada en su regazo. Pensaba en su padre agonizando en el hospital, una ligera brisa marina le daba en la cara. Caminó hacia el malecón, esa zona no tenia arena. Bajando las escaleras oyó un tableteo de entrechocar piel con piel. Miró hacia abajo. Vio como el rastas con los pantalones bajados hasta los tobillos la empotraba. Ella estaba apoyada en la pared del malecón tenía el vestido subido y el tanga ladeado. La remachaba sacando la polla entera y volviendo a clavarla hasta el fondo. Ernesto pensó que era un buen macho, llevaba camiseta que le marcaban los pectorales y bíceps. El rastas miró hacia arriba, lo había descubierto, pero lejos de cohibirse lo miró abriendo la boca y apretando los dientes, al mismo tiempo que daba dos mete-sacas intensos que hacían perder la estabilidad de la mujer haciendo que su polla se saliera - tenía una gran polla, morena con ligera curvatura-, le abrió las nalgas con las manos, le dió unos cuantos lengüetazos en el coño y escupió dentro. Bajo la postura de ella, cogió su polla, la posicionó a la misma altura de la vagina, retrajo su glande. La volvió a meter, ni deprisa ni despacio, sino con firmeza; terminó de encajar toda su pollaza y la clavó hasta el fondo. Levantó la cabeza y clavó una mirada larga a Ernesto al mísmo tiempo que dio un trallazo pélvico dejando su polla empotrada. Le atenazó las caderas con las manos y empezó un mete-saca de bombeo sonoro; el coño empezó a sonar: chof, chof, chof. De la boca de ella salían ruidos como de respiraciones: uf, uf,uf. Imprimió más ritmo a los bombeos, los golpetazos en las nalgas producian eco. Aceleró el movimiento, ella empezó a jadear y ronronear. Entonces la cogió del pelo con una mano y tiró de el hasta que la nuca le tocó la arqueada espalda. Le metió un guantazo sonoro en la nalga y empezó a imprimir un ritmo frenético. Parecía el pistón de un motor de coche. Iba alternando guantazos en ambas nalgas. Empezaron los bufidos y respiraciones aceleradas, ella ya gritaba a escape libre un estridente ¡Ohhhhh! ¡Ohhhhhhh! Los ruidos vaginales delataban que ella se venía a chorros. Las embestidas se volvieron eléctricas como si sufriera una convulsiones; la empotraba la polla a full y tiraba de pelo con rabia obligándola a tener la cabeza hacia arriba. Y tras tres sablazos al estilo desfribilador: descarga- sacudida elèctrica salto, emitió un ¡¡ Ohhhhhhhhhhhhhh!! que retumbó en todos los rincones del dique. Aún en un último espasmo dio un bombeo hasta que sus nalgas se contrajeran, como si quisiera dejar la lechadaza bien adentro. Se salió de la vagina, la polla le goteaba. Con el vestido de ella se limpió la polla y se subió los pantalones, ella quedó sentada exhausta.
Ernesto subió la escalera de vuelta a su coche, encendió otro cigarrillo, su polla iba a estallar. Pensó que era increíble que en estos momentos tan personales y su padre a punto de fallecer pudiera estar tan empalmado. Así pues se demuestra que en cada uno de esos toscos conglomerados formados por millones de de seres humanos machos, hay muchos conocedores de esa pasión que se llama " La jodienda". Aquellos instantes era cuando la polla mandaba antes que el cerebro.
Iba conduciendo por la carretera y todo lo que ocurría fuera fluía como un ruido sordo. Cambió de carril y se dijo a si mismo que necesitaba una copa. A esas horas era conocedor de algunos locales de copas abiertos. Entró en un local donde sonaba reageton. Se sentó en la barra y pidió un whisky doble. La música resonaba en todo el local, haciendo vibrar los vasos de la barra. Se dijo que tendría que volver al hospital otra vez, pero el móvil aún no había sonado. La gente que había iban y venían. Era gente joven. El sudor le caía por la cara. Hacía girar el vaso con la mano. Quedó observando una pequeña pista de baile que habían improvisado unos jóvenes. Sonaba:
Ah?
Woh-oh-oh-oh, yeah
Brr
Real hasta la muerte, ¿oíste, cabrón?
El de'o malo pa' lo' haters (el de'o malo pa' lo' haters), yeah
Estoy arrebatao' (arrebatao')
Moña' violeta como Lakers (Kobe)
Huelebicho, hablamo' later (ja), yeah
Estoy puesto pa'l bellaqueo (pa'l bellaqueo)
Métele bellaco, wiki wiki como Yaviah
Constante chingoteo (constante chingoteo)
La baby lo que quiere e' un perreo (ja), eh (woh-oh-oh-oh), brr.
