Xtories

Placer en la habitación del campus

La puerta se cerró con un clic definitivo, aislándolos del mundo exterior. Valeria no esperaba que la tensión acumulada durante semanas estallara tan rápido, ni que Mateo cediera tan fácilmente a su deseo más crudo.

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LA HABITACIÓN DEL CAMPUS olía a libros viejos, café recién hecho y a esa tensión eléctrica que solo surge cuando dos cuerpos llevan semanas rozándose sin atreverse a cruzar la línea. Era viernes por la noche, las luces del pasillo ya estaban apagadas y solo quedaba el resplandor azul de la pantalla del portátil de Mateo cuando escuchó los golpes suaves en la puerta.

Abrí —era yo, Valeria— sin esperar respuesta. Llevaba una sudadera holgada que apenas me cubría los muslos, leggings negros y el pelo suelto cayendo en ondas desordenadas sobre los hombros. Mis mejillas ardían, mis pezones ya estaban duros bajo la tela suave y entre mis piernas sentía un calor líquido que me había acompañado todo el camino desde mi residencia hasta aquí. No dije nada. Cerré la puerta con el tacón, eché el pestillo y me quité la sudadera por la cabeza en un solo movimiento.

Mateo se quedó congelado en la silla giratoria, los ojos abiertos de par en par. “Val…” empezó, pero la palabra se le murió cuando vio que no llevaba sujetador. Mis pechos pequeños se alzaron con la respiración agitada, los pezones oscuros y erectos, las areolas grandes y aterciopeladas contrastando con la piel clara. Me bajé los leggings junto con las braguitas de encaje en un solo tirón, quedándome completamente desnuda frente a él.

“Quiero que me folles. Ahora”, dije con voz ronca, sin rodeos. “Llevo toda la semana imaginando tu polla dentro de mí. No aguanto más”.

Él tragó saliva, se levantó despacio y se quitó la camiseta. Su torso era delgado pero definido por horas en el gimnasio del campus. Cuando se bajó los vaqueros y los bóxers, su erección saltó libre, larga, gruesa, venosa. Medía fácilmente veintiséis centímetros, recta, con la cabeza ya brillante de líquido preseminal. Me acerqué, la rodeé con la mano y sentí cómo latía contra mi palma. Era caliente, pesada, perfecta.

Mateo se sentó de nuevo en la silla, las piernas abiertas, la polla tiesa apuntando al techo. Me miró con una mezcla de hambre y sorpresa, como si no terminara de creerse que esto estuviera pasando.

Me arrodillé un segundo entre sus piernas, escupí en mi mano y me humedecí los dedos. Luego llevé esa misma saliva a mi sexo, abriendo los labios con dos dedos para lubricarme más. Estaba empapada, los jugos ya me resbalaban por el interior de los muslos. Me incorporé, abrí las piernas y me coloqué a horcajadas sobre él.

La punta de su polla rozó mi entrada. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro. Era grande, muy grande. Gemí largo y bajo cuando la mitad desapareció dentro de mí. “Joder… qué gruesa”, susurré. Seguí bajando hasta que mis nalgas tocaron sus muslos y él quedó completamente enterrado. Sentí cada vena, cada latido dentro de mis paredes apretadas.

Empecé a moverme. Primero lento, subiendo y bajando, dejando que mi vagina se acostumbrara a su longitud. Cada vez que subía casi hasta la punta y volvía a descender, un escalofrío me recorría la columna. Pronto aceleré. Mis caderas ondulaban, mis pechos pequeños rebotaban frente a su cara. Mateo llevó las manos a mis nalgas, las abrió, las apretó con fuerza. El sonido de piel contra piel llenó la habitación.

“Más fuerte”, le pedí.

Me dio la primera nalgada. Fuerte, resonante. Grité de placer. Otra. Y otra. Cada palmada hacía que mi clítoris palpitara más. Cabalgaba su polla con furia, sintiendo cómo la cabeza golpeaba ese punto profundo que me volvía loca. “Qué rico… sigue… no pares…”, jadeaba sin control.

El primer orgasmo llegó rápido, como un latigazo. Mis paredes se contrajeron alrededor de su grosor, apretándolo con espasmos violentos. Grité su nombre, clavé las uñas en sus hombros y seguí moviéndome, prolongando el placer hasta que las piernas me temblaron.

No paré. Cambié el ángulo, apoyándome en sus hombros para que la fricción fuera directa en mi clítoris. El segundo clímax llegó aún más intenso. Mi cuerpo se arqueó, mis pezones rozaron su pecho y volví a correrme, esta vez empapándolo todo. Los jugos corrían por su polla, por sus testículos, por la silla. “Joder, estás chorreando”, gruñó él, agarrándome con más fuerza.

