Xtories

Infieles VI

Joel creyó haber ganado la partida, manipulando a Estefanía para que abandonara a un esposo tiránico. Pero la noche de pasión en el hotel no fue el final, sino el comienzo de una trampa mucho más peligrosa. Cuando la puerta se abre, no es la mañana lo que encuentran, sino la realidad de sus juegos.

GoldToken6.2K vistas9.7· 15 votos

—Ay, Marcos, por favor, no empieces con eso… estábamos…

—No, espera. Tengo que hablar yo —cortó Joel, firme pero sin levantar la voz. Estefanía lo miró con los ojos muy abiertos, pálida como nunca—. Marcos, esto se está saliendo de control y debo confesártelo. Estefanía y yo hemos estado hablando mucho y nosotros…

—Joel… —susurró ella, temblorosa.

Él levantó una mano para callarla, tomó la carpeta que había visto de reojo y continuó con voz grave, seria, como si estuviera exponiendo un caso:

—¿Sabes qué es esto? —Le mostró los papeles a Marcos—. Estos son los documentos de tu negocio. ¿Sabes por qué los tengo? Porque Estefanía está aterrada de que esa gente te lave el cerebro. Y quiere que ponga todo a su nombre antes de que hagas una tontería.

Marcos frunció el ceño, confundido.

—¿Y hacen eso a las tres de la mañana? —respondió Marcos dando un paso adelante.

—¿A qué horas si no? Estás todo el tiempo sobre ella como si realmente fuera a traicionarte, después de todo lo que ha soportado.

Estefanía sintió un nudo en el estómago. Las palabras de Joel se le clavaron como vidrios rotos, pero también le dieron la salida perfecta. No confesaron nada. No hacía falta.

—Joel, Marcos y yo tenemos que hablar. ¿Podrías…? —pidió ella con la voz aún temblorosa pero controlada.

Joel apretó la carpeta y asintió.

—Espero que arreglen esto pronto.

Salió sin mirar atrás, subió al auto y se perdió en la noche. Estefanía cerró la puerta de la cochera con manos temblorosas. Marcos se quedó mirándola, aún con la duda en los ojos. Estefania suspiró y le pidió que fueran adentro. Les esperaba una larga charla.

Joel llegó a la oficina a las cuatro de la mañana. Apagó las luces, se sentó en su sillón de cuero y se quedó en silencio, en penumbras, con la ciudad dormida al otro lado de la ventana. Repasaba cada segundo: el cuerpo de Estefanía contra el suyo, el miedo en sus ojos cuando apareció Marcos, la mentira que había improvisado. Sabía que había puesto a Estefanía en una posición delicada, pero no había otra forma de salir. Solo esperaba que la semilla que había plantado creciera: que Marcos se hundiera más en esa congregación absurda, que Estefanía se cansara de verdad y que, por fin, quedara libre para él. Conocía a Marcos; era terco, decidido. No soltaría esa mierda fácilmente… y eso jugaba a su favor.

De pronto la puerta se abrió y Joel dio un respingo. La luz se encendió y una chica se quedó congelada en el umbral.

—Perdón, licenciado… creí que no había nadie —murmuró, tímida, intentando retroceder.

Era pálida, casi translúcida, de cabello rubio platino y ojos verdes idénticos a los de Estefanía. Cuerpo curvo, “gordita” en el mejor sentido: muslos gruesos, caderas anchas, nalgas redondas y prominentes, y un busto enorme que tensaba la blusa blanca. Parecía europea del este, rusa o checa.

Joel se levantó, sonrió con calma profesional y la detuvo.

—No pasa nada. Soy Joel. Creo que no nos han presentado. —Le dijo extendiéndole la mano.

—Cristina —respondió ella sonriendo estrechandole la mano—. Me integré esta semana, acabo de egresar. Traía unos expedientes para esta mañana… pensé que no había nadie.

Hablaron un rato corto sobre los casos pendientes. Joel le ofreció ayuda en todo lo que necesitara. Ella lo miró con esos ojos verdes y, por unos minutos, Estefanía y Liliana desaparecieron de su cabeza. Solo existían esos ojos y esa sonrisa tímida.

Cristina se fue y Joel se quedó dormido en el sillón, exhausto.

El celular vibró a las once de la mañana. Era Estefanía.

—No voy a trabajar hoy —dijo ella sin preámbulos. Su voz sonaba calmada, ni molesta ni alegre—. Hablamos toda la madrugada. Necesito verte. ¿Puedes esta noche? En el café que está frente al restaurante.

—Allá estaré. —contestó aliviado. Estefania colgó. No hubo más palabras ni besos. Joel sintió un cosquilleo incómodo. Estaba preocupado por el tono de esa llamada.

Llegó puntual. A las diez de la noche, Estefanía apareció con diez minutos de retraso, pero valió la pena esperar. Se había maquillado como nunca desde que Joel volvió de España: ojos delineados y sombreados para que parecieran más grandes y claros, labios rojo brillante, un vestido floral ceñidísimo, escote profundo que apenas contenía sus pechos. Brillaba. Le sonrió con toda la boca y Joel sintió que el aire se le escapaba.

Se sentaron. Ella pidió vino y después el primer sorbo soltó:

—Decidí separarme temporalmente de Marcos. Lo dejé pensando. Gracias por salvarme el pellejo anoche… y por hacerme ver que no era solo mi imaginación. Alguien más se daba cuenta.

—¿Qué significa “temporalmente”, Estefanía? —preguntó Joel, distraído por cómo sus pechos casi se salían del escote cada vez que respiraba.

—El tiempo suficiente para que tome su decisión. Si abandona la congregación, arreglamos nuestro matrimonio… pero si se niega, me voy para siempre.

—¿Y podremos… tener una oportunidad? ¿ Tú y yo?

Ella se ruborizó, bajó la mirada y sonrió.

—Sí. Solo tú y yo… Por eso quiero que esta noche sea especial. ¿Recuerdas lo que te pedí?

Joel sintió la erección inmediata. Pidió la cuenta, dejó billetes sobre la mesa y le propuso su departamento. Estefanía negó con la cabeza.

—Estoy rentando un cuarto de hotel por ahora. Mejor allá.

Llegaron al hotel. Ella entró al baño. Joel se quitó la camisa y esperó, el corazón latiéndole fuerte.

Salió con un baby doll azul transparente, corto, que apenas cubría sus nalgas. La tela era tan fina que se veían sus pezones oscuros y duros. Se acercó despacio. No había prisa esta vez. Se besaron durante minutos eternos, labios suaves, lenguas lentas, respiraciones mezcladas. Las manos de Joel recorrieron su cintura, subieron por su espalda, bajaron hasta apretar esas nalgas generosas que tanto le gustaban, separándolas ligeramente para sentir el calor que emanaba entre ellas. Estefanía suspiró contra su boca, un gemido suave y largo que vibró en el pecho de Joel.

Él la llevó a la cama. La acostó con cuidado y empezó a besar cada centímetro: cuello, clavícula, el valle entre sus pechos. Bajó el baby doll con los dientes y sacó uno de sus senos pesados, lo lamió despacio, rodeando el pezón con la lengua en círculos húmedos y calientes, chupándolo con fuerza hasta que ella arqueó la espalda y gimió bajito, clavándole las uñas en los hombros. Siguió bajando: abdomen, ombligo, muslos gruesos y suaves que temblaban bajo sus labios. Le separó las piernas con suavidad, inhalando el aroma dulce y almizclado de su excitación. Hundió la cara entre ellas. Su lengua recorrió los labios hinchados y resbaladizos, saboreó su humedad caliente y espesa, encontró el clítoris hinchado y lo rodeó con círculos lentos, firmes, succionándolo después con la boca entera mientras dos dedos entraban en su vagina apretada, curvándose para tocar ese punto rugoso que la hacía perder el control.

—Joel… Dios… así… no pares… —jadeaba ella, las manos enredadas en su cabello, tirando de él mientras sus caderas se movían solas contra su boca, mojándole la barbilla y la nariz con sus jugos.

La penetró con tres dedos ahora, follándola con ellos mientras su lengua azotaba el clítoris sin descanso. Estefanía se retorció, muslos temblando violentamente, y se corrió con un gemido largo y ahogado que llenó la habitación, apretando la cara de Joel contra su sexo mientras un chorro caliente de sus jugos le empapaba la boca y la lengua. Siguió lamiéndola durante el orgasmo, alargándolo hasta que ella temblaba como una hoja.

Estefanía lo empujó hacia arriba, se sentó a horcajadas sobre él y sacó ambos pechos del baby doll. Eran pesados, perfectos, con pezones duros como piedras. Se los tomó con las manos, los apretó y se los ofreció mientras bajaba sobre su polla dura y palpitante. Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su vagina caliente y empapada lo tragaba entero hasta la base. Empezó a moverse: círculos lentos primero, subiendo y bajando después con ritmo deliberado, sus pechos rebotando pesadamente con cada movimiento, golpeando contra el pecho de Joel. Él los apretaba, los lamía, los mordía suavemente, tirando de los pezones mientras ella gemía más alto.

—Se sienten tan grandes… tan calientes dentro de mí… —susurraba ella, acelerando el ritmo, cabalgando más fuerte, el sonido húmedo de su coño golpeando contra sus huevos llenando el aire.

Cambió de posición: lo empujó boca abajo y se puso a cuatro patas, ofreciéndole su culo redondo y perfecto. Joel la penetró profundo y lento desde atrás, sujetándola de las caderas, embistiendo con fuerza controlada mientras veía cómo sus nalgas rebotaban contra su pelvis, el sonido de piel contra piel resonando. Luego la puso de lado, levantó una de sus piernas gruesas sobre su hombro y folló así, profundo, tocando nuevos ángulos que la hacían gritar de placer. Estefanía se corrió otra vez, apretando su polla con espasmos, gritando su nombre mientras sus jugos le corrían por los muslos.

—Hazlo ya… —susurró ella, ruborizada pero decidida, con la voz ronca de deseo.

