<p>A continuación, les voy a relatar una historia verdadera. Una que me ocurrió siendo yo una joven de dieciocho años, en una pubertad tardía, donde cierto día me encontraba sesteando en mi cuarto cuando de repente, una mano tocó mi hombro y gran susto me dio.</p>
<p>—¡Ahhhhh! —le dije a la sombra que me puso los pelos como escarpias.</p>
<p>—Soy yo… —susurró el espectro haciéndome reconocer su voz al momento.</p>
<p>—¡Joder, qué susto me has dado! ¿Qué quieres, hermanito? —le dije intentando tranquilizar a mi pobre corazón, que disparaba cada latido amenazando con salirse de mi pechito.</p>
<p>Con un siseo me hizo callar y entre susurros me invitó a levantarme y seguirle.</p>
<p>—¡Ven, he visto algo! —dijo en voz muy bajito.</p>
<p>Tenía sueño aún, pero tras el susto ya me desperté, así que decidí seguirle a ver lo que tenía que mostrarme. Mi hermano en realidad es mi hermanastro menor. Su padre se casó con mi madre al enviudar esta prematuramente tras mi nacimiento.</p>
<p>A él le pasaba lo mismo, pero por parte de madre, no es que su madre muriese como en mi caso, simplemente les abandonó a su padre y a él al nacer. ¡Sí, por ahí madres capaces de abandonar a sus propios hijos! Y sí, para él fue un trauma criarse sin madre, como para mi lo fue hacerlo sin padre. Así que de alguna forma nos sentíamos identificados en ese aspecto.</p>
<p>Iba yo en bragas y camiseta por los pasillos, siguiendo a mi “querido hermanito”, como yo cariñosamente le llamaba. No llevábamos conviviendo más que un año, tras el reciente casamiento de nuestros progenitores. Pero hicimos buenas migas desde el principio y como éramos de la misma edad a veces nos confundían con mellizos, lo cual no era sino divertido.</p>
<p>Me gustaba fingir que la fantasía era real, aunque ya no éramos chicos, lo que más en falta eché desde mi infancia aparte de una madre, fue un hermanito como él. Pero a veces la vida nos reserva estas sorpresas, aunque lleguemos por caminos tortuosos a estas.</p>
<p>Pronto se paró en la puerta del dormitorio de nuestros padres, donde unos quejidos guturales nos alertaron. Así que me puso delante y me hizo ver lo que allí pasaba.</p>
<p>Todo estaba en penumbra, pero al acostumbrarme a la tenue luz, fui vislumbrando la silueta de mi madre. Claramente ambos estaban chingando lo cual, aunque me pareció obsceno, despertó mi curiosidad y seguí expiando…</p>
<p>Ella estaba en cuatro, y él pegado a su gran culo, desde atrás, nosotros los veíamos de lado ocultos tras la rendija abierta en la puerta. Ella se quejaba de algo y entre susurros pudimos oír lo que maquinaban…</p>
<p>—¡Que no entra! —exclamó mi madre nerviosa.</p>
<p>—¡Tranquila, que hay que dilatar! —respondió con voz pausada su padre.</p>
<p>¡Quedé ojiplática! ¿Cómo era posible que mi “santa madre” fuese capaz de entregarse a una práctica tan zafia como el sexo anal? Sin duda esa revelación me dejó muy impactada.</p>
<p>Acto seguido se inclinó hacia adelante y acercó su cara a su culo, ¡sin duda estaba lamiéndoselo! Esto gustó mucho a mi madre, que pasó del quejido al alarido.</p>
<p>—¡Sssst, no grites, que nos van a oír nuestros hijos! —dijo haciendo una pausa para luego seguir lamiéndole zafiamente el culo.</p>
<p>Aquello era algo que yo desconocía que se pudiese hacer. Me provocaba un gran rechazo y asco tal práctica, pero admito que aún no era experta, en las artes amatorias adultas. Es más, era bastante ingenua por aquel tiempo.</p>
<p>Únicamente había experimentado con algunas prácticas onanísticas, que me enseñaron el placer que se esconde bajo mis braguitas, acariciando mi delicada conchita. Hasta que un día fui descubierta por mi hermano haciéndolo. Este, lejos de recriminármelo, le gustó y me espió sin decírmelo.</p>
