Casada seducida (3)
Él tiene el poder de su cuerpo y de su mente. Ella tiene el deseo que no puede apagar. Cuando el ultimátum cruza la pantalla, la moral se quiebra y solo queda la obediencia.
CASADA SEDUCIDA 3
Tras mi primer encuentro sexual con Lourdes la relación no hizo sino crecer entre ambos. En los días posteriores a ese día en Barcelona nuestros contactos a través del msn se hicieron más frecuentes. Tanto fue así que en parte empecé a descuidar algo mi trabajo en el despacho.
Adaptábamos el horario de uno al del otro. Había nacido en aquella mujer una fuerte necesidad de follar y como su marido, poco dotado y con gran desinterés por el sexo Lourdes no tenía otro remedio que recurrir a su médico de cabecera en esta materia que para mi suerte era yo. Chateábamos sobre todo por la noche. La calentaba a medida que íbamos hablando y así le hacía desinhibirse y alguna vez llegó a masturbarse estando conectada conmigo.
Mi dominio sobre ella era tal que estaba seguro haría cualquier locura que le pidiera. Dependía de mí para aplacar sus ansias que cada vez iban en aumento. Como se aproximaba otro viaje mío en avión y por este motivo tenía que pasar por Barcelona para tomar el avión una idea súper morbosa rondaba por mi cabeza: quería follarla pero no de cualquier manera, el mayor morbo para mí tirármela en su propio lecho conyugal, entre las mismas sábanas en las que ella nunca había tenido un hombre de verdad.
Nada más proponérselo su negativa no se hizo esperar, ella quería follar conmigo pero en un hotel como la otra vez, nada de en su casa, no por peligro a que alguien la descubriese, ya que vivía en una nueva urbanización en las afueras de Barcelona en esa que al cabo de los años los vecinos a penas ni se han visto nunca, el problema que adujo fue de moral. Nunca lo haría en la cama en que tuvo su primera relación con su esposo.
Esta negativa no hizo sino encenderme más y provocar en mí más morbo, por lo que mi acoso se redobló a partir de ese momento. Como por más que yo insistía no conseguía ceder a su resistencia le di un ultimátium: o lo hacíamos en su casa, en su lecho conyugal o nunca más sabría nada de mí y tendría que arreglárselas por mi cuenta.
Con lo cual dí por terminada la última de aquellas sesiones de chat que a veces eran interminables. Pasaban los días y no tenía noticias de Lourdes. Llegué a desanimarme y a maldecidme por gilipollas, había apostado demasiado alto y mi farol se había vuelto contra mí. Al cabo de unas dos semanas, cuando ya había perdido las esperanzas y mi vida volvía a ordenarse como antes de todo esto, recibí un mensaje suyo donde me decía que aceptaba, que después de todo si le era infiel a su esposo lo de menos era el lugar.
Yo seguía haciéndome el duro, el farol me había salido bien, solo le puse una última condición, que tenía que tener el coño totalmente rapado, puesto que la última vez que estuvimos juntos tenía una mata de pelo negro colosal, como si nunca se lo hubiese arreglado. Al principio el tema del pelo me excitó pero después, pensándolo decidí exigirle que se lo afeitara completamente. Ella me dijo que no podía hacer eso, que qué le diría a su esposo. "Eso es asunto tuyo". "Estate sin acostarte con él el tiempo suficiente par que te crezca de nuevo". Tras meditarlo un par de días me dijo que de acuerdo, que creía tenerlo todo bajo control.
Aún tuve la desfachatez de hacerle una nueva exigencia: me debía recibir en bata, zapatillas y delantal, como para doblegarla más todavía a mis caprichos. Ella a estas alturas estaba totalmente entregada, ya no ponía más impedimentos, tanto debía ser el deseo que acumulaba entre sus piernas que no le quedaban fuerzas para negarse a nada.
El plan estaba completamente urdido, mis deseos de siempre y otros que me habían surgido a posteriori se iban a hacer realidad. Seducir a una mujer fiel y casada ya no era suficiente, no solo gozaría haciéndola mía, necesitaba someterla a mi voluntad, llevarla a tal punto de deseo y depravación que sus valores morales quedaran por los suelos, sometida solo por el deseo de tener una gruesa verga entre sus ardientes labios vaginales.
Llegado el día convenido, me dirigí a Barcelona, al llegar a la estación no perdí ni un minuto y me dirigí directamente a la parada de taxis, tomé uno y le indiqué una dirección próxima a su casa. Ya no había vuelta atrás. Ese día acabaría de desvirgar a esa mujer que jamás tuvo una buena y experta verga en su coño por no decir de su culo al que también le tenía una íntima sorpresa como postre de toda esta magnífica experiencia.
El corazón me latía a mil y a penas llegué a su portal toqué a su portero. A penas dos segundos después sonaba el zumbido que indicaba que la puerta de abajo cedía a mi paso. Me encaminé por las escaleras sin hacer ruido. Tal como ella me había dicho la puerta de su casa estaba entornada. Empujé y la encontré en la cocina, con su delantal y zapatillas. El juego aún no había empezado.
Pero eso forma parte de la siguiente entrega.
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