Xtories

La Maestra que trazo el destino

La llamada de la escuela era solo una excusa; el deseo era real. Pero cuando Jeremías se acostó con Belinda, descubrió que la mujer que lo deseaba era la esposa del mismo hombre que había destruido su vida. Ahora, cada embestida es un acto de venganza y cada gemido, una traición compartida.

Dolores389.9K vistas9.2· 12 votos

La llamada llegó un martes por la tarde, justo cuando Jeremías terminaba de preparar la cena para su hijo Lucas.

Hacía apenas tres meses que su vida se había hecho pedazos. Carla, su mujer durante nueve años, le había confesado una noche, sin anestesia, que ya no lo amaba. Que hacía más de un año que mantenía una relación con Roberto, un ejecutivo de una empresa de seguros con quien había coincidido en varios eventos laborales. Según ella, “todo pasó sin buscarlo”. Pero Jeremías sabía que no era así: las salidas “con las chicas”, las noches que volvía tarde oliendo a perfume caro, las mentiras cada vez más torpes.

La separación había sido brutal. Carla no solo se fue de la casa, sino que se llevó casi todo: la mitad de los ahorros, el auto más nuevo y, lo peor, la custodia compartida de Lucas, aunque el nene de ocho años terminaba pasando la mayoría de las semanas con él. Roberto, el hijo de puta, ni siquiera tuvo la decencia de mantenerse al margen; apareció en las audiencias con traje impecable y mirada de superioridad, como si le estuviera haciendo un favor a todos al “salvar” a Carla de un matrimonio mediocre.

Jeremías había quedado destruido. Dormía poco, comía peor y cargaba con una rabia sorda que apenas lograba disimular delante de su hijo. Se sentía traicionado, humillado y, sobre todo, solo. Solo con un nene que preguntaba por su mamá casi todas las noches.

El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina y el nombre en la pantalla lo dejó helado un segundo: Escuela Primaria San Martín. Contestó con la voz cansada de un padre recién divorciado que ya no esperaba buenas noticias.

—Buenas noches, ¿hablo con el señor Jeremías López? —La voz al otro lado era firme pero suave, con ese tono profesional que las maestras usan cuando no quieren alarmar pero tampoco dejar pasar las cosas—. Soy Belinda, la maestra de Lucas. Necesito que venga mañana a la escuela. Su hijo está muy distraído en clase, no presta atención y sus notas están cayendo en picada. Creo que es importante que hablemos en persona.

Jeremías sintió un nudo en el estómago.

—Claro, maestra. Mañana a las cuatro estoy ahí.

Al día siguiente entró al aula vacía con el corazón apretado. Belinda estaba sentada detrás del escritorio, corrigiendo cuadernos. Era más joven de lo que esperaba, unos treinta y cinco, con el pelo castaño oscuro recogido en una cola alta que dejaba ver su cuello largo y blanco. Llevaba una blusa blanca ajustada que marcaba unas tetas firmes y redondas, y una falda lápiz negra que se ceñía a unas caderas anchas y un culo que parecía hecho para ser agarrado. Cuando se levantó para saludarlo, Jeremías notó cómo la tela se tensaba sobre sus muslos gruesos. Era hermosa de una forma peligrosa, de esas que te hacen olvidar que sos padre.

—Gracias por venir, Jeremías —dijo ella, extendiendo la mano. Su apretón fue cálido, un poco más largo de lo normal—. Lucas es un chico brillante, pero últimamente parece que tiene la cabeza en otro lado. ¿Hay algo en casa que lo esté afectando?

Se sentaron. Jeremías le contó lo de la separación sin entrar en detalles sucios. Belinda lo escuchaba con atención, inclinándose hacia adelante, y él no pudo evitar que su mirada bajara un segundo a ese escote donde se asomaba el borde de un corpiño negro de encaje. Ella se dio cuenta, pero no se tapó. Al contrario, sonrió apenas.

—Entiendo perfectamente —murmuró—. Yo también pasé por algo parecido hace un tiempo. A veces los chicos sienten la tensión aunque no digan nada.

La reunión duró casi una hora. Cuando terminaron, Belinda le propuso que se mantuvieran en contacto por el progreso de Lucas. Le dio su número personal. “Por si surge algo urgente”, dijo. Jeremías salió de ahí con la pija medio dura dentro del pantalón y una culpa que le pesaba como plomo.

Los mensajes empezaron inocentes. “Lucas estuvo más atento hoy”, escribía ella. “Gracias, maestra”, respondía él. Pero pronto las charlas se alargaron. Belinda le contaba de su día, de lo cansada que estaba de corregir, de lo sola que se sentía algunas noches. Jeremías le respondía con frases cortas al principio, pero después se soltó. Le habló de las noches en que se quedaba mirando el techo, pensando en cómo su ex se había ido sin mirar atrás. Belinda le mandó un emoji de abrazo y después una foto de ella en la cama, solo la cara, con el pelo suelto y una sonrisa cansada. “Yo también tengo insomnio”, escribió.

