El repartidor del agua
Él llega con el peso del mundo en los hombros y la tentación en la mirada. Ella sabe que solo tiene una oportunidad para romper su resistencia. Esta vez, no hay puertas que cerrar ni excusas que dar.
Soy Irene y trabajo desde mi casa en primera línea de playa. Por eso puedo permitirme estar casi desnuda en la terraza, tomando el sol con solo una camisa de lino blanca que se me pega al cuerpo por el sudor. Debajo no llevo absolutamente nada. Es uno de los lujos de mi vida: el mar delante, el portátil abierto y yo disfrutando del calor como una gata en celo.
Fue una mañana de verano de esas que el calor ya aprieta desde temprano. Estaba tumbada en la terraza cuando sonó el timbre. Me asomé por la barandilla y allí estaba él: el nuevo repartidor de AquaHouse.
Alberto era impresionante. Alto, moreno, con el pelo corto y oscuro brillando por el sudor. Unos ojos azules clarísimos que contrastaban brutalmente con su piel tostada. El uniforme azul le quedaba ajustado, marcando unos hombros anchos, brazos fuertes y venosos de tanto cargar bidones, pecho duro y una cintura estrecha. Era el típico cuerpo de hombre que trabaja de verdad, no de gimnasio: músculos funcionales, potentes, con esa capa fina de sudor que lo hacía brillar bajo el sol.
Le grité que subiera. Cuando llegó a la terraza se quedó parado en la puerta, con el bidón de 20 kilos al hombro. Me recorrió con la mirada de arriba abajo un segundo. La camisa se me pegaba a las tetas y se transparentaba un poco. Tragó saliva visiblemente y apartó la vista, intentando ser profesional.
—Buenos días, señora. Traigo el bidón de agua —dijo con esa voz grave y ronca por el esfuerzo.
Me levanté despacio, sin prisa, y me acerqué a él. Le quité el pesado bidón de las manos, rozando deliberadamente sus dedos. Sentí el calor de su piel y un calambre me recorrió el coño entero.
—Gracias, Alberto —le dije con una sonrisa pícara, leyendo su nombre en la placa—. Hace muchísimo calor hoy, ¿verdad? Pasa un momento, te invito a un vaso de agua fría. No te preocupes, estoy sola… teletrabajo desde casa y hoy me he tomado la mañana para mí. Por eso estoy tan cómoda, ya ves.
Él dudó, pero terminó aceptando. Lo llevé a la cocina y le serví un vaso grande de agua helada. Mientras bebía, me apoyé contra la encimera frente a él, dejando que la camisa se abriera ligeramente dejando entrever sutilmente mis pezones. Lo pillé mirándome las tetas descaradamente y eso me humedeció al instante.
Empezamos hablando de cosas normales: el calor infernal, el pueblo, su trabajo. Le conté un poco más de mí:
—Yo vivo aquí todo el año, ¿sabes? La casa es mía, primera línea de playa. Puedo trabajar en bikini o directamente en camisa como ahora… nadie me molesta. Es una pasada.
Me contó que llevaba poco tiempo en esa ruta. Poco a poco se fue abriendo:
—Estoy casado —dijo, enseñándome la alianza en el dedo—. Tengo dos hijos pequeños, de 4 y 2 años. Mi mujer se queda en casa con ellos.
Sonreí dulcemente y le respondí:
—Qué bonito. Debe ser muy duro pasarte el día entero fuera cargando peso y llegar a casa agotado...
Él suspiró con cansancio y se sinceró:
—La verdad es que sí. Con los niños tan pequeños todo se ha convertido en pura rutina. Cansancio, pañales, gritos... y casi nada de tiempo para... ya sabes.
En ese preciso momento me puse cachonda perdida. Su voz grave, ese tono de marido frustrado, sus brazos venosos sujetando el vaso, el olor a sudor y a hombre de verdad que desprendía… Me moría de ganas de arrodillarme delante de él, bajarle la cremallera del pantalón y comérsela entera hasta que se olvidara de su mujer y de sus hijos.
Pero no hice nada esa vez. Charlamos un rato más, le firmé el albarán, le di las gracias y se marchó.
Sin embargo, mientras lo veía bajar las escaleras, ya tenía claro que la próxima vez que Alberto apareciera por mi casa… las cosas iban a ser muy, muy diferentes.
Cuando Alberto se fue, cerré la puerta y me quedé allí parada un momento, con el corazón latiéndome a mil y el coño completamente empapado. Su voz grave, esa mirada azul que intentaba no bajar a mis tetas, el olor a sudor y a hombre de verdad que traía… todo me había puesto cachonda perdida. No me lo podía creer.
Me fui directa a la terraza de mi casa en primera línea de playa. Me tumbé en la hamaca, con la camisa de lino abierta del todo y las piernas bien separadas. Empecé a tocarme despacio al principio, imaginando sus manos fuertes agarrándome el culo, su polla dura y gruesa marcándose debajo de ese uniforme azul. Me metí dos dedos en el coño, luego tres, abriéndome bien mientras me frotaba el clítoris con furia. Gemía pensando en cómo se correría si le chupaba la polla ahí mismo, de rodillas delante de él.
