El graduado y la Sra Robinson
El confinamiento ha convertido a Sofía en una espectadora de la disciplina ajena, pero su mirada se ha vuelto hambrienta. Cuando el joven vecino cruza la línea del deseo, ella decide dejar de observar y empezar a enseñar. La lección será intensa, ruda y sin libros de texto.
El 14 de marzo de 2020 este país enmudeció. Yo vivía en un pequeño ático, pero mejor suerte tuvo mi amiga Sofia, de la que ya la conocéis por algún que otro relato anterior. Ella vive en un chalé a las afueras de la ciudad, en una calle que forma en un “cul de sac”. Solo tiene otro chalé como vecino, con el que comparten un lado de la parcela. En el viven una pareja de médicos, ex hippies. La pareja es muy agradable, sabia, con buena conversación, y siempre dispuesta a contarte sus aventuras y proyectos humanitarios por los países más conflictivos y pobres de África.
El día que se declaró el estado de Alarma, Sofia acompañó a su hija de 17 años a casa de los abuelos para que les pudiera dar una mano por si hacía falta. Ella como mujer inteligente que es, ya sospechó que eso no se acabaría en unos días y que la cosa podía empeorar muchísimo.
Los días pasaban, y las cosas no mejoraban, al contrario, iban a peor. Sofia no tenía ningún problema para trabajar desde casa. Como trabajadora de una empresa logística, su trabajo se multiplicaba en lugar de verse reducido por la inactividad social, pero aun viviendo en una casa grande, se sentía muy agobiada.
Sus padres estaban consiguiendo salvarse del bicho, y su hija era una verdadera campeona y los cuidaba como una leona. Los vecinos de Sofia lo estaban pasando peor. Los dos son médicos y muy concienciados con su trabajo, apenas salían del hospital, y paraban en casa rara vez. Se duchaban en un pequeño aseo, que había en la cochera, y ni siquiera entraban en el hogar para evitar contagiar a su hijo.
El muchacho, por llamarlo de alguna manera tenía unos veintitantos. Estudiante de matrícula, había acabado derecho y varios másteres hacía poco, y estaba preparando oposiciones para la abogacía del estado una de las más difíciles que existen.
La pandemia había cambiado poco su vida monacal. Se había trasladado a vivir a un minúsculo apartamento al lado de la piscina del chalé que era usado por sus padres como habitación de invitados o cocina cuando celebraban fiestas en casa. Nueve horas de estudio diarias y tres de deporte, de lunes a sábado. Los domingos los aprovechaba para dormir, leer, o ver alguna que otra película o serie. No se le conocía ni pareja, ni grupo de amigotes.
Desde el despacho de Sofia, situado en el piso superior de su casa, tenía una vista privilegiada del pequeño apartamento del opositor. Horas y horas de estudio sin levantar la cabeza de los libros, y con puntualidad británica, tomándose los descansos pertinentes. Como un tren que llega a la estación empezaba a correr sobre una cinta o a montar sobre una bicicleta estática que tenía bajo el porche de su cubículo. Después del ejercicio de cardio, tabla de estiramientos y vuelta a los libros.
Los lapsos para comer y dormir también eran controlados de forma casi enfermiza. A los tres días de observarlo Sofia, ya se sabía de memoria cuál era su rutina. Aprovechaba los descansos del joven, para levantarse de delante del ordenador y acercarse a la ventana del despacho y vigilarlo como hacía James Stewart en la Ventana Indiscreta.
Solo la rutina gimnástica cambiaba, días de cardio, días de pesas, bicicleta, cinta… prescrito por un entrenador personal. La vida de ese joven estaba completamente planeada y Sofia se había adaptado a sus horarios, haciendo las mismas pausas para descansar, comer o dormir, su vida se había convertido en un hastío permanente, encerrada, y ese joven, junto con la poca gente que se cruzaba en el supermercado era el único contacto humano que estaba teniendo.
La pandemia avanzaba, y la gente seguía encerrada. Los datos que exponían cada día los noticieros no eran esperanzadores, y un espíritu libre como Sofia se empezaba a poner muy nerviosa. Ella necesitaba contacto humano. La primavera iba avanzando, los días cada vez eran más largos y calurosos.
Cuando ya llevaba más de una semana observando al chico, y aprovechando una de sus pausas para hacer ejercicio, Sofia decidió salir al jardín y entablar conversación con él. Lo conocía desde que era un niño, pero apenas había cruzado un par de frases con el joven. Había estudiado la carrera fuera, así que los últimos años apenas lo había visto.
—¡Buenos días! —Le espetó, levantando un brazo a modo de saludo. El muchacho, que estaba cabizbajo concentrado sobre la bicicleta estática pedaleando a un ritmo uniforme, se sobresaltó y levantó la cabeza.
—¡Hola! Buenos días. —Le contestó él incorporándose sobre el sillín de la bicicleta.
—Te vas a poner como un toro, tanto deporte. —Sofia se dio cuenta que eso podía delatarla y darle pistas al jovenzuelo de que había estado espiándolo.
—¡Bah! Es lo único que me quita el estrés con tanto estudio. Además, ahora con esta mierda de la pandemia, ves tú a saber cuándo van a convocar las oposiciones. Lo único que me queda es empollar como un condenado y para estudiar necesito liberarme y sudar. Es la única manera que tengo de resetear el cerebro. —Sofia respiró, parecía que no se había dado cuenta de su pequeña metedura de pata.
—Si, tus padres me comentaron que te has marcado un objetivo y que no descansarías hasta conseguirlo. Eres un joven con las cosas claras.
—Si, si, el puto bicho, me ha roto un poco los planes, pero no puedo hacer nada, así que me resigno y me sigo preparando — Respondió incorporado en la bicicleta pero sin dejar de pedalear a un ritmo enérgico.
—Como siga la primavera así de radiante y calurosa, te vas a asar haciendo deporte aquí afuera —A Sofia cualquier tema le hubiera valido con tal de tener un poco de conversación.
Sonó una pequeña alarma. El chico miró su reloj, y de un salto se bajó de la bicicleta.
—Lo siento, se ha terminado el entreno, me marcho, voy a darme una ducha y seguir estudiando. — Y sin decir ni una palabra más, la dejó con la palabra en la boca. Estaba claro que nada lo perturbaba de su plan de entrenamiento.
—Si, a mí también me ha gustado hablar con alguien. Yo también me voy a seguir trabajando un rato. — Pero ya estaba segura de que el joven, ya no la escuchaba.
