<p>El motor de Pablo se alejó entre el tráfico. Daniela caminó hacia la entrada de la facultad de Administración con pasos que intentaron ser firmes, pero sus rodillas traicionaban un temblor que persistía desde el beso en el auto. No se atrevió a mirar atrás. Sabía que si lo hacía y encontraba los ojos de Pablo a través del vidrio, volvería a subirse y pedirle que la llevara a cualquier lugar lejos de allí.</p>
<p>Entró al baño del primer piso. El espejo le devolvió una cara que no reconocía, mejillas encendidas, labios hinchados, pupilas dilatadas. Se lavó las manos con agua fría durante treinta segundos, contando cada uno para calmar el corazón que le golpeaba las costillas. </p>
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<p>El celular vibró sobre la mesa de noche cuando Daniela ya estaba bajo las sábanas, fingiendo leer un libro.</p>
<p>Pablo —Hola. Llegaste bien?-</p>
<p>Sus dedos temblaron sobre la pantalla. Escribió y borró tres veces antes de enviar:</p>
<p>Daniela –Si. Tu?-</p>
<p>Pablo:En casa. No puedo dormir.</p>
<p>Daniela —Yo tampoco.-</p>
<p>Pablo —Estoy pensando en ti.-</p>
<p>Daniela dejó el celular boca abajo sobre el pecho, como si eso pudiera contener la tensión que recorría el mensaje. Lo volteó después de un minuto.</p>
<p>Pablo —Debería borrar esto. Lo voy a borrar.-</p>
<p>Daniela —No lo hagas.-</p>
<p>Y así empezaron. Mensajes que comenzaban con "buenos días" cuando el sol apenas asomaba, fotos de su desayuno con algún comentario sobre el café, memes tontos. Charlas casuales que duraban hasta la madrugada, donde hablaban de todo. De música, de películas, de la lluvia que caía sobre la ciudad. De cualquier cosa que les permitiera sentirse cerca sin nombrar la traición que los unía.</p>
<p>Cada "jaja" cada "qué tal tu día" una excusa para seguir conectados. Sabían que no deberían. Habían prometido en el café que esto terminaría.</p>
<p>Mientras tanto, Héctor seguía su rutina con la alegría de quien no sospecha. Llamaba a Daniela cada mañana con su voz de siempre, le contaba chismes de su casa, discutían qué ver en Netflix. Ella respondía con normalidad y lograba que su tono sonara cálido aunque su mente estuviera en otro lado, preguntándose si Pablo también estaba pensando en ella en ese momento.</p>
<p>El jueves llegó con un calor húmedo que pegaba la ropa a la piel. Héctor había reservado en un restaurante de carnes al norte de la ciudad.</p>
<p>Daniela llegó puntual, como siempre. Héctor ya estaba allí, agitando la mano desde una mesa del fondo, sonriendo con esa sonrisa que ella había aprendido a reconocer como "suya" pero que ya no lograba conmoverla como antes.</p>
<p>—Llegué temprano —dijo Héctor, levantándose para besarla en la mejilla—. Pedí una mesa apartada para que podamos hablar.</p>
<p>El restaurante bullía con la hora de la cena, risas de ejecutivos en la barra, el sonido de vasos al posarse sobre la madera, la conversación amortiguada de una pareja en la mesa de al lado discutiendo sobre hipotecas.</p>
<p>—¿Todo bien? —preguntó Héctor, frunciendo el ceño un poco—. Pareces... no sé, cansada.</p>
<p>—Sí, todo bien —respondió ella, forzando una sonrisa—. Semana pesada en la universidad. Proyectos finales.</p>
<p>Héctor asintió, aceptando la explicación con esa facilidad que lo caracterizaba. Nunca cuestionaba demasiado. Nunca escarbaba donde no lo invitaban.</p>
<p>El mesero se acercó con la carta.Daniela escogió lo primero que vio, un filete de res, sin prestar atención. Héctor pidió lo mismo, más una botella de vino.</p>
<p>—Mi papá me volvió a hablar —dijo Héctor cuando el mesero se alejó, bajando la voz a pesar de que la música ambiental y el murmullo de los otros comensales ya cubrían sus palabras.</p>
<p>Daniela lo miró, intentando concentrarse en su rostro. Los lentes se le empañaban un poco por el calor del lugar.</p>