<p>El mamón era muy sigiloso, así que me estuvo observando desde detrás de la puerta de mi cuarto. Y luego, cuando había terminado de correrme, el bribón entró y me lo contó como si tal cosa. Pero como buen hermano guardó el secreto.</p>
<p>Total, que ese día él me preguntó por la masturbación femenina y yo a él por la masculina. Terminó enseñándome su pija y me pidió ver mi concha. Me moría de vergüenza, pero le pedí que se masturbase delante de mí, ¡y lo hizo! Era excitante estar yo despatarrada en la cama y él, frente a mi meneándosela, hasta que se corrió en las sábanas.</p>
<p>Esto me impresionó muchísimo, no me cabreé pues, aunque era una guarrada, las sábanas podían lavarse. A cambio, disfruté de un espectáculo grandioso.</p>
<p>A partir de ahí, comencé a confesarle mis más íntimos deseos y él también hizo lo propio con los suyos. De modo que el incidente no hizo sino reforzar nuestro vínculo íntimo aún más, y de vez en cuando nos masturbábamos juntos, sin tocarnos ni nada, pero yo le veía cascársela a él y él tocarme yo mientras lo hacíamos.</p>
<p>Pero el socarrón, a veces se paseaba desnudo delante de mí. O entraba en el baño para hacer un pis, mientras yo me duchaba. De modo que acabé acostumbrándome a ver su pija tanto dura como morcillona.</p>
<p>Así llegamos a aquella tarde, donde, aprovechando la siesta, nuestros padres se entregaron al placer prohibido del coito anal. Él la hacía gozar con la lengua en lo más oscuro de su intimidad y ella gemía y se retorcía con sus caricias hasta que se detuvo.</p>
<p>—¡Esto ya está! —susurró su padre a continuación e incorporándose agarró su pija y apuntándola en la penumbra insistió en entrar en aquel cerrado agujero de mi madre.</p>
<p>—¡Uf! —dijo su madre—. ¡Que no entra! Si quieres por el “otro lado”, si no, ¡nada! —le dijo a modo de ultimátum.</p>
<p>Frustrado, su padre abandonó el intento y mi madre soltó un nuevo quejido, ahora sintiendo su pija entrar, pero seguramente por el “otro lado”.</p>
<p>Solté una risita histérica, ¡aquello era porno en directo! Lo que no podía sospechar es que la pija de mi hermanito comenzó a clavárseme en el culito en ese momento…</p>
<p>Sin girarme le empujé tratando de apartarlo, sin quitar la vista de las impactantes imágenes que estábamos contemplando.</p>
<p>Pero él insistió. El insolente coló su pija entre mis muslos y allí sentí su caliente contacto, carne contra carne. Alarmada, los cerré de inmediato capturando su pija entre ellos, pero el descarado comenzó a moverla adelante y atrás. ¡Uf! ¡Qué sensación! Como sólo era eso, un excitante juego, le dejé cogerme de aquella manera mientras no paraba de mirar el espectáculo que nos ofrecían nuestros padres en el dormitorio conyugal.</p>
<p>Su atrevimiento tuvo también efecto en mi calentura, pues ya estaba yo caliente expiando a nuestros padres, como para encima sentir su dura pija moviéndose entre mis muslos.</p>
<p>Tal vez no debí consentir lo primero, así me hubiera evitado llegar a lo segundo pues, el insolente hincó sus rodillas en el suelo y bajándome las bragas, clavó su lengua en mi culo.</p>
<p>Aquello era ya pasarse tres pueblos y traté de zafarme de nuevo de su abrazo con lengua clavada en mi culo. Pero esta se movía rápidamente, pasando de mi hoyito a mi culito, a través del puente del perineo en pleno forcejeo.</p>
<p>El caso es que el bribón no cejó en su empeño y consiguió que me mojara más, ¡y que buscara su lengua en mi hoyito caliente! Así que puse mi culito en pompa y éste lamió todo, mi hoyito y también mi culito. Pasando de uno a otro con pasmosa facilidad.</p>
<p>Me metía la lengua en mi culito y me lamía el perineo, y las cosquillas que me hacía me hicieron desear masturbarme, así que metí mi mano bajo mis bragas y comencé a acariciarme mi clítoris, mis labios hinchados y a sacar jugos de mi hoyito con las yemas de mis deditos.</p>