Algo hizo saltar una pequeña alarma en el cerebro de Sofia. Cuando se habían despedido, el muchacho, había bajado la mirada para centrarse en su escote, o solamente se lo había parecido. Hacía semanas que estaba a dos velas y apenas se había masturbado. Cuando lo había hecho, era como un acto mecánico incluso a desgana. Con toda seguridad era su imaginación que le estaba jugando una mala pasada, además estaban a varios metros de distancia separados por la pequeña pared que separaba las dos parcelas.
Con estas elucubraciones estaba Sofia cuando entró en su casa y se vio reflejada en el espejo que había en el salón. Se dio cuenta que llevaba el botón de la camisola desabrochado, lo que dejaba a la vista, más si cabe, su generoso escote.
Desde que se había decretado el estado de Alarma, Sofía se había declarado objetora de sujetador, y al estar en casa todo el día siempre iba con una camisola larga y holgada y unos pantalones de chándal o de pijama y si eran viejos, pues mejor. La comodidad era lo primero.
Por la tarde, Sofia volvió a mirar por la ventana de su despacho y vio al joven corriendo sobre la cinta. Pensó bajar a hablar de nuevo con él, pero no le apetecía después del suceso de la mañana. El muchacho era alto, y con un cuerpo atlético y bien cuidado a base de deporte. Seguramente también tenía una alimentación muy bien equilibrada y programada por un dietista. Nada en la vida de ese chico estaba en manos del azar.
Viéndole trotar sobre la cinta, Sofia pensó que era muy atractivo. La camiseta de tirantes sudada por el esfuerzo dejaba al descubierto los brazos fuertes, con los músculos algo marcados, pero no exagerados como se puede ver a veces en los gimnasios. Pantalones cortos, dejaban sus muslos al descubierto. Muslos fuertes y tersos, sin vello. Seguramente se depilaba para evitar irritaciones al hacer deporte. Su trote era acompasado, no muy rápido, lo que hacía que observar sus piernas se convirtiera en un acto hipnótico y estimulante a partes iguales.
El, se bajó de la cinta se quitó la camiseta y se secó el sudor con una pequeña toalla que estaba apoyada en la máquina. Si los brazos en las piernas estaban bien definidos, el torso era la guinda que colmaba el pastel. Sin ser consciente de ello, Sofia lanzó un suspiro al ver el torso de ese Adonis. Una cara con rasgos suaves con barba de tres días y un pelo muy corto, cortado casi con un estilo militar redondeaban el conjunto.
Una vez secado el sudor, entró en su pequeño apartamento. Sofia miró el reloj, le había parecido que esa tarde había estado poco tiempo entrenando, pero había estado exactamente una hora. Ese tiempo le había pasado volando, contemplando a un hombre desde la distancia correr sobre una cinta. Se pasó la mano por delante de la cara como si quisiera espantar de su cabeza un mal espíritu y se sentó delante del ordenador para seguir trabajando, pero ya no consiguió concentrarse en toda la tarde.
Al día siguiente la rutina del muchacho se repitió y Sofia lo vigilaba de tanto en cuando por su ventana indiscreta. Ese día tocaba pesas. El atuendo era el mismo de siempre cambiaba el color de la camiseta y de los pantaloncitos, pero hasta en eso el chico era cuadriculado. Ella decidió seguir la conversación insulsa del día anterior, pero antes de salir de su despacho, comprobó que su camisola estuviera bien abrochada, y que sus pantalones no parecieran comprados a peso en el rastro. Su aspecto era el de una mujer vestida de forma cómoda para estar en casa. La camisola era de un color claro, y los pantalones de tela, y si bien los había comprado hacía poco, parecían sacados de una película de los años setenta con colores psicodélicos. Salió al jardín.
En esta ocasión se acercó un poco más a la pared que separaba las dos parcelas. Al fin y al cabo, mantenían la distancia de seguridad de sobra. Empezaron como el día anterior una conversación intrascendente. En esta ocasión, Sofia vigilaba más atentamente hacia donde dirigía sus miradas, y confirmó que las sospechas del día anterior eran ciertas. El muchacho, si bien todos los botones estaban abrochados no perdía de vista sus pechos sin sujetador
Hablaron del tiempo, de la pandemia, de lo mal que lo estaban pasando sus padres en el hospital, pero la mirada del muchacho se perdía en sus senos que se encontraban libres debajo la camisola y provocaba que los pezones se marcaran y fueran visibles para los ojos lujuriosos del joven.
La alarma sonó y dejando las pesas en el suelo y secándose el sudor de la frente el comentó —Me tengo que volver a mis libros, es un placer poder charlar contigo. Me estoy volviendo loco tanto tiempo de estar solo.
—El placer es mío. Yo también me siento muy sola —Inconscientemente había remarcado las sílabas de la palabra “sola”. Si el día anterior, la había dejado con la palabra en la boca, esta vez se entretuvo un poco y dejó que fuera ella la que se marchara primero. Ella intuyó que cuando se dirigía hacia el interior de la casa él la estaría mirando y haciendo un buen repaso, de sus curvas.
Por la tarde la escena se repitió, pero en lugar de hacer pesas, el muchacho estuvo haciendo estiramientos ayudado por unos elásticos. En esta ocasión, eran los dos que se miraban mutuamente. El, los pechos de ella, que se había cambiado la camisola, por una un poco más ajustada, y ella los músculos de él que se iban tensando con cada ejercicio.
Este juego de sutil seducción le estaba encantando a Sofia, más que nada para librarse del hastío que le suponía estar encerrada en casa. Con el paso de los días, las visitas a la valla del vecino habían pasado de esporádicas a recurrentes, siendo muy pocas las veces en las que el estudiante salía al jardín y que Sofia no apareciera para hablar con él. Si Sofia no podía, él la buscaba con la mirada. El estricto plan de entrenamiento del muchacho se estaba viendo alterado. Cada vez que terminaba su sesión, siempre se quedaba unos minutos para seguir de palique.
A Sofia esto la halagaba y se sentía como una adolescente paseándose por el patio del instituto por delante de los gañanes con todas las hormonas alteradas y la testosterona por las nubes. Decidió dar un paso más. Buscó en el armario las mallas de yoga y un sujetador deportivo color verde fosforito. Ella cuando iba al gimnasio, siempre llevaba una camiseta encima, pero había visto a muchas jovenzuelas usar este tipo de prendas a modo de top.
