Xtories

Cosas de chicas...

Descubrir que tu hija comparte tu amante debería ser el fin. Para Adriana y Lucía, fue solo el comienzo. Ahora, cuando el marido viaja, la casa se convierte en un escenario donde las reglas de la familia se desvanecen ante el deseo de ser vistas, tocadas y poseídas por otros. ¿Hasta dónde llegarán dos mujeres que ya no tienen nada que perder?

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Era un martes cualquiera cuando todo se rompió.

Lucía había dejado su celular cargando en la cocina mientras subía a bañarse. Adriana preparaba mate en la mesada, distraída con sus propios pensamientos, hasta que el teléfono vibró. Miró la pantalla sin querer. El nombre aparecía: Sergio. Y debajo, el mensaje: "Anoche estuvo increíble. Me encanta cuando te quedas después de clase."

Adriana dejó la pava en la mesa con un golpe seco que retumbó en toda la cocina.

Sergio era su profesor. El mismo con el que ella llevaba seis meses saliendo a escondidas. El mismo que le había dicho "eres especial, no es solo sexo" mientras la desnudaba en su departamento después de clase. El mismo que, según los mensajes que ahora leía sin poder parar, también le decía lo mismo a su hija.

Pasó una hora hasta que Lucía bajó. El teléfono estaba en la misma posición, pero Adriana estaba sentada en el sillón, con los brazos cruzados, la mirada perdida en la pared. Tenía el pelo castaño recogido en un rodete desprolijo, y a sus 42 años seguía teniendo esa figura que hacía girar cabezas en la facultad cuando iba a buscar a su hija: espalda recta, caderas anchas, piernas largas que la falda lápiz que usaba para trabajar marcaba sin pena ni gloria.

—Mamá, ¿estás bien?

—¿Tú también? —preguntó Adriana, sin rodeos—. ¿Con Sergio?

El silencio duró diez segundos que se sintieron como diez minutos.

Lucía se sentó enfrente. Tenía 20 años, el cabello castaño como el de su madre pero más claro, con reflejos que el sol le había regalado el verano anterior. Sus ojos verdes, grandes y profundos, se humedecieron sin que ninguna lágrima cayera. Era alta para su edad, un metro setenta y cinco, con un cuerpo delgado pero curvilíneo que las playeras holgadas que solía usar apenas disimulaban. En la facultad, los chicos la miraban. Ella siempre había fingido no darse cuenta.

—¿Él te dijo que eras especial? —preguntó Lucía, con la voz quebrada.

—Sí.

—A mí también.

Esa noche, cuando Carlos volvió del trabajo, las encontró cenando juntas en la cocina. Hablaban de cosas cotidianas, de la facultad, del trabajo, del aumento de las expensas. Nada raro. Carlos besó a su mujer en la mejilla, saludó a su hija con un gesto de cabeza, y se sentó a comer sin saber que acababa de entrar a una casa donde ya nada era igual.

Carlos era un hombre de 45 años, más pendiente de su trabajo que de lo que pasaba en su propia casa. Nunca había sido mal marido, pero tampoco había sido un marido presente. Las canas en sus sienes y la panza incipiente que le había crecido en los últimos años no le impedían sentirse todavía un hombre joven, pero había algo que había dejado de mirar hace tiempo: a su mujer.

Cortaron con Sergio al día siguiente. Cada una por su lado. No hicieron un escándalo en la facultad. No le contaron a nadie. Solo dejaron de contestar sus mensajes. Sergio insistió un par de veces, después desapareció.

Pero algo quedó.

Quedó la imagen de que habían compartido al mismo hombre sin saberlo. Quedó el coraje. Quedó también, aunque ninguna lo dijo en voz alta, la curiosidad de saber qué había visto él en la otra. Qué tenían cada una que el otro también quería.

Carlos siguió yendo a trabajar. No notó nada. Nunca notaba nada.

Pasaron dos meses.

Adriana y Lucía no hablaron del tema. Volvieron a la rutina. Carlos se iba temprano y volvía tarde. Los fines de semana jugaba futbol con sus cuates o se quedaba viendo la tele, roncando en el sillón antes de las once de la noche. La casa funcionaba como siempre, pero con una grieta invisible que ninguna se animaba a nombrar.

Un sábado, Carlos salió a un partido. Adriana estaba en la cocina, con un café, mirando el patio sin verlo. Lucía bajó con una playera holgada y el pelo mojado, recién salida de la regadera. El agua le había oscurecido el cabello, que ahora le caía húmedo sobre los hombros, marcando la tela fina de la playera contra sus pechos.

—¿Vamos a la plaza? —preguntó, como si nada—. A tomar algo. A mirar gente.

Adriana dudó. No era de esas madres que salían con sus hijas. Prefería quedarse en casa, leer, ver una serie. Pero ese día dijo que sí.

Se vistieron sin pensarlo demasiado. Adriana se puso unos jeans oscuros que le marcaban las caderas y una camisa blanca de lino que dejaba entrever la forma de sus pechos sin ser transparente. Se ató el pelo en una cola baja y se miró al espejo. No estaba nada mal para los 42 que cumpliría en dos meses.

Lucía, en cambio, eligió unos shorts de mezclilla que le quedaban justos, dejando al descubierto la mayor parte de sus piernas largas y tonificadas por años de danza clásica cuando era chica. Una playera blanca anudada en la cintura dejaba ver un trozo de su vientre plano, y sus pies calzaban unas tenis negras de lona. El pelo suelto, los labios apenas brillados.

En la plaza se sentaron en una banca con dos cafés. Y algo pasó.

Los hombres las miraban. No de pasada, no por cortesía. Las miraban. Un señor mayor las saludó con una sonrisa que duró más de lo necesario. Un chavo joven que corría casi se tropezó por mirar a Lucía. El mesero del café de la esquina les trajo las galletas sin que las pidieran.

—¿Viste? —dijo Lucía, en voz baja, mientras cruzaba una pierna sobre la otra y la tela del short se estiraba sobre su muslo.

—Vi —respondió Adriana, y sin querer, enderezó la espalda, empujando un poco más sus pechos hacia adelante.

