Quiero ser cornudo (Cap. 13 - 2ra parte)
Miguel no solo quiere a Lidia, la posee. Desde la distancia, dicta sus pasos, su ropa y sus fantasías. Cuando Nando se aleja, quedando sola con su amante, la noche se vuelve un juego de poder donde el riesgo y la sumisión se funden en la arena.
NOTA DEL AUTOR:
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CAPÍTULO 13 - (2ra PARTE)
DÍAS DE SOL Y PLAYA
Media hora después estaban sentados cara a cara en la mesa de un restaurante.
–¿Y eso? ¿Puedes explicarme que ha pasado? – preguntó Nando intrigado.
–Dime… ¿qué quieres saber?
–¿Por qué te has comprado ese tanga? Y más importante… ¿Por qué te lo has puesto en un lugar público? – preguntó Nando aunque ya intuía la respuesta.
–Porque Miguel me lo pidió – respondió Lidia confirmando las sospechas de Nando.
–Cuando te dormiste le mandé un mensaje diciéndole que estábamos en la playa. Le mostré el bañador que llevaba puesto y me ordenó comprarme un bikini. De hecho él lo escogió.
–¿Él lo escogió? – preguntó Nando incrédulo.
–Sí. Me probé cuatro o cinco y él eligió el que debía comprarme. Lo demás ya lo sabes.
–¿Sabes que he tenido el orgasmo más extraño de mi vida? ¡Me he corrido sin tocarme! Nunca me había pasado nada parecido. ¡Y aun así he tenido que masturbarme para correrme una segunda vez!
–Y tú también estabas muy cachonda, se te veía en los ojos. Y también te masturbaste en la playa, podría habernos visto cualquiera... – añadió.
–Y lo han hecho. Los dos chicos que estaban pescando en la orilla me han estado mirando mientras me tocaba – contestó Lidia.
–¡Dios mío! Esto se nos va de las manos... ¿lo sabes no? Estamos en las manos de Miguel, accedes a todas sus peticiones.
Durante un par de minutos guardaron silencio, reflexionando, hasta que el camarero interrumpió sus pensamientos.
–¿Ya saben lo que van a tomar?
–¿Uhh? Sí… creo que sí. Mira, ponme unos mejillones a la marinera y unos chipirones… ¿te parece bien? Ah, y trae una botella de vino blanco.
Nando, cuando se cercioró de que el camarero ya no podía oírlos continuó….
–Se sincera, – continuó Nando, – si yo te hubiera pedido que te compraras este bikini, ¿me habrías hecho caso?
–No – se sinceró Lidia.
–Pero que me diera órdenes de ese modo, me puso tan cachonda que no pude resistirme. ¿Aún quieres que te haga cornudo? – preguntó Lidia.
–Sí, claro que sí. ¿No has visto lo que ha pasado? Sólo con saber que cumplías una fantasía de Miguel me he corrido sin tocarme.
–Por cierto... ¿le has enviado la foto?
–No, aún no. Si quieres lo hago ahora.
–Sí por favor, escógela tú.
Durante los siguientes minutos, ambos, estuvieron repasando las fotos, la mayoría estaban mal enfocadas, movidas o con el horizonte torcido, pero unas cuantas se podían salvar. Eligieron cinco y Lidia se las mandó a Miguel.
–Bueno, enviadas, ya sólo hace falta esperar su respuesta... – dijo Lidia con una sonrisa picarona.
* * * * *
[Miguel] Que maravilla… estás espectacular.
[Lidia] Estamos en un restaurante cenando.
[Miguel] ¿Cómo vas vestida?
[Lidia] Con el tanga y un pareo a modo de falda.
[Miguel] ¿Y la parte de arriba?
[Lidia] El bikini y una camiseta de tirantes.
[Miguel] Mándame una foto
Unos segundos después, Miguel recibía una foto de Lidia de pie, apoyada sobre la barandilla y mostrando su pierna ligeramente levantada.
[Miguel] Ummmmm, preciosa. ¿Estas con Nando?
[Lidia] Sí. Pásamelo, quiero hablar con él.
Aquella petición sorprendió a Lidia, pero le entregó el teléfono a Nando.
[Nando] Hola, soy Nando.
[Miguel] Hola, tengo que felicitarte, porque tienes una esposa increíble. No te imaginas la envidia que me das, sólo en pensar que puedes poseerla cuando quieres.
[Nando] Gracias.
[Miguel] Ahora quiero que me hagas un favor, te voy a pedir un par de cosas y cuando termine, si aceptas, quiero que borres todos los mensajes para que Lidia no pueda leerlos… tiene que ser una sorpresa.
[Nando] ok
La conversación fue breve, apenas intercambiaron una docena de mensajes, y siguiendo las instrucciones que Miguel le había dado, al terminar, borró la última parte de la conversación y le devolvió el teléfono a Lidia.
[Miguel] Bueno, guapa, disfruta mucho de tus vacaciones. Te lo mereces. [Emoticono beso]
Y se despidieron.
* * * * *
Terminaron de cenar y pasaron el resto de la velada paseando por el paseo marítimo. Hacía un poco de fresco, aún era marzo y a pesar de que el frio invernal de unas semanas atrás había terminado, las temperaturas aún eran bastante bajas.
Entraron en el lounge, Cocooa Beach. Tomaron asiento y se relajaron escuchando música. El ambiente era cálido, la música relajante; pidieron un par de gin-tonics y conversaron sobre los planes para los próximos días.
Lidia se fue al baño, pero cuando regresó, Nando no estaba en la mesa. Sin darle más importancia, se sentó en su sitio y se distrajo con el móvil esperando a que regresara. Cuando instantes después, una voz sonó por su espalda.
