Fantasías sexuales de españolas 2 (Vicky 3) XIV
Alba siempre tuvo lo que quería, pero le faltaba lo que su hermana ya tenía. Ahora, sentada en la cama de al lado, no solo mira; respira cada jadeo, cada espasmo, cada gota de sudor. Y cuando el placer se vuelve demasiado intenso para soportarlo sola, decide intervenir.
Un buen día sucedió algo que lo cambió todo. A todos nos extrañaba que el Mode aún no se hubiera enrollado con Alba. Lo tenía tan a huevo que nadie se explicaba que hacía que aún no le había metido mano. Yo era de su círculo íntimo de manera que no tardé en preguntárselo a las claras. Podíamos hacer dos buenas parejas saliendo juntos. Entonces él me confesó algo que me dejó de piedra. Por supuesto que Alba estaba buenísima y deseaba follársela, pero desde hacía un tiempo Paqui le llamaba la atención, no hacía más que pensar en ese culazo y que casi lo ponía más cachondo que Alba. Que, de hecho, durante un tiempo pensó en tirarle los tejos a ella en vez de la hermana, pero como al final era yo por quien sabía decidido ella, se le había cortado un poco el rollo y que ahora no sabía si salir con Alba o no, porque le daba un poco como de mal rollo después de haberle echado el ojo a Paqui. Debo reconocer que para mí supuso todo un chute de euforia saber que por una vez yo le había ganado la partida a mi amigo, el que era objeto de deseo de tantas chavalas, pero lo conocía bien y no me parecía motivo suficiente como para no quisiera salir con Alba. Otras veces había estado pillado por otras chicas (incluso más que con Paqui, que en este caso era más bien una fijación con su trasero) y a pesar de ello no le había hecho ascos a salir con otras chavalas. El motivo real como me comentó más tarde y según le pudimos sacar los amigos, es que Alba era demasiado cercana, vivía en la misma calle, las madres se conocían, aunque no alternaban porque la madre de Mode era demasiado pija y clasista, aunque como mujer bien educada saludaba a todo el mundo con cordialidad. Mode era consciente de que con aquella niña no podía jugar porque las familias estaban demasiado próximas y porque una vez que se hiciera ilusiones Alba, no iba a resultar nada sencillo quitársela de encima.
A pesar de todo dio el paso y finalmente empezaron a salir juntos. Todavía tenía reparos así que fue con cuidado con ella, sin insistir y sin tratar de presionarla en el tema sexual. Eso le dio la falsa confianza a Alba de que ella controlaba la situación, bien aleccionada por su madre de que con un chico que era tan buen partido, debía comportarse como una señorita y no como una fulana. Mentalidades de la época y también mentalidades de gente clasista con ínfulas de subir de nivel social. De esa manera estaban las cosas cuando todo se fue al carajo. La madre de Alba y Paqui cometió la imprudencia de dirigirse con demasiada familiaridad a la del Mode un día que se encontraron por la calle a solas. Los chicos llevaban ya un mes saliendo los fines de semana y ella había dado por supuesto que la relación era oficial. Como buena aspirante a pija, se tomó ciertas confianzas y se dio unos aires que la madre de Modesto, por el contrario, entendió que no le correspondían. Ignorante de que su hijo salía con Alba, no le agradó ni la familiaridad con la que la otra la trató, ni mucho menos enterarse de esa forma que su hijo y la vecina estaban juntos. Ella sabía que salían en la pandilla y en el grupo de amigos pero en ningún momento supuso que se veían a solas. Para ella fue una sorpresa que recibió de la forma más desagradable: con una vecina que consideraba de inferior categoría social guiñándole el ojo y tratándola como si ya fueran familia. Así que respondió y no precisamente como la madre de Alba esperaba, si no poco menos que diciéndole que era una mentirosa y que ya hablaría ella con su hijo.