No hicieron nada. Solo se quedaron ahí, tomando café, dejándose mirar. Cuando volvieron a casa, antes de que llegara Carlos, Lucía se recostó en el sillón y dijo:

—Contigo al lado, me siento más poderosa.

Adriana se rió.

—Yo me siento más joven.

Esa noche, cada una en su habitación, pensaron en lo mismo. En las miradas. En cómo los hombres las habían visto. En cómo, por un rato, no habían sido madre e hija. Habían sido dos mujeres.

Carlos llegó tarde, se bañó y se acostó. Adriana sintió su mano en su cadera, la rutina de siempre, los mismos movimientos de siempre. Se dejó tocar, pero su cabeza estaba en otro lado. En la plaza. En las miradas.

Cuando él se durmió a los pocos minutos, Adriana se quedó despierta, con los ojos abiertos en la oscuridad, pensando en cómo la habían mirado. Y por primera vez en muchos años, su propia mano bajó por su vientre mientras recordaba la sonrisa del mesero.

Se volvió un hábito.

Cada vez que Carlos tenía partido, o reunión, o viaje de trabajo, madre e hija salían. A veces a cenar, a veces solo a tomar algo. Y empezaron a arreglarse con más intención.

Un jueves, después de que Carlos anunciara que se iba a comer con unos clientes, Adriana aprovechó la tarde libre para ir al centro comercial. Volvió con una bolsa negra que escondió en el fondo de su clóset, detrás de los abrigos de invierno que ya no usaba. Dentro había una playera negra ajustada de una marca que nunca había comprado, con un escote redondo que dejaba ver el inicio de sus pechos, y una falda lápiz gris clara, tan ceñida que parecía pintada sobre sus caderas, con una abertura lateral que subía hasta medio muslo.

Se probó ambas cosas frente al espejo del clóset, con la puerta cerrada. Se miró de costado, se dio vuelta, observó cómo la tela de la falda se tensaba sobre sus nalgas. ¿Estoy muy vieja para esto?, pensó. Pero no se quitó la ropa. Se quedó un rato más, girando, mirándose, gustándose.

Lucía, por su parte, había empezado a revisar su propio clóset con otros ojos. Ya no usaba las playeras holgadas que le gustaban antes. Ahora prefería las que marcaban su cintura, las que dejaban ver la forma de sus pechos sin necesidad de escote. Una tarde, volviendo de la facultad, pasó por una tienda del centro y compró una playera color mostaza, de una tela suave que se adaptaba a su cuerpo como una segunda piel, y una falda plisada corta, de esas que parecen de colegiala pero quedaban peligrosamente arriba de la rodilla. También escondió esas prendas. Las dobló con cuidado y las metió en una bolsa de tela que guardó en el entrepiso de su clóset, donde su madre no revisaba nunca.

Cuando salían juntas, elegían esas ropas. Las que nadie más veía. Las que eran solo para ellas y para los hombres que las miraban.

Y los hombres las miraban.

En los bares, los meseros se acercaban con más frecuencia de la necesaria. En las plazas, los tipos que pasaban hacían comentarios bajos que ellas fingían no oír. En los cines, los desconocidos se sentaban cerca, demasiado cerca.

Nunca pasaba nada. Pero el juego era ese: cuánto podían provocar sin entregar nada.

Una noche, después de que un tipo les pagara dos tragos en un bar del centro, volvieron a casa con la piel erizada. Carlos estaba durmiendo desde hacía horas. Se sentaron en el sillón de la cocina, en la penumbra, con los tacones en la mano. Lucía llevaba una falda tableada que se le había subido sin querer (o queriendo) hasta casi mostrar la parte baja de sus nalgas. Adriana, unos jeans negros ajustados y una blusa de seda que dejaba ver el encaje de su brasier cuando se inclinaba.

—¿Tú también estás caliente? —preguntó Lucía, sin mirarla.

El silencio duró unos segundos. Adriana sintió cómo la palabra le recorría la piel.

—Sí —respondió, en voz baja.

No pasó nada entre ellas. Esa noche, cada una se masturbó en su cama pensando en las miradas de los desconocidos. Adriana lo hizo despacio, con los dedos, recordando cómo la había mirado el tipo del bar, un hombre de unos treinta y tantos que no le había quitado los ojos de encima en toda la noche. Lucía lo hizo rápido, casi con furia, imaginando las manos de esos desconocidos sobre sus piernas, sobre su cintura, subiendo por su playera.

Al día siguiente, desayunaron juntas como si nada.

Carlos no preguntó nada. Nunca preguntaba nada.

El viernes por la tarde, Carlos avisó que se iba todo el fin de semana. Un congreso fuera de la ciudad, algo de su trabajo que a él le parecía importante y a ellas, un regalo.

—Se quedan solas, ¿eh? —dijo, mientras cerraba la maleta con torpeza—. Cuídense.

—Siempre nos cuidamos —respondió Adriana, con una sonrisa que Carlos no supo leer.

Cuando el taxi se lo llevó, madre e hija se miraron. No hicieron ningún comentario. No hacía falta.

Adriana subió a su habitación y abrió el clóset. Sacó la bolsa negra del fondo. Se puso la playera ajustada, la negra, la que le marcaba los pechos como si fueran moldeados en la tela. Se puso la falda lápiz gris, la que le quedaba justo en la cadera y subía unos centímetros más arriba de la rodilla de lo que cualquier falda de su edad debería subir. Se miró en el espejo. Se veía bien. Se veía más que bien.

Tenía 42 años, pero bien llevados. Su cuerpo era el de una mujer que siempre se había cuidado sin obsesionarse: pechos firmes que la tela negra abrazaba sin apretar, cintura estrecha que la falda gris marcaba con precisión, caderas amplias que se movían con una elegancia natural cuando caminaba. Sus piernas eran largas y torneadas, y la abertura lateral de la falda dejaba ver un tramo de muslo que, años atrás, jamás se habría permitido mostrar. Se puso los aretes plateados, los que Carlos le había regalado un aniversario, y unos zapatos de tacón bajo beige que alargaban aún más su silueta.

