Al fin mi CORNUDO tuvo lo que se merece
Él creía que la vigilaba, pero ella era la jaula. Esta noche, Sebastián no solo será testigo de su traición, sino que será obligado a saborear la prueba de su propia derrota. ¿Podrá resistir la mirada de quien ama siendo usada por otros?
La paranoia de Sebastián era mi droga. Lo veía revisar mi móvil, oler mi ropa cuando creía que no lo miraba, mirarme con una mezcla de amor y puro terror. Era un perro rabioso, encerrado en la jaula de su propia mente. Y yo, desde fuera, le daba de comer a su miedo con cada video de Micaela. Pero necesitaba más. Necesitaba llevarlo al borde del abismo y empujarlo.
La oportunidad llegó en una cena. Sus amigos, un grupo de machos ibéricos con más dinero que cerebro, empezaron a planear una "fiesta de despedida de soltero" para uno de ellos, aunque nadie se casara. La idea era simple: puticlub de lujo en la ciudad, un lugar donde el dinero lo compraba todo y la discreción era una mentira cara. Sebastián, en un intento patético por demostrar que todavía era "uno de ellos", aceptó sin dudarlo. "Será una noche de chicos, Michella, no te preocupes".
Sonreí y le dije que qué divertido. Pero mientras sonreía, mi cerebro ya estaba tramando la venganza definitiva. No sería un video. No sería una fantasía. Sería real. Y él sería el director de escena sin saberlo.
La noche siguiente, Sebastián salió con sus amigos. Yo me preparé. No como Michella. Me vestí como Micaela. Un corsé de cuero negro que apretaba mis tetas hasta dejarlas a punto de estallar, medias de red rotas y tacones de aguja. Y, por supuesto, mi pasamontañas. Mi identidad. Mi arma.
El puticlub se llamaba "El Paraíso". Un nombre irónico para un infierno de lujo y lujuria. Hablé con el dueño, un tipo que entendió el negocio del dinero sin preguntas. Le dije que era una "artista invitada", que solo trabajaría esa noche, y que mi especialidad era ser el centro de la atención. Le pagué por adelantado para que no hiciera preguntas.
Me escondí en un camerino hasta que vi a su grupo entrar. Eran ruidosos, arrogantes, con champan en la mano. Y allí estaba él. Mi Sebastián. Mirando a su alrededor, incómodo, tratando de aparentar que pertenecía a ese mundo.
El dueño subió al escenario principal. "Caballeros, esta noche tenemos un espectáculo especial. Una artista que no necesita rostro para demostrar su valor. ¡Den la bienvenida a Micaela!"
La música empezó, un ritmo techno pesado y sexual. Salí al escenario y me moví como nunca me había movido. Fuego, látigo, pura provocación. Los ojos de todos estaban clavados en mí. Pero solo importaban los de uno. Vi cómo Sebastián me miraba, primero con curiosidad, luego con un interés que le avergonzaba. No me reconoció. ¿Cómo iba a hacerlo? Yo no era Michella. Era Micaela, una diosa del sexo sin rostro.
Bajé del escenario y me moví entre las mesas. Me senté en el regazo de uno de los amigos de Sebastián, un tal Jorge. Le froté el culo contra su verga, que se puso dura al instante. Le susurré al oído: "¿Quieres jugar conmigo?". Asintió, con los ojos fuera de sus órbitas. Miré a Sebastián, que nos observaba, mordiéndose el labio. Y sonreí bajo mi pasamontañas.
Jorge me llevó a una de las salas privadas. Los demás nos siguieron como un rebaño. Todos, excepto Sebastián, que se quedó en la puerta, dudoso. "Ven, Sebas, no seas maricón", le gritó otro. Y entró.
Lo que siguió fue una orgía de la que solo se puede leer en los peores lugares de internet. Micaela fue el centro del universo. Me arrodillé en el medio y los tres, Jorge, el otro amigo y el novio del que no recuerdo el nombre, sacaron sus vergas. Las alternaba, las lamía, las tragaba, mientras ellos me insultaban.
"¡Mírala, qué zorra!""¡Esta puta se lo traga todo!"
Y yo, entre golpes de garganta, respondía, con la voz distorsionada por la lona:"¡Sí, soy una puta! ¡Una puta para usarme! ¡Me follo a vosotros porque mi novio es un pendejo que no sabe satisfacerme!"
Miré a Sebastián, que estaba en un rincón, pálido, con una erección que le apestaba a conflicto. Mis palabras eran dagas envenenadas, pero él creía que eran para otro.
