Infiel por naturaleza - Historia de Estela 1
Siempre creyó que su vida estaba definida por el cuidado de su hogar y sus hijos. Pero cuando el agua de un vaso se derramó sobre su blusa, algo se rompió dentro de ella. Ahora, bajo el peso de las órdenes de su jefe en la oscuridad de un coche, descubre que la traición sabe a libertad.
Por la mañana me levanté con Estela a mi lado, vi su cuerpo desnudo, su culazo estupendo y sus maravillosas y prodigiosas tetas y me fui de allí corriendo, si se despertaba iba a dejarme seco.
Fui a la cocina y preparé el desayuno, cafés, tostadas para los dos y un poco de zumo.
Cuando Estela se levantó y entró en la cocina me abrazó dándome un tórrido beso.
Me quedé pensativo, había conocido a Estela por mediación de su hijo, y al verla pensé que era el ejemplo de una modelo de ama de casa.
Aparentaba ser buena madre y buena esposa, y sin embargo me costó poco follármela, en una semana me hizo la primera cubana y dos días después ya se la estaba metiendo por el culo.
Llevábamos un par de meses liados y poco a poco fue contándome su experiencia, como había empezado a ser infiel a su marido, como se había liado con sus jefes y como finalmente había aceptado participar en las fiestas que daba la empresa cuando firmaban un contrato nuevo.
Me serví un café y recordé todo lo que ella me había contado desde que la había conocido.
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“Yo ejercía de ama de casa y vivía para cuidar a mis hijos, dejé mi primer trabajo al quedarme embarazada y solo pensaba en ellos y en mi esposo. Pero cuando se hicieron un poco mayores vi que ya no me necesitaban, iban solos al colegio, a las actividades extraescolares y yo solo era un pasmarote que se pegaba el día en casa y en el gimnasio.
Entonces, un día leyendo el periódico de mi marido, vi un anuncio que buscaban una persona con mis aptitudes para una empresa bastante solvente, era media jornada y a mí me venía estupendamente.
Mandé el currículum, me llamaron, fui a la primera entrevista y la persona que me la hizo me pareció muy enrollada, entendió la situación por la que yo estaba pasando, madre con hijos mayores, con carrera y aburrida en casa porque mi marido se pasaba todo el día trabajando.
Me llamaron tras unos días de nervios en los que pensé que no iban a darme el trabajo y me dijeron que tenía que hacer otra entrevista, pero esta ante el jefe de personal de la empresa.
Ese día me vestí de punta en blanco, falda de ejecutiva hasta las rodillas y una blusita blanca que se ajustaba a mi pecho a las mil maravillas.
Ni te imaginas lo nerviosa que estaba, entré en el despacho del entrevistador y me hizo sentarme en un sillón frente a él.
Al principio estuve un poco insegura, pero vi que era muy cariñoso, me preguntó si quería un café pero dije que no, por lo que me trajo un vaso de agua que por mi torpeza se me cayó por encima.
Trajo toallitas del baño y me ayudó a secarme la blusa, noté que el agua había calado y se me trasparentaba el sujetador y debajo los pezones. Pero él se comportó como un caballero y no dijo nada de nada, eso sí, me di cuenta que se le iba la mirada a las areolas cada dos segundos.
Ese día me excité muchísimo, me vi guapa, atractiva, algo que no sentía desde hacía mucho tiempo, mi marido me quería, pero todo con él era bastante rutinario, por eso al veme deseada por ese hombre me sentí halagada y me puse…, no sé cómo decirlo, muy excitada, quizá.
Me dieron el puesto en la empresa y entré como secretaria de dirección, justo con el jefe que me había hecho la entrevista.
Desde el primer día noté sus miradas cada vez que pasaba junto a mi mesa o cuando me llamaba a su despacho, siempre me daba un repaso de arriba abajo, recorriendo mi cuerpo y estudiando mis curvas con ojos rapaces.
Eso hizo que me volviese una mujer coqueta, que me comprase ropa provocativa y que al llegar al trabajo enseñase cada vez más carne para deleite de muchos.
Especialmente de mi jefe, quien seguía mirándome con descaro. Eso me hacía gracia y me desabrochaba los botones de la blusa para mostrarle el sujetador que llevaba o subiéndome la falda para que viese mis largas piernas y mis torneados muslos.
Quería que me viera bien, que disfrutara de mis curvas y comprobase que a pesar de mis años era una mujer deseable.