Dos semanas después se encontraron en un bar cerca de la escuela, “para hablar del nene sin formalidades”. Belinda llegó con un vestido negro corto que le llegaba a medio muslo y botas altas. Se sentaron en una mesa del fondo. Pidieron vino. La conversación fluyó fácil, demasiado fácil. Ella le tocó el brazo cuando reía, él le miró la boca cuando hablaba. A la tercera copa, Belinda se inclinó sobre la mesa y le dijo bajito:

—Jeremías, sé que esto no es profesional, pero… me gustás. Desde el primer día que entraste al aula. Sos un hombre de verdad, no como los pendejos que me rodean.

Él tragó saliva. Su pija se endureció al instante bajo la mesa.

—Belinda… yo estoy hecho mierda todavía. No quiero complicarte.

Ella sonrió, maliciosa.

—No me vas a complicar. Solo quiero que me cojas como se debe. Hace meses que nadie me toca como Dios manda.

Jeremías pagó la cuenta sin decir una palabra más. La llevó a un hotel barato a tres cuadras. Apenas cerraron la puerta de la habitación, Belinda se le tiró encima. Lo besó con lengua, hambrienta, mientras le desabrochaba el cinturón. Le sacó la pija dura y gruesa y la miró con ojos brillantes.

—Mirá qué verga tenés, papá… gruesa y venosa. Justo como me gusta.

Se arrodilló ahí mismo, sin preámbulos, y se la metió entera en la boca. Chupaba con ganas, babeando, haciendo ruidos húmedos mientras le apretaba los huevos con una mano. Jeremías le agarró el pelo y le folló la garganta sin piedad, empujando hasta que ella gorgoteaba y le caían lágrimas por las mejillas.

—Así, puta… tragátela toda —gruñó él, y Belinda gemía alrededor de su pija, excitada por el trato sucio.

La levantó de un tirón, le subió el vestido hasta la cintura y le arrancó las bragas de un manotazo. La concha de Belinda estaba empapada, hinchada, brillando de jugo. La tiró sobre la cama boca abajo, le abrió las nalgas y le escupió directo en el culo. Le metió dos dedos en la concha mientras le frotaba el clítoris con el pulgar.

—Estás chorreando, hija de puta —le dijo al oído—. ¿Cuánto tiempo hace que no te cogen como la perra que sos?

—Demasiado —jadeó ella, empujando el culo contra su mano—. Metémela ya, Jeremías. Quiero que me rompas la concha.

Él no se hizo rogar. Se puso un condón rápido y le clavó la verga de un solo empujón hasta el fondo. Belinda gritó de placer, arqueando la espalda. Jeremías la cogió duro, sin piedad, agarrándola de las caderas y estrellándose contra ese culo carnoso que rebotaba con cada embestida. El sonido de la piel contra la piel llenaba la habitación junto con los gemidos de ella.

—Más fuerte… cogeme más fuerte, carajo —suplicaba Belinda—. Quiero sentirte hasta la garganta.

Él le dio lo que pedía. La puso en cuatro, le tiró el pelo como riendas y le metió la pija hasta los huevos una y otra vez, rápido y brutal. Le cacheteaba el culo con fuerza, dejando marcas rojas. Belinda se corrió dos veces, apretando la concha alrededor de su verga, chorreando por los muslos. Cuando Jeremías sintió que no aguantaba más, la sacó, le quitó el condón y le pintó la cara y las tetas con chorros gruesos y calientes de leche. Belinda abrió la boca para recibir lo que pudo, lamiéndose los labios con una sonrisa satisfecha.

Después de esa noche, se volvieron adictos. Se veían dos o tres veces por semana. A veces en el hotel, a veces en el auto de Jeremías en un estacionamiento oscuro. Belinda era insaciable. Le pedía que la cogiera en posiciones cada vez más sucias: contra la pared, en la ducha, sentada en el borde de la cama con las piernas abiertas mientras él le chupaba la concha hasta que ella le mojaba toda la cara. Le gustaba que le hablara sucio, que la llamara puta, que le escupiera en la boca mientras la penetraba.

Una noche, Belinda lo invitó a su casa. “Vení y cogeme en mi cama como se debe”. Jeremías dudó un segundo, pero la pija le ganó. Llegó a las diez, con una botella de vino. Belinda lo recibió en bata de seda negra, sin nada abajo. Apenas cerró la puerta, se la abrió y le mostró todo: tetas grandes y pesadas, con pezones duros, y la concha depilada, ya brillante de humedad.