Me corrí la primera vez rapidísimo, fuerte, con un gemido que se perdió entre las olas. Pero no fue suficiente. Seguí. Me imaginé arrodillada frente a él, tragándome esa polla gruesa hasta el fondo mientras él me agarraba del pelo y me decía guarradas con esa voz ronca. Me corrí la segunda vez mordiéndome el labio para no gritar como una puta. Y la tercera… la tercera fue más lenta, más profunda, imaginando cómo me llenaba la boca de leche caliente mientras yo lo miraba a esos ojos azules.
Al final me quedé dormida en la hamaca, exhausta, con los dedos todavía metidos en mi coño y las ganas todavía latiendo dentro de mí, como un fuego que no se apaga con nada.
Pero yo no soy de las que se quedan con las ganas. Esa misma noche cogí el teléfono y llamé a un ex, uno de esos que siempre está disponible cuando chasqueo los dedos. Le dije que viniera, que tenía “sed” y que viniera ya. Llegó en menos de media hora.
Lo recibí en la puerta con la camisa completamente abierta, las tetas al aire y sin nada debajo. Ni siquiera le di un beso. Lo llevé al sofá, le bajé los pantalones sin decir ni una palabra y me monté encima de él. Lo follé duro, salvaje, cabalgándolo como una loca mientras pensaba en Alberto todo el tiempo: en sus brazos venosos, en su olor, en su voz. Mi ex gemía, me clavaba los dedos en las caderas, pero yo solo lo estaba usando. Lo cabalgué hasta que se corrió dentro de mí con un gruñido, y yo me corrí encima de él, apretando el coño alrededor de su polla mientras imaginaba que era la leche de Alberto la que me llenaba.
En cuanto terminó, me levanté, le sonreí y le dije:
—Gracias, ya puedes irte.
Ni un beso, ni una caricia extra. Lo acompañé a la puerta y lo eché con una sonrisa educada. Me quedé sola otra vez, más satisfecha físicamente… pero con Alberto todavía metido en la cabeza, latiendo entre mis piernas.
Solo lo había visto una vez y ya me tenía completamente loca. Pero la cosa siguió un mes después, en su segunda visita.
Alberto llegó puntual. Yo lo estaba esperando con el pulso acelerado. Me había puesto un vestido cortísimo de gasa finísima, ligero y casi transparente, sin nada debajo. La tela se me pegaba suavemente al cuerpo, marcando cada curva con delicadeza.
Cuando abrí la puerta y me vio, se le trabó la lengua. Sus ojos azules me recorrieron entera, deteniéndose un instante más de lo correcto. Tragó saliva visiblemente y se quedó clavado en el sitio un segundo.
Le invité a pasar a tomar un vaso de agua fría.
—Hace mucho calor hoy también, ¿verdad? —le dije sonriendo con picardía, cruzando las piernas despacio sobre la silla para que el vestido se abriera justo lo suficiente y le ofreciera una vista tentadora—. Debes venir muy… cargado.
Él tragó saliva, dejó el bidón y aceptó el vaso. Se sentó en la cocina, sudando más que la vez anterior, con esa voz grave y varonil que me encendía de deseo.
—Sí, mucho calor —dijo firme, pero sus ojos azules le delataban, bajando una y otra vez a mi cuerpo.
Me acerqué despacio, me incliné para servirle más agua y le susurré bajito, casi rozándole la oreja:
—Alberto, pareces tenso. ¿Todo bien en casa? Con los niños pequeños debe ser… duro, ¿no? Llegar cansado y no tener tiempo para… descargar.
Se puso rojo, pero sostuvo la mirada, voz grave y controlada.
—Sí… la verdad que sí. Mi mujer está siempre agotada con los críos. Apenas tenemos… ya sabes.
Me senté enfrente de él, abrí un poco más las piernas bajo la mesa y le dije con voz suave y llena de deseo:
—Qué pena. Un hombre como tú, con tanta fuerza, tanto… peso que cargar todo el día. Deberías tener a alguien que te ayude a soltarlo todo, ¿no crees? Yo podría… aliviarte la carga. O al menos… bajarte la presión.
Le puse la mano en el muslo por debajo de la mesa y fui subiendo despacio, rozando hacia arriba. Sentí cómo se tensaba todo su cuerpo. Subí un poco más y noté su excitación: gruesa, dura, palpitando bajo la tela del uniforme.
—Irene… estoy casado —dijo con voz ronca y firme, sudando—. No puedo… no debo.
Apreté un poco más, sintiendo el calor que desprendía.
—Nadie tiene por qué saberlo —susurré—. Solo un momento… para que te vayas más ligero. O más vacío, según prefieras.
Él respiraba fuerte, los ojos azules fijos en los míos, la mandíbula apretada, varonil hasta el final. Pero de pronto apartó mi mano con fuerza suave, se levantó sudando y dijo con voz ronca:
—Lo siento… no puedo. Tengo familia. No soy de esos.
Se fue rápido, con la excitación todavía marcadísima en el pantalón y la cara roja de vergüenza y deseo contenido.
Ahí ya me puse mala de verdad. Saber que lo tenía tan excitado y que aun así se resistía como un hombre de verdad… me volvía completamente loca. Esa noche me toqué despacio y con intensidad, imaginando cómo habría sido si se hubiera entregado por completo a mí.
