Xtories

Silvia lleva el coño inundado y lo oculta al novio

El olor a sexo ajeno impregna el interior del coche, imposible de disimular. Mientras su novio conduce, ajeno a la realidad, ella contiene el semen que gotea entre sus piernas, sabiendo que cada minuto que pasa acerca el momento en que la mentira se desmorona. ¿Podrá mantener la compostura cuando la verdad ya no cabe ni en el silencio?

Victor MartinezFont7K vistas9.0· 8 votos

Silvia lleva el coño inundado y lo oculta al novio

Silvia actuó con rapidez y astucia, a pesar de que su cuerpo aún temblaba y su coño rebosaba de semen.

Se incorporó como pudo en el asiento trasero, apretando con fuerza los muslos. Con dos dedos se cerró los labios vaginales lo mejor que pudo, intentando contener la abundante mezcla de corridas que amenazaba con salir a borbotones.

Sintió cómo un grueso hilo de semen caliente se escapaba de todas formas y le bajaba por el culo, pero no había tiempo para más.

Se bajó el vestido con manos temblorosas, se colocó bien los tirantes y se pasó los dedos por el pelo para intentar domarlo un poco. Se limpió rápidamente la boca y la barbilla con el dorso de la mano, tragando por última vez el sabor espeso que aún le quedaba.

—Chicos… tengo que irme ya —susurró con voz ronca pero decidida.

El traductor le abrió la puerta del lado opuesto por el que venía Manuel. Silvia salió por allí, agachada, rodeando la furgoneta por detrás para que su novio no la viera salir del vehículo de los ingleses.

Caminó los pocos metros que la separaban de su propio coche con las piernas apretadas, sintiendo cómo el semen de varios hombres se movía dentro de ella con cada paso. Un poco más se le escapó y le mojó el interior de los muslos, pero el vestido blanco lo disimuló lo suficiente.

Justo cuando llegaba al maletero de su coche, Manuel apareció por el otro lado, con dos botellas de agua fría en la mano y una sonrisa culpable.

—Perdona, cariño —dijo acercándose—. Me encontré con Javi, el del gimnasio, y nos pusimos a hablar. No veas cómo se enrolla el tío… ¿Llevas mucho rato esperando?

Su chica forzó una sonrisa dulce y natural, aunque por dentro su coño palpitaba y goteaba sin control.

—Tranquilo, no pasa nada —respondió con voz sorprendentemente calmada—. Estaba aquí sentada, mirando el móvil. No te preocupes.

El veinteañero le tendió una de las botellas.

—Gracias, amor —dijo ella, cogiéndola con una mano mientras con la otra seguía apretando disimuladamente los muslos.

Abrió la botella y dio varios tragos largos y seguidos. El agua fría le bajó por la garganta, refrescándola y, sobre todo, ayudando a eliminar el fuerte sabor a semen ajeno que aún le impregnaba la boca y la lengua. Tragó con ganas, sintiendo cómo el líquido se llevaba los restos salados.

Manuel abrió el coche y se sentó en el lado del conductor. Silvia rodeó el vehículo y se sentó en el asiento del copiloto con mucho cuidado, manteniendo las piernas bien cerradas.

Nada más sentarse, sintió un nuevo chorro de semen escapándose de su coño empapado y mojando el asiento. Apretó los labios vaginales con más fuerza y cruzó las piernas, disimulando.

Su novio arrancó el motor, ajeno a todo.

—¿Estás bien? —preguntó él, mirándola con cariño—. Te veo un poco colorada. ¿Hace mucho calor todavía?

La veinteañera sonrió, dio otro trago de agua y respondió con voz suave:

—Un poco… pero ya se me pasa. Vámonos a casa, que tengo ganas de ducharme y descansar.

Manuel asintió, puso primera y empezó a salir del aparcamiento.

Los ingleses seguían dentro de su furgoneta, quietos, observando en silencio cómo el coche de la pareja se alejaba.

La rubia miró por el retrovisor una última vez, con una sonrisa pequeña y secreta en los labios.

Por fuera parecía la novia perfecta: tranquila, un poco cansada después de la playa, bebiendo agua inocentemente.

