Xtories

Mi Novia la Bailarina. XXVII- Verdad o reto

Le prometió a su novio que no pasaría nada, pero el alcohol y el juego de la noche desdibujan las fronteras. Entre risas y retos, la tentación de Mike se vuelve irresistible, y lo que empieza como un juego termina en una confesión de carne y hueso que la deja sin salida.

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RELATA MAYA (VIERNES, CUARTO CONCIERTO)

Desperté agotada. Más que agotada: drenada, confundida, con la sensación de haber corrido en sueños toda la noche sin llegar a ninguna parte. Las pesadillas fueron intensas, densas, como un eco sucio que no me soltaba. Me dolía el cuerpo, no por cansancio físico, sino por culpa.

Todo comenzó la noche anterior.

Estábamos acostados, ya en silencio. Yo con la cabeza apoyada sobre el pecho de Marcos, respirando al ritmo de sus latidos, sintiéndome momentáneamente en paz. Y de pronto, él lo dijo.

—Tenemos que hablar —soltó, con esa voz grave que usaba cuando algo le preocupaba de verdad.

En ese momento, sentí cómo la sangre se me helaba. El estómago se me encogió. No pude evitar imaginar lo peor. ¿Se habrá enterado? ¿Habrá visto algo? ¿Un mensaje, una mirada, una sospecha?

Me incorporé un poco, con el corazón latiendo en la garganta.

—Me llegaron algunas historias… rumores sobre tu jefe —dijo con calma, sin mirarme.

¿Mi jefe? ¿Cuál de todos? ¿Julián, con quien ya había cruzado límites imperdonables? ¿Marcelo, mi error reincidente? ¿O Mike, el único con quien nunca había pasado absolutamente nada?

—¿Del elenco? —pregunté, fingiendo ingenuidad.

—Sí… ese tal Mike. Creo que hay situaciones que no me gustan.— Dijo Marcos

Respiré hondo. Mike… menos mal. Si se refería a él, tal vez aún estaba a salvo. De los tres, era el único que siempre se había comportado con profesionalismo. Nunca hubo un coqueteo, ni una insinuación. A veces hasta parecía ajeno al ambiente cargado de tensión que se respiraba entre bastidores.

—¿Qué cosas? ¿A qué te refieres? —pregunté, con cuidado, eligiendo cada palabra como si pisara cristales rotos.

—Me llegó el rumor de que a veces se sobrepasa un poco con sus bailarinas —dijo él, ahora sí mirándome.

—No sabría decirte… —empecé, y sentí cómo mis pensamientos intentaban organizarse rápido—. Nunca vi nada raro con él… o sea, con nadie del elenco —corregí, bajando la mirada para no delatarme.

No era mentira del todo. Solo una omisión. Una más.

—Me llegaron informes de otros países. Firmas que ya trabajaron con él. Parece que quiere colaborar con nuestro bufete, y eso me puso alerta. No quiero que algo te afecte a ti… ni a tus amigas.—

—No te preocupes —dije, y esta vez sonreí con tristeza, porque por primera vez en toda la conversación podía decir algo completamente cierto—. Te prometo que no va a pasar nada entre Mike y yo.—

Él asintió, y entonces me tomó la mano. Sentí su calidez, su fe en mí. Me hizo daño.

—Prométeme que si pasa algo… cualquier cosa… si alguien intenta sobrepasarse contigo, me lo contarás.— Dijo el viéndome a los ojos

Guardé silencio por un instante. El tiempo se detuvo en esos segundos. El peso de mi conciencia me azotaba el pecho. Sentí una punzada entre las costillas. Era como si su voz hubiera llamado a mi parte más cobarde y esta temblara frente a él.

Yo nunca le había mentido a Marcos. No hasta ahora. No tan directamente. No así.

—Te prometo que no pasa nada, no pasará nada. Y si llegara a pasar… te lo contaría de inmediato —mentí. Por primera vez. Tan descaradamente que me dolió en la garganta.

Esa noche dormí mal. Muy mal. Las pesadillas me persiguieron con figuras distorsionadas, con escenas que mezclaban placer y castigo, miradas acusadoras y orgasmos que se transformaban en gritos. Me revolvía entre las sábanas como si me quemaran. Me despertaba sudada, con el corazón acelerado.

No podía dejar de pensar si lo que estaba haciendo valía la pena. Si estaba destruyendo la única relación que realmente me hacía sentir en casa por momentos de lujuria escondida en camerinos oscuros. ¿Vale un orgasmo el peso de una mentira?

