Xtories

Camino de infieles

Descubrió la traición en el asiento del auto, pero lo que encontró en el espejo fue su propia liberación. Ahora, con el divorcio firmado y la familia en shock, Lisa no busca perdón: busca placer. Y lo encuentra en cada esquina, en cada cuerpo nuevo, mientras su exmarido intenta recuperar lo que ya perdió para siempre.

Dolores385.6K vistas9.3· 6 votos

El principio del fin… o del comienzo

Lisa y Andrés llevaban diez años casados, pero los últimos meses habían sido un infierno. Vivían en un departamento amplio en el centro de Rosario, con vistas al río Paraná, pero ni el paisaje podía tapar la tensión que se acumulaba como tormenta. Andrés, ingeniero de 38 años con laburo estable en una constructora, pasaba cada vez más tiempo “en la oficina”. Lisa, de 35, daba clases de literatura en una secundaria, y aunque le encantaba el trabajo, la casa se había vuelto un campo minado emocional. Peleas por pavadas, silencios eternos y un sexo que era cada vez más rutina y cada vez menos.

Todo explotó un jueves a la noche. Lisa había olvidado el celular en el auto de Andrés esa mañana y, cuando él llegó tarde como siempre, ella bajó a buscarlo. En el asiento del acompañante encontró un aro de oro que no era de ella. El corazón le latió a mil. Revisó el teléfono de él —sí, lo hizo, impulsada por una corazonada que la venía carcomiendo hacía semanas— y ahí estaban los mensajes. Mensajes sucios, explícitos, de una tal Mariana: «Quiero que me cojas como la última vez, papi. Tu verga me hace falta en mi concha caliente». Fotos de ella en lencería, y respuestas de Andrés: «Mañana te rompo el culo, puta mía».

Lisa sintió que el mundo se le venía abajo. Lloró en silencio en el garaje, subió y lo enfrentó. Andrés lo negó al principio, pero ante la evidencia se quebró.

— Es solo una aventura, Lisa. No significa nada. Te amo a vos.

Pero para ella era el final.

— ¡Hijo de puta! ¿Cómo pudiste? Diez años tirados a la mierda por una zorra cualquiera.

Gritaron hasta la madrugada y, al día siguiente, Lisa le dijo que quería el divorcio.

¡Ahora sí, el comienzo!

La familia se enteró rapidísimo. Los viejos de Andrés, católicos conservadores de toda la vida, llamaron horrorizados.

— ¡No pueden divorciarse! ¿Qué va a decir la gente? Pensá en los sobrinos, en la familia.

La madre de Lisa, viuda y devota, le rogó:

— Hija, el matrimonio es para siempre. Perdonálo, como yo perdoné a tu padre.

Hasta los hermanos de los dos metieron fichas, armando una “reunión familiar” que terminó en más llanto y reproches. Andrés juraba que cortaba con Mariana, pero Lisa no le creía ni un poco.

— Ya no confío en vos, Andrés. Me traicionaste. Quiero que te vayas.

Andrés se mudó temporalmente a un hotel y Lisa se quedó sola en el departamento. Los primeros días fueron un bajón terrible: lloraba en la cama, comía helado directo del pote y esquivaba los llamados de la familia. Pero una noche, zapeando en redes para distraerse, vio un anuncio de un gimnasio nuevo en el barrio: «Cambia tu vida, cambia tu cuerpo». Pensó: «¿Por qué no? Si mi matrimonio se fue a la mierda, al menos me pongo en forma». Se anotó al día siguiente.

El gym era moderno, con crossfit y yoga. Ahí conoció a Martín, el profe de 28 años, un tipo musculoso con tatuajes en los brazos y una sonrisa que mataba. Era de Buenos Aires, pero se había mudado a Rosario por laburo. Desde el primer día la vio.

— ¿Sos nueva, no? Vení, te ayudo con las pesas.

Sus manos se rozaron al ajustar el equipo y Lisa sintió un cosquilleo que no tenía hace años.

— Gracias —murmuró, colorada.

Las clases se volvieron rutina. Martín la alentaba:

— Dale, Lisa, podés más. Mirá qué culo firme estás consiguiendo.

Ella se reía, sudada y reventada, pero viva. Una tarde, después de una sesión heavy, él la invitó a un jugo en la cafetería del gym. Charlaron de todo: libros, viajes y, obvio, de la vida personal. Lisa se abrió:

— Me estoy separando. Mi marido me puso los cuernos con una amante.

Martín escuchó, comprensivo.

— Qué mierda. Vos merecés mucho mejor. Mirá lo linda que sos, con esas tetas y esa figura.