–¿Me permite acompañarla?
La voz era familiar y se giró intrigada. A su espalda, de pie, con dos copas en la mano se encontraba Miguel.
Lidia, del susto casi se cae de la silla y pegó un extraño chillido de sorpresa.
–¿Y Nando? – preguntó poniendo cara de estúpida.
–Se ha ido; me ha pedido que te entretenga hasta que regrese.
–¿Pero cómo... cómo puede ser que estés aquí? ¿Quién… quién te ha dicho dónde encontrarnos?
Lidia no salía de su asombro.
–¿Y Nando? – volvió a preguntar buscándolo en todas las direcciones.
Miguel se sentó y le entregó la copa a Lidia.
–Relájate. Mientras cenabais, cuando le has pasado el teléfono, nos hemos puesto de acuerdo. Me ha dicho donde estabais y lo hemos preparado todo para darte una sorpresa, – y continuó – he venido lo más rápido que he podido. Cuando he entrado Nando estaba sólo y le he enviado un mensaje indicándole que podía irse. Y lo ha hecho.
–¿Pero dónde… do… do… dónde ha ido? – Lidia aún tartamudeaba de la sorpresa, no sabía si sentirse engañada, enfadada o satisfecha por el “regalo”.
Se sentía desamparada, insegura, le faltaba el soporte de su marido, su seguridad. No sabía cómo reaccionar, no sabía si echarle a patadas o lanzarse a sus brazos. No conseguía salir de su asombro… ¿cómo habían podido sorprenderla tanto?
Tomó un sorbo de su gin-tonic y Miguel la imitó. La estaba mirando fijamente con sus penetrantes ojos verdes; observó el brillo de su mirada y tomó otro sorbo de su copa.
Cinco minutos después estaban bailando una canción lenta, abrazados y con el corazón acelerado.
Miguel la agarró por la cintura mientras ella lo abrazaba recostando su cabeza sobre su hombro. Se sintió reconfortada por su calor y se dejó llevar siguiendo sus cadenciosos pasos.
Cuando la canción terminó se separaron, Lidia tomó aire aspirando profundamente y regresaron a la mesa.
–Estáis locos... – dijo Lidia, –tú y Nando; no sé quién está más loco.
–Pero te gusta– replicó seductoramente él.
–¿Y no tienes nada mejor que hacer un domingo por la noche que salir a toda velocidad para seducir a una fiel mujer casada?
–Ummm… – pensó Miguel, –tener tengo un montón de cosas que hacer, pero ninguna tan apetecible como pasar una romántica velada con mi Lidia.
Lidia se terminó su gin-tonic y Miguel la imitó. Pidieron más bebidas y se pasaron el resto de la noche riendo y compartiendo sus “aventuras” pasadas. Rememorando la cita en el Pub Stress y, sobre todo, la interrupción en el rellano del edificio de Lidia.
–¡Dios mío! – exclamó Miguel, –casi nos pillan.
–Nada de casi, nos pillaron completamente, aunque no conocen a Nando y no podían ni imaginarse lo que en realidad sucedía.
–¿Y que es lo que realmente sucedía? – preguntó incisivo Miguel.
–¿Qué que sucedía? ¡Joder que cabrón! – exclamó Lidia, –pues que le estaba poniendo los cuernos a mi marido.
–¿Como ahora? – se arriesgó Miguel.
–No, ahora somos dos amigos tomando unas copas y recordando viejos tiempos.
Sin darse cuenta, se hicieron las tres de la noche y el local empezó a vaciarse. Encendieron las luces y se detuvo la música; para Lidia fue como despertar de un sueño. De un trago vaciaron lo que quedaba en sus copas y salieron del local ligeramente mareados.
Durante aquellas dos horas no había pasado nada excepcional, habían bailado abrazados, habían tomado unos cuantos gin-tonics y habían conversado animadamente, y aun así, Lidia notaba su corazón latir aceleradamente, notaba su sexo húmedo y sentía la necesidad de volver a abrazar aquel cuerpo firme que, ahora, andaba junto a ella.
Se acercaron a la arena, Lidia se sentó en un muro bajo de piedra y Miguel acercándose lentamente, la abrazó y la besó. Sus labios se unieron, húmedos, cálidos y sus lenguas entraron en contacto.
–Ummmmm – jadeó Lidia al besar a Miguel.
Miguel se sentó a su lado e incorporó a Lidia para que se sentara frente a él, abrazándole con las piernas en su cintura. Volvieron a besarse.
Las manos de Miguel se colaron por debajo de la camiseta de Lidia y desabrocharon hábilmente el cierre del sujetador. Sus pechos quedaron libres y, con una mano, Miguel, los agarró firmemente, apretándolos con destreza y pellizcando ligeramente sus pezones erizados.
Lidia estaba completamente vencida. Incapaz de detener aquello, se limitaba a abrazar a su amante besándolo intensamente.
–¡Ummmmm!!!
Estuvieron así una hora, como simples adolescentes que descubren su sexualidad. Lidia, sentada sobre las piernas de Miguel, cubierta sólo por un pareo y un micro tanga que en aquella posición se había desplazado lo suficiente como para liberar su sexo; notaba la polla de Miguel, dura pero encerrada debajo de unos pantalones.
Miguel se levantó, sujetando con fuerza a Lidia, hasta que esta pudo apoyarse sobre el suelo. La agarró de la mano y la guio hacia la orilla donde las luces del paseo apenas llegaban y se escuchaba el ronroneo de las olas.
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