Unos cinco minutos antes de que el joven estudiante saliera a practicar ejercicio, Sofia ya estaba en el jardín con una colchoneta que había encontrado en el garaje y estirada en el suelo realizando diferentes ejercicios.
—¡Hola! —dijo el joven cuando la vio, un poco sorprendido.
—¡Hola! —le contestó ella. —Te estoy imitando que si no me voy a poner como una foca de estar todo el día sentada en la silla delante del ordenador. Mi único ejercicio es a los paseos que me doy a la nevera
—Pues que buena idea. A mí es lo único que hace que me pueda evadir de los libros.
—Yo no soy tan “pro” —dijo ella —Solo practico un poco de yoga, pilates y ejercicios de estiramientos. Vamos gimnasia de vieja. Solo me falta ponerme el bañador cuando haga un poco de calor y empezar con el aguagym. —En ese momento hizo una mueca de tristeza forzada.
—¡Que va! ¡Si estás estupenda! ¡Ya quisieran…! —Y él en ese momento vio que se había metido en un jardín del que sería muy difícil salir. Ella se dio cuenta y decidió atacar y llevárselo a su terreno.
—¿Muchas de mi edad? ¿Estoy estupenda para la edad que tengo? — Dijo intentando que su voz pareciera entre disgustada y ofendida.
—¡No, no, no! Lo siento, no quería decir eso, bueno, lo dije, pero, no, es que no me explico muy bien.
—Pues muy mal que un futuro abogado del estado no se sepa explicar bien. —Ya había olido la sangre como un tiburón y ese primer asalto lo había ganado por K.O. Él no sabía ni que decir ni donde meterse. Y actuó en forma conciliadora.
—Déjalo, dedícate a tus pesas, y la vieja se dedicará a su pilates, no sea cosa, que con un esfuerzo se rompa la cadera. —Se tumbó en la colchoneta boca arriba, y empezó a levantar las piernas, estirándolas. Él se subió a la bicicleta estática, y empezó a pedalear cabizbajo. Quizá se había pasado un poco. El muchacho se sentía avergonzado y ella deseaba que se fijara en ella, no que agachara la cabeza.
—¡Hey! ¡Que te estaba tomando un poco el pelo! ¡Soy un poco burra, a veces! —Él levantó la cabeza y esbozó una leve sonrisa.
Siguieron los dos charlando toda la hora, pero si bien Sofia intentó captar su atención, no lo estaba consiguiendo, y eso la defraudó. Por la tarde ella repitió un modelito similar y sacó unas pequeñas pesas. Se colocó en el mismo sitio donde se veían perfectamente el uno al otro, cada uno a un lado de la pequeña pared.
—¿Veo que te he contagiado las ganas de hacer deporte? ¡Y además pesas! ¡Yo también traigo pesas para esta tarde! ¡Vaya coincidencia! —Iluso, pensó Sofia que sabía ya de memoria su plan de entrenamiento
—Si, una coincidencia cósmica.
—¡Ostras si! Bueno, yo levanto muy poco peso.
—Lo importante es que el cuerpo no esté acomodado en una silla. Si quieres podemos hacer la misma rutina, tú con tus pesas y yo con la mías.
La idea no le pareció mal, pero ella no había venido a hacer ejercicio, sino a exhibirse, y plan le estaba saliendo fatal. Y eso no le gustaba. Empezaron la tabla uno frente al otro, y poco a poco, la desilusión, se fue convirtiendo en esperanza. Cada vez que ella le miraba la cara, veía que él tenía su mirada fija en su canalillo.
Siguieron así durante los días siguientes. Sofia, cada vez hacía que sus movimientos fueran más descarados. Se tumbaba en la colchoneta dejando el culo en pompa dirigido hacia él. Abría las piernas de forma exagerada y se agachaba dejando que él tuviera una buena visión de sus pechos. El calor estaba apretando y cada vez terminaban la tabla más acalorados que el día anterior, y no solo por el incremento de las temperaturas.
Una mañana cuando Sofia salió al jardín, él ya estaba sobre la bicicleta. Había sido la primera vez que no había cumplido a rajatabla su “plan de vida”, que era como le llamaba el opositor a su plan de estudio y entreno. Después de los saludos de rigor, ella se puso a ejercitar sus pectorales y lumbares frente a él. Dia a día, había ido acercando un poco más la colchoneta a la linde de las parcelas, para poder tener una mejor visión de su contrincante.
Llevaban ya un rato ejercitándose, cuando Sofia notó que el joven aceleraba el ritmo del pedaleo, su respiración empezaba a convertirse en jadeo. Había aumentado mucho el ritmo, y eso también era inusual en él. Sofia evitaba mirarlo, ya que, de esta manera, favorecía que el la pudiera mirar de forma más indecente y sin cortarse, pero decidió levantar la cabeza para mirar si estaba pasando algo raro.
Lanzó un pequeño grito de sorpresa al ver al muchacho pedalear de forma compulsiva, como si estuviera disputando un sprint infinito, pero lo que más le asombró no fue el soberano esfuerzo que estaba realizando, sino el bulto de grandes proporciones que se intuía sin ningún tipo de disimulo por debajo del culote que llevaba muy ajustado
La erección que se vislumbraba no dejaba ningún género de dudas. Estaba completamente excitado y la tela del culote era tan fina y elástica, que casi casi se intuían las venas hinchadas del pene desbocado del estudiante. Sofía en ese momento vio que la guerra ya estaba ganada. Ella siguió con su tabla, ya sin importarle que él le viera mirando su pene erecto, al contrario, lo hacía de forma descarada para que él se diera cuenta. Al mismo tiempo pasaba las manos con un poco de descaro sobre sus nalgas y sus pechos.
Sonó la alarma del reloj. El tiempo de ejercicio había acabado. El muchacho estaba muy nervioso. Se bajó de la bicicleta, y no sabía cómo acomodar su polla en el culote. Ese bulto no se podía disimular. Cada vez que lo intentaba, más se le notaba.
—Me voy. Con este calor me tengo que duchar, después de sudar tanto. —Dijo él, y se giró para que Sofia no se fijara en el pene completamente erecto, pero ya era tarde. Sofia lo había intuido. —Si, hace mucho calor. Una ducha no nos vendrá mal —No disimuló ni un ápice la doble intención de sus palabras
Ella también se retiró y subió hacia el despacho. También necesitaba una ducha, y al igual que él, no solo para eliminar el sudor de su cuerpo. Oteó por detrás de los cristales, como había hecho ya muchas veces y distinguió al joven en el pequeño apartamento, como en anteriores ocasiones, pero lo que observó, le gustó.