<p>—¿Sobre qué? —preguntó ella, tomando un sorbo de agua. El hielo chocó contra el vidrio con un sonido cristalino.</p>
<p>—Sobre mi futuro. O mi falta de él —Héctor soltó una risa amarga, frotándose las sienes—. Dice que no puede mantenerme toda la vida. Que necesito hacer algo con mi vida. </p>
<p>La mesera llegó con el vino. El corcho salió con un sonido sordo.</p>
<p>—Le dije que estaba buscando opciones —continuó Héctor, tomando su copa y girándola sin beber—. Que quizás haría una maestría. </p>
<p>Daniela asintió, sintiendo que debía decir algo reconfortante pero sin encontrar las palabras. Su mente estaba en otra parte. En los mensajes de Pablo de esa mañana. En la forma en que él había escrito "soñé contigo" y ella había sentido un escalofrío entre las piernas que Héctor nunca le había provocado con palabras.</p>
<p>—¿Crees que debería decirle? —preguntó Héctor, inclinándose sobre la mesa—. ¿Lo de irme lejos, digo?</p>
<p>—¿A dónde irías? —preguntó ella mecánicamente, recordando de golpe que debía participar en la conversación.</p>
<p>—No sé. España, quizás. O Estados Unidos. Algún lugar donde pueda empezar de cero, sin... —Héctor hizo una pausa, mirándola a los ojos—. Sin que todo el mundo me vea como el hijo de mi papá.</p>
<p>El filete llegó. El aroma a carne asada y mantequilla llenó el espacio.</p>
<p>Daniela cortó un pedazo. El cuchillo crujió contra la carne. </p>
<p>—Creo que deberías hacer lo que sientas —dijo finalmente, sabiendo que era una respuesta genérica, una frase de relleno.</p>
<p>Héctor la observó con una intensidad inusual en él. Por un momento, Daniela temió que pudiera leer algo en su cara. Que la culpa estuviera escrita en su frente como una marca indeleble.</p>
<p>—¿Estás segura de que estás bien? —insistió él, alcanzando su mano sobre la mesa—. Parece que estás en otro lado.</p>
<p>La piel de Héctor era cálida, suave, familiar. La mano que la había sostenido durante cuatro años, que le había dado regalos, que la había tocado con ternura torpe en la oscuridad de su cuarto. Daniela sintió un nudo en la garganta.</p>
<p>—Es solo que... —empezó, buscando una excusa—. Es que mi mamá ha estado rara últimamente. Creo que hay problemas en casa. No me quiero meter, pero me preocupa.</p>
<p>La mentira salió fluida, natural. Le sorprendió lo fácil que se había vuelto.</p>
<p>Héctor apretó su mano con simpatía.</p>
<p>—¿Quieres hablar de eso? —preguntó, genuino, preocupado.</p>
<p>—No —respondió ella demasiado rápido, luego suavizó el tono—. No ahora. Esta noche es para ti, para escucharte a ti.</p>
<p>Héctor sonrió, satisfecho con la respuesta. Volvió a su filete, a su vino, a su monólogo sobre las presiones familiares y su incertidumbre vital.</p>
<p>Daniela asintió en los momentos adecuados. Dijo "sí" y "claro" y "eso es difícil" en los silencios correctos. Pero su mirada se perdía en la vela de la mesa, y pensaba en Pablo. En la forma en que él la había mirado en el auto. En el sabor de su boca , a café amargo y algo más, algo que no tenía nombre pero que la despertaba de una manera que Héctor, con toda su dulzura, nunca lograría.</p>
<p>En algún momento, un grupo en la mesa de al lado estalló en risas. Alguien dejó caer un tenedor contra un plato con un ruido metálico que hizo que Daniela sobresaltara.</p>
<p>—¿Ves? —dijo Héctor, creyendo que reaccionaba a su historia—. Así me siento yo. Como si todo el mundo supiera lo que está haciendo menos yo. Como si estuviera a punto de dejar caer algo y no pueda evitarlo.</p>
<p>Ella le sonrió, una sonrisa que le dolió en los dientes.</p>
<p>—Todo va a estar bien —dijo, y las palabras sonaron huecas, vacías, un eco de algo que ella misma no creía.</p>
<p>La cuenta llegó envuelta en un porta-cuentas de cuero. Héctor pagó con la tarjeta de su padre, sin mirar el monto. </p>
