Xtories

Cuernos en Punta Cana

Lorenzo siempre supo que no era el hombre que Amanda merecía. Pero cuando el viaje a Punta Cana despierta el deseo prohibido de su esposa, él no huye: se queda para mirar. Y lo que ve lo transforma para siempre.

Dolores3815K vistas8.1· 17 votos

El viaje soñado se volvió pesadilla

Lorenzo era un tipo del montón, de esos que pasan por la vida sin que nadie se fije demasiado en ellos. Tenía treinta y ocho años, trabajaba en una oficina de seguros en el centro de la ciudad, con un sueldo justo para pagar las cuentas y poco más. Pocas luces, como decía su jefe cuando quería putearlo en privado: lento para las ideas, torpe con los números, siempre el último en entender un chiste. Su autoestima estaba por el piso desde chico. En el colegio lo jodían porque era flaco, desgarbado, con una pija chiquita que ni siquiera en la ducha de educación física se animaba a mostrar. Y en la cama, bueno, eso era otro tema. Pocas veces se le paraba como Dios manda, y cuando lo hacía, duraba tres minutos antes de soltar la leche sin avisar.

Amanda, su mujer, era todo lo contrario. Treinta y dos años, cuerpo de puta de revista, tetas enormes que parecían parar rayos en plena tormenta. Naturales, pesadas, con pezones oscuros y grandes que se marcaban hasta debajo de una remera holgada. Medía uno setenta, culo redondo y firme de tanto ir al gimnasio, cintura estrecha y una concha depilada que parecía pedir verga a gritos cada vez que se mojaba. El pelo negro largo le caía por la espalda, y tenía una cara de inocente que engañaba a cualquiera: labios gruesos, ojos verdes, sonrisa que hacía que los tipos se dieran vuelta en la calle. Lorenzo la había conocido en una fiesta de amigos en común hacía diez años y todavía no entendía cómo una mina así se había quedado con él.

—Porque sos bueno —le decía ella a veces.

Pero en el fondo los dos sabían que era por costumbre, por la casa que pagaban juntos y porque Amanda, aunque le gustaba que la miraran, nunca había dado el paso de mandarlo al carajo.

El premio inesperado

En la oficina, el premio de fin de año era la única alegría del año. Un sorteo entre todos los empleados: viaje all inclusive para dos personas, quince días completos. Lorenzo nunca ganaba nada, pero esa vez la suerte le sonrió. Cuando el jefe leyó su nombre en la reunión de cierre, el tipo se quedó mudo un segundo. Después sonrió como idiota y miró a sus compañeros que aplaudían por compromiso.

—¡Punta Cana, bol… eh, Lorenzo! Quince días con tu mujer en el paraíso —gritó el jefe.

Lorenzo pensó en el viaje soñado: playa, sol, tragos, sexo con Amanda todos los días. Se imaginó cogiéndola en la habitación con vista al mar, sus tetas rebotando mientras él empujaba su pija dentro de esa concha caliente. Nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que volvería con unos cuernos más grandes que los que ya tenía sin saberlo.

Llegada al paraíso

El vuelo fue largo pero Lorenzo no paraba de hablar. Amanda sonreía, le apretaba la mano y le decía que iba a ser increíble. Llegaron al resort de Punta Cana al mediodía. El hotel era un lujo: bungalows frente al mar, piscina infinita, buffet interminable y un bar en la playa que no cerraba nunca. La habitación tenía cama king size, jacuzzi y un balcón donde se escuchaba el ruido de las olas. Amanda se sacó la ropa en cuanto entraron y se quedó en bikini. El triángulo de abajo apenas cubría su concha, y las tetas casi se salían de la parte de arriba. Lorenzo sintió la pija moverse en el pantalón corto.

—Vení, amor, vamos a la playa —dijo ella, agarrándolo del brazo.

En la arena, los tipos no disimulaban. Un negro alto que vendía cervezas se quedó mirando las tetas de Amanda como si fueran un imán. Otro turista, un gringo rubio con músculos de gimnasio, le sonrió desde su reposera. Lorenzo se sintió chico, insignificante, pero se hinchó de orgullo al mismo tiempo. “Es mía”, pensaba.

Primera noche en el paraíso

Esa noche cogieron por primera vez en el viaje. Amanda estaba mojada, se subió encima y empezó a moverse despacio, sus tetas balanceándose frente a la cara de Lorenzo. Él le chupaba los pezones duros mientras empujaba hacia arriba con su pija de quince centímetros. Duró poco, como siempre. Se corrió adentro de ella con un gemido ahogado y se quedó dormido enseguida. Amanda se quedó mirando el techo, con la concha todavía palpitando, insatisfecha.

La aparición de Ramón

Al día siguiente todo cambió. Estaban en la piscina cuando apareció él. Se llamaba Ramón, dominicano del lugar, treinta y cinco años, metro noventa, piel oscura brillante de aceite, músculos marcados y una sonrisa de dientes perfectos. Trabajaba como animador del resort, pero todos sabían que también era el que “ayudaba” a las mujeres aburridas de sus maridos. Llevaba un short blanco ajustado que dejaba ver un bulto enorme, una verga que parecía una manguera enrollada. Se acercó a Amanda con un trago en la mano.

—Señora, ¿quiere un mojito especial de la casa? Invita la animación —dijo con voz grave, mirando directo a sus tetas.

Amanda se rio, cruzó las piernas y aceptó. Lorenzo estaba a dos metros, fingiendo leer un libro. Ramón se sentó al lado de ella y empezaron a charlar. Hablaban de la playa, del calor, de lo lindo que era el resort. Lorenzo veía cómo Ramón le tocaba el hombro “sin querer”, cómo sus ojos bajaban al escote. Amanda se mordía el labio inferior, un gesto que Lorenzo conocía bien: se estaba calentando.

La fiesta en la playa

Esa noche Ramón invitó a los dos a una fiesta en la playa. Lorenzo no quería ir, pero Amanda insistió.

—Es gratis, amor, y hay música en vivo.

Llegaron a las diez. Luces de colores, reggaetón sonando fuerte, gente bailando descalza en la arena. Ramón apareció enseguida, tomó a Amanda de la cintura y la sacó a bailar. Lorenzo se quedó en una mesa con un ron en la mano, viendo cómo su mujer se movía contra ese cuerpo enorme. Las tetas de Amanda rebotaban con cada paso, el culo se pegaba al bulto de Ramón. El tipo le susurraba algo al oído y ella se reía, echando la cabeza para atrás.

A las dos de la mañana Lorenzo ya estaba borracho y cansado. Amanda le dijo que se fuera a dormir, que ella se quedaba un rato más con las chicas que había conocido. Lorenzo obedeció como un perro. Se fue al bungalow, se acostó y se durmió con la pija medio dura pensando en Amanda bailando.

El paraíso color de cuerno

No sabe a qué hora volvió ella. La escuchó entrar a las cuatro, oliendo a ron y a algo más, a hombre. Se metió en la cama, le dio la espalda y se durmió. Lorenzo se despertó a las siete con la verga hinchada. Intentó tocarla, pero Amanda murmuró que estaba cansada y se dio vuelta.

Ese día en la playa Ramón apareció de nuevo. Esta vez le trajo a Amanda un collar de conchitas y se lo puso él mismo, rozando sus tetas “sin querer”. Lorenzo sintió un nudo en el estómago, pero también algo raro abajo: la pija se le movió.

Al tercer día pasó lo inevitable. Lorenzo se había ido a una excursión de snorkel que había reservado. Amanda dijo que le dolía la cabeza y se quedó en el hotel. Cuando Lorenzo volvió a las cinco de la tarde, abrió la puerta del bungalow y escuchó los ruidos antes de ver nada. Gemidos fuertes, carne chocando, una voz grave que decía:

—Así, mamita, tomá toda la verga.

Se quedó paralizado en la entrada. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Amanda estaba a cuatro patas sobre la cama, completamente desnuda. Ramón detrás de ella, empujando una verga negra gruesa como el brazo de Lorenzo, más de veinticinco centímetros, venosa, con huevos pesados que golpeaban contra la concha de su mujer. Amanda gritaba:

—¡Ay, Ramón, cogeme más fuerte! ¡Rompe mi concha, negro de mierda!

La pija de Lorenzo se puso dura al instante. Se quedó ahí, mirando cómo Ramón agarraba esas tetas enormes por detrás, las apretaba, tiraba de los pezones mientras metía y sacaba esa verga monstruosa. La concha de Amanda chorreaba, se escuchaba el sonido húmedo de cada embestida. Ramón la insultaba bajito:

—Mirá cómo te gusta la verga grande, puta. Tu marido no te da esto, ¿verdad? Decime que te gusta más mi pija que la de él.

