Xtories

Marie, cuarto día de crucero y primera vez infiel

Richard pensaba que la estaba entregando, pero Marie acaba de recordar que ella es la dueña de las reglas. En la cubierta del barco, el viento no es lo único que agita sus faldas; es la promesa de un secreto que nadie más conoce.

mariajose14K vistas9.4· 14 votos

El Desayuno

Cuando entré en el buffet, el sol entraba a raudales por los ventanales y el barco se mecía suavemente. Llevaba mi vestido blanco de lino, el que tanto me gusta, con ese escote en pico que deja adivinar sin mostrar demasiado. Y las medias... esas dichosas medias color piel elasticadas que una vez puestas, noté que una me apretaba demasiado en el muslo izquierdo, marcando un pequeño surco en la piel que no podía evitar sentir con cada paso. Me prometí que en cuanto pudiera me las quitaría.

Richard estaba en una mesa junto al ventanal, rodeado de gente. Reconocí a Carlos y a Ana, sus vecinos de camarote, y también a dos personas que no conocía: un hombre mayor, de cabello plateado y porte distinguido, y un chico joven, de no más de diecisiete años, que miraba su teléfono con aburrimiento adolescente.

—¡Marie! —Richard se levantó y me besó en la mejilla—. Siéntate, mi amor.

Miré alrededor. No había ninguna silla libre. Ana, con una sonrisa que me pareció demasiado rápida, se puso en pie.

—Justo me iba —dijo—. Quedé con unas amigas para ir a las piscinas. Luego nos juntamos, ¿vale?

Y se fue, dejando la mesa con cuatro hombres y yo.

Richard me acercó una silla y coloqué mi bandeja. El hombre mayor me miraba. No con descaro, sino con una especie de admiración respetuosa que me hizo sonrojarme ligeramente. Sus ojos, de un azul muy claro, recorrieron mi rostro, mi escote, mis hombros, y luego volvieron a mis ojos con una sonrisa leve.

—Te presento a Erik —dijo Richard—. Es amigo de Sven. Y su nieto, Lukas.

—Encantada —dije, tendiendo la mano.

Erik la tomó con suavidad y la besó. Un gesto anticuado, elegante, que me sorprendió gratamente.

—El placer es mío —dijo, con un acento suave—. Sven me ha hablado de usted.

—¿Ah, sí? —levanté una ceja—. ¿Y qué ha dicho?

—Que es la mujer más hermosa del barco.

Richard soltó una risa falsa. Carlos miró su teléfono. El nieto, Lukas, bostezó.

—Bueno, me voy —dijo el chico, levantándose—. Quedé con un amigo en la cubierta de arriba. Nos vemos luego, abuelo.

Y se fue sin esperar respuesta.

Erik negó con la cabeza, sonriendo con cariño.

—La juventud —dijo—. Siempre con prisa por llegar a ninguna parte.

El desayuno transcurrió entre conversaciones triviales. Yo notaba la mirada de Erik cada vez que me inclinaba para beber café o cuando me reía de algún comentario. No era incómoda, al contrario. Había algo en su forma de mirar que me hacía sentir... valiosa.

Otro más, pensé. Otro que se suma al círculo. El abuelo también.

No sabía entonces hasta qué punto esa intuición era cierta.

Subí al camarote a cambiarme para la piscina. Aproveché para quitarme esas medias que tanto me apretaban, frotando el muslo donde la marca roja aún persistía. Luego, antes de salir, abrí mi teléfono. WhatsApp Web seguía sincronizado.

El grupo "Los amigos de Marie" tenía mensajes nuevos.

11:34 - Richard: chicos presentaciones hechas ya sabeis quien es erik

11:34 - Carlos: bienvenido al grupo abuelo jajaja

11:35 - Erik: gracias por la invitacion richard. tu esposa es aun mas hermosa de cerca

11:35 - Richard: lo se por eso la comparto

11:36 - Sven: erik you will enjoy tonight i promise

11:36 - Erik: llevo 30 años sin bailar. espero no hacer el ridiculo

11:37 - Richard: con marie hasta el ridiculo merece la pena

Sonreí. El círculo se ampliaba. Y yo, sin saber muy bien cómo, me convertía en el centro de atención de estos cuatro hombres.