Al estudiante, le faltaron manos para quitarse el maillot. Lo tiró hacia un lado se bajó los tirantes del culote. Tuvo un sentimiento de alivio al liberar el pene de la estrechez de la ropa ciclista. Desde la distancia, y escondida detrás de los cristales oscuros de su despacho, Sofía no lo veía muy bien, quizá le hicieron falta unos prismáticos, pero no tenía ningunos a mano. Lo que si intuyó, es que el muchacho se empezó a masturbar compulsivamente, de pie, dentro de su pequeño apartamento. Estaba claro que ese habitáculo no estaba previsto sirviera de vivienda, y los cristales, de mala calidad, eran completamente transparentes, lo que facilitaban la visión de Sofia.
El chico se la machacaba compulsivamente, como si quisiera castigarlo, hacerse incluso daño, su brazo derecho, de forma machacona, arriba y abajo, arriba y abajo, habían decidido no dar descanso a su miembro. En menos de un minuto, el joven arqueó la espalda, y con la mano izquierda se apoyó sobre la mesa, por lo que Sofia intuyó que el muchacho se había corrido. Pasados unos instantes lo vio aparecer con una fregona. Estaba claro. Se había hecho una magnífica paja, y con toda seguridad, pensando en ella.
Esto había turbado profundamente a Sofia. Hacía días que había cambiado las mallas por shorts deportivos. El calor apretaba, y se encontraba mucho más sugerente que con esa aburrida prenda de yoga. Apoyó una mano en el cristal y bajó la mirada, incluso sobre esos shorts ajustados intuyó la hinchazón de sus labios vaginales. Los rozó con su mano derecha sobre la tela elástica y se estremeció.
Se apartó del cristal en introdujo la mano por debajo de la tela notando al instante la humedad de su sexo. El abundante y rizado vello púbico estaba empapado de su deseo. Guio su índice hasta la entrada de su vagina. Estaba completamente abierta. El ver ese atleta infringirle tan magno castigo a su miembro la había excitado en grado sumo.
Sin sacar la mano de la escueta prenda, retrocedió unos pasos hasta sentarse en una cómoda butaca que hacía años ocupaba uno de los rincones del despacho. Si el asiento hubiera sido de mimbre, Sofia hubiera dejado en ridículo a la propia Emmanuelle.
Se bajó los shorts y ayudada por la pierna los lanzó al otro lado de la habitación. Casi al mismo tiempo se estaba liberando de top, le costó, el nerviosismo, la excitación y el sudor hacía que la prenda deportiva fuera difícil de desabrochar. Cuando lo consiguió se derrumbó sobre el sillón. Cerró los ojos y su mente entró en trance. Por unos instantes pensó en ir a buscar alguno de los juguetes que tenía en la habitación, pero se sentía muy cómoda, y completamente abierta y entregada. No le hacía falta ningún tipo de ayuda de látex.
Se recreó con sus rizos púbicos, le encantaba jugar con ellos enredar sus dedos en esa maraña de pelo azabache, que contrastaba fuertemente con el color casi albino del pelo de su cabeza. De tanto en tanto dirigía sus dedos a su raja completamente demandante de atención. Su otra mano se paseaba por sus senos, acariciándolos y haciendo que sus pezones se endurecieran como el diamante. Si el joven estudiante se castigaba físicamente al masturbarse, ella lo hacía por omisión. Su clítoris había crecido y lo sentía palpitar, requería mimos y ella se los estaba escatimando adrede.
Su excitación seguía, y ella no quería que terminara, no quería tener un orgasmo, quería que ese estado de constante excitación durara, y lo estaba consiguiendo. Con los ojos cerrados, solo le venía a la cabeza el bulto del joven debajo del culote, y sus manos con movimientos lentos acariciaban sus pechos, pellizcaban sus pezones, sus dedos se introducían suavemente en su vagina y aprisionaba su clítoris entre sus dedos a modo de tijera.
Pero ocurrió lo que tenía que ocurrir. Sofia había llegado a tal grado de excitación, que ya no le hizo falta ningún movimiento brusco, sino un movimiento suave y repetido por toda su zona genital para terminar en un largo orgasmo. Notó que sus piernas y sus brazos le flaqueaban, encorvó la espalda y se dejó morir en el sillón.
No sabía el tiempo que había pasado, incluso si después del orgasmo había quedado dormida por el cansancio, y el placer, pero se sentía completamente relajada. Necesitaba aclarar un poco sus ideas, así que se fue a duchar. Una ducha siempre le aclaraba las ideas. Ese día, pero, no iba a funcionar. Nada más salir y empezar a rozar su cuerpo mojado con la suave toalla de algodón, se empezó a excitar de nuevo.
Su cabeza era un hervidero, de ideas lujuriosas. Tanto tiempo sin sentir su piel contra otra piel le estaba empezando a pasar factura, y lo que había visto esa mañana, la hacía sentir como un gato encerrado en una caja. Cientos de maldades le asaltaban a la cabeza, cada una de ellas más descabelladas que la anterior. Entre estas cábalas oyó ruido en el jardín. Volvía a ser el muchacho entrenando, esta vez sobre la cinta de correr. Unos pequeños pantalones running y una camiseta de tirantes dejaban muy poco a la imaginación. No era la hora. El chico se había vuelto a saltar su “plan de vida”, pero eso ya poco importaba.
Después de la ducha se había puesto un camisón de verano ya raído por el uso, que fue lo primero que cogió al abrir el armario, pero no podía salir así al jardín a “entrenar”. Hacía días que estaba despistada y no había puesto ninguna lavadora. Toda la ropa de deporte que tenía estaba en el cubo de la ropa sucia, así que se cambió el camisón por un vestido largo de verano. Simplemente se lo pasó por la cabeza, ni se molestó en ir a buscar unas bragas. Si el plan salía como estaba imaginando, tampoco le harían falta. Salió al jardín y se acercó a la pared. El muchacho cuando la vio casi tropieza en la misma cinta, y su trote empezó a ser irregular.
—¿No te has puesto las mallas para entrenar? —Preguntó él.
—No. Se ve que esto de las endorfinas funciona, y después de lo de esta mañana me he quedado completamente relajada —Dijo ella casi susurrando la última palabra. Había vuelto a captar su atención.
