Xtories

Cariño, tengo algo que contarte...

Rosa entra en casa con el pelo revuelto y el cuerpo aún temblando por el encuentro en el baño del bar. No pide perdón; te exige que te arrodilles y saborees la prueba de su traición. ¿Podrás tragar el orgullo y el semen de un extraño para complacerla?

Jorge Bitacora5.8K vistas8.3· 8 votos

Cariño, tengo algo que contarte…

Me llamo Juan y tengo sesenta años. Mi mujer, Rosa, tiene sesenta y dos. Somos de Valencia y llevamos toda la vida juntos, desde que estudiábamos en la facultad.

Ya en aquellos años de universidad empecé a sospechar que se liaba con otros.

Con el tiempo, esas sospechas se mezclaron con las fantasías que ella me contaba; siempre tuve la duda de si lo que salía de su boca era solo imaginación o si realmente lo había puesto en práctica. Lo cierto es que esa duda, lejos de apagarme, me encendía. Me excitaba de una manera brutal imaginarla entregada a otros hombres.

Anoche llegó a casa después de salir con sus amigas y supe, nada más verla, que la fantasía se había quedado corta.

Rosa es una mujer madura que sabe llevar sus años con una sensualidad descarada. Tiene una melena ondulada de un color rojizo intenso que siempre parece estar un poco revuelta, como si acabara de salir de una cama ajena. Su rostro, de facciones marcadas y labios finos que siempre esbozan una sonrisa de complicidad, desprende la seguridad de quien se sabe deseada.

Físicamente, Rosa conserva una figura imponente. Tiene un pecho generoso y firme que suele destacar con escotes profundos, dejando a la vista una piel clara y cuidada. Sus piernas son fuertes y torneadas, y sabe lucirlas con faldas cortas que apenas cubren lo necesario, dejando que la imaginación vuele hacia lo que oculta bajo las medias oscuras que tanto me gustan.

Cuando entró por la puerta, traía esa chispa de adrenalina en la mirada. Se sentó frente a mí y, con una voz cargada de una humedad que se podía palpar, empezó a relatarme, con un lenguaje crudo y sin filtros, cómo se había dejado poseer esa misma noche.

La llave giró en la cerradura con una brusquedad inusual. Eran pasadas las doce de la nhe cuando ella entró en el salón. No encendió la luz principal; se quedó bajo el halo tenue de la lámpara de la esquina, respirando agitada, con el pelo ligeramente revuelto y los ojos encendidos.

—Hola, cariño… tengo algo que contarte…

—soltó de golpe, acercándose a mí con un paso felino—. Pero prométeme que no vas a enfadarte.

Se dejó caer en el sofá a mi lado, pero no para buscar refugio, sino para acorralarme con su confesión.

Me contó que estaba con sus amigas, una noche normal de copas, hasta que el aire del bar cambió. Un chico acababa de entrar y, solo con verlo, su cuerpo traicionó cualquier promesa de fidelidad. Me describió la humedad repentina, el calor que le subía por las piernas y cómo el deseo la dejó "chorreando" en cuestión de segundos.

—Juan, cariño... verás….

—Estaba allí, en aquel bar, con las chicas, charlando y riendo, y de repente la puerta se abrió y entró él. Era un tipo joven, guapo a rabiar, con una planta que cortaba la respiración. Me quedé helada. Nuestras miradas se cruzaron al instante, y no fue un cruce cualquiera; fue una mirada que me recorrió toda la columna. Sentí cómo ese desconocido me desnudaba con los ojos, cómo me recorría entera, y yo, lejos de apartar la vista, le devolví la mirada con una invitación silenciosa pero descarada, de esas que tú ya sabes.

Hizo una pausa, respirando con dificultad, y se llevó las manos a los muslos, apretando su falda.

