Mala racha
Ana lleva meses sintiéndose invisible en su matrimonio. Cuando un masaje en el gimnasio enciende una llama que creía extinta, decide buscar alivio en una cafetería de encuentros discretos. Lo que empieza como una noche de pasión prohibida se transforma en algo mucho más complejo cuando la puerta se abre y el verdadero dueño de la casa entra en la habitación.
Llevábamos casi un año de mala racha. Habíamos hecho diez de casados el doce de enero, para ser precisa, y yo tenía la impresión de que no estaba entre sus prioridades. No pensaba más que en el dinero y sus “atenciones” dejaban mucho que desear. Todo que desear en realidad, porque me ponía la mano encima de pascuas a ramos y, en las ocasiones cada vez menos frecuentes en que se sentía obligado, me jodía deprisita, sin poner interés, como quien escribe a máquina.
A ver, yo comprendo que su dedicación al trabajo, a sus inversiones, nos proporcionaba una fuente inagotable de ingresos que nos permitía llevar un envidiable ritmo de vida: un buen ático con una gran terraza y enormes vistas de Madrid, servicio en casa, el dinero que hiciera falta para lo que se me ocurriera… Pero cada vez viajaba más, cada vez pasaba menos tiempo en casa, cada vez su conversación, en las contadas ocasiones en que había conversación, se hacía más aburrida, menos personal. Se limitaba a darme informe de sus éxitos, de las cantidades que había ganado con tal o cual inversión, o a explicarme donde se metería el tanto por ciento del beneficio que solíamos guardar a salvo de sus operaciones y si iría a una cuenta a mi nombre o al suyo.
En fin: que coincidíamos más a menudo en el despacho del notario o en el banco que en la cama.
Y yo no era una vieja. Tenía treinta y siete. Además, siempre he sido una mujer fogosa, siempre me ha gustado el sexo. Al principio, cuando empezamos a salir juntos, las cosas iban bien. Bueno, o eso creía, porque no había conocido varón que no fuera mi marido. Nos besábamos mucho, nos toqueteábamos… La primera vez que estuvimos juntos en una cama me volvió loca, porque no había tenido experiencia previa. No lo olvidaré nunca, aunque ahora, con lo que llevo ya rodado, comprenda que no fue una gran cosa. Me puso bien caliente la simple idea de estar ahí con él, de ver su polla tiesa como una vela. Me excitaba la idea de que fuera por mí. Y cuando me la metió… ¡Madre mía! Fue notar el primer empujón y ver el cielo. Y cuando la tuve entera dentro y empezó a moverse…
En fin: que a falta de con qué comparar, a mí aquello me gustaba una barbaridad, y me desazonaba mucho no tenerlo. Llegué a pensar que me engañaba con otra, el pobre.
Cuando la cosa empezó a escasear, aprendí a resolverlo yo sola casi por casualidad, en un sueño: tuve un calentón mientras dormía y me desperté como una perra. Por lo visto, en sueños, me había metido la mano en el coño y me lo andaba frotando. Fue un descubrimiento. Aquello acabó, supongo que por la novedad, corriéndome como una perra, metiéndome los dedos, y apretándome el botoncito.
Naturalmente, lo fui perfeccionando, imaginándome escenas, aprendiendo a hacerlo mejor… Durante un mes fue una novedad extraordinaria. Incluso empecé a ver vídeos por internet y se fue ampliando mi catálogo. Aunque me excitaban más los de tipos duros que follan a chicas cono energúmenos, llegué a correrme viendo a chicas con chicas, a chicos con chicos… Bueno: de todo.
Pero al cabos de un tiempo aquello se convirtió en un acto rutinario. Desde luego, superada la sorpresa, no podía compararse con el contacto real. Tampoco los consoladores, por muy buenos que fueran, podían imitar el deseo del otro, la excitación de verlo…
La cosa cambió de repente, sin planearlo, una tarde de junio. Como solía, había ido al gimnasio. Nada destacable: una clase de body pump, un rato de bicicleta y una sesión de masaje. Debía hacer un par de meses que no me daban un masaje y apenas uno desde que había empezado a autosatisfacerme. El caso es que lo calculé mal, no fue una buena idea, o sí, vete tú a saber, porque cuando Marisa, la masajista del gimnasio, me puso las manos encima, podría decirse que entré en ebullición.