Jorge me tiró al suelo, boca arriba. Se montó encima de mí y me la metió por el coño sin piedad. Mientras me follaba, otro se puso a arrodilladas sobre mi cara y me obligó a lamerle el culo. El tercero me la masturbaba con tanta fuerza que me dolía. Era un torbellino de carne, sudor y semen. El olor era denso, a sexo, a perfume barato y a mi propia excitación.
Entonces empezó el doble. El de mi coño se retiró y, junto con el otro, me pusieron a cuatro patas. Uno me metió su verga por el culo, el otro por el coño. Grité, un grito de dolor y placer absoluto. Me sentía partida en dos, usada, destruida. Y era el momento más feliz de mi vida.
"¡Así, así! ¡Rompeme, cabrones! ¡Destrozadme como mi novio nunca podría!"
Sebastián solo podía mirar. Veía cómo una mujer sin rostro, una puta anónima, era destrozada por sus amigos. Y su verga estaba a punto de reventar.
Uno de ellos se corrió en mi culo, sintiendo el chorro caliente llenándome. El otro lo hizo en mi coño. Me quedé allí, temblando, goteando semen por todos lados. Me levanté, con las piernas temblorosas, y me dirigí a Sebastián. Él retrocedió, asustado.
Me agaché frente a él. Con los dedos, saqué un poco del semen mezclado de mi culo y mi coño. Se lo enseñé, brillante y espeso.
"¿Quieres probar?", susurré.
Él negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. Pero yo no le di opción. Con la mano libre, le agarré la barbilla y la obligué a abrir la boca. Le metí los dedos sucios dentro. "¡Prueba! ¡Sabe a traición, ¿verdad? ¡Sabe a lo que tu novia nunca te dará!"
Se tragó, ahogándose. Y entonces, hice el golpe de gracia. Me incliné y le escupí toda la boca llena de saliva y semen restante en la cara. Un escupitajo grueso y cálido que le corrió por la mejilla.
"Ahí tienes tu premio, cornudo. Por mirar y no hacer nada"
Sebastian se derrumbó. Se arrodilló y sollozó, con mi semen en la cara. Sus amigos se rieron. La obra de arte estaba terminada.
Me vestí, me puse mi abrigo sobre el corsé y me fui del puticlub sin decir una palabra más. Dejé a Micaela ahí, en el suelo, y me convertí de nuevo en Michella.
Llegué a casa antes que él. Me duché, me puse mi pijama de algodón, el de siempre, y me senté en el sofá a leer un libro, como si nada. Cuando llegó, era un espectro. Olía a alcohol, a perfume barato y a desgracia.
—Michella… —dijo, con la voz rota.
Cerré el libro y fui a su lado, con mi cara más preocupada y amorosa. —¡Cariño! ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
Se abrazó a mí, como un niño asustado. Temblaba. —Fue… fue horrible. No… no quiero hablarlo.
—¿Te hicieron algo? ¿Te metiste en algún lío? —le dije, acariciándole el pelo.
—No… no a mí. A… a una chica. En el club. Fue… terrible. La… la humillaron.
Apagué la luz y lo llevé a la cama. Lo abracé con fuerza.
—Shhh, mi amor, tranquilo. Estás a salvo. Estás conmigo.
Pasaron unos días de silencio. Sebastián se movía por la casa como un fantasma, evitando mis ojos, pero siempre buscando mi contacto físico, como si mi piel fuera un antídoto para el veneno que corría por sus venas. Yo lo mimaba, lo consentía, le daba todo el amor falso que su corazón roto necesitaba. Esperaba. Sabía que la herida que le había infligido estaba supurando, y que tarde o temprano, el pus saldría a la superficie.
Una noche, estábamos acurrucados en el sofá. No decíamos nada. La tele estaba encendida pero nadie la veía. De repente, su voz rompió el silencio, un hilo casi inaudible.
—Michella… ¿te puedo decir algo muy… muy jodido?
Me giré para mirarlo, con mi mejor expresión de preocupación comprensiva. —Claro que sí, mi amor. Dime lo que sea. Puedes contarme todo.
Hizo una pausa, luchando contra las palabras que le quemaban por dentro. —Anoche… en el club… cuando… cuando vi lo que le hicieron a esa chica… a Micaela…
Mi coño se contrajo. Ahí estaba.