Entonces salió una chica delgada. Levantó los brazos mientras sonaba:
Perreo, perreo, perreo, perreo (oh-oh, oh-oh)
Bellaqueo y fumeteo, bellaqueo y fumeteo (ja)
Perreo, perreo, perreo, perreo (perreo, woh)
Marroneo, chingoteo, en la disco dando de'o (woh-oh)
Perreo, perreo, perreo, perreo (perreo)
Bellaqueo y fumeteo, bellaqueo y fumeteo (-teo)
Perreo (Perreo), perreo, perreo, perreo (oh-oh-oh)
Marroneo, chingoteo, en la disco dando de'o (brr
Entonces el pequeño culo de la chica empezó a girar y girar en rotación. Ernesto se irguió y miró fijamente, lo movía como una centrifugadora. La estridente música impregnaba el local. Entonces le relevó otra chica, pero no lo zumbaba tan bien como la primera. Se acercó la primera a la barra a por bebidas, Ernesto vio como le asomaba un tanga rojo.Era de gestos rápidos, manos inquietas; sus pechos eran firmes.
- ¿ Perrea bien, eh? - dijo una voz femenina en la trasera de Ernesto.
- Pe...pe... perdón, no sabía quién me hablaba... estaba ensimismado mirando como bailan esas niñas.
- Si, lo he notado - dijo ella con complicidad.
- ¿ Quieres tomar algo?
- Si, tomaré un mojito.
Entonces paso por delante un chico de unos 30 años, ella se levantó, él le habló al oído. Empezaron a discutir. Ella hablaba tocándole el pecho y el asentía y miraba hacia abajo. Él se dió la vuelta y se alejó. Se detuvo junto a la supuesta hermana de la recién conocida. Ella asentía y negaba con fuerza.
- ¿ Algún problema?
- Nada importante, está flipado el hijoputa.
- Me llamo Sarai y la chica de las perreas es mi hermana.
- Ernesto -y Sarai le dió dos besos.
Sarai era de físico híbrido, gallarda de carácter, melena negra a juego con sus ojos. Tetona y un culo grande pero bien proporcionado.
- Tu hermana no es...
- Si vino de rebote, somos 6 de família. Tengo 30 años - al mismo tiempo que miraba la marca blanca del anillo en el dedo de Ernesto.
- Yo... Bueno
- No te juzgo hombre, tranquilo, te veo un buen grandullón, molas.
- Bueno tengo 41 (mentía, como sabemos tenía 4 más)
Así era, Ernesto era alto y de complexión fuerte, medio calvo. Algo desmañado de movimientos bruscos y poco expresivo.
- Será mejor que vaya a ver a mi hermana - dijo levantándose- tomaré otro mojito, Ernesto.
- Otro mojito para la chica, no se que tienen siempre las mujeres - dijo dirigiéndose al camarero.
- Normal, el tío se pensaba que hoy se podría tirar a algunas de las dos como días pasados nada, está despechado.
- ¡ No jodas qué...!
- Si, si... Tienen éxito y ya puede ver como perrea la pequeña.
- Sí, impresionante y la hermana mayor no está mal, tampoco, aparte que es muy simpática.
- Supongo que se la va a tirar está noche.
- Bueno... yo... no... sé... - dijo algo cohibido Ernesto.
- Tranquilo, es normal, además tira de rabo que da gusto la potra.
- Parece que sabes de lo que...
- Sí, me la tirado, solo un consejo, al follarla póngase forro; tomé estos preservativos - dijo al mismo tiempo que los ponía encima de la barra - bueno ahora debo irme, tengo faena.
- No dejás de mirar el móvil parecés un niñato.
- Perdón, es que espero noticias...
- Claro, la mujer los hijos siempre hay motivos de preocupación - dijo Sarai y Ernesto se ruborizó. Ella separó algo las piernas dejando visibles sus muslos.
Ernesto pilló el mensaje. Ese tanga que había visto imponía mucho. Su corazón le latía deprisa bum,bum,bum.
Pasaron unas horas y el consumo de mojitos aumento. Entonces Ernesto pagó y se dispuso a acompañar a Sarai. El móvil de Ernesto estaba lleno de mensajes preguntando por el abuelo. Entonces llamó a su madre y le informó que tenía las horas contadas.
Una vez en el coche.
- Entonces eres taxista, tronco - dijo con una mirada de sorpresa.