Y así me tocó esperar un mes entero. Yo ya no podía más con las ganas.
Alberto llegó puntual, como siempre, pero esta vez lo noté diferente: más tenso, más sudoroso. Lo recibí en la puerta con solo una camisa blanca abierta hasta abajo. Mis pechos pequeños y firmes asomaban apenas cubiertos, el vientre plano brillaba por el sol de la terraza, mi melena cobriza revuelta caía sobre mis hombros y mis ojos miel ardían con un fuego travieso.
Le quité el bidón de las manos y le dije con mi sonrisa más pícara:
—Pasa, Alberto. Hoy hace mucho calor… y veo que vienes muy cargado otra vez.
Él entró, con esa voz grave y varonil que me encendía desde la primera vez.
—Irene… no debería entrar aquí. La última vez casi…
Cerré la puerta, me acerqué hasta rozarlo y le puse la mano en el pecho duro, sintiendo los músculos firmes bajo la tela del uniforme.
—Casi qué? —le susurré, rozando su excitación con la cadera—. ¿Casi me follas como un hombre de verdad? No me digas que no has pensado en mí durante este mes.
Tragó saliva, sus ojos azules fijos en los míos, la mandíbula apretada. Era alto, moreno, con esos brazos venosos de cargar peso todo el día y ese olor a sudor masculino que me volvía loca.
—Estoy casado —dijo con voz grave y firme—. Tengo hijos. No puedo traicionar a mi familia.
Sonreí, le desabroché un botón de la camisa y le dije bajito, casi rozando sus labios:
—Nadie traiciona a nadie si nadie se entera. Solo quiero que me dejes probarte… una sola vez. O dos. O las que haga falta hasta que te calmes.
Le llevé a la cocina, me senté en la encimera y abrí las piernas despacio. El tanga se apartó lo justo para que viera lo húmeda que estaba.
—Mira cómo me pones —le susurré—. Con esa voz grave, esos brazos fuertes… me tienes así desde la primera vez.
Alberto se acercó, sudando, con la excitación marcándose claramente bajo el pantalón.
—No puedo… joder, Irene, mira que eres peligrosa.
Le agarré la cabeza con suavidad y la bajé hacia mí.
—Peligrosa sí. Pero tú eres un hombre duro, ¿no? Aguanta un poco… o bájate y pruébame como el hombre que eres.
Él resistió, con la voz grave temblando ligeramente:
—No debería… no es buen momento, mi mujer no quiere… hace una mes que no me toca.
Insistí, bajándole la cabeza un poco más.
—Pues déjame a mí que te alivie… solo un poco.
Él se mantuvo firme un segundo más, la mandíbula apretada, los ojos azules brillando con una mezcla de furia y deseo contenido. Y entonces explotó.
Me agarró del pelo con fuerza, tirando de él lo justo para hacerme sentir dominada, y con voz grave, ronca y cargada de frustración contenida durante semanas, me dijo:
—Llevo un mes sin follar… y tú lo vas a pagar ahora, Irene.
Me bajó de la encimera de un tirón firme pero controlado, me puso de rodillas frente a él y, sin decir una palabra más, sacó su polla. Era exactamente como la había imaginado en mis noches de insomnio: gruesa, larga y recta, con venas marcadas que recorrían todo el tronco hinchado, la cabeza grande y rosada, pesada y palpitante de deseo. El olor a hombre, a sudor y a excitación me inundó por completo.
Me la metió en la boca de golpe, profunda y sin piedad. Sentí cómo me llenaba por completo: el grosor abriéndome los labios, la longitud llegando hasta el fondo de mi garganta. Las lágrimas me saltaron de inmediato a los ojos, no de dolor, sino de una sorpresa intensa y deliciosa. Aquella dominancia repentina, tan distinta al hombre contenido de antes, me encendió como nunca. Gemí alrededor de su polla, el sonido ahogado vibrando contra él.
—Chupa —gruñó con esa voz grave y cabreada que me hizo estremecer—. Esto es lo que querías, ¿no? Pues ahora aguanta como una buena chica.
Me folló la boca sin piedad, pero con un ritmo que me volvía loca: primero profundo y lento, obligándome a sentir cada centímetro, cada vena palpitando contra mi lengua. Luego más rápido, más exigente, follándome la garganta con embestidas firmes que me hacían llorar de placer. La saliva me chorreaba por la barbilla, caía sobre mis pechos y bajaba por mi vientre. Las lágrimas me emborronaban la vista, pero no apartaba los ojos de los suyos. Me sentía usada, dominada, completamente a su merced… y eso me excitaba más que nada en el mundo.
Él seguía sujetándome la cabeza con una mano fuerte mientras la otra permanecía enredada en mi melena cobriza. Cambiaba el ritmo con maestría: a veces lento y torturador, empujando hasta el fondo y manteniéndome allí unos segundos, dejándome sentir cómo palpitaba en mi garganta; otras veces rápido y profundo, gruñendo entre dientes.
—Joder… qué boca más caliente tienes —susurró con voz ronca—. Chúpala más profundo… así… qué bien la chupas, es como soñaba. Ahora mando yo, Irene. No querias polla? Ahora soy yo quien decide.
