Xtories

La Piscina de los Secretos

Sabe que miles de ojos la observan, pero esta noche no viene a vender productos, viene a vender secretos. Mientras el 'En Vivo' parpadea, Sofía decide desvestirse de su moralidad y contar cómo conoció a Lucas, en un lugar donde el riesgo de ser vista era parte del placer.

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El anillo de luz del "En vivo" parpadeó en la esquina superior de la pantalla del móvil, un pequeño recordatorio rojo de que miles de pares de ojos estaban clavados en ella en ese preciso instante. Sofía se acomodó en el sillón de terciopelo, dejando que la cámara capturara el escote generoso de su vestido de seda negro. El aire acondicionado de la habitación del hotel susurraba en el fondo, un contraste con el calor que empezaba a subirle por el cuello. Sonrió, esa sonrisa practicada que sabía que hacía que las donaciones se disparaban, y se llevó la copa de vino a los labios, mojándolos lentamente antes de hablar.

—¿Queréis saber la verdad? —preguntó, su voz bajando a un susurro conspirador—. Queréis saber cómo conocí a Lucas. No fue en una cena romántica, ni en un parque lleno de palomas. Fue sucio. Fue rápido. Y fue con un hombre que tenía novia.

Los comentarios comenzaron a desplazarse vertiginosamente por el lado derecho de la pantalla, una avalancha de emojis de ojos saltones y peticiones de más detalles. Sofía se recostó, cruzando las piernas para que la tela del vestido se tensara sobre sus muslos, y cerró los ojos un momento, dejando que la memoria la transportara de vuelta a esa noche en Tulum, hacía dos años.

El agua de la piscina infinita brillaba bajo la luz de la luna, mezclándose con el negro del océano más allá. El aire olía a sal y a los cítricos del champán que habían derramado earlier. Sofía recordaba el frío de los azulejos contra sus pies descalzos y la sensación de la humedad pegándole el bikini a la piel. No había nadie más allí, o eso había creído hasta que vio la silueta recortada en la barra del bar de la piscina.

Él estaba de espaldas, terminando una llamada telefónica con tono urgente, sus dedos golpeando nerviosamente la madera del bar. Sofía se había acercado, el agua chorreando por su cuerpo, sintiendo cómo su mirada devoraba la anchura de sus hombros y la forma en que su camisa de lino se le pegaba a la espalda. Cuando él colgó y se giró, la atracción fue un golpe físico, una descarga eléctrica que recorrió el espacio vacío entre ellos. Lucas. Sus ojos oscuros la escanearon de arriba a abajo, deteniéndose en el pecho, donde el bikini apenas cubría sus pechos duros y perky, y luego bajando a sus caderas.

—El hotel está cerrado —dijo él, pero no se movió para irse. Al contrario, dio un paso hacia ella.

—No para mí —respondió Sofía, acercándose hasta que sus pezones casi rozaban la tela de su camisa.

La confesión ante la cámara se detuvo mientras Sofía revivía el momento en que las manos de Lucas la agarraron por la cintura, fuertes y posesivas, levantándola sin esfuerzo para sentarla en la barra fría del bar. Ella se había envuelto las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la erección dura y prominente presionando contra su bikini mojado. No hubo presentaciones formales, no preguntas sobre su estado civil. Solo el sonido de su respiración entrecortada y el roce de la piel contra la piel.

—Tenía novia —susurró Sofía a la cámara, abriendo los ojos de nuevo, sus pupilas dilatadas por el recuerdo—. Estaba hablando con ella en el teléfono justo antes de que me metiera la mano en sus pantalones.

En la pantalla, los comentarios se volvieron una locura de "Cuckold", "Más", "Cuenta todo". Sofía se llevó una mano al pecho, acariciándose suavemente sobre la seda, imaginando que eran los dedos toscos de él.

Recordaba cómo había desabrochado el cinturón de Lucas con dedos temblorosos por la urgencia, liberando su cock grueso y palpitante al aire nocturno. Él no esperó. Con un movimiento brusco, apartó la tela del bikini que cubría su pussy, ya húmeda no por el agua de la piscina, sino por la pura excitación de saber que estaban en un lugar público, que cualquier camarero podría salir y verlos. La sensación de su glande deslizándose entre sus labios fue un éxtasis puro, un estiramiento delicioso que la hizo arquear la espalda y clavar las uñas en los hombros de él.

—Me folló contra la barra —continuó, su voz ganando un tono más gutural—. Duro. Sin piedad. Cada golpe me hacía gritar más alto, y él no me tapaba la boca. Quería que me oyeran.

La imagen mental era nítida: el agua salpicando con cada embestida, el sonido carnal de sus cuerpos chocando, los gemidos de Sofía mezclándose con el sonido de las olas. Lucas la miraba a los ojos con una intensidad feroz, una mezcla de lujuria y culpa que solo alimentaba el fuego. Él sabía que estaba traicionando a alguien, y eso lo hacía más salvaje. La cogió como si quisiera romperla, como si usar su agujero fuera la única forma de olvidar su culpa.

Sofía se deslizó un poco más abajo en el sillón, separando las piernas ligeramente frente a la cámara, sabiendo que el ángulo no mostraba nada explícito, pero la insinuación era clara. Podía sentir el calor húmedo entre sus piernas ahora, igual que entonces.

—Me giró —dijo, tragando saliva—. Me puso a cuatro patas sobre la tumbona cercana. El plástico estaba caliente bajo mis rodillas.

La visión desde esa posición había sido increíble. El hotel se alzaba sobre ellos, un laberinto de balcones oscuros y ventanas iluminadas. Había cientos de ventanas, cientos de posibles voyeuristas observando la escena desde la seguridad de sus habitaciones. La posibilidad de ser vista, de que alguien estuviera grabándolo con un teléfono desde arriba, le dio un orgasmo casi inmediato cuando Lucas entró en ella de nuevo, esta vez más profundo, llenándola por completo.

—Me sentía una puta —confesó Sofía, la palabra saliendo dulce y venenosa de sus boca—. Y me encantaba. Él me agarraba el pelo, me tiraba de la cabeza hacia atrás, y me preguntaba si me gustaba su polla. Le dije que sí. Le dije que era mejor que la de su novia.

Esa mentira, esa pequeña crueldad, había empujado a Lucas al borde. Recordaba cómo su respiración se había vuelto irregular, cómo sus movimientos se habían vuelto erráticos. Él no se preocupó por el preservativo; no hubo tiempo, ni espacio mental para la lógica. Solo el instinto animal de eyaculariar dentro de esa desconocida que lo había provocado.

—Se corrió dentro de mí —susurró Sofía, acariciando su interior de muslo—. Sentí su semen caliente llenándome, goteando por mis muslos mientras él seguía jadeando encima de mí.

La escena terminó con él retirándose, su cock brillando con sus fluidos mezclados, y la vergüenza post-orgasmo cubriéndoles el rostro a ambos mientras se arreglaban la ropa en silencio. Pero la semilla ya estaba plantada, tanto literal como metafóricamente.

Sofía miró directamente a la lente de la cámara ahora, su expresión una mezcla de desafío y satisfacción.

—Esa noche nos encontramos de nuevo en su habitación —dijo con una sonrisa pícara—. Y esta vez, su novia nos llamó por videollamada mientras él me comía el coño. Pero esa... esa es otra historia para otro livestream.

El contador de espectadores seguía subiendo. Sofía apagó la luz de la habitación, dejando que solo el brillo de la pantalla iluminara su rostro, una máscara de placer y secretos compartidos en la oscuridad digital. Sabía que mañana se arrepentiría un poco, que la vergüenza volvería, pero por ahora, el poder de la confesión y el recuerdo de aquella noche traicionera en la piscina la hacían sentir más viva que nunca.