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Yesenia: amor y amargura 1/5

El sábado amaneció con sol, pero para Yesenia el día comenzó a oscurecerse cuando vio el Audi gris salir del hotel. No esperaba que la verdad la encontrara en la calle, ni que la única salida del dolor fuera la boca de quien siempre estuvo a su lado.

JARossi015.8K vistas9.3· 21 votos

Capítulo 1 — El sábado largo

El viernes a las dos de la tarde, la cocina del Sal y Tinta era un país en guerra que solo Yesenia Castillo sabía gobernar. Vapor subiendo de cinco ollas a la vez, el chisporroteo del aceite caliente en dos sartenes paralelos, la voz de la sous-chef cantando comandas, el ruido seco del cuchillo del prep-cook contra la tabla. Yesenia se movía entre todo eso con una calma de animal viejo que conoce su selva. Cuarenta años, una pinza recogiéndole el cabello castaño en la nuca, las mangas de la chaqueta blanca subidas hasta el codo, dos cicatrices viejas de cuchillo en el dorso de la mano izquierda. El olor del cilantro fresco le subía por la nariz mezclado con el del ajo dorado y, por debajo de todo, el perfume amaderado que ella misma se había puesto antes de salir de su casa esa mañana.

—Mesa siete, fuego —dijo, sin mirar a nadie en particular, y tres manos se movieron a la vez.

Le habían contado, hacía años, que las mujeres maduras pierden autoridad en cocinas profesionales porque el oficio era de hombres jóvenes y bocas grandes. Yesenia se había encargado de demostrar lo contrario. Tenía el restaurante desde los treinta y cinco, lo había abierto con una herencia mínima de su madre y con tres préstamos que pagó en dos años, y ahora el Sal y Tinta era una de las direcciones obligadas de la zona G de Bogotá. Reservas a la semana. Críticas en El Tiempo. Una foto suya en la pared del fondo, sonriendo con las manos en jarras, que un cliente fotógrafo le había regalado como agradecimiento.

Cuando el servicio del almuerzo cerró, a las cuatro, se sirvió un café en la barra y se quedó sola un momento, oyendo el ruido del lavavajillas industrial al fondo. El celular vibró en su bolsillo.

—Mi amor —contestó, todavía con la voz seca de mandar.

—¿Qué tal el almuerzo? —Era Alejandro.

—Lleno. ¿Tú dónde estás?

—En el estudio. Termino algo y voy para la casa. Mañana el sábado tranquilo, ¿sí? Te lo prometí.

—Te lo prometiste tú a ti mismo, mi amor. Yo nunca te creí.

Él se rió al otro lado del teléfono. Era una risa que Yesenia conocía hacía más de veinte años: corta, baja, con esa pizca de coquetería que Alejandro no había perdido ni con las canas de las sienes ni con los cuarenta y seis cumplidos.

—Ana y Miguel vienen mañana a almorzar —dijo ella—. Trae vino bueno.

—¿Tinto?

—Lo que tú quieras.

—Te quiero.

—Yo a ti, Alejandro.

Cortó. Se quedó mirando la pantalla del celular un segundo, sin razón aparente, con la sensación leve de algo que no terminaba de cuadrar y que no logró nombrar. Después se terminó el café, se quitó la chaqueta, se cambió en el camerino del personal y salió a la calle con la última luz de la tarde bogotana cayendo sobre los cerros. La brisa olía a lluvia que no iba a caer.

Manejó hasta su edificio en Chapinero Alto. Aparcó en su lugar del subterráneo. Subió en el ascensor mirando los botones, cansada, y al llegar al cuarto piso las puertas se abrieron y Martín bajaba en pantuflas con una bolsa de basura.

—Yese —dijo él, con esa voz modulada y musical que usaba con todo el mundo—. Estás divina, mi amor. ¿Día complicado?

—Sobrevivimos.

—Mañana subes y te hago tinto, ¿sí? Tengo unos bocetos que me quiero mostrar.

—Mañana tengo familia, Martín. El otro fin de semana.

—Como tú digas, divina.

Le guiñó un ojo de manera teatral, exagerada, y se metió al ascensor con la bolsa. Yesenia entró a su apartamento sonriendo a medias. Martín tenía esa cualidad de los amigos cómplices: una palabra suya y el día se aligeraba un poco. Y nadie en el edificio sospechaba lo que ella sabía sobre él. Ese pequeño secreto compartido era un lujo cotidiano.

§

El sábado amaneció con sol. Yesenia se despertó a las nueve, lo cual era casi un escándalo en su vida, y se quedó un rato boca arriba viendo cómo la luz de la mañana entraba oblicua por la ventana del cuarto. Alejandro dormía a su lado boca abajo, una mano colgándole del borde de la cama, la espalda ancha subiendo y bajando con la respiración. Ella le miró las canas de las sienes, la barba corta y cuidada, el lóbulo de la oreja con esa pequeña perforación que se hizo a los veinte y que nunca se cerró del todo. Veintidós años durmiendo al lado de ese hombre. Era una cifra rara cuando uno se ponía a pensarla.

Le pasó un dedo por la nuca. Él gruñó sin abrir los ojos.

—Hola, viejo.

—Mmm.

—Levántate. Tenemos que ir al mercado antes de que llegue Ana.

Alejandro se dio media vuelta, la abrazó por la cintura sin abrir los ojos, le hundió la cara entre los senos por encima del camisón.

—Cinco minutos más.

—Quince segundos.

Bajaron al mercado de Paloquemao a comprar verduras y un pescado entero. Era una rutina vieja que se habían inventado los dos en el primer año de matrimonio y que habían sostenido durante veintidós: los sábados de plaza, sin Ana, sin trabajo, sin celular en la mano. Caminaban entre los puestos discutiendo aguacates: él los quería verdes, ella maduros. Llevaban veintidós años de discutir lo mismo. La señora del puesto de frutas, doña Marta, ya los conocía y se reía cada vez. Volvieron al apartamento con dos bolsas pesadas, hierbas frescas envueltas en papel de estraza, y un pargo entero que Alejandro había regateado con la pescadera con la calma de hombre que disfruta esas pequeñas peleas.