<p>Salieron a la calle. El aire de la noche era húmedo, cargado del olor a asfalto mojado.</p>
<p>—Te acompaño a tu casa —dijo Héctor, buscando su mano.</p>
<p>Daniela dejó que sus dedos se entrelazaran con los de él.</p>
<p>Caminaron en silencio. El sonido de sus pasos sobre la acera creaba un ritmo regular, hipnótico. Cada diez metros, Héctor intentaba reanudar la conversación sobre su futuro, sus miedos, sus planes. Cada diez metros, Daniela respondía con monosílabos, con frases genéricas, mientras su mano libre, la que no sostenía la de Héctor, buscaba su celular en el bolsillo, deseando sentir la vibración de un mensaje.</p>
<p>En la puerta de su edificio, Héctor la besó. Un beso de novio. Daniela cerró los ojos y por un segundo e imaginó que era Pablo quien la sostenía así, que era la mandíbula fuerte y los hombros anchos los que tenía frente a ella.</p>
<p>—Buenas noches —dijo Héctor, sonriendo, ajeno a todo—. Gracias por escucharme.</p>
<p>—De nada —respondió ella—. Descansa.</p>
<p>Subió las escaleras sintiendo los ojos de Héctor en su espalda, sabiendo que él la vería entrar al edificio, que esperaría escuchar el clic de la puerta cerrándose. Pero en cuanto estuvo dentro, con la puerta de seguridad entre ella y la calle, sacó el celular.</p>
<p>Nada. Ningún mensaje nuevo.</p>
<p>Y entonces, justo cuando empezaba a sentir que quizás se había equivocado, que quizás Pablo había decidido finalmente borrar todo y ser leal a su amigo, el celular vibró.</p>
<p>Pablo —Estoy afuera de tu casa. No puedo dormir. No puedo dejar de pensar en ti.-</p>
<p>Daniela miró la pantalla, sintiendo cómo el corazón le golpeaba contra las costillas de nuevo. Afuera, al otro lado de la puerta de cristal, Héctor se alejaba caminando con paso ligero, silbando una canción que ella no lograba identificar, creyendo que todo estaba bien en su mundo.</p>
<p>Guardó el celular en el bolsillo sin responder. Subió a su apartamento. Se quitó los zapatos, los dejó caer sobre el piso con un sonido sordo. Se sentó en el borde de la cama, en la oscuridad, escuchando el silencio de la ciudad a medianoche.</p>
<p>Y supo, con una certeza que le dolía en el estómago, que no había vuelta atrás. Que el beso en el auto no había sido un error, sino el primer paso de algo que no podía controlar.</p>
<p>El celular volvió a vibrar.</p>
<p>Pablo —Por favor. Solo quiero verte. Solo cinco minutos.-</p>
<p>Sus dedos flotaron sobre la pantalla. Escribió, borró, escribió de nuevo.</p>
<p>Daniela —Espera. Voy a bajar.-</p>
<p>Y así, con ese mensaje, cruzó la línea definitivamente.</p>
<p>La puerta se abrió con un chirrido mecánico. Daniela caminó hacia la salida.</p>
<p>Pablo estaba afuera, apoyado contra su auto, fumando un cigarrillo. </p>
<p>Pero cuando Daniela empujó la puerta y el aire de la noche la choco, cuando vio a Pablo aplastar el cigarrillo bajo su zapato y abrir los brazos, ella corrió hacia él sin mirar atrás.</p>
<p>El auto de Pablo olía a cuero gastado y a su colonia. Ahora ese olor la envolvía por completo, más intenso, más cercano, mientras ella cerraba la puerta del copiloto.</p>
<p>—Sube —dijo Pablo</p>
<p>Daniela obedeció. El asiento crujió bajo su peso. Afuera, la luz automatica se apago, dejándolos en la semi-oscuridad del estacionamiento. Pablo no encendió el motor. Ambos miraban hacia adelante.</p>
<p>—No deberías estar aquí —dijo Pablo finalmente, pero sus manos ya buscaban las de ella.</p>
<p>—Tú tampoco —respondió Daniela, y sus dedos se entrelazaron con los de él sobre la palanca de cambios.</p>
<p>La primera vez que se besaron esa noche fue diferente. Sus rostros se acercaron lentamente, como imantados, y cuando sus labios se tocaron, el sonido de su respiración entrecortada llenó el espacio.</p>
<p>—Espera —murmuró Pablo contra su boca, pero no se apartó—. Si empezamos... no voy a poder parar.</p>