- ¡Hay que ver lo tensa que estás!
- Ya… sí…
Y vaya si estaba tensa. Fue empezar a untarme de aceite y a tocarme, y noté que me encendía. Tuve que morderme los labios para no ponerme a gimotear, porque me puso como una perra. Fueron los treinta minutos más angustiosos de mi vida. Cada vez que me amasaba los muslos, que sus manos se acercaban al vientre, me tenía que contener para no empezar a mover el culito. Hasta me pareció que se fijaba en cómo se me pusieron los pezones, aunque no dijo nada. Muy profesional Marisa.
La cosa es que salí del gimnasio encendidita. Hasta me planteé darme un repasito en el vestuario, pero me corté. Ya solo faltaba que me pillara alguien con los dedos en el coño.
Como Pedro estaba de viaje (creo que no había dicho que mi marido se llama Pedro y yo Ana), de camino a casa, recién duchada y en mayas y sudadera, me paré en una cafetería de las de toda la vida que tenía fama de ser un sitio de ligar para señoras. Fue como una inspiración, o una travesura, como me dije para autoconvencerme. Me senté en una banqueta frente al mostrador y me pedí una copa -un gin tonic, para ser exacta-. Tengo que confesar que la simple idea de planteármelo, aunque debo decir que no estaba nada convencida de llevarla a la práctica, bastó para mojarme entera. Efectivamente, de acuerdo con la fama del local, había a mi alrededor unas cuantas mujeres de mi edad y más mayores y muy arregladas, y pululaban muchachos más jóvenes, atractivos la mayor parte de ellos, y hasta algún galán cuarentón con aire de estrella de cine.
Contra lo que hubiera imaginado, el ambiente resultaba elegante y discreto, desde luego nada parecido a la sordidez que en mi cabeza debería haber tenido un local de aquellas características. Cuando alguna mujer entraba, si permanecía sola durante un período prudente de tiempo, solía acercársele algún hombre con quien mantenía una discreta conversación. En algunos casos, salían del local juntos. La impresión general era la de una cafetería elegante, un lugar de vida social como cualquiera.
- Disculpe, señora.
- ¿Sí?
- No quisiera entrometerme en sus asuntos, pero me he fijado en que está usted sola y no me he podido resistir a ofrecerle mi compañía.
- ¿Su compañía?
- Disculpe. No era mi intención.
Era un hombre atractivo, alto, atlético pero proporcionado, elegante, como de mi misma edad, quizás algo mayor, de pelo y piel morenos, bien vestido y de modales exquisitos. Creo que mi respuesta debió parecerle hostil, por que hizo un amago de disculparse que tuve que neutralizar ante el riesgo de perderlo. Estaba decidida y aquel hombre me parecía una buena opción.
- No, perdóneme usted a mí. No acostumbro… Bueno…
- Ya, entiendo ¿Le apetece otra copa?
- Sí, claro.
- Me llamo Javier, por cierto.
- ¡Huy, perdone! Yo Ana.
Asentí con la cabeza para aceptar su oferta y entablamos una conversación agradable. Se desenvolvía con soltura haciéndome sentir cómoda. Debimos permanecer cerca de una hora charlando como si nos conociéramos de toda la vida. Una conversación amable, ingeniosa y vana, de pura interacción social, sin contenido, que me ayudó a relajarme, a normalizar la situación. Pronto nos tuteamos.
- Vaya, parece que van a cerrar…
- ¡Madre mía! Se me ha ido el santo al cielo
- Cuando se está bien…
- Muy bien…
- ¿Quiere…? ¿Quieres que te acompañe?
- Mmmmmmm… Me encantaría.
Pagó las copas y salimos. Debían ser cerca de las once y la calle empezaba a despejarse. Hacía frío. Envolvió mis hombros con su brazo y yo me agarré a su cintura. Caminamos así hasta el portal de mi casa.
- Ha sido un placer, Ana.
- ¿Ha sido?
Tiré suavemente de su mano invitándole así a acompañarme. Me pareció una liturgia, una ceremonia destinada a poner en evidencia lo evidente, a hacerlo parecer casual. En el ascensor nos besamos muy apasionadamente, como si estar solos nos liberara de la contención sobre la que habíamos flotado hasta aquel momento.