Yesenia se metió a la cocina a preparar el almuerzo: una posta cartagenera de pescado con coco, arroz blanco con coco, patacones, ensalada de tomate y aguacate con sal marina. Alejandro puso música vieja en el equipo del comedor —Caetano Veloso primero, después Mercedes Sosa, después Silvio Rodríguez— y descorchó una botella temprano para él solo. Yesenia trabajaba en silencio, en automático, oyendo desde la cocina la voz de Caetano cantando algo en portugués sobre un río. Pensó en el matrimonio. Veintidós años. ¿Cuántas sopas de pescado? Calculó mal. Se rió sola. Siguió picando.

A las dos en punto sonó el timbre.

Eran Ana y Miguel.

Ana entró primero. Veintidós años recién cumplidos, alta —un palmo más que su madre—, delgada con la elasticidad de las mujeres que corren por las mañanas. El cabello castaño liso recogido en una cola alta tirante, los ojos color miel claros idénticos a los de Yesenia pero con esa intensidad joven que todavía no había aprendido a esconder. Llevaba jeans rotos en una rodilla, una camiseta blanca lisa, un blazer color crema grande que le caía suelto de los hombros, tenis blancos. Una mochila de cuero gastado colgándole de un hombro. Olía al perfume cítrico fresco que usaba desde los dieciséis y que Yesenia le compraba en cada cumpleaños.

—Mami.

Le dio un beso fuerte en cada mejilla. Le abrazó largo. Yesenia le acarició la nuca y pensó, como pensaba siempre que la abrazaba, que ese cuerpo había salido del suyo. Era un pensamiento que nunca dejaba de sorprenderla.

Detrás de Ana, Miguel. Veinticuatro años. Casi un palmo más alto que Ana, lo cual lo ponía cerca del metro ochenta y cinco. Delgado fibroso —no de gimnasio, de no comer bien y caminar mucho—, con esa textura de los hombres jóvenes que parecen sostenerse de aire. El cabello negro ondulado le caía sobre la frente y se lo apartaba cada tres minutos con un gesto involuntario de la mano izquierda. Barba descuidada de cuatro o cinco días. Ojos oscuros con pestañas largas que le sobraban a un hombre. Una camiseta blanca debajo de una camisa azul oscura abotonada solo en la cintura, jeans negros gastados, botines de cuero. La guitarra colgada del hombro en su funda negra. Un tatuaje pequeño asomando por el borde de la manga izquierda: cinco líneas paralelas. Un pentagrama.

—Suegra —saludó él, con esa voz grave de cantante que le bajaba el aire un grado a cualquier mujer que la oyera por primera vez.

—Miguel, mi amor.

Lo abrazó de costado y le dio un beso en la mejilla. Olía a sándalo, a café, y muy de fondo a cigarrillo apagado. Ese olor lo había aprendido a reconocer en estos dos años desde que era el novio formal de su hija. Era el olor de los hombres jóvenes que viven solos y duermen poco.

—Trajiste la guitarra. Ya sabes lo que va a pasar después.

—Para eso la traje, suegra.

Le sonrió con los dos hoyuelos a la vez. Yesenia desvió la vista hacia Ana, que estaba colgando el blazer en el perchero del recibidor.

§

Almorzaron en el comedor con la ventana abierta hacia el patio interior del edificio, un patio con una palmera grande que Yesenia había visto crecer desde que se mudó. Alejandro sirvió el vino. Brindó por la posta. Brindó por el sábado. Brindó por su única hija, lo cual hizo a Ana poner los ojos en blanco y a Miguel reírse bajito.

—Cuéntame de la tesis —dijo Alejandro—. ¿Cómo va con Ramírez?

—Aceptó el último capítulo —contestó Ana, con esa media sonrisa de hija que sabe lo que su padre quiere oír—. Dos correcciones menores. Una metodológica, una de redacción. Sustento en agosto.

—El proyecto sigue siendo el mercado popular en Ciudad Bolívar?

—Sigue. Le agregué una capa de análisis económico. Cómo el mercado funciona como infraestructura social aunque no esté reconocido como tal por la planeación urbana.

—Eso es buenísimo.

—Lo sé.

Padre e hija hablaron quince minutos sobre arquitectura como si fueran dos colegas. Ana defendía con vehemencia la idea de que la planeación bogotana era clasista por defecto. Alejandro la desafiaba con preguntas técnicas, con la calma de hombre experimentado que sabe que su hija tiene razón pero quiere que ella aprenda a defenderla mejor. Yesenia los miraba conversar desde el otro extremo de la mesa, con la copa de vino en la mano, sintiendo ese orgullo cómplice que le calentaba el pecho. Esa hija salió a Alejandro, no a mí. Y por dentro, le agradecía a Alejandro por haberle dado a Ana esa cabeza, ese mundo de planos y cálculos que ella misma no compartía pero que le encantaba ver crecer.

Miguel comía con el apetito de un hombre que no come bien todos los días. Le elogió el coco a Yesenia tres veces. Cuando Alejandro y Ana se metieron en una discusión técnica sobre Le Corbusier, Miguel se inclinó hacia Yesenia y le dijo en voz baja, sonriendo:

—Esto va para largo. ¿Le ayudo a recoger?

—Espérate que terminen, mi amor.

—Yo estoy entrenado en este deporte. Aprendí en tres almuerzos.

Yesenia se rió.

§

Cuando recogieron los platos, Yesenia le pidió a Miguel que tocara algo. Él no se hizo de rogar. Sacó la guitarra de la funda con una calma de hombre que ha hecho ese gesto miles de veces, la afinó dos segundos pellizcando las cuerdas con el dedo gordo, y se sentó en el sofá con la guitarra apoyada en el muslo izquierdo. Ana se sentó al lado de él, las piernas dobladas debajo del cuerpo, la cabeza apoyada en su hombro. Alejandro se quedó en el sillón con el celular. Yesenia, con un trapo todavía en la mano, se apoyó en el marco de la puerta de la cocina.