Ernesto la morreó apretándola a su cuerpo. Ella sintió su polla tensa y hinchada. Llegaron a un antiguo bloque de pisos, Ernesto daba por descontado que subiría con ella. Al bajar del auto ella dijo:
- Veo que te autoinvitas. Que cabrón.
- Bu... bueno... yo...
- No seas tonto, vamos, te aviso que no es ningún palacio.
Ernesto pensó para si mismo que, cuando un hombre tiene la polla dura y una buena hembra delante no puede pensar en otra cosa ni aunque le vaya la vida en ello. Ernesto era un hombre que iba por la vida guardándose su virilidad, cuando llegaba el momento demostraba con creces todo su poderío. Era su mejor baza.
Subieron por una sucia escalera, Ernesto ya le levantaba la falda y deslizaba su mano hacia su culo. Llegaron hasta el tercer piso.
- No eres más que un niño grande, no puedes esperar, si en el fondo eres un vicioso.
En el pasillo, el taconeo de Sarai hacia eco, tanto que una cabeza asomó tras una puerta. Al pasar ellos se oyó entre murmullos:
- ¿ Quién es a estás horas? - preguntó una voz de mujer.
- La puta del final del pasillo, trae a otro, siempre igual - contestó un hombre.
Nada más entrar Ernesto era presa de una excitación incontrolable. Los latidos de su pecho le asustaban y el nerviosismo casi no le dejaba respirar. Abarcó las nalgas de Sarai en una oleada salvaje de excitación. La volvió a morrear.
- ¡ Qué salvaje estás! Déjame ir al baño al menos, espera en el dormitorio.
Era un apartamento diminuto, una salita con un sofá, un dormitorio y un baño. Ernesto entonces entró en el cuarto. La cama estaba sin hacer. Olía a hembra. Se desnudó. Su cuerpo era fornido y con vello corporal,el pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en el cuerpo. Tenía una erección de caballo. Al poco rato entró Sarai completamente desnuda. Ernesto hizo un escaneo visual: tetamen frondoso colgantes como campanas, caderas potentes con curvatura sólida y un culazo subido; coño depilado. Tattoos de As de picas en la ingle y Conejito Playboy en una nalga. Ernesto se irguió y dió unos pajeos a su polla, se tumbó en la cama y volvió a exhibir su polla. Sarai empiezó una mamada; lengüetazos de arriba abajo, incluido los testículos colgones. En un movimiento rápido y mecánico engulló media polla (eran 9 cms) subió otra vez hasta el glande y como una lengua de serpiente la movió. Bajó otra vez su boca acaparando toda la polla (18 cms). Ernesto empezó a emitir pequeños rugidos. Estaba claro que Sarai dominaba la mamada. Aguantó un rato y lo miró a los ojos. En un corto intervalo de tiempo vuelve a mamar de arriba abajo. Ernesto la agarró el pelo y lo recogió en la nuca con una mano. Le gustaba ver la cara de Sarai. Empujó su nuca hasta que sus labios chocaron con el vello púbico y la aguantó. Los ojos de Sarai empezaron a estar acuosos, su respiración era pesada y nasal, respiraba con dificultad.
- ¡ ¿ Por qué no hablas ahora?! ¡¿Te gusta?! ¡ Come polla! ¡ Ohhhhhhhhhhhh!
Gozaba y tenía esa sensación de poderío al ver cómo las mejillas de Sarai se hinchaban y cogían una tonalidad roja. Empezaron a caer lágrimas de sus ojos, los bufidos nasales acelerados hacían que le saliera mucosidad. Las babas empapaba el vello púbico de Ernesto. El cual sentía un placer intenso. Las arcadas hicieron acto de presencia. Le devolvía la mirada con ojos de perra subyugada e inconscientes. Ernesto la miraba con una excitación incontrolada ver cómo ella gruñía y manoteaba. La soltó y quedó libre, buscaba aíre con grandes bocanadas, se desplomó de espaldas y quedó inmóvil. Daba la sensación de derrota como si hubiera desecho toda lucha desde aquel momento y yaciera en la cama con algún poder.
La agarró de los tobillos y le levantó las piernas hasta la cabeza quedando un coño abierto. Entonces empezó a darle lametones y succiones en los labios vaginales, pasó a la zona anal. La movía en vavien igual que un balancín y en cada movimiento combinaba coño-culo. Sarai empezó a reaccionar dando largos suspiros. Tal era el ritmo de balanceo que el conejito de Playboy tatuado en las nalgas y el As de picas en la ingle iban pasando ante los ojos de Ernesto cómo secuencias de un viejo cinematógrafo. La dejo las piernas estiradas al lado de la cabeza con una mano, expulsó un salivazo en la zona anal y con la otra mano introdujo el pulgar en el coño y el índice en el culo. Empezó a meter y sacar los dedos con fuerza rugiendo entre dientes. La cara de Sarai tenía una expresión de delirio. Tras la potencia imprimida por Ernesto empezaron los chapoteos vaginales.