La noche temática fue todo lo que esperaba y más. Música de los ochenta, luces de colores, una pista de baile abarrotada. Yo había bebido dos copas de espumante antes de bajar y notaba ya ese calorcillo en las mejillas, esa ligereza en los movimientos.

Richard bailó conmigo los primeros temas, pero pronto se alejó para hablar con Carlos, que había logrado escapar de Ana por un rato. Me quedé sola en un taburete alto, junto a la barra, cuando apareció Erik.

—¿Me concede este baile? —preguntó, tendiendo la mano.

Acepté. Y descubrí, con sorpresa, que el abuelo bailaba maravillosamente bien. Me llevaba con firmeza, marcando el ritmo con una elegancia que pocos hombres de su edad conservan. Reíamos, girábamos, y yo sentía su mano en mi cintura con un respeto que me excitaba más que cualquier atrevimiento.

—Baila usted mejor que Sven —le susurré al oído.

—No le diga eso —respondió, riendo—. Le daría celos.

En eso, como invocado, apareció Sven. Erik me devolvió a mi taburete con una reverencia y Sven ocupó su lugar.

—¿Me lo prestas? —le preguntó a Erik.

—Solo si me lo devuelves —contestó el abuelo, guiñándome un ojo.

Sven bailó conmigo un tema, luego dos, luego tres. Su forma de bailar era diferente: más contenido, más íntimo. Su mano en mi espalda, su pecho rozando el mío, su aliento cerca de mi oído.

—Marie —dijo, en un momento en que la música bajó—. Necesito hablar contigo. En privado.

Miré hacia la barra. Richard hablaba animadamente con Carlos. Erik observaba desde su taburete, con una copa en la mano. Nadie parecía prestarnos atención.

—Vamos —dije.

Nos escabullimos por una puerta lateral que daba a la cubierta. El aire nocturno me despejó ligeramente, pero las copas de espumante seguían haciendo efecto. Me tambaleé un poco y Sven me sujetó del brazo.

—Tengo que decirte algo —comenzó—. Y no sé cómo vas a tomarlo.

—Dime.

—Todo esto... lo de anoche... lo de esta noche... está planeado.

Le miré fijamente. El viento agitaba mi pelo.

—Lo sé —respondí.

Sven parpadeó, desconcertado.

—¿Lo sabes?

—Cloné el WhatsApp de Carlos. Lo sé todo. El grupo. Los planes. El lunar. Todo.

Sven se quedó en silencio un largo rato.

—¿Y no estás enfadada?

Sonreí. Una sonrisa lenta, que empezó en mis labios y llegó a mis ojos.

—No. Al principio sí, pero luego... luego leí lo que escribiste. Lo de que soy una reina. Lo de que soy especial. Y entendí que tú eres diferente.

Sven me miró como si viera a una desconocida.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora —dije, tomándolo de la mano— llévame a algún sitio donde no nos encuentren.

Salimos del salón temático y empezamos a recorrer el barco. Pasamos por bares vacíos, por salones de juegos, por cubiertas desiertas. En cada lugar, yo pedía otra copa. Y Sven, obediente, me la conseguía.

En algún momento, entramos en una discoteca. La música estaba alta, las luces ultravioleta transformaban todo en neón. Mi vestido blanco, bajo esa luz, se volvía fluorescente. Veía mi cuerpo recortado en los espejos: mis pechos, mis caderas, mis piernas. Todo brillaba.

Los hombres empezaron a mirarme.

El primero se acercó mientras Sven pedía copas en la barra. Un tipo moreno, de unos cuarenta años, con una sonrisa segura.

—¿Bailas conmigo? —preguntó.

Miré a Sven. Él asintió, casi imperceptiblemente.

Bailé con el moreno. Sus manos recorrieron mi espalda, mis caderas, pero con respeto. Cuando terminó la canción, me besó la mano y se fue.

El segundo fue más atrevido. Un hombre rubio, grande, que me agarró de la cintura y me pegó a él desde el primer momento. Bailamos pegado, muy pegado, y yo sentía su erección contra mi vientre. No me importó. El espumante me había desinhibido por completo.

El tercero me sacó a bailar mientras Sven hablaba por teléfono. No sé de qué hablaba. No me importaba. Yo reía, giraba, dejaba que las manos de los desconocidos me tocaran.