—Es nueva —dijo Miguel—. La terminé esta semana. No tiene nombre todavía.

Empezó a tocar.

Era una balada lenta en menor, con un punteo limpio entre acorde y acorde y un compás de espera que se sentía como una pregunta. La voz de Miguel entró baja en el segundo compás. La letra hablaba de una mujer que volvía a su casa al amanecer con los zapatos en la mano. Una mujer que se preguntaba qué había hecho. Una mujer que no se reconocía en el espejo del taxi. Yesenia oyó la primera estrofa sin moverse. La segunda estrofa la oyó con el corazón yéndole un poco más rápido. ¿Dónde escuchó esto Miguel? ¿Cómo escribe esto un muchacho de veinticuatro? La canción no era pornográfica ni explícita. Era exactamente lo opuesto: era una canción adulta sobre la culpa de una mujer que él no conocía. Y, sin embargo, mientras él cantaba, sus ojos buscaron los de Yesenia dos veces. Dos veces nada más, pero dos veces.

Cuando terminó, Yesenia aplaudió primero. Alejandro levantó la vista del celular y aplaudió también, distraído. Ana se rió y le besó la mejilla a Miguel.

—Mami, le encanta papá.

—Es bonita, mijo —dijo Yesenia, acercándose al sofá—. ¿Es nueva?

—La terminé esta semana.

—¿Y de dónde te sale eso?

Miguel se encogió de hombros con una sonrisa que le subió a los ojos.

—De observar, suegra. De observar a la gente.

Le tocó el brazo un segundo, en ese gesto que las mujeres maduras hacen sin pensar cuando un joven les acaba de dar algo. Miguel le sonrió con los ojos. Le dejó la mano más tiempo del necesario sobre la guitarra, justo encima del antebrazo de él, y por un instante mínimo le rozó la línea del tatuaje del pentagrama con la yema del pulgar. Solo un segundo. Pero el segundo existió. Yesenia retiró la mano y se fue a la cocina por agua. No miró atrás.

Ana, en el sofá, abrazó a Miguel por detrás y le besó la mejilla. Alejandro, en el sillón, tenía los ojos en el celular. Nadie había visto.

§

A las cuatro Ana y Miguel se fueron. Tenían un bar esa noche en la zona G; Miguel tocaba a las nueve. Ana iba a acompañarlo. Yesenia los despidió en la puerta del edificio, los abrazó a los dos, y se quedó un momento mirando cómo cruzaban la calle hacia el carro de Ana —un Renault viejo que Alejandro le había regalado al graduarse del bachillerato—. Antes de subirse, Miguel se giró y le hizo un saludo con la mano. Yesenia le devolvió el saludo. Subió al apartamento despacio.

Se sirvió un vino. Alejandro estaba en el sillón con el periódico, descalzo, las gafas de leer apoyadas en la punta de la nariz. La luz de la tarde entraba dorada por las cortinas y el apartamento tenía esa quietud rara de los sábados después del almuerzo, cuando los invitados se han ido y la familia se queda con los platos lavados y el resto del día por delante.

Yesenia se sentó en el sillón con las piernas dobladas debajo del cuerpo, el vino en la mano, mirando la palmera del patio interior que se mecía despacio con la brisa de la tarde. Pensaba en la canción de Miguel. Pensaba en la mirada de Miguel. Pensaba en por qué pensaba en eso.

—Estás callada —dijo Alejandro al rato.

—Estoy bien. Pensando.

—¿En qué?

—En que Ana ya casi se gradúa.

—La criamos bien, Yese.

—La criaste tú, mi amor. Yo solo le di los huesos.

Él bajó el periódico, le quitó la copa de la mano, le besó la sien. Le pasó una mano por el cuello, despacio, con esa manera que él tenía de acariciarla cuando todavía no había pedido nada pero ya estaba pidiendo.

—Ven para arriba —le dijo en voz baja—. La siesta.

Yesenia cerró los ojos un segundo. Sintió las puntas de los dedos de él en la nuca, en la curva detrás de la oreja, bajándole por la clavícula. Asintió. Se dejó llevar de la mano hasta el cuarto. Y mientras subía la escalera detrás de él, una imagen se le coló en la cabeza sin permiso: la mano de Miguel en la guitarra, el pentagrama en el antebrazo, la voz baja cantando sobre una mujer que volvía al amanecer. La empujó hacia afuera con una sacudida suave. No.

§

Subieron al cuarto. La luz de la tarde entraba dorada por la cortina entreabierta. Alejandro cerró la puerta con seguro —un gesto inútil porque estaban solos en el apartamento, pero un gesto suyo de siempre— y se acercó a ella sin apuro. Le tomó la cara con las dos manos y le besó la boca despacio, como si hubieran descubierto algo nuevo. Le supo a vino tinto y a tiempo compartido.

—Hace cuánto no te miro así —murmuró él contra sus labios.

—Hace mucho.

Le bajó los tirantes del vestido por los hombros, uno por uno, con la paciencia de hombre que ya conoce. Le besó el cuello, después el lóbulo de la oreja, después la línea de la clavícula. Yesenia echó la cabeza atrás y lo dejó hacer. El vestido le cayó hasta la cintura. Él le desabrochó el sostén con una sola mano —técnica vieja— y se lo quitó. Le miró los senos con esa mirada que ella conocía: la del primer día, la de los veintitrés años, la del marido que todavía la deseaba después de dos décadas. Le tomó uno con la palma de la mano. Le pasó el pulgar por el pezón hasta endurecerlo. Bajó la cabeza y se lo metió en la boca.

—Alejandro —murmuró ella, sintiendo el calor subir desde el bajo vientre.