—Solo con verlo, mi cuerpo traicionó cualquier promesa que te hubiera hecho. Sentí una humedad repentina, un calor líquido que me subía por las piernas. Juan, me quedé "chorreando" en cuestión de segundos, notaba cómo mis bragas se empapaban de puro deseo. La atracción era tan brutal, tan física, que el resto del bar simplemente desapareció para mí. Solo existíamos él y yo, conectados por un hilo invisible de puro morbo que estaba a punto de romperse. No podía pensar en nada más que en tenerlo dentro, en sentir su fuerza contra mi cuerpo. Me levanté hacia el aseo con un guiño, esperando que me siguiera... y... vaya si lo hizo.

No hubo rodeos. Me miró a los ojos y, con una crudeza que me heló la sangre, me relató cómo lo guió al aseo.

—Me agarró de un brazo y me metió dentro del aseo, me besó en la boca con ansia, metiendo su lengua con deseo, echó el cierre a la puerta y… empecé a desnudarlo —susurró, recreando la escena con las manos—. Me arrancó las bragas, ni siquiera esperó.

Me habló del frío de la pared del baño contra su espalda mientras él la penetraba con una violencia que parecía querer marcarla. Me dio detalles que dolían: el sonido de la piel chocando, el sudor mezclado, y cómo se sentía "destrozada" y más "perra" que nunca bajo el empuje de un extraño. Me contó que él no pudo contenerse y que, entre gemidos, terminó llenándola por completo el coño con su semen.

—Me he venido corriendo nada más terminar —dijo, poniéndose de pie y empezando a desabrocharse la ropa con una sonrisa provocadora—. Mírame entre las piernas, nene… todavía me está saliendo su leche de mi coño, fresca, colgando como hojas de otoño.

Se quedó allí, ofreciéndome el rastro de otro hombre como si fuera un trofeo de guerra. No buscaba perdón; buscaba encenderme con su traición, obligarme a participar en el cierre de su aventura.

—Límpiame bien, nene… cómetelo todo. Así, sí… soy tu putita.

Quería que mi lengua borrara la huella de aquel desconocido, que yo saboreara su infidelidad para que, de algún modo retorcido, el círculo se cerrara entre los tres.

Me quedé petrificado en el sofá, con el corazón martilleando contra las costillas mientras mis ojos no podían apartarse de lo que Rosa me estaba ofreciendo. Ella, con la seguridad que le dan sus sesenta y dos años y ese cuerpo que parece una fruta madura a punto de estallar, se separó los labios de su sexo con los dedos, mostrándome la entrada de su vagina todavía palpitante.

—¿Lo ves, Juan? —gemía ella, mientras aquel líquido ajeno, espeso y blanquecino, trazaba un camino brillante por el interior de sus muslos hasta perderse en el encaje de sus medias—. Me ha puesto mirando a la pared, agarrada al lavabo, y me ha dado tan duro que pensaba que me rompía. He sentido cada una de sus embestidas como una invasión necesaria. Y ahora... ahora te toca a ti terminar el trabajo.

Me arrodillé ante ella, sintiéndome pequeño y poderoso a la vez. El olor era insoportable y adictivo: el rastro de la testosterona de aquel desconocido mezclado con el flujo ardiente de mi mujer. Rosa me agarró del pelo con fuerza, obligándome a pegar la cara a su entrepierna.

—Eso es, nene... límpiame bien. Quiero que no quede ni rastro de él en mi piel, pero quiero que su sabor se quede en tu boca. Saborea lo que me ha hecho, siente lo caliente que me ha dejado por dentro. Soy tu mujer, tu Rosa, pero esta noche he sido la puta de un extraño en el baño de un bar, y tú vas a ser quien limpie sus jugos.

No hubo asco, solo una morbosa entrega animal. Mientras mi lengua recorría su piel, borrando el rastro de aquella "leche fresca" que ella comparaba con hojas de otoño, Rosa echaba la cabeza hacia atrás, gritando mi nombre al techo del salón, poseída por el recuerdo del otro y mi lengua saboreando la crema de su jugoso bizcocho. En ese instante, supe que nuestras sospechas de la facultad habían muerto para dar paso a una realidad mucho más sucia, excitante y eterna.

