La Puta de los Albañiles: Día 3 FINAL
Tres días. Diez hombres. Un patio cerrado. Laura sabe que al amanecer del cuarto día todo volverá a la normalidad, pero esta noche decide perder el control por completo, dejando que el sudor y la mugre borren los límites de su matrimonio.
El tercer día amaneció con un cielo gris y pesado, como si el clima supiera lo que iba a pasar en mi patio. Me desperté temprano, con el cuerpo todavía pegajoso del semen seco de ayer, el pelo enmarañado con costras blancas y el olor a siete hombres impregnado en cada poro de mi piel. No me bañé. Ni siquiera me lavé la cara. Quería llegar al límite, oler peor que nunca, convertirme en la puta más sucia que esos albañiles hubieran tenido.
A las siete y media ya estaban tocando el timbre. Esta vez no eran siete. Eran diez. Jesús había cumplido su promesa al pie de la letra. Trajo a los cinco originales (Jesús, Miguel, Pedro, Raúl, Antonio), más Chuy y Toño del día anterior, y tres nuevos que ni siquiera se molestaron en presentarse con nombre: un tipo flaco y tatuado al que llamaban “El Flaco”, un moreno grandote con bigote grueso al que apodaban “El Toro”, y un joven de unos 22 años, callado y nervioso, al que los demás decían “El Chamaco”.
Diez hombres. Diez cuerpos que ya olían fuerte desde la puerta: sudor acumulado de tres días sin ducha, mezcla de axilas rancias, entrepiernas húmedas, botas de trabajo podridas por dentro, cemento viejo y testosterona cruda. Entraron al patio como una manada, riéndose bajito, mirándome con ojos de hambre animal.
Yo los esperaba de pie en el centro del patio, completamente desnuda. Mis tetas grandes colgaban pesadas, con los pezones oscuros hinchados y rodeados de chupetones morados. Mi culo enorme brillaba con restos de semen seco. Mi coño y mi culo seguían abiertos de los días anteriores, chorreando un hilo constante de jugos mezclados con semen viejo. El olor que salía de mí era tan fuerte como el de ellos.
—Aquí estamos, doña Laura —dijo Jesús, quitándose la playera sudada y tirándola al suelo—. Diez vergas listas para romperte de una vez por todas.
No respondí con palabras. Solo me arrodillé en el piso sucio, abrí la boca y extendí la lengua. Ellos se acercaron en semicírculo, se bajaron los pantalones y me pusieron sus miembros frente a la cara. El olor me golpeó como un puñetazo: diez penes sin lavar en tres días, diez capas de esmegma, sudor rancio, orina seca, semen viejo. Gemí tan fuerte que casi me corrí sin tocarme.
Los describo rápido porque cada uno era una nueva adicción:
- Los cinco de siempre: más sucios que nunca, con esmegma amarillento acumulado, venas hinchadas, glans brillantes de mugre.
- Chuy: su curvatura ahora parecía más agresiva, con una costra gruesa en la punta que olía a queso podrido.
- Toño: su verga corta y gorda estaba literalmente pegajosa, con pelos pegados por sudor y semen seco.
- El Flaco: 21 cm delgados pero con prepucio muy largo que guardaba una capa espesa de esmegma blanco-verdoso. Olía ácido y penetrante.
- El Toro: 20 cm gruesos, glande plano y enorme, cubierto de una pasta espesa que olía a culo y a macho de rancho.
- El Chamaco: 19 cm recta y juvenil, pero ya con olor fuerte a pubertad tardía, sudor fresco mezclado con nervios.
Empezaron a turnarse en mi boca. Uno metía hasta la garganta, otro me ponía los huevos en la nariz para que oliera, otro me frotaba el glande sucio por los labios. Lamí esmegma de todos, saboreé sudor rancio, tragué hilos de presemen mezclado con mugre. Me ahogaba, tosía, pero no paraba. Quería todo.
Después me levantaron como si fuera un trapo. Me pusieron boca abajo sobre la misma mesa de tablones, con el culo en alto. Mis nalgas grandes abiertas, mi ano ya flojo y rojo de los días anteriores. El Toro fue el primero en entrar por atrás: su verga gorda me abrió de golpe, sin aviso. Grité, pero el grito se convirtió en gemido cuando sentí cómo su sudor me chorreaba por la espalda.
Mientras El Toro me cogía el culo con fuerza, Jesús me follaba el coño desde abajo, metiendo su verga gruesa hasta chocar con El Toro a través de la pared delgada que nos separaba. Doble penetración brutal. Los demás se masturbaban alrededor, golpeándome la cara con sus vergas sudadas, metiéndomelas en la boca a la fuerza.
Luego cambiaron. El Flaco y El Chamaco me cogieron al mismo tiempo: uno en el coño, otro en el culo. Sus vergas más delgadas entraban y salían rápido, rozando todo. Sentía sus esmegmas lubricándome por dentro. Miguel y Raúl me follaban las tetas, apretándolas con sus manos callosas hasta dejarlas rojas. Antonio me metía su monstruo en la garganta hasta que vomitaba saliva y semen viejo.
Los diez se turnaron en todas mis agujeros. Me corrieron dentro, encima, en la cara, en el pelo, en la espalda, entre las tetas. Semen espeso, amarillento, mezclado con sudor y mugre. Chorros calientes que me cubrían entera. Cuando uno terminaba, otro empezaba. No había descanso. Mi coño y mi culo chorreaban semen continuo, formando un charco debajo de la mesa.
Al final, cuando ya no podían más, me dejaron tirada en el suelo del patio. Estaba irreconocible: cubierta de semen de cabeza a pies, el pelo pegado a la cara, los ojos casi cerrados por la leche que me había caído encima, el cuerpo temblando, el coño y el culo abiertos y goteando sin parar. El olor era insoportable: sexo crudo, sudor de diez hombres, semen rancio, tierra mojada por nuestros fluidos.
Jesús se agachó a mi lado, me levantó la barbilla con dos dedos y me miró fijo.
—¿Satisfecha, doña Laura?
Respiré hondo, tragué el semen que me llenaba la boca y respondí con voz ronca:
—Sí… pero se acabó. Mi marido vuelve mañana. No pueden volver nunca más.
Los diez se miraron entre sí, sonrieron y asintieron. Se vistieron sin prisa, recogieron sus herramientas y salieron por la puerta trasera sin decir una palabra más. Solo quedó el eco de sus botas y el olor que se quedó pegado al aire.
Me quedé ahí tirada un rato largo, mirando el cielo gris. Luego me levanté despacio, con las piernas temblando. Entré a la casa, me metí a la ducha y dejé que el agua caliente me lavara todo: el semen, el sudor, la mugre, la culpa… o lo que quedaba de ella.
Cuando Carlos llegó al día siguiente, me encontró con la casa impecable, el muro arreglado perfectamente y yo vestida con un vestido recatado. Me abrazó, me besó y dijo que me extrañaba. Yo sonreí, le devolví el beso y le preparé la cena como siempre.
Pero en el fondo de mi nariz, todavía podía olerlo: ese olor a sudor de albañil, a hombre sin lavar, a vergas sucias y a sexo sin límites.
Y supe que, aunque nunca más los volvería a ver, una parte de mí siempre sería la puta de los albañiles.
Fin.
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