La bronca no tardó en caerle al Mode. Una cosa es que hiciera el ganso con chicas de su clase social y que además no eran cercanas, y otra muy distinta tontear con la vecina. Le preguntó si realmente iba en serio y le dijo que lo tuviera claro porque ya estaba harta de sus tonterías. Alguno de sus devaneos con las chicas podían salir mal y ella no estaba dispuesta a que nadie le pusiera la cara coronada y menos aún en el barrio. Demasiado para el Mode que lógicamente no pudo afirmar que fuera en serio con esta chica y mucho menos, estar dispuesto a pelear por su derecho a salir con ella. De modo que la cosa quedó en dos madres que no se hablaban y que miraban para otro lado al cruzarse, y en que Alba se quedó compuesta y sin novio ante la huida del Mode, que decidió seguir pescando en caladeros más seguros y menos problemáticos.
A ver, que no es que Alba estuviera enamoradísima, pero lo cierto es que se había hecho ilusiones, se había montado ya su propia película y esto la decepcionó bastante. Fue un golpe a su orgullo. Volvió entonces a refugiarse en su hermana. Aunque de caracteres distintos, las dos eran bastante inseparables y ahora la tenía yo encaramada cada vez que salíamos juntos. Iba con nosotros a casi todas partes.
Otro efecto secundario que tuvo el asunto y que no fue bueno para mí, es que ahora que su hija favorita había pinchado en hueso, la madre empezó a prestarle más atención a Paqui y a estar más encima de nuestra relación. Volvía a ser la madre controladora y manipuladora que reprimía a las niñas, no fuera a ser que cometieran un desliz. De alguna forma intuyó el tema del piso de su hermano y pasó a custodiar las llaves. No pudimos averiguar si porque sabía algo o simplemente como medida preventiva, pero era una forma de ponernos sobre aviso de que cualquier día se podía presentar allí sorpresivamente, por lo cual Paqui decidió que no nos debíamos arriesgar y se nos acabó el chollo.
No sé por qué los chicos damos por supuesto que una chavala guapa y hermosa, como era el caso de Alba, está tan harta de pretendientes que se vuelve fría y apática en el sexo. Esta aparente indolencia no se correspondía con la realidad, era solo fachada para ocultar su decepción con el tema del Mode. La aparente desgana con que se conducía después del episodio y el cabreo en general con los hombres, sólo eran una tenue patina con la que se envolvía: por dentro la sangre realmente le hervía. Yo era un poco ajeno al principio y no me di cuenta hasta más tarde, pero su hermana estaba al tanto de todo, la comunicación entre ambas era fluida y Paqui era consciente de que las ganas que le había puesto la chica a esa relación iban más allá de formalizar un noviazgo. Paqui le había contado todo lo que hacíamos con pelos y señas: como disfrutaba conmigo, como había perdido su virginidad, como a cambio había ganado un amante y un placer que era mucho mejor de lo que ella imaginaba. Que todas las historias que les había contado su madre acerca de los hombres que se querían aprovechar para usarlas para su placer eran gozosamente ciertas, porque al contrario de lo que les había dicho, también ella disfrutaba del sexo crudo y supuestamente sucio. Así que Alba se iba cociendo a fuego lento porque tras ese aspecto de niña buena y formal, no solo se veía ya de novia del Mode, sino que se sentía recorrida por sus manos, por su boca y penetrada por su pene haciendo suyas las experiencias de su hermana. Por muy buena que estuviera y por mucho que estuviese rodeada de chicos y deseara abrirse al mundo del placer sexual, la férrea determinación de reservarse para un buen partido le había sido inculcada a fuego por su madre. En el fondo envidiaba a su hermana que ya podía disfrutar y que había conseguido imponer a su progenitora el novio que le gustaba y no el que querían para ella. Le había torcido el brazo a su madre y había conseguido que me aceptara a pesar de no ser de una familia pudiente, pero mis credenciales de chico serio, trabajador, que se había sacado sus estudios y que preparaba oposiciones a la vez que trabajaba, le habían convencido de que no era mal mala opción para su hija. Y en todo caso, Paqui estaba decidida así que la madre decidió no dar la batalla.
Otra cosa es que nos diera vía libre porque para ella las apariencias contaban y mucho. Así que sucedieron dos circunstancias que más adelante tuvieron consecuencias. Alba se quedaