Infieles IX
La camisa de Joel colgaba de Liliana como un manto de culpa, pero era solo el señuelo. Estefanía estaba a punto de descubrir que el dolor que veía era una mentira, y que la verdadera traición no era la que imaginaba, sino la que la haría arder viva.
Estefanía la miró con los ojos todavía húmedos, la voz temblándole apenas cuando le devolvió la pregunta:
—¿Qué haces tú aquí?
Liliana sonrió despacio, como si la pregunta le diera exactamente lo que esperaba. Se dejó caer en el sillón con elegancia felina, cruzó las piernas largas y delgadas, el short subiéndose un poco por el muslo. Apoyó un codo en el brazo del mueble y la barbilla en la mano, preparándose. Era su momento. Lo sabía.
Justo entonces la puerta se abrió.
Joel entró con una bolsa de farmacia colgando de la mano: ungüentos, gasas, cinta micropore, todo lo que había salido a comprar para curar los moretones que aún ardían en la piel de Liliana. Se quedó paralizado en el umbral. La bolsa casi se le cae. Sus ojos fueron de Estefanía a Liliana y volvieron a Estefanía. El aire se volvió espeso en un segundo.
Estefanía lo miró como si le hubieran clavado algo en el pecho.
—¿Te acostaste con Liliana?
Todo ocurrió en un parpadeo.
Liliana giró la cabeza hacia Joel con expresión de niña inocente, párpados bajos, labios apenas entreabiertos. Pero entonces vio el rostro de Estefanía deshacerse. En esos ojos había un dolor tan crudo, tan familiar, que por un instante casi sintió lástima. Las lágrimas volvieron a brotarle a Estefanía, silenciosas, imparables. Joel abrió la boca, pero solo salieron balbuceos incoherentes.
Liliana entendió al instante: si apretaba demasiado fuerte ahora, todo se rompería de golpe y Joel se cerraría. No. Había que rasgar poco a poco. Hacer que él confiara en ella. El resto vendría solo.
—Sí, Estefanía —dijo Liliana con voz suave, casi dulce, cortando los balbuceos de Joel como quien corta un hilo—. Tuvimos sexo toda la noche.
Lo dijo volteando los ojos al cielo con un gesto de fingida exasperación adolescente, como si estuviera contando algo obvio y un poco aburrido.
Se puso de pie con lentitud deliberada. Tomó los bordes de la camisa de Joel —esa camisa que él le había prestado— y la abrió de un tirón suave. La tela cayó a los lados. Quedó expuesto su cuerpo terso, casi desnudo salvo por el short negro ceñido. Pero no era solo la piel suave lo que se veía: el vientre, los costados, los pechos… todo salpicado de moretones en distintos tonos de morado y azul. Algunos frescos, otros ya virando al amarillo. Marcas de dedos, de mordidas, de golpes que no habían sido suaves.
Joel y Estefanía se quedaron mirando, atónitos.
Estefanía giró la cabeza de Joel con dos dedos en su mandíbula, obligándolo a apartar la vista del cuerpo de Liliana. Sus ojos se clavaron en los de él, duros, heridos.
—Carlos no era el mejor partido, ¿no? —dijo Liliana bajando la voz, fingiendo vergüenza.
—Tenía que traerla aquí— dijo Joel por como si hubiera salido de un profundo trance. —La buscaría en todas partes si no.
Los ojos de Estefanía volvieron a Joel, como dagas.
—¿Te acostaste con ella?
—No —respondió con esa calma helada que usaba en los tribunales, la voz firme, la mirada fija—. No pasó nada, Estefania.
El silencio que siguió fue tan denso que parecía tener peso. Se podía masticar.
Liliana suspiró, teatral.
—Bueno, ya fue suficiente drama por hoy. Si me necesitan… —hizo una pausa, sonrió apenas— estaré en tu estudio.
Y desapareció por el pasillo con pasos ligeros, como si acabara de comentar el clima.
Estefanía se quedó mirando a Joel, una tormenta de emociones cruzándole la cara. Luego miró el pasillo apenas iluminado por la luz que se colaba desde el fondo. Sin decir nada, dio media vuelta y caminó directo a su cuarto. Tenía que verlo con sus propios ojos.