Amanda gemía entre sollozos de placer:

—Sí, sí… tu verga es enorme… me está partiendo… me corro otra vez…

Se corrió temblando, la concha apretando la verga de Ramón. Él no paró. La dio vuelta, le abrió las piernas y le metió todo hasta el fondo. Las tetas de Amanda saltaban con cada golpe. Lorenzo se bajó el short sin pensar, sacó su pija chiquita y empezó a pajearse despacio, escondido detrás de la puerta.

Ramón se corrió adentro de ella con un gruñido animal. Le llenó la concha de leche espesa, tanta que cuando sacó la verga salió un chorro blanco mezclado con los jugos de Amanda. Ella quedó tirada, abierta, con la concha roja e hinchada, chorreando semen.

Lorenzo se corrió en ese momento, sin hacer ruido, manchando el piso del pasillo. Se subió el short rápido y salió corriendo hacia la playa, el corazón latiéndole como loco. Cuando volvió una hora después, Amanda estaba duchada y sonriente.

—¿Cómo estuvo la excursión, amor? —preguntó como si nada.

Lorenzo tragó saliva.

—Bien… ¿y vos?

—Descansé. Me sentía mejor.

La confesión y la escalada

Esa noche no cogieron. Lorenzo no se animaba. Pero se pajeó en silencio pensando en lo que había visto. Al día siguiente Ramón apareció en la piscina otra vez. Esta vez Amanda no disimuló. Se sentó con él, le dejó que le pusiera crema en la espalda, que sus manos bajaran hasta casi tocarle el culo. Lorenzo miraba desde lejos, con la pija dura dentro del short.

Al mediodía Ramón le dijo algo al oído a Amanda. Ella miró a Lorenzo y sonrió.

—Amor, Ramón me invitó a un tour privado por la playa esta tarde. Dice que hay una caleta hermosa. ¿Te molesta si voy? Vos podés quedarte descansando.

Lorenzo sintió los cuernos crecer. Pero asintió.

—Andá, Andá… divertite.

Se quedaron en la caleta hasta la noche. Lorenzo los siguió de lejos, escondido entre las palmeras. Los vio llegar a una zona apartada. Ramón sacó la verga ahí mismo, parada, negra y brillante. Amanda se arrodilló en la arena y se la metió en la boca sin pensarlo. Chupaba con hambre, las tetas colgando, saliva corriendo por la verga. Ramón la agarraba del pelo y le cogía la garganta.

—Chupala toda, puta. Mirá cómo te cabe entera.

Amanda se ahogaba, pero no paraba. Después se puso de pie, se bajó el bikini y se apoyó contra una palmera. Ramón la levantó como si no pesara nada, le metió la verga de un solo empujón y empezó a cogerla de pie. Las tetas de Amanda rebotaban contra el pecho de él, los gemidos se escuchaban por encima del mar.

Lorenzo se pajeaba detrás de una roca, viendo cómo su mujer se dejaba usar. Ramón la bajó, la puso de rodillas otra vez y le descargó toda la leche en la cara y en las tetas. Amanda se frotaba el semen en los pezones, sonriendo.

—Qué rico… me encanta tu leche, negro.

Volvieron al bungalow separados. Amanda llegó media hora después, oliendo a sexo y a mar. Lorenzo fingió dormir. Esa noche se despertó y la vio masturbándose en silencio, metiéndose dos dedos en la concha todavía llena de semen seco.

Al cuarto día Lorenzo ya no aguantaba más. Durante el desayuno le dijo:

—Amanda… anoche… te vi.

Ella se quedó quieta. Después sonrió despacio.

—¿Y qué viste, amor?

—Todo. Con Ramón. En la habitación. Y en la playa.

Amanda se mordió el labio. Se acercó y le tocó la pija por encima del short. Estaba dura.

—¿Te gustó ver cómo me cogía?

Lorenzo tragó saliva. Asintió.

—Sí… me puse muy caliente.

Amanda se rio bajito.

—Sabía que te iba a gustar. Ramón tiene una verga que me vuelve loca. Me coge como vos nunca pudiste. ¿Querés ver más?

Lorenzo sintió vergüenza y excitación al mismo tiempo.

—Sí… quiero.

La humillación compartida

Esa misma tarde Amanda organizó todo. Le dijo a Ramón que Lorenzo ya sabía y que quería mirar. Ramón se rio con esa risa grave.

—Tu marido es un cornudo bueno, entonces. Que mire y aprenda.