- Espera, espera, espera… Siéntate y te preparo una copa.
- No sé si podré resistirlo.
Reímos. Abrí las puertas del barecito del salón. Había tónicas frías, hielo en la neverita, y todo lo necesario. Mientras las preparaba, pude fijarme en el bulto de considerables dimensiones que se formaba bajo su pantalón. Resultaba realmente atractivo. Manteníamos una charla fútil que, sin embargo, era incapaz de romper la tensión del ambiente.
- ¿Y vives sola?
- Con mi marido.
-…
De repente, probablemente influida por el exceso de alcohol, me sentí desinhibida, capaz de cualquier cosa. Dejé las copas en la mesita, me arrodillé en la alfombra y, mirándole a los ojos, comencé a desabrochar la hebilla de su cinturón. Tomando mi cara en sus manos, me besó en los labios.
- Llevo toda la noche esperando este momento -me dijo en un susurro-.
Me ayudó a desvestirle hasta encontrarme frente a frente con aquella polla que duplicaba el tamaño de la de Pedro. Él también me desvestía. Era como un juego cortés. Finalmente, arrodillada, mirándole a los ojos, la agarré sintiendo en la mano su dureza, la tensión que me impedía deslizar la piel. Tan solo podía recorrerla, hacer resbalar mi mano en el jugo cristalino que manaba. Se inclinó para besarme los labios, para mordérmelos. Respirábamos agitadamente. Sopesó mis tetas, me acarició los pezones, hizo resbalar las yemas de los dedos entre mis labios húmedos y abiertos, y empujó mi cabeza hacia abajo enfrentándome a su polla dura, de capullo descubierto y levemente curva. Abrí los labios y lo engullí. Era la primera vez que lo hacía. Emitió un quejidito y se recostó mirándome.
- Despacio… des… pacio…
Comprendí que, efectivamente, sería preferible dominar aquel ansia que parecía apoderarse de mí, y reduje el ritmo de mi caricia. Me excitaba muchísimo sentir su capullo palpitarme en la boca, el estremecimiento que le causaba si lo succionaba fuerte… Sentí que me deshacía, que me empapaba. Sus dedos pellizcándome los pezones terminaban de enervarme. No recordaba haber estado nunca tan caliente.
- Fóllame.
Lo dije mirándole a los ojos y me volví a cuatro patas ofreciéndole la grupa con las manos apoyadas sobre el asiento de uno de los sillones. Creo que gemí cuando sentí las suyas en las caderas y que chillé cuando me clavó la polla de un solo golpe. Estaba empapada. Comenzó un vaivén lento. Le metía y casi la sacaba con una lentitud exasperante que, lejos de satisfacerme, me angustiaba, me causaba ansiedad y un deseo frenético. A veces, se inclinaba sobre mí para amasarme las tetas, o me mordía el cuello. Me excitaba de una manera brutal.
- ¡Mas… fuerte…! ¡Trátame… mal…!
- Me gustas, zorra.
Sentí un sonoro palmetazo en el culo y comenzó a follarme rápido, a clavarme la polla como un animal. Me ahogaba chillando, jadeando, gimiendo. Sentía su pubis golpearme el culo y aquel pollón entrándome hasta los tuétanos. Me derretía. A veces me daba un azote, y sentía aquella mínima humillación como un estímulo más. Me llamaba “zorra”, “putita”, y me barrenaba el coño haciendo que mi cuerpo entero se sacudiera.
Tras casi seis horas de aeropuerto y otra de taxi, llegué a casa un rato después de que se confirmara que habían suspendido mi vuelo. Debían ser las doce o doce y media. Me sorprendió que la luz del salón estuviera encendida. Ana solía acostarse temprano con esa manía suya de la “vida sana”. Al atravesar la salita de recibir comencé a escuchar un inequívoco sonido de cacheteo acompañado de gemidos y hasta grititos. Sentí que se me aceleraba el corazón y me zumbaban los oídos. Tuve que detenerme un momento en la penumbra para tratar de asimilar la situación. Me temblaban las manos
Cuando me repuse, caminé hasta la puerta del salón y me asomé. Ana, a cuatro patas, con los brazos y la frente apoyados en el asiento de mi sillón preferido recibía los embates de aquel hombretón. Disfrutaba de ellos intensamente. Nunca la había oído chillar así. Permanecí no sé cuanto tiempo observándolos. El tipo la follaba como un animal. Podía ver su culo aplastándose al recibirlo. A veces, le daba un azote y la llamaba putita. Ella lo animaba, le pedía más.