Lo llevó al dormitorio. La cama era matrimonial, grande, con sábanas de satén. Jeremías la tiró sobre el colchón y se le subió encima. Le chupó las tetas con fuerza, mordiéndole los pezones hasta que ella gemía. Bajó besándole la panza hasta llegar a la concha. Le abrió los labios con los dedos y le metió la lengua bien adentro, lamiendo el jugo dulce que le chorreaba. Belinda le apretaba la cabeza contra su coño, moviendo las caderas.

—Comeme la concha, así… ahhh, sí, meté la lengua más adentro, hijo de puta.

Cuando estuvo a punto de correrse, Jeremías se incorporó, se sacó los pantalones y le mostró la verga hinchada, goteando pre-semen. La penetró de un golpe seco, sin condón esta vez —ella le había dicho que tomaba pastillas y que quería sentirlo piel con piel—. La cogió como un animal. El misionero primero, mirándola a los ojos mientras le apretaba el cuello con una mano. Después la puso de lado, levantándole una pierna y follándola profundo, lento y fuerte al mismo tiempo. Belinda se corría sin parar, gritando su nombre, arañándole la espalda.

—Quiero que me des por el culo —le suplicó de repente, con la voz rota de placer—. Metémela toda en el orto, Jeremías. Quiero sentirte romperme.

Él escupió en su mano, le untó el ano y empujó despacio al principio. La concha de Belinda seguía chorreando mientras él le metía la pija centímetro a centímetro en el culo apretado. Cuando estuvo toda adentro, empezó a cogerla duro otra vez, agarrándola de las tetas como manijas. Belinda gemía como loca, tocándose el clítoris mientras él le reventaba el orto.

—Sos una puta sucia… te encanta que te den por el culo, ¿no?

—Sí… soy tu puta… cogeme el culo más fuerte, por favor…

Jeremías aceleró, sudando, sintiendo cómo el culo de ella lo apretaba. Se corrió dentro, llenándole el orto de leche caliente mientras Belinda se retorcía en otro orgasmo brutal.

Se quedaron jadeando en la cama, cuerpos pegados, sudorosos. Jeremías se levantó para ir al baño. Al volver, vio que Belinda se había quedado dormida de lado, desnuda, con el culo y la concha todavía brillantes de semen y jugos. Sonrió y fue a buscar agua a la cocina.

Ahí, sobre la mesada, vio un portarretratos que no había notado antes. Lo tomó. La foto mostraba a Belinda sonriendo, abrazada a un hombre alto, de traje. El hombre era Roberto, el mismo hijo de puta que se había llevado a Carla, su exmujer. El mismo que lo había mirado a los ojos en el juzgado y le había dicho “lo siento, pero ella me eligió a mí”.

Jeremías sintió que el mundo se le venía abajo. La pija, todavía medio dura, se le aflojó de golpe. Volvió al dormitorio con el portarretratos en la mano. Belinda abrió los ojos, somnolienta, y lo vio parado ahí, desnudo, con la foto en la mano.

—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose.

Jeremías tiró el portarretratos sobre la cama. La foto cayó boca arriba, mostrando claramente a Roberto.

—Decime que es una puta broma —dijo con voz ronca—. ¿Sos la mujer de ese hijo de mil putas que me robó a mi mujer?

Belinda se quedó helada un segundo. Después se mordió el labio inferior y sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, casi orgullosa.

—Sí —dijo bajito, sin vergüenza—. Soy la esposa de Roberto. Y vos sos el ex de Carla. El mundo es chico, ¿no?

Jeremías la miró, la sangre hirviéndole. Debería haberse ido. Debería haberla puteado y haberse ido para siempre. Pero Belinda se arrodilló en la cama, todavía desnuda, con su semen chorreándole por el culo, y le tomó la pija flácida con la mano.

—Y sin embargo —susurró, acariciándola despacio—, acá estás. Acabás de cogerme como un animal en la cama que comparto con él. Y yo me corrí más fuerte que nunca sabiendo que eras vos.

Jeremías respiró agitado. La pija empezó a endurecerse otra vez en la mano de ella.

—Sos una enferma —gruñó.

Belinda se rio bajito y se la metió en la boca otra vez, chupándola con ganas, mirándolo a los ojos.

—Puede ser —dijo cuando la sacó un segundo, babeada—. Pero decime que no te excita. Decime que no te gusta saber que le estás metiendo la verga al marido de la mujer que te cagó la vida.

Jeremías le agarró el pelo con fuerza y le empujó la cabeza contra su pija hasta el fondo. La cogió la boca con rabia, con lujuria, con todo el odio y el deseo mezclados.

—Callate la boca y chupá, puta traicionera —le ordenó.