Abrió la puerta.
La cama estaba pulcramente tendida. Sábanas lisas, almohadas alineadas, ni una arruga. No había ropa tirada en el piso. Ni pantaletas, ni camisa, ni condones usados, ni el más mínimo rastro de lo que Liliana había descrito. Solo el zumbido monótono de la refrigeración.
Estefanía tragó saliva. El nudo en la garganta le dolió.
—¿Contenta? —preguntó Joel desde atrás, acercándose despacio.
Ella se giró como un resorte y le cruzó la cara con una bofetada seca. Luego otra. Y empezó a golpearlo en el pecho, en los hombros, con los puños cerrados, sin fuerza real, solo rabia y llanto. Joel no se defendió. Se quedó quieto, recibiendo cada golpe hasta que ella se cansó, hasta que los brazos le cayeron y terminó abrazándolo, hundiendo la cara en su pecho, sollozando contra su camisa.
—Marcos me engañó… —dijo entre hipidos—. Siempre lo hizo. Fingió todo esto… solo para salirse con la suya.
Joel la envolvió con los brazos, fuerte, apretándola contra él como si quisiera protegerla del mundo entero. No podía creer lo que escuchaba, pero no importaba. En ese momento solo existía ella.
—Vámonos, Joel —susurró Estefanía contra su pecho—. Vámonos a otra parte. No soporto estar aquí.
—¿A dónde quieres ir? —preguntó él, besándole la coronilla con una ternura infinita.
—Lejos. Solo lejos. Donde nadie nos busque. Donde nadie se meta.
Joel la apretó más fuerte y asintió contra su pelo.
—Nos vamos.
Joel la apretó con más fuerza, como si quisiera fundirse con ella y borrar todo lo que acababa de pasar en esa casa. Estefanía temblaba aún entre sus brazos, pero ya no era solo de llanto; había algo más, una corriente caliente que subía desde su vientre y le encendía la piel.
Se besaron.
No fue el beso desesperado de antes, ni el hambriento de la culpa o la rabia. Fue lento. Muy lento. Los labios se rozaron apenas, como si tuvieran miedo de romper algo frágil que acababan de descubrir. Joel le tomó el rostro con ambas manos, los pulgares acariciándole los pómulos todavía húmedos. Estefanía abrió la boca primero, invitándolo con suavidad, y cuando sus lenguas se encontraron fue como si el tiempo se detuviera. Respiraban el mismo aire, se saboreaban despacio, sin prisa. Cada roce era una confesión muda.
Joel cerró la puerta con el talón sin despegarse de ella. El clic del cerrojo sonó como una promesa.
La fue desnudando con una paciencia que ninguno de los dos sabía que tenía. Primero la blusa: botón a botón, besándole el hueco de la clavícula cada vez que dejaba al descubierto un centímetro más de piel. Estefanía levantó los brazos para ayudarlo y él aprovechó para besarle el interior de los codos, la cara interna de los brazos, hasta llegar a las axilas. Ella soltó un suspiro largo cuando la lengua de Joel rozó esa piel sensible. La camiseta cayó al suelo.
El sostén fue lo siguiente. Joel lo desabrochó con dedos temblorosos, no por nervios, sino por la necesidad de alargar el momento. Cuando los pechos quedaron libres, él los tomó con reverencia, los pulgares rozando apenas los pezones que ya estaban duros. Estefanía arqueó la espalda y dejó escapar un gemido bajo. Joel bajó la boca, primero un pezón, luego el otro, succionando con suavidad, lamiendo en círculos lentos hasta que ella le clavó los dedos en el pelo y tiró con fuerza.
—Joel… —susurró, la voz rota.
Él no contestó con palabras. La levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó hasta la cama. La acostó con cuidado, casi con ceremonia. Le quitó los jeans despacio, besándole el vientre plano, la curva de las caderas, el interior de los muslos mientras bajaba la tela. Cuando quedó solo en bragas, Joel se detuvo un segundo a mirarla. Estefanía se mordió el labio inferior, vulnerable y poderosa al mismo tiempo.
