Xtories

Castillo de naipes 2/8

Se suponía que era solo un viaje de amigos. Pero cuando el amor propio se rompe, a veces es necesario perderlo todo para encontrar lo que realmente se deseaba. Marco y Natalia descubrieron que la química no se borra con el tiempo, solo se esconde.

Fernando5.3K vistas9.5· 28 votos

A Natalia la conocí de una manera muy extraña.

Me gustaba mantenerme en forma, pero no me gustaban los gimnasios. Me gustaba mucho el ciclismo, lo practiqué durante muchos años, hasta que probé la bicicleta de montaña y fue como descubrir un mundo apasionante. Fui evolucionando, me inscribí en un club que hacía salidas todos los fines de semana, y decidí adquirir una bicicleta de montaña eléctrica, era una ayuda en algunas subidas criminales.

Las semanas y los meses, hicieron que me juntase con personas muy afines a mí y con mis mismas aficiones. Éramos cinco hombres muy unidos, todos solteros, pero con novia o comprometidos, todos menos yo.

Teníamos un grupo de wasap donde hablábamos y nos mandábamos historias, memes y como no, videos guarros, lo normal en un grupo de hombres. Un día uno de ellos mandó un mensaje:

«Estoy pensando. Se acerca un fin de semana muy largo y me gustaría proponeros algo interesante. Irnos a Picos de Europa a hacer un circuito al Macizo Central/Oriental. Es un circuito muy exigente y a Marco le vendrá bien para probar su nueva bicicleta eléctrica. ¿Qué os parece?»

A todos nos gustó la idea, bueno, a todos menos a Carlos, que era el típico que siempre ponía pegas a todo, y si no era idea suya, todo le parecía horrible. El que la propuso, ya había pensado en todo e ignoró a Carlos.

«Ya lo tengo todo pensado. Incluso ya he hablado y apalabrado una casa rural, grande, con cinco habitaciones y un equipamiento que seguro que os gustará».

Hablé de llevar solo dos coches, pero todos me dijeron que mejor cada uno el nuestro por tema de equipajes y bicicletas. Yo asumí la idea de que solo iríamos los chicos, pero el día de la partida cuando llegué donde habíamos quedado, me quedé sorprendido y disgustado al ver a todos y cada uno con sus respectivas novias. Eso significaba que iría de sujeta velas, algo que no me atraía nada, aunque ya no me podía echar atrás.

—Marco, menos mal que has llegado, mira ha surgido un problema. El coche de Carlos se ha averiado ¿no te importaría llevarlos en tu coche? Es el más grande y tienes sitio en el portabicicletas.

—No, claro, sin problema. —Dije disgustado y resignado.

—Estupendo, entonces Carlos, cargas las cosas en el coche de Marco y vámonos.

Mientras Carlos empezaba a montar su bicicleta en el portabicicletas, su novia me ayudó a meter el equipaje en el maletero, momento en el que se presentó:

—Ya que nadie nos presenta y encima vamos a ocupar tu coche, creo que es mejor que me presente yo sola, soy Natalia.

—Mucho gusto en conocerte, yo soy Marco.— Dije dándola dos besos.

—Y perdona por esto. El coche ya venía avisando que algo ocurría, pero el inútil de Carlos hizo oídos sordos. Siempre ocurre lo mismo y ya me tiene harta, y…y…y perdona, me estoy desahogando un poco contigo y apenas nos conocemos.

—Tranquila, no te preocupes, verás como lo pasamos en grande.

Ella solo me sonrió agradecida. Pude fijarme un poco en ella. Morena, de ojos azules grandes y expresivos, una cara preciosa, labios carnosos pidiendo ser besados y un cuerpo que aunque iba con ropa holgada y cómoda, se adivinaba perfecto y tonificado.

Durante todo el viaje, Natalia se mantuvo en silencio. Yo intentaba integrarla en la conversación superficial que tenía con su novio, pero ella solo respondía con monosílabos:

—Déjala, no te preocupes por ella, está en sus días, ya me entiendes. —Dijo echándose a reír.

Yo solo miré por el retrovisor y leí en sus labios como decía —gilipollas— y miraba por la ventana. El viaje fue tenso, se podía cortar el aire entre ellos y algo en mi me decía que ese fin de semana largo no iba a terminar bien para esa pareja.

Más o menos el fin de semana comenzó como estaba previsto, salvo porque Carlos y Natalia ni se miraban. Esa noche en la cena, Carlos se sentó y todos esperábamos que Natalia se sentase a su lado, pero no, ella se sentó en la silla que estaba libre a mi lado y me molestó mucho el desprecio con que Carlos la miraba, poniendo gesto de asco cada vez que hablaba.

Las habitaciones estaban asignadas. La mía era la más pequeña ya que venía solo, aunque la cama era grande. Esa noche cuando todos nos retiramos a nuestras habitaciones, se pudo escuchar en mitad de la noche a Carlos y Natalia discutiendo. Estuvieron un buen rato, hasta que se oyó un portazo y todo quedó en silencio.

Al día siguiente me levanté temprano, me duché y fui a la cocina. Pero mi sorpresa fue cuando salí al salón y me encontré a Natalia durmiendo en el sofá. Me dio una lástima horrible, ya que se notaba que había estado llorando. Fui a la cocina y preparé café, cuando estuvo listo, llené dos tazas y me fui a donde estaba Natalia. La desperté suavemente y cuando me miró, y señalé con la vista su café, ella me sonrió agradecida:

—¿Noche difícil? —Pregunté.

—No lo aguanto más, anoche fue la gota que colmó el vaso. He terminado con él.

—Vaya, siento oír eso, pero no deberías ser tú quien duerma aquí.

—Eso, a ese estúpido se la suda. Es él, luego él, y seguidamente él de nuevo. Te lo juro, ojalá me hubiese traído mi coche, ahora podría irme, no lo soporto.

—Escucha, si necesitas mover tus cosas o simplemente desaparecer de aquí un rato, te llevo yo mismo donde haga falta. Y si quiere ser el centro del universo, que lo sea, pero solo en su habitación. Ahora mismo lo importante es que te despejes. Bebe el café tranquila y, cuando estés lista, me dices. Mi coche es tu coche hoy.

Natalia dio un sorbo largo, sujetando la taza con ambas manos como si buscara calor.

—¿De verdad harías eso? —preguntó con la voz aún algo quebrada.

—Claro. Faltaría más. De hecho, si quieres que le diga un par de verdades antes de irnos para que sepa que no estás sola, solo tienes que darme la señal.

Natalia me miró por interminables minutos, mirándome a los ojos, intentando averiguar si detrás de mi ofrecimiento había algo más. Pero cuando se dio cuenta que hablaba en serio, y desde la honestidad, me sonrió.