“Quiero verte la cara cuando te corras otra vez”, murmuró.

Me levantó en volandas —sin sacarla de mí— y me llevó hasta la silla. Ahora era yo quien se sentaba, piernas abiertas de par en par sobre los brazos del asiento. Mi sexo quedó expuesto, hinchado, brillante, los labios abiertos y rojos por la fricción. Mateo se arrodilló un segundo, admirando la vista, luego se colocó entre mis muslos y volvió a entrar de un empujón profundo.

Esta vez fue él quien marcaba el ritmo. Se movía con embestidas largas y precisas, saliendo casi por completo para volver a hundirse hasta la raíz. Mis pechos pequeños se movían con cada golpe, los pezones duros y oscuros apuntando al techo. Me besó con hambre, lenguas enredadas, saliva compartida. Gemí dentro de su boca.

“Qué rico… qué rico…”, repetía sin parar.“

¿Te gusta o qué?”, preguntó con voz ronca, sin dejar de follarme.

“Sí… mucho… sí, papi… qué rico…”Siguió moviéndose, más rápido, más profundo. Cada embestida hacía que mi clítoris rozara su pelvis. El placer era abrumador.“

¿Alguien te ha follado como yo?”, gruñó contra mi cuello.

“No… eres el primero que me está destrozando el coño… ya me he corrido tres veces… quiero tenerte cada vez que mi coño lo pida…”El cuarto orgasmo me atravesó como un rayo. Mis piernas se cerraron alrededor de su cintura, mis uñas marcaron su espalda. Grité sin control, el cuerpo temblando violentamente mientras mis paredes lo ordeñaban sin piedad.

Mateo salió de mí de golpe. Su polla, brillante de mis jugos, palpitaba frente a mi cara. Se la agarró con fuerza y empezó a masturbarse rápido, apuntando directo a mi boca abierta. Saqué la lengua, rozando la punta hinchada, saboreando el sabor salado mezclado con mi propia esencia.

“Dame tu leche rica… por favor…”, supliqué.

Sus caderas se tensaron. Con un gruñido profundo eyaculó. Chorros calientes y espesos cayeron en mi lengua, en mis labios, en mi barbilla. Cerré la boca alrededor de la cabeza, succionando lo último mientras él temblaba. “Qué rica, amor…”, murmuré, saboreando cada gota, tragando despacio, mirándolo a los ojos.

Nos quedamos así un momento, respirando agitados. Luego él se inclinó y me besó, probándose a sí mismo en mi boca. Fue un beso lento, profundo, lleno de promesas.

Pero no habíamos terminado.

Después de unos minutos de caricias perezosas, me giró boca abajo sobre la cama. Me puso de rodillas, el culo en pompa. Volvió a entrar desde atrás, esta vez con más calma, disfrutando de cómo mi vagina lo recibía aún sensible por los orgasmos anteriores. Sus manos recorrían mi espalda, mis costados, apretaban mis nalgas. Cada embestida era larga, profunda, haciendo que sintiera cada centímetro de sus veintiséis centímetros.

“Me encanta cómo te abres para mí”, susurró.

Le respondí empujando hacia atrás, encontrando su ritmo. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando era obsceno y delicioso. Me corrí otra vez —la quinta— solo con la sensación de estar tan llena, tan expuesta.

Cambiamos otra vez. Me tumbé boca arriba, piernas sobre sus hombros. Él se inclinó sobre mí, doblándome casi en dos, y me penetró hasta el fondo. En esa posición podía besarme mientras me follaba sin piedad. Nuestras lenguas se enredaban con cada embestida. Mis gemidos se volvieron continuos, entrecortados.

“Papi… no pares… quiero sentirte siempre así…”Él aceleró. Sentí cómo su polla se hinchaba aún más dentro de mí. “Voy a correrme otra vez… dentro…”, gruñó.

“Sí… lléname… quiero sentir tu leche caliente…”Con un último empujón profundo se derramó dentro. Sentí los chorros calientes golpeando mis paredes, mezclándose con mis jugos. El orgasmo me alcanzó al mismo tiempo: un clímax lento, intenso, que me dejó temblando y jadeando bajo su peso.

Caímos exhaustos sobre las sábanas revueltas. Su polla aún dentro de mí, palpitando suavemente. Nos besamos despacio, con ternura, mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel.

“Esto no va a ser la última vez”, murmuró contra mis labios.

Sonreí, apretándolo con mis paredes internas una última vez. “Cada vez que mi coño lo pida… estarás aquí”.

Y supe que cumpliría.

© 2026, Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

Nota de la autora:

"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.

¡GRACIAS POR LEERME!

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