Sentía la sangre agolpándoseme en la cabeza y una intensa opresión en el pecho. Pensé en marcharme, en irme a un hotel y fingir que no había estado. Pensé en chillar, en llamarla puta e interrumpir aquello. Pensé en acostarme y “aquí no ha pasado nada…”
No sé en cuantas cosas pensé, pero permanecí inmóvil, observándolos, y me di cuenta de que estaba empalmado. Tenía la polla dura y una mancha de humedad se iba extendiendo por mi pantalón.
- ¡Más… más… fuerte…!
- Putita…
- ¡Síiiiii…!
Parsimoniosamente, con los dedos temblorosos, sin pensar, comencé a desnudarme. Me costaba desabrochar los botones de la camisa. Cuando por fin lo conseguí, mi polla estaba rígida y goteaba. Con el corazón en un puño, atravesé el salón hacia ellos. Ni siquiera parecieron fijarse en mí. Al llegar a su lado, se quedaron inmóviles un momento, apenas un instante. Cuando la levanté un poco agarrándola por las axilas y ocupé mi lugar sentado en el sillón, me miró con aire de desprecio. El tipo volvía a follarla.
- Puto… cornudo…
- Ya…
- ¡Así… a… síiiiiiiii…!
- Zorra…
Agarré su cabeza para llevarla hacia mi polla. Gemía. Apenas ofreció resistencia. Empujé su cabeza sobre ella y se deslizó entre sus labios. Parecía desconcertada, pero estaba caliente como una perra. El tipo, sin dejar de follarla, me miró sonriendo, apoyó la mano en su nuca, y empujó con fuerza forzándola a tragársela entera, hasta la garganta. Ana no me la había mamado nunca. Creo que gemí. Parecía otra, caliente, excitada. Vi su rostro azulear por la hipoxia, sus ojos humedecerse, y se la saqué agarrándola del pelo. Gemía y tosía babeando, todo a la vez. El cacheteo en su culo, sus chillidos… Ni en mi mayor fantasía hubiera imaginado a mi mujer así. El tipo volvió a empujarla. Agarrándola del pelo, llevó su boca hasta mi polla y la forzó a volver a tragársela. Ana hizo ademán de resistirse, pero termino engulléndola entera nuevamente.
Entonces fui yo quien agarré su cabeza y comencé a moverla, a hacerla subir y bajar. Tosía, babeaba, gemía, chillaba. Junto con el cacheteo rítmico en su culo, cada vez más rápido, su rostro descompuesto por el placer, por la asfixia, componían la más brutal escena que hubiera podido imaginar.
- ¡Tómalo…, zorra…!
El tipo se clavó en ella culeando sin sacársela, empujándola hacia mi y apretando de nuevo su cabeza. La vi poner los ojos en blanco. Comencé a correrme. Ana se debatía en un esfuerzo inútil por liberarse, por respirar, y su nariz empezó a rezumar mi esperma. La liberó. Respiraba en un quejido y regurgitaba. Chillaba y tosía. Seguía corriéndome en su cara. El tipo se la sacó y cayó al suelo. Su cuerpo se sacudía como en calambres. A veces, dejaba de respirar. Temblaba con las mano en el coño, clavándose los dedos. Culeaba como una perra loca.
- Todavía no hemos terminado, putita…
La levantó a pulso echándomela encima. Parecía inconsciente. Me gimió en la cara al clavársele mi polla. Besé su boca. Lamí de su cara mi propio esperma. La oí chillar cuando, situándose tras ella, clavó la verga en su culo. Me lloriqueaba en la cara gimiendo, chillando a veces. Sacudía su cuerpo sobre mí a empellones. Ana parecía desmayada, inane. Su cuerpo se movía sobre el mío al impulso de los empujones de aquel tipo, con el que, por extraño que parezca, había establecido una cierta complicidad.