Su cuerpo duro y sudado estaba tenso, los músculos de los brazos marcados mientras me controlaba por completo. Yo gemía ahogada, el coño empapado y palpitando de deseo, sintiendo cada embestida como un latido de puro placer. Me sentía llena, sometida, deseada de una forma salvaje y primitiva. Las lágrimas me corrían por las mejillas, la baba me brillaba en los labios y en el pecho, pero nunca había estado tan excitada.
Al final, después de varios minutos que parecieron una deliciosa eternidad, se corrió con fuerza. Empujó hasta el fondo de mi garganta y soltó chorros largos, calientes y abundantes de semen espeso. Me obligó a tragarlo casi todo mientras gruñía de placer puro, su polla palpitando contra mi lengua.
Cuando terminó, se subió los pantalones con calma, me miró con esos ojos azules ahora fríos y distantes, y se marchó sin decir una sola palabra más. Ni un adiós. Ni una caricia. Ni una mirada atrás. Cerró la puerta suavemente y desapareció, dejándome de rodillas en la cocina, jadeando, con la cara llena de lágrimas y semen goteando por mi barbilla y mis pechos, el cuerpo temblando de placer y deseo insatisfecho.
Me dejó allí de rodillas, con la boca todavía llena de su sabor y el coño palpitando de pura necesidad. No dijo si volvería. No dijo nada. Solo se marchó, dejándome con unas ganas terribles de más, con ese vacío ardiente que solo un hombre como él podía llenar.
Esa noche me masturbé sin parar, tumbada en mi cama con vistas al mar. Cerraba los ojos y lo veía a él: su cuerpo duro y sudado encima de mí, su polla gruesa y larga entrando por fin donde yo más lo deseaba. Me imaginaba su voz grave susurrándome cosas sucias mientras me follaba profundo, llenándome por completo. Me corrí varias veces, una tras otra, con los dedos hundidos en mi sexo empapado, pero al final seguía insatisfecha, con esa duda latiendo dentro de mí. ¿Había sido la última vez? ¿O volvería para terminar lo que había empezado?
El mes siguiente pareció eterno. No conseguía sacármelo de la cabeza. Cada mañana me despertaba con la garganta todavía recordando cómo me había follado la boca, con el sabor de su semen aún fresco en la memoria. Me tocaba bajo las sábanas, despacio al principio, imaginando sus manos fuertes agarrándome del pelo y su voz ronca gruñendo “tú lo vas a pagar ahora”. Me corría pensando en él, pero nunca era suficiente.
Todas las noches repetía el ritual. Me masturbaba imaginando que volvía, que esta vez no se resistía, que me agarraba del pelo y me decía “esta vez no me resisto… esta vez te follo hasta que supliques”. Me tocaba con desesperación, una y otra vez, pero la duda me quemaba: ¿había sido la última vez? ¿Aparecería de nuevo con esos ojos azules fríos y esa dominancia que me había dejado temblando?
Intenté olvidarlo de todas las formas posibles. Llamé a un ex y lo recibí en la terraza una noche cálida. Me monté encima de él y lo cabalgué duro, moviéndome con furia, pero en mi mente solo estaba Alberto. Me corrí, sí, pero fue un orgasmo vacío, incompleto. Después llegó otro, un tipo que conocí en el bar y que me invitó a unas copas. Lo llevé a casa, me arrodillé en el sofá y le chupé la polla con dedicación hasta que se corrió en mi boca… y nada. Solo aumentaba las ganas de Alberto.
Otro día fue un vecino que me pilló tomando el sol desnuda en la hamaca. Lo invité a entrar, dejó que me comiera el coño allí mismo… pero lo hizo tan mal que ni siquiera le devolví el favor. Me quedé con más frustración que alivio.
Cada vez que me corría con ellos, imaginaba que era Alberto. Que era su voz grave la que gruñía “esto es lo que querías”, que era su polla la que me llenaba, que era su cuerpo musculado y sudado el que me dominaba. Ninguno tenía esa fuerza, esa resistencia, esa forma de usarme sin piedad que me había dejado marcada.
Al final del mes seguía exactamente igual: con la duda quemándome por dentro y con unas ganas terribles de él. De su olor a sudor, de sus brazos venosos, de esa dominancia inesperada que me había hecho sentir tan viva. Seguía masturbándome pensando en cómo habría sido si se hubiera quedado a follarme de verdad… pero la incertidumbre seguía ahí, latente, consumiéndome.
El mes siguiente pareció eterno, pero por fin llegó el día. El tercero del mes. Lo tenía marcado en el calendario con un círculo rojo desde hacía semanas. Sabía que ese día tenía que venir el repartidor de AquaHouse… pero no sabía si sería él.
Me desperté nerviosa de verdad. Me duché despacio, me puse crema por todo el cuerpo y me miré al espejo: melena cobriza revuelta, ojos miel brillando de anticipación, pechos pequeños y firmes, cintura marcada y caderas estrechas. Me sentía lista para todo.
