Sexo consentido en la fiesta de las fallas
En medio del estruendo de la mascletá, una mirada y un roce bastan para encender la llama. Lo que empieza como un encuentro furtivo en la multitud se transforma en una noche de pasión desenfrenada, pero la verdadera sorpresa llega cuando la puerta se abre de par en par y el deseo deja de ser secreto para convertirse en un festín compartido.
MI NOMBRE ES Alberto, tengo 32 años, mido 175 centímetros, pelo rizado castaño y ojos marrones profundos. Soy de Albacete y este año quise regalarme unas vacaciones diferentes: vivir las Fallas de Valencia de principio a fin. Llegué el viernes 13 por la tarde, con la maleta llena de ropa ligera y el cuerpo cargado de expectativas. Me quedaría hasta el viernes 20, disfrutando cada día de esa fiesta que explota en luz, fuego y pasión colectiva.
El sábado 14 me metí de lleno en la bulla de la mascletá. La plaza estaba a reventar: cuerpos apretados, risas, olor a pólvora y sudor. Delante de mí había una mujer que captó toda mi atención desde el primer segundo. Tendría unos 50 años, pero su cuerpo desprendía una madurez exuberante y sensual que me dejó sin aliento. Pelo castaño con mechas claras, recogido en una coleta alta, labios carnosos pintados de rojo oscuro y un escote que dejaba ver el nacimiento de unos pechos generosos y firmes a pesar de los años. Llevaba una falda vaquera corta que apenas cubría la mitad de sus muslos y una blusa ajustada que marcaba cada curva.
No paraba de moverse, rozándose contra mí con cada empujón de la multitud. Cada vez que se giraba, sus pechos se apretaban contra mi torso, su aliento cálido me rozaba la cara y sus ojos negros me miraban con una intensidad que era puro deseo. Cuando empezó la mascletá de verdad, con los truenos retumbando y la gente gritando de euforia, ella aprovechó el caos. Su mano bajó directa a mi entrepierna, palpando el bulto que ya se marcaba bajo los vaqueros. Primero fue un roce, luego una caricia descarada que me hizo endurecer al instante.
Yo no me quedé atrás. Deslicé mi mano por debajo de su falda, encontrando un tanga de encaje negro que se le metía entre las nalgas. Estaba empapada. Mis dedos apartaron la tela fina y encontraron su intimidad caliente, hinchada, resbaladiza. La penetré con dos dedos mientras el ruido de los petardos cubría sus gemidos bajos. Moví los dedos en círculos, presionando su punto más sensible, y en menos de dos minutos se corrió temblando contra mí, mordiéndose el labio inferior para no gritar, sus uñas clavadas en mi brazo.
Cuando terminó la mascletà y la gente empezó a dispersarse, se giró del todo, me miró con una sonrisa traviesa y me dijo al oído:
“Me llamo Carmen. Mi marido está de viaje hasta el miércoles y mi hija vive en Oslo, Noruega allí estudia y trabaja. ¿Vienes a casa y terminamos lo que hemos empezado?”
Yo preocupado porque era una mujer casada se lo hice saber. "Pero eres una mujer casada, Carmen... y tú marido".
Ella me tranquilizó diciendo que su marido y ella llevaban una sexualidad abierta, con respeto a su unión matrimonial.
Eso me dió confianza y acepté sin pensarlo.
Llegamos a su piso en menos de quince minutos. Apenas cerró la puerta me empujó contra la pared del recibidor y me besó con hambre y pasión. Sus manos me quitaron la camiseta y la mía mis pezones mientras las mías subían por debajo de su blusa y liberaban esos pechos pesados. Los pezones oscuros ya estaban duros como garbanzos, su areolas al rededor de sus pezones marrón oscuro, grandes y rugosas, me excitaban al verle esos melones. Pellizqué sus pezones suavemente mientras ella gemía contra mi boca. Le bajé la falda y el tanga de un tirón. Se arrodilló, me desabrochó los vaqueros y se metió mi polla de 17 céntimos en la boca sin preliminares. Chupaba con ganas, la lengua recorriendo cada vena, la mano masajeando mis testículos. Yo le agarré el pelo y empujé un poco más profundo, sintiendo cómo su garganta se abría para recibirme.
