Xtories

Silvia admite ser infiel pero se abre de piernas

Silvia le cuenta a Manuel cómo seis extraños la llenaron de semen mientras él no miraba. En lugar de gritar, él aparcó el coche en la oscuridad y decidió reclamar lo que le quedaba de ella.

Victor MartinezFont11K vistas9.4· 7 votos

Silvia admite ser infiel pero al rato vuelve a abrirse de piernas

Esta soltó un suspiro largo, entre nervioso y excitado. Se removió en el asiento, apretando la toalla empapada contra su coño rebosante, y empezó a hablar con voz suave, casi íntima, como si estuviera confesando un secreto muy caliente.

—Vale… Cuando has entrado antes al baño yo me he quedado fuera, apoyada en la pared. Con el vestido blanco del escote grande. Estaba un poco aburrida y he empezado a ponerme cachonda otra vez, como siempre.

Hizo una pausa y miró de reojo a Manuel.

—Entonces ha pasado un grupo de ingleses. Uno de ellos, rubio y alto, se ha parado en seco y se me ha quedado mirando las tetas sin disimulo. Yo lo he notado… y en vez de taparme, le he sonreído. No sé por qué, Manu… simplemente ha ocurrido así.

Sus mejillas se pusieron más rojas.

—Él se ha acercado y, sin decir nada, me ha puesto la mano en el pecho. Yo no lo he apartado: al contrario… me he quedado quieta y he dejado que me tocara. Sus amigos se han parado a mirar. Luego él ha bajado la cabeza y ha empezado a lamerme las tetas por encima del vestido. Yo… me las he sacado del todo. Le he ofrecido ambas, desnudas allí mismo, delante de todos.

Silvia tragó saliva y continuó, con la voz cada vez más ronca:

—Ha empezado a comérmelas con mucha hambre, chupando fuerte, mordiendo los pezones. Yo gemía. Se me escapaban gemidos sin control. Y mientras tanto… el coño me empezaba a chorrear. Literalmente me bajaban gotas por las piernas. Estaba tan caliente que ni siquiera he pensado que tú podías salir en cualquier momento.

El cornudo apretaba el volante, pero seguía escuchando en silencio.

—Luego le he ofrecido mi boca y nos hemos dado un morreo brutal. Después me he arrodillado y le he hecho una mamada larga y profunda delante de sus amigos. Se ha corrido lo más adentro de mi garganta que ha podido y me lo he tragado todo para que no quedara nada. Pero me ha dejado con un calentón horrible… porque se han ido corriendo al oír que abrías la puerta del baño.

La casquivana veinteañera soltó una risita avergonzada.

—Al salir tú, yo ya estaba vestida otra vez, pero seguía empapada. Por el camino al coche… cada tío bueno que veía me estaba haciendo palpitar el coño... Y te aseguro que he visto muchos… Estaba desesperada.

Respiró hondo antes de seguir con la parte más fuerte.

—Al llegar al aparcamiento ha dado la puñetera casualidad de que tenían su furgoneta justo detrás de nuestro coche. Ellos estaban allí, supongo que los has visto.

“Yo te he pedido que fueras al súper porque no podía más. En cuanto te has marchado, el rubio se me ha acercado. Yo me he hecho la digna un poco, pero le he provocado diciendo que si me abrazaba y me besaba lento y rico allí mismo, con el riesgo de que tú volvieras, yo me metía en la furgoneta y dejaba que me follara.

Sonrió con picardía.

—Ha tenido los huevos suficientes: me ha besado despacio, con lengua, abrazándome fuerte… y yo luego he cumplido con él. Ya dentro de la furgoneta les he pedido que entraran todos y se sentaran alrededor para taparme por si volvías. Luego… la cosa ha ido a más… A mucho más…

Silvia bajó un poco la voz, pero siguió hablando con detalle:

—Primero me ha follado el rubio, pero despacio, rico, porque ya venía más saciado de la mamada de antes, de haber descargado en mi boca, así que su corrida no ha sido tan contundente.

“Luego el traductor, que era moreno y hablaba español. Mi favorito de todos, la verdad… Me hablaba al oído susurrando cosas preciosas mientras me follaba… Me ha hecho el amor, se podría decir… Con él me he corrido como hacía muchísimo tiempo que no me corría, Manu. Ha sido brutal.

Hizo una pausa y miró a su novio.

—Después han venido el resto, que se han corrido casi todos en mi coño y en mi boca, obligándome a tragar mi semilla a una velocidad que me he sorprendido a mí misma por lo bien que lo he aguantado…

“Al final han coincidido dos: uno corriéndose dentro de mí y otro en mi boca al mismo tiempo… He tragado todo lo que he sido capaz, Manu… Ahora mismo llevo semen de seis tíos dentro... Siento cómo se mueve cada vez que respiro…

La joven se mordió el labio y añadió, casi en un susurro:

—Al terminar, me he adecentado cómo buenamente he podido y al sentarme aquí he puesto la toalla debajo para no manchar... Por eso olía tanto… No he podido evitarlo, cariño… De verdad que no… Estaba demasiado cachonda…

Concluida su explicación, permaneció callada, mirando a su novio con una mezcla de vergüenza, diversión y excitación.

El coche seguía avanzando.

El fuerte olor a sexo seguía llenando el habitáculo.

Y Silvia esperaba, con el coño todavía chorreando bajo la toalla, a ver qué decía su novio ahora que lo sabía todo.

***

El veinteañero, que había estado escuchando toda la confesión en silencio, con las manos apretadas en el volante y la respiración pesada, aún siguió callado un poco más, procesando cada detalle: las tetas fuera delante de los ingleses, la mamada en la playa, la furgoneta, las seis corridas dentro y en la boca de su novia…

Estaba impresionado.

Resignado, porque ya conocía de sobra el carácter insaciable de su chica.

Y claramente celoso, porque la imagen de su hembra siendo usada por un grupo de desconocidos le removía algo por dentro… Le dolía en su hombría.

Pero no estaba enfadado. Solo muy, muy cachondo.

De pronto, sin decir una palabra, dio un volantazo y metió el coche en la primera gasolinera que apareció en la carretera. Aparcó en la zona lateral, lejos de las luces principales y de los surtidores, en un rincón bastante oscuro y discreto.

Apagó el motor.

Silvia apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Manuel se soltó el cinturón de seguridad con un movimiento brusco, se giró hacia ella y se abalanzó sobre su novia como un animal en celo. Le agarró la cara con las dos manos y la besó con fuerza, casi con rabia contenida.

Su lengua entró en su boca buscando el sabor residual de las corridas ajenas que todavía quedaban.

—Joder, cariño… —gruñó contra sus labios, la voz ronca y cargada de deseo—. Eres una puta zorra infiel… y me tienes la polla como una piedra.

Sin esperar respuesta, su mano derecha bajó bruscamente por el cuerpo de ella, le subió el vestido hasta la cintura de un tirón y metió los dedos directamente entre sus muslos. Apartó la toalla empapada y hundió dos dedos en su coño rebosante de semen.

—Hostia… —jadeó al sentirlo—. Está todo lleno… y todavía caliente.

Sacó los dedos cubiertos de una mezcla blanca y espesa y se los llevó a la boca, lamiéndolos sin vergüenza mientras miraba a Silvia a los ojos.

—Esto es de ellos, ¿verdad? —preguntó con la voz entrecortada—. Seis tíos te han llenado el coño… y ahora estás aquí, chorreando semen de desconocidos en mi coche.

Silvia soltó un gemido ahogado cuando Manuel volvió a meter los dedos, follándola con ellos con movimientos rápidos y profundos.

Él se desabrochó los pantalones con la mano libre y sacó su polla, dura como nunca. Sin decir nada más, reclinó el asiento de Silvia hacia atrás todo lo que pudo y se subió encima de ella en un movimiento torpe pero desesperado.

Le separó las piernas con brusquedad y, de un solo empujón, metió su polla hasta el fondo en aquel coño destrozado y lleno de semen ajeno.

—Ahhh… joder… —gruñó Manuel, empezando a follarla con fuerza salvaje—. Está tan resbaladizo… tan lleno…

Embestía con rabia y excitación, sintiendo cómo el semen de los ingleses salía expulsado alrededor de su polla con cada golpe. El sonido era obscenamente húmedo, chapoteante.

Mientras la follaba sin control, le hablaba al oído con la voz rota:

—Cuéntamelo otra vez… mientras te follo. Quiero oír cómo te comían las tetas… cómo te follaban la boca… cómo te corrías con ese hijo de puta que te hablaba bonito… Dime cómo te sentías siendo su puta en la furgoneta.

Sus caderas golpeaban contra ella con fuerza, el coche se mecía ligeramente, y el olor a sexo se volvió aún más intenso dentro del habitáculo.

Manuel estaba completamente desatado.

Celoso, impresionado y terriblemente cachondo.

Silvia, debajo de él, con las piernas abiertas de par en par y el coño completamente desbordado, rebosando semen de seis hombres y ahora también del suyo, solo podía gemir y sonreír con esa mezcla de vergüenza y placer que tanto le gustaba.

Enmedio de ese polvo repentino, la veinteañera se puso a pensar en algo que la puso muy cachonda: sabía perfectamente que era una viciosa, una puta promiscua de manual…

… y, curiosamente, todo le salía bien.

Mientras su chico la follaba con fuerza salvaje dentro del coche aparcado en la gasolinera, ella le rodeó la cintura con las piernas y le clavó las uñas en la espalda, gimiendo contra su oído:

—Soy una zorra, Manu… Lo sé. Una puta que no puede estarse quieta... ¡Aaahhh…! Mmmmmmfff… Qué bueno… Me encanta que me usen, que me llenen, que me traten como a una guarra… y luego volver contigo como si nada… Tú me consientes…

Manuel gruñó y embistió más profundo, haciendo que el semen de los seis ingleses chapoteara obscenamente alrededor de su polla.

—Lo sé —respondió él entre dientes, con la voz ronca—. Siempre lo he sabido. En público decimos que somos una pareja cerrada, que nos queremos solo nosotros… pero los dos sabemos la verdad: tú eres incapaz de ser fiel, y yo… yo ya lo acepté hace tiempo… ¡Oooooohhh…!

Silvia soltó una risa baja, entrecortada por los gemidos, y le mordió el lóbulo de la oreja.

—Exacto… —jadeó—. Tú me quieres así… Te pone cachondo saber que soy una puta… ¡Aaaaaahhh…! Te gusta que vuelva a casa con el coño lleno de otros… oliendo a semen ajeno… y que luego te cuente con detalle cómo me han follado…

El veinteañero aceleró el ritmo, follándola con golpes duros y desesperados. El coche se balanceaba visiblemente.

—Joder, sí… —admitió él—. Me jode… me pone celoso… pero me pone muchísimo más... Saber que mientras yo estaba comprando agua, tú estabas en esa furgoneta con las piernas abiertas, tragando pollas y dejándote llenar… me vuelve loco.

Silvia arqueó la espalda y gimió más alto, apretando su coño alrededor de la polla de su novio.

—Hoy han sido seis… —susurró con voz de puta satisfecha—. Seis tíos que no conocía de nada... Uno me dijo que tengo el mejor coño que ha follado nunca, mejor que el de su novia... ¡Ohhh…! ¡Sííí…! Otro me hablaba al oído como si fuera su novia mientras me hacía correr como una loca… Y yo me lo tragué todo. Literalmente.

Manuel soltó un gruñido animal y la embistió con más fuerza.

—Eres una puta… mi puta —dijo entre jadeos—. Y aunque digamos a todo el mundo que somos una pareja normal y cerrada… los dos sabemos que no lo eres. Eres mía… pero también eres de quien te dé la gana cuando te pica el coño.

Silvia sonrió con esa sonrisa traviesa y viciosa que tanto lo volvía loco, y le susurró al oído mientras sentía que él estaba a punto de correrse:

—Así es, cariño. Soy incapaz de ser fiel… y a ti te encanta que sea así. Por eso todo me sale bien. Porque tú lo aceptas. Porque en el fondo te gusta tener una novia que es una guarra insaciable.

El cornudo no aguantó más.

Embistió con fuerza una última vez, hundiendo su polla hasta el fondo del coño rebosante de la puta de su novia. Su cuerpo se tensó por completo, los músculos de la espalda se contrajeron y soltó un gruñido ronco, largo y animal contra el cuello de ella.

—Joder… me corro…

No se retiró. No lo intentó siquiera. Se clavó profundamente en sus entrañas y eyaculó sin reparos, descargando chorros calientes y espesos directamente contra el fondo de su útero.

Una, dos, tres fuertes pulsaciones que se mezclaron sin piedad con las seis corridas de los ingleses que ya llenaban a Silvia.

Ella sintió perfectamente cómo su novio la inundaba. El semen de Manuel era más abundante y caliente que el de los guiris, y se sumó al resto formando un verdadero lodazal dentro de su coño.

Un exceso de líquido blanco y espeso empezó a escapar alrededor de la polla de Manuel, chorreando abundantemente por su culo y empapando aún más la toalla que había colocado debajo.

Silvia lo abrazó con fuerza, rodeándole la cintura con las piernas y apretando su coño alrededor de él para ordeñarlo hasta la última gota.

—Así… lléname tú también —gimió bajito contra su oído, con voz satisfecha y viciosa—. Métemelo todo… no te preocupes.

Manuel siguió empujando suavemente mientras terminaba de vaciarse, como si quisiera empujar su semen lo más adentro posible.

—No me importa… —murmuró él, todavía jadeando—. Si te dejo preñada, que sea. Eres mía de todas formas.

Ella soltó una risita suave y le besó el cuello con ternura.

—Tranquilo… no hay peligro —susurró—. Tomo la pastilla desde siempre, ya lo sabes. Puedes correrme dentro todo lo que quieras… aunque hoy ya estoy más que llena.

Manuel se quedó unos segundos más dentro de ella, respirando agitado, disfrutando de la sensación de su coño caliente y completamente inundado. Luego levantó un poco la cabeza y la miró a los ojos, todavía con esa mezcla de celos, resignación y deseo.

—Eres un puto desastre… Una puta viciosa… —dijo, pero su tono era cariñoso, casi orgulloso—. Y me encanta que lo seas.

Su novia sonrió con esa expresión traviesa y satisfecha que tanto lo desarmaba, le dio un beso suave en los labios y respondió con ternura viciosa:

—Lo sé. Pero soy tu desastre, y tú me quieres exactamente así.

Se besaron despacio, con los labios todavía hinchados, mientras el semen de siete hombres diferentes (seis desconocidos y su propio novio) seguía goteando lentamente de su coño destrozado.

El coche olía a sexo puro y crudo.

Fuera, la gasolinera seguía tranquila.

Dentro, Silvia se sentía plena, usada, amada y completamente en su sitio.

***

Víctor Martínez de Font

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