Pasé toda la mañana en la terraza de mi casa en primera línea de playa, solo con una camisa blanca abierta y un tanga mínimo. Cada vez que oía un motor abajo, el corazón me daba un vuelco. Me asomaba por la barandilla, el viento me revolvía el pelo y la camisa, y miraba con el pulso acelerado. ¿Sería el furgón blanco? ¿Sería Alberto el que bajara con el bidón al hombro, con esos ojos azules fríos y esa voz grave que aún me ponía la piel de gallina?
La duda me estaba matando. ¿Vendría él? ¿O sería otro repartidor cualquiera? ¿Me miraría como la primera vez, intentando no bajar la vista a mi cuerpo? ¿O me ignoraría como si nada hubiera pasado?
Cuando por fin sonó el timbre, el corazón se me subió a la garganta. Bajé las escaleras casi corriendo, abrí la puerta… y no era él.
Era otro chico, mucho más joven y delgado, casi un adolescente, con el uniforme azul colgándole flojo y cara de susto al verme así: camisa blanca abierta, pechos casi al aire, melena revuelta por el viento y piel dorada brillando bajo el sol.
Se quedó congelado, los ojos abiertos como platos, recorriéndome de arriba abajo sin disimulo. La mirada se le fue directa a mis pechos, luego bajó al vientre y a las caderas, y volvió a subir tartamudeando un “b-buenos días… s-señora”. Se le marcaba claramente la erección en el pantalón flojo y se le enrojecían las orejas.
En otro momento quizás habría jugado un poco con él, pero ese día la decepción me cayó encima como agua helada. Le firmé el albarán sin apenas mirarlo, le señalé el bidón con un gesto seco y le dije fría:
—Déjalo en la cocina y ya está. Gracias.
Él intentó soltar una insinuación torpe con voz temblorosa:
—S-se ve que… hace calor aquí, ¿eh?
Ni siquiera le contesté. Solo quería que se fuera cuanto antes.
Cerré la puerta en sus narices y me quedé un segundo apoyada contra ella, respirando hondo. Me sentía vacía. El bajón me había caído encima como una losa pesada.
Me quité la camisa de un tirón, me puse un jersey viejo y suave que me llegaba a medio muslo y me tiré en el sofá con un libro cualquiera —uno de esos poemarios eróticos que suelo leer cuando quiero encender algo dentro de mí—. Pero las palabras no entraban. Solo veía la cara de aquel chico joven y delgado, su erección patética marcándose en el pantalón, su mirada hambrienta recorriéndome… y nada. Cero ganas. Cero fuego.
Estuve a punto de llamar a algún amante que siempre responde rápido cuando digo “ven”. Alguien que me follara sin preguntas, que me quitara esa sed que Alberto me había dejado clavada en el cuerpo. Pero ni siquiera tenía fuerzas para marcar el número. Me quedé allí tirada, con el libro abierto en el regazo, mirando al techo y sintiendo un vacío extraño.
Entonces sonó el timbre otra vez. Me quedé quieta un segundo, como si no lo hubiera oído. Volvió a sonar, insistente. Suspiré, dejé el libro a un lado y me levanté con pocas ganas, arrastrando los pies descalzos por la madera fría.
Abrí la puerta casi sin ilusión… y allí estaba él.
Alberto. Alto, moreno, con esos ojos azules ahora más fríos pero encendidos. Ya no llevaba el uniforme: camisa blanca remangada hasta los antebrazos venosos y fuertes —esos brazos que había imaginado tantas veces agarrándome del pelo—, vaqueros ajustados que marcaban sus muslos duros y un culo magnífico. Estaba aún más guapo de lo que recordaba: mandíbula marcada, barba de varios días que le daba un aire rudo y varonil, piel bronceada y pecho ancho que tensaba la tela de la camisa. Olía a hombre de verdad, a sudor limpio y a algo que me aceleró el pulso sin permiso.
Me quedé paralizada. Yo, que siempre tengo una frase pícara o un gesto calculado, me quedé muda. Solo pude mirarlo con la boca entreabierta, sintiendo cómo la sorpresa y el deseo me subían por la garganta.
Él me miró fijamente, sin apartar los ojos de los míos, y dijo con esa voz grave que me ponía la piel de gallina:
—Puedo entrar?
Asentí sin pensar, casi por inercia. Se apartó un poco y entró, cerrando la puerta detrás de él con un clic suave pero definitivo.
Se quedó parado en el recibidor, mirándome de arriba abajo. El jersey me cubría los pechos pero dejaba mis piernas y parte del culo al descubierto. Sin embargo, su mirada no era solo de hambre inmediata; había algo más serio, más pesado.
—He dejado el trabajo —dijo de golpe, con voz grave y firme—. No podía seguir viniendo aquí. Me volvías loco desde la primera vez que te vi. Esa mañana que abriste la puerta con la camisa sin nada debajo, los pechos que se intuían por las aberturas, la piel dorada brillando, esa sonrisa pícara que me decía “ven si te atreves”… me jodiste la cabeza. Cada vez que entraba con el bidón me imaginaba agarrándote, follándote contra la pared, llenándote la boca… pero tengo a mi mujer, a mis hijos. No podía.
Hizo una pausa, respiró hondo; los músculos de sus antebrazos se tensaron bajo la camisa remangada.
