Fiesta de nochevieja
La cuenta atrás para el Año Nuevo no era la única cosa que marcaba el ritmo de la noche. Con la mirada fija en él, supo que esa no sería una noche cualquiera, sino el comienzo de algo que dejaría a todos los invitados sin aliento.
Me apunté a última hora con las compañeras de la facultad a ir a una casa de rural en medio del campo a celebrar la cena de fin de año. Para mi fue muy cómodo porque ya lo tenían todo planeado, desde la cena hasta las copas para después y cava a raudales para brindar por el nuevo año.
Me habían cancelado un desfile de moda que tenía el 30 de diciembre en Marsella y me quedé colgada, sin plan y sin un trabajo muy bien pagado que necesitaba para seguir manteniéndome en Madrid con mis estudios de Biología. Pero al mal tiempo buena cara, así que cuando Mara me preguntó si me apetecía pasar la noche con sus amigos acepté sin pensármelo dos veces.
La casa tenía doce habitaciones y cinco baños y nosotros éramos veintidós. Once hombres y once mujeres, todos solteros porque no se admitieron parejas para no condicionar a nadie y que todos fuéramos almas libres y con una premisa. Lo que ocurriera en la casa se quedaba en la casa. Nadie quería sentirse cohibido por lo que pudieran comentar los demás fuera de allí. Era una fiesta de fin de año para disfrutar.
Desde el primer momento que vi a Fran me quedé prendada, primero de su físico, un metro casi noventa, atlético, rubio con el pelo largo y ojos verdes. Pero cuando le escuché hablar y reírse, decidí enrollarme con él a la menor oportunidad que se me presentase. Para mí fue un verdadero flechazo y solo con pensar en lo que me gustaría hacer con él mojé las bragas.
Como la cocina era muy grande dispusimos toda comida procedente de un catering sobre la isla central y la bebida en el jardín ya que hacía un frío importante. A las ocho no todos los asistentes habían llegado decidimos preparar unas copas para hacer tiempo y pusimos música para amenizar la espera. A las nueve las mujeres nos fuimos a cambiarnos la ropa informal por los trajes de noche para la cena. Para la ocasión me había comprado un traje negro con mucha lentejuela, brilli brilli lo llaman ahora. La falda era muy corta y de la cinturilla, por delante, salían dos trozos de tela en disminución atados al cuello dejándome un escote abierto hasta el ombligo y la espalda al aire. Para rematar me puse un collar de perlas de mi madre y me subí a unos tacones de aguja de doce centímetros que hacían que al andar dejase patente el poderío de mi culo. Desgraciadamente, tan solo algunos de los chicos se cambiaron para ponerse traje.
Como siempre, no todos entienden lo que es vestirse para una fiesta y menos si esta se celebra entre amigos. Pero cuando vi a Fran con un traje negro con las solapas de la americana de terciopelo, una camisa blanca con gemelos y una corbata azul claro con dibujos de topitos, me tuve que sujetar las bragas para que no se me cayeran al suelo, como suele decirse. Si antes estaba bueno, ahora estaba tan irresistible que supuse que iba a tener mucha competencia esa noche para conseguir follarmelo.
A las once ya habíamos cenado y preparado las uvas y el cava. Nada de champagne, que estamos en España y tenemos unos cavas que compiten perfectamente con el mejor espumoso francés. Para hacer tiempo preparamos unas copas y volvimos a sentarnos en la mesa a la espera de las doce de la noche. A menos cinco minutos descorchamos el cava y llenamos las copas para brindar nada más tomarnos las doce uvas.
Finalizada la última campanada estallamos todos en gritos de “feliz año nuevo” y nos besamos unos a otros felicitándonos. Pasado el primer momento de euforia jugamos a exponer cada uno lo que le pedía al nuevo año. Casi todos hablaron de éxitos profesionales, algunos que sus familiares y ellos mismos tuvieran salud, otros que les tocara la lotería para acabar de pagar la hipoteca, etc…
Cuando le llegó el turno a Fran se levanto muy solemnemente y dijo que el año iría discurriendo como todos los anteriores, pero lo que más deseaba era empezar el año con una buena mamada, si es que alguna se prestaba y prometiendo corresponder de la misma manera. Todos nos quedamos un poco cortados y de repente, sin ser demasiado consciente de lo que hacía, me levanté de la silla con la mano en alto y le dije que yo estaría encantada de cumplir su deseo. Cuando todos reaccionaron, empezaron a decir que lo hiciéramos allí delante de todos para evaluar la calidad de la mamada.