Lucía, mientras tanto, se había encerrado en su habitación. Abrió el entrepiso del clóset y sacó la bolsa de tela. La playera mostaza, suave, ajustada, que se pegaba a su torso como si hubiera sido cosida sobre ella. La falda plisada, corta, que le quedaba unos diez centímetros arriba de la rodilla. Se miró en el espejo de cuerpo entero que tenía detrás de la puerta.

Lucía era, sin falsa modestia, hermosa. El cabello castaño claro le caía sobre los hombros en ondas naturales que nunca necesitaba planchar. Sus ojos verdes, grandes y con esa forma ligeramente rasgada que heredó de su abuela materna, brillaban con una intensidad que los chicos de la facultad describían como "hipnótica". Su nariz era pequeña, recta. Sus labios, carnosos y bien dibujados, tenían un color naturalmente rosado que apenas necesitaba gloss. Pero lo que realmente llamaba la atención era su cuerpo: alta, esbelta, con una cintura estrecha que hacía que sus caderas parecieran más anchas de lo que eran, y unos pechos firmes y redondos que la playera mostaza marcaba sin necesidad de escote. La falda plisada dejaba ver unas piernas largas, musculosas apenas lo justo, que años de danza clásica habían esculpido sin exagerar.

Se cepilló el pelo hasta que quedó brillante, se puso una capa fina de gloss en los labios, y bajó las escaleras.

Su madre ya la esperaba en la puerta.

—¿Lista? —preguntó Adriana.

—Lista.

Salieron a la calle. El sol de la tarde les pegaba de costado. Caminaron las seis cuadras hasta el café sin hablar, sintiendo en el camino cómo los hombres giraban la cabeza al pasar. Un repartidor en moto casi se cae mirando a Lucía. Un señor que sacaba a su perro se quedó paralizado cuando Adriana lo cruzó con esa caminata suya, caderas sueltas, tacones firmes en el asfalto.

El café tenía mesas en la banqueta. Era un lugar tranquilo, de esos que todavía sirven café en taza de loza y galletas con mantequilla. Se sentaron en una mesa redonda de mármol, pidieron dos cortados y una rebanada de pastel de limón para compartir.

Los chicos estaban en la mesa de al lado.

Eran tres. Jóvenes. Veintipico. El primero, el que estaba más cerca de la calle, era rubio, alto, de espaldas anchas. Tenía una sonrisa fácil que parecía no necesitar esfuerzo. Llevaba una playera blanca de algodón que se marcaba en el pecho y unos jeans claros. Ese era Mateo.

El segundo, sentado en el medio, era más moreno, de pelo negro y ojos intensos que miraban desde detrás de unos lentes de pasta negra. No hablaba mucho, pero sus ojos recorrían todo el tiempo. Ese era Damián.

El tercero, el más chaparro, tenía una energía que se notaba desde lejos: manos que gesticulaban, cuerpo que se movía al ritmo de sus propias palabras, una playera de una banda que Adriana no reconocía. Ese era Facundo.

—Mamá —susurró Lucía, mientras cruzaba las piernas debajo de la mesa y la falda plisada se le subía un poco más—, nos están mirando.

—Ya sé —dijo Adriana, sin levantar la vista de la taza.

Pero sí había levantado la vista. Un par de veces. Y cuando lo hizo, se encontró con los ojos de Mateo, el rubio, que no se desviaban. La miraban a ella. A sus pechos marcados por la playera negra. A la abertura de su falda, que en esa posición dejaba ver un triángulo de muslo pálido y suave.

Facundo fue el que se acercó primero. Se levantó de su mesa, se estiró como si nada, y se paró frente a la de ellas.

—Disculpen, ¿tienen fuego?

Adriana negó con la cabeza. Lucía también.

—No, no fumamos —dijo Lucía.

—Qué lástima —dijo Facundo, y sonrió—. ¿Y si nos sentamos un rato con ustedes? Está lleno y no encontramos lugar.

Era mentira. Había varias mesas libres. Pero Adriana dijo:

—Siéntense.

Y los tres se sentaron. Mateo se puso al lado de Adriana. Damián, frente a ella. Facundo, al lado de Lucía.

Se presentaron. Hablaron de la facultad, de ingeniería, de los planes del fin de semana. Facundo hacía reír a Lucía con imitaciones de profesores. Mateo le preguntaba a Adriana sobre su trabajo, sobre sus gustos, sobre qué hacía una mujer tan joven con una hija tan grande. Damián miraba. Eso era todo lo que hacía: miraba. Pero su mirada era tan intensa que Adriana sentía como si la estuvieran tocando.

El sol empezó a bajar. El café se fue llenando. Las mesas de la banqueta se ocuparon. Pidieron otra ronda de cafés. Después, una ronda de cervezas. Después, otra.

En algún momento, la pierna de Adriana rozó la de Mateo debajo de la mesa. Él no la retiró. Ella tampoco.

En algún momento, la mano de Facundo se apoyó en el respaldo de la silla de Lucía, tan cerca de su hombro que casi la tocaba. Lucía no se corrió.

En algún momento, Damián dijo algo chistoso y Adriana se rió, y cuando se inclinó hacia adelante, el escote de su playera se abrió apenas lo suficiente para que él viera el inicio de sus pechos. Damián no apartó la mirada. Adriana no se enderezó.

Cuando el mesero avisó que cerraban, eran casi las diez de la noche.

—¿Seguimos en otro lado? —propuso Mateo.

—Conozco un bar cerca —dijo Facundo.

—Mejor vamos a casa —cortó Adriana, y la frase salió sola—. Estamos solas. Mi marido viajó.

Los chicos intercambiaron una mirada rápida. Después, Mateo sonrió.

—Órale, vamos a tu casa.

Pagaron la cuenta. Salieron del café. La noche ya estaba cerrada, y el aire fresco les pegó en la cara.

El departamento olía a jazmín. Adriana prendió una vela en la mesa de la sala. Lucía puso música bajita, algo electrónico pero tranquilo. Alguien, no recuerdan quién, sacó una botella de vino tinto del frío y sirvió cinco copas.