Se inclinó y besó justo encima de la tela, el calor de su aliento atravesándola. Ella se retorció. Joel deslizó los dedos por los bordes de la prenda, bajándola milímetro a milímetro, dejando besos en cada centímetro de piel que aparecía. Cuando por fin quedó desnuda, él se tomó su tiempo: besos en el monte de Venus, lengua trazando la línea donde muslo y pelvis se encuentran, hasta que separó los pliegues con delicadeza y la probó.
Estefanía se arqueó con un grito ahogado. Joel la devoró despacio, sin prisa, alternando lamidas largas y planas con succiones suaves en el clítoris. Ella le agarraba el pelo, movía las caderas contra su boca, buscando más. Cuando introdujo dos dedos y los curvó hacia arriba, encontró ese punto exacto que la hizo temblar entera. Estefanía se corrió así, con la boca de Joel entre sus piernas, el cuerpo tenso como un arco antes de deshacerse en oleadas.
Pero él no paró.
Se quitó la ropa con movimientos rápidos, casi urgentes ahora. Cuando quedó desnudo, Estefanía lo miró con hambre. Joel se colocó encima, apoyándose en los antebrazos para no aplastarla. La punta de su sexo rozó la entrada húmeda de ella y ambos jadearon al mismo tiempo. Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Se quedaron quietos un segundo, solo sintiéndose. Ella lo apretaba desde adentro, él latía dentro de ella.
Empezaron a moverse.
Primero lento, profundo. Joel salía casi por completo y volvía a entrar hasta el fondo con un movimiento fluido. Estefanía le clavaba las uñas en la espalda, marcándolo. Luego ella giró, poniéndose encima. Cabalgó con los ojos cerrados, las manos apoyadas en el pecho de él, subiendo y bajando mientras Joel le apretaba las caderas y empujaba hacia arriba para encontrarse con ella. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, húmedo, obsceno, perfecto.
Joel la giró de nuevo, esta vez boca abajo. Le levantó las caderas y entró desde atrás, profundo, golpeando ese lugar que la hacía gemir más fuerte. Le agarró el pelo con una mano, no con violencia, sino con posesión, y la otra mano bajó hasta el clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras la penetraba con fuerza. Estefanía enterró la cara en la almohada y gritó su nombre.
Cambió de posición otra vez. La puso de lado, una pierna de ella sobre su hombro, y volvió a entrar. Así podía verla a los ojos mientras la follaba despacio, profundo, besándola entre embestida y embestida. Estefanía le mordía el labio inferior, le arañaba el pecho, le susurraba cosas sucias que lo volvían loco.
Finalmente, Joel la colocó debajo de él otra vez, en misionero clásico pero con las piernas de ella muy abiertas. Aceleró el ritmo, los gemidos de ambos se volvieron continuos, entrecortados. Estefanía sentía que se rompía de placer. Él también estaba al borde.
—Juntos… —susurró ella.
Joel asintió, apretó los dientes y empujó más fuerte, más rápido. Estefanía se tensó entera, el orgasmo la atravesó como un rayo, apretándolo desde adentro con espasmos violentos. Eso lo llevó al límite. Se corrió dentro de ella con un gruñido largo, profundo, vaciándose mientras seguía moviéndose hasta que los dos quedaron temblando, exhaustos, pegados por sudor y fluidos.
Se quedaron así un rato largo, respirando agitados, sin hablar. Joel salió con cuidado y se acostó a su lado, atrayéndola contra su pecho. Estefanía apoyó la mejilla en su corazón, escuchando cómo latía todavía desbocado.
Del otro lado de la pared, en el estudio apenas iluminado por la luz que se colaba por debajo de la puerta, Liliana estaba sentada en el sillón de cuero, las piernas abiertas, la mano dentro de sus bragas.
Había escuchado todo.
Cada gemido de Estefanía, cada golpe de piel contra piel, cada “Joel” suplicante, cada “más” ronco. Al principio solo escuchaba, los ojos cerrados, imaginando. Luego sus dedos empezaron a moverse. Primero lentos, rozando el clítoris hinchado, después más rápido, introduciendo dos dedos mientras con el pulgar seguía presionando ese punto sensible.