Y se aceró más a la pared, casi hasta tocarla. Nunca había estado hasta tan cerca del chico. A corta distancia, los músculos sudados y en tensión eran aún más impresionantes. Él también la podía apreciar mejor. La edad no perdona, y la gravedad había ganado, ya hacía tiempo la partida a sus pechos, pero no había perdido ni pizca de su encanto. Además, la ligereza del vestido dejaba poco a la imaginación.
Volvió a tropezar en la cinta. Estaba claro que se seguía poniendo nervioso. Ajustó la velocidad de la máquina, y devoraba con la mirada las curvas de Sofia. Ella no era ajena al escrutinio al que estaba siendo sometida, y le gustaba. Sus pezones habían decidido que también querían ser invitados a ese juego de tonteo, y se empezaron a marcar debajo de la delicada tela de algodón.
El joven pene, también se había despertado, y si en el culote de ciclista quedaba aprisionado, con los pequeños shorts era completamente libre. La polla empezó a crecer, el muchacho intentó disimuladamente acomodársela, pero consiguió el efecto contrario, marcándosele un evidente bulto. Ella se seguía prodigando en coqueteos, y conversaciones vacías, y él cada vez más nervioso, y sintiéndose completamente traicionado por su miembro, no sabía dónde meterse.
Los pequeños pantalones ya no daban cabida a ese joven y rebelde miembro y casi empezaba a asomar el glande por una de las perneras. Sofia notó como ella también se estaba excitando. Su coño se estaba abriendo. Rara vez le pasaba sin estimulaciones previas, pero el tonteo debía acabar para pasar a la acción.
—Me tengo que ir, tengo una reunión importante —Dijo dando media vuelta y emprendiendo el camino hacia el interior de la casa. Nada más entrar se agarró los pechos con ambas manos, para darse un poco de consuelo, pero no lo consiguió. El muchacho seguía trotando en la cinta, pero al sentirse protegido de las miradas de ella, se acomodó como puso el pene dentro de los pequeños pantalones. Paró la cinta y se dirigió a su pequeño apartamento.
Sofia no podía más. Su cabeza era un hervidero. Subió al dormitorio de forma apresurada, abrió un cajón de la mesita de noche y sacó una caja de preservativos. Fue a coger también un bote de lubricante, pero sacando su lado más guarro, metió la mano por debajo del vestido, acarició su sexo con un dedo, se estremeció y luego se lo puso delante de la cara, y emitió una risota nerviosa. Definitivamente, el lubricante, al menos hoy, no hacía falta. Estaba fuera de sí.
Bajó los escalones de dos en dos. Cogió la llave, y salió a la calle, que estaba desierta para variar. Dio varias zancadas hasta acercarse a la puerta del chalé, abrió la pequeña verja del jardín delantero del vecino que sabía que siempre estaba abierta y se acercó a la puerta de la casa. Llamó al timbre. La espera se le hizo eterna. Seguramente él estaba buscando unos pantalones o algo para disimular la erección que llevaba. La puerta se abrió, y él se asomó protegiéndose el cuerpo con la misma. Al verla los ojos casi se le salen de las órbitas.
—¿Vamos a seguir haciendo el tonto lo que queda de pandemia, o vamos a follar como adultos? — Y al tiempo que Sofia con una fuerza inusitada pronunciaba estas palabras, le enseñaba al muchacho la caja de condones.
Parecía que un viento gélido había recorrido el cuerpo del chico. No pronunció palabra. Parecía hechizado. Sofia lo interpretó como sorpresa, y fue a cruzar el umbral de la puerta, pero antes que hubiera podido entrar en la casa, el joven dio un portazo. Literalmente, Sofia se quedó con la puerta en las narices. No sabía que había pasado, no lo comprendía. Esperó unos segundos, inmóvil, con su cara apenas a unos centímetros de la puerta. Dio media vuelta y se encaminó casi corriendo a su casa. Abrió la puerta y subió a la habitación. Un mar de lágrimas estaba brotando por sus ojos. Le habían dado calabazas muchas veces en su vida, pero estas, eran diferentes. Se sentía humillada.
Se tumbó en la cama, no tenía ni idea que había salido mal. ¿Había sido demasiada directa con ese imbécil? Definitivamente era un mocoso. Se autoconvencía que había sido mejor así, pero en el fondo se sentía completamente menospreciada, y que había hecho el ridículo. Las lágrimas de rabia no dejaban de brotar de sus ojos.
Pasaron varios días. Sofia no había vuelto a salir al jardín a hacer deporte. Por las noticias, parecía que el estado de alarma se acabaría pronto. Seguía teniendo mucho trabajo y se pasaba muchísimas horas en el despacho. También había dejado de mirar por la ventana, pero estaba casi segura de que el joven opositor ya no salía a practicar deporte al jardín. Solo veía su silueta estudiando dentro del diminuto apartamento de la piscina.
Los días pasaban y por las tardes después de trabajar, se las pasaba leyendo en el salón. Ya estaba oscureciendo. Una pinza aguantaba su pelo. Lo primero que haría cuando terminara el confinamiento sería ir a la peluquería. El timbre la sobresaltó. No esperaba a nadie, y menos estando confinados. Se quitó las gafas que usaba para leer, las dejó en la mesilla de café, y descalza, apenas sin hacer ruido y sin encender la luz se dirigió hacia la puerta de la entrada. Miró por la mirilla. El estudiante estaba de pie y se le veía muy nervioso. A punto estuvo de no abrir la puerta, pero si el muchacho, después del desagravio que le había hecho hacía unos días se había atrevido a ir a su casa, era por algo importante.
—Buenas tardes. —dijo ella de la manera más seca que pudo.
—Hola — Balbuceó casi de forma incomprensible. —Yo, yo, el otro día, es que…. —No conseguía articular más de dos palabras seguidas, y estaba empezando a sudar de forma abundante.
—Pasa, solo bastaría que alguien nos viera de cháchara en la puerta, y sin llevar mascarilla. —Sofia sabía que en esa calle no pasaba nunca nadie, pero no quería presenciar ese espectáculo de pie, en la entrada de casa. Él obedeció y la siguió.
—¡Siéntate! —Era más una orden que una sugerencia. El obedeció y se sentó en el sofá como un niño a punto de recibir un castigo por una travesura.