Se encontraron en el bungalow a las tres de la tarde. Ramón entró sin camisa, el bulto ya marcado. Amanda se desnudó frente a los dos. Lorenzo se sentó en una silla al lado de la cama, pija afuera, pajéandose despacio.

Ramón empezó despacio. Le chupó las tetas a Amanda, mordiendo los pezones hasta que ella gemía. Después bajó y le comió la concha con lengua larga y experta. Amanda se retorcía, le agarraba la cabeza.

—Ay, negro… chupame el clítoris… así…

Lorenzo miraba cómo la lengua de Ramón entraba y salía de esa concha rosada. Después Amanda se puso de rodillas y le sacó la verga a Ramón. La tenía completamente dura, gruesa, venosa. La chupó entera, bajando hasta la garganta, babeando.

—Mirá, amor —le dijo a Lorenzo entre chupada y chupada—. Mirá cómo me cabe toda. Tu pija nunca llegó tan profundo.

Lorenzo se pajeó más rápido.

Ramón la levantó, la puso sobre la cama y le abrió las piernas. Metió la verga despacio, centímetro a centímetro, hasta que desapareció completa dentro de la concha de Amanda. Empezó a cogerla con ritmo lento y profundo. Cada embestida hacía que las tetas saltaran. Amanda gritaba:

—¡Sí! ¡Cogeme! ¡Usame como puta!

Ramón aceleró. La daba vuelta, la ponía en todas las posiciones. De perrito, de lado, sentada encima cabalgando como loca. Las tetas rebotaban contra su cara. Lorenzo se corrió dos veces mirando, pero seguía duro.

Al final Ramón la puso boca arriba, le levantó las piernas y le metió todo hasta el fondo. Se corrió con fuerza, llenándole la concha de leche caliente. Cuando sacó la verga, el semen blanco salía a borbotones.

—Ahora limpiá, cornudo —le dijo Ramón a Lorenzo.

Lorenzo dudó un segundo. Después se acercó, se arrodilló y le chupó la concha a Amanda. Saboreó la mezcla de semen y jugos. Amanda le agarró la cabeza y lo apretó contra ella.

—Así, amor… comé todo lo que me dejó mi amante.

Lorenzo se corrió otra vez sin tocarse.

El festival de cuernos

A partir de ese día el viaje se convirtió en un festival de cuernos. Cada tarde Ramón venía al bungalow. A veces cogía a Amanda solo, otras dejaba que Lorenzo mirara de cerca. Una noche lo hizo participar: mientras Ramón le metía la verga por detrás, Amanda le chupaba la pija chiquita a Lorenzo. Él se corrió en su boca en menos de un minuto. Ramón se rio y siguió cogiendo a Amanda hasta llenarla otra vez.

Otro día los llevó a una fiesta privada en una villa apartada del resort. Había otros tres negros grandes, todos con vergas enormes. Amanda terminó en el medio, rodeada. Le metieron verga por la boca, por la concha y por el culo al mismo tiempo. Lorenzo miraba sentado en un sillón, pajeándose mientras su mujer gritaba de placer con tres pijas adentro. Uno de ellos le descargó en las tetas, otro en la cara, Ramón le llenó la concha. Después la hicieron que se sentara sobre la cara de Lorenzo para que limpiara todo.

Los quince días pasaron así. Cada mañana Amanda despertaba con la concha hinchada y llena de semen seco. Lorenzo la limpiaba con la lengua antes de desayunar. En la playa ella ya no disimulaba: caminaba tomada de la mano de Ramón, con el bikini marcado por los chupones. Los otros turistas miraban y susurraban. Lorenzo caminaba detrás, con la pija dura todo el día.

La despedida de Ramón

El último día en Punta Cana amaneció con un sol abrasador, pero dentro del bungalow el aire estaba cargado de algo más denso: despedida, sexo crudo y una última humillación que Lorenzo no olvidaría nunca.

Ramón llegó temprano, sin camisa, el short blanco ajustado marcando esa verga monstruosa que ya era parte de la rutina de Amanda. Lorenzo los dejó solos, como siempre, y se quedó afuera en el balcón, sentado en una silla de plástico, con la pija dura dentro del short, esperando los ruidos que ya conocía de memoria. Pero esa vez los gemidos fueron diferentes. Más agudos, más entrecortados, mezclados con sollozos y palabras ahogadas.

Desde afuera se escuchaba todo:

—Así, mamita… abrí bien ese culo… hoy te lo rompo de verdad para que no te olvides de mi verga.

Amanda gemía fuerte, pero no solo de placer. Había dolor en su voz.