—Shhh. Tenemos toda la tarde.

La tendió en la cama y le terminó de quitar el vestido y la ropa interior con calma. Se desvistió él también frente a ella, sin prisa, dejando que ella lo mirara. El cuerpo de un hombre de cuarenta y seis: hombros anchos, vientre todavía firme, piernas fuertes. Su miembro ya estaba duro cuando se acomodó entre los muslos de ella. Le besó el vientre, el ombligo, el monte de Venus. Le abrió las piernas con una mano y se acomodó entre ellas. Yesenia sintió el aire fresco de la habitación en lo más íntimo de su cuerpo y un escalofrío le subió por la espalda.

Él la lamió despacio. La conocía de memoria. Sabía exactamente dónde apretar la lengua, dónde aliviar, cuándo meter dos dedos curvándolos hacia arriba. Yesenia se aferró a las sábanas y empezó a respirar hondo. Cuánta falta nos hacía esto. El primer orgasmo le llegó pronto, suave, ondulado, recorriéndole los muslos. Se mordió el labio y dejó escapar un gemido bajo.

—Ven aquí —jadeó ella, empujándolo hacia abajo—. Te quiero sentir ahora mismo.

Alejandro se deslizó entre sus piernas, abriéndolas de par en par. No hubo preámbulos suaves; hundió la cara directamente en su entrepierna, devorando su clítoris con una urgencia feroz mientras sus dedos exploraban la humedad profunda de su vagina. Yesenia arqueó la espalda, enterrando los dedos en el cabello de él, soltando gemidos roncos mientras la lengua de Alejandro la volvía loca, succionando y lamiendo hasta que ella sintió que el primer orgasmo le estallaba en el vientre.

Sin dejarla recuperar el aliento, él se acomodó encima. Su miembro, grueso y palpitante, buscó la entrada empapada y se hundió de un solo golpe, penetrándola hasta el fondo. Yesenia ahogó un grito, clavándole las uñas en la espalda y enredando sus piernas alrededor de su cintura para sentirlo aún más adentro.

—Cógeme, mi amor... más duro —suplicó ella, con la mirada nublada de deseo.

Él rompió el ritmo pausado y empezó a embestirla con una fuerza animal. El sonido de sus cuerpos chocando y el roce del vello púbico llenaban la habitación. La giró bruscamente, poniéndola de costado, y la penetró por detrás en una "cucharita" agresiva. Con una mano le apretaba un pezón y con la otra seguía estimulando su sexo, mientras su miembro golpeaba su cuello uterino sin piedad.

Yesenia sentía que se desarmaba. El segundo orgasmo llegó con una intensidad violenta, sacudiendo cada músculo de su cuerpo. Alejandro la regresó de espaldas, le inmovilizó las muñecas sobre la cabeza y aceleró el paso, sus embestidas eran ahora cortas, rápidas y frenéticas.

—Me voy a venir... —gruñó él, con la voz rota.

Justo antes del clímax, Alejandro se salió de ella con un movimiento brusco. Se masturbó frente a sus ojos un par de segundos y, con un gemido gutural, descargó chorros espesos y calientes de semen directamente sobre sus tetas, cubriéndole la piel de blanco. La última ráfaga alcanzó su rostro, manchándole la mejilla y parte de los labios.

Yesenia, exhausta y excitada por la estampa, pasó sus dedos por su pecho para probar el rastro de él, mientras Alejandro se desplomaba a su lado, buscando su cuello para besarla. Se quedaron así, envueltos en el olor del sexo y el sudor, mientras el sol de la tarde empezaba a bajar tras las cortinas.

§

El domingo por la mañana Alejandro se vistió de civil —jeans y camisa de lino— y le dijo a Yesenia que tenía que ir un par de horas al estudio.

—¿En domingo?

—Tengo el render de los Lozano para el lunes y no me sale. Vuelvo al mediodía. ¿Almorzamos juntos?

—Bueno.

Le dio un beso corto en los labios. Olía a colonia recién puesta. Yesenia lo despidió en la puerta y se quedó un momento parada en el recibidor, sin saber por qué, con la sensación leve de que algo no encajaba. Lo descartó. Se fue a la cocina, se sirvió otro café, y se acordó de que tenía que pasar por la sastrería del centro a recoger un vestido que había dejado en arreglos. Era una boda en quince días. Llevaba semanas postergándolo.

Se vistió, bajó al subterráneo, sacó el carro y manejó hacia el norte por la séptima. La mañana era luminosa. Cruzó la noventa y dos. Cruzó la cien. La sastrería quedaba en un local pequeño detrás del Andino. Recogió el vestido, lo dejó en el asiento de atrás, decidió pasar por una panadería que le gustaba antes de volver. Tomó la calle ochenta y dos hacia el oriente.

Se detuvo en el semáforo de la setenta y cuatro con once. A su izquierda, en la otra cuadra, había un hotel boutique, el Bog: vidrio negro, fachada minimalista, dos rangers con sombrero abriéndoles las puertas a los clientes. Yesenia tenía la vista distraída sobre la fachada cuando, del estacionamiento subterráneo del hotel, salió un Audi gris.

Su Audi gris.

El de Alejandro.

Tardó dos segundos en procesarlo. La placa era la misma. Al volante iba él. Tenía las gafas de sol puestas. Y al lado, en el asiento del copiloto, una mujer joven con el cabello rubio recogido en una cola alta improvisada, todavía un poco mojado de la ducha. Reía echando la cabeza hacia atrás. Le acomodaba la corbata —no, la camisa, porque él no tenía corbata— a Alejandro mientras él manejaba, en un gesto íntimo de mujer que ya conoce el cuerpo de ese hombre.

Karla.

Yesenia la había visto tres veces en su vida. En las cenas de fin de año del estudio. Saludándola en el pasillo cuando había ido a buscar a Alejandro. Una vez en un cumpleaños del jefe socio. Siempre con el saco abotonado y una sonrisa que Yesenia había clasificado como inofensiva. Esta era otra Karla. Era una mujer relajada, en jean corto, sin maquillar, riéndose con el cabello mojado al lado de su marido en un domingo a media mañana saliendo de un hotel.