—No, no será necesario que te enfrentes a él, eso sería una pérdida de tiempo. Además, es tu amigo.

—No Natalia, no es mi amigo, solo es un conocido que viene con nosotros a una salida en bicicleta. De hecho, y lo hemos hablado los demás, hubiésemos agradecido que no hubiese venido.

—Ya, lo puedo entender. Pero yo pagué este viaje, pensé que nos ayudaría a reconectar, y lo que tengo claro es que quiero pasarlo bien, yo me quedo, si quiere irse él, que se vaya, ya no me importa.

Esa mañana nos fuimos los cinco con nuestras bicicletas a hacer el recorrido por los Picos de Europa. Fue tan duro como impresionante y disfruté como hacía tiempo no lo hacía. Durante todo el recorrido, Carlos ni habló con nosotros, incluso mantuvo cierta distancia del grupo. Al principio le esperábamos, pero luego decidimos, que si no quería seguir el ritmo del grupo, era su problema.

Cuando llegamos, las chicas fueron al encuentro de sus parejas, menos Natalia que vino a saludarme a mí. Eso me descolocó y me puso en una situación algo incomoda:

—Natalia, no deberías de hacer esto. Tu novio está a unos metros. —Dije en un susurro.

—Ese ya no es mi novio. Dos años perdidos con un estúpido integral. —Dijo Natalia lo suficientemente alto como para que todos lo oyésemos.

Carlos no dijo nada. Se fue a su habitación, se duchó, comió algo, pero sin sentarse a la mesa, volvió a su habitación y no salió hasta el día siguiente, cuando un coche, conducido por una mujer, se paró frente a la casa. Al momento, salió Carlos de su habitación con su maleta, montó su bicicleta en el portabicicletas de ese coche y haciendo un gesto con la mano, a modo de despedida, se marchó.

—Mejor, —dijo Natalia—, mucho mejor, a partir de ahora, sí que lo vamos a pasar bien.

El resto del día cierto es que lo pasamos mucho mejor. Ya no había esa tensión en el ambiente que Carlos creaba, y a Natalia se la veía más relajada, sonriente y comunicativa, y algo que me sorprendió, es que no se separó de mi lado en todo el día. Por la tarde me ofrecí a acercarme al pueblo a por algo de provisiones, todavía nos quedaban un par de días y estábamos bajo mínimos, y Natalia se apuntó a venirse conmigo y no dejarme solo.

Hasta que llegamos de nuevo a la casa con la compra hecha, hablamos mucho de todo. En ningún momento nombramos a Carlos, tampoco hizo falta, había mucho de lo que hablar. Así me enteré de que Natalia tenía veintiocho años, que tenía la carrera de económicas y era directora de una sucursal bancaria. Aún vivía con sus padres porque el tema de la vivienda estaba imposible, aunque tenía muchas ganas de independizarse. Me contó más cosas pero fue inevitable su pregunta:

—Bueno, hemos hablado mucho de mí, pero de ti no hemos hablado nada ¿Quién es Marco?

­—Lo más básico, es que soy ingeniero civil. Trabajo en ACS manejando varios proyectos nacionales, mis padres están divorciados y yo sí he logrado independizarme. Estoy soltero y sin ningún compromiso.

—Interesante, — dijo ella,— y cuéntame ¿vives de alquiler?

—No, ni mucho menos. Tengo mi casa en propiedad.

—¿En propiedad? ¿Y con que banco tienes la hipoteca? Upsss…perdón, es deformación profesional.

—¿Hipoteca? No, no tengo hipotecas. Mi casa esta pagada.

— A ver Marco, ¿conduces un coche impresionante y además me cuentas que tienes piso propio?...¿Que sueldo tienes?

En ese momento me mordí la lengua. Me había dejado llevar por la conversación frente a una mujer, que no mintamos, quería impresionar. No le iba a contar que venía de una muy buena familia, que mi madre era millonaria, que mi padre, aunque con dificultades, seguía conservando sus empresas, y que yo, tenía más de dos millones de euros en el banco, la mayor parte invertido, y vivía muy bien.

Me acordé enseguida de mi madre cuando me lo dijo, —hijo, cuida tu estatus y tu patrimonio.— Pensé rápidamente y mentí, para zanjar esa conversación incomoda.

—Natalia, yo tengo un sueldo acorde con mi puesto de ingeniero civil. No es un sueldo bajo, pero tampoco para tirar cohetes. El tema es que tenía un dinero ahorrado, lo invertí en criptomonedas, y bueno, tuve suerte y una rentabilidad brutal.

—¡Ah! Entonces se entiende lo que me has contado…chico listo, eso me gusta.

Cuando llegamos de nuevo a la casa y descargamos todos los víveres, Natalia se disculpó y subió a su habitación a ducharse y cambiarse. Cuando bajó de nuevo se veía radiante y muy sensual, con unos leggins que delineaban unas piernas perfectas y un culito redondito y respingón. Un forro polar entallado, mostraba una cintura estrecha y un busto muy generoso. Todo el conjunto en si confería a una mujer bellísima y en ese momento agradecí a Carlos que fuese un gilipollas.

El resto de la noche transcurrió igual. Cena, luego sobremesa, y para terminar tomando unas "coca colas con misterio" aunque cuando Natalia probó el suyo, lo dijo seria:

—¿Misterio? El mío lleva ron, me gusta.

Todos estallamos en carcajadas y ese comienzo hizo que la noche fuese muy divertida.

Una vez terminada la velada, cada uno nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones a dormir. Habría pasado algo más de una hora, cuando llamaron a mi puerta con suavidad. Cuando se abrió, apareció la cabeza de Natalia:

—¿Duermes? —Preguntó.

—Lo intento, aunque echo de menos mi cama.

—A mí me pasa algo parecido. —Dijo en voz baja.— ¿Puedo pasar?

—Claro, pasa, no hay problema.

Natalia se tumbó en la cama, apoyando su espalda en el cabecero. Seguía teniendo el mismo atuendo que llevaba esa noche. Nos pusimos a hablar, pero más profundamente sobre nosotros mismos, deseos, metas, gustos, películas, comidas, ambiciones, música…

Natalia me habló de su miedo a no poder formar una familia, por la falta de compromiso de los hombres con los que había mantenido una relación:

—¿Sabes? Me faltan dos años para cumplir los treinta, y la verdad, después de lo de Carlos ya he perdido la esperanza. Me veo dentro de unos años, con una casa y un par de gatos.

—¿No piensas darle otra oportunidad? —Pregunté.