—Ay, Ramón… despacio… me estás partiendo… es demasiado grande…

—No, puta. Tomá toda. Tu marido nunca te va a meter ni la punta por el orto. Esto es para vos, para que te acuerdes de mí cada vez que te sentés.

Lorenzo se acercó a la puerta entreabierta, temblando. Los vio claramente: Amanda boca abajo sobre la cama king size, las tetas aplastadas contra el colchón, el culo en pompa, abierto de par en par. Ramón arrodillado detrás, agarrándola de las caderas con fuerza, empujando esa verga negra gruesa, venosa, más de veinticinco centímetros, directo por el culo. No había lubricante suficiente; solo saliva y los jugos que chorreaban de la concha de Amanda. Cada embestida era brutal, profunda, sin piedad. Los huevos pesados golpeaban contra la concha abierta, y el ano de Amanda estaba rojo, hinchado, estirado al límite alrededor de esa pija monstruosa.

Amanda lloraba, pero no pedía que parara. Al contrario, entre sollozos empujaba hacia atrás.

—Cogeme más fuerte… rompeme el culo, negro… haceme tuya… ¡ay, mierda, duele tanto!

Ramón aceleró el ritmo, gruñendo como animal. Le daba palmadas fuertes en las nalgas, dejaba marcas rojas. Las tetas de Amanda se movían con violencia hacia adelante y atrás. Él le agarraba el pelo, le tiraba la cabeza hacia atrás y le hablaba al oído:

—Decile a tu cornudo que te estoy rompiendo el orto como él nunca pudo. Que vas a volver a casa con el culo abierto y dolorido por mi verga.

Amanda sollozaba, la cara contra la sábana.

—Sí… sí… me estás rompiendo… me duele… pero no pares… llename el culo de leche…

Ramón empujó hasta el fondo una última vez, gruñó fuerte y se corrió adentro. Lorenzo vio cómo los huevos se contraían, cómo la verga palpitaba descargando chorros espesos de semen caliente directo en las entrañas de su mujer. Amanda tembló entera, se corrió también, pero con un grito de dolor y placer mezclado. Cuando Ramón sacó la verga despacio, el ano quedó abierto, un agujero rojo e hinchado que no cerraba, con leche blanca espesa chorreando lento por los muslos y cayendo sobre la sábana.

Ramón se levantó, se limpió con una toalla, le dio una palmada final en el culo a Amanda y salió sin mirar a Lorenzo.

—Chau, mamita. Cuidá ese orto roto. Nos vemos en WhatsApp.

Amanda se quedó tirada un rato, respirando agitada, con lágrimas corriendo por las mejillas. Después se incorporó con dificultad, el culo le dolía tanto que apenas podía moverse. Salió al balcón tambaleándose, desnuda, con la cara empapada de lágrimas y semen seco en las comisuras de la boca. Se acercó a Lorenzo, que seguía sentado, la pija dura como piedra.

Se dejó caer de rodillas frente a él, sollozando.

—Me rompió el culo, Lorenzo… me duele muchísimo… nunca sentí tanto dolor… me metió toda la verga por el orto y no paró hasta llenarme…

Lorenzo la miró, excitado y conmovido al mismo tiempo. Le acarició el pelo con ternura torpe.

—Vení, amor… dejame ayudarte.

La ayudó a acostarse boca abajo en la reposera del balcón. Fue al baño, volvió con un pote de crema hidratante que habían comprado en el duty free. Se arrodilló detrás de ella, le abrió con cuidado las nalgas. El ano estaba rojo vivo, hinchado, todavía goteando leche espesa de Ramón. Lorenzo sintió un nudo en la garganta, pero también la pija latiendo fuerte.

Con dedos temblorosos puso crema en la yema y empezó a untar despacio alrededor del agujero abierto. Amanda gimió de dolor al principio, pero después suspiró aliviada.

—Suave, cornudo… duele… pero seguí… poneme más…

Lorenzo obedeció. Metió un dedo con cuidado, solo la punta, para esparcir la crema adentro. Sintió el calor, la humedad, los restos de semen de otro hombre. Amanda sollozaba bajito, pero empujaba un poco hacia atrás.

—Gracias… me duele tanto… pero me encantó… nunca me habían cogido el culo así… me dejó destruida…

Lorenzo siguió untando, con dos dedos ahora, despacio, mientras se pajeaba con la otra mano. Amanda se corrió otra vez, suave, solo con el roce y el recuerdo. Después se quedó quieta, exhausta.