La levanté, la llevé al salón y la tumbé en el sofá. Cogí un preservativo para ponérmelo, pero ella me dijo: "no Alberto, no te pongas protección, métela sin preservativo pues ya soy menopáusica, no me puedo embarazar". Le abrí las piernas, ella con sus dedos se estiraba su coño y la penetre de una sola embestida suave pero profunda. Estaba tan mojada que entró hasta el fondo sin resistencia. Ella era una mujer experimentada, su coño bragado lubricaba con mucha facilidad. Empecé a moverme fuerte, profundo, sintiendo cómo sus paredes me apretaban. A pesar de ser un coño que había sido follado muchas veces se adaptaba perfectamente al tamaño.
“Fóllame más duro, Alberto… métemela hasta el fondo, joder… quiero sentir como me revientas”, jadeaba ella.
Aceleré el ritmo, mis caderas chocando contra las suyas. Mis huevos chocaban contra su ano. Le mordía y lamía los pezones mientras seguía fallándole el coño, metiendo y sacándola a un ritmo al unísono. Cuando sentí que se acercaba al orgasmo otra vez, le metí un dedo en el culo, lubricado por sus propios jugos. Se arqueó y gritó:
“¡Sí, ahí, méteme los dedos por el culo mientras me follas el coño… joder me corro, me estoy corriendo Alberto… sigue porfa, no pares y vacíame entera!”
Se corría apretándome con fuerza, sus uñas arañándome la espalda y mis glúteos. Yo aguanté un poco más pues la práctica del yoga me había enseñado técnicas para retrasar la eyaculación, se corrió dos veces más y luego me vacíe dentro de ella, llenándola con chorros calientes mientras gruñía:
“Joder, Carmen… qué coño tan rico… te estoy llenando entera…”
Pasamos el resto del sábado y todo el domingo follando sin parar: en la ducha, en la cocina, en la cama, en el balcón con las luces de las Fallas de fondo. Carmen era insaciable, madura, experta, sabía exactamente cómo mover las caderas para volverme loco.
El lunes 16 llegó Manuela. Mi amiga sevillana, una gitana de pura cepa, de 1,85 metros de envergadura y 28 años, pelo largo ondulado negro azabache que le llegaba casi a la cintura, ojos negros profundos y un cuerpo curvilíneo de infarto: caderas anchas, culo redondo y firme, vientre plano, cintura estrecha y unos pechos de tamaño medio que rebotaban con cada paso. Llegó con una maleta pequeña y una sonrisa que prometía fuego. La recogí en la estación, le hablé de Carmen y la llevé directamente a la casa. Las dos mujeres se besaron en un saludo afable, se miraron con complicidad y conectaron al instante, el ambiente era relajado y distendido.
Esa misma tarde hablábamos de anécdotas y de cosas de nuestras vidas, entre copas de vino y risas. Como en todos los encuentros cuando se rompe el hielo y la compañía es agradable siempre se tocan temas más íntimos y sale a relucir la cuestión sobre el sexo... la cosa se calentó rápido. Manuela se acercó a mí primero, me besó con esa pasión sureña que quema, metiendo la lengua hasta el fondo y rozando con su mano mi paquete. Carmen se levantó y se unió desde atrás, besando el cuello de Manuela mientras le quitaba la blusa apretando sus tetas con las manos. Las dos se desnudaron mutuamente, sus cuerpos contrastando de forma perfecta: el maduro y voluptuoso de Carmen contra el joven, moreno y fibroso de Manuela.
Me senté en el sofá con los pantalones y los calzoncillos quitados dejando mi polla expuesta, las dos se arrodillaron delante de mí. Alternaban chupadas: una lamía el pene mientras la otra me lamía los testículos. Al cabo de varios minutos, totalmente desnudo y tumbado horizontal con la cabeza recostada sobre su brazo Manuela se subió encima, arqueando si pierna se empaló despacio y empezó a cabalgarme con movimientos circulares de cadera. Carmen se colocó detrás de ella, le lamía los pezones y le metía dos dedos en el culo.
Manuela gritaba y gemía alto:
“Ay miarma… qué polla tan rica tienes… me estás partiendo en dos… métemela más hondo, joder, ya hacía meses que no me follabas…”
Carmen estaba súper excitada, se masturbaba su coño viéndonos mientras decía:
“Me encanta verte follar a esa gitana… qué rico se le ve el coño abierto… sigue, Alberto, dale fuerte quiero oírla como se viene la muy puta…”
Cambiamos de posición. Puse a Manuela a cuatro patas en el suelo y la penetré por detrás mientras Carmen se tumbaba delante y abría las piernas para que Manuela le comiera su chocho. El salón se llenó de gemidos, guarradas que se decían, sonidos húmedos y palmadas de carne contra carne. Manuela se corrió primero, temblando y gritando:
“¡Me corro en tu polla, cabrón… me estás llenando el coño… no pares, dame más leche!”