- ¡ Veo que te gusta, yo lo llamo la llave del loro! -y añadio-: ¡¡ Estás chorreando, puta!! ¿ Ya quieres rabo, en? ¡ Puta! - repitió con furia.
Ella iba a decir algo pero Ernesto la morreó. Ernesto se reincorporó y cogió el pantalón buscando el preservativo. La luz del móvil estaba encendida. Lo había puesto en modo silencio; los mensajes de su hijo eran claros: " el abu ta muerto Ke hases le no vienes aka". Como un león herido y con un gesto de rabia se enfundó el preservativo.
- ¡ Ábrete de piernas! - dijo con voz autoritaria.
Con una impaciencia nerviosa se colocó sobre ella y le metió la polla con ansiedad. Ella estaba mojada y ronroneaba como una gata. Ernesto se reincorporó, la tenía penetrada pero necesitaba el apoyo de sus manos sobre la cama. Empezó un bombeo constante y sordo que iba aumentando de forma progresiva hasta ser intenso, clavaba la polla entera y la volvía a sacar así, una y otra vez. Sarai le rodeó la cintura fuertemente con sus piernas. Le clavaba las uñas en las nalgas y farullaba:
- ¡ Si... si... si... si... no pares, sigue!
- ¡ Toma rabo! - y bombeaba con energía retumbando en toda la habitación el golpeteo. Después de cada tacada emitía un ronco sonido seguido de -: Flípala... ¿ La notas?
Ernesto paró en seco. Cambió su plan de ataque: se reincorporó y levantó las piernas de Sarai hasta colocarlas dobladas sobre sus hombros. Alineó su polla al coño y al tener más margen de propulsión y mejor agarre posicional embistió a full hasta que sus huevos rebotaron en el coño de Sarai, la cual tenía ese pecho peludo y la cara de Ernesto perlada de sudor junto con la calva que también le goteaba. En cada tacada Sarai le veía la mandíbula apretada y las venas marcadas en el cuello. Las embestidas hacían que la cama chirriara. Los sonidos vaginales ya eran notables. Ernesto notaba las salpicaduras en sus peludos testículos. Entonces Sarai empezó a suspirar y a emitir un sonoro ¡ Ohhhhhhhhhhhh!
Ernesto se salió del coño, se quitó el preservativo, se adelantó hasta la cara de Sarai y entre gruñidos parecidos a los de un cerdo descargó una abundante lechadaza sobre su rostro, al mismo tiempo que la esparcía con su glande.
Sarai en un primer momento se limpió con el antebrazo los ojos, en el cual había tatuado un nombre - Yari - con letras góticas.
- Ese nombre te ha quedado bien bonito - apuntó él -, ¿ Qué significa?
- Es el nombre de mi hijo - dijo con los ojos escocidos - y es lo... - Entonces vio que Ernesto ni la escuchaba y había entrado en el pequeño lavabo. Al poco tiempo se oyó la ducha.
Mientras se duchaba a Ernesto le invadió la sensación de tristeza por la muerte de su padre, estaba desolado; lloró a moco tendido. Al salir de la ducha y ver el preservativo en el suelo lo cogió y abrió la papelera de baño, pudo observar que estaba repleto de ellos. Salió desnudo sin hacer caso a Sarai que se terminaba de limpiar la cara con kleenex.
- Parecías pardillo, pero eres un vicioso. Hasta condones llevabas.
- Cuando vas con putas debes ir prevenido - dijo tajante- y tú ya lo deberías saber ya que preñastes hace tiempo.
- ¡ Oye..! ¿ Quién te crees..?
- Eres puta y como tal ejerces - recalcó en tono seco caminando hacia la puerta, a la cual dió un portazo al salir.
EPÍLOGO
Ya hacia tres meses que su padre había fallecido, todos los sentimientos de Ernesto estaban condensados en el recuerdo. Era domingo todos almorzaban juntos. Su hija cumplía su dieciocho cumpleaños. Entonces en la tertulia comentó:
- Papá, ahora que soy mayor de edad voy a tatuarme.
- ¿ Qué dices...?
- Tranquilo Ernesto, solo es un pequeño tatuaje en la inglesa - remarcó su mujer.
- Sí papá es muy chulo, un AS DE PICAS.
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