Cuando oyó el grito final de Estefanía, cuando escuchó el gruñido profundo de Joel al correrse, Liliana se mordió el labio con fuerza para no hacer ruido. Aceleró los movimientos, los dedos entrando y saliendo con rapidez, el otro pulgar frotando en círculos frenéticos. Su cuerpo se tensó, la espalda se arqueó contra el respaldo del sillón y se corrió al mismo tiempo que ellos, en silencio, temblando entera, los ojos cerrados y la boca abierta en un grito mudo.
Después se quedó quieta, la mano todavía entre las piernas, el pecho subiendo y bajando. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
-
Joel salió de la habitación con pasos lentos, casi silenciosos, como si temiera romper el frágil equilibrio que acababa de construirse ahí dentro. Estefanía dormía por fin. Su respiración era profunda, tranquila, sin esa tensión que le había apretado el pecho durante semanas. Cerró la puerta con cuidado y se detuvo en el pasillo oscuro. Liliana ya estaba ahí, de pie junto a la pared, todavía con la camisa de él puesta. La prenda le quedaba grande, le colgaba por los hombros como si también ella quisiera esconderse dentro de algo que no le pertenecía.
—Joel… —susurró ella, la voz ronca—. Escuché lo que dijo Estefanía. Marcos la amaba. Jamás le habría sido infiel.
Joel no respondió de inmediato. Bajó la mirada al piso, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el celular de Marcos. Lo sostuvo un segundo, como si pesara más de lo que debería, como si el metal guardara todavía el último calor de la mano muerta que lo había sostenido. Prendió la pantalla —la luz fría le iluminó el rostro un instante, acentuando las ojeras y la línea dura de la mandíbula— y la apagó de nuevo. Guardó el teléfono sin mirarla y siguió caminando hacia la estancia como si Liliana fuera un mueble más, un adorno olvidado en el pasillo.
—Tú… los cambiaste… —dijo Liliana atónita, la voz quebrándose en la última sílaba.
Ella lo siguió. No corrió. Caminó detrás de él con pasos cortos, inseguros, como quien sabe que el suelo puede abrirse en cualquier momento y tragársela entera.
Joel llegó al escritorio grande de madera oscura, abrió la caja fuerte empotrada con una combinación que solo él conocía —los números entraron con clics precisos, casi mecánicos— y metió el celular dentro. Cerró la puerta con un golpe seco que resonó en la habitación como un disparo lejano.
Giró apenas la cabeza, lo suficiente para verla por encima del hombro, y sacó su propio celular. Abrió una conversación y reprodujo todos los audios que le había mandado su contacto, “Mike”. Un americano con un pésimo español masticado, pronunciación que parecía una parodia cruel. Su voz se oía pastosa, áspera, grave. Como la de alguien que ha consumido cigarrillos y aguardiente todos los días de su vida.
“Hey, Joey! Revise el caso y hay algo que huele mal. Shit's bad as bad as can be. Estefanía está limpia, clean. Más inocente que un párroco en una balacera. Pero Marcos. Damn, Marky tiene su historia. El accidente de su hermano no fue tan accidente. Los golpes en el cráneo de su brother no concuerdan ni una mierda con el accidente… eso pasó antes. Alguien alteró la carpeta del perito. Pero no worries, ya tendrás la original.”
Liliana abrió los ojos como si hubiera visto a su hermano regresar de la tumba y negó con la cabeza, despacio, incrédula. El siguiente audio empezó sin pausa.
“Esto fue lo que pasó, more or less: Discutieron sobre algo. Algo feo, heavy. El tipo lo golpeó en el auto y lo arrojó al barranco. You know what? La hermana sabe algo. Ella estuvo ahí en algún momento. Su declaración es tricky, engañosa. Alguien cambió todo.”
Liliana entró en pánico. El aire se le atoró en la garganta. Joel se giró lentamente y caminó hacia ella, cada paso deliberado, sin prisa.
—Me dijo que solo discutían… Que no le haría daño, que… —balbuceó ella, las palabras tropezando unas con otras.