—Intenté resistirme. De verdad. Pero cada vez que te veía, cada vez que me rozabas “sin querer”, cada vez que me decías esas cosas con doble sentido… me ponías más duro que nunca. Mi mujer no me tocaba desde hacía semanas, los niños, el cansancio… y tú ahí, ofreciéndome todo lo que ella no me daba. Me volviste loco, Irene. Loco de verdad.
Me miró fijamente, la voz grave bajando aún más.
—He dejado el trabajo por mi familia. Quiero a mi mujer. Quiero a mis hijos. Pero necesito probar este cuerpo una única vez. Solo una. Luego me iré y no volveré nunca más.
Se quedó en silencio, esperando mi respuesta, con la respiración pesada y la erección marcándose cada vez más claramente bajo los vaqueros.
Yo seguía sin saber qué decir. El corazón me latía con fuerza en los oídos.
Alberto me miró un segundo más, con esos ojos azules fríos pero encendidos, y murmuró casi para sí mismo:
—Le he mentido a mi mujer… le he dicho que tenía un viaje. Espero que merezca la pena.
Antes de que pudiera responder, se acercó y me besó.
No fue el beso brusco y hambriento que esperaba después de cómo me había follado la boca la última vez. Fue dulce. Sorprendentemente dulce. Sus labios se posaron en los míos con una suavidad que me desarmó, como si tuviera miedo de romper algo frágil. Me besó despacio, con una ternura que no le conocía, la lengua rozándome apenas, explorando sin prisa. Me sorprendió tanto que por un momento me quedé quieta, sin saber cómo reaccionar.
Sus manos empezaron a recorrerme el cuerpo con la misma lentitud. Primero los hombros, bajando por los brazos con yemas cálidas y callosas, subiendo otra vez hasta el cuello, enredándose en mi melena cobriza. Luego bajaron por la espalda, trazando la curva de la columna con los dedos abiertos, como si quisiera memorizar cada vértebra. Cuando llegaron a la cintura me apretó suavemente contra él, con una posesión tranquila pero firme. Las palmas subieron por los costados, rozando el lateral de mis pechos pequeños y firmes; los pulgares dibujaron círculos lentos alrededor de los pezones, que se endurecieron al instante bajo el jersey. Bajaron a las caderas, apretando con cuidado la carne suave, y volvieron a subir por el vientre plano, deteniéndose en el ombligo, explorando como si fuera la primera vez que tocaba a una mujer.
Yo seguía paralizada. El cuerpo respondía solo por instinto: la piel se me erizaba bajo sus manos, la respiración se me aceleraba, un calor suave me subía por el pecho. Pero mi cabeza aún procesaba aquella dulzura inesperada. Alberto, el mismo hombre que me había usado sin piedad la última vez, ahora me besaba y me tocaba como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Y entonces algo se encendió dentro de mí. El fuego que siempre llevo guardado empezó a subir, despacio al principio, como una chispa que encuentra oxígeno. Sentí cómo mis caderas se movían solas hacia él, cómo mis manos subían por su pecho duro y trabajado, cómo mi lengua empezaba a responder al beso con más hambre. El cuerpo se me despertó de golpe: los pezones rozando su camisa, el sexo palpitando de nuevo, el calor extendiéndose por todo mi ser como una ola lenta pero imparable.
Recuperé el control. El fuego volvió, más fuerte que nunca.
El beso dulce duró solo un suspiro. El calor de los dos no estaba para romanticismos. De repente sus manos dejaron de recorrer y empezaron a agarrar: fuertes, posesivas, casi desesperadas. Me levantó el jersey de un tirón, me lo arrancó por la cabeza y lo tiró al suelo. Mis pechos quedaron al aire. Me agarró por la cintura y me apretó contra él, sintiendo cómo su erección gruesa se clavaba en mi vientre.
No esperó más. Me levantó en volandas como si no pesara nada, me llevó hasta el sofá y me dejó caer de espaldas. Me abrió las piernas con un movimiento firme, me quitó el tanga con un tirón seco y se arrodilló entre mis muslos. Sus manos grandes y venosas me sujetaron las caderas, clavándome al sofá, y bajó la cabeza.
Me comió el coño lentamente. Muy lentamente. como si me lo debiese. Primero solo la lengua plana recorriendo los labios de arriba abajo, saboreando cada gota de mi humedad. Luego círculos suaves alrededor del clítoris, sin prisa, dejando que el placer subiera despacio. Yo gemía bajito al principio, pero pronto le agarré del pelo corto y oscuro, tirando para que se pegara más a mí. Él gruñó contra mi piel, la voz grave vibrando en mi sexo, y metió la lengua dentro, follándome con ella mientras el pulgar me frotaba el clítoris en círculos lentos pero firmes.
No sé cuánto tiempo estuvo así. Perdí la cuenta. Solo sé que me corrí una y otra vez mientras le agarraba del pelo con fuerza, tirando y empujando su cara contra mí. Cada orgasmo era más intenso que el anterior: el primero me hizo arquear la espalda y gemir su nombre, el segundo me hizo gritar sin control, el tercero me dejó temblando y jadeando, con las piernas cerrándose solas alrededor de su cabeza.