—…Me… me puso cachondo —confesó, y la palabra le salió como una blasfemia—. Me puso durísimo ver cómo tus amigos… cómo la… la usaban. Verla tan… tan entregada, tan sucia. Me dio vergüenza, me dio asco… pero me excitó. Me excitó mucho.
Me quedé quieta, sin respirar, para no asustar a la presa. Lentamente, le pasé una mano por el pelo. —Shhh, tranquilo, mi amor. Es una reacción normal. El trauma puede manifestarse de formas extrañas. El cuerpo a veces reacciona con excitación ante el extremo.
—No, no es eso —dijo él, con más fuerza, desesperado por que yo entendiera—. No es el trauma. Es… es ella. La idea de ella. De una mujer así. Sin inhibiciones. Una mujer que quiere ser usada. Que disfruta siendo una… una guarra.
Sonreí por dentro. Había dicho la palabra. La llave.
—¿Una mujer como Micaela, quieres decir? —susurré, acercando mi boca a su oreja.
—Sí —jadeó—. Como Micaela.
Me aparté un poco, para mirarlo a los ojos. Y en mi mirada, dejé caer toda la máscara de amor. Ahora había una chispa. Una chispa peligrosa.
—Y dime, Sebastián… —dije, mi voz ya no era la de su novia, era la de una cómplice—. ¿Qué te excitaba más? ¿Que la follaran? ¿Que la humillaran? ¿O que la vieras… y no pudieras tocar?
Él tragó saliva, su erección era un monumento evidente en sus pantalones. —Todo —admitió—. Todo.
—Entonces… —continué, pasándole la mano por el pecho, bajando lentamente—. Dime una cosa, y sé sincero. Si yo… si yo fuera esa chica… ¿te gustaría verme así? ¿Te gustara que otros me tocaran?
Sebastián cerró los ojos, un gemido escapó de su garganta. —Sí —susurró—. Joder, sí.
—¿Sí qué, Sebastián? —insistí, mi voz era un látigo de seda—. Dímelo.
—¡Sí! ¡Que me gustaría verte así! ¡Que te tocaran! ¡Que te follaran!
La victoria era dulce, casi tan dulce como el poder que sentía correr por mis venas. Me levanté y me paré frente a él. Empecé a desabrocharme la blusa, muy despacio.
—Pues vamos a jugar, mi cornudo —dije la palabra, y esta vez él no se estremeció de miedo, sino de pura lujuria—. Vamos a jugar a que yo soy Micaela. Pero esta vez, tú no estarás en un rincón. Tú estarás aquí. Mirando. Y sin poder tocarme.
Me quité la blusa. Luego la falda. Quedé en sujetador y tangas. Me giré, lentamente, para que me viera.
—Llamaré a Jorge. Y a su amigo. Y vendrán aquí. Y te sentarás en esa silla —señalé un sillón de la esquina—. Y te ataré si es necesario. Y los verás desvestirme. Verás cómo me lamen, cómo me meten los dedos. Verás cómo me la meten por el culo, como a Micaela. Y mientras te lo cuentan, te diré cosas. Te diré: "¿Ves, mi amor? Así me gusta. Así me folgan". Te diré: "Ojalá estuvieras aquí para limpiar esto". Te diré: "Eres un pendejo y me encanta que lo seas".
Sebastián se estaba retorciendo en el sofá, la mano ya en su entrepierna, frotándose con desesperación.
—¿Te gusta mi fantasía, Sebastián? ¿Te gusta la idea de que tu novia se convierta en la puta de tus amigos delante de ti?
—¡Sí! ¡Por favor, sí! —gritó, perdido en la locura que yo misma le había creado.
Me arrodillé frente a él, pero sin tocarlo. Le susurré al oído, con la voz de Micaela.
—Pues prepárate. Porque esta noche, tu novia va a ser la estrella de la orgía. Y tú, mi amor, serás el mejor público del mundo. Y cuando se hayan corrido todos en mí, en mi cara, en mi culo, en mis tetas… y cuando se hayan ido, y yo esté hecha una mierda, goteando semen y oliendo a sexo… entonces, y solo entonces, te dejaré tocarme. Podrás limpiarme con tu lengua. Podrás saborear su victoria y tu derrota. ¿Te gusta?
Él solo podía gemir, al borde del orgasmo, completamente mío. Completamente roto.
Me levanté y sonreí. La obra de arte estaba completa. Ahora solo faltaba la función. Y yo iba a ser la directora, la protagonista y la crítica. Y él, el público pagando con su alma.
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