Sentía la culpa tragándome. Me reprochaba a mí misma con furia. Me gritaba desde adentro que no era justo para él, que no merecía que lo traicionara así.

Pero al mismo tiempo… una parte de mí no se arrepentía del todo.

Una parte oscura. Sedienta. Impulsiva.

Esa parte que, aunque en silencio, aún tenía hambre.

El vuelo programado para ese viernes era al mediodía, así que me tomé la mañana con algo más de calma. Aproveché para preparar el equipaje sin apuro, y llegar al aeropuerto con tiempo. Sin embargo, al llegar, lo primero que me sorprendió fue encontrarme únicamente con Mike… y un hombre corpulento de casi dos metros que parecía su sombra personal: su seguridad.

Me llamó la atención. Mike solía ser el último en aparecer, siempre corriendo, siempre con ese aire de estrella que sabe que el resto la esperará. Pero hoy estaba ahí, puntual, casi como si lo hubiera planeado.

—Qué milagro que llegaste temprano… —le dije con una sonrisa, arqueando una ceja—. No es que la puntualidad sea precisamente uno de tus talentos.

—Aparentemente, hoy lo fue… por accidente —respondió él, devolviéndome la sonrisa.

—¿Por accidente?— Pregunte

—El vuelo se retrasó. Se comunicaron con todos… menos conmigo. Y, por lo visto, tampoco te avisaron a vos, ¿no?

Fui a comprobarlo al mostrador por mi cuenta, aún dudando si era un invento para justificar su insólita puntualidad. Pero no. Efectivamente, el vuelo se había demorado una hora y media. Genial.

—Vení, vamos al café del aeropuerto. Te invito algo —dijo, señalando con la cabeza el local más cercano.

Nos sentamos frente a frente. Me pidió que eligiera lo más caro del menú, considerando que en un aeropuerto todo ya era más caro de por sí. Lo miré de reojo, divertida, y accedí a medias: pedí una torta de chocolate con una bola generosa de helado encima. Él, por su parte, pidió un café irlandés, sin dudar.

Durante esa hora y media de espera, me sorprendió lo fácil que era hablar con él. Mike tenía esa mezcla extraña de carisma despreocupado con una calidez sincera. Entre bromas, anécdotas, y miradas que a veces duraban un poco más de lo necesario, se fue desdibujando la imagen del artista inalcanzable.

Cada tanto, alguien se acercaba a pedirle una foto. Él accedía sin molestarse, con paciencia genuina. Me llamó la atención.

—¿Y no te cansa que te pidan tantas fotos?—pregunte

—Claro que cansa —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero lo que a mí me toma cinco segundos, a ellos les puede dar una sonrisa para todo el día. Yo soy quien soy gracias a ellos. Sería una mierda de persona si les negara una simple foto.

Esa respuesta me tocó. Era otra cara de Mike. El tipo que en sus videoclips nadaba en lujo, joyas y mujeres, resultaba ser también alguien que entendía el valor de una sonrisa ajena. La contradicción me atraía, me descolocaba, y al mismo tiempo me generaba una familiaridad peligrosa.

Me contó más de sí mismo: sus inicios en la música, su infancia marcada por carencias y una madre que lo empujó con uñas y dientes, sus pasatiempos (el cine, sobre todo), y esa obsesión por crear algo que quedara. Algo que importara.

Justo cuando el reloj marcaba la hora para el preabordaje, empezaron a llegar los demás del elenco. Me despedí de Mike con un gesto cordial, aunque algo más cálido de lo habitual. Me senté, como siempre, junto a Alejandra en el avión. Apenas despegamos, caí rendida. El agotamiento físico, sumado al insomnio de la noche anterior, me arrastró sin resistencia al sueño.

Cuando desperté, ya estábamos aterrizando. Entre el letargo y la lucidez, una frase me atravesó la memoria como un aguijón: “Mike es peligroso”. Lo había dicho Marcos. Cerré los ojos otra vez, preguntándome si había algo de razón en esas palabras. Lo que había visto en Mike esa mañana era lo contrario. ¿O tal vez era justo eso lo que lo hacía tan peligroso?

Ya en el aeropuerto del destino, nos trasladamos directo al hotel. Apenas llegamos, Julián nos reunió a todos en el lobby, justo después de intercambiar saludos con una mujer que ninguna de nosotras había visto antes.