Se sentaron en el sillón grande. Los tres chicos en el medio, madre e hija en los extremos. Al principio, todo fue correcto. Hablaron de cosas sin importancia. El vino ayudaba.

Pero las piernas se rozaban. Los brazos se apoyaban donde no hacía falta. Adriana sentía el calor del cuerpo de Mateo contra su costado derecho. Lucía sentía la mirada de Damián, que estaba enfrente, y la mano de Facundo en el respaldo del sillón, a centímetros de su nuca.

Mateo sacó el celular.

—Saquemos una foto. Para el recuerdo.

La primera foto salió movida.

—No, así no —dijo Mateo, bajando el teléfono—. Tienen que estar más cerca.

Se reacomodaron. Adriana se corrió hacia el centro. Lucía también. Ahora estaban pegadas a los chicos. Los brazos de Mateo y Facundo rodearon sus hombros. La segunda foto salió bien. Pero nadie se separó.

—Ahora una más natural —dijo Damián, el callado, sorprendiendo a todos.

Mateo levantó el celular de nuevo.

—Echen la cabeza hacia atrás —dijo—. Como relajadas.

Adriana y Lucía obedecieron. Cerraron los ojos un segundo. Cuando los abrieron, las manos de los chicos habían bajado de los hombros a las caderas. La mano de Mateo se había posado en la cadera de Adriana, justo donde la falda lápiz marcaba el hueso. La de Facundo, en la pierna de Lucía, justo donde terminaba la falda plisada y empezaba su muslo desnudo.

Nadie dijo nada. Nadie apartó la mano.

—Ahora por parejas —propuso Facundo.

Primero Mateo con Adriana. Se sentaron juntos en el sillón. Él puso el brazo alrededor de ella, y esta vez su mano no quedó en su hombro ni en su cadera. Su mano quedó en su cintura, y sus dedos tocaban la tela de la playera justo por debajo de sus pechos. Adriana sonrió a la cámara. La mano no se movió.

Después Damián con Lucía. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Él puso su mano en su pierna, justo donde la falda ya no cubría. La mano estaba quieta, pero el dedo meñique de Damián se movía en círculos casi imperceptibles sobre la piel de Lucía. La foto salió. La mano no se retiró.

—Me toca con las dos —dijo Facundo, y se sentó en el medio, entre madre e hija. Las abrazó a las dos. Su brazo izquierdo rodeaba la cintura de Adriana. Su brazo derecho, la de Lucía. Las apretó contra él. Las tres cabezas juntas.

Mateo sacó la foto.

—Ésta está buenísima —dijo, y les mostró la pantalla.

En la foto, las dos mujeres sonreían con los labios entreabiertos. Los ojos de Adriana brillaban. Los de Lucía tenían esa mirada que los hombres malinterpretan siempre, pero que esta vez no era malinterpretación. Los brazos de Facundo las aprisionaban a las dos, y ninguna de las dos parecía querer escaparse.

Todos la miraron en silencio.

Después de un rato, Mateo apoyó el celular en la mesa de centro.

—Ya está. Tenemos suficientes.

Pero nadie se levantó. Los cuerpos seguían pegados. Las manos seguían donde estaban.

Damián, el callado, rompió el silencio.

—¿Seguimos?

No dijo "seguimos con las fotos". Dijo "seguimos".

Adriana respiró hondo. Sus pechos se levantaron bajo la playera negra. Sintió la mano de Mateo en su cadera. Sintió el brazo de Facundo que todavía la rodeaba. Sintió la mirada de Damián, que no la había soltado en toda la noche.

Lucía se mordió el labio. Su falda se había subido todavía más. Ya casi no cubría nada. Pero no la bajó.

Una de las dos asintió. No se supo bien quién fue. Tal vez las dos al mismo tiempo.

Mateo apagó la vela.

La habitación quedó a oscuras.

La vela se apagó y la habitación quedó a oscuras.

No una oscuridad total. Por la ventana del living entraba la luz tenue de la calle, esa luz naranja de los postes de alumbrado que todo lo vuelve difuso, como si los bordes de las cosas se desdibujaran. Adriana alcanzaba a ver la silueta de Lucía al otro lado del sillón. Los chicos eran sombras que respiraban.

Fue Mateo quien se movió primero. Acercó su cara a la de Adriana. No la besó de inmediato. Dejó que su aliento le rozara los labios un segundo, dos, tres. Adriana sintió cómo se le erizaba la piel de la nuca.

—¿Sigue todo bien? —preguntó él, en un susurro.

Adriana asintió en la penumbra. Pero no alcanzó a terminar el gesto porque la boca de Mateo ya estaba sobre la suya.

El beso fue lento al principio. Mateo no tenía prisa. Le mordió el labio inferior con suavidad, después lo chupó, después metió la lengua. Adriana respondió igual. Su mano subió al cuello de él, lo apretó contra ella. Sintió el calor de su pecho a través de la playera blanca.

Del otro lado del sillón, Facundo había hecho lo mismo con Lucía. Pero él no era de besos lentos. La tomó de la nuca y la besó con fuerza, con ganas, como si llevara horas esperando. Lucía se rió contra su boca, un sonido corto que se perdió en el silencio de la noche.

Damián, el callado, no se había movido. Estaba donde estaba, al otro lado de la mesa de centro, mirando. Miraba a Adriana con Mateo. Miraba a Lucía con Facundo. Y esperaba.

Mateo deslizó su mano por la cadera de Adriana, subió por su costado hasta llegar al borde de su playera negra. Metió los dedos por debajo de la tela, apenas, solo para tocar la piel de su cintura. Adriana se estremeció. Su mano fue al muslo de él, lo apretó, sintió la tela de sus jeans bajo sus dedos.

—¿Te la saco? —preguntó Mateo, refiriéndose a la playera.

Adriana asintió otra vez. Él se la sacó con un movimiento lento, tirando desde abajo hacia arriba. Cuando la tela pasó sobre sus pechos y después sobre su cabeza, Adriana se quedó en corpiño frente a los tres chicos en la penumbra. Sintió el aire fresco de la noche en la piel.