Belinda gimió alrededor de su verga, feliz, sabiendo que esa noche no había terminado. Que la venganza, para los dos, sabía a concha mojada y a leche caliente.

Y mientras Jeremías le follaba la garganta con furia renovada, pensó que tal vez, solo tal vez, esta era la manera más sucia y perfecta de cobrarse todo lo que le habían quitado.

Belinda no era solo una mujer infiel buscando sexo sucio. Su motivación era más retorcida y profunda: años de matrimonio con Roberto la habían dejado resentida y vacía. Sabía perfectamente quién era Jeremías desde el primer día que vio el apellido López en la ficha de Lucas. Reconoció el nombre de la exmujer de su marido y, en lugar de sentir culpa, vio una oportunidad perfecta de venganza. Mientras Roberto la engañaba con Carla y la trataba con indiferencia en casa, Belinda decidió cobrarse la humillación a su manera: follando con el hombre que su marido había destruido. Cada orgasmo era un acto de rebelión, cada palabra sucia un “te lo merecés” dirigido a Roberto. Lo que empezó como una venganza calculada terminó convirtiéndose en un placer adictivo y peligroso. Porque en el fondo, Belinda ya no sabía si follaba con Jeremías para herir a su marido… o porque realmente había encontrado en esa relación prohibida y vengativa algo que su matrimonio nunca le había dado: deseo real, intensidad y poder.

Meses después

El divorcio de Belinda fue rápido y decidido por ella. No quiso explicaciones largas ni escenas dramáticas. Simplemente le dijo a Roberto que ya no soportaba más su indiferencia, sus mentiras y la sensación de ser un accesorio en su vida. Firmó los papeles sin mirar atrás.

Un jueves por la tarde, casi seis meses después de aquella noche reveladora, Belinda apareció en la puerta de la casa de Jeremías. Lucas estaba en lo de su madre ese fin de semana. Cuando Jeremías abrió, se quedó mirándola en silencio unos segundos.

—Necesitaba verte —dijo ella, con la voz más suave de lo habitual—. ¿Podemos hablar?

Se sentaron en la cocina con dos cafés. Por primera vez, sin la urgencia del deseo ni el veneno de la venganza, hablaron con sinceridad.

Belinda confesó que desde el primer momento supo quién era él. Que había usado esa información como arma contra Roberto, pero que en algún punto el juego se le había escapado de las manos. Que cada vez que se acostaba con Jeremías sentía una mezcla de rabia, placer y algo más profundo que no quería nombrar.

Jeremías, por su parte, admitió que al principio solo quería usarla para desquitarse, pero que ya no podía negar que la extrañaba cuando no estaba. Que odiaba admitirlo, pero que Belinda había sido lo único que lo había hecho sentir vivo en mucho tiempo.

—No sé si esto es sano —dijo él—, pero tampoco quiero seguir fingiendo que no quiero intentarlo.

Belinda sonrió, esta vez sin malicia.

—Yo tampoco. Quiero intentarlo de verdad. Sin venganzas, sin secretos.

Esa misma noche, Belinda se mudó con una valija grande y pocas palabras. Apenas cerró la puerta del dormitorio, Jeremías la miró con ojos oscuros.

—Bienvenida a casa —gruñó.

La empujó contra la cama con fuerza. Le arrancó la ropa sin paciencia, dejando caer las prendas al suelo. Belinda quedó desnuda, respirando agitada, con los pezones ya duros y la concha brillando de anticipación.

Jeremías se sacó la remera y los pantalones, mostrando la verga completamente dura y venosa. La tiró boca arriba, le abrió las piernas de un manotazo y se hundió en ella de un solo empujón brutal hasta el fondo.

—Esta es nuestra cama ahora —le dijo mientras empezaba a cogérsela con fuerza, profundo y sin piedad—. Y vos sos mía.

Belinda gimió alto, clavándole las uñas en la espalda.

—Cogeme duro… haceme sentir que pertenezco acá —suplicó.

Jeremías la folló como un animal: la levantó en vilo contra el respaldo, la puso en cuatro sobre el colchón y le dio cachetadas fuertes en el culo mientras la penetraba sin descanso. La hizo correrse dos veces antes de darle la vuelta, sentarla en el borde de la cama y follársela mirándola a los ojos, apretándole el cuello con una mano.

Cuando sintió que estaba a punto, la sacó, la puso de rodillas y le descargó chorros gruesos y calientes sobre la cara y las tetas, marcándola.

Belinda, con la respiración entrecortada y semen chorreándole por la barbilla, sonrió satisfecha.

—Esta sí que fue una bienvenida de verdad —susurró.

Jeremías la levantó, la besó con fuerza y la llevó de nuevo a la cama.

—Esto recién empieza —le dijo al oído.

Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos pensó en venganza. Solo en lo que vendría después.

Fin