—Equipo —empezó con su tono habitual de pseudo líder carismático—, quiero presentarles a quien será la suplente de Andy en estos dos conciertos.

La mujer dio un paso al frente y habló con voz clara y segura:

—Buenas tardes, es un gusto conocerlos a todos. Mi nombre es Erika, nací en la Ciudad de México. Espero que podamos llevarnos muy bien.

—Con Erika ya hemos trabajado antes —intervino Julián—. Es una de las pocas bailarinas que hemos llevado a más de una gira. Se sabe todas las coreografías, tanto individuales como en pareja. Es una veterana del escenario.

Los chicos la saludaron con abrazos y sonrisas amplias. Se notaba que había una historia compartida entre ellos. Nosotras, las nuevas, fuimos más distantes. Es natural. No por desconfianza, sino por costumbre: cuando una pieza nueva entra en un grupo que ya tiene dinámicas, el acercamiento siempre es más medido.

Erika aparentaba tener unos cinco años más que nosotras. De tez morena, cabello rizado color café con mechas rubias, y un cuerpo trabajado con disciplina: piernas fuertes, cintura estrecha, busto medio y unas curvas que no pasaban desapercibidas. Era evidente que su presencia en el escenario debía ser magnética.

Subimos a nuestras habitaciones, pero el descanso duró poco. Apenas media hora después, ya estábamos en el bus rumbo al coliseo donde sería el primer show.

El sitio estaba a unos 40 minutos. Un coliseo pequeño, de no más de 3,000 personas, pero con una acústica potente y ese aire íntimo que suelen tener los lugares que no necesitan multitudes para vibrar.

Esa noche sería larga.

Y, de alguna manera, yo sabía que no solo por el concierto.

El ensayo fue simplemente magnífico. Erika nos dejó gratamente sorprendidas. No, no era mejor que todas, pero lo que le faltaba en técnica milimétrica, lo compensaba con carisma y una actitud que encajaba a la perfección. Era como si su energía contagiara el aire; se convirtió, sin pedirlo, en el alma del grupo.

—¡Qué pendeja que soy! O como ustedes dicen… ¡qué boluda! —gritaba cada vez que cometía un mínimo error, acompañando su autocrítica con una carcajada contagiosa que nos arrancaba risas a todas.

No solo era graciosa: también era generosa con sus conocimientos. Nos corregía sin soberbia, sin imponerse, más bien con cariño, como una hermana mayor que ya vivió lo mismo que estás viviendo tú. Sus aportes fueron tan precisos como valiosos.

—Mirá, para enganchar mejor los tiempos en esta canción, no te dejes guiar por la música. Dejá que sea Marcelo quien marque el ritmo. Cada vez que él rompa la distancia y te toque, vos respondés: te meneás, te pegás. Que la energía fluya entre los dos.

Ese fue uno de sus consejos. Y funcionó. Durante la práctica, sentí por primera vez que la sincronía con Marcelo era casi perfecta… aunque con él, lo profesional y lo físico siempre tenían una línea borrosa.

Terminamos el ensayo y nos dirigimos a los camerinos. Los hombres al fondo, nosotras algo más cerca del escenario. Por más que intentaba negármelo, había una parte de mí —esa parte rebelde, desleal, deseosa— que aún quería buscar a Marcelo. No era algo consciente, ni romántico. Solo un impulso, ese eco tenso que deja la piel después de haber sido tocada demasiadas veces sin resistencia.

Pero Erika volvió a rescatarme de mis pensamientos. Su risa, sus ocurrencias algunas descaradamente subidas de tono, mantuvieron al grupo unido, animado, descontracturado. Era una mujer que se sabía deseada, pero también sabía reírse de sí misma. Hacía chistes con su cuerpo, con su edad, con su vida amorosa, y esa soltura nos liberaba a todas un poco.

Cuando llegó la hora del concierto, ya estábamos todas encendidas. El escenario era pequeño, pero la energía era inmensa. Y esa noche, lo que hicimos sobre las tablas fue sencillamente mágico. Los pasos salieron perfectos, la química con Marcelo estaba afilada, los gestos, el ritmo, el sudor… todo en su lugar. O casi todo.

Porque, aunque la coreografía exigía cercanía física, Marcelo no se privó de ir más allá. Donde debía haber un roce, él metía la mano. Donde debía simular un contacto, él lo hacía real. Sus manos se colaban entre mis caderas, sus dedos se afirmaban sin pedir permiso. Cuando pasaba detrás de mí, sus caderas chocaban contra mis nalgas con una firmeza que no era accidental. No era la primera vez. Y ya no me molestaba. Tal vez porque me había resignado. O porque, en el fondo, una parte de mí lo aceptaba como parte del ritual. Incluso, y esto me lo costaba admitir, me excitaba.

El público estaba eufórico. Cantaban cada letra como si fuera una oración. Nos empujaban con su energía y, sin darnos cuenta, estábamos todos elevados, casi como en trance. Era imposible no dejarse llevar.

Cuando bajamos del escenario, no había cansancio. Al contrario, me sentía con energía de sobra, como si pudiera repetir todo el show tres veces más. Lo mismo le pasaba al resto del elenco: nos subimos al bus y aquello se convirtió en una fiesta improvisada. Risas, música, brindis simbólicos con botellas de agua, y hasta algunos pasos improvisados entre los asientos. Parecía el bus de la alegría. Erika, por supuesto, era el centro de la fiesta.

Y yo… yo no podía dejar de pensar en Marcelo.

No en lo que pasó en escena, sino en lo que todavía no había pasado.

Todos llegamos al hotel entre vítores y risas. Definitivamente había sido nuestra mejor presentación hasta ahora. Haber sumado un nuevo integrante con tanta experiencia no solo mejoró la coreografía, sino que, estaba segura, nos ayudaría a crecer como bailarinas.

—Prohibido que alguien se vaya a su cuarto. De aquí, todos directo a mi habitación para celebrar —dijo Mike, señalando el ascensor.

—¡Wuuu! —gritamos en coro, entre risas y aplausos.

Subimos con ese entusiasmo contagioso hasta la habitación más grande, como era costumbre. Enseguida movimos los sillones para armar un círculo donde todos pudiéramos vernos. Vi que Alejandra se sentó en el sofá de dos plazas, así que quise acompañarla… pero José Luis se me adelantó y se acomodó a su lado. No me quedó otra que tomar asiento en el sillón de tres cuerpos, justo en el medio, con Marcelo a un lado y Erika al otro.

—Hola, quiero pedir tres botellas de ron, una de vodka y un tequila —dijo Mike al teléfono de la habitación.

—¿No crees que es demasiado? —le preguntó Julián.

—Demasiado es el talento que hay en esta habitación —respondió Mike, sonriendo.

Cuando llegaron las botellas, Mike las puso al centro del círculo.

—Vamos a jugar... Verdad o reto —anunció con entusiasmo.

Las reglas eran simples: verdad o reto, y quien no quisiera contestar o cumplir, debía tomar un shot de tequila. Al principio fue todo liviano, preguntas y desafíos sin mayor peso. Pero después de veinte minutos, el calor en la habitación y el alcohol empezó a notarse. Todos ya habíamos tomado al menos dos shots. Fue Marcelo quien rompió el hielo con la primera pregunta personal.

—¿Quién de las chicas te parece más atractiva? —le preguntó a José Luis.

—Me encanta Alejandra. Mírala, es preciosa —respondió él, guiñándole un ojo.

Ella, para disimular el nerviosismo, bebió de su vaso. En mi cabeza se asomó la imagen de Andy. ¿Será que ese “motivo personal” por el que no vino tiene que ver con José Luis? ¿O peor aún, terminaron?

—Bueno, me toca —dijo José Luis, pensativo.

Mientras decidía a quién preguntar, noté algo. Ana, que estaba sentada junto a Julián, se mostraba incómoda, evitaba mirarlo o respondía con monosílabos. Recordé lo que había pasado con él y me pregunté si estaría intentando coquetearle. Pero mis pensamientos se desvanecieron cuando José Luis pronunció mi nombre.

—Maya. ¿Verdad o reto?

—Verdad —respondí, sin pensarlo mucho.

—¿Engañarías a tu novio?

La respuesta “correcta” era no. Pero sentí la mirada de Marcelo clavada en mí. Él sabía. No me salió mentir. Así que, sin decir una palabra, tomé el vaso de tequila y lo bebí de un trago. Alejandra me miró con los ojos como platos, la mandíbula caída. La risa general fue inevitable.

—Erika, ¿verdad o reto? —pregunté para cortar el momento.

—Verdad —dijo, segura.

—¿Alguna vez te besaste con alguien del elenco?

—Obvio. Con algunos hasta tuve sexo —respondió, sonriendo y lanzándole una mirada cómplice a Marcelo.