Mateo la miró. Con los dedos recorrió el borde de su corpiño, de encaje negro, el que se había puesto sin saber bien para qué.

—Qué bonito —dijo.

Y con una mano sola, le desabrochó la espalda.

El corpiño cayó entre los dos. Adriana no hizo nada por cubrirse. Al contrario. Enderezó la espalda. Ofreció sus pechos a la penumbra, a la luz naranja, a la mirada de Mateo y también a la de Damián, que seguía mirando desde el otro lado.

Mateo se inclinó y los besó. Uno, después el otro. Adriana echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido. Era un gemido bajo, apenas un suspiro, pero en el silencio del living se oyó con claridad.

Lucía lo oyó. Se separó un momento de la boca de Facundo y miró hacia donde estaba su madre. La vio ahí, sentada en el sillón, sin playera, sin corpiño, con los pechos al aire y la cabeza echada hacia atrás mientras Mateo los besaba.

Lucía sonrió. No era una sonrisa burlona. Era una sonrisa cómplice, como diciendo "mira, mamá, mira lo que estás haciendo".

—¿Qué miras? —le preguntó Facundo, siguiendo su mirada.

—A mi mamá —dijo Lucía, sin vergüenza—. Está bien buena, ¿no?

Facundo se rió.

—Las dos.

Después de eso, todo se aceleró.

Mateo le bajó la falda a Adriana. Ella levantó las caderas para ayudarlo. La falda gris cayó al piso. Adriana se quedó solo en una tanga negra, pequeña, casi invisible. Mateo la miró de arriba abajo. Con un dedo, recorrió la tira de la tanga sobre su cadera.

—Estás perfecta —dijo.

Y ella le creyó.

Facundo, mientras tanto, había logrado desnudar a Lucía. Su playera mostaza estaba en el piso. Su falda plisada también. Lucía tenía puesto un brasier blanco de encaje, sencillo, y una tanga blanca que combinaba. Facundo se detuvo a mirarla.

—Eres un ángel —dijo.

—Un ángel muy puta —respondió Lucía, y se rió.

Facundo no necesitó más.

Ahora sí, Damián se levantó. Se acercó a ellas. No dijo nada. Solo se arrodilló frente a Adriana, entre sus piernas abiertas, y metió los dedos por debajo de la tira de su tanga. Adriana lo miró. Él la miró a ella. Y sin decir una palabra, le bajó la tanga.

Adriana quedó completamente desnuda en el sillón de su propia casa, con los tres chicos mirándola.

No sintió vergüenza. Sintió poder.

Damián se inclinó sobre ella. La besó en la boca, por fin, y fue un beso distinto al de Mateo. Más lento, más profundo, como si él supiera cosas que Mateo no sabía. Adriana sintió su lengua, sintió sus manos en sus muslos, sintió cómo separaba sus piernas todavía más.

Mateo, mientras tanto, se había quitado los pantalones. Estaba detrás de Adriana, sentado en el sillón, con ella apoyada contra su pecho. Ella sintió su erección contra su espalda, caliente, dura.

—¿Lista? —preguntó Mateo al oído.

—Sí —dijo Adriana, y era verdad.

Damián se puso de rodillas frente a ella. Con una mano separó sus labios. Con la otra, guió su propio miembro hacia la entrada de Adriana. Ella sintió la punta, húmeda, caliente, presionando suavemente.

—Mírame —dijo Damián.

Adriana lo miró.

Y él entró.

Fue un solo movimiento, lento pero firme. Adriana sintió cómo la llenaba, cómo se abría paso centímetro a centímetro. Jadeó. Apretó los dedos en los brazos de Mateo, que la sostenía desde atrás.

—Así —susurró Damián—. Así...

Y empezó a moverse.

Al principio despacio. Adriana gemía con cada embestida, gemidos cortos, roncos, que se perdían en el aire de la noche. Mateo le besaba el cuello, le mordía los hombros, le apretaba los pechos con las manos. Ella estaba atrapada entre los dos, recibiendo por delante a Damián y por detrás el calor del cuerpo de Mateo.

Del otro lado del sillón, Facundo y Lucía habían encontrado su propio ritmo. Él la tenía boca abajo sobre el sillón, con la cara enterrada en un cojín, y la estaba penetrando desde atrás. Lucía gemía contra la tela, moviendo las caderas para encontrarse con él, pidiendo más sin palabras.

—Órale —dijo Facundo, dándole una nalgada—. Así me gustas.

Lucía levantó la cabeza y buscó a su madre. La vio ahí, entre Mateo y Damián, con los ojos cerrados y la boca abierta. Lucía se rió entre gemido y gemido.

—¿Ves, mamá? —dijo, con la voz rota—. ¿Ves lo que te perdías?

Adriana abrió los ojos. Miró a su hija. Y en lugar de enojarse o sentirse mal, le devolvió la sonrisa. Un segundo. Nada más. Pero ese segundo lo vieron los tres chicos.

Y ese segundo lo cambió todo.

—Cambiamos —dijo Mateo, sin soltar a Adriana.

Damián se detuvo. Sacó su miembro de ella, chorreante. Mateo la levantó del sillón, la giró y la puso en cuatro patas en el piso, sobre la alfombra. Se puso detrás de ella. Damián se puso al frente.

—Ahora tú —dijo Mateo.

Y él también entró.

Adriana sintió la diferencia. Mateo era más grueso, o tal vez era la posición, o tal vez era que ya estaba tan mojada que cualquier cosa que le metieran la iba a hacer gritar. Y gritó. Cuando Mateo se hundió hasta el fondo, Adriana gritó de verdad, un grito ronco que resonó en el living.

Damián, al frente, le puso su miembro en la boca. No lo metió de golpe. Lo rozó contra sus labios, contra su lengua, esperando. Adriana abrió la boca y lo tomó entero, o casi entero, mientras Mateo seguía empujando desde atrás.