Sus palabras eran directas, crudas, y a Lisa le gustaron. No era el chamuyo romántico falso de Andrés; era deseo puro

Reconocida

Esa noche, sola en casa, Lisa se miró al espejo. Se sacó la ropa despacio, observando su cuerpo. Tetas firmes todavía, a pesar de los años; una concha depilada que Andrés casi ni tocaba últimamente. Se tocó, recordando lo que había dicho Martín: «Mirá lo linda que sos». Los dedos bajaron, rozando el clítoris, imaginando las manos de él. Gimió, masturbándose con ganas, pensando en cómo sería que Martín la cogiera contra la pared del gym. Se corrió rápido, jadeando, y se dio cuenta: la cagada matrimonial le estaba abriendo puertas. La suerte empezaba a cambiar.

Al día siguiente, en el gym, Martín la arrinconó en el vestuario vacío.

— Ayer no pude dejar de pensar en vos.

La besó salvaje, metiendo la lengua. Lisa respondió, hambrienta. Bajó la mano a la pija de él, que ya estaba dura bajo el pantalón de entrenamiento.

— Qué verga grande tenés —murmuró, apretándola.

Martín sonrió:

— Te la voy a meter toda, puta.

La levantó contra la pared, le bajó los leggings. Su concha estaba empapada, lista. Él sacó la verga, gruesa y venosa, y la penetró de un empujón.

— ¡Ah, sí! Cogeme fuerte —gritó Lisa, clavándole las uñas en la espalda.

Martín la embestía con todo, las pelotas chocando contra su culo.

— Qué concha apretada tenés, Lisa. Mejor que cualquiera.

Ella gemía, sintiendo cada centímetro.

— Más, dame más.

Él le mordió el cuello, acelerando.

— Me vas a hacer acabar, zorra.

Lisa explotó primero, la concha apretando alrededor de la verga. Martín la siguió, llenándola de leche caliente. Se separaron jadeando, riendo.

— Esto es solo el comienzo —dijo él.

Lisa volvió a casa eufórica. El divorcio ya no era un drama; era libertad. La familia seguía jodiendo: llamados de la suegra, «Vuelvan juntos, por Dios». Pero ella pasaba. En cambio, exploraba. Una noche salió con amigas a un bar en Pichincha. Ahí conoció a Diego, bar tender de 25, morocho y atlético. Charlaron, chamuyaron.

— Vení a mi casa después del cierre —le dijo él.

Lisa aceptó, caliente por la aventura.

En el depto. de Diego, apenas entraron, él la empujó contra la puerta.

— Quiero chuparte la concha hasta que grites.

La desnudó, se arrodilló. Su lengua le lamió la concha, chupando el clítoris como experto.

— ¡Qué rico, Diego! No pares.

Metió dos dedos, curvándolos para tocarle el punto G. Lisa se corrió en su boca, temblando. Después lo montó en el sofá. La pija de él era larga, finita, ideal para cabalgar.

— Cogeme, puta —gruñó él, agarrándole las tetas.

Ella botaba, sintiendo la verga hasta el fondo.

— Te voy a ordeñar toda la leche.

Diego acabó adentro y ella lo siguió, reventada.

Pero la racha de Lisa no paraba. En el cole, una compañera la invitó a una fiesta privada.

— Es un poco… liberal —le avisó.

Lisa, curiosa, fue. Era una casa en las afueras, música, alcohol y gente abierta. Ahí conoció a Paula, 32 años, bi y sin inhibiciones. Bailaron pegadas, rozándose.

— Me gustás —susurró Paula, besándola.

Lisa, sorprendida pero excitada, respondió. Se metieron a un cuarto oscuro.

Paula la besaba con todo, bajando a chuparle las tetas.

— Qué pezones duros tenés.

Sus dedos entraron en la concha de Lisa, frotando.

— Estás empapada.

Lisa gimió:

— Chupame la concha, por favor.

Paula lo hizo, lamiendo como pro. Después se frotaron, concha contra concha, tribando hasta el clímax.

— ¡Sí, puta, córrete conmigo!

Fue intenso, nuevo, adictivo.

Andrés, mientras, intentaba reconquistarla. Llamados, flores, promesas.

— Terminé con Mariana. Volvamos.

Pero Lisa lo rechazaba.

— Ya no, Andrés. Encontré mi camino.

La familia horrorizada: «¡Estás loca! ¿Qué te pasa?». Pero ella se sentía empoderada.

Una semana después, Martín la invitó a un trío con Lucas, otro profe del gym.

— Te vamos a romper, Lisa.

Ella aceptó, morbosa. En el depto. de Martín, los tres en bolas. Martín y Lucas tenían vergas impresionantes.

— Chupanos, zorra.

Lisa se arrodilló, mamando una pija tras otra.

— Qué boca de puta tenés.

La pusieron en cuatro: Martín en la concha, Lucas en la boca.

— Tragátela toda.

Cambiaron: Lucas por atrás, Martín por delante.

— ¡Me están partiendo! ¡Más!

La llenaron de semen: en la concha, en la boca, en las tetas.

La exploración seguía. Diego la llevó a un club swinger. Ahí vio parejas cogiendo en público. Se sumó: un desconocido la cogió contra la barra mientras Diego miraba.

— Mírame cogiendo con otro, cornudo.