Las risas inundaron la habitación, algunas nerviosas. Yo también me reí... fingido. No entendía por qué, pero un pequeño brote de celos me incomodó.

—Ana, ¿verdad o reto? —preguntó Erika.

—Reto —respondió Ana, sin mucha emoción.

—Dale un beso a Julián —dijo Erika, que claramente también notó lo que yo.

Ana dudó. Estaba a punto de tomar el vaso, pero vi cómo Julián le sujetó discretamente el brazo.

—Está bien, le daré el beso —dijo Ana, resignada.

Se giró, lo miró y le estampó un beso rápido, de tres segundos. Antes de que alguien comentara algo, Ana lanzó su turno.

—Marcelo, ¿verdad o reto?

—Reto.

—Sácate una prenda.

Marcelo se quitó la polera sin dudar, dejando al descubierto ese abdomen moreno y marcado que ya conocía de memoria.

—Alejandra, ¿verdad o reto? —preguntó Marcelo.

—Verdad.

—¿Le darías un beso a José Luis?

—Si me trata bonito, tal vez sí —respondió, coqueta, riendo.

—Erika, ¿verdad o reto? —dijo Alejandra.

—Reto.

—Dale un beso a quien tú quieras aquí —la retó.

Todos esperaban a ver a quién elegía. Lo inesperado fue que Erika giró hacia mí, me tomó la cara con firmeza y me besó. No fue largo, pero sí directo. Me paralicé. Cuando quise pensar si debía alejarla, ya se había separado. Las risas y los vítores no se hicieron esperar. Yo seguía en shock. Por un momento pensé en Marcos, pero otro sorbo fuerte diluyó su imagen.

El juego siguió. Ya no quedaban muchas prendas. Ninguno de los chicos tenía polera, salvo Julián, que se negaba a quitarse su traje. Mike ya estaba solo en calzoncillos, y no pasaba desapercibido el bulto que marcaba debajo. El alcohol fluía más rápido que el refresco, así que los vasos iban 50/50. Alejandra conversaba animadamente con José Luis, y Ana era más receptiva con Julián.

—¿Verdad o reto? —preguntó Julián a Mike.

—Reto.

—Báilale sexy a cualquiera de las chicas.

Mike se puso de pie y se paró frente a mí. Comenzó a mover las caderas con ese ritmo lento, provocador. El grupo lo animaba con “¡eh, eh, eh!”, como si estuviéramos en un show. Su paquete, a la altura de mi rostro, se movía con una soltura que me hizo querer tocarlo. Pero justo cuando juntaba valor, la canción cambió y volvió a sentarse.

—Marcelo, ¿verdad o reto? —preguntó Mike.

—Verdad.

—Si tuvieras que besar a alguien aquí, ¿a quién besarías?

—No estaría mal un remember, ¿no, Eriquita? —respondió Marcelo, mirando a Erika con una sonrisa.

Algo en mí explotó. ¿Por qué no me eligió a mí? ¿Acaso no soy la más guapa del elenco? O al menos… ¿no lo era para Marcelo? Lo peor era que olvidé a Marcos por completo en ese instante.

El juego siguió su curso hasta que le tocó a Ana.

—Maya, ¿verdad o reto?

—Reto —dije, ya con la lengua pesada.

—Besa a quien tú quieras.

Mi primera idea fue tomar el vaso, pero sabía que uno más y vomitaba. Pensé en besar a Marcelo, pero recordé que él no me había elegido. Así que me puse de pie, caminé hasta Mike y lo besé. Al principio era para cumplir, pero en cuanto abrimos los labios, el beso se alargó. Las lenguas se encontraron, profundas, deseosas. Duró más de diez segundos. Cuando me separé, las risas explotaron… menos la de Marcelo. Tenía el rostro serio, como si no le hubiera hecho ninguna gracia.

—Bueno, parece que me quedo aquí —dije, dejándome caer sobre las piernas de Mike, arrastrando un poco las palabras.

—Me parece bien, nena —respondió él, sosteniéndome de la cintura.

El juego continuó unas rondas más. Julián fue el primero en irse a su cuarto, luego Ana, después Alejandra. Al final quedamos solo Mike, los dos puertorriqueños y Erika.

—Mike, ¿verdad o reto? —preguntó Erika.

—Reto —dijo él, sin borrar la sonrisa.

—Métanse diez minutos a solas en la habitación, ustedes dos.