—Llevame a casa, cornudo… con el culo roto y lleno de su leche. Quiero que me limpies todo el viaje de vuelta.

Lorenzo asintió, con lágrimas en los ojos también, pero de excitación pura. La ayudó a vestirse con dificultad, le puso un tampón en el culo para que no chorreara en el aeropuerto, y la abrazó fuerte mientras esperaban el traslado al aeropuerto.

Esa fue la verdadera despedida de Ramón: un culo roto, lágrimas de dolor y placer, y un marido que, en vez de consolarla con enojo, la cuidaba con devoción enfermiza, untándole crema y masturbándose al pensar en lo que le habían hecho a su mujer.

Los cuernos ya no eran solo grandes. Eran irreversibles.

Regreso y nueva realidad

En el avión de vuelta Lorenzo no habló mucho. Amanda dormía con la cabeza apoyada en su hombro. Él miraba por la ventana, sintiendo los cuernos pesados. Su pija se movía cada vez que recordaba las escenas: las tetas de Amanda rebotando, la verga negra entrando y saliendo, los gemidos, la leche chorreando. Sabía que en casa todo iba a cambiar. Amanda ya le había dicho que Ramón le había dado su número de WhatsApp y que pensaba seguir viéndolo cuando pudiera.

Llegaron a casa después de quince horas de vuelo. La maleta de Amanda olía a sexo todavía. Esa misma noche ella le mandó un mensaje a Ramón: “Ya llegué. Mi concha te extraña”. Lorenzo leyó el chat por encima de su hombro y se pajeó en silencio mientras ella le contestaba fotos de su concha abierta.

Los cuernos que trajo de Punta Cana eran más grandes de lo que jamás imaginó. Y lo peor —o lo mejor— era que ya no quería que desaparecieran. Cada noche, mientras Amanda chateaba con su amante y se tocaba pensando en esa verga enorme, Lorenzo se pajeaba recordando cada detalle. El hombre del montón había vuelto convertido en un cornudo feliz, con una mujer que ahora sabía exactamente lo que necesitaba: vergas grandes, muchos, y un marido que limpiara los restos.

La pérdida total de respeto

Y así empezó la nueva vida de Lorenzo. Amanda salía algunos fines de semana “con amigas” y volvía con la concha llena. A veces traía videos que grababa en secreto. Lorenzo los miraba con ella, se corría y después le comía la concha hasta que Amanda se corría otra vez. Nunca más intentó cogerla como antes. Sabía que su pija chiquita ya no tenía lugar. Su rol ahora era otro: mirar, limpiar, pajearse y agradecer que una mujer como Amanda le permitiera seguir a su lado.

Amanda ya no disimulaba nada. El respeto que alguna vez había sentido por Lorenzo se evaporó como el humo de un cigarrillo barato. Lo miraba con una mezcla de lástima y desprecio, como se mira a un perro que se orina en la alfombra. Ya no le decía “amor” con ternura; ahora era un “amor” seco, irónico, casi burlón. En la cama ni siquiera lo dejaba tocarla si no era para limpiar.

—No me toques con esa pija de mierda, Lorenzo. Solo limpiá lo que me dejaron los de verdad.

Al principio Lorenzo se dolía, pero el dolor se mezclaba con una excitación enferma que lo mantenía duro todo el día. Cada vez que Amanda volvía tarde, oliendo a semen y perfume barato, él se ponía de rodillas sin que ella tuviera que pedírselo. Le bajaba las tangas empapadas, le abría las piernas y lamía la concha hinchada, saboreando la mezcla de leches de distintos hombres. A veces encontraba pelos púbicos que no eran de él, o marcas de dedos en los muslos, o chupones frescos en las tetas. Y cada vez se corría sin tocarse, solo con el sabor y el olor.

Amanda empezó a salir más seguido. Ya no eran solo fines de semana. Martes, jueves, viernes… cualquier día era bueno para que la cogieran. Volvía a las tres, cuatro de la mañana, con el maquillaje corrido, el pelo revuelto y la concha roja de tanto uso. Lorenzo la esperaba despierto, sentado en el sillón con la pija afuera, pajéandose despacio hasta que escuchaba la llave en la cerradura.