El cuarto fue el que empezó a besarme el cuello. Primero suavemente, luego con más intensidad. Yo gemía, echando la cabeza hacia atrás, ofreciéndole más piel.

—Ven —susurró—. Mi camarote está cerca.

Y entonces llegó el quinto.

No sé cómo pasó. De repente, estaba en un rincón oscuro, con un hombre que no era ninguno de los anteriores. Me había separado de Sven, o Sven se había separado de mí, no lo sé. El caso es que este hombre, de rostro anónimo y manos hambrientas, me había arrinconado.

Besaba mi cuello, mis hombros. Bajó el tirante de mi vestido y besó mis pechos. Yo gemía, pero también intentaba apartarlo sin éxito. Mis fuerzas eran mínimas. Sus manos subían por mis muslos, buscando, encontrando...

—No —dije—. Espera...

Pero él no esperó. Sus dedos encontraron mi sexo, empapado, ardiente. Los introdujo sin contemplaciones y yo grité, no sé si de placer o de miedo.

—Qué rica estás —murmuró—. Mojadita para mí.

Y entonces, todo se detuvo.

—¡Hey! ¡Apártate de ella!

Era Erik. El abuelo. Detrás de él, Sven, con el teléfono en la mano, mirando la escena con horror.

El hombre se apartó, refunfuñando. Erik me sujetó cuando mis piernas flaquearon.

—Estás bien? —preguntó.

No pude responder. Solo negué con la cabeza, aferrándome a su brazo.

—Vamos —dijo Sven—. Llevémosla a mi camarote. Necesita agua y dormir un poco.

Sven me levantó en brazos como si no pesara nada. Recuerdo su pecho contra mi mejilla, el latido de su corazón, el olor de su colonia. Detrás, Erik recogía mis cosas: mi bolso, mis zapatos, el chal que había perdido en la discoteca.

Entramos en su camarote. Me sentaron en la cama y me dieron agua. Bebí a sorbos pequeños, intentando enfocar la mirada.

—Tranquila —decía Sven—. Estás a salvo.

Pero yo no me sentía tranquila. Me sentía... ardiente. El alcohol, las caricias de esos hombres, el peligro, el rescate... todo se mezclaba dentro de mí como un cóctel explosivo.

Creí estar en mi camarote. Con mi marido. Con Richard.

Empecé a desvestirme.

—No, Marie, espera —Sven intentó detenerme—. No estamos...

Pero yo no escuchaba. Levanté la falda de mi vestido y me quité las medias de una tirón, esas que tanto me habían molestado todo el día. Las lancé al suelo con alivio. Luego, tambaleándome, me quité el vestido por la cabeza.

Quedé en ropa interior. Sven me miraba con los ojos muy abiertos. Erik, de espaldas, no se movía.

—Marie, por favor —insistió Sven—. No estás en tu camarote. Estás en el mío.

Me detuve. Parpadeé. Miré a mi alrededor. No reconocía nada.

—¿Dónde estoy?

—Conmigo. Con Sven. Y Erik.

Miré hacia el abuelo. Seguía de espaldas, rígido.

—¿Por qué no me miras? —pregunté.

Erik se volvió lentamente. Nuestras miradas se encontraron. En la suya vi deseo, pero también respeto. Y algo más: una pregunta.

—Debo irme —dijo—. Esto no está bien.

—Quédate —dije.

Pero él negó con la cabeza. Salió del camarote sin mirar atrás. Pero en esa última mirada, en el cruce de nuestros ojos, hubo un acuerdo tácito. Un "después".

La puerta se cerró.

Y entonces, Sven y yo, solos.

Me levanté de la cama. Caminé hacia él lentamente, tambaleándome solo un poco. Mis manos encontraron su pecho, su cuello, su rostro.

—Esta vez sí quiero saberlo —dije—. Quiero saber a qué sabe otro hombre.

—Marie, estás borracha...

—No tanto como crees. Lo suficiente para perder la vergüenza. Lo suficiente para saber lo que quiero. Y te quiero a ti.

Lo besé. Largo, profundo. Sven respondió al instante, sus manos recorriendo mi espalda, mis nalgas, mis muslos.

