Una tarde en la plaza
El frío del banco de cemento no importa cuando el calor de sus manos invade tus muslos. En medio de la plaza, con el riesgo de ser vistos, el secreto se vuelve el mayor excitante.
Me tomaste por la cintura. Me besaste con esos besos que me sacan de quicio, besos húmedos, mojados, besos que encienden todo mi cuerpo. De pronto no había nadie en la plaza, solo importábamos nosotros. Sentì como tu mano acariciaba mis muslos, subiendo por mi pierna, haciéndome apretar las rodillas por instinto. Fuiste paciente. Te detuviste, esperaste y volviste a acariciarme.
Yo, en tus brazos, era como una criaturita indefensa. De pronto tu mano iba hacia donde queríamos. Mis muslos dejaron lugar para tus dedos, para tu palma, sentì ese calor invadiéndome toda, abrasándome, desde abajo del ombligo, haciéndome erguir los pezones debajo del corpiño.
No me importaba lo frìo de ese banco de cemento, solo querìa que siguieras. Tus besos me estaban haciendo mal. Me ardía el deseo entre las piernas. Llegaste, con cautela, lentamente, hasta el borde de mi bombacha. Echè el torso hacia delante, ahuecando ese sitio donde tus dedos acariciaban. Apreté los músculos de mi pubis, sintiendo la humedad que me provocabas. Despacio, suave, la punta de tus dedos iban subiendo, siguiendo el contorno de mi bombachita blanca. Te detuviste justo encima del inicio de mi hendidura tibia. Apretaste, muy sutilmente. Tu boca dejó la mía, tus besos siguieron por mi cuello, tus manos quietas entre mis muslos apenas separados… Miré por sobre tu hombro.
La plaza estaba casi desierta. En derredor, apenas unos viejos caminando. Te dejè tocarme hasta lo imposible. Deslizaste la mano muy suavemente debajo de mi joggin, entre mis muslos abiertos. Tus dedos esquivaron la sutileza de mi bombacha y quedaron allí, sobre la hendidura húmeda de mi vulva. Sentí uno, dos, tres dedos haciéndome estremecer de deseo. Me separaste los labios, deslizaste uno entre ellos y no pude reprimir el juntar las rodillas. Una sensación punzante me invadió toda, desde el pubis hasta la nuca.
Se me erizó la piel y los pezones se me marcaron debajo del corpiño y la remera. Lo notaste y sonreíste, sin dejar de tocarme. Volví a separar las piernas y tu mano entera se acomodó sobre mi vagina. Te sentía, hurgando, deslizándote, acariciando. Te sentí tratando de encontrar mi abertura, hallándola, introduciéndote. La punta de tu dedo forzó mi estrechez, me hizo llegar hasta el borde del banco de cemento, me hizo abrazarte para que no nos vieran. Tu campera nos cubría un poco. Cerré los ojos, me mordí los labios, clavé mis dedos en tu espalda.
Gemía apenas en tu cuello, mientras vos me tocabas, me acariciabas, me penetrabas con ese dedo que me hacía sentirme en el cielo. Tu mano pendulaba, de adelante hacia atrás, tu dedo, empapado de mi, entraba y salía entre los labios de mi vulva, la palma rozaba la sensibilidad de mi clítoris y yo me derretía por dentro, deseándote cada vez mas. Puse mi mano sobre la tuya, por encima de mi joggin y empujé tu dedo dentro de mi. Cerré los ojos. Sentía cada roce, cada presión, cada forzamiento de tu dedo en mi interior. No se como pero lograste introducírmelo todo. Me estremecí entera, mientras tu mano hábilmente me llevaba hasta el límite y mas allá. Estallé en gemidos y jadeos cuando las contracciones del orgasmo me llegaron. Me resistí, pero fuiste mas hábil que mis intenciones y en medio de un temblor de todo mi cuerpo, tuve un orgasmo increíble, largo, ansiado. Me sentí avergonzada después, pero durante ese momento, fuiste todo mi mundo. Empapada, con tu dedo dentro de mi, con las contracciones envolviéndolo todo, me dejé llevar. Y vos, único, me cuidaste, esperaste, quieto, mientras yo me disolvía entre gemidos ahogados en tu cuello…
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