<p>—Yo tampoco quiero parar —dijo ella, y la frase salió en un suspiro.</p>
<p>El segundo beso fue más profundo. La lengua de Pablo encontró la de ella con urgencia que Héctor nunca había mostrado, una hambre que venía acumulándose durante cuatro años. Daniela gimió suavemente, y sus manos subieron por el pecho de él, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.</p>
<p>—Te he deseado tanto —dijo Pablo, mordisqueando el labio inferior, dejando un rastro de saliva que brillaba en la penumbra—. Tantas noches pensando en ti, en tu boca, en tu cuerpo...</p>
<p>—Cállate —susurró ella, pero no era una reprimenda—. No digas nada. Solo... hazlo.</p>
<p>Se besaron de nuevo, esta vez con una desesperación que borraba cualquier residuo de culpa. Las manos de Pablo recorrieron su espalda, bajaron hasta sus caderas, apretaron con una fuerza que Héctor nunca se había atrevido a usar. Daniela se arqueó contra él, sintiendo su erección dura contra el muslo, y un escalofrío de anticipación recorrió su columna.</p>
<p>—Ven aquí —dijo Pablo, y con un movimiento fluido la tomó de la cintura y la sentó sobre su regazo.</p>
<p>El volante le presionaba la espalda. El espacio era reducido, incómodo, perfecto. Daniela ahora miraba hacia abajo, hacia los ojos oscuros de Pablo que la devoraban con una mezcla de adoración y lujuria. Se movió sobre él, frotándose contra su erección, y ambos gimieron al unísono. </p>
<p>—Dios, Daniela —gruñó Pablo, enterrando el rostro en su cuello, inhalando profundamente—. Hueles tan bien. </p>
<p>Sus manos subieron por debajo de su blusa, encontrando la piel desnuda de su espalda. Los dedos de Pablo eran cálidos. Desabrochó su sostén con una destreza que Héctor había tardado meses en aprender, y los pechos de ella quedaron libres, presionándose contra el pecho de él a través de la tela.</p>
<p>—Tócame —pidió ella, tomando sus manos y guiándolas hacia adelante.</p>
<p>Pablo no necesitó más invitación. Sus palmas cubrieron sus senos, amasándolos con una fuerza que rozaba el dolor pero que a Daniela le resultaba deliciosa. Sus pezones se endurecieron contra sus manos, y cuando él los pellizcó entre el pulgar y el índice, ella dejó escapar un gemido que sonó demasiado fuerte en el silencio del auto.</p>
<p>—Shhh —susurró Pablo, sonriendo contra su boca—. Van a escucharnos.</p>
<p>—No me importa —respondió ella.</p>
<p>Se besaron de nuevo, esta vez con más lengua, más saliva. Las manos de Daniela bajaron por el torso de Pablo, encontrando el cinturón de su pantalón. Los dedos le temblaban mientras intentaba desabrocharlo, y Pablo tuvo que ayudarla, sus propias manos igualmente torpes por la urgencia.</p>
<p>—Espera —dijo él, deteniéndose un momento, respirando con dificultad—. Estás segura? Realmente segura?</p>
<p>Daniela lo miró a los ojos.En ese momento, Héctor estaba en su cama, probablemente dormido, creyendo que ella estaba a salvo en su casa. La traición era completa, irrevocable, inevitable.</p>
<p>—Nunca he estado tan segura de algo —dijo ella, y su voz no tembló.</p>
<p>Pablo asintió, una vez, y luego desabrochó su propio pantalón. El sonido de la cremallera bajando fue estridente en el silencio. Su erección saltó libre, gruesa, palpitante contra su vientre. Daniela la miró, fascinada, sintiendo cómo la humedad se acumulaba entre sus piernas. Héctor nunca se había atrevido a mostrársela así, con tanta confianza, tanta necesidad.</p>
<p>—Tócala —pidió Pablo, tomando su mano y guiándola.</p>
<p>Los dedos de Daniela cerraron alrededor de su miembro. Era caliente, sorprendentemente suave por fuera, con las venas marcadas bajo la piel. Cuando lo apretó suavemente, Pablo dejó escapar un suspiro entrecortado, apoyando la cabeza contra el respaldo del asiento.</p>
<p>—Más fuerte —pidió—. </p>