El Audi cruzó el semáforo y pasó al lado del carro de Yesenia. Ella, instintivamente, se hundió un poco en el asiento, aunque sabía que él no la estaba mirando. Él miraba a Karla. Karla le decía algo cerca de la oreja. Él se reía con esa risa baja que ella le conocía hacía veintidós años. El Audi se alejó por la ochenta y dos.

El semáforo cambió a verde. Yesenia no se movió. El carro de atrás le pitó. Tampoco se movió. Le pitaron otra vez. Un peatón le gritó algo desde la acera. Ella arrancó de pronto, dobló a la derecha en la primera bocacalle, estacionó el carro contra un muro de un edificio cualquiera, y se quedó con las dos manos en el volante, mirando al frente, durante diez minutos exactos. Una mosca entró por la ventana abierta. Yesenia no la espantó. La mosca se posó en el tablero y siguió viva.

No lloró. No todavía. Lo que sentía no era el llanto fácil de la sorpresa. Era una especie de frío metálico en la boca del estómago, como si alguien le hubiera puesto un cubo de hielo en una herida que ella no sabía que tenía abierta. Diecisiete años de matrimonio, pensó. Diecisiete años. Y la voz interna se corrigió sola: veintidós, mujer. Llevas veintidós años con él.

Sacó el celular. Buscó el contacto de Alejandro. Marcó.

—Mi amor —contestó él al segundo timbre, con la voz nítida de hombre que conduce con manos libres—. ¿Pasó algo?

—Nada. ¿A qué hora vienes?

—Una hora más, máximo. ¿Por qué?

—Por nada. Yo paso por una panadería y nos vemos en la casa.

—Bueno, mi vida. Te amo.

—Yo a ti.

Cortó. Apoyó la frente contra el volante. Ahí sí lloró. Pero no fue el llanto de las películas. Fue corto, rabioso, sin ruido, casi de animal. Se enjuagó la cara con agua de una botella, se pintó los labios mirándose en el espejo retrovisor, arrancó el carro, y se fue derecho a su casa a esperarlo.

§

Cuando Alejandro entró al apartamento, Yesenia estaba sentada en el sillón de la sala con un libro abierto sobre las rodillas que no había leído. La luz del mediodía entraba por la ventana y la palmera del patio se mecía despacio. Él dejó las llaves en la consola.

—Hola, mi amor.

—Hola.

Le dio un beso en la frente. Olía a colonia y a otra cosa también. Yesenia cerró el libro con calma.

—¿Cómo te fue con los Lozano?

—Lo saqué. Me costó pero lo saqué.

—Qué bueno. ¿Y el render se ve bien?

—Quedó precioso, mi amor.

—Mentira.

Lo dijo bajito, casi sin tono. Alejandro estaba sirviéndose un vaso de agua en la cocina y se quedó quieto con el vaso en la mano. La giró despacio.

—¿Qué dijiste?

—Que es mentira. Hoy no fuiste al estudio.

—Yese, qué...

—Hoy estuviste en el Bog con Karla. Los vi salir en el carro a las once cuarenta de la mañana. Ella en jean corto, despeinada, con el pelo mojado. Tú sin corbata. Te acomodaba la camisa.

Alejandro dejó el vaso en el mesón. Tenía la cara pálida.

—Yese, déjame...

—No.

Se le quebró la voz un segundo. La recompuso.

—Yo no quiero que me expliques nada, Alejandro. Ya entendí. Yo quiero que tú empaques una maleta y te vayas hoy a un hotel. El que tú quieras. El Bog mismo si te queda cómodo.

—Mi amor.

—Empaca, Alejandro.

Él intentó acercarse. Ella levantó una mano.

—No me toques. Si me tocas te grito y se va a enterar todo el edificio. Empaca y vete.

Alejandro empacó. Tardó treinta y cinco minutos. Yesenia se quedó en el sillón sin moverse, oyendo los cajones, las puertas del armario, el cierre de una maleta. Cuando él salió del cuarto, con la maleta en la mano y los ojos rojos, intentó decirle una última cosa.

—Yese, te voy a llamar mañana...

—No me llames.

Cerró la puerta con un cuidado de hombre que sabe que merece lo que le está pasando. Yesenia oyó el ascensor bajar.

Después se permitió llorar. Esta vez sí, largo, sentada en el piso de la sala con la espalda contra el sofá y las rodillas pegadas al pecho. Lloró durante cuarenta minutos. Cuando terminó, tenía la cara hinchada y un dolor de cabeza que le martillaba las sienes. Buscó el celular. Marcó.

—Adela.

—Hola, Yese.

—Sácame de esta casa esta noche. Te lo ruego.

Adela no preguntó nada. Eso es lo que tienen las amigas viejas.

—Vení para acá. Te espero con aguardiente.

§

El edificio de Adela quedaba en La Macarena, a quince minutos en taxi de Chapinero Alto si el tráfico ayudaba. Era un edificio antiguo de cinco pisos, sin ascensor, con las baldosas hidráulicas originales del recibidor y un olor a humedad y a libro viejo que Yesenia conocía desde hacía veinte años. Adela vivía en el segundo piso. La puerta de su apartamento estaba pintada de verde inglés, y al abrirla, te recibía siempre la misma vista: un pasillo corto con una alfombra persa, un perchero con tres abrigos, una bicicleta apoyada contra la pared, y al fondo, la sala con la ventana grande que daba al cerro de Monserrate.

