Ana - Encuentro con el ex
El reencuentro en la fiesta fue solo el comienzo. Ahora, con la bendición tácita de su esposo, ella se entrega a la pasión que creyó perdida hace décadas. ¿Podrá contener el recuerdo de ese placer prohibido?
Esta historia comienza hace muchos años, cuando yo aún era una jovencita inocente. Mi hermano tenía un muy buen amigo con el que comenzamos una hermosa relación. La verdad es que nos quisimos mucho, hasta que la vida fue haciendo su malvada labor: tuvo que irse al extranjero a estudiar y con el paso del tiempo perdimos el contacto.
Después de unos años me enteré que volvió a buscarme, pero a esas alturas yo ya estaba casada. No lo vi, y no quise devolverle la visita para no darle expectativas, aunque no niego que me emocionó su gesto, aún lo recordaba de forma especial.
Hace como un año y medio atrás, mi hermano cumplía sus bodas de oro - ¡Si, 50 años de matrimonio! - lo que obviamente ameritaba una celebración a lo grande. Hicieron una fiesta donde invitaron a mucha gente. Llegamos con mi esposo y mientras saludábamos a los invitados me encontré con él. Al comienzo me puse algo nerviosa, no pude evitar revivir mis sentimientos de juventud, que afloraron casi incontrolables en mí. Por la forma en que me miró de seguro sintió lo mismo.
Un muy buen amigo de juventud – Le dije a mi esposo al presentárselo, se dieron la mano amablemente y tras una pequeña charla (algo tensa para mí) donde ninguno de los dos reveló que habíamos sido novios, seguimos recorriendo el salón.
Al rato, mientras disfrutábamos del ambiente de la fiesta, llegaron unos amigos de mi esposo a saludarlo. También tenían mucho tiempo sin verse, así que se pusieron a ponerse al día de sus vidas.
Saldré a fumar al jardín - le avisé a mi esposo y así dejarlos hablar a sus anchas. Tambien serviría para poder relajarme un poco; seguía algo inquieta por el reencuentro.
Salí por una de las puertas al jardín. El aire fresco de la noche se sentía agradable, sin tanta gente alrededor, de hecho, estaba sola. Encendí mi cigarrillo y tras dar un par de pitadas apareció mi ex a mi lado. En silencio se quedó mirándome, y yo a él. No pude quitar mi vista de la suya. Sin mediar palabra nos acercamos y comenzamos a besarnos como si jamás hubiésemos dejado de vernos, con tanta pasión que olvidamos donde estábamos, de inmediato sus manos comenzaron a recorrer mis pechos, tal como lo hacía cuando éramos novios. Fue algo fugaz pero muy excitante, no pasó nada más. Afortunadamente nadie nos vió, no porque no lo deseara, sino que porque recordé donde nos encontrábamos.
Ya más tarde, de vuelta en casa, mi cuerpo no olvidaba el pequeño desliz, mi sexo húmedo daba fé de aquello. No le comenté nada de lo sucedido a mi esposo, probablemente no le molestaría, quizás hasta lo excite, ya que él me ha compartido con varios hombres en nuestra vida marital. Pero esto era diferente, quería mantenerlo para mí, la adrenalina que me provocaba haberlo hecho a escondidas de mi esposo era algo que disfruté, y quería mantenerlo en lo íntimo de mis recuerdos.
Pasó un tiempo de aquel encuentro. Hace unos días me habló por celular (nos intercambiamos numeros) para contarme que estaba en la ciudad y que le gustaría poder verme. No lo pensé y le respondí que sí. Esta vez si le conté a mi esposo que me vería con mi exnovio, y que probablemente llegaríamos a algo más. A él le gustó mucho la idea de mi cita. De inmediato me llevó a comprar un vestido para la ocasión, y ropa interior sexy para lo que vendría después.
Llegué al bar que acordamos y al vernos nos abrazamos muy apretado por el gusto de vernos nuevamente. Nos pusimos a platicar de nuestras vidas, y hablamos de nuestra historia entre arrumacos, caricias y besitos, como si fuéramos unos novios adolescentes. Me tomó de las manos, y muy entusiasta me propuso ir a un lugar más íntimo, yo lo miraba con una sonrisa. Asentí con la cabeza, aceptando su proposición.
Sin perder tiempo nos fuimos directo al hotel en el que alojaba. Apenas entramos en su habitación dimos rienda suelta a nuestra verdadera pasión, nos besamos con lujuria, tanta que la ropa nos estorbaba, pero no tardó mucho en terminar tirada en el suelo. Ya desnudos me recostó sobre la cama y comenzó a besar todo mi cuerpo haciendo mi piel erizar y mi intimidad humedecer, en esta última sus dedos se introducían haciéndome gemir del placer que me provocaba. No se cuanto tiempo estuvo en eso, pero el deseo de sentirlo dentro de mí era incontenible, se lo hice saber. Estando boca arriba levanté y separé las piernas poniéndolas sobre sus hombros, el las acomodó mirándome mientras yo le agarraba su miembro erecto a más no poder, apuntándomelo yo misma a la entrada de mi húmeda cavidad. De un empujón la metió toda provocándonos un mutuo grito de placer, iniciando en seguida una serie de maniobras donde me puso a su antojo.
Fuimos poseídos por la mayor lujuria que era posible entre dos personas en una cama. Yo me entregué a él por completo, perdí la noción de todo, era un placer inmenso el que me estaba entregando, hasta provocarme un orgasmo que jamás había conseguido con otro hombre. Los líquidos provocados de ese orgasmo, terminaron confundiéndose con los que empezaron a caer, después de sentir un chorro de su abundante eyaculación en mí, escurriendo por mis nalgas. Nos quedamos un rato disfrutando de nuestra compañía, acariciándonos con ternura. Se sintió tan bien estar con mi novio de la juventud, que no sé si sea capaz de repetirlo, aunque sé que a mi esposo no le molestaría, solo lo verá como otro encuentro sexual que el me permitió, pero no comprenderá nunca como realmente lo disfruté.
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