Y al llegar a casa, si estaba sola, o bien me metía en la ducha o me tendía en la cama para masturbarme, y siempre lo hacía pensando en lo mismo, repetía la misma imagen, que entraba en el despacho de mi jefe y él me empujaba sobre la mesa y me desnudaba para follarme.
Me hice muchísimas pajas pensado en aquel hombre, y mira que no era guapo, era mucho mayor que yo y tenía un barriguita bastante notable.
Y esa fue mi perdición, porque en la cena de empresa de navidad tomamos cerveza, bebimos vino, fuimos a un pub de copas y al final me quedé en una esquina charlando con él.
Todo parecía muy inocente, pero el cabrón debía saber lo que yo pensaba o al menos lo imaginaba, porque puso la mano en mi cintura y empezó a susurrarme tonterías en el oído.
Era un hombre maduro, próximo a los sesenta, pero te embelesaba con su palabrería, con el tono meloso en que charlaba, con la forma de mirarte, ejercía una atracción imposible de describir si no estuvieras con él cuando te hablaba.
A mí me hacía mucha gracia y me quedaba embobada escuchándole, cada vez me pega más a él y eso debió notarlo, porque bajó la mano de mi cintura deslizándola distraídamente hasta mi culo para acariciarlo sobre el suave vestido que llevaba.
Me sentía tan a gusto que estaba como transportada a un edén, a un lugar donde disfrutaba oyéndole y sintiendo esa mano firma que ya apretaba mis nalgas con fuerza, apropiándose de mi culo sin ninguna vergüenza.
Era como vivir el sueño que tenía cada día al llegar a casa, él me acariciaba, me sobaba por todas partes y yo le dejaba hacer, no me oponía a sus desmanes. Por eso, cuando me preguntó si nos íbamos a un lugar más tranquilo, no pensé ni en mi marido ni en mis hijos, ni siquiera en toda la gente de la empresa que iba a verme salir con él por la puerta del pub a esas horas de la noche.
Salimos a la calle y me llevó a su coche, no me dijo donde íbamos ni tampoco lo pregunté, en ese instante me encontraba en una nube y estaba dispuesta a seguirle el juego, por lo menos un rato, no pretendía hacer nada con él, soy una mujer fiel a mi marido.
Me llevó al parking de un centro comercial, paró el motor del coche y se giró para besarme.
Pegó los labios a los míos y yo no supe que hacer, de repente me encontré en una situación que no esperaba, pero sin darme cuenta abrí la boca para recibir su lengua húmeda, le dejé que penetrara con ella y nos fundimos en el morreo más guarro y cerdo que había dado en mi vida, ni siquiera con mi marido me había besado de esa forma tan indecente.
- ¡Que bonita eres! – susurró en mi oído - Me encantan tus ojos, tus labios, me gusta como vistes. Todo en ti es perfecto, hasta cuando pestañeas y cierras los ojos, me pasaría todo el día mirándote. Y esos pechos. Bufff. Esos pechos me vuelven loco.
Me decía tantas cosas bonitas, que no fue necesario que él desabrochara mi blusa porque lo hice yo misma, solté todos los botones, desabroché los corchetes del sujetador a toda prisa y dejé mis tetas expuestas a su alcance.
Yo sabía que las deseaba desde el día que me cayó agua por la blusa y me limpió con la toalla, ese día fue el comienzo de mi nueva vida.
Mi jefe, que se llama Agustín, las cogió con sus manos y las acarició con ansia, apretándolas, amasándolas, pellizcando y retorciendo mis pezones.
Yo sabía que tenía que pararle y estaba decidida a hacerlo, de ninguna de las maneras iba a poner los cuernos a mi esposo. Pero cada vez que pellizcaba mis pezones yo me ponía más cachonda, tenía la braguita empapada desde que habíamos estado en el pub tomando la copa y ahora el coño me chorreaba literalmente.
Continuó besándome como un cerdo, pero pasando de mi boca a las tetas y viceversa, mamando de mis pechos como si fuera un bebé, llenándome de babas la cara, las tetas y el cuello.
Y yo me calentaba por momentos, sentía un calor en el coño que me devoraba por dentro, quise parar, juro que nunca esperé llegar a hacer lo que ahora estaba haciendo, pero desabroché la bragueta de su pantalón y saqué su polla, la sacudí varias veces y le aparté de mis tetas. Necesitaba meterme ese falo en la boca y hacerle una mamada a mi jefe.