—Luis intentó abusar de Estefanía antes de que se casaran. Ella se lo contó a Marcos mucho después… —hizo una pausa viéndola fijamente a los ojos. —Solo tengo que hacer una llamada y reabrirán el caso. A ti te darán cinco, quizá siete por cohecho… pero a tu hermano le darán la máxima.
Liliana tembló. Las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas, pero no eran de tristeza. Eran de miedo crudo, animal, el tipo de miedo que hace que el cuerpo se prepare para huir o para morir. Joel suspiró, y en ese suspiro había algo que parecía victoria y agotamiento al mismo tiempo.
—Solo quiero proteger a Estefanía —finalizó.
Se acercó despacio. Liliana no se movió. Estaba congelada, con los brazos pegados al cuerpo, las lágrimas cayendo sin control, dejando surcos brillantes sobre la piel del cuello. Joel se detuvo frente a ella, levantó una mano y le besó la frente con una suavidad que contrastaba brutalmente con todo lo que acababa de decir. El beso fue largo, casi piadoso. Ella sintió un escalofrío recorrerle la columna, como si ese contacto hubiera sido el sello final de una sentencia que todavía no entendía del todo.
—Carlos no te golpeó, ¿verdad? —preguntó él en voz muy baja.
Liliana lo miró en silencio, temblaba. No respondió.
—Esos golpes no estaban ahí. ¿Qué pensabas hacer con eso?
—Ya no importa —finalizó Liliana mirando al piso, la voz apenas un hilo.
Joel se apartó un paso. La miró un segundo más —los ojos de ella vacíos, el cuerpo pequeño dentro de su camisa como si se estuviera haciendo más chica por segundos— y dio media vuelta. Regresó con Estefanía sin prisa, sin mirar atrás.
Liliana se quedó pasmada en medio de la estancia, los brazos colgando inertes, la camisa oliendo todavía a él, el silencio de la casa cayéndole encima como una losa. No lloró más. Solo respiró, corto y superficial, como alguien que acaba de entender que ya no hay salida.
Epílogo.
Han pasado seis meses desde que Estefanía y Marcos acordaron su separación oficial. El divorcio avanzaba lento entre abogados y papeles fríos, pero ya no hay vuelta atrás. Ella lo perdió todo: la casa grande con jardín que tanto cuidaba, el restaurante que durante años le dio seguridad, las cuentas conjuntas... Las amistades en común también se fueron diluyendo: algunas con silencios incómodos, otras con juicios apenas disimulados.
Y sin embargo, no le importó. Ni un solo día se arrepintió. Cada objeto, cada “comodidad”, cada certeza que dejó atrás fue un sacrificio voluntario, liberador.
Lo cambió todo por una sola cosa: Joel. No con el hombre que fingía, sino con el que la hacía arder, temblar y sentirse viva de una forma que nunca había conocido antes. Y esa certeza, esa llama que no se apagaba ni en las noches más largas del proceso, valía más que cualquier cosa que hubiera dejado en el pasado.
Y lo confirmó, cómo muchos otros días, esa tarde de otoño.
Joel levantó la vista de los expedientes justo cuando la puerta se abrió sin previo aviso. La luz tenue de la lámpara de escritorio apenas alcanzaba a iluminar la entrada, pero reconoció de inmediato la silueta. Estefanía. Cerró la puerta tras de sí con un clic suave y se quedó allí, mirándolo con esa mezcla de desafío y deseo que siempre lo desarmaba.
—¿Qué haces irrumpiendo así en mi oficina a estas horas? —preguntó él, intentando sonar serio, aunque la sonrisa ya le traicionaba la comisura de los labios.
—Te traigo un regalo —respondió ella con voz baja, casi ronca—. Como no has llegado a casa, decidí traértelo yo misma… para que dejes eso.
Joel suspiró, divertido, y cerró la carpeta con un movimiento lento, deliberado.
—Estefanía, no puedes simplemente…
No terminó la frase.
Ella dio dos pasos hacia adelante, se detuvo bajo la luz ámbar de la lámpara y, sin apartar la mirada de sus ojos, desabrochó el botón superior del abrigo largo negro que le llegaba hasta las rodillas. Luego el siguiente. Y el siguiente.