Me tumbé en la cama y lo invité a subirse sobre mí. Lo hice conscientemente, sabiendo lo que hacía. Mirándolo a los ojos mientras él se despojaba de la ropa.

Su cuerpo era hermoso. Fibroso, trabajado por los años de soledad y viajes. Cuando entró en mí, gemí con una intensidad que no había sentido en años.

—Sí —susurré—. Así. Así.

Sus movimientos eran pausados, casi reverentes. Como si yo fuera un tesoro que no merecía romper. Pero yo quería más. Quería sentirme usada, poseída, deseada.

—Más fuerte —pedí.

Y él obedeció.

Cuando se corrió dentro de mí, sentí su semen caliente llenándome. Y entonces, en ese momento de lucidez post coito, las preguntas volvieron.

¿Todos los hombres saben igual? ¿Todos eyaculan la misma cantidad?

Miré a Sven, que yacía a mi lado, jadeante.

—Llámale —dije.

—¿A quién?

—Al abuelo.

Sven se incorporó, sorprendido.

—Marie, no...

—Llámale —insistí, y mi voz no temblaba—. Quiero que venga.

—Pero...

—Toma una foto mía. Envíala. Y él vendrá.

Sven me miró largamente. Luego, con manos temblorosas, tomó su teléfono. Me retrató allí, desnuda, tendida en su cama, con la sonrisa de quien sabe lo que quiere.

Envió la foto.

Pasaron segundos. Un minuto. Luego, unos golpecitos en la puerta.

Entró Erik.

Me vio allí, desnuda, ofrecida. Su respiración se aceleró. Pero no dijo nada. Solo esperó.

—Ven —dije, abriendo los brazos.

Se desvistió con una lentitud que me excitó más que cualquier prisa. Su cuerpo era el de un hombre mayor, sí, pero fuerte, conservado. Cuando se tumbó sobre mí, en posición de misionero, sentí el peso de sus años, de su experiencia.

Me penetró con una suavidad que contrastaba con la urgencia de Sven. Pero pronto el ritmo cambió. Me tomó de las caderas y me puso de rodillas, en cuatro. Sus manos agarraron mi cintura con firmeza.

Y entonces comenzó.

Sentí su miembro entrando y saliendo, cada vez más rápido. Sus manos dejaron mi cintura y una de ellas agarró mi largo pelo, haciéndolo un remolino, tirando de él hacia atrás.

Abrí los ojos de par en par. El dolor fue inmediato, punzante, pero mezclado con una electricidad que me recorrió la espalda. Su otra mano, mientras tanto, comenzó a palmear mi nalga izquierda con un ritmo que parecía ensayado.

La primera palmada dolió. Ardió. La segunda... la segunda fue diferente. Un calor hondo, profundo, que empezó en mi nalga y se extendió hasta mi sexo. La tercera me hizo gemir con una intensidad que no sabía que poseía.

—Sí —grité—. Sí, así, así...

Erik me penetraba sin pausa, sus palmadas marcando el compás de sus embestidas. Detrás, sentía la mirada de Sven, que nos observaba sin intervenir, con una mezcla de admiración y deseo.

El orgasmo llegó como una ola gigante, imparable. Grité, me retorcí, apreté las sábanas con una fuerza que me dejó las manos blancas. Y mientras las contracciones me sacudían, sentí cómo Erik se corría dentro de mí, su cuerpo tensándose, su gemido grave contra mi oído.

Después, caímos los tres sobre la cama, un montón de cuerpos sudados y satisfechos.

—¿Duele? —preguntó Erik, acariciando mi nalga enrojecida.

—Sí —respondí—. Pero duele bien.

Sven sonrió desde el otro lado de la cama.

—Nunca había visto algo así —dijo.

—Yo tampoco —admití—. Nunca había sido tan... libre.

Erik me besó el hombro.

—Eres increíble, Marie.

Cerré los ojos, sintiendo sus semen mezclados dentro de mí, dos hombres distintos, dos sabores, dos cantidades. Pronto lo sabría. Pronto compararía, olería, saborearía.

Pero ahora, solo quería dormir.

Acurrucada entre ellos, con el cuerpo dolorido y satisfecho, sonreí en la oscuridad.

Querían jugar, pensé. Y han jugado. Pero con mis reglas.

Y esto, esto es solo el principio.