"Quién te folla mejor, ella o yo"
"Las dos, ella por experimentada y tú por joven y puta"
Yo seguí embistiéndola un buen rato hasta que no pude más y me corrí dentro de su coño, gruñendo:
“Joder, Manuela… qué coño tan apretado… te estoy dejando preñada de semen…”
Carmen se acercó, se sentó sobre la cara de Manuela y se masturbó mientras Manuela le lamía su raja y su ano. Se corrió rápido, gritando:
“¡Lámeme el clítoris, gitana… méteme la lengua hasta dentro… me corro en tu boca, zorra!”
Nos pasamos toda la tarde y la noche entera enredados los tres. Cada vez que uno se corría, los otros dos lo animaban con palabras sucias y caricias. Probamos todo: doble penetración con dedos, 69, sexo oral simultáneo, azotes suaves, lamidas en el culo. El martes y el miércoles seguimos igual, saliendo a ver las Fallas pero volviendo siempre al piso para más.
El miércoles 18 llegó Carlos, el marido de Carmen. 52 años, alto, fuerte, pelo canoso y una sonrisa pícara. Cuando entró y nos vio a los tres desnudos y sudorosos en el salón, no se enfadó. Soltó una carcajada y dijo:
“Veo que habéis empezado la fiesta sin mí… pues ahora me uno.”
Se quitó la ropa y se acercó. Besó a Carmen primero, profundo, mientras Manuela y yo lo mirábamos. Luego Manuela se acercó a él, le agarró el miembro ya duro y empezó a chupárselo con ganas. Carlos gruñó de placer.
“Joder, qué boca tienes, morena… chúpamela entera…”
Yo me puse detrás de Carmen y la penetré mientras ella besaba a su marido. Carlos se tumbó en el suelo y Manuela se sentó sobre su cara. Él la devoraba mientras ella gemía:
“Lámeme el coño, casado… méteme esa lengua gorda… me vas a hacer correrme otra vez…”
Cambiamos mil veces. En un momento tenía a Manuela cabalgándome mientras Carlos follaba a Carmen a mi lado. Luego Carmen se puso a cuatro patas y Carlos la penetró por detrás mientras yo le metía la polla en la boca. Manuela lamía los testículos de Carlos y metía dedos a Carmen. El clímax final llegó el jueves por la tarde, antes de la cremà, cuando los cuatro nos juntamos en la cama grande en su dormitorio.
Manuela encima de mí, cabalgándome despacio al principio, luego más rápido. Carlos detrás de ella, lubricado con saliva, la penetró analmente despacio. Carmen se sentó en mi cara, restregándose contra mi lengua. Los cuatro moviéndonos al mismo ritmo, sudando, jadeando.
Manuela, al borde:
“¡Ay Dios… me estáis follando los dos agujeros… me vais a romper… corred dentro de mí, cabrones!”
Carlos, empujando fuerte:
“Qué culo tan rico… te estoy abriendo entera… toma mi polla gorda, zorra…”
Carmen, restregándose contra mi boca:
“Lámeme más rápido, Alberto… méteme la lengua en el coño y en el culo… me corro en tu cara, joder…”
Yo, sintiendo todo explotar:
“Me corro… os voy a llenar a las dos… qué coños tan calientes… tomad mi leche caliente!”
Los cuatro llegamos al orgasmo casi al mismo tiempo. Manuela gritó mientras sentía los dos miembros llenándola. Carlos se corrió dentro de su culo gruñendo. Carmen se corrió en mi boca temblando. Yo me vacié dentro de Manuela con un rugido. Nos quedamos abrazados, jadeando, riendo, con los cuerpos pegajosos y el aire cargado de sexo.
Después de la cremà nos despedimos con besos largos y promesas de repetir. Yo volví a Albacete con el cuerpo agotado y la mente llena de recuerdos.
Manuela regresó a Sevilla.
Carmen y Carlos siguieron su vida, pero con una chispa nueva en la mirada.
por: © Gfdecordoba
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