—Así, Juan... límpiame bien... —susurraba ella mientras me apretaba la cabeza contra su sexo—. Cómetelo todo, que mañana volveré a ser tu esposa perfecta, pero ahora... ahora sigo siendo la guarra en la que se ha corrido un desconocido.

...Rosa me apretaba la cabeza contra ella con una fuerza que no parecía propia de una mujer de su edad; era la fuerza de la adrenalina, del poder que sentía al tenerme allí, de rodillas, procesando su traición en tiempo real. Yo sentía el sabor amargo y acre de aquel tipo mezclado con el dulzor natural de Rosa, un cóctel que me quemaba la garganta pero que no podía dejar de tragar.

—Mírame, Juan —ordenó ella, obligándome a levantar la vista sin permitir que me separase de su entrepierna.

Tenía el rostro congestionado, las mejillas rojas y los ojos empañados. El collar plateado que llevaba al cuello subía y bajaba con su respiración entrecortada. Era la imagen viva de la depravación satisfecha.

—Mientras me lo hacía, mientras sentía sus manos rudas apretándome el culo y sus dedos clavándose en mi cintura, solo podía pensar en este momento. En cómo te lo contaría. En cómo vería tu cara al descubrir que tu mujer, la que te hace el café cada mañana aquí en casa, ha sido usada como un juguete en un baño público hace apenas veinte minutos. ¿Te gusta, cariño? ¿Te gusta saber que ahora mismo llevas en tu boca el rastro del hombre que me ha hecho gritar de una forma que tú ya no consigues?

Yo no podía articular palabra. Mi erección dolía bajo el pantalón, una mezcla de humillación y deseo que me nublaba el juicio. Rosa soltó una carcajada ronca, una risa que desnudaba todos nuestros años de matrimonio, todas esas sospechas que yo había guardado en silencio desde la facultad.

—Él ni siquiera sabía mi nombre —continuó ella, recreándose en el desprecio—. Para él solo era una madura caliente que se había encontrado en un bar. Me ha tratado como a una cualquiera, Juan. Me ha dicho guarradas al oído que harían que te sangraran los oídos. Y yo se lo he permitido todo. He dejado que se corriera dentro con un desprecio absoluto, y aquí estoy... ofreciéndote su manjar en mi coño, porque sé que eso es lo que realmente te pone, ¿verdad, mi amor?

Se separó un poco, lo justo para dejarme ver de nuevo el desastre que era su entrepierna, todavía goteando ese rastro blanquecino sobre mi boca. Con un dedo, recogió una gota espesa que colgaba de su labio interno y me la puso en los labios, como quien ofrece una deliciosa salsa.

—Límpiame hasta que no huela a él. Hasta que mi piel brille de nuevo. Pero no olvides nunca este sabor, Juan. Porque la próxima vez que salgas a la calle conmigo del brazo, cuando la gente nos vea como ese matrimonio respetable de sesenta años, tú sabrás perfectamente a qué sabe el hombre que me tuvo a cuatro patas contra la pared de un aseo.

Me hundí de nuevo entre sus piernas, perdiendo la noción del tiempo, devorando cada rastro de su infidelidad con una desesperación obscena. Rosa me acariciaba el pelo con una dulzura cruel, mientras el silencio de la noche envolvía nuestra casa, custodiando el secreto de que, bajo nuestra apariencia de madurez y calma, nacía una suciedad que nos mantendría realmente vivos.

Éste relato tiene una canción que he creado y que simboliza aquella noche en la que Rosa cuenta su infidelidad, podéis pedírmela a mi correo de autor, es una forma de vivir el relato más allá de una simple lectura, una experiencia diferente, envolvente que hace reforzar la imaginación añadiéndole una capa extra de realidad.