Fran abandonó su sitio en la mesa y vino hasta donde yo estaba sentada. Me ofreció ceremoniosamente su brazo y me apoyé en él para levantarme. Me miró a los ojos y dijo que lo primero era felicitarme el nuevo año como me merecía. Y dicho esto, me besó en los labios con tanto ímpetu que aproveché para abrir la boca y meter la lengua en la suya. Vamos que nos dimos un morreo en toda regla que mereció de nuevo el aplauso de todos.
Nos separamos de la mesa y nos colocamos junto a la chimenea. Nos miramos a los ojos y con disimulo me preguntó si estaba dispuesta para hacerlo delante de todos y asentí. Que coño. Era un día especial y al final todos sabíamos que cada uno acabaría follando donde y con quien pudiera sin miramientos. Fran se apoyó en una mesa y empezó a bajarse la bragueta sacándose el miembro ya medio empalmado ante la perspectiva del trato que estaba a punto de recibir.
Me subí la falda todo lo necesario para poder agacharme con las piernas separadas, siendo consciente de que dejaba el pubis al aire tan solo cubierto por el pequeño tanga que llevaba, y me agaché delante de él. Tomé la polla entre las manos y saqué la lengua para que todos pudieran ver como se la pasaba por el glande y aplaudieron mi iniciativa. Me la metí en la boca y empecé mover la cabeza hacia delante y hacia atrás, mientras le sobaba las pelotas. Hasta que mi entusiasmo empezó a hacer estragos en su lívido y me la sacó para no acabar demasiado pronto.
Me acabó de subir la falda hasta la cintura y me bajó las bragas hasta los pies que yo levanté alternativamente para que acabara de quitármelas. Me cogió por debajo de las axilas y me sentó en el borde de la mesa. Me separó los muslos y ante la mirada expectante de todos e incrédula de algunos, metió la cara sobre el pubis y empezó a lamerme consiguiendo llevarme al orgasmo en dos minutos, dado lo excitada que estaba toda la noche deseando que ocurriera lo que me estaba haciendo en ese momento. Aguantó lamiendo allí abajo hasta que volví a correrme y solo entonces se incorporó.
Sin mediar palabra me puso la polla, dura como una piedra, en la entrada del sexo. Me miró a los ojos y asentí con la cabeza. Sabía lo caliente y lubricada que estaba porque lo acababa de comprobar en su boca. Sin dejar de mirarme, adelantó la pelvis y me penetró enterrando la polla en mi coño. Me la sacó y volvió a metérmela, una y otra vez, hasta que ya fuera de sí empezó a follarme sin sacármela y cuando estaba a punto de correrse me la sacó y lo hizo sobre mi rasurado pubis. El jolgorio y los aplausos estaban servidos por parte de los asistentes. Pidió una servilleta para limpiarme y finalizó pasándome la lengua donde me acababa de limpiar. Me incorporó y me besó en la boca. Buscó dos copas de cava y brindamos, por nuestro primer polvo, el primero del año y el primero de la noche.
Habíamos dado el pistoletazo de salida a la fiesta de verdad. La música empezó a sonar a todo trapo y nos pusimos a bailar. Media hora después pusieron baladas para relajarnos un poco bailando agarrado el que quisiera. Fran vino a buscarme, me cogió la mano y tiró de mí para levantarme. Nos fundimos en un abrazo y empezamos a movernos al compás de la melodía que sonaba. Media hora más tarde nos retiramos a una habitación para poder follar, esta vez sin espectadores y en una cama. Hizo que me corriera dos veces y él lo hizo solo una. En esta ocasión lo hizo dentro de mi vagina porque así se lo pedí. Al acabar me dio un pico y me dijo que en cuanto se recuperara volvíamos a repetir.
A las seis de la mañana ya habíamos follado cuatro veces y decidimos dormir juntos. Nos metimos en la ducha de uno de los baños y al acabar me subió como un fardo encima de su hombro y nos fuimos a la habitación. Me tiró, literalmente, sobre la cama y se tumbó a mi lado. Me subí a horcajadas sobre su cara dándole la espalda y le puse el coño en la cara al tiempo que me apoderaba de su miembro con la boca. Un relajado sesenta y nueve dio por terminada la velada de noche vieja. Su semen fue mi última copa aquella noche.
Ya había amanecido cuando sentí una mano recorriéndome el estómago y me sobresalté porque no recordaba donde estaba, ni que me hubiera acostado acompañada. Puse la mano sobre la que me acariciaba y abrí los ojos. Me encontré con su torso desnudo, un brazo apoyado en el colchón y la cabeza apoyada en el brazo, mientras sus ojos azules me miraban fijamente. Se inclinó, me besó en los labios y me dio los buenos días.