Excitante. Paula la metió en juguetes: vibradores en la concha, plugs en el culo.

— Prepárate para que te rompan el orto.

El fin del fin

Un día Andrés la enfrentó en el departamento.

— Sé que estás saliendo con otros. ¿Cómo podés?

Lisa, en bata y desnuda abajo, sonrió.

— Porque me encanta. Mirá.

Lo invitó a ver, pero él se fue furioso. La familia en pánico: «¡Es una puta! ¡Salven el matrimonio!». Pero Lisa pasaba.

Su suerte cambió también en otros lados. En el trabajo la ascendieron a coordinadora gracias a la nueva confianza. Ganó un premio literario por un cuento erótico inspirado en sus aventuras. Plata extra, viajes. Conoció más amantes: un médico que la cogía en el consultorio.

— Metémela mientras examino tus tetas.

Una pareja lesbiana que la invitó a un trío de minas, lamiendo conchas en cadena.

El clímax fue una orgía en lo de Paula. Diez personas, hombres y mujeres. Lisa en el centro: vergas en la boca, conchas en la cara.

— ¡Córrete en mi cara, puta!

La cogieron por todos los agujeros: doble penetración.

— ¡Me están rellenando como una perra!

Semen por todos lados, orgasmos a rolete.

Al final, divorciada oficial, Lisa miró para atrás. La familia seguía horrorizada, pero ella era feliz. La traición la había transformado en una mujer libre, sexual, exitosa.

«Que se jodan», pensó, mientras Martín la cogía de nuevo. La vida estaba buena.

Lisa se despertó esa mañana con el cuerpo dolorido pero satisfecho. La noche anterior con Martín había sido brutal: la había atado a la cama, usándola como juguete.

— Sos mi puta personal, Lisa. Abrí las piernas.

Le metió la verga en la concha sin vueltas, embistiendo como loco.

— ¡Sí, rompeme la concha!

Después la dio vuelta y le entró por el culo, lubricado con saliva.

— Qué orto apretado. Te lo voy a abrir bien.

Ella gritaba de placer y dolor, corriéndose una y otra vez.

Bajó a la cocina a hacerse un café. Sonó el teléfono: su vieja.

— Hija, por favor, hablá con Andrés. Está destrozado.

Lisa suspiró.

— Mamá, no. Estoy bien sola. Mejor que nunca.

Colgó, ignorando la culpa. En cambio llamó a Diego.

— Vení esta tarde. Quiero que me cojas en la terraza.

Diego llegó con vino. Tomaron, charlaron.

— Contame de tu ex —dijo él.

Lisa se rió:

— Era un cornudo. Ahora yo mando.

Lo empujó al sofá, le bajó los pantalones. La pija saltó, dura.

— Mamámela, puta.

Ella chupó con ganas, lamiéndole las pelotas.

— Qué verga rica.

Después se sentó arriba, cabalgando.

— Sentí cómo te aprieto la pija con mi concha.

Diego gemía:

— Sos una diosa.

Acabaron juntos, sudados.

Pero Lisa quería más. Esa noche fue sola al club swinger. El lugar estaba a full: parejas, solteros, todos en busca de placer. Un tipo maduro de 45 la encaró.

— Quiero cogerte.

La llevó a una habitación privada. La desnudó, admirando.

— Qué tetas perfectas. Chupámelas.

Él mordía, succionaba. La penetró en misionero, lento al principio.

— Acelerá, cogeme fuerte.

Él obedeció, martillando.

— Te voy a llenar la concha de leche.

Lisa se corrió, arañándolo.

Salió y vio a una pareja: él y ella, los dos lindos.

— Unite —la invitaron.

Lisa aceptó. La mina la besó mientras el tipo las tocaba.

— Chupale la concha a mi mujer —ordenó él.

Lisa lo hizo, saboreando. Después él la cogió por atrás mientras ella lamía.

— ¡Qué trío delicioso!

Orgasmos en cadena.

Al día siguiente, en el gym, Martín la vio.

— Parecés cansada. ¿Noche larga?

Ella guiñó:

— Vos sabés.

En el vestuario, rápido: él la cogió contra los lockers.

— Rápido, antes que vengan.

La verga entraba y salía, mojada.

— Acabá adentro, llename.

La familia armó una intervención: padres, hermanos, en el living de Lisa.

— Esto tiene que parar. Volvé con Andrés.

Ella los miró fijo:

— No. Estoy viviendo. Si no les gusta, rajen.

Se fueron horrorizados, murmurando «pecadora».

Lisa escribió más: un diario erótico que pensaba publicar. Detalles explícitos: «Su verga me partía la concha, mientras yo gemía como perra en celo». Ganó otro premio.

Tiempo después: la familia casi la perdonó, Andrés estaba feliz con Mariana, y ella cada tanto hablaba con él. La última vez le ofreció, que cuando se casaran, ser madrina de la boda.

— ¿Cómo no serlo? Gracias a ese affaire encontré mi vida.

FIN