Ahora sí, los ritmos se sincronizaron. Cuando Mateo empujaba, Adriana tragaba. Cuando Mateo se retiraba, Adriana exhalaba. Damián sujetaba su cabeza con las manos, no con fuerza, solo guiándola, marcando el compás.

—Así —dijo Damián, con su voz baja—. Así, así...

Facundo, mientras tanto, había volteado a Lucía. La tenía boca arriba en el sillón, con las piernas abiertas, y la estaba penetrando de frente. Ella lo miraba a los ojos, lo agarraba de los hombros, le clavaba las uñas.

—Así, papi —dijo Lucía, sin pensarlo—. Así, así, así...

Facundo se rió.

—¿Papi? —dijo—. ¿Así te gusta?

—Sí —respondió Lucía, y lo apretó con las piernas—. Así.

Damián dejó de mover la cabeza de Adriana. Se la sacó de la boca. Un hilo de saliva conectó sus labios con la punta de su miembro.

—Ahora ella —dijo Mateo, y todos entendieron.

Mateo salió de Adriana. Damián se puso detrás de ella. Y antes de que Adriana pudiera procesar lo que pasaba, Damián ya estaba dentro de ella, empujando, mientras Mateo se ponía al frente y le ofrecía su miembro para que lo chupara.

Las habían intercambiado. Otra vez. Como en el juego de las fotos, como en la noche que nunca iba a terminar.

Adriana chupaba a Mateo mientras Damián la penetraba desde atrás. Y Lucía, en el sillón, seguía con Facundo encima, pero ahora lo miraba distinto. Lo miraba como si fuera la primera vez que lo veía.

Facundo se detuvo.

—¿Te gustaría que te intercambiáramos? —preguntó.

Lucía lo pensó un segundo. Después sonrió.

—Sí —dijo—. Pero quiero ver a mi mamá primero.

Facundo la ayudó a incorporarse. Lucía se puso de rodillas en el sillón y miró a su madre. Adriana estaba en cuatro patas en la alfombra, con Damián detrás de ella empujando sin piedad y Mateo al frente metiéndole su miembro en la boca. Los dos chicos la tenían completamente tomada, y ella no hacía nada por resistirse. Al contrario. Movía las caderas para encontrarse con Damián. Succionaba a Mateo con una hambre que Lucía no le conocía.

Lucía se tocó sola, viendo a su madre. No se dio cuenta de que lo hacía. Sus dedos bajaron a su tanga blanca y se frotaron por encima de la tela.

—Mira nada más —dijo Facundo, detrás de ella, viéndola mirar—. Te calienta ver a tu mamá, ¿no?

Lucía no respondió. Pero no negó con la cabeza.

Facundo la tomó de la cintura y la puso en cuatro patas en el sillón, mirando hacia la alfombra, hacia donde estaba Adriana. Se puso detrás de ella. Y entró.

Lucía gemía con cada embestida, pero no cerraba los ojos. Miraba a su madre. Miraba cómo Damián la empujaba, cómo Mateo le sostenía la cabeza, cómo Adriana abría la boca para recibirlo entero.

—¿Ves cómo la tienen? —dijo Facundo—. Está toda mojada... toda loca...

—Sí —respondió Lucía, con la voz rota—. Sí...

Mateo se corrió primero.

Se lo sacó de la boca a Adriana justo a tiempo. Un chorro de leche le cayó en la cara, en los labios, en el cuello. Adriana no cerró los ojos. Abrió la boca y recibió lo que cayó. Después, con los dedos, se limpió el resto de la cara y se lo llevó a la boca.

Mateo la miró y negó con la cabeza, sonriendo.

—Eres una perra —dijo, pero no era un insulto.

—Sí —dijo Adriana—. Soy tu perra.

Damián siguió empujando. No había parado. Cuando Mateo se apartó, él siguió. Adriana ya no tenía nada en la boca, solo podía gemir, y gimió. Gritó. Apretó los puños en la alfombra.

—Te vas a correr —dijo Damián. No era una pregunta.

—Sí —dijo Adriana—. Sí, sí, sí...

Damián se detuvo. Justo antes. Se la sacó. Adriana gimió por la pérdida.

—No —dijo—. No pares...

Damián la giró. La puso boca arriba en la alfombra. Le abrió las piernas. Y volvió a entrar.

—Ahora sí —dijo.

Y siguió.

Adriana sintió cómo el orgasmo le subía desde los pies, cómo le recorría las piernas, cómo le apretaba el estómago, cómo le explotaba en el pecho. Gritó. Gritó el nombre de nadie. Gritó porque no podía hacer otra cosa. Y Damián siguió empujando, empujando, hasta que ella dejó de temblar.

Después, él también se corrió. Adentro. Adriana sintió el calor, sintió cómo se llenaba, cómo chorreaba por sus muslos cuando él se retiró.

En el sillón, Facundo y Lucía seguían. Pero ahora Facundo estaba sentado y Lucía montaba encima de él, con la cara al techo y los brazos cruzados detrás de la cabeza, ofreciendo sus pechos a la penumbra.

—Así —dijo Facundo, agarrándole las caderas—. Así, cabalgando...

Lucía se movía arriba y abajo, arriba y abajo, encontrando su propio ritmo. Miraba a su madre tirada en la alfombra, con la leche de Mateo en la cara y la de Damián chorreándole entre las piernas.

—Mamá —dijo Lucía, con la voz quebrada—. Estás toda sucia.

Adriana abrió los ojos. Miró a su hija. Y se rió.

—Tú también vas a terminar así —dijo.

Facundo empujó desde abajo, hondo. Lucía gritó. Y siguió cabalgando.

Damián y Mateo se sentaron en el sillón, a los costados de Lucía y Facundo. Miraban. Damián se tocaba suavemente, sin apuro. Mateo también.

Adriana se incorporó. Se arrastró sobre la alfombra hasta donde estaban ellos. Se puso de rodillas frente a Damián y empezó a chuparlo otra vez, aunque estaba recién acabado. Él no se quejó. Al contrario. La tomó del pelo y la guió.

—Vas a tener que limpiarme —dijo.