—Yo, no sé qué me pasó, lo siento, yo no quería, bueno si quería, pero no quería eso, bueno, es que, es que…. —Sofia volvió a pensar que necesitaba dominar mucho más su lenguaje si deseaba ser abogado del Estado, y tomó la iniciativa ya que si no, eso se iba a alargar hasta las Navidades.
—¿Acaso no te apetecía follar? ¿No te gusto? ¿Soy muy vieja para ti? Porque la forma que tenías de machacártela como un mandril, me enviaba señales contradictorias. — le arengó mientras estaba de pie cerca de él, con los brazos cruzados. — ¿Has venido a restregármelo? Porque si no es así, no entiendo muy bien que estás haciendo aquí. —Se estaba empezando a enfadar, y tampoco quería hacerlo.
—¡Si! Si quería follar contigo, me moría de ganas. ¡Desde que empezaste a salir al jardín no he podido dejar de pensar en ti! Me pasaba todo el día excitado y mirando la hora para salir al jardín a verte.
—¿Pues?
—Me asusté. Ni en mis fantasías más locas te imaginé delante de mí puerta con una caja de condones en la mano.
Quizá, el muchacho tenía razón. A veces hacía las cosas sin pensarlas demasiado y la excitación del momento la habían llevado a presentarse así delante de la puerta de su casa.
—Lo siento. No era mi intención incomodarte, todo lo contrario. Solo quería que pasáramos un buen rato, sin compromisos, sin ataduras, sin nada. Solo pasar un rato divertido. Olvidarnos por un rato de esta mierda de pandemia. —Se sentó a su lado de forma maternal
—A mí me hubiera encantado hacer el amor contigo. Tanto estudio hace que no conozca a muchas chicas y aquí encerrado, pues no es fácil —A Sofia le conmovió. Había usado “hacer el amor” y no follar. Definitivamente el muchacho, necesitaba airearse un poco. Se sentó a su lado del sofá.
Él no se movió, y ella posó la mano sobre su muslo. La conversación empezaba a entrar un poco en bucle. Ella disculpándose, él justificándose y así no iban a llegar a ningún lado, pero no quería precipitarse. No quería que el joven saliera corriendo. Lo miró a la cara y le acarició la mejilla muy suavemente. Olía bien, estaba recién duchado y afeitado. Con la otra mano le seguía acariciando el muslo por encima de los pantalones vaqueros.
Él se acercó a ella y le besó los labios muy suavemente, casi casi sin rozar los labios. Cuando se separó Sofía bajo la mirada hacia los pantalones del muchacho. Un bulto empezaba a crecer. Ella había visto en que se transformaría ese pequeño bulto, como si de Hulk se tratara, si seguían tonteando, y esta vez, no quería Bruce Branner volviera a escaparse. Le cogió de la mano, se levantó del sofá lo condujo a través del salón hasta llegar a las escaleras y lo guió, como buena anfitriona hacia la habitación.
El opositor no decía nada, simplemente se dejaba hacer. Entraron en la habitación y él se sentó en la cama. Le ayudó a sacarse la camiseta. Él ya se había quitado las bambas, con los pies, sin ni siquiera agacharse. Sofia le desabrochó los pantalones y se los quitó rápidamente, quedándose en calzoncillos. Unos bonitos bóxer rojos que nada dejaban a la imaginación. El pene ya se había transformado y estaba completamente erecto.
—Creo que me debería desnudar, ya que estás en desventaja. — Sin demorarse, se sacó la camisola y los viejos pantalones de chándal, quedando con unas bragas nada sexys que estaban pidiendo a gritos la jubilación. Se ruborizó.
—Lo siento, no tenía que verme nadie desnuda, lo llego a saber y me hubiera puesto unas bonitas braguitas de encaje y no estas de abuela con el elástico cedido. —
Le estaba intentando quitar hierro a la situación para el que el joven se sintiera cómodo. Se quitó las bragas y las dejó en el suelo.
La polla del chico era venosa y grande. El muchacho estaba completamente excitado. Ella abrió el cajón de la cómoda y sacó una caja de preservativos junto con un bote de lubricante. El no perdía detalle. Se untó una buena cantidad de lubricante en los dedos y los pasó por su vagina. Estaba excitada, pero intuía que un poco de ayuda no le vendría mal.
El chico cogió uno de los preservativos y se lo colocó. Se acercó a ella. Los dos cuerpos desnudos sobre la cama era una guerra desigual de cuerpos. Sofia se tumbó en la cama relajada. El nervioso se acercó a ella. Cogió su pene y lo encaminó a la entrada de esa particular cueva del tesoro y entró hasta el fondo. Ella emitió un grito ahogado, sabía que había sido una buena idea el usar mucho lubricante. El muchacho no estaba para muchos preliminares y su polla era grande. Sofia abrió un poco más las piernas para que él se pudiera mover con más comodidad. Tenía unos buenos abdominales y no se apoyaba sobre ella. La segunda embestida fue igual de intensa que la primera.
—Tranquilo. No tenemos prisa —Susurró ella, intentando tranquilizarlo. El volvió a embestir, y aceleró el ritmo. La vagina de Sofia se adaptaba con facilidad, así que no le producía ningún dolor. El muchacho de cada vez la follaba con más fuerza. Las embestidas eran cada vez más intensas y frenéticas. Sofia se dejó hacer. No había transcurrido ni un minuto cuando el joven emitió un bramido y se derrumbó. Sofia se zafó, y le sonrió. Él se había transmutado, ni se había enterado de que le había pasado.
—Lo siento, es que estoy super excitado. — Ella le puso un dedo delante de la boca.
—Tranquilo, tranquilo. No pasa nada. —La erección casi no había desaparecido. El muchacho seguía con la polla totalmente erecta, pero con el preservativo lleno de una corrida muy abundante. Ella fue al baño y vino con un paquete de toallitas, le quitó el preservativo, le limpió el pene y le colocó otro. No le costó nada. El miembro no había perdido nada de su magnífica presencia. Se untó de nuevo la vagina de lubricante.
—Ven acércate — Se lo llevó al otro lado de la habitación. Ella se apoyó en la cómoda, giró la cabeza hacia atrás, y con su mano dirigió su pene hasta la entrada de su coño. Confiaba que, al estar de pie, le sería más difícil seguir el ritmo de bombeo, y a ella le sería más fácil masturbarse. Si el muchacho era novato en el arte del folleteo, más novato sería en el arte de hacerla llegar hasta el paraíso.