<p>Ella obedeció, comenzando a mover la mano arriba y abajo, explorando su textura, su grosor, la forma en que se estremecía bajo su toque. Una gota de líquido transparente emergió de la punta, brillante en la penumbra, y sin pensarlo, Daniela la extendió con el pulgar, lubricando su movimiento.</p>
<p>—Dios, Daniela —jadeó Pablo, moviendo las caderas al ritmo de su mano—. Así. Justo así.</p>
<p>Pero ella quería más. Quería saborearlo, sentirlo, conocerlo de una manera que nunca había conocido a Héctor. Quería hacer algo que la marcara definitivamente como suya, que borrara cualquier duda sobre lo que estaban haciendo.</p>
<p>Se inclinó hacia abajo, el volante presionando incómodamente contra su espalda, y acercó su boca a su miembro, mientras él retrocedía el asiento para tener unos centímetros más de espacio</p>
<p>—Espera —dijo Pablo, tomando su barbilla—. No tienes que...</p>
<p>—Quiero —interrumpió ella, y su voz sonó firme, decidida—. Déjame.</p>
<p>No esperó respuesta. Abrió los labios y tomó la punta en su boca, saboreando el líquido salado que ya había empezado a fluir. El sabor era intenso, distinto a cualquier otra cosa. Pablo gimió profundamente, un sonido que pareció venir de lo más profundo de su pecho, y sus manos encontraron el cabello de ella, acariciándolo con ternura a pesar de la urgencia que ambos sentían.</p>
<p>Daniela bajó más, tomando más de él en su boca. Era grande, más grande de lo que había imaginado, y tuvo que relajar la garganta para no ahogarse. Sus labios se estiraron alrededor de su circunferencia, creando una succión suave pero insistente. El sonido de su boca trabajando sobre su carne era obsceno, húmedo.</p>
<p>—Carajo, Daniela —susurró Pablo, mirándola con los ojos entrecerrados—. Tu boca... es perfecta... tan caliente...</p>
<p>Ella comenzó a moverse, subiendo y bajando, creando un ritmo que empezaba lento pero ganaba velocidad. Su lengua trazaba círculos alrededor de la punta cada vez que subía, luego aplastaba contra la parte inferior del tronco al bajar. Una de sus manos se unió a la danza, acariciando la base donde su boca no alcanzaba a llegar.</p>
<p>—Así... así, mi amor —gemía Pablo, sus caderas comenzando a moverse involuntariamente, empujando hacia la calidez de su boca—. No pares... por favor, no pares...</p>
<p>Daniela no tenía intención de parar. Estaba perdida en la sensación, en el poder que sentía al tenerlo así, vulnerable, a su merced. Podía sentir cada estremecimiento de su cuerpo, cada jadeo, cada contracción de los músculos de sus muslos bajo sus manos. Era un poder que nunca había experimentado con Héctor, donde siempre se había sentido como una observadora de su propia vida sexual, nunca como protagonista.</p>
<p>El auto se llenó de sonidos: el chupeteo húmedo de su boca, los gemidos ahogados de Pablo, el crujido del asiento de cuero bajo sus movimientos, la respiración entrecortada de ambos. </p>
<p>—Voy a venirme —advirtió Pablo, su voz tensa, casi un gruñido—. Daniela, me voy a venir... si no quieres... debes parar...</p>
<p>Ella respondió aumentando el ritmo, succionando con más fuerza, moviendo la mano más rápido. Quería sentirlo. Quería saborearlo. Quería llevarse dentro de ella la prueba física de su deseo, de su traición.</p>
<p>—Mierda, mierda, mierda —repetía Pablo, sus dedos entrelazándose en el cabello de ella, guiando sus movimientos pero sin forzarla, siempre respetuoso incluso en esto—. Daniela... Daniela...</p>
<p>Su cuerpo se tensó como un arco. Los músculos de su abdomen se contrajeron visibles bajo la camisa, sus muslos se endurecieron, y luego, con un gemido profundo que sonó casi como un dolor, comenzó a eyacular.</p>