Cuando el abrigo cayó al suelo con un susurro pesado, Joel sintió que el aire se le atoraba en la garganta.
Llevaba un babydoll de encaje rosa palo, casi translúcido. La tela se adhería a su piel como una segunda capa, tan fina que dejaba ver el contorno oscuro de sus pezones ya endurecidos. El dobladillo apenas cubría la mitad superior de sus muslos; un poco más abajo, la entrepierna quedaba sugerida, apenas velada por el encaje. No llevaba nada más. Ni sostén, ni bragas, ni medias. Solo ese trozo de tela indecente y sus tacones negros de aguja.
Se llevó las manos al cabello, recogido en un moño bajo y profesional, y lo soltó. Las ondas castañas cayeron en cascada sobre sus hombros, enmarcándole el rostro y rozándole los pechos.
Joel se levantó de la silla casi por instinto.
En tres zancadas la alcanzó. La tomó por la nuca y la besó con hambre acumulada, como si no la hubiera visto en meses en lugar de apenas unas horas. Sus lenguas se encontraron de inmediato, húmedas, urgentes. Las manos de él bajaron por su espalda, apretando la tela contra su piel, sintiendo cada curva, cada vértebra. Ella gimió contra su boca y le mordió el labio inferior con fuerza suficiente para que él gruñera.
Sin romper el beso la levantó por las caderas y la sentó de un movimiento en el borde del escritorio. Los expedientes cayeron al suelo en cascada; ninguno de los dos les prestó atención.
Joel separó sus muslos con las manos y se colocó entre ellos. El babydoll se levantó lo justo para dejar al descubierto su sexo ya brillante de excitación. Él pasó dos dedos por los labios hinchados, separándolos lentamente, y ella arqueó la espalda con un jadeo largo.
—Estás empapada… —murmuró contra su cuello, mordiendo la piel sensible bajo la oreja.
—Llevo pensando en esto desde que salí de casa… —susurró ella, abriendo más las piernas—. Quería que me follaras aquí… en tu escritorio nuevo… como si todavía fuera algo prohibido.
Él no respondió con palabras.
Bajó la cabeza y lamió una sola vez, larga y lenta, desde la entrada hasta el clítoris. Estefanía se estremeció entera, agarrándole el cabello con ambas manos. Joel repitió el movimiento, pero esta vez succionó el botón hinchado entre los labios y lo presionó con la lengua en círculos pequeños y rápidos. Ella soltó un gemido agudo que resonó en la oficina silenciosa.
Al lado, en el cubículo contiguo, Cristina se congeló con la mano ya dentro de sus bragas. Había escuchado la puerta, los murmullos, el golpe sordo del abrigo al caer. Y luego… ese primer gemido de Estefanía. Su respiración se aceleró. Se mordió el labio inferior con fuerza y deslizó dos dedos dentro de sí misma, despacio, imaginando que era la lengua de Joel la que la abría.
Joel se incorporó, se desabrochó el cinturón con movimientos bruscos y bajó la cremallera. Su erección saltó libre, gruesa y pesada, la punta ya brillante de líquido preseminal. Estefanía lo miró con ojos vidriosos y se lamió los labios.
—Métemela ya… por favor…
Él la tomó por las caderas, la acercó al borde y la penetró de un solo empujón profundo. Ambos jadearon al unísono. Ella estaba tan mojada que la entrada fue suave, caliente, apretada. Joel comenzó a moverse con embestidas lentas pero fuertes, sintiendo cómo las paredes internas de Estefanía se contraían alrededor de él con cada salida.
—Más fuerte… —suplicó ella, clavándole las uñas en los hombros a través de la camisa.
Joel obedeció. Aceleró el ritmo, golpeando profundo, haciendo que los pechos de ella rebotaran bajo el encaje rosa. El escritorio crujía con cada embestida. Los gemidos de Estefanía se volvieron más altos, menos controlados.
En el cubículo de al lado, Cristina se había subido la falda hasta la cintura. Tenía una pierna apoyada en el borde de su silla, los dedos dentro y fuera a toda velocidad, el pulgar frotando su clítoris en círculos frenéticos. Escuchaba cada golpe de carne contra carne, cada jadeo, cada “más… más profundo…”. Se tapaba la boca con la otra mano para no gritar.