La revelación brutal

Una noche, hacía unos seis meses del viaje a Punta Cana, Amanda llegó particularmente destruida. Entró tambaleándose, los tacos en la mano, el vestido negro pegado al cuerpo por el sudor. Olía a alcohol, cigarrillo y sexo crudo. Se dejó caer en el sillón frente a Lorenzo, abrió las piernas sin pudor y se levantó la falda. No llevaba tanga. La concha estaba abierta, hinchada, con hilos de semen blanco todavía chorreando por los labios mayores. Tenía un chupón enorme en el interior del muslo y otro en el cuello.

—Vení, cornudo —dijo con voz pastosa—. Limpiame antes de que se me enfríe la leche.

Lorenzo se arrodilló como siempre. Pero esa noche Amanda no lo dejó empezar enseguida. Le agarró la cabeza con las dos manos y lo miró fijo a los ojos.

—¿Sabés quién me dejó así hoy, Lorenzo?

Él negó con la cabeza, la lengua ya afuera, ansioso.

—Tu jefe. El gordo de mierda de Martínez.

Lorenzo se quedó helado. Martínez era su jefe directo desde hacía doce años. Un tipo de cincuenta y pico, panzón, calvo, siempre oliendo a colonia barata y café rancio. El mismo que le gritaba en las reuniones por los errores en los informes, el que le decía “Lorenzo, ponete las pilas, carajo” delante de todos. El mismo que alguna vez le había palmado el hombro y le había dicho “sos un buen pibe, pero no das más que para esto”.

Amanda se rio bajito, una risa cruel.

—¿Te sorprende? No deberías. Me lo estoy cogiendo desde antes de Punta Cana. Hace… qué sé yo… ¿tres años? Cuatro, capaz.

Lorenzo sintió que el piso se movía. La pija, que estaba dura, se le aflojó un segundo. Pero Amanda siguió hablando, disfrutando cada palabra.

—Al principio fue solo por diversión. Una cena de fin de año de la oficina, vos estabas en el baño vomitando porque te habías emborrachado con dos fernets. Martínez me agarró en el pasillo, me metió mano por debajo del vestido y me dijo que siempre había querido saber cómo se sentía meterla en una concha como la mía. Yo estaba caliente, borracha… le dejé que me llevara al auto. Me cogió en el asiento de atrás, con la pija gorda y corta, pero empujando con ganas. Me llenó la concha y me mandó de vuelta a la fiesta como si nada. Vos ni te enteraste.

Lorenzo tragó saliva. Amanda le apretó más la cabeza contra su concha.

—Después se volvió costumbre. Cada vez que había reunión importante y vos te quedabas hasta tarde corrigiendo planillas, él me mandaba un mensaje: “vení a mi oficina”. Yo llegaba, cerraba la puerta con llave y me ponía de rodillas debajo del escritorio. Se la chupaba mientras él hablaba por teléfono con clientes. A veces me sentaba encima, con la concha abierta, y me hacía cabalgar despacio para no hacer ruido. Una vez me cogió sobre la mesa de reuniones, justo donde vos firmás tus informes de mierda. Me levantó la pollera, me bajó la tanga y me metió todo. Decía que le encantaba cogerse a la mujer del inútil de su empleado. Que eras un cornudo sin remedio.

Amanda se abrió más las piernas. El semen seguía saliendo lento, espeso.

—Hoy fue especial. Me invitó a su casa. La mujer está de viaje con los hijos. Me llevó directo al dormitorio matrimonial. Me desnudó, me tiró en la cama y me cogió como animal. Tres veces. La primera me la metió por la concha, la segunda por el culo —sí, por el culo, algo que vos nunca pudiste ni pedir—, y la tercera me la puso en la boca hasta que se corrió adentro. Me dijo que la próxima vez te va a llamar a vos para que limpies mientras él me coge de nuevo. Que quiere verte de rodillas, con la lengua adentro de mi concha mientras él me rompe el orto.

Lorenzo ya no aguantaba. La pija se le había puesto dura otra vez, más que nunca. Amanda lo notó y sonrió.

—¿Te calienta, cornudo? Mirá cómo estás. Tu jefe me tiene de puta desde hace años y vos ni te dabas cuenta. Y ahora… ahora se la cojo cuando quiero. Ayer me la metió en el baño de la oficina, con vos trabajando a dos metros. Me tapó la boca para que no gritara y me llenó la concha en menos de cinco minutos. Después me mandó de vuelta a casa con su leche adentro. Y vos, pobrecito, pensando que yo estaba “de compras”.

Amanda le soltó la cabeza y se recostó más en el sillón.

—Dale, limpiame. Comé la leche de tu jefe. Saboréala bien, porque mañana capaz te toca verla salir de mi concha en vivo.

