<p>Allí nos recibió su madre. Sonriendo hacia su hija, dijo: “Vaya, pareces realmente feliz”. Teresa se sonrojó y murmuró: “¡Maaama!“.</p>
<p>“Tranquila… sé cómo es. Cuando yo tenía tu edad, tu tío también me hacía muy feliz”, dijo Rebeca a su hija.</p>
<p>“¿Cómo?, ¿A ti?, pero tú eres su…”. Teresa la miraba asombrada.</p>
<p>“¿Hermana? ¿Es eso lo que quieres decir? Lo que tú acabas de hacer es lo mismo; él es tu tío. Dime, ¿eres ahora alguien distinta por haber vivido algo lindo con tu tío?" Teresa no dio respuesta. Para terminar, mi hermana solo le dijo a su hija: "¡Y por eso la próxima vez me toca a mí!"</p>
<p>El día terminó con Teresa en su habitación, pasando el tiempo chateando y jugando. Como al día siguiente tenía que levantarme pronto por trabajo, mi hermana y yo nos fuimos a la cama relativamente temprano, donde nos entregamos el uno al otro hasta quedarnos dormidos.</p>
<p>Aunque tenía vacaciones, tuve que ir a la oficina por un fallo que no podían solucionar sin mí. Tenía la esperanza de que no se prolongara mucho, pues desde la mañana se anunciaba un día hermoso.</p>
<p>Alrededor de las 10:00 recibí un mensaje de Rebeca: “No vamos a la playa, nos tomamos un bronceado completo en el jardín, nos alegraremos de verte pronto”.</p>
<p>“Bien”, contesté.</p>
<p>Alrededor de las 13:00 finalmente pude salir. Con ilusión por las dos bellezas que me esperaban, comencé mi viaje de regreso a casa. Durante ese recorrido me vinieron varios pensamientos a la mente. Esos pensamientos sobre el hermoso cuerpo de mi hermana y su imagen más joven de mi sobrina causaron una buena dosis de deseo en mi pantalón.</p>
<p>Llegué a casa lleno de expectativas y lo primero que hice fue darme una ducha para lavar el sudor del trabajo. Me puse unos shorts y fui a la terraza. Antes de llegar, vi por la puerta de la terraza que mi sobrina estaba sentada en un banco, aparentemente leyendo. Su cabello rubio, que caía sobre sus delgados hombros, brillaba con el sol como oro. El encanto que emitía mi sobrina me atraía.</p>
<p>Su belleza y gracia juvenil, que reflejaban el encanto de mi hermana, nublaron mi mente. Me acerqué a Teresa despacio por detrás. Al acercarme, vi que sujetaba su libro con fuerza con solo una mano. La otra mano estaba entre las piernas y se mimaba el coño. Para no asustarla, le hablé suavemente por detrás: “Hola, hermosa princesa”, dije poniendo mis manos en los hombros. Ella se sobresaltó un poco y retiró su mano de su coño.</p>
<p>“Hola...tío, ¿ya estás aquí?”, clamo Teresa.</p>
<p>“¿Me estaban esperando?”, dije mientras me inclinaba hacia ella y le di un beso en el cuello.</p>
<p>“¡Te he estado esperando por una eternidad!”, sonrió y me dio un beso en la boca, intentando penetrar con la lengua en mi boca. Por supuesto, dejé que eso ocurriera y le devolví el beso con el mismo entusiasmo. En esta lucha de nuestras lenguas, Teresa tomó mis manos de sus hombros y las llevó a sus pechos, donde las mantuve. Disfrutando de su beso, acaricié sus dos bultos y noté por sus pezones erectos que ya estaba llena de lujuria.</p>
<p>“Pero ahora ya estás de vuelta”, me dijo.</p>
<p>“Bueno, pero como vi, te ha ido bastante bien sin mí”, le revelé.</p>
<p>Un poco avergonzada respondió: “Sí,… pero sola no es tan excitante”. “Ven, siéntate a mi lado”.</p>
<p>“Si mi linda sobrina me lo pide tan amable, con gusto lo hago”. Le contesté.</p>
<p>“Mamá me dijo que la despertara cuando llegaras, pero quiero tenerte un rato para mí sola”. Me miro y sonrió.</p>
<p>“¿Dónde está tu mamá?”, pregunté.</p>
<p>“Ella se acostó un rato”.</p>