Él no paró hasta que me quedé sin aliento, el cuerpo laxo sobre el sofá, la melena cobriza pegada a la frente por el sudor, los pechos subiendo y bajando con respiraciones rápidas.
Cuando me recuperé, decidí que era mi turno. Por primera vez con él, tomé el control.
Lo empujé hacia atrás en el sofá, me arrodillé entre sus piernas y le bajé los vaqueros despacio, disfrutando de cómo se tensaban sus músculos bajo mis manos. Saqué su polla: gruesa, venosa, dura como piedra, con esa cabeza grande y rosada que ya conocía de memoria. La miré un segundo, sonriendo con picardía, y le susurré bajito:
—Ahora me toca a mí, semental. Vamos a ver cuánto aguantas cuando soy yo la que mando.
Empecé despacio, como sé hacer yo las cosas. Primero solo la punta: lamí la cabeza con la lengua plana, saboreando el líquido preseminal que ya brillaba, girando alrededor del glande en círculos lentos y húmedos. Luego bajé por el tronco, lamiendo cada vena marcada, subiendo y bajando con la lengua plana, dejando que la saliva lo bañara todo. Lo miré desde abajo, con mis ojos miel llenos de fuego travieso, y me la metí en la boca poco a poco, hasta la mitad, chupando con presión suave pero constante. Subía y bajaba despacio, apretando los labios justo debajo de la cabeza en cada subida, usando la lengua para acariciar la parte inferior mientras mi mano masajeaba sus huevos pesados y calientes.
Él gemía grave, los puños cerrados en el sofá, intentando no agarrarme del pelo. Yo aceleré un poco el ritmo, metiéndomela más profundo, hasta que sentí la cabeza chocar contra mi garganta. Lo hice varias veces, lento pero firme, dejando que la baba me chorreara por la barbilla y cayera sobre sus muslos. Le lamí los huevos un par de veces, metiéndomelos en la boca uno por uno, chupándolos suavemente mientras lo masturbaba con la mano. Volví a la polla, la tomé hasta el fondo, tragué alrededor de ella y lo miré con ojos de placer.
Pero no le dejé correrse. Cada vez que sentía que se tensaba demasiado, paraba, le apretaba la base con los dedos y le daba un beso suave en la cabeza. Lo hice tres veces. Él gruñía frustrado, los músculos de los brazos y el pecho temblando de contención. Era un semental de verdad: sudaba, respiraba pesado… pero aguantaba.
Gracias a Dios que aguantaba. Porque yo llevaba cuatro meses necesitando que ese miembro me perforara las entrañas. Cuatro meses imaginando cómo sería sentirlo dentro, duro, profundo, llenándome hasta el fondo. Y esa noche… por fin iba a pasar.
Cuando ya no pude más, lo empujé hacia atrás en el sofá. Se acomodó con las piernas abiertas, la polla todavía dura y brillante de mi saliva. Me subí encima despacio, guiándola con la mano hasta que la cabeza entró. Nada más sentir ese grosor abriéndome, me corrí como una loca. Chorreé más que nunca: sentí los chorros calientes bajando por sus muslos, mojando el sofá y el suelo… pero no paré. Me senté del todo, hasta que me llenó por completo, y empecé a moverme con ritmo lento pero profundo, girando las caderas para sentirlo rozar cada rincón.
Las ventanas estaban abiertas de par en par. Cualquiera que paseara por la playa podría vernos: yo encima de él, la melena cobriza cayendo revuelta por la espalda, los pechos pequeños y firmes rebotando con cada movimiento. Él intentaba succionarlos con su boca, pero yo a veces se los quitaba, prolongando el placer. No importaba nada. Estábamos en ese punto de excitación en el que el mundo desaparece. Solo existía su polla dentro de mí, mis caderas girando, sus manos grandes agarrándome el culo con fuerza, apretando la carne como si quisiera dejar marca.
Disfruté de cada músculo de ese hombre: los antebrazos venosos tensándose cuando me guiaba, el pecho ancho subiendo y bajando con respiraciones pesadas, los abdominales marcados bajo la piel sudada que se contraían con cada embestida mía. Me corrí otra vez así, cabalgándolo despacio pero profundo, sintiendo cómo me rozaba justo donde más lo necesitaba. Luego otra, y otra. Las piernas me temblaban, el sudor me resbalaba por la espalda, pero no paré. Cada orgasmo era más intenso, más largo, me dejaba jadeando y apretándolo dentro hasta que él gruñía grave.
Entonces él reaccionó. Me levantó de un tirón, me puso a cuatro patas en el sofá, el culo en pompa hacia él. Le encantaba dominar, aunque supiera dejarse cuando era necesario. Me agarró las caderas con esas manos fuertes y me penetró de una embestida larga y profunda. Empezó alternando: fuerte y rápido, sacudiéndome entera hasta que gemía alto y los pechos rebotaban; luego lento y profundo, sacándola casi del todo para volver a entrar hasta el fondo, rozando ese punto que me hacía temblar.
Le pedí por favor, con voz rota:
—Alberto… vacíate dentro de mí… por favor…
Él gruñó grave, me agarró del pelo y aceleró. Me folló con fuerza, profundo, hasta que se corrió dentro con un rugido bajo, llenándome de chorros calientes que sentí palpitar uno a uno. Me corrí con él, temblando, las piernas cediendo, el cuerpo convulsionando en oleadas que no terminaban.
