MI VECINO (y II)
La minifalda azul era una trampa. Sabía que él la miraría, sabía que el recuerdo de aquella noche aún ardía en él. Y cuando la puerta se cerró, el silencio de la casa no duró ni un segundo.
MI VECINO (y II)
Pasaron cinco años, cuando mi padre nos dijo que Marcos y su mujer venían a vernos durante una semana en verano. Se quedaban en su chalet que solo alquilaban los meses de invierno. Habíamos quedado con ellos en una cafetería cercana. Yo por supuesto le iba a poner a prueba. Me compré a propósito una minifalda azul y una camiseta blanca para ese día. Para entonces yo no era la niña que él desvirgó, tenía muchos más kilómetros.
No nos veíamos desde que se fueron a otra ciudad. Los saludos entre todos fueron muy efusivos. Mis padres, mi hermana, mí cuñado, todos tenían mucho aprecio a Marcos y ninguno de ellos se imaginaba nada de lo nuestro. Hubiera sido un escándalo.
Entre nosotros la relación fue de tensión sexual. Durante la merienda yo le daba con el pie a su pierna haciendo que se ruborizara. Nos mirábamos, yo a él con deseo, él a mí con cierto temor. Me lo estaba pasando en grande. Y en el fondo a él le gustaba este juego de riesgos.
Intuyendo cual sería su reacción dije:
-Bueno, yo debo irme. He quedado.
-¿A qué hora has quedado, Eva? –dijo mi padre un poco molesto con mi huida.
-En media hora me viene a buscar Isa.
-¿Y ahora te tengo que llevar? –volvió a decir molesto mi padre.
-No te preocupes que yo te llevo –se ofreció Marcos –tengo que recoger unas cosas de camino.
Según lo que yo tenía previsto, él estaba deseando estar a solas conmigo. Nos montamos en su coche y salimos hacia la urbanización:
-Así, que has quedado, ¿no? –preguntó Marcos insinuando lo inoportuno de mi huída.
-Sí, con mi amiga Isa. ¿Te acuerdas de Isa? –pregunté con ironía.
-Me acuerdo mejor de tí–dijo con media sonrisa –te tendrás que vestir y todo ¿o sales con ese modelito? –Me miró de arriba abajo reconociendo la combinación del vestuario.
-¿Qué pasa? ¿no te gusta? –volvió a salir mi lado más provocativo.
-Me encanta. Igual que me encantó aquella noche –y me miró fija a los ojos.
Paramos junto a su casa. Sin decir palabra yo le seguí. Abrió rápido la cancela y yo detrás. Cruzamos por el pasillo enlosado entre el césped hasta la puerta de la casa. Giró la llave. Entramos. El recibidor cuadrado estaba igual que cinco años antes con el espejo grande desde el techo al suelo. Sin darme tiempo a mirar nada más, Marcos me agarró de la cintura y me acercó hacia él para seguidamente plantarme un beso metiéndome la lengua. Yo le pasé la mano por la nuca apretando contra mí. Estábamos ansiosos de sexo. Me empujó contra la pared metió la mano por debajo de la minifalda y de un tirón me arrancó las bragas. Se metió entre mis piernas y se bajó los pantalones. De un empujón y sin miramientos me la metió. No la recordaba tan gorda y grité:
-Hoy no voy a tener la delicadeza de aquella vez –y volvió a darme muy fuerte.
-Aaahhh, no la necesito. Fóllame bien fuerte, joder.
Marcos seguía empujándome contra la pared. Yo veía nuestra imagen reflejada en el espejo de enfrente. Veía como el maravilloso culo del médico se contraía cada vez que empujaba su cadera hundiendo su tremenda polla en mi coño:
-Aaahhh, sí. Córrete dentro, vamos. –Le animaba yo.
Tras unos minutos de un mete-saca frenético Marcos se corrió dentro y sin condón esta vez:
-Uf... cómo has cambiado, Eva. Cómo has aprendido desde aquella noche. –Alabó mi vecino tras el polvo.
-Si yo te contara... –le contesté insinuando una gran experiencia adquirida desde aquella noche.
Volví a salir de su casa como la otra vez, sin bragas, con una gran sonrisa en la cara y con otro dolor de coño...
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