<p>“Entonces todavía tenemos un poco de tiempo para nosotros”, respondí. Me senté a su lado en el banco, le puse un brazo alrededor y tomé su rostro en mis manos.</p>
<p>La otra mano la puse sobre su muslo. Teresa se giró hacia mí, me incliné hacia ella y nos unimos en un beso tan tierno que olvidé todo lo demás. Mientras nos besábamos, Teresa tomó mi mano y la guio hacia arriba por su muslo. Sabía lo que se quería y no me contuve. Como ella antes, empujé mi mano bajo su tanga. Mis dedos tocaron sus labios apretados y se deslizaron por ellos.</p>
<p>Pasé mis dedos por sus labios vaginales de arriba abajo antes de sumergir un dedo en su coño.</p>
<p>Teresa estaba tan mojada que sus jugos empaparon mi dedo. Mi dedo subió por raja hasta la parte superior, donde encontré el clítoris. Lo tomé entre dos dedos y empecé a girarlo suavemente, lo que Teresa agradeció con un suave gemido. Ella sujetó mi antebrazo y lo guio hacia abajo. Ella cogió mi mano y la bajó un poco.</p>
<p>»Ella quiere tener algo dentro«, pensé. Así que puse mi dedo en su agujero y lo empujé lentamente. Lo empujé hacia dentro mientras mi pulgar seguía frotando su clítoris.</p>
<p>Obviamente le gustaba, porque empezó a presionar contra mi dedo. Metí un segundo dedo para darle más placer. Pero ni siquiera eso probablemente fue suficiente para ella, porque la presión se volvió cada vez más violenta. Teresa se agarró a mis hombros mientras yo presionaba mis dedos cada vez más profundo y mi pulgar frotaba su clítoris salvajemente. Ella gimió y movió sus caderas como si estuviera en éxtasis.</p>
<p>Mi mano y mis dedos se aceleraron, su cuerpo temblaba, sus manos se clavaron en mis hombros y empezó a temblar, anunciando un orgasmo.</p>
<p>“¡Si..., Si…, Si… Dios mio,... Si…, Ahhh…!”. La humedad de su lujuria recorrió mi mano. Su músculo vaginal se contrajo pulsando alrededor de mis dedos hasta que un calambre prolongado y un gemido profundo. Su relajo indicó el final del orgasmo. El temblor cesó poco a poco.</p>
<p>Teresa me rodeó con los brazos: "¡Gracias, gracias... esto fue tan lindo! ¡Eres genial! No puedo creer que me corriera tan rápido”.</p>
<p>Todavía tenía mis dedos en el coño de Teresa cuando me di cuenta de que alguien estaba jugueteando con mis shorts. Rebeca se había unido a nosotros sin que lo notáramos y, antes de reaccionar, estaba jugando con mi polla. Me miró y dijo: “Como veo, estás listo”.</p>
<p>“Mamá,… ¿Desde cuándo estás aquí?”, preguntó Teresa.</p>
<p>“Cálmate… Tú acabas de divertirte, y yo ya te dije que la próxima vez me tocaba a mí”, dijo Rebeca.</p>
<p>“¿A mí nadie me pregunta?”, dije sonriendo.</p>
<p>La respuesta de Rebeca llegó de inmediato y con determinación: “No, nadie te pregunta”. Tras esas palabras, mi hermana comenzó a lamer mi polla dura. Puso su lengua sobre mi glande y empezó a girarla alrededor.</p>
<p>Teresa miraba con ojos grandes y dijo: “Mamá,... ¿Qué estás haciendo? ¿Te vas a meter eso en la boca? He escuchado que hay mujeres que lo hacen, ¿pero tú?”</p>
<p>Rebeca se detuvo un momento: "Oye, cariño, hay varias formas de hacer feliz a un hombre. Deja que tu madre te enseñe cómo hacerlo”. Teresa parecía interesada.</p>
<p>“Bien, mi niña, solo mira y aprende!". Tras estas palabras, mi hermana tomó mi polla en la mano y dejó que su lengua rodeara mi glande. A veces lamía toda mi capullo, a veces la punta. La punta de su lengua jugaba con la apertura de mi glande o dejaba que su lengua recorriera toda la longitud de mi polla. Hasta que finalmente metió mi polla en su boca. Mi glande pasó por sus labios y mi polla se introdujo en su boca. Sus labios cerraron con fuerza mi eje y el hecho de que presionara mi polla con la lengua contra el paladar hizo que la sensación de estar en un coño apretado fuera perfecta.</p>