Adriana lo limpió.

Facundo se corrió dentro de Lucía. Ella lo sintió, lo sintió llenándola, y eso la empujó a su propio orgasmo. Gritó. Gritó como no había gritado en toda la noche. Y después se desplomó sobre él, con la cara en su cuello, respirando hondo.

—Estuvo bueno —dijo Facundo, como si nada.

—Estuvo bueno —repitió Lucía, contra su piel.

Pero no había terminado.

Mateo se levantó. Miró a Damián. Damián miró a Mateo. Y los dos miraron a Adriana, que seguía de rodillas en la alfombra, y a Lucía, que se había separado de Facundo y estaba recostada en el sillón, con los ojos cerrados.

—Falta lo mejor —dijo Mateo.

Damián asintió.

Mateo se acercó a Adriana. La levantó del piso. La llevó hasta el sillón y la sentó junto a Lucía. Las dos estaban desnudas, pegadas, madre e hija, con los cuerpos brillando de sudor y de otros líquidos.

—Ahora las dos —dijo Mateo—. Al mismo tiempo.

Adriana y Lucía se miraron. Adriana tenía la cara manchada, los labios hinchados, el pelo pegado a la frente. Lucía tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes, una sonrisa tonta en la cara.

—¿Te animas? —preguntó Lucía.

—Ya no me queda otra —respondió Adriana, y se rió.

Mateo se puso detrás de Adriana, en el sillón. Damián se pó detrás de Lucía, en el mismo sillón. Facundo se sentó enfrente, en la mesa de centro, mirando.

—Pónganse en cuatro —dijo Mateo.

Las dos se pusieron en cuatro. Una al lado de la otra. Las cabezas hacia el mismo lado. Las nalgas hacia el mismo lado. Las dos ofreciéndose al mismo tiempo.

Mateo eligió a Adriana. Damián eligió a Lucía. Y los dos entraron al mismo tiempo.

Adriana gimió. Lucía también. Los gemidos se mezclaron, se confundieron, no se sabía de quién era cada uno.

—Otra vez —dijo Mateo—. Cambiamos.

Mateo se puso detrás de Lucía. Damián detrás de Adriana. Y los dos entraron otra vez. Sin sacarse de la otra. Simplemente se cambiaron de lugar, como quien cambia de asiento en una mesa.

—Así —dijo Damián—. Así están bien.

Mateo empujaba a Lucía. Damián empujaba a Adriana. Las dos gemían al mismo ritmo, como si las estuvieran moviendo con el mismo control remoto.

—Más —dijo Adriana—. Más fuerte.

Y se lo dieron más fuerte.

—No pares —dijo Lucía—. No pares nunca.

Y no pararon.

Mateo se corrió adentro de Lucía. Sintió cómo se tensaba, cómo apretaba, cómo gemía su nombre sin saberlo. Damián se corrió adentro de Adriana un segundo después, o un segundo antes. Los dos al mismo tiempo. Las dos al mismo tiempo.

Después, los cuatro se desplomaron.

Adriana cayó sobre la alfombra. Lucía cayó sobre el sillón. Los chicos se recostaron donde pudieron.

El silencio volvió al living. Solo se oían las respiraciones, agitadas, hondas, cinco personas tratando de recordar cómo se volvía a respirar normal.

Después de un rato, Mateo se levantó. Buscó su celular en la mesa de centro. Lo prendió. La luz blanca iluminó el living por un segundo.

—Son las cuatro —dijo—. Nos tenemos que ir.

Facundo se incorporó, bostezando. Damián también.

Se vistieron en silencio. No había nada que decir. No hacía falta.

Antes de irse, Mateo se acercó a Adriana, que seguía tirada en la alfombra. Se agachó y le dio un beso en la frente.

—Estuvo increíble —dijo.

—Sí —dijo Adriana, sin abrir los ojos—. Increíble.

Facundo se despidió de Lucía con un golpecito en la nalga.

—Ándale, ángel —dijo—. A dormir.

Damián solo asintió con la cabeza. Una vez. Y se fue.

La puerta se cerró.

Adriana y Lucía quedaron solas en el living a oscuras. La luz naranja de la calle seguía entrando por la ventana.

Lucía se bajó del sillón y se acostó en la alfombra, junto a su madre. Se acurrucó contra ella, como cuando era chica y tenía pesadillas.

—¿Estás bien, mamá?

Adriana abrió los ojos. Miró a su hija. Tenía los labios hinchados, el pelo revuelto, la cara manchada. Y una sonrisa que no se le borraba.

—Estoy bien —dijo—. Estoy muy bien.

—¿Te gustó?

Adriana pensó la respuesta. Podía mentir. Podía decir "no sé". Podía cambiar de tema.

Pero ya no tenía ganas de mentir.

—Sí —dijo—. Me gustó.

Lucía sonrió.

—A mí también.

Se quedaron ahí, en la alfombra, desnudas, pegadas, hasta que el sueño las venció.

La luz naranja de la calle seguía entrando por la ventana.

Y afuera, la noche seguía siendo la misma de siempre.

La luz del sol entró por la ventana sin pedir permiso, como un ladrón que no respeta las reglas.

Adriana abrió los ojos primero. El techo de su propia habitación. La misma grieta en el revoque que siempre prometía arreglar. La misma lámpara que Carlos había instalado mal y nunca colgó del todo derecha.

Pero todo lo demás era diferente.

Estaba desnuda bajo la sábana. La playera negra estaba en el piso, junto a la falda gris. Sus aretes plateados reposaban sobre la mesa de noche, junto a una copa vacía y el celular de Mateo que alguien había dejado ahí.

Se incorporó despacio. Su cuerpo le dolía en lugares que no recordaba. Un dolor bueno, de esos que se sienten al otro día cuando la noche anterior fue exactamente lo que tenía que ser.

Se levantó. Se puso una playera de Carlos que encontró en el clóset. Bajó las escaleras.

La sala era un campo de batalla. Copas en la mesa. Una tenis de Lucía en el sillón. Una playera de Facundo en el piso. La vela apagada, con la cera derretida formando una montaña blanca.

