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MicroRelatosSep 2026

Un reencuentro de ensueño

Daniela1.2K vistas
<p>Era el tercer día de semestre en la Universidad del Este. Alejandro volteó la página del libro de Biología, aburrido, cuando sintió un cosquilleo extraño en la nuca. Como cuando alguien te observa con intensidad.</p> <p>Giró la cabeza.</p> <p>A diez metros de distancia, una chica de cabello castaño largo, jeans azules y una camiseta blanca demasiado grande, lo miraba con los ojos abiertos, una mano cubriendo su boca, las lágrimas ya corriendo por sus mejillas.</p> <p>Sofía.</p> <p>No dudó. Dejó caer el libro y corrió. Ella hizo lo mismo, corriendo entre las mesas, los estudiantes, el tiempo pareciendo detenerse.</p> <p>Se encontraron a mitad de camino. Sofía saltó a sus brazos sin dudar, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, enterrando su rostro en su cuello, sollozando.</p> <p>—Alejandro —susurró, temblando—. Eres tú.</p> <p>Él la sostenía, con lágrimas en sus propios ojos, inhalando el olor de su cabello, ese mismo olor a vainilla de cuando tenían doce años.</p> <p>—Nunca pensé... —balbuceó él—. ¿Cómo...?</p> <p>Se fueron a la cafetería, manos entrelazadas, incapaces de soltarse. Sentados en una mesa apartada, entre sorbos de café frío, desentrañaron los años.</p> <p>Sofía había llegado a la ciudad hacía dos semanas. Sus padres se divorciaron después de dieciocho años de matrimonio, y ella eligió quedarse con su papá, quien consiguió un trabajo de ingeniero en esta ciudad desconocida.</p> <p>—Y tú —preguntó ella, secándose las lágrimas, sonriendo por primera vez—. ¿Cómo llegaste aquí?</p> <p>Alejandro sonrió, triste y feliz al mismo tiempo.</p> <p>—Mis papás. Trabajo nuevo. Llegamos... hace un mes.</p> <p>Los dos habían dejado su ciudad natal, sus vidas paralelas separándose por años, para terminar en el mismo lugar, en el mismo momento, en la misma universidad.</p> <p>—¿Te acuerdas? —dijo Sofía, su mano encontrando la de él sobre la mesa, los dedos entrelazándose naturalmente—. Decíamos que cuando fuéramos grandes, nos casaríamos.</p> <p>Alejandro sintió un calor subiendo por su cuello. No era solo nostalgia.</p> <p>—Me acuerdo —dijo, mirándola a los ojos, viendo la mujer en la que se había convertido—. Nunca olvidé.</p> <p>La cafetería cerraba temprano. Salieron a la calle, el atardecer pintando el cielo de naranja, y caminaron sin rumbo, los dedos entrelazados como si nunca hubieran dejado de hacerlo. Hablaron de todo y de nada: de sus vidas separadas, de los amores que no funcionaron, de la extraña sensación de vacío que ambos habían cargado sin saber por qué.</p> <p>Llegaron a un parque pequeño, con césped verde y un roble viejo en el centro. Alejandro se sentó en la base del árbol, la espalda contra la corteza rugosa. Sofía no dudó. Se sentó entre sus piernas, dándole la espalda, y se recostó contra su pecho.</p> <p>Él envolvió sus brazos alrededor de su cintura, los antebrazos cruzándose sobre su vientre, la barbilla apoyada en su hombro. Podía sentir el calor de su cuerpo, el movimiento de su respiración, el latido de su corazón.</p> <p>—Extrañaba esto —susurró ella, cerrando los ojos—. Tu olor. Tu calor.</p> <p>—Yo también —dijo él, su voz vibrando contra su espalda—. Todos estos años, sentía que faltaba algo. Ahora sé qué era.</p> <p>El silencio entre ellos era cómodo, íntimo. Las manos de Alejandro, sin que él lo pensara, comenzaron a acariciar suavemente los costados de Sofía, subiendo y bajando despacio, sintiendo la tela fina de su camiseta, la curva de sus caderas, la suavidad de su piel bajo la ropa.</p> <p>Sofía suspiró, relajándose más contra él, sus manos cubriendo las de él, guiándolas, pidiendo sin palabras que no se detuvieran.</p> <p>La noche bajó suave. Caminaron de regreso con pasos lentos, ninguno queriendo que terminara. Llegaron a la puerta de la casa de Sofía, una casita de dos pisos con el porche iluminado.</p> <p>—Gracias por hoy —dijo ella, dándose la vuelta para mirarlo.</p> <p>Alejandro sonrió, triste porque terminaba.</p> <p>—Nos vemos mañana —dijo.</p> <p>Sofía se acercó, rápido, antes de perder el valor. Se puso de puntillas y besó su mejilla, pero al bajar, sus labios rozaron los de él, un instante, un suspiro, un choque eléctrico que los dejó a ambos sin aliento.</p> <p>—Perdón —susurró ella, sonrojada, retrocediendo.</p> <p>—No —dijo él, tomando su mano—. No pidas perdón.</p> <p>Se miraron, la tensión palpable, el deseo contenido brillando en sus ojos.</p> <p>—Mañana —repitió ella, y entró corriendo, la mano en sus labios, sonriendo como una niña.</p> <p>Alejandro se quedó en la acera, tocando su mejilla, su boca, sintiendo el fantasma de ese beso robado.</p> <p>---</p> <p><strong>Al día siguiente</strong>.</p> <p>El cine estaba oscuro, la película olvidada. Sofía llevaba una falda corta, azul marino, que se abría cuando se sentaba, dejando ver sus muslos pálidos, suaves.</p> <p>Alejandro, a su lado, comenzó con la mano en su rodilla. Un toque ligero, preguntando. Sofía no se apartó. Él avanzó despacio, subiendo por su muslo, sintiendo la piel cálida, la tela de la falda subiendo.</p> <p>Su mano llegó a mitad del muslo, las yemas rozando el interior, más sensible, más íntimo. Sofía contuvo el aliento, sus ojos fijos en la pantalla pero sin ver nada.</p> <p>Alejandro pudo haber seguido. Podría haber subido más, haber tocado el centro de ella, haberla excitado hasta perder el control. Era lo que habría hecho con cualquier otra chica en una cita así.</p> <p>Pero se detuvo.</p> <p>Retiró la mano, volvió a tomar su mano entretejida, y suspiró.</p> <p>—Eres diferente —susurró, sin mirarla—. No quiero... no quiero que esto sea solo eso. Contigo.</p> <p>Sofía se giró, los ojos brillando en la oscuridad. Entendía. Y eso la hizo quererlo más.</p> <p>—Gracias —susurró, apoyando la cabeza en su hombro.</p> <p>La película terminó, pero ninguno quería irse a casa. Caminaron por las calles iluminadas, las manos entrelazadas, hasta llegar a un pequeño hotel boutique que Alejandro conocía.</p> <p>—Quiero pasar la noche contigo —dijo él, la voz baja, segura—. No solo sexo. Quiero dormir contigo. Despertar contigo. Sentirte cerca.</p> <p>Sofía asintió, el corazón martilleando, y entraron juntos.</p> <p>La habitación era pequeña, íntima, con una cama grande y ventanas que daban a la ciudad nocturna. Se sentaron en el borde de la cama, nerviosos de repente, como si fueran quinceañeros descubriendo el amor por primera vez.</p> <p>—Ven —dijo Alejandro, tendiendo la mano.</p> <p>Se acostaron juntos, boca arriba, mirando al techo. Luego se giraron, cara a cara, las narices casi tocándose.</p> <p>—Te amo —susurró él—. Siempre te amé, desde que éramos niños.</p> <p>—Yo también te amo —respondió ella, una lágrima resbalando por su sien.</p> <p>Se besaron. Lento, profundo, sin prisa. Las manos de él encontraron los botones de su blusa, desabrochándolos uno a uno, revelando su piel, suave, perfecta. Ella hizo lo mismo con su camisa, sintiendo su pecho, su corazón martilleando bajo sus dedos.</p> <p>Se desvistieron mutuamente, despacio, adorando cada centímetro que revelaban. Cuando estuvieron desnudos, se abrazaron, piel contra piel, el calor acumulándose entre ellos.</p> <p>—¿Estás segura? —preguntó él, posicionándose entre sus piernas, su erección presionando su entrada, pero sin empujar, esperando.</p> <p>—Sí —susurró ella, abrazándolo fuerte—. Contigo, siempre.</p> <p>Él entró despacio, centímetro a centímetro, sintiéndola abrirse para él, caliente, húmeda, perfecta. Cuando estuvo completamente dentro, se quedaron inmóviles, mirándose a los ojos, conectados de una manera que ningún otro había logrado.</p> <p>Empezaron a moverse, lento, profundo, cada embestida acompañada de un beso, de un susurro, de una promesa. No era solo sexo. Era amor, reconexión, almas que finalmente se encontraban después de años de separación.</p> <p>Llegaron juntos, abrazados, sus nombres susurrados en la oscuridad, y se quedaron dormidos, entrelazados, finalmente en casa.</p> <p>---</p> <p><strong>Los Años</strong></p> <p><strong>Meses después</strong>: Noches de sexo que no terminaban en sexo, sino en conversaciones hasta el amanecer. Encontraban excusas para quedarse juntos: estudiar, ver películas, "cuidarse" el uno al otro. Cada noche era descubrimiento, cada caricia aprendida, cada orgasmo un lenguaje que solo ellos entendían.</p> <p><strong>Un año:</strong> Vacaciones en una cabaña de montaña, similar a donde se reencontraron. Caminatas de manos entrelazadas, sexo frente a la chimenea, promesas susurradas bajo las estrellas. Sofía lloró de felicidad cuando él le dijo que quería envejecer con ella.</p> <p><strong>Dos años</strong>: La propuesta no fue sorpresa. Fue una conversación en la cama un domingo por la mañana, desnudos, entre risas y café frío.</p> <p>—¿Nos casamos? —preguntó él, besando su hombro.</p> <p>—Obvio —respondió ella, girándose para besarlo.</p> <p>La boda fue íntima, solo los que importaban. Sus padres lloraron, recordando sus propios reencuentros de juventud.</p> <p><strong>Cinco años</strong>: Dos hijos, una casa con jardín, noches de insomnio alternadas con noches de pasión renovada. Aprendieron que el amor de infancia, cuando se cultiva, se vuelve el amor más profundo.</p> <p><strong>Veinte años después</strong>: Sentados en el mismo parque donde una vez se abrazaron bajo el roble, ahora con canas y arrugas, todavía de la mano.</p> <p>—¿Te arrepientes? —preguntó ella, apoyando la cabeza en su hombro.</p> <p>—De haberte dejado ir una vez, sí —respondió él—. De haberte encontrado, nunca.</p> <p>Se besaron, dos niños que nunca dejaron de amarse, dos adultos que construyeron un hogar, dos almas que el destino no pudo separar.</p> <p><strong>Fin.</strong></p>