El reclinó el asiento, cerró los ojos y me hizo una coleta con el pelo, sujetándola con su mano mientras yo chupaba su polla como una desesperada, esperando que se corriera pronto para ver como su leche salía y saltaba por los aires.
A cada momento paraba para ver su cara, tenía los ojos cerrados y suspiraba muy fuerte, se notaba que estaba gozando con la mamada que le estaba haciendo.
Esa imagen me ponía más húmeda si cabe, verle disfrutar me excitaba muchísimo.
- Chupa, joder, chupa. – me ordenó sujetándome del pelo y empujando hacia abajo mi cabeza –
Y lo hice tan bien que él me lo agradeció dándome un sonoro azotazo en las tetas.
No me lo había hecho nadie nunca ni yo se lo hubiese permitido, pero me sentía tan sucia en el coche que estaba dispuesta a permitir cualquier cosa que Agustín me pidiera.
- Que bien chupas, Puta. – exclamó al ver como me tragaba entera su polla –
Escuché su insulto pero no me molesto lo más mínimo, era puta, me sentía muy puta por estar mamando esa polla que no era la de mi esposo.
Continué con el vaivén de cabeza, subiendo y bajando cada vez más rápido, y notaba que su mano tiraba de mi pelo cada vez más fuerte.
Estaba a punto, lo notaba perfectamente, iba acorrerse enseguida y yo deseaba verlo.
- Saca kleenex, corre. – pedí para que se preparase –
Pero no se molesto en hacerlo, siguió sujetando mi cabeza agarrándome del pelo.
- Chupa. ¡Joder! - ordenó y yo seguí obedeciendo -
Mamé su polla con más ganas, con todo mi empeño, ni a mi marido se la había chupado de esta forma.
Vi que empezaba a tensarse en el asiento, que elevaba las caderas y empujaba hacia arriba y quise sacarme la polla de la boca porque sabía que ya estaba a punto.
- Sigue chupando. ¡PUTA! – chilló sujetando mi cabeza y embistiendo mi boca con su verga –
Me di cuenta de lo que quería, iba a correrse en mi boca, a soltar toda su leche dentro. No se lo permitía ni siquiera a mi marido porque me repugnaba hacerlo, lo hice una vez cuando éramos novios y casi vomito del asco.
Pero ahora no podía negarme, Agustín lo reclamaba y yo iba a comportarme como la puta que era, envolví el glande con los labios y sacudí su verga con los dedos.
¡Flop! ¡Flop! ¡Flop!
Solo tuve que dar tres meneos y el chorro que salió de su polla impactó contra el paladar de mi boca deslizándose hacia dentro.
- Chúpala, chúpala. – ordenó mi jefe reteniéndome del pelo -
Mamé con todas mis ganas sacudiendo la polla con los dedos, noté como él se tensaba y como embestía mi boca mientras se estaba corriendo.
Introduje una mano bajo la braga y comencé a meterme los dedos, pajeándome frenéticamente mientras mi jefe se derramaba en mi boca soltando toda su lefa.
- Trágatelo todo, zorra. Que no caiga ni una gota en el asiento. – exclamó satisfecho –
Relamí el glande, el tallo, recorrí la polla de arriba abajo con la lengua para recoger todas las gotitas de semen que se deslizaban por el tronco. Hasta chupé sus huevos, metiéndomelos en la boca y succionándolos como buenamente podía.
Tampoco eso lo había hecho con mi esposo, me parecía una guarrada y nunca había aceptado hacerlo.
Él me empujó hacia atrás y me tumbó en el asiento dejándome boca arriba.
- Abre las piernas, zorra. – me ordenó sacudiéndome una hostia fortísima en el muslo -
Me quedé tumbada, despatarrada y con la falda del vestido subida, se veía mi diminuta braguita que apenas tapaba mi vulva hinchada, estaba encajada en la raja y los gajos aparecían por los lados.
- Tócate, zorra. Hazte una paja para que yo te vea.
Aparté la braguita con una mano y acaricié mi clítoris con la otra, frotándolo tan fuerte que parecía que quisiese sacarle brillo, llevé los dedos a mi boca, los chupé, los embadurné de saliva y volví a tocarme el clítoris y a pasarlos por el centro de la rajita.
- Vas a ser mi puta en el trabajo. – dijo mi jefe seguro de ello –
- Aaahhhh…Siiiii. – respondí yo sin pensarlo –
Esa noche había nacido en mí ese deseo irrefrenable que iba a llevarme al abismo.
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