Mike no dijo nada. Se puso de pie, me tomó de la mano y me guió a su habitación. Miré hacia atrás: Erika me hizo una seña con el pulgar arriba; José Luis, casi dormido; y Marcelo... Marcelo tenía la mirada clavada en mí, con una expresión dura, como si no pudiera creer que me estaba yendo con otro.

Empezamos a intercalar besos ni bien cerró la puerta. Besos que diría que serían hasta Obscenos, casi no nos centrábamos en que choquen nuestros labios, como si nuestro objetivo principal era que nuestras lenguas se entrelacen Una con otra. El sujeto una de mis manos y la dirigió directo a su paquete debajo de su calzoncillo como deseando que lo toque para posteriormente dirigir sus manos a mis nalgas. Su miembro estaba semi erecto, el cual era de un tamaño muy considerable, se lo sentía grueso, y su longitud tampoco era menor. Poco a poco me fue empujando hasta caer sobre la cama donde empezó a retirar poco a poco mis prendas, primero mi pantalón, después mi polera para finalmente retirar mi ropa interior. Totalmente desnuda el sujeto sus calzoncillos para de un tirón hacerlos caer hasta el piso. Su miembro no era tan grande como el de Marcelo, pero aún así era de un tamaño muy considerable, sabiendo que cuando aquel miembro intentase hacerse paso dentro mío me dolería.

—chúpalo— ordenó el

Sin dudarlo me puse de pie para luego arrodillarme y meter aquel tronco en mi boca. Sobra decir que no ingresó totalmente, Por más que lo intenté llegaba casi hasta la mitad, y ya en ese punto sentía que empezaba a inundar parte de mí garganta. De los 10 minutos ya habíamos gastado aproximadamente 6 o 7, y solo en la mamada habían sido unos 5 minutos ya. Tiempo en el que ya me empezó a doler la mandíbula por el tiempo que tenía mi boca abierta de una forma tan ancha producto de la circunferencia del miembro de Mike. Una vez lo retiré para dar algo de descanso a mi boca, él me jaló de las manos para apoyarme contra la cama, repartió un momento besos entre a mis nalgas, antes de empezar a dar lamidas en medio de ellas. Cada cierto tiempo pasaba su lengua por mi coño, pero parecía que su principal interés era mi ano, ya que la lengua mayormente se parqueaba en ese sector. El se puso de pie y posicionó su miembro encima de mis nalgas e hizo la pregunta que no pensé que escucharía.

—y si me regalas tu culito?, puedo meterlo por tu ano?-

Yo quedé por unos segundos estupefacta ya que nunca lo había hecho por ahí, o al menos mis intentos siempre habían fracasado.

—No, nunca lo hice por ahi- respondí pero al darme la vuelta vi el rostro de Mike, el cual hacía un puchero y aquella imagen de personaje creído y poderoso, aparentaba ser de un cachorrito regañado o rogando algo

—Por favor, si me lo permites, te prometo que serás mi bailarina principal, no solo esta gira sino todas las que tenga- dijo él aún con ese rostro y tono de voz casi rogante

No solo me generaba ternura su rostro, sino que la propuesta que había dicho para mí era garantizar mi carrera. Entiendo que dijo esas palabras impulsadas por el alcohol, pero a la par yo estaba sumamente borracha, y si me decía que me compraba el Palacio de Versalles le hubiera creído.

—Si es que tienes lubricante…— estaba poniendo mis condiciones Pero antes de que termine la frase el de un salto fue a su mesa de noche sacando un bote de lubricante.

Embadurno su miembro de aquel líquido y a la par llenó mi orificio y todo el entremedio de mis nalgas de forma generosa con aquel tipo Gel que al contacto sentí el frío. Apoyó su miembro en mi ano. Empecé a dar respiraciones profundas, tenía miedo, estaba casi temblando, me había olvidado totalmente de Marcos, solo pensaba en mí. Fue cuando escuchamos la puerta sonar

—knock, knock* tiempo, ya pasaron sus 10 minutos- era la voz de Erika

Cuando me disponía a decirle que ya había vencido el tiempo y que teníamos que salir, el sujeto mis caderas y jalándome metió su miembro en mi culo.

—AUUUUUUUGGHHH- Di un grito que yo creo que tranquilamente pudo haber despertado a las otras habitaciones, que lógicamente las personas que están fuera del cuarto es decir Marcelo, José Luis y Erika habrían escuchado.

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