<p>La primera descarga golpeó el fondo de su boca, caliente, espesa, salada. Daniela tragó instintivamente, pero había demasiado. La segunda descarga llenó su boca, y ella tuvo que tragar de nuevo, sintiendo el líquido resbalando por su garganta. El sabor era intenso, almizclado, inequívocamente suyo. Pablo seguía viniéndose, pequeños espasmos que le recorrían el cuerpo, más líquido que ella recibía y tragaba, hasta que finalmente, con un último estremecimiento, quedó inmóvil, jadeando, su miembro aún pulsando débilmente en su boca.</p>
<p>Daniela se quedó quieta un momento, acariciándolo con la lengua, limpiándolo suavemente, saboreando los últimos vestigios de su orgasmo. Luego, lentamente, se incorporó, sintiendo cómo su espalda protestaba por la posición forzada. Un hilo de saliva y semen conectaba sus labios con la punta de su miembro por un segundo antes de romperse.</p>
<p>Pablo la miraba con los ojos vidriosos, la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Su mano subió, temblorosa, y acarició su mejilla, limpiando una gota que había escapado de la comisura de sus labios con el pulgar.</p>
<p>—Eres... —empezó, pero no encontró las palabras.</p>
<p>Daniela lo miró a los ojos. Los de él estaban húmedos. </p>
<p>Se sintió completamente desnuda, no físicamente, aunque su sostén seguía desabrochado bajo la blusa, sino emocionalmente. Había cruzado un límite que no tenía retorno. No solo había engañado a Héctor, sino que había disfrutado cada segundo de la traición, que había buscado activamente el placer de otro hombre, que había saboreado su semen como si fuera el líquido más preciado.</p>
<p>Y en ese momento, mirando a Pablo, sus ojos cafés, su mandíbula tensa, su boca entreabierta todavía jadeando, supo que no se arrepentía. Que haría esto mil veces más. Que este momento, era lo que realmente quería.</p>
<p>—Te quiero —dijo, y la frase salió simple, clara, sin adornos.</p>
<p>Pablo cerró los ojos por un segundo, como si las palabras le dolieran físicamente. Cuando los abrió, brillaban con una emoción que Daniela nunca había visto en él, ni siquiera en los momentos más íntimos que habían compartido hasta entonces.</p>
<p>—Yo también te quiero —respondió—. Te quiero cada vez que te veo con él.</p>
<p>Tomó su rostro entre sus manos y la besó, profundamente, sin importarle el sabor de sí mismo que debía persistir en su boca. </p>
<p>—Ahora qué —preguntó Daniela, aunque sabía la respuesta.</p>
<p>—Ahora —dijo Pablo, abrochándose el pantalón con movimientos lentos, como si quisiera prolongar el momento— ahora somos dos personas que traicionaron. </p>
<p>Daniela apoyó la cabeza en su hombro, escuchando los latidos de su corazón que poco a poco recuperaban su ritmo normal. El auto olía a sexo, a sudor. Afuera, la noche seguía su curso indiferente, y en algún apartamento, Héctor dormía soñando con ella, creyendo que la amaba, sin saber que su novia acababa de tragarse el semen de su mejor amigo.</p>
<p>—Debo subir —dijo Daniela finalmente, pero no se movió.</p>
<p>—Lo sé —respondió Pablo, pero sus brazos la apretaron con más fuerza.</p>
<p>Se quedaron así unos minutos más, en silencio, escuchando la respiración del otro. Luego, lentamente, Daniela se incorporó, se acomodó la ropa, se secó los labios con el dorso de la mano. El sabor de Pablo persistía en su boca, un recordatorio de lo que acababa de hacer.</p>
<p>—Mañana —dijo ella, abriendo la puerta. El aire frío de la noche entró de golpe, haciéndola estremecerse.</p>
<p>—Mañana —repitió Pablo, y la palabra sonó como una promesa y una amenaza al mismo tiempo.</p>
<p>Daniela bajó del auto. La puerta se cerró con un sonido definitivo. Sin mirar atrás, caminó hacia la entrada de su casa, sintiendo los ojos de Pablo en su espalda hasta que desapareció tras la puerta de cristal.</p>
<p>Cuando entró a su cuarto, el silencio la recibió como un reproche. Se quedó parada en la oscuridad, tocándose los labios, saboreando todavía el recuerdo de él, y supo que nada volvería a ser igual.</p>
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