Joel salió de ella de repente, la giró y la inclinó sobre el escritorio. Estefanía apoyó los antebrazos en la madera, el culo en pompa, el babydoll subido hasta la cintura. Él volvió a entrar desde atrás, esta vez con más fuerza, agarrándola por las caderas. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. Ella empujaba hacia atrás, buscando más, más profundo.
—Te voy a llenar… —gruñó él cerca de su oído.
—Sí…hazlo dentro… —gimió ella.
Pero aún no.
La levantó del escritorio, la giró de nuevo y se sentó en la silla ejecutiva. Estefanía se subió a horcajadas sobre él sin esperar invitación. Se sostuvo de sus hombros y bajó despacio, empalándose centímetro a centímetro hasta que sus pelvis quedaron pegadas. Comenzó a moverse en círculos amplios, después arriba y abajo, cada vez más rápido. Joel le levantó el babydoll y tomó uno de sus pechos en la boca, succionando el pezón con fuerza mientras ella cabalgaba sin control.
En el cubículo contiguo, Cristina ya no podía contenerse. Se había quitado las bragas por completo, tenía las piernas abiertas sobre el escritorio y tres dedos dentro, bombeando rápido. Su otra mano pellizcaba su clítoris con saña. Estaba al borde.
Joel levantó a Estefanía de la silla y la llevó hasta el sillón de cuero negro en la esquina de la oficina.
La tumbó boca arriba, le levantó las piernas y las apoyó en sus hombros. Volvió a entrar, esta vez en una posición que le permitía llegar aún más profundo. Estefanía gritó su nombre, arañándole la espalda. Él aceleró, los testículos golpeando contra su culo con cada embestida.
—Joel… me vengo… me vengo… —jadeó ella, temblando.
—Juntos… —gruñó él.
En ese preciso instante, al otro lado de la pared, Cristina se arqueó en su silla. Un orgasmo silencioso pero brutal la atravesó: los dedos hundidos hasta el fondo, el pulgar aplastando el clítoris, los muslos temblando. Mordió su propia mano para no gritar mientras veía estrellas.
Al mismo tiempo, Estefanía se contrajo alrededor de Joel en espasmos violentos, gritando su nombre sin control. Él se hundió hasta el fondo una última vez y se derramó dentro de ella con un gemido ronco y largo, llenándola por completo mientras sus caderas seguían moviéndose por inercia.
Los tres cuerpos, separados por una pared, se estremecieron al unísono durante largos segundos.
Después, solo respiraciones agitadas y el latido desbocado de tres corazones.
Estefanía se levantó con piernas temblorosas, le dio un beso lento y profundo a Joel y murmuró:
—Voy a asearme un momento…
Entró al baño privado de la oficina y cerró la puerta. Joel se dejó caer en el sillón, todavía jadeante, con la camisa desabrochada y el pantalón a medio subir. Su teléfono vibró sobre el escritorio.
Lo tomó. Un mensaje de Liliana.
“Si te cansas de ella, búscame. No dejo de pensar en ti... después de todo.”
Miró la pantalla varios segundos. Una sonrisa nostálgica, casi triste, le cruzó el rostro.
Abrió el chat, seleccionó toda la conversación y presionó “Eliminar”. Luego fue a los contactos, buscó su nombre y tocó “Bloquear”. Guardó el teléfono. Se recostó en el sillón, cerró los ojos y murmuró para sí mismo, casi como un juramento:
—No, Liliana. Nunca más.
Y sonrió de verdad.
FIN
—---------------
Saludos, estimados lectores. Espero hayan disfrutado leyendo este relato tanto como yo al escribirlo. El final original era muy diferente: había más personajes y hasta disparos, pero ya nos estábamos alejando mucho de la realidad, ya que este relato está basado -parcialmente- en hechos reales. Ha sido mi primer relato, espero no haber decepcionado. Aprecio muchisimo los comentarios, eso no solo me alienta sino me dice por donde seguir. Nos leemos pronto.
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