—¡¡¿Estás loco?!! —Exclamó.— Después de cómo me ha tratado y de mostrar su verdadera cara, ni atada vuelvo con él.

Cerca de las cuatro de la mañana, se fue a su habitación. Antes de irse, me besó la mejilla y me lo dijo:

—Marco, me alegro de haberte podido conocer. Pensé que este sería un viaje de mierda y estoy disfrutando como hacía tiempo que no lo hacía. Gracias, de verdad.

Ese tipo de momentos, a las cuatro de la mañana y con la guardia baja, son los que suelen cambiar el rumbo de un viaje. Se notaba que Natalia había pasado de la defensiva a una vulnerabilidad absoluta conmigo; ese miedo a la "casa y los dos gatos" era un clásico de quien ha sido decepcionado muchas veces, pero el hecho de que me lo confesase a mí, en mi habitación, dice mucho más de lo que las palabras expresan.

Pasé de ser un simple acompañante de grupo a convertirme en su confidente (y quizá en el motivo por el cual ese viaje dejó de ser "de mierda"). El contraste entre el portazo emocional que le dio a Carlos y el beso en la mejilla que me dio a mí, marcaba un cambio de ritmo interesante.

La vi salir, meneando ese precioso culito y lo confieso, la deseé, me quise imaginar como seria tenerla desnuda en una cama entregándose a mí, y me excité.

Al día siguiente seria nuestro último día. Quedamos los compañeros y yo en salir de nuevo con las bicicletas y hacer un circuito por los alrededores. Aunque me había acostado tarde, nos levantamos pronto para aprovechar el día. Además la chicas nos habían comentado que les gustaría hacer una barbacoa de despedida.

Estando haciendo esa ruta, escuché que entraba un mensaje de wasap a mi teléfono. En uno de los momentos que nos detuvimos para admirar el paisaje, tomé mi teléfono y leí el mensaje de un numero desconocido, pero enseguida supe que era de Natalia:

—No tardes, estoy triste sin ti.

—En una hora más o menos estamos allí. No estés triste —Respondí.

Y no lo voy a negar, entre Natalia y yo había cierta química y muchas cosas afines. La conversación de la noche anterior y ahora este mensaje lo confirmaban, pero en mi cabeza seguía resonando el consejo de mi madre y mentiría si dijese que Natalia no me gustaba, me gustaba a rabiar, pero después de muchas decepciones con mujeres iría con pies de plomo.

Cuando llegamos a la casa, a Natalia solo le faltó besarme. Me recibió con una gran sonrisa, su cara iluminada y su mano acariciando mi brazo y preguntándome que tal lo había pasado. Las demás parejas, aunque pareciese que estaban a lo suyo, no perdían detalle de nuestra interacción y cuando fuimos a dejar nuestras bicicletas uno de los chicos me lo dijo:

—Marco, a Natalia le gustas, y mucho.

—¿Y eso como lo sabes?

—Por cómo te mira, porque las chicas hablan entre ellas y lo ha confesado, y porque desde que se fue el otro día el estúpido de Carlos, ha vuelto a sonreír como lo hacía siempre.

—Ya, pero no sé, hace solo unos días que rompió con su novio, no quiero ser un rebote para ella, alguien con quien dar celos a su ex.

—Marco, solo te voy a decir una cosa. El noviazgo, o como quieras llamarlo, que tenía Natalia con Carlos, prácticamente murió hace un año cuando ese cretino la engañó con otra. Ella decidió darle otra oportunidad, pero aunque Carlos lo negaba, la seguía viendo. De hecho quien vino a recogerle el otro día, fue la otra, y lo hizo sin ni siquiera ponerse colorado.

—Vaya, eso no lo sabía, Natalia no me lo ha contado.

—Pues ahora lo sabes. Ella lo ha pasado muy mal, solo está pidiendo una oportunidad para ser feliz.

Tengo que reconocer que lo que me dijo me dejó impresionado. Eso decía mucho de ella. Perdonar una infidelidad y seguir un año entero con ese tipo, encima sabiendo que se seguía viendo con la otra, me dijo mucho sobre su manera de amar y de perdonar.

Cuando entré en la casa, ella estaba con las chicas riendo en la terraza con una copa de vino blanco. La verdad es que era fácil enamorase de semejante bellezón, era lista, divertida y ambiciosa, algo que me gustaba en una mujer.

Me fui a duchar y a cambiar de ropa. Cuando me fui a reunir con ella en la terraza, hice algo impulsivo. Le pasé mi brazo por sus hombros, la acerqué a mí y besé su sien con cariño. Ella me miró sorprendida, pero en su mirada, había ilusión:

—¿Y eso, que ha sido? —Preguntó con una gran sonrisa.

—Bueno, me dijiste en tu mensaje que estabas triste sin mí, y quiero que sepas que no quiero verte triste.

—Contigo a mi lado, es imposible.

Y delante de todos, abrazó mi cintura y besó mi mejilla. Sobra decir que ese gesto fue motivo de bromas durante un buen rato, pero en ningún momento, Natalia deshizo ese abrazo.

El resto del día fue en la misma dirección. Natalia no se despegó de mi lado, teniendo gestos cariñosos, agarrada de mi brazo y hablándome con una gran sonrisa en sus labios. En la comida y la sobremesa, sentada junto a mí, rozando nuestras piernas y tomando mi mano y entrelazando nuestros dedos. Por la tarde fuimos a dar una vuelta y en todo momento estuvo agarrada de mi brazo.

Esa noche cuando nos fuimos a dormir, al día siguiente nos marchábamos, cuando pasó un tiempo prudencial, Natalia llamó a mi puerta y volvió a tumbarse en mi cama, esta vez frente a mí. Venía con una camiseta de manga larga y unos pantalones cortos, mostrando sus perfectas piernas:

—Marco, no te lo he preguntado, pero ¿mañana me podrías llevar en tu coche?

—Por supuesto que sí. ¿Acaso lo dudabas?

—No…bueno, pero quería estar segura, que no hubiese malentendidos.

—Natalia, yo te traje aquí, yo te dejo en tu casa. No te preocupes.

—Eres un cielo ¿lo sabes?

—Algo me habían dicho. —Dije sonriendo.

Ella se echó a reír y se acercó más a mí, quedando nuestras caras muy cerca la una de la otra, mirándonos a los ojos. Volvimos a hablar, contándonos muchas cosas de nosotros, descubriendo afinidades que ni conocíamos, hablando de lo que desearíamos en un futuro no muy lejano.