<p>Tras un rato de comida de culo el bribón pasó a algo más e intentó clavarme su pija en mi cerrado ojal. ¡Uf! ¡Ahora sí que entendía a mi madre! Aquello no entraba de ninguna de las maneras.</p>
<p>—¡Ay! —grité sin poder contenerme.</p>
<p>Ese pequeño grito mío nos delató. Inmediatamente la pareja del cuarto supo que estábamos expiando y mi madre preguntó al aire si estábamos allí.</p>
<p>—¿Chicos?</p>
<p>Me tapé la boca terriblemente avergonzada y corrí de vuelta por el pasillo a mi cuarto. Detrás de mí, ¡corrió mi insolente enculador!</p>
<p>—¡Vete! Le dije sin dejarlo entrar en mi cuarto.</p>
<p>—¡Déjame entrar! —me pidió entre susurros—. ¡Me has puesto muy caliente! —dijo el insolente.</p>
<p>Entonces con su fuerza venció mi resistencia detrás de la puerta. Le dejé pasar, más por no formar más escándalo, que por otra cosa. Una vez dentro el bribón me hizo girar y ponerme en cuatro en la cama sin mediar palabra.</p>
<p>Forcejeamos, él trataba de bajar mis bragas y yo trataba de que no lo hiciera hasta que caí de bruces contra la almohada. Entonces él tiró de mis bragas hasta las rodillas y con fuerza de mi cadera haciéndome levantarme y colocándome su pija entre mis cachetes. Yo quedé inmóvil, temiendo lo que iba a hacer, respiraba agitadamente por el esfuerzo y él también.</p>
<p>Simplemente la paseó entre ellos dejándola escurrir y saliendo por encima hacia mi espalda y aquel coito improvisado, de nuevo me tentó e incrementó mi excitación. Esto se lo permití, pero cuando se paró frente a mi culito, eso fue otro cantar.</p>
<p>—¡Por ahí no entrará! ¡Pero por el otro lado ni se te ocurra! No quiero quedar preñada, ¿vale? —le advertí severamente.</p>
<p>Él no se inmutó y de nuevo su lengua volvió a mi culo para lamerlo y penetrarlo con ella. ¡Esto se sentía delicioso! Más luego volvió con su dura pija a intentar penetrarme por detrás.</p>
<p>Desesperada y caliente como una perra, le dejé intentarlo. Ahora su presión era más intensa y mi culito, aunque excitado, estaba muy cerradito. Pero él no cejó en su empeño.</p>
<p>—¡Ay! —me quejé de nuevo al sentir como la presión fue venciendo mi culito y este comenzó a ceder.</p>
<p>Su glande comenzó a entrar y lo fuese ensanchando poco a poco. Y una vez estuvo dentro, ya solo era cuestión de tiempo tenerla toda dentro.</p>
<p>¡Aquello dolía! Pero era un dolor raro, pues yo seguía caliente y excitada, así que comencé a acariciar mi conchita mojada frenéticamente olvidándome casi de mi culito y de su pija.</p>
<p>Al entrar toda, él quedó contento y me dejó respirar un momento. Al principio me lo hizo lento, poco a poco se fue acomodando y cuando ya se sintió como en casa, ¡me cogió fuerte y con ganas!</p>
<p>—¡Ay qué daño…! —gruñí impotente ante sus embestidas.</p>
<p>Fui presa del dolor y el placer, pero ya era tarde para pararlo así que me abandoné a él sin dejar de acariciarme mi conchita. ¡El se lo pasó bomba!</p>
<p>El muy bribón no tardó mucho en darme su regalito, en forma de corrida culera y yo allí debajo, con la cabecita pegada a las sábanas, aguantando sumisa, me vi de repente precipitándome a un orgasmo culero que me hizo perder el sentido.</p>
<p>Caí de bruces contra la cama y liberada de su pija, aun goteando sobre mi culito, me estremecí entre tremendas convulsiones mientras no paraba de frotar mi conchita con la mano metida bajo la barriga.</p>
<p>Sentía mi culito palpitar, dilatado tras la cogida anal. ¡Ay, que dolor! ¡Ay, qué placer tan extraño sentí aquella tarde!</p>
<p>¡Pero, qué horror! La puerta se abrió y se asomó mi madre…</p>
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<p><em>Este relato pertenece a </em><a href="https://cutt.ly/3tZHnuap">Calentones de salita MIX</a>.</p>