Alargué los brazos y le rodeé el cuello. Tiré de su cabeza hacia mí y le besé despacio. Primero le chupé los labios y después los presioné para introducir lentamente la lengua. Me la rodeó con la suya y permanecimos chupándonos, en ese sensual juego, durante un buen rato. Bajé la mano buscando su miembro y me lo encontré erecto, pero no demasiado duro. Para entonces ya estaba deseando tenerlo una vez más en mis entrañas. Bajé la piel que cubre el prepucio y empecé a pasar la palma de la mano por la punta hasta que se endureció lo suficiente para poder penetrarme y le dije que se colocara encima.
Al principio metió tan solo la punta y se deslizó lentamente hacia afuera. Al siguiente envite entró en mí con media polla y repitió la misma operación. A la tercera se enterró completamente en mí y empezó a follarme de verdad, pero lentamente. Quería que sintiera como se le endurecía haciéndome notar cada vena inflamada de la polla y llevándome a un orgasmo que me iba excitando cada vez al metérmela hasta presionar en la matriz, momento en que retrocedía para volver a entrar mientras me chupaba los labios. Estaba finalizando un largo orgasmo cuando sentí en las entrañas el calor de su semen y me llevó de nuevo a lo más alto de otro nuevo. Permaneció dentro de mí hasta que la naturaleza hizo sus estragos y se le salió.
Cogimos dos toallas del armario del cuarto, nos cubrimos y fuimos al baño. Nada más entrar hizo uso del inodoro y orinó. Al girarse me vio cruzando las piernas en signo evidente de que también necesitaba hacer uso de la misma pieza. Me cogió en brazos y me sentó sobre sus muslos mirando hacia él. Le dije que necesitaba orinar y su respuesta fue que me estaba esperando. Iba a decirle que no, pero las ganas hicieron que no pudiera aguantar y me vacié sobre su sexo. Era la primera vez que lo hacía en mi vida. A pesar de haber tenido montones de amantes, nunca me lo habían propuesto. Y la verdad es que me resulto de lo más íntimo y placentero.
Nos metimos en la ducha y cuando me propuso enjabonarme, ya sabía que iba a hacer que me corriera de nuevo. Me pasó la mano enjabonada a lo largo del sexo y me masturbó lentamente, haciéndome sentir estrellas en mi interior. Me deslicé hacia abajo y tomé la polla con las dos manos para metérmela en la boca y le masturbé con la misma parsimonia que me lo había hecho él. Era increíble que se acabara de correr no hacia ni media hora y pudiera inundarme la boca con tal cantidad de leche que me tragué.
Nos vestimos y me preguntó si tenía algún compromiso para los días siguientes. Le dije que estábamos de vacaciones en la facultad hasta después de reyes y su contestación fue que recogiera mis cosas que nos marchábamos a Santander unos días. Estaba ilusionada ante la perspectiva de pasar unos días con él, pero solo tenía la ropa que me había puesto, aparte de la de fiesta utilizada la noche anterior.
Me miró y dijo que eso no era un inconveniente, que estaba preciosa con la ropa que me había puesto y me aguantaba hasta el día siguiente, ya iríamos a comprar algo en Santander. Recogió mi bolsa de mano, me besó y dijo que en marcha. El destino era la casa de sus padres en el casco antiguo, en pleno centro de Santander frente a la playa del Sardinero. Le dije que como íbamos a ir juntos a casa de sus padres, si apenas nos conocíamos más allá de la media docena de polvos que habíamos echado.
- Alguna vez tendrán que conocerte antes de la boda, digo yo – me espetó.
- Y quien ha dicho que yo me vaya a casar contigo – respondí.
- Yo lo acabo de decidir.
Pasamos unos días con sus padres y me presentó como su novia, añadiendo que se fueran acostumbrando a verme porque nos íbamos a casar muy pronto. Pasamos más tiempo en la cama que visitando la ciudad y ni siquiera cuando lo hacíamos dejábamos de follar en cualquier sitio. La madre le llegó a decir que fuéramos más discretos por las noches porque se las pasaban escuchando jadeos y gemidos. Su repuesta fue que yo estaba en los días fértiles del mes y estábamos aprovechando para hacerla abuela. Cuando me lo contó era incapaz de dejar de reír.
Volvimos a Madrid y dos semanas después ya vivíamos juntos. Seis meses más tarde nos casamos. De eso hace ya casi diez años y a fecha de hoy tenemos dos niñas preciosas y un varón en camino.
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