Se sintió ensartada como una aceituna. Él tenía más dificultad para penetrarla, y ella se empezó a rozar hábilmente con sus dedos su botón secreto. La cosa había empezado mejor, y el nerviosismo había desaparecido, pero solo fue un espejismo. Una vez él hubo encajado su miembro, cogió ritmo y empezó a golpear con fuerza como la primera vez. Sofia había empezado a excitarse y estaba empezando a disfrutar. Él la estaba follando con fuerza.
La agarró por las caderas, y ella tuvo que dejar de masturbarse para agarrarse a la cómoda y no caerse. El muchacho era rudo, pero no violento. A cada acometida intentaba que su polla llegara lo más al fondo posible, y lo estaba consiguiendo, pero al igual que la primera vez, cuando cogió ritmo no tardó en correrse. Sacó el pene agarrándose el condón con delicadeza. La polla esta vez, empezó a deshincharse. Ella emitió un leve gruñido, la había excitado y no pretendía quedarse con la cena a medias. Volvieron a la cama. Él estaba empapado en sudor.
—Te voy a tener que enseñar muchas cosas mi joven Padawan —le dijo en tono malicioso. Con ese juguete que te ha dado Dios, no puedes dejar una mujer a medias. Lo dijo en tono conciliador y sin nada de reproche. Quería que el joven se sintiera cómodo, a gusto. Ya en la cama, le volvió a quitar el preservativo, y le volvió a limpiar la polla con una toallita. La corrida era igual de abundante que la primera vez. Juventud, divino tesoro pensó ella.
—Ven. Ahora me toca a mí. —Se tumbó en la cama, boca arriba, apoyó una almohada por debajo de su cadera y abrió las piernas. Sus labios estaban hinchados, y ella estaba muy excitada. El quedó como parado sin saber que hacer.
—¿Nunca te has comido un coño? —No dijo nada, metió la cabeza entre sus piernas y empezó a dar lengüetazos torpemente. Estaba claro que si no era la primera vez que lo hacía, si era de las primeras.
Ella cerró los ojos intentando concentrarse y dándole leves indicaciones, y él como buen alumno seguía al pie de la letra. Con una mano se acariciaba suavemente sus pechos y pellizcaba los pezones, y con la otra le atusaba el pelo cuando no estaba jugando suavemente con su clítoris. El nivel de excitación le iba creciendo, pero estaba claro que al muchacho le quedaba mucho por aprender, y que así, no conseguiría que llegara al Nirvana. Sofia se incorporó un poco apartándolo.
—¿He hecho algo mal?
—No, no tranquilo vamos a jugar a otra cosa. Me has excitado mucho, y me gustaría correrme, y aun me gustaría más que tú me ayudaras. —Sacó del cajón de la cómoda un huevo vibrador.
El volvía a estar empalmado. Ella lo agarró, y pasó la lengua por el glande. Comprobó que para ese muchacho las eyaculaciones no le hacían mella. Cogió un preservativo, se lo metió en la boca y lo acomodó en su pene. Este truco lo había aprendido hacía tiempo y no había ningún hombre que se resistiera. Se colocó a cuatro en la cama, dejando su puerta bien abierta, y empezó a acariciarse el clítoris con el huevo vibrador. El muchacho no necesitó más invitación. Acercó su polla a la entrada, y la agarró a ella por las caderas.
—Tranquilo. Hazme gozar. No hay prisa. — Él se lo tomó con más calma. Sofia no sabía si era por las dos corridas anteriores, o si el joven había conseguido tranquilizarse. Ella seguía jugando con el huevo vibrador, y él empezó a follarla con más calma, a un ritmo constante. Como buen alumno seguía al pie de la letra las indicaciones de la maestra.
Sofia había conseguido mantener su excitación. La ayuda del pequeño vibrador junto con el movimiento acompasado del pene del muchacho, la estaban transportando al paraíso. Esa tranquilidad, y ese compás era lo que le hacía falta, conocía muy bien su cuerpo y sabía como debía tocarse y moverse para alcanzar el clímax. El momento estaba llegando.
—Dale fuerte. Hazme gritar —El chico se asustó al oír estas palabras, pero como buen pupilo, la agarró fuertemente por las caderas y empezó a embestirla como un tren de mercancías. Ella ya estaba a punto, dejó caer el pequeño huevo y se agarró fuertemente a las sábanas. Mordió una de las almohadas que había en la cama para ahogar un grito, más por costumbre que por otra cosa, ya que no había ningún vecino que la pudiera oír. Notó que se venía, las piernas le flojearon y contrajo su vagina, apretando fuertemente la polla del muchacho. A él no le hacía falta nada más. Forzó una última embestida y quedó su cuerpo apretado contra las caderas de ella mientras sentía como el semen volvía a rellenar de nuevo el preservativo. Aguanto las pequeñas convulsiones de su cuerpo. Se retiró y se dejó caer sobre la cama. Ella también había quedado rendida.
Lo que pasó a continuación, fue violento, él no sabía cómo irse y ella no sabía cómo echarlo. Al final el muchacho se levantó y se empezó a vestir. Ella seguía desnuda en la cama.
—No ha salido tan mal. —Se ruborizó. —Nos hemos compenetrado bien. —Él no tenía palabras. —Podríamos repetirlo otro día, si te apetece. —Parecía que un gato se le había comido la lengua.
—Si, me ha gustado, pero no estoy a la altura —dijo cabizbajo y avergonzado.
—Puedo ser tu institutriz y llevarte por el camino del vicio y la perversión — Sofia se había incorporado sobre la cama, colocado el dedo sobre los labios imitando un bigote y forzando un grotesco acento germánico.
Consiguió arrancarle una carcajada grotesca.
—Ja, Frau Sofia — Se cuadró él de forma militar. Los dos se rieron a carcajadas, se había liberado la tensión del ambiente. Ella se levantó y le dio un dulce beso en los labios. Él se había terminado de vestir y se lo devolvió. Llevaba una sonrisa en la cara que tardaría días en borrársele.
Bajó las escaleras y ella oyó como cerraba la puerta de la entrada. Se fue a duchar, la necesitaba, además le dolían las caderas. Es lo que tiene follar con jovenzuelos. Su ímpetu te deja destrozada. Pensó que quizá sería buena idea hacerle de “institutriz”. Los días pasaban y el estado de alarma llegaba a su fin. Los padres del muchacho ya estaban mucho más por casa. Ella lo seguía vigilando de tanto en cuando por la ventana del despacho cuando hacía sus rutinas. El calor de cada vez apretaba más fuerte.