<p>Me impulsé hacia adelante para meterla más. Sentía su garganta en mi glande cuando se retiró. Mi polla salió de su boca y la oí decir: "¿Ves? Así es como puedes mimar a un hombre".</p>
<p>Teresa la miró y dijo: "¿Y qué hago cuando él se corra?"</p>
<p>"Bueno”, le explicó su madre, "o te das cuenta antes y lo dejas correrse fuera o el se corre en tu boca y luego lo escupes o te lo tragas. Lo mejor es, te lo tragas".</p>
<p>"¿No es asqueroso cuando te lo tragas?", preguntó Teresa.</p>
<p>"Eso lo decides tú. Tienes que probarlo tú misma. Ven, inténtalo", contestó Rebeca.</p>
<p>Teresa se agachó y tomó mi polla con una mano, se la llevó a su boca y, con mucho cuidado y delicadeza, me dio un beso al glande. Lo besó de nuevo antes de estirar la lengua y empezar a lamer mi glande con la punta de la lengua. Su lengua recorrió mi polla de un lado a otro. Fue toda una experiencia ver cómo la lengua de mi joven sobrina explora mi polla.</p>
<p>Mis gotas de placer dejaron un ligero rastro brillante en su lengua. Probablemente estaba cogiendo</p>
<p>valor, porque abrió la boca, deslizó la lengua por mi glande y mi polla desapareció lentamente entre sus labios en su boca. La cueva oral húmeda y cálida de Teresa, donde estaba mi polla, la hizo hincharse hasta su máximo tamaño. No sé qué me daba más placer. Ver mi polla en la boca de mi sobrina o la sensación que tuve cuando lo hozo. Teresa empezó a chuparla y yo intenté meterla más profundamente. Mientras Teresa chupaba mi polla, Rebeca intentaba hacerme correr, dándome masajes en los huevos.</p>
<p>Mi hermana me conocía demasiado bien, porque poco antes de mi orgasmo se apoderó de mi polla que estaba en la boca de su hija, se la metió tan profundamente en su boca que yo podía sentir la presión de su garganta contra mi glande, lo cual no quedó sin efecto. Mi semen empezó a subir dentro de mí y mi polla empezó a temblar. Rebeca presionó mis huevos con más fuerza. Sentí la garganta de mi hermana apretarse alrededor de mi glande y el semen salió disparado.</p>
<p>Mi semen disparó caliente en la garganta de Rebeca. Con cada descarga me vaciaba en mi hermana, que exprimía mis huevos para conseguir más. Estaba al límite; mi hermana me había exprimido por completo. Saqué mi polla de su boca y Rebeca también me soltó. Me dejé caer.</p>
<p>Rebeca hizo un gesto para que su hija se acercara. La apretó los hombros y la atrajo hacia sí.</p>
<p>"¿Qué pasa?", quiso saber Teresa. Rebeca tomó la cabeza de su hija entre sus manos, la inclinó hacia ella, abrió la boca de su hija con una mano y, antes de que pudiera defenderse, y diciendo: "Así sabrás a qué sabe el semen". Dejando que mi esperma cayera en la boca de su hija.</p>
<p>La cabeza de Teresa estaba tan inclinada hacia atrás que solo podía tragar. “Mamá... eres una guarra. ¿Cómo pudiste?”, le dijo Teresa.</p>
<p>“Perdón, cariño... pero así sabes cómo sabe”.</p>
<p>“¡Habérmelo dicho!”, Teresa estaba enojada.</p>
<p>Rebeca trató de disculparse: “Perdón, cariño. Pero, ¿lo hubieras hecho por tu cuenta? Estoy segura que no, a nadie le gusta hacerlo la primera vez. ¿Y fue tan malo?”</p>
<p>“No, eso no, pero me hubiera gustado decidirlo yo misma. ¡Así que la próxima vez...!”</p>
<p>“Sí, está bien, ahora lo sé. Como disculpa, te voy a mostrar cómo hacer que un hombre pueda seguir incluso después de correrse. Y lo mejor de todo es que la segunda vez no se corre tan rápido”, le dijo su madre.</p>
<p>Final capitulo 3</p>