No recuerdo ni la hora, pero me quedé dormido. Si recuerdo que intentaba mantener mis ojos abiertos, pero era imposible, hasta que en un parpadeo, me sumí en un profundo sueño. Cuando me desperté, no sabía ni la hora que era, me sorprendí, ya que Natalia estaba dormida a mi lado. Estaba haciendo la cucharita conmigo, y yo la mantenía abrazada contra mí. Tenía su culo perfectamente apoyado en mí, ya inevitable erección mañanera. Sentía su calor, su redondez y mi polla perfectamente acoplada entre sus dos nalgas. Me quise morir de vergüenza e intenté moverme para separarme de ella, pero eso solo hizo que se despertase:

—Ummm…¿Marco, que hora es? —Dijo con voz somnolienta.

—Es…espera que lo miro.

Cuando logré alcanzar mi teléfono móvil, la pantalla marcaba las 06:45. Habíamos quedado en levantarnos a las 08:00, para, desayunar, ducharnos, recoger toda la casa y cargar los coches. Así podríamos salir sobre las 11:00 o 11:30 horas.

—Son las siete menos cuarto, —susurré,― todavía podemos dormir un poco más.

—Genial, —dijo dándose la vuelta y quedando frente a mí,— entonces vamos a aprovecharlo.

Se hizo un ovillito y se acurrucó junto a mi:

—Abrázame ¿quieres?

Volví a abrazarla, atrayéndola de nuevo hacia mí. Acaricié su espalda, notando la ausencia de sujetador. Al poco volvía a escuchar su respiración acompasada, síntoma de que se había vuelto a dormir. Pero yo ya no pude pegar ojo, sabiendo a la mujer que dormía en mi cama y a quien tenía abrazada.

Lo quería negar, mi mente se negaba a reconocerlo, pero mi corazón me decía lo contrario. ¿Me había enamorado de Natalia? Pues probablemente, pero me negaba a empezar algo, sabiendo que solo hacia cuatro días que había terminado con su novio. Me parecía apresurado por su parte e inconsciente por la mía si lo aceptaba. Ella tendría que madurar esa ruptura, aceptarla, no utilizarme a mí para borrar esa relación, por mucho que me dijesen que hacía un año que había terminado.

Cuando nos levantamos, Natalia me miró con cariño, me abrazó y me lo dijo con sinceridad:

—Gracias por dejarme dormir contigo. Hacía tiempo que no dormía tan bien. Puede sonar infantil, pero…pero me sentí protegida en tus brazos, eso me gustó.

—Me alegra que te hayas sentido a gusto.

—Bien, creo…creo que debo de ir a mi habitación, hacer la maleta y prepararme.

—Claro, yo haré lo mismo. Nos vemos en el desayuno.

Noté que Natalia estaba decaída. Su sonrisa de estos días atrás había desaparecido, y sonreía débilmente ante cualquier comentario. Ella no dejaba de mirarme, de intentar adivinar lo que pasaba por mi cabeza.

Sobre las 11:30 horas, ya teníamos todos los coches cargados y las bicicletas montadas en sus respectivos transportes. Antes de emprender la marcha, nos despedimos todos, ya que iríamos cada uno por nuestro lado.

El viaje a Madrid fue tranquilo. Tuvimos una conversación relajada, hablando de la semana que iba a comenzar y de lo incómodo que sería volver a la normalidad después de estos días tan divertidos. En ningún momento ninguno de los dos hizo mención de Carlos, ni de su extinta relación.

Cuando llegamos a Madrid, Natalia me dijo que la dejase en cualquier parada de Taxi y que ella ya se iría por su cuenta a su casa, algo a lo que me negué:

—Natalia, te he traído hasta Madrid y me niego a dejarte en una parada de Taxi. Te dejo en la puerta de tu casa, y eso no admite discusión.

—Bueno, está bien, ¿sabes dónde está El Viso?

—Más o menos. Si me das la dirección, la meto en el navegador y nos lleva allí directamente.

Cuando llegamos a un impresionante chalet de dos plantas, en uno de los barrios más elitistas y seguros de Madrid, me quede sorprendido por el lugar. Tuvimos que pasar un control de seguridad, el guarda enseguida conoció a Natalia y la saludó con afecto. Tuvo el poco tacto de preguntar por su novio Carlos, a lo que ella de forma seca y cortante le respondió.

—Carlos y yo ya no somos novios, no somos nada, espero que recuerdes eso por si se presenta aquí, porque si lo dejas pasar, tu puesto de trabajo peligraría, ¿ha quedado claro?

—Cristalino, descuide no lo olvidaré.

Cuando iniciamos la marcha, ella lo murmuró:

—Gilipollas. Es peor que la vieja del visillo, siempre con chismorreos.

—Bueno, estará muy aburrido,—dije sonriendo.— ¿Vives aquí?

—Si, esta es la casa de mis padres.

Durante unos interminables segundos, ninguno de los dos dijo nada. Nos mirábamos de reojo, esperando que el otro dijese algo como…

—Buenooo…pues ha sido divertido, pero se terminó lo bueno…

Ese tipo de cosas que se dicen para intentar terminar un momento incomodo. Pero Natalia no dijo nada de eso. Me miró directamente y lo dijo:

—Marco, han sido unos días maravillosos y no lo voy a negar, me gustas, me gustas mucho, pero hay algo que intuyo que no va bien, algo ocurre. No es normal que durmamos en la misma cama y no intentases nada conmigo. ¿Acaso no te gusto?

—Natalia me gustas, por supuesto que me gustas, pero tú acabas de terminar una relación y ahora quieres empezar otra sin ni siquiera haber procesado lo ocurrido. No quiero ser el reemplazo, ni la tirita que se pone en la herida, no quiero intentar algo y que luego me hagas sufrir.

Natalia guardó silencio, pero esta vez no fue un silencio incómodo, sino uno cargado de peso. Se apartó un mechón de pelo de la cara y soltó un suspiro largo, como si las palabras de Marco hubieran pinchado un globo que ella misma no se atrevía a reventar.

—¿Una tirita? —repitió ella en voz baja, casi para sí misma—. ¿De verdad crees que te veo así?

—No es que lo crea Natalia, es que es la inercia de lo que estás viviendo —respondió Marco, suavizando el tono pero manteniendo la firmeza en la mirada—. Llevas años con él. Rompiste hace unos días. El cerebro necesita tiempo para entender que el "nosotros" ahora es un "yo". Si nos lanzamos ahora, no estarás queriéndome a mí, estarás huyendo de tu soledad. Y yo no quiero estar en medio de esa huida.

Natalia se revolvió en su asiento y miró por la ventanilla del coche. El reflejo del cristal mostraba sus ojos brillantes, quizá por la rabia, quizá por la verdad.