Estaba casi inconsciente, casi desmayada. Sentía un dolor intenso en el culo, que Javier follaba como una bestia, y mi cuerpo resbalaba sobre el de Pedro. El roce de su vello en los pezones me desesperaba. Me mordía la boca, me lamía la cara, y yo me limitaba a dejarme hacer, a dejarme zarandear con las dos pollas clavada. Apenas podía gemir. Más bien lloriqueaba presa de un intenso orgasmo sostenido, exhausta, derrengada. Notaba sus manos en mis tetas, en el culo, los azotes de Javier, los pellizcos en los pezones de mi marido. Era como una ensoñación, como si sucediera en mi imaginación. Me corría indefinidamente sin capacidad de respuesta, sometida a un volumen de placer y de dolor desconocidos.
- ¡Tómala, pu….taaaaaaaaaa…!
Sentí el estallido en el culo y casi simultáneamente en el coño. En un estado de consciencia difusa, los recibía estremecida, temblorosa, balbuceando. Pedro me sujetaba con fuerza agarrándose a mis nalgas y Javier empujaba sujetándome los hombros.
La dejamos echada en el sofá. Estaba preciosa, dormida como una princesa. Todavía a veces se sacudía un poco como si experimentara una recidiva. Rezumaba lechita por todas partes y tenía marcadas las huellas de nuestras manos sobre la piel tan blanca. Javier se encendió un cigarro.
- ¿Tienes un cenicero?
- ¿Cómo? Sí, claro…
- Por cierto, me llamo Javier. Supongo que tú eres Pedro ¿No?.
- Sí.
- Oye te importa si te digo…
- Lo que quieras.
Yo encendí otro. Me temblaban las manos. Estaba desconcertado y nervioso.
- Esto, si lo enfocas bien no es mala cosa…
-…
- Ahora ya sabes lo que quiere, lo que le gusta.
- Ya…
- Un poco más de atención,… de marcha, ya sabes.
- Claro.
- Bueno, tengo que irme.
- Ya… Oye…
- ¿Sí?
- ¿Y tu…? ¿Tú estarías dispuesto…?
- Desde luego, aunque la próxima vez no será gratis.
- Claro, claro… Lo que sea…
A solas con ella, sentado en el sillón, me serví una copa más y encendí otro pitillo. Estaba guapa, la jodida. Reparé en que hacía tiempo que no la veía así. En realidad, nunca la había visto así: rendida, exhausta, rezumando lechita por todas partes… Reparé en sus pezones, pequeñitos y oscuros destacando vivamente sobre la piel blanca, más blanca todavía en las tetas; las caderas amplias, el culo grande, el chochito poblado de vello negro, levemente inflamado… En mi cabeza todavía retumbaba el eco de aquel encuentro radicalmente violento que la había dejado agotada. Mi dulce putita guapa… Las huellas de manos y dedos como profanándola…
Experimenté una nueva erección. La deseaba como quizás no la hubiera deseado nunca. Me acerqué al sofá, giré su cuerpo hasta dejarla boca arriba, tendida en el asiento, como caída con la espalda en el respaldo y los talones en la alfombra. Separé sus muslos situándome arrodillado entre ellos, acaricié su coño, todavía húmedo y abierto, y gimió como en sueños. Acaricié su culito con los dedos: pringoso, dilatado…
- Así que esto era lo que querías…
-…
- Puta…
Apunté la polla hacia él y empujé. Se deslizó sin esfuerzo. Comencé a follarla de una manera febril, sobándole el coño con la mano. Comenzó a gemir muy bajito, como en sueños. Cuando entreabrió los ojos, sus quejidos se volvieron más intensos. Me abrazó el cuello y me mordió los labios. Me jadeaba en la boca. Ahora era ella quien se acariciaba el coño de una manera frenética.
- ¡Rómpemelo…, cabrón…!
- Puta…
- ¡Fóllame así…!
-…
- ¡Asíiiii…!
Follé su culo como un animal haciéndola chillar, manoseando su cuerpo, pellizcándole los pezones, palmeándole los muslos. Gemía, chillaba, a veces lloriqueaba. Se corría una vez más mostrándome un pacer como nunca había percibido en ella. Me corrí en ella, en su culo, empujándola con fuerza. Lloriqueaba temblando.
- Las cosas van a cambiar, putita….
- Por fin…
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