Nos quedamos abrazados en el sofá, jadeando, sudados, con el mar de fondo rompiendo suave. Él me abrazó fuerte un momento, como si no quisiera soltarme nunca…
Después de aquella primera follada en el sofá, Alberto permaneció dentro de mí un rato, jadeando contra mi cuello. Yo le acaricié el pecho duro y le susurré entre risas:
—Si solo va a ser una vez, va a tener que merecer la pena. No pienso dejarte marchar a medias
Él me miró con aquellos ojos azules encendidos, la polla todavía dura dentro de mí, y gruñó:
—Entonces no me iré hasta dejarte completamente satisfecha.
Y cumplió su palabra. El resto de la noche se convirtió en un torbellino lento e intenso.
Me levantó en brazos, me llevó hasta la cocina y me folló contra la encimera, agarrándome los pechos desde atrás mientras me mordía el cuello. Me corrí con fuerza, chorreando por sus muslos. Después me sacó a la terraza, donde la brisa del mar acariciaba nuestra piel desnuda. Me puso de rodillas y volvió a follarme la boca, profundo y sin piedad, hasta que las lágrimas me corrían por las mejillas. Yo lo miraba desde abajo, con los ojos llenos de fuego, disfrutando cada vez que se volvía más salvaje.
Más tarde, mientras me tenía a cuatro patas en el suelo de la terraza, me acariciaba el culo con deseo mientras me penetraba. Gemí fuerte y le susurré:
—¿Te gusta? Porque si quieres… puedes tenerlo todo esta noche. Mi culo también es tuyo.
Se quedó quieto un instante, la polla palpitando dentro de mí, la voz grave temblando de excitación:
—Joder, Irene… ¿en serio? ¿Me dejas…?
Me reí ronca y empujé hacia atrás, sintiéndolo más profundo:
—Claro que sí, semental. Si solo es una vez, quiero que pruebes todo. Fóllame el culo. Quiero sentir esa polla gruesa abriéndome despacio.
Cuando apoyó la cabeza contra mi entrada trasera, se detuvo un momento, jadeando contra mi espalda:
—No puedo creer que me dejes… Mi mujer nunca me ha permitido esto. Ni una sola vez.
Empujé un poco más hacia atrás, sintiendo cómo entraba el primer centímetro:
—Pues por eso mismo —le susurré, victoriosa—. Porque tu mujer nunca te ha dejado… vas a recordar esta noche el resto de tu vida. Vas a recordar cómo me abriste el culo, cómo me dejaste entregarte mi lugar más reservado. Fóllame, Alberto. Lento al principio… y luego como un animal. Quiero que me llenes el culo de semen caliente.
Eso lo rompió por completo. Entró hasta el fondo con un empujón firme y yo grité, mezcla de placer y dolor. Se quedó quieto unos segundos, dejándome adaptarme, y luego comenzó a moverse. Primero lento y profundo, cada embestida arrancándome gemidos largos y bajos. El dolor se transformó pronto en un placer intenso que me hizo perder el control. Mi culo se apretaba alrededor de él, como si no quisiera soltarlo nunca.
Aceleró poco a poco, cada vez más fuerte y profundo. Cada golpe me arqueaba la espalda, hacía rebotar mis pechos y pegaba el pelo a mi cara por el sudor. Me corrí así, sin tocarme el clítoris, solo con su polla llenándome el culo. El orgasmo fue brutal y largo, me dejó temblando y chorreando por el coño. Él no paraba, gruñendo contra mi oído:
—Joder, qué apretado… qué rico… apriétame así…
Nos follamos como animales bajo la brisa del mar. Él empujaba con fuerza, yo me movía hacia atrás para sentirlo más adentro. Sudábamos, gemíamos, el sonido de piel contra piel se mezclaba con el romper de las olas. Cambiaba el ritmo: lento y torturador, rápido y salvaje, luego lento otra vez para hacerme suplicar. Me agarraba del pelo, me mordía el hombro, me daba azotes que resonaban en la noche. Yo gemía su nombre, le clavaba las uñas y me corría una y otra vez.
—Más… más fuerte… no pares —le pedía con la voz rota.
Él gruñía contra mi oído:
—Te estoy follando el culo como nunca te lo han follado… vas a recordarme siempre.
Y lo hizo. Me folló hasta que los dos estábamos al límite, temblando y perdidos en el placer. Al final le supliqué, con la voz quebrada:
—Vacíate dentro… lléname el culo… por favor…
Aceleró, me agarró del pelo, tiró mi cabeza hacia atrás y se corrió con un rugido bajo, llenándome de chorros calientes y abundantes. Me corrí con él, el culo apretándose alrededor de su polla, el cuerpo convulsionando en oleadas interminables.
Fue una de las noches más placenteras de mi vida. Aquella mezcla perfecta de dolor inicial que se transformaba poco a poco en un placer creciente, la sensación de estar completamente llena, de ser usada y de usarlo al mismo tiempo… resultó inolvidable.
Aunque nunca volví a verlo, quedé más que satisfecha. Aquella única noche había sido suficiente para marcarme para siempre.
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