—Es muy valiente por tu parte decidir lo que yo siento, Marco. Y muy cómodo. Te proteges tú solo, te pones la armadura y me dejas a mí fuera, bajo la lluvia, diciéndome que es "por mi bien". ¿Y si lo que necesito para procesar lo ocurrido es, precisamente, darme cuenta de que hay personas como tú?

—No se trata de ser un héroe, Natalia. Se trata de que si me arriesgo, quiero que sea de verdad. No quiero que dentro de tres meses te despiertes, me mires y veas el fantasma de tu ex porque nunca te diste el espacio para echarlo de tu cama mental.

Ella se giró lentamente, apoyando la espalda en el marco de la ventana.

—¿Y cuánto tiempo es el "correcto"? —preguntó con un rastro de ironía—. ¿Tres meses? ¿Un año? ¿Tengo que pasar un examen de idoneidad emocional para que te atrevas a besarme?

—Creo que no lo entiendes Natalia. Yo actúo desde el miedo al abandono o a ser un "rebote". Tú actúas desde la urgencia de sentirte deseada y viva tras una ruptura. No es cuestión de tiempo, es cuestión de que si el destino quiere que estemos juntos, lo hará de una forma u otra, pero no ahora.

—¿El destino? ¿Aun crees en esas chorradas? —Dijo con burla.— Me decepcionas Marco, pensé que eras más…más…más hombre, más hecho, pero veo que me he equivocado, eres un niño al que le da miedo el compromiso.

Cuando dijo esto, abrió la puerta del coche, se bajó, me miró con displicencia y me lo dijo irritada:

— Está bien. Me voy. Necesitas espacio ¿no? Pues te lo doy todo. No me llames cuando decidas que ya soy "apta" para que me toques, porque puede que para entonces yo ya haya aprendido a estar sola de verdad. Adiós Marco.

—Adiós Natalia, que te vaya bien.

Abrió el maletero, tomó su maleta, y la vi desaparecer por la puerta de ese majestuoso chalet. Inicié la marcha y tomé rumbo a mi casa, con mil pensamientos en mi cabeza.

No fue fácil. Natalia se metió en mi cabeza de una forma que no conseguía sacarla. Fueron dos semanas difíciles en que mis fuerzas flaquearon y quise llamarla, decirle que estaba equivocado, que la deseaba y que mi vida sin ella carecía de sentido. Pero no lo hice, hubiese sido un suicidio emocional y durante veinte ocho años de mi vida, me había mantenido alejado de esos dramas.

Solo el paso de las semanas, los meses y la ayuda de mi madre, si, se lo conté todo y estuvo de acuerdo con mi decisión, aunque me dijo que no fuese tan rígido, lograron poner algo de cordura en mi cabeza.

Seguía yendo a montar en bicicleta con los compañeros con los que estuve en esa casa rural. Todos menos Carlos, que desapareció de la faz de la tierra, aunque eso casi fue mejor para todos, nadie lo soportaba.

Por "radio patio", me enteré de que Natalia seguía con su vida. Seguía soltera, sin nadie en su vida. Su ex Carlos, quiso acercarse de nuevo, eso reconozco que me confirmó lo que le decía a Natalia, y no quiso entender, aunque también me confirmaron que no dudó en mandarle a la mierda sin dudar.

Con el paso de más meses, todo empezó a caer en el olvido. Cada uno siguió con su vida, aunque las noticias sobre Natalia prácticamente desaparecieron, hasta que no supe más de ella. Yo tuve algunas citas con mujeres que buscaban una estabilidad desesperadamente debido a que ya no eran unas jovencitas alocadas y buscaban a alguien a quien aferrarse, pero se las veía venir de lejos y lo confieso, las utilizaba y las descartaba.

Mi trabajo, y mi dedicación a él, dio sus frutos. Hubo una promoción y me ascendieron a director nacional de proyectos, con el consiguiente aumento de sueldo sustancial y un despacho con vistas a la sierra de Madrid.

Se que ocurrió a finales del mes de abril, un miércoles. Ya había pasado más de un año, diría que año y medio, pero no lo podría asegurar. Había acudido a una reunión, y cuando salí, me acerqué a una cafetería a tomar un café, y entonces la vi, a Natalia sentada en una mesa, sola, mirando por un gran ventanal como pasaba la gente.

Cuando me sirvieron mi café, dudé en si me acercaba a saludar o lo dejaba pasar, no es que terminásemos muy bien en nuestra despedida. Pero lo cortés no quita lo valiente. Así que, cuando me sirvieron mi café, me dirigí hacia donde estaba Natalia, ella no me vio llegar, y cuando estuve en esa mesa la saludé:

—Hola Natalia.

Ella giró su cabeza y me miró, aunque en un principio le costó situarme, hasta que abrió mucho sus ojos:

—Mar…Marco…que…que…como…

—Tranquila Natalia, solo he entrado a tomar un café y te he visto. ¿Puedo sentarme?

—Claro, claro, por favor, siéntate. —Respondió aún muy sorprendida.

Me senté frente a ella, dejando mi café sobre la mesa pequeña y redonda. El vapor subía entre los dos, creando una pantalla casi invisible. Natalia seguía con la mirada fija en mí, sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la taza de porcelana que sostenía.

—Te ves... te ves bien, Marco —dijo finalmente, recuperando un poco el aliento. Su voz era más pausada, menos afilada que la última vez que nos vimos.

—Gracias. Tú también. Te veo más... no sé, ¿serena? —Me arriesgué a decir.

Ella esbozó una sonrisa triste, bajando la vista a su café.

—He tenido mucho tiempo para pensar. Aquel día, cuando me dejaste en mi casa... me dolió mucho lo que dijiste, me sentí rechazada, pero con el paso de las semanas entendí que tenías razón. Estaba desesperada por no sentir el vacío, y te estaba usando como un escudo. Fue egoísta por mi parte.

—No fue egoísta, Natalia. Fue humano —la interrumpí suavemente.— Yo también fui un cobarde. Podría haberte acompañado de otra manera, pero me encerré en mi miedo a que me hicieras daño. Al final, los dos estábamos huyendo de algo.

Natalia suspiró y, por primera vez en toda la conversación, sus ojos buscaron los míos con una honestidad que me desarmó.

—¿Y ahora? —preguntó en un susurro—. Ya no hay heridas abiertas, Marco. He pasado muchos meses aprendiendo quién es esta nueva Natalia que no tiene pareja. Ya no necesito una tirita.

El silencio volvió a hacerse presente, pero esta vez no era el silencio de la habitación vacía, sino el de una pregunta que flotaba en el aire de la cafetería, esperando que alguno de los dos se atreviese a responderla.

—Ahora solo somos dos personas tomando un café —respondí, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho—. Sin deudas del pasado. Solo dos personas que se han vuelto a encontrar.

Ella alargó la mano sobre la mesa, sin llegar a tocar la mía, pero acortando esa distancia que nos había separado durante tanto tiempo.

—¿Y eso es suficiente para ti? —me preguntó con un brillo de esperanza en la mirada.

Me quedé mirando su mano, a milímetros de la mía. El calor del café ya no era lo único que templaba el ambiente.

—Es más que suficiente —respondí, rompiendo finalmente la distancia y rozando sus dedos con los míos—. La última vez que nos vimos, estábamos rodeados de fantasmas. Ahora... ahora solo estás tú. Y me gusta mucho lo que veo.

Natalia dejó escapar una risa nerviosa, de esas que alivian la tensión acumulada durante meses.

—No te voy a mentir, Marco. Hubo días en los que te odié un poco. Te odié por tener razón y por ser tan malditamente cabezota. Pero luego, cuando el silencio dejó de asustarme, empecé a echar de menos nuestras charlas. Esas en las que no intentabas salvarme de nada, solo estar.

—Yo también te eché de menos —admití, sintiendo cómo me quitaba un peso de encima.—Me costó entender que, a veces, por querer proteger un "futuro" perfecto, estaba destruyendo el presente que ya teníamos.

Ella entrelazó sus dedos con los míos, esta vez con firmeza.

—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó, ladeando la cabeza con ese gesto que tanto recordaba—. Porque técnicamente esto es una primera cita... o una segunda oportunidad... o simplemente un café que se está quedando frío.

—Yo diría que es un "borrón y cuenta nueva" —dije sonriendo, mientras me olvidaba por completo de la prisa que tenía al entrar—. Empecemos por lo fácil: ¿Qué tal ha sido tu vida sin un "nosotros" de por medio?

Natalia se reclinó en la silla, sin soltar mi mano, y empezó a hablar. Me contó de su nuevo trabajo, de cómo había redescubierto la ciudad a solas y de la paz que sentía ahora. Mientras la escuchaba, me di cuenta de que mi miedo se había esfumado. Ya no era una tirita, ni un reemplazo. Éramos, simplemente, dos extraños que ya se conocían demasiado bien, intentando aprender a quererse desde cero.

Me hubiese gustado quedarme más rato con ella, seguir hablando de todo, un año da para mucho y seguro que teníamos mucho más que compartir, pero tenía otra reunión y ya iba tarde:

—Natalia te aseguro que me gustaría quedarme contigo, pero tengo otra reunión y se me está haciendo tarde.

—Claro, lo entiendo, yo también estoy alargando más de lo que debía mi hora del café. —Dijo con tristeza.

—Pero esto no significa que podamos quedar para tomar algo. —Dije besando su mano.

—Si no tienes planes esta noche ¿podríamos cenar juntos? —Me pidió Natalia.

—Claro eso estaría muy bien. ¿Te paso a recoger a tu casa a las 20:00 horas?

—¿Te acuerdas de donde vivo?

—Yo, no. Pero mi navegador sí. Tiene guardada tu dirección.

—¡Oh! Vaya…¿y mi número de teléfono? ¿Lo sigues guardando?

Tomé mi móvil, busqué su contacto, y le mostré la pantalla. Miró el teléfono, me miró a mí y seguidamente se puso colorada.

—Yo…yo…yo, en un arrebato de ira, borré el…el tuyo. —Dijo avergonzada.

Seguidamente su teléfono empezó a sonar con un número que en principio no tenía guardado y me miró con una sonrisa:

—Problema resuelto. Natalia de verdad, me tengo que ir. Te veo esta noche.

Me levanté de mi asiento, besé su mejilla y me fui. Ella agarró mi mano y me hizo detenerme, me giré y la miré:

—Estoy deseando que llegue las 20:00 horas para volver a verte.

Sonreí, solté su mano, y salí de esa cafetería sabiendo que, si todo iba bien, algo grande ocurriría con Natalia, aunque no sabía hasta qué punto.

A las ocho en punto de la tarde, estaba como un clavo, frente a esa mansión tan imponente. Sabía, bueno, más bien intuía, que Natalia ganaba un muy buen sueldo en ese banco. Aunque también sabía porque aún no se había independizado. Vivir en semejante casoplón, con las comodidades que debía de tener y todo pagado por papá y mamá, era algo difícil de ignorar, o por lo menos eso pensaba.

Pasaron un par de minutos de las ocho, cuando la vi salir, y se me cayó el mentón. Iba preciosa, embutida en un vestido, y digo embutida, porque entre esa tela y su piel, no cabía ni el aire, como decía embutida en un vestido color marfil, muy elegante, por encima de sus rodillas y con un escote, sencillo pero revelador. Unos zapatos de salón con un taconazo de diez centímetros, un bolsito de mano y un elegante chal tapando sus hombros era toda su vestimenta.

Me bajé del coche, la esperé en la puerta del acompañante, y cuando llegó a mi altura, le abri la puerta y besé su mejilla, inundándome de su perfume.

—Estas preciosa Natalia.

—Gracias Marco. Tú también estas muy guapo.

Cuando cerré su puerta y miré a su casa de nuevo, vi a alguien en una ventana del piso superior observando, y creí reconocer la silueta de un hombre, seguramente su padre.

La llevé a un restaurante muy elegante en el barrio de Salamanca. La cena discurrió como esperaba, una conversación muy amena, contándonos infinidad de cosas, recordando esos días en la casa rural, riéndonos de situaciones que habíamos vivido.

Ya en la sobremesa, con un café y un licor (sin alcohol para mí, había que conducir), hablamos de cosas más personales. Ella tomó mi mano, y entrelazó sus dedos con los míos:

—Sabes, y me avergüenza decirlo, porque llevabas razón. Carlos se puso en contacto conmigo de nuevo a los dos meses de lo de la casa rural.

—¿Y qué ocurrió?

—Lo que tenía que ocurrir. Me dijo que no le había gustado como había terminado todo y que me echaba de menos, que quería volver a intentarlo, que esta vez sería diferente.

—¿Y lo intentaste de nuevo?

—¿Estás loco? Ni atada volvía con ese cretino. Le mandé de nuevo a la mierda, bloqueé su número de teléfono, y lo eliminé de todas mis redes sociales.

—Pero habrás estado con alguien en este año y medio ¿no?

—A ver Marco, soy una mujer con sus necesidades, al igual que tú. Solo han sido relaciones esporádicas que nunca llegaron a nada. ¿Y tú? ¿Qué me dices de ti?

—Bueno algo parecido. Tuve dos relaciones más o menos importantes, pero que nunca cuajaron.

—Me lo imagino. Siempre has sido un poco exigente con eso de "conectar", ¿no? —dijo ella, esbozando una sonrisa traviesa mientras no soltaba mi mano.

—No es exigencia, es que... supongo que después de lo que vivimos aquellos días, el listón se quedó en un sitio complicado de alcanzar.

Ella guardó silencio un momento, bajando la mirada hacia nuestras manos entrelazadas. El murmullo del restaurante parecía haber desaparecido.

—A veces pienso en esa última noche en la casa rural —susurró—. En lo que no nos dijimos por miedo a estropearlo todo o porque pensábamos que el tiempo no se acabaría nunca.

—Yo también lo pienso. De hecho, me pasé meses ensayando conversaciones imaginarias contigo en el coche.

—¿Ah, sí? —soltó una pequeña carcajada, recuperando ese brillo chispeante en los ojos.— ¿Y qué me decías en esas charlas de conductor solitario?

—Cosas como que me daba rabia haber dejado que te fueras sin saber cuándo volvería a verte. O que, sinceramente, ninguna de esas "relaciones que no cuajaron" tenía tu forma de reírse de mis chistes malos.

Ella apretó mis dedos con suavidad y se inclinó más hacia mí sobre la mesa.

—Pues mira qué ironía, Marco. Aquí estamos, un año y medio después, en Madrid, con un café frío y la misma sensación de que nos debemos una explicación... o algo más. ¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir ensayando en el coche o vas a decirme qué quieres que pase esta noche?

Yo también me incliné hacia ella, acortando la distancia que nos separaba, hasta casi rozar sus labios con los míos y el beso fue inevitable. Fue un beso tierno, delicado y suave. Largo. Dejando que nuestras lenguas se conociesen, saboreándonos. Cuando nos separamos, lo confieso, quise besarla de nuevo, pero la postura era incómoda, y estábamos en medio del restaurante casi dando un espectáculo:

­—No me has respondido. ¿Qué quieres que pase esta noche?

—Vamos a mi casa a tomar algo ¿te apetece?

—Por supuesto que sí.

Los dos sabíamos lo que iba a pasar, era una tensión que había entre nosotros y que no se había desvanecido en el tiempo.

Ya en el coche, camino a mi casa, nuestras manos no estuvieron quietas. Caricias y besos apasionados en semáforos en rojo. Mi mano, oscilaba entre la palanca de cambios y su pierna izquierda, acariciando su piel suave. Ella acariciaba mi pierna derecha, subiendo hasta casi rozar mi ingle y lo confieso, mi erección era ya dolorosa e inevitable, sabiendo lo que iba a ocurrir.

Natalia se sorprendió muchísimo por donde vivía y la casa que poseía, pero según se cerró la puerta detrás de nosotros, ella se colgó de mi cuello y me besó con pasión y lujuria. Mis manos la abrazaron por la cintura, atrayéndola hacia mí, y presionando su pubis contra mi erección:

—Llévame a tu cama. —Me pidió Natalia.

Sin dejar de besarnos la fui dirigiendo hacia mi habitación, donde una cama king size nos aguardaba. Natalia me desnudó a mí y yo la desnudé a ella, recreándome en su cuerpo perfecto, en su lencería de infarto y de la desnudez hecha perfección.

La tumbé sobre el edredón, donde la luz suave de la estancia realzaba cada curva de su piel. Natalia era un incendio contenido que estalló en el momento en que nuestras pieles volvieron a entrar en contacto, ya sin barreras.

El tiempo parecía detenerse mientras el silencio de la habitación era ocupado únicamente por el sonido de la respiración compartida. En ese espacio, rodeados por el lujo de la estancia, la conexión entre ambos se sentía más profunda que nunca, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir al otro lado de la puerta.

Se dedicaron a explorar ese momento con calma, disfrutando de la cercanía y de la intensidad de sus miradas. Cada caricia y cada susurro reforzaba la complicidad que había nacido entre ellos, transformando la noche en una experiencia donde la pasión y el afecto se entrelazaban. Allí, en la quietud de la noche, se dejaron llevar por la promesa de una velada inolvidable.

Natalia se apoderó de mi erección, masturbándome, acariciando mis huevos con mimo. Besó mis labios con cariño, y fue bajando por mi cuello, mi pecho, mi abdomen, llenándolo de besos, hasta que abriendo mis piernas, se puso entre ellas y lamió mi escroto y mi pene hasta rodear con sus labios mi glande e iniciar una intensa mamada:

—Me encanta lo bien dotado que estás, tienes un miembro precioso, largo, grueso, poderoso, y luego esto, —dijo lamiendo mis huevos,— me encanta que estés depilado, suave.

Natalia volvió a engullir mi erección hasta provocarse una arcada. Le pedí que fuese con cuidado, que no hacía falta llegar a esos límites, que el placer que estaba dando me iba a hacer acabar.

Ella redobló sus esfuerzos. Ver como esa boquita engullía mi erección me llevó al límite y se lo hice saber:

—Por Dios Natalia, me…me voy a…Dioooos…a…a correr.

—Hazlo mi amor, córrete…

Y estallé en su boquita. Cerré mis ojos y empecé a correrme, escuchando como ella tragaba. Cuando abri mis ojos, aun en pleno orgasmo, vi la curvatura de su espalda, la redondez de su perfecto culo y mi orgasmo de alguna manera se intensificó, sabiendo lo que me iba a follar en breve.

Cuando terminó, se quedó saboreando mi balano, besándolo, lamiéndolo, no dejando que mi erección bajase. Acaricié su cabeza y ella me miró con ojitos de deseo:

—Ven Natalia, déjame devolverte el placer.

Ella trepó por mi cuerpo, hasta quedarse tumbada encima de mí. Me besó de nuevo y gire mi cuerpo, dejándola debajo de mí. Al igual que ella, bajé por su cuerpo llenándola de besos. Me entretuve en sus perfectas tetas, en esos pezones agradecidos que recibían mis atenciones.

Hice una parada en su tripita, en ese ombliguito perfecto que besé y lamí hasta que se retorció de la risa diciendo que le hacía cosquillas. Pero cuando llegué a su pubis, ella se abrió de piernas todo lo que su cuerpo le permitía. Tenía un coñito precioso, cerradito, que devoré con ansia. Hice que levantase sus piernas, dejándome su anito a la vista. Mi lengua, mis labios, lamieron besaron y devoraron ese manjar. Me follé su vagina con mi lengua y jugué con su clítoris hasta que noté como elevaba sus caderas y empezaba a bufar:

—Mi amor…mi amooor…me corroooo…me corroooooo…no paressss…

No paré. Segui lamiendo y chupando. Me folle su anito con mi lengua mientras estimulaba su clítoris con mi dedo pulgar y volvió a correrse inundando mi boca con su elixir:

—Fóllame mi amor, fóllame, no aguanto más. Llevo deseando esto desde que dormí contigo aquella noche.