Los chicos ya no estaban. Se habían ido en algún momento de la madrugada, o tal vez al amanecer. No dejaron notas. No hicieron falta.

Lucía dormía en el sillón de enfrente. Tenía una cobija que alguien le había puesto encima, probablemente Facundo, que fue el último en irse. Su cabello castaño estaba revuelto, enmarañado, pegado a la cara. La playera mostaza estaba en el piso, al lado de la falda plisada. Dormía con los labios entreabiertos y una expresión de paz que Adriana no le veía desde que era chica.

Adriana fue a la cocina. Puso la pava. Miró el reloj: las nueve y cuarto. Carlos volvía al mediodía.

Cuando Lucía apareció, con los ojos entrecerrados y una playera de ella que se había puesto al revés, el agua ya estaba caliente.

—¿Dormiste? —preguntó Adriana, midiendo el mate.

—Ni idea —dijo Lucía, y se sentó en la misma silla de siempre—. Creo que un poco.

Cebaron mate en silencio. El mismo mate de todos los días. La misma bombilla de alpaca que habían comprado en una feria artesanal. Las mismas tazas con flores pintadas a mano.

—No me arrepiento —dijo Lucía, con la mirada en el fondo de su vaso.

—Yo tampoco —respondió Adriana.

Pero no había tiempo para más. Carlos llegaba en dos horas. Tuvieron que limpiar, ventilar, borrar cualquier rastro. La coreografía fue rápida, ensayada sin hablarse. Las copas a la cocina. Las cobijas al clóset. La vela apagada a la basura. Las tenis de Lucía donde correspondía. La playera de Facundo, después de dudarlo un segundo, la metieron en una bolsa que Adriana escondió en el fondo de su clóset, junto a la ropa provocativa que ya nadie necesitaba esconder.

Cuando Carlos abrió la puerta, el departamento olía a limpio. A cloro y a café. Las encontró comiendo juntas en la mesa del comedor, con platos de pasta y una ensalada que parecía recién hecha.

—¿Qué hicieron este fin? —preguntó, mientras dejaba la maleta en el piso y se estiraba los hombros, cansado del viaje.

—Nada —dijo Adriana, sin dudar—. Estuvimos tranquilas.

—Vieron películas —dijo Carlos, más una afirmación que una pregunta.

—Algo así —dijo Lucía, y su sonrisa fue tan natural que ni su madre notó el esfuerzo.

Carlos las miró. Algo, por un segundo, le pareció diferente. Adriana tenía los labios más brillantes de lo habitual. Lucía tenía el pelo recién lavado, aunque ella siempre se lavaba el pelo los domingos por la mañana, y ya era domingo por la tarde. Pero no supo qué. Nunca sabía qué.

Besó a su mujer en la mejilla. Saludó a su hija con un gesto de cabeza. Y se sentó a comer.

—¿Y ustedes? —preguntó, mientras servía vino en su copa— ¿Qué hicieron?

—Nada —repitió Adriana—. Cosas de chicas.

Carlos asintió. No preguntó más.

Esa noche, cuando se acostaron, él le puso la mano en la cadera como siempre. La misma mano, el mismo gesto, la misma rutina. Adriana se dejó tocar. Cerró los ojos.

Pero no pensó en él.

Pensó en Mateo. En la forma en que la había mirado cuando le pidió que se pusiera en cuatro patas en su propia alfombra. En la forma en que Damián la había sostenido por el pelo, suavemente pero sin dejarla escapar. En la forma en que Facundo se había reído cuando ella dijo "no puedo más" y le había contestado "sí puedes".

Carlos se durmió a los cinco minutos. Adriana se quedó despierta, mirando el techo, con la mano de su marido todavía apoyada en su cadera.

Y sonrió en la oscuridad.

Pasaron los días.

Carlos volvió a su rutina. Trabajo, partido de futbol los sábados, tele los domingos. Las mismas conversaciones sobre el mismo aumento de las expensas, el mismo jefe que no lo valora, los mismos planes de vacaciones que nunca se concretan.

Adriana y Lucía volvieron a sus vidas. Pero algo había cambiado. Algo que ninguna de las dos nombraba pero que ambas sentían.

Una semana después, un jueves por la tarde, mientras Carlos seguía en la oficina, Adriana abrió el clóset. Sacó la bolsa negra. Y la abrió.

Adentro había más cosas que las que había comprado la primera vez.

Porque después de aquel fin de semana, sin hablarlo, las dos habían seguido comprando.

Había un brasier de encaje negro que nunca se habría puesto antes, demasiado atrevido para una mujer de su edad, pero que cuando se lo probó frente al espejo le hizo sentir algo que creía olvidado. Había unas medias de liga, color piel, con una costura atrás que subía por la pantorrilla hasta desaparecer bajo el borde de la falda. Había un vestido rojo, corto, escotado, de esos que ella miraba en los aparadores pensando "eso es para chicas jóvenes" y que ahora colgaba en su clóset, esperando la próxima vez que Carlos viajara.

Lucía, mientras tanto, había llenado su propia bolsa. Una tanga de encaje blanco que casi no cubría nada. Un top negro que dejaba al descubierto toda su espalda y se ataba con un simple nudo en la nuca. Una falda de piel sintética, negra, tan corta que cuando se sentaba tenía que cruzar las piernas con cuidado para no mostrar de más. O tal vez no tanto cuidado.

Y un disfraz.

Había comprado un disfraz de colegiala, de esos que se venden en las tiendas del centro que ninguna madre acompañaría a su hija a visitar. La falda a cuadros era tan corta, al borde de lo legal. La camisa blanca se ataba bajo los senos. La corbata roja era simplemente traviesa.

Se lo había probado en su habitación, con la puerta cerrada con llave, y se había reído sola frente al espejo. Pero no se lo había quitado. Se había quedado un rato mirándose, girando, moviendo las caderas. Y después lo había doblado con cuidado y lo había escondido en el fondo de su clóset, junto a las otras cosas que nadie debía ver.

- Nos veríamos increíbles en el antro…