Lorenzo hundió la cara. Lamió con desesperación, tragando cada gota. El sabor era más salado, más espeso que el de los otros. Amanda gemía bajito, tocándose el clítoris mientras él limpiaba.

—Así, cornudo… comé todo. Tu jefe me coge mejor que vos, más fuerte, más seguido. Y no solo él. Ahora me cojo a medio mundo. El delivery que trae la comida, el mecánico del auto, hasta el vecino del quinto que me cruzo en el ascensor. Todos me meten verga. Y vos… vos solo mirás y limpiás. Ese es tu lugar ahora.

El nuevo orden

Terminó de limpiarla y Amanda se levantó. Se fue al dormitorio sin mirarlo. Lorenzo se quedó en el living, con la pija goteando, la cara llena de semen seco y lágrimas mezcladas. Se pajeó pensando en Martínez cogiendo a su mujer sobre su propio escritorio, en la oficina donde él pasaba ocho horas al día. Se corrió con un gemido ahogado, manchando el piso.

Al día siguiente en el trabajo Martínez lo llamó a su oficina. Lorenzo entró temblando. El jefe lo miró de arriba abajo, sonrió con sorna y le dijo:

—Lorenzo, cerrá la puerta. Tenemos que hablar de tu desempeño… y del de tu mujer.

Lorenzo cerró. Martínez se recostó en la silla, se abrió el cierre del pantalón y sacó una pija gruesa, todavía medio dura, con restos de algo blanco en la punta.

—Tu mujer me dijo que ya sabés todo. Que te calienta. Así que de ahora en adelante, cuando ella venga a verme, vos vas a esperar afuera. Y cuando terminemos, vas a entrar a limpiar. ¿Entendido?

Lorenzo asintió, la pija dura dentro del pantalón.

—Bien. Ahora arrodillate y chupame un poco, para que veas cómo se hace. Tu mujer lo hace mucho mejor, pero vos vas a practicar.

Lorenzo se arrodilló. Martínez le metió la pija en la boca. Olía a concha de Amanda. Lorenzo chupó, humillado, excitado, perdido. Martínez se corrió rápido, le llenó la boca y le dijo:

—Tragá. Y esta noche traé a Amanda. Quiero cogérmela en tu cama.

Esa noche Amanda llegó sonriente. Se cambió, se puso un vestido corto sin nada abajo y le dijo a Lorenzo:

—Vamos, cornudo. Tu jefe me espera. Y vos vas a mirar cómo me rompe la concha en nuestra propia cama.

Lorenzo los llevó en auto. Martínez los esperaba en la puerta del departamento. Entraron. Amanda se desnudó en el living, se puso a cuatro patas en el sillón y le dijo al jefe:

—Cogeme fuerte, Martínez. Que mi marido vea cómo se coge de verdad a una mujer.

Martínez la cogió durante una hora. La puso en todas las posiciones: sobre la mesa del comedor, contra la pared, en la cama matrimonial. Lorenzo sentado en una silla, pajeándose sin parar. Cada vez que Martínez se corría adentro, le ordenaba a Lorenzo que limpiara. Al final, Amanda quedó tirada en la cama, con la concha destrozada, semen chorreando por todos lados. Martínez se vistió, le dio una palmada en el culo a Amanda y le dijo a Lorenzo:

—Mañana en la oficina te aumento el sueldo… pero vas a tener que seguir trayéndomela. Y limpiando.

Lorenzo asintió. Ya no había vuelta atrás.

Amanda había perdido todo respeto por él. Ahora era solo su cornudo oficial. Se la cogían todos: el jefe, los amigos del jefe, los clientes que ella seducía en salidas “laborales”, hasta un par de pibes del gimnasio que la esperaban en el auto después de clases. Volvía a casa cada vez más abierta, más llena, más satisfecha. Y Lorenzo, el tipo del montón, se había convertido en el limpiador perfecto: lengua siempre lista, pija siempre dura, orgullo completamente destruido.

Y en el fondo, muy en el fondo, le encantaba. Porque ahora sabía cuál era su lugar exacto en la vida de Amanda: debajo de ella, comiendo lo que otros le dejaban. Y no quería que cambiara nunca más.

Quince días en Punta Cana. Quince días que cambiaron todo. Y Lorenzo, el tipo del montón, con pocas luces y poca autoestima, descubrió que los cuernos grandes le quedaban mejor que cualquier otra cosa en la vida.

FIN