Un día lo vio sobre la cinta de correr sin camiseta, con todo el cuerpo sudado. Sofía no había vuelto a tener ningún tipo de relación desde la tarde que habían estado follando. Su cuerpo le volvía a mandar señales. Se conocía bien, y sabía que significaba. El ver al muchacho de esa guisa, le hacía sentir un cosquilleo en su monte de Venus. Se apoyó en el cristal de la ventana. Solo llevaba una camisola. Seguía con su manía de ir con ropa cómoda hasta que terminara el estado de alarma. Empezó a acariciar su vello, y con los dedos jugando por la abertura de su raja. Arqueaba la espalda. Decidió llamar al muchacho, pero no quería que pasara lo de la otra vez.
Abrió su particular cofre del tesoro y extrajo un succionador de clítoris y un gel lubricante aromático, y volvió a la ventana a deleitarse. Su respiración se aceleró, y su espalda se arqueaba cada vez más. Apretaba sus piernas. Había que darle un Nobel al inventor del juguete. Lo soltó de golpe, buscó con desesperación su teléfono y marcó el número del muchacho. El joven tenía el terminal sobre el panel de control de la cinta, y lo cogió sin parar de correr.
—¿Si? —Contestó.
—Si te gustó lo del otro día, ven, que me apetece repetir. Entra por el garaje que te lo abro desde aquí. — Y colgó, no dejó tiempo a que el muchacho le diera réplica.
No habían pasado ni dos minutos cuando oyó subir al joven las escaleras. Subía apresurado como si quisiera apagar un incendio, y si, había fuego, pero en el cuerpo de Sofia. Se había desnudado, bueno, sacado la camisola y lo esperaba de rodillas sobre la cama. Seguía jugando con el succionador de clítoris, pero sin hacer demasiada presión, quería retrasar el orgasmo. El opositor, al verla, se quitó los zapatos y el pequeño pantalón de un plumazo. Le faltaban manos, buscó con la mirada donde estaba la caja de condones. Ella le leyó la mirada y le señaló el cajón.
—¡Pontelo y túmbate! — le ordenó, con voz grave e imitando el acento germánico como había hecho días atrás.
Obediente, se tumbó boca arriba, ella se acercó y se sentó a horcajas sobre ese falo completamente erecto. El muchacho había pasado de cero a cien, el tiempo de ir de una casa a la otra, sabedor que le esperaba un jugoso premio. Sofia se dejó caer de golpe, sobre el tronco hinchado. Lanzó un pequeño grito, de asombro ella, y el de sorpresa. El muchacho la agarró fuertemente por las nalgas, marcándole los dedos, y haciendo fuerza con los abdominales. Empezó follarla con fuerza y rudeza. La hacía saltar sobre sus caderas.
—¡Alto! — Gritó. Él paró en seco. —Tranquilo. Déjame a mí. No tengas prisa. Juega con mis pechos. — Ella siguió cabalgándole de forma suave, mientras seguía jugando con su clítoris. El muchacho obediente empezó a jugar torpemente con sus pechos, ella se inclinó sobre él para que lo tuviera más fácil.
Era torpe. Agarraba sus tetas como si estuviera amasando pan, pero sus manos eran fuertes, poderosas y eso le gustaba. Dejó el succionador a un lado. Dejó de cabalgar y empezó a mover las caderas adelante y atrás. Notaba el roce del miembro dentro de su cueva, y eso le gustaba mucho. Él intentaba aumentar el ritmo, pero ella le apretaba fuertemente con los muslos. Mandaba ella, y se seguiría el ritmo que ella decidiera marcar.
Estaban los dos jadeando, hasta que él puso los ojos en blanco, y volvió a agarrar fuertemente su culo, para aprisionarlo fuertemente contra él. Empezó a gemir. Sofia notaba el calor de su corrida dentro del preservativo. Esto la excitaba más si cabe. Llevaba ya un buen rato en ese punto dulce de no retorno. Ese punto que ella no quería cruzar. Ese punto que sabes que cuando lo cruzas ya no hay vuelta atrás. Se quedó inmóvil sobre él, Quería que recuperara un poco el aliento.
—Tranquilo, no te muevas, déjalo todo en manos de la profesora — No había descabalgado. Seguía con su polla dentro. El recuperó un poco la respiración e intentó zafarse de ella.
—Te dije que mando yo. —El pollón del muchacho apenas había perdido rigidez, como pasó la vez anterior. Sofía empezó a cabalgarlo con suavidad de nuevo, y notaba como se iba poniendo duro dentro de ella. Cuando el joven volvió a tenerlo completamente operativo, dejó que sus caderas cayeran con fuerza sobre él. Y empezó a repetir el movimiento. Se levantaba despacio para dejarse caer de golpe. El muchacho volvía a estar fuera de sí, intentando hacer que la polla alcanzara los rincones más oscuros de su coño. Bajó la presión de sus caderas y dejó que él tomara la iniciativa
Castigaba fuertemente su clítoris, mientras estaba cabalgando. Hacía tanto tiempo que estaba a punto, que el orgasmo casi le llegó de sorpresa, lanzando un suspiro y cayó sobre el fuerte pecho del muchacho. El liberado de la presión de sus caderas, y viendo que Sofía se había convertido casi en un ser inerte dio brío a su cuerpo y a fuerza de abdominales la sometía a un fuerte mete saca.
No tardó en correrse de nuevo. La follada había tomado un ritmo vertiginoso. Ella estaba en un limbo y ni se dio cuenta. Finalmente, Sofía se dejó caer hacia un lado. El preservativo había aguantado el segundo asalto sin problema y veía como el pene del muchacho se iba deshinchando y empezaba a escaparse el flujo espeso del chico.
Quedaron un rato los dos tendidos en la cama sin decir nada. La despedida no fue tan violenta como hacía unos días. El joven opositor estaba aprobando los exámenes con nota, y la profesora se sentía orgullosa de su alumno.
A los pocos días se decretó el fin del estado de alarma, y las cosas volvieron poco a poco a la normalidad. Pero una cosa había cambiado. Sofia tenía un nuevo amante, patoso, novel, pero a la vez explosivo y con ganas de aprender.
En nuestro primer relato os explicamos un poco de nuestra relación:
https://www.todorelatos.com/relato/252664/
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