Por dentro estaba destrozada de placer: el coño lleno y chorreando semen de seis desconocidos, los labios hinchados, las tetas todavía sensibles y el cuerpo oliendo sutilmente a sexo.

Manuel no había notado absolutamente nada.

Y ella, mientras el coche se incorporaba a la carretera, apretó los muslos con fuerza, sintiendo cómo la semilla de los ingleses seguía escapándose poco a poco… y sonrió para sus adentros, feliz y satisfecha.

La tarde había sido perfecta.

***

Viendo que apretar los muslos durante lo que tardaran en llegar a casa para contener la lefada mastodóntica que le habían echado entre todos los guiris eran absolutamente imposible, la chica buscó una alternativa.

Moviéndose con lentitud y disimulo, metió la mano por detrás de su asiento con la mano derecha y agarró una pequeña toalla que sabía que había por ahí. Después, fingiendo que se acomodaba mejor en el asiento, la deslizó por debajo de su culo y entre sus muslos.

Lo hizo con toda la naturalidad que pudo: colocó la toalla doblada justo debajo de su coño, se recostó de nuevo y la tela absorbió inmediatamente el semen que seguía escapando de ella en hilos calientes y espesos.

Sintió el calor húmedo contra su piel, pero al menos ya no estaba mojando directamente el asiento de tela.

—Qué calor hace todavía, ¿verdad? —comentó ella con voz casual, abriendo un poco más la ventanilla.

Manuel asintió, sin sospechar nada.

—Sí, la verdad. Aunque ya se nota que baja el sol.

Silvia cruzó las piernas con fuerza y apretó los muslos, intentando contener todo lo posible. El olor, sin embargo, era otro tema.

El interior del coche empezó a llenarse poco a poco de un aroma inconfundible: sexo reciente, sudor femenino, semen masculino y el olor almizclado de un coño muy usado y muy mojado.

Era imposible disimularlo. El calor de su cuerpo, la humedad acumulada y las seis corridas que llevaba dentro hacían que el olor se volviera cada vez más denso y evidente.

Su novio condujo unos minutos en silencio. De pronto arrugó ligeramente la nariz y olfateó el aire.

Frunció el ceño.

—¿Hueles eso? —preguntó, mirando de reojo hacia ella.

La promiscua rubia sintió un vuelco en el estómago, pero mantuvo la compostura. Dio otro trago de agua, intentando que su voz sonara tranquila.

—¿El qué?

—No sé… huele raro. Como a… no sé, a sudor o algo. ¿No será que se nos quedó algo de comida en el coche?

Manuel volvió a olfatear, más atento esta vez. El olor era fuerte, claramente sexual: una mezcla pesada de coño excitado, semen fresco y piel caliente. Era imposible confundirlo con “sudor normal”.

La joven sintió cómo se le aceleraba el pulso. Entre sus piernas, la toalla ya estaba empapada y otro chorro de semen se escapaba lentamente, filtrándose por la tela.

—Puede ser —respondió ella con una sonrisa forzada—. Con el calor de la playa todo huele más fuerte. Abre un poco más la ventanilla, a ver si se va.

El chico bajó la suya y las dos traseras, permitiendo que el aire fresco entrara, pero el olor seguía allí, pegado a la tapicería y, sobre todo, saliendo directamente del cuerpo de Silvia.

Él volvió a mirarla de reojo, esta vez con más atención. Su mirada bajó un segundo a sus muslos apretados, a su cara todavía sonrojada y al ligero brillo de sudor en su escote.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó, con un tono entre preocupado y extrañado—. Te noto… no sé, muy acalorada. Y ese olor… es bastante fuerte.

Silvia tragó saliva, apretó más los muslos y respondió con la voz más inocente que pudo:

—Estoy bien, de verdad. Solo es el calor del día y que no me he duchado todavía. En cuanto lleguemos a casa me ducho y se me pasa todo.

Manuel asintió lentamente, pero no parecía del todo convencido. Volvió a olfatear el aire del coche una vez más, frunciendo el ceño.

El olor a sexo usado, a coño recién follado y a semen ajeno seguía flotando dentro del habitáculo, cada vez más evidente a pesar de las ventanillas abiertas.