Joel tomó el lubricante de la mesita. La puso de rodillas sobre la cama, le besó la espalda sudada mientras le untaba el ano con gel frío y resbaladizo, metiendo un dedo primero, luego dos, abriéndola con cuidado. Presionó la punta gruesa de su polla contra el agujero apretado. Entró despacio, muy despacio, escuchando cada gemido de ella. Estefanía soltó un gemido largo de dolor mezclado con placer, las manos aferradas a las sábanas.

—¿Te gusta?

—Duele… pero sigue… —suplicó.

Centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro de su culo caliente, estrecho y palpitante. Se quedó quieto un momento, dejando que se acostumbrara, sintiendo cómo su esfínter lo apretaba como un anillo de fuego. Luego empezó a moverse: embestidas lentas, profundas, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con un ritmo torturante. Estefanía jadeaba, una mano entre sus piernas frotándose el clítoris con desesperación. El ritmo aumentó apenas, lo justo para que el dolor se convirtiera en placer puro y brutal. Ella temblaba, gemía más fuerte, hasta que explotó en un orgasmo brutal y largo: cuerpo convulsionando, culo apretando la polla de Joel como un puño de terciopelo caliente, gritando su nombre mientras se corría tan fuerte que lágrimas le rodaron por las mejillas y sus jugos salpicaron la cama. Joel no pudo más y se corrió también, llenando su culo con chorros calientes y espesos, gruñendo contra su espalda mientras la abrazaba fuerte.

Cayeron exhaustos sobre las sábanas húmedas. Descansaron abrazados, sudados, respiraciones calmándose poco a poco, besándose perezosamente mientras sus cuerpos seguían temblando con las réplicas.

A las tres de la mañana, Estefanía se despertó con sed. Fue al mini bar por agua, caminando desnuda, con el culo aún brillando por el lubricante y el semen que se escurría lentamente por sus muslos. Al volver vio a Joel dormido boca arriba, la sábana baja, su polla completamente dura otra vez, gruesa y venosa, apuntando al techo como si nunca se hubiera corrido. Sonrió con malicia perversa. No la iba a desperdiciar.

Se subió a la cama sin hacer ruido, se metió la verga gruesa en la boca y empezó a chuparla con ganas: lengua girando en la cabeza hinchada, saboreando el resto de su propio sabor mezclado con el de él, bajando hasta la base mientras su garganta se abría para tragársela entera, succionando con ruido húmedo y obsceno, las mejillas hundidas. Joel despertó con un gruñido profundo de placer, las manos yendo automáticamente a su cabello.

—Joder, Estefanía… qué boca tienes…

Ella lo montó otra vez, esta vez más salvaje y desesperada, cabalgando rápido y profundo, sus pechos rebotando pesadamente, golpeando uno contra otro con cada embestida. Se inclinaba hacia adelante para besarlo mientras follaba, luego se enderezaba y se los apretaba ella misma, ofreciéndoselos. Cambió de ritmo: subía lento y bajaba fuerte, girando las caderas para que su polla rozara cada pared interna. Se corrió una vez más montada en él, apretando los dientes, gimiendo contra su cuello.

Luego lo tomó de la mano y lo llevó hasta la ventana. Se apoyó contra el vidrio frío con las palmas abiertas, completamente desnuda, mientras la ciudad brillaba abajo con luces de neón rojas y azules y faros de autos que pasaban como estrellas fugaces. Joel la penetró de pie por atrás, sujetándola de las caderas anchas, embistiendo fuerte, profundo, el sonido de piel contra piel mezclándose con el rumor lejano de la ciudad y los gemidos de ella. Una mano de Joel bajó a frotarle el clítoris hinchado mientras la follaba, la otra le apretaba un pecho, pellizcándole el pezón. Estefanía jadeaba contra el vidrio, empañándolo con su aliento caliente, sus tetas aplastadas contra el cristal frío, el contraste de temperaturas haciéndola temblar. Joel aceleró, follándola como un animal, el culo todavía resbaladizo por el lubricante anterior. Ambos se corrieron casi al mismo tiempo: él llenándola por dentro con chorros potentes y calientes que se escurrían por sus muslos, ella apretando el culo contra él mientras otro orgasmo la recorría entero, gritando su nombre en un susurro ronco contra la ventana, el cuerpo convulsionando de placer puro.

Se durmieron abrazados, exhaustos, con los cuerpos pegados y el olor a sexo llenando la habitación.

A la mañana siguiente, tocaron a la puerta con golpes secos y decididos. Joel se despertó de golpe con el cuerpo aún pesado por la noche interminable de sexo y poco sueño. Estefanía seguía dormida a su lado, boca abajo sobre las sábanas revueltas, completamente desnuda. El cabello le cubría la espalda como una cascada oscura, y su respiración era profunda, tranquila.

Joel se incorporó despacio y se pasó una mano por la cara, intentando despejarse. Los golpes volvieron, más insistentes.

Giró el cerrojo y abrió apenas una rendija, listo para decir que se habían equivocado de habitación.

Del otro lado estaba Marcos.