Yesenia llegó a las ocho con los ojos hinchados y un bolso pequeño con cosas para pasar la noche. Adela le abrió en jeans anchos de lino y una camisa blanca de hombre con los botones a medio cerrar, descalza, el cabello castaño claro recogido detrás de las orejas. A los cuarenta, Adela tenía esa belleza particular de las mujeres que nunca se preocuparon por ser bonitas: el cuerpo delgado natural sin curvas pronunciadas, los senos pequeños y altos visibles bajo la tela de la camisa, las clavículas marcadas, las manos largas y firmes con las uñas cortas sin pintar. Los ojos verdes claros, alertas. Una sola cana en el flequillo que ella nunca se había teñido. La boca ancha, expresiva, que se le abría entera cuando se reía.

—Mi amor —le dijo, abriéndole los brazos.

Yesenia se metió en ese abrazo y se quedó ahí varios minutos, oliendo el jabón natural de Adela, la lavanda del champú, ese fondo cítrico que era de ella. Cuando se separaron, Adela le tomó la cara con las dos manos.

—Estás hecha mierda, Yese.

—Lo estoy.

—Ven. Te tengo aguardiente, te tengo pizza, y te tengo todas las horas del mundo para que me cuentes.

§

El apartamento de Adela era el negativo del de Yesenia: si el de ella estaba diseñado para recibir gente —comedor amplio, sillones grandes, cocina abierta—, el de Adela estaba diseñado para vivir ella sola. Una sola persona. La sala era pequeña, con un sofá de pana verde gastada, una mesa baja llena de revistas de arquitectura y un cenicero de bronce, dos sillones de cuero raído heredados del padre de Adela. Las paredes estaban llenas de plantas: monsteras grandes que ella misma había rescatado de la calle, helechos colgando del techo, una orquídea blanca en la repisa de la ventana. Libros por todas partes. Libros de arquitectura, de poesía, de ensayos políticos, novelas latinoamericanas en ediciones gastadas. Y un gato gris de ojos amarillos que se llamaba Borges y que dormía hecho un rosca sobre el sillón de la izquierda con la calma de un emperador en exilio.

Borges abrió un ojo cuando Yesenia entró, la evaluó tres segundos, y volvió a cerrar el ojo con desinterés.

—Te juzgó —dijo Adela, sirviendo dos vasos de aguardiente—. Eso significa que te aprobó. Si no te hubiera aprobado, se habría ido.

—Borges sigue siendo el mismo cabrón.

—Es lo único estable de mi vida.

Pasaron tres horas hablando. Yesenia le contó todo: el Audi saliendo del Bog, la cara de Karla riéndose, la llamada falsa, la confrontación, la maleta, el llanto en el piso. Adela escuchaba con esa atención total que tenía para las cosas importantes, le servía aguardiente cada vez que el vaso bajaba a la mitad, le acariciaba la rodilla en los momentos de quiebre, le pasaba pañuelos. En algún momento Yesenia se dio cuenta de que llevaba años sin contarle nada importante a alguien que la escuchara así, sin interrumpirla, sin agendar el dolor en una hora prevista. Adela era una hermana que ella había elegido a los diecinueve años en un pasillo de la facultad. Y la única persona en el mundo que ya no se asustaba de su llanto.

—Yo creo —dijo Adela en algún momento, con esa lengua afilada que se le soltaba con el alcohol— que Alejandro siempre fue un cobarde con buen disfraz.

—No empieces.

—Empiezo. Llevo veintidós años empezando y conteniéndome. Hoy no me contengo.

—Adela.

—Yese, óyeme. Tu te casaste con un hombre que te amaba pero que se amaba a él más. Eso no es traición de hoy. Eso es el material con el que estaba hecho desde el primer día. No te diste cuenta porque estabas enamorada. Yo lo vi siempre.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Adela tomó un trago largo. Miró la ventana.

—Porque no se le dice a una amiga el día de su boda que el novio es un cobarde. Eso se aguanta. Y se espera. Y se está ahí cuando la realidad lo demuestra.

Yesenia se quedó mirando el aguardiente. Le dio vueltas al vaso.

—Te estoy haciendo de bombera.

—Eres mi amiga, mi amor. Tu serías bombera mía mañana si me hiciera falta.

§

A las once la pizza estaba fría. El aguardiente, a la mitad. Yesenia tenía las piernas dobladas en el sofá y la cabeza apoyada en el hombro de Adela. Borges ya se había ido a dormir a otra parte, ofendido por el ruido humano. Las luces de la sala estaban bajas; Adela había encendido dos veladoras en la mesa baja en algún momento que Yesenia no recordaba.

—Adela.

—Dime.

—¿Tú nunca te casaste por algo?

Adela se rió bajo. Le pasó una mano por el cabello. Le acomodó un mechón detrás de la oreja con esa lentitud particular de las mujeres maduras que se conocen.

—Nunca me casé porque no me gustan los hombres, Yese.

—Ya. Eso lo sé.

—Y porque las mujeres que me gustaron eran mujeres como tú. Casadas. Con hijos. Imposibles.

Lo dijo despacio, sin levantar la voz, mirando un punto fijo de la mesa. Yesenia levantó la cabeza del hombro de Adela. La miró. Adela le sostuvo la mirada con esa calma de mujer que llevaba veinte años guardando una frase para el momento exacto en que se iba a poder decir.

—¿Como yo?

—Como tú, sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde la universidad, mi amor. Desde el primer mes. Tú nunca te diste cuenta. Yo te miraba y me hacía la que no.

Yesenia se quedó callada. Sintió un calor subiéndole por el cuello y por las mejillas. Veinte años. Veinte años cargando esto en silencio. ¿Cómo no me di cuenta? Le tomó la mano a Adela y se la apretó. Adela se inclinó, despacio, dándole tiempo a apartarse, y le besó la boca. Fue un beso corto. Un sello. Yesenia no se apartó. Cuando Adela se separó, le miró los ojos y le sonrió de medio lado.

—Si quieres me detengo aquí, Yese. Tú dime.

—No te detengas.