Trepé por su cuerpo quedando entre sus piernas. Fue ella la que agarrando mi dureza, la dejó a la entrada de su coñito, estaba muy lubricada, yo solo me dejé caer sobre su cuerpo, hasta que mis huevos rebotaron en su anito:

—Asiiiiii mi amoooor…hasta los huevooooos… Diooooos que placeeeeeeer.

—Joder Natalia…que apretadita estas. —Gemi en su oído bombeando su coñito como un pistón.

—Así…asiiiiii…fuerte…más…maaaaaaaas…maaaaaaaaaaas…me corroooooooooo…

­—Nataliaaaaaa…me corroooo…

—Dentro mi amor… hazlo dentroooooo…

Y los dos estallamos en un orgasmo arrollador, mientras mi polla escupía semen como un surtidor en el útero de Natalia, que buscaba mi boca para besarme y gritar su intenso orgasmo abrazándome con sus piernas y clavando sus uñas en mi espalda.

Cuando nos tranquilizamos, nos llenamos de besos y cariños. Yo seguía enterrado en ella, mi polla dura como el acero, su vagina todavía con espasmos.

Con algo de dificultad, giré sobre mi cuerpo, quedándome tumbado y con Natalia encima de mí, y con mi verga bien clavada en su coñito:

—Cabálgame cariño, regálame otro orgasmo tuyo. —Le pedí.

Ella me sonrió con lujuria, mientras sus caderas empezaban un baile devastador. Le hice que se tumbase sobre mí, apoderándome de sus tetas, devorándolas, mientras mis manos se apoderaban de su culo, y mi dedo índice jugaba con la entrada de su anito:

—¿Te gusta mi amor? ¿Te gusta cómo te cabalgo?

—Por Dioooos…siiiiiiiii…

—Follame el culo con tu dedoooooh…metemelooooh…

Y lo hice. Disfruté de esa increíble mujer que se ofrecía a mí sin límites. Follamos durante ¿cuánto? ¿Diez minutos? ¿Media hora? Me dio igual. Gemimos, nos besamos, nos amamos… Natalia se corrió dos veces más, yo aguanté, debido a mis dos orgasmos previos, pero fue inevitable, y de nuevo llené su útero con mi corrida. Ella se quedó tumbada sobre mí, recuperándose de su orgasmo y dejando que yo me recuperase del mío.

Hubo cariño, pero fue en silencio, dejando que el calor de nuestra piel y el contacto de nuestros cuerpos, aún seguía dentro de ella, hablase por nosotros. Luego ella se recuperó ligeramente y se irguió, besó mis labios y me lo dijo:

—Te amo Marco, lo hice desde esa mañana que me pillaste dormida en ese sofá, en esa casa rural y me ofreciste un café y tú ayuda. Sería necio por mi parte ignorarlo. Esta mañana, cuando te he vuelto a ver…Dioooos, ha sido, ha sido increíble, todo lo que sentía, todo lo que pensé que había olvidado, resurgió como fuego alimentado con gasolina.

Me quedé mirándola, procesando el peso de sus palabras mientras el eco de su confesión llenaba el espacio que nos rodeaba. Le acaricié la mejilla, retirando un mechón de pelo húmedo que se le había quedado pegado a la frente, y sonreí con esa mezcla de alivio y deseo que solo ella lograba provocarme.

—Esa mañana en la casa rural... —susurré, acercándome de nuevo a su rostro—. Yo también lo sentí. Te veías tan vulnerable y, a la vez, tan fuera de mi alcance, que lo único que quería era protegerte.

Hice una pausa, buscando sus ojos, que aún brillaban por la intensidad del momento.

—Pensé que era el único que se había quedado atrapado en ese recuerdo. Pero hoy, cuando entré por esa puerta... fue como si el tiempo no hubiera pasado. No es gasolina, es que nunca llegamos a apagarnos. Si ser necio es ignorarlo, entonces yo he sido el mayor de los necios por intentar convencerme de que podía seguir adelante sin buscarte.

La atraje de nuevo hacia mí, sintiendo que, después de tanto silencio, por fin estábamos hablando el mismo idioma.

—No vuelvas a guardarte nada —añadí contra sus labios—. Porque yo no pienso volver a dejarte dormir sola en ningún sofá.

El beso y el abrazo duró lo que duró. Natalia se separó de mí, me miró con amor y acarició mi cara. Sus ojos estaban brillantes, casi inundados, volvió a besarme y me lo dijo con pesar:

—Me encantaría quedarme a pasar la noche contigo, pero creo que mañana los dos madrugamos y yo además tengo una reunión muy importante a primera hora y debo de ir despejada.

—Te tienes que ir ¿verdad?

—Si, debo hacerlo.

—Pues venga, nos vestimos y nos vamos. Te acerco a casa.

—No cariño, no es necesario. Llamo a un taxi.

—Natalia, yo te fui a buscar a tu casa, y yo te dejo sana y salva en tu casa, y eso no admite discusión.

—Gracias por ser como eres Marco.

Natalia pasó al baño a asearse. Nos vestimos y nos fuimos. Durante todo el trayecto a su casa nuestras manos, nuestros dedos, permanecieron entrelazados. Una vez llegados frente a su casa, pare el motor y nos quedamos mirando. Ella habló primero:

—Ha sido increíble Marco, lo he pasado muy bien, y he disfrutado como hacía tiempo no lo hacía.

—Me alegro Natalia, yo también lo he disfrutado.

—Bueno…emmm…creo que debo de irme…¿Volverás a llamarme?

—¿Qué si volveré a llamarte? Natalia te llamaré todos los días, y no solo llamarte, mañana no, porque seguramente termine tarde, pero este fin de semana lo quiero pasar contigo. Buscare algo para perdernos los dos.

—No mi amor, —dijo emocionada,— recógeme en el trabajo cuando termines, y llévame a tu casa, quiero saciarme de ti, que el lunes cuando llegue al trabajo, ande tan escocida y dolorida que casi no pueda andar.

Yo solo sonreí y la besé. Ella se bajó del coche, me lanzó un beso y la vi desaparecer por el jardín camino a la puerta principal de la casa de sus padres, y eran cerca de la 01:30 de la mañana, pero miré al segundo piso y volví a ver esa misma figura en la ventana, observando todo.

©Fernando, 2026.

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta, y todas mis obras publicadas, ni su incorporación a un sistema informático, ni por cualquier medio, sin la autorización previa y por escrito del titular del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Protected by Safe Creative.