Y la veinteañera, sentada a su lado con una toalla empapada debajo del culo, sentía cómo más semen se escapaba de su interior, mientras su corazón latía con fuerza y una mezcla de miedo y excitación le recorría la espalda.

Manuel no dijo nada más… pero seguía oliendo.

Y el trayecto a casa aún era largo.

***

Pasados unos minutos que a la chica se le hicieron eternos, esta sintió que el momento llegaba inevitablemente.

Manuel había pasado ese subjetivamente largo rato callado, conduciendo con la mirada fija en la carretera, pero oliendo el aire de vez en cuando. El olor a sexo era demasiado fuerte, demasiado característico. Ya no había forma de disimularlo con las ventanillas bajadas.

De pronto, redujo un poco la velocidad, miró de reojo a su novia y preguntó con voz baja pero directa:

—Cariño… ese olor… ¿es tuyo?

Silvia se quedó callada un segundo. Luego, una sonrisa lenta apareció en sus labios: una mezcla perfecta de vergüenza, picardía y diversión. Sus mejillas se encendieron aún más.

Bajó la mirada un instante, mordiéndose el labio inferior, y finalmente soltó una risita nerviosa y suave.

—Sí… —admitió en voz baja—. Es mío.

Manuel parpadeó, claramente sorprendido por la confirmación tan rápida. Apretó un poco las manos en el volante.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, sin sonar enfadado, pero con un tono claramente confundido y curioso.

La promiscua rubia respiró hondo, todavía sonriendo con esa vergüenza divertida que no podía ocultar. Se removió un poco en el asiento, sintiendo cómo la toalla empapada se pegaba a su coño rebosante de semen.

—Cuando estabas en el súper… —empezó, con voz suave y algo temblorosa— han aparecido unos ingleses y… uno de ellos se me ha acercado… y yo estaba… muy caliente. Demasiado. —Hizo una pausa, mirando de reojo a Manuel, y prosiguió:— Me he metido en su furgoneta. Todos han entrado conmigo. Me han tapado para que no me vieras si volvías antes… y me han follado. Me han hecha suya… todos.

El cornudo tragó saliva audiblemente, pero no dijo nada. Solo escuchaba.

Silvia continuó, con la voz cada vez más relajada, casi aliviada de contarlo:

—Primero uno… luego otro, que hablaba español, que me lo ha hecho increíblemente bien… y después los demás. Se han corrido todos en mi coño o en mi boca. He tragado todo lo que he podido para que no quedara nada visible. Por eso bebo tanta agua… todavía tengo sabor a semen.

Se pasó la lengua por los labios y soltó una risita avergonzada.

—Ahora mismo estoy chorreando. Llevo como seis corridas dentro. Por eso he puesto una toalla debajo… —explicó, moviéndose levemente para que su novio la viera— para no manchar el asiento. Pero el olor… no hay quien lo esconda.

Miró a Manuel con ojos brillantes, mitad culpable, mitad excitada por haberlo confesado.

—No he podido evitarlo, Manu. Estaba empapada desde hacía rato y al verlos… se me ha ido la cabeza. Me han tratado bien, la verdad. No han sido en absoluto bruscos. Solo… me han usado en tu ausencia y me han hecho correrme muy fuerte…

Se quedó callada un momento, observando la reacción de su novio. La sonrisa avergonzada seguía en sus labios, pero sus ojos tenían un brillo travieso.

—¿Estás enfadado? —preguntó en voz baja, aunque por su tono parecía más bien que estaba disfrutando de la confesión.

El coche seguía avanzando por la carretera, con el fuerte olor a sexo flotando entre los dos.

Y Silvia, con el coño lleno y goteante, esperaba la respuesta de Manuel mientras una nueva gota de semen ajeno se escapaba lentamente bajo la toalla.

El chico redujo aún más la velocidad, casi como si quisiera alargar el trayecto. Su voz salió baja, seria, pero sin rastro de enfado… solo una curiosidad intensa y algo tensa.

—Quiero que me lo cuentes todo, Silvia. Desde el principio. Sin saltarte nada.

***

Víctor Martínez de Font

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