§

Adela la besó otra vez. Esta vez sin sello, sin pregunta. Le abrió la boca con la lengua y entró con una calma de mujer que sabe qué hacer. Yesenia cerró los ojos. Estoy besando a una mujer. Estoy besando a Adela. Estoy. La cabeza le iba más rápido que el cuerpo, pero el cuerpo le iba ganando con cada segundo. Adela le pasó una mano por el cuello, le bajó por el hombro, le abrió el primer botón de la blusa con la naturalidad de quien ya ha hecho esto antes muchas veces. Yesenia, en cambio, no había hecho esto nunca. Veintidós años con un solo hombre. Veintidós. Y ahora la lengua de su mejor amiga estaba en su boca y ella no quería que parara.

—Te voy a llevar al cuarto —le susurró Adela contra los labios—. ¿Sí?

—Sí.

Adela se levantó, le tomó la mano, la guió por el pasillo. El cuarto era pequeño, con una cama doble cubierta por una manta de lana cruda, dos veladoras encendidas, una ventana que daba al cerro. Adela cerró la puerta. Volvió a Yesenia. Le terminó de desabotonar la blusa con una paciencia que era casi irritante. Le bajó la blusa por los hombros. Le desabrochó el sostén por delante. Yesenia se quedó con el torso desnudo bajo la luz de las veladoras y por primera vez en su vida sintió a una mujer mirándole los senos como un hombre nunca los había mirado: con calma, con curiosidad, con un respeto que le aflojó las rodillas.

—Qué hermosa eres, Yese. Llevo veinte años imaginándome esto.

—Adela...

—Shhh.

Le bajó la falda. Le quitó la ropa interior con cuidado. La tendió en la cama. Se desvistió ella misma, sin apuro, sin pose, con la naturalidad de mujer que ya no necesita esconder nada. El cuerpo de Adela era distinto del de Yesenia: más delgado, menos curvas, los senos pequeños y altos, las caderas estrechas, una mata de vello púbico oscuro y natural que a Yesenia le pareció hermosa porque era de ella. Se tendió encima de Yesenia despacio, con cuidado de no aplastarla, y le buscó la boca otra vez.

—Deme si en algún momento es mucho.

—No es mucho.

—Demelo igual. Si en algún momento.

—Te lo digo.

Adela bajó. Le besó el cuello, las clavículas, los pezones uno por uno, con una lengua que sabía cuándo ser lenta y cuándo apretar. Le bajó por el esternón, por el vientre, por el ombligo. Le abrió las piernas con las dos manos, despacio, mirándole la cara mientras lo hacía. Yesenia sintió el aire fresco del cuarto en lo más íntimo de su cuerpo y un escalofrío le bajó por la columna.

—Yese.

—¿Qué?

—Voy a hacerte algo que ningún hombre te hizo nunca. Confiá en mi.

Adela bajó la cabeza y el mundo de Yesenia se redujo al calor de esa boca. La diferencia fue inmediata y devastadora. La lengua de Adela no era una herramienta de paso; era un órgano de precisión que entendía la geografía de su vagina con una intuición casi mística. Empezó con lametones largos, hidratando cada pliegue de sus labios mayores, antes de centrar su atención en el clítoris. Sabía exactamente cuándo la joya de su placer estaba despertando, cuándo se hinchaba por la sangre y cuándo exigía una presión que ningún hombre había logrado calibrar.

Yesenia sintió la lengua plana de Adela presionando con una vibración constante mientras dos de sus dedos se hundían en su vagina, curvándose hacia arriba, buscando ese punto sagrado que siempre había sido un mito. Cuando lo encontró, el cuerpo de Yesenia se tensó como una cuerda de violín.

—Ay, Dios mío… Adela, ahí… no pares —jadeó, perdiendo el control de sus extremidades. —Estás dulce, Yese. Sabía que ibas a estar dulce —murmuró Adela contra su piel empapada, antes de succionar con fuerza.

Yesenia se aferró a las sábanas con una desesperación animal. El primer orgasmo no fue una explosión rápida, sino una marea de lava que nació en lo más profundo de su vientre y se expandió hacia sus pezones y hasta la punta de sus pies. Arqueó la espalda, ofreciéndose por completo, mientras un grito desgarrado escapaba de su garganta. Pero Adela no le dio tregua. Mientras Yesenia aún vibraba, la otra mujer intensificó el ritmo, usando su lengua como un látigo de seda hasta arrancarle un segundo clímax, más agudo y eléctrico, que obligó a Yesenia a cerrar los muslos con fuerza alrededor de su cabeza.

Necesitaba más. Con un movimiento fluido, Yesenia la arrastró hacia arriba. Sus cuerpos se entrelazaron, piel contra piel, sudor contra sudor. Yesenia buscó el sexo de Adela con una urgencia nueva, explorando su vagina con la misma devoción que acababa de recibir. El roce de sus vellos púbicos y el intercambio de fluidos crearon una atmósfera densa, cargada de un erotismo que trascendía lo conocido.

En el clímax de la pasión, el placer se volvió tan físico que parecía tangible. Yesenia sintió cómo cada rincón de su feminidad era reclamado. No había espacio para la vergüenza, solo para el hambre de dos cuerpos que se reconocían. Adela se movía sobre ella con una gracia poderosa, llevándola al borde una y otra vez. Al final, agotadas y húmedas, se desplomaron sobre el colchón. El rastro de su entrega, esa mezcla de jugos naturales y deseo cumplido, brillaba sobre sus pieles bajo la luz tenue de la habitación, sellando una unión que había cambiado para siempre la percepción que Yesenia tenía de su propio placer.

—Espera, espera —jadeó—. Espera.

Adela subió. Le besó el vientre, los senos, la boca. Yesenia se probó en los labios de su amiga. Le pareció raro y le pareció hermoso al mismo tiempo. La abrazó.

—Adela.

—Dime.

—Quiero hacertelo yo a ti.

—¿Estás segura?

—Sí.

Cambiaron lugares. Yesenia se acomodó entre las piernas de Adela con el corazón yéndole rápido. Nunca hice esto. Nunca en mi vida hice esto. Adela le pasó una mano por el cabello, despacio, con paciencia.

—Mira, mi amor. No te apures. Prueba. Si te gusta, sigue. Si no, paramos. No tienes que demostrarme nada.

Yesenia bajó la cabeza, dejando que su respiración cálida chocara contra el vello púbico de Adela antes de atacar. Empezó con un beso suave en la cara interna del muslo, pero pronto la urgencia la dominó. Separó los labios de Adela con los dedos y hundió la lengua, probando por primera vez ese sabor intenso, salado y profundamente vivo. El sabor de otra mujer era un néctar que la embriagaba, más complejo de lo que jamás imaginó.

Adela soltó un suspiro que fue más bien un rugido de placer, y ese sonido espoleó a Yesenia. Usó su lengua para lamer en círculos el clítoris hinchado, imitando la maestría que Adela le había mostrado minutos antes. La vagina de Adela estaba empapada, una invitación abierta que Yesenia no dudó en aceptar. Introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos con un ritmo frenético mientras succionaba con fuerza.

—Así, Yese... ¡más fuerte! —gemía Adela, arqueando las caderas y enterrando las manos en el cabello de Yesenia, empujando su rostro contra su sexo—. Eres increíble, mi amor.

Adela estalló. Su cuerpo se tensó y su vagina succionó los dedos de Yesenia en una serie de contracciones violentas mientras un gemido largo y agudo llenaba la habitación. Yesenia no se detuvo hasta que sintió el último espasmo. Exhausta y con la cara húmeda por los fluidos de ambas, subió para recostarse a su lado.

Se quedaron boca arriba, los pechos subiendo y bajando, el sudor pegando sus cuerpos. El silencio fue roto por una risa baja e incrédula de Yesenia.

—¿De qué te ríes? —preguntó Adela, buscándole la mano.

—De que tengo cuarenta años —respondió Yesenia, mirando el techo con una chispa nueva en los ojos—, y acabo de descubrir que mi cuerpo tenía secretos que ningún hombre supo despertar.

—Bienvenida.

Adela se giró de costado, le pasó un brazo por la cintura, le besó el hombro.

—¿Te arrepientes?

Yesenia lo pensó. Lo pensó de verdad, mirando el techo, oyendo a Borges maullar del otro lado de la puerta.

—No. No me arrepiento.

—Bueno.

Se durmieron así, abrazadas, Adela detrás de ella, las dos veladoras consumiéndose en la mesa de noche.

§

Yesenia se despertó a las seis y veinte de la mañana con la boca seca y la primera luz gris de Bogotá entrando por la cortina. Tardó un segundo en ubicarse: el cuarto desconocido, el peso del brazo de Adela sobre su cintura, el olor a lavanda en la almohada. Y entonces el recuerdo le cayó encima como un balde de agua helada.

Se levantó despacio. Recogió la ropa del piso pieza por pieza. Se vistió en silencio en la mitad del cuarto, con las manos un poco temblando. La blusa al revés, los jeans torcidos. Se miró un segundo en el espejo de la entrada y casi no se reconoció: el rímel corrido, el pelo revuelto, los labios todavía hinchados. Soy yo. Esta también soy yo.

Tomó su bolso. Buscó las llaves. Adela se movió en la cama, suspiró, siguió durmiendo.

Yesenia abrió la puerta del apartamento, salió al pasillo, la cerró detrás de sí con un cuidado de ladrón. Bajó por las escaleras porque no quiso esperar el ascensor. Salió a la calle. El amanecer de Bogotá la recibió con un viento helado que le cortó la cara y le pareció justo. Caminó cuatro cuadras hasta encontrar un taxi. Se subió. Le dio la dirección al conductor con la voz quebrada. Y mientras el carro arrancaba por una calle vacía, Yesenia se dio cuenta de que no estaba huyendo de Adela.

Estaba huyendo de la versión de sí misma que había descubierto la noche anterior.

Apoyó la frente contra la ventana fría. Pensó en Alejandro, en algún hotel, ahora durmiendo solo o quizás no. Pensó en Ana, dormida a esa hora en el apartamento de Chapinero, abrazada a Miguel. Pensó en Miguel y en la canción de la tarde anterior. Pensó en el roce mínimo del brazo. Pensó en el pentagrama del tatuaje. Pensó en la boca de Adela.

Y por primera vez en muchos meses, Yesenia tuvo miedo.

Pero no del mundo.

Tuvo miedo de ella misma.

Nota del autor:

Hasta aquí llegamos. Por ahora. 😏

Yesenia descubrió en un solo fin de semana dos cosas que ya no va a poder olvidar: que su marido le mintió veintidós años, y que su propio cuerpo guardaba hambres que nunca se había permitido mirar. Lo que viene es peor. Y mejor.

En el Capítulo 2 (lo subo el jueves), Yesenia vuelve sola a una casa que de pronto le queda grande. Una hija toma una decisión que va a cambiar la familia para siempre. Una mujer joven recibe lo que merece y por primera vez se mira al espejo. Y un muchacho de veinticuatro años escribe una canción pensando en alguien que no debería.

¿No quieres esperar?

🔥 Los 5 capítulos completos de la saga y la versión sin censura están ya en mi Patreon: patreon.com/c/JJBenet

Adentro también vas a encontrar mi nueva saga Herencia hacia lo Prohibido — más oscura, más intensa, más adictiva — y dos más en construcción.

Si te gustó este capítulo, te pido tres cosas chiquitas:

⭐ Calificame. 💬 Cuéntame en los comentarios qué momento te pegó más fuerte. 🔖 Sígueme para no perderte el cap 2 el proximo jueves.

Te prometo una cosa: el nivel va a subir todavía más. Más seducción prohibida, más tensión que quema, más encuentros donde los cuerpos saben antes que las cabezas.

Nos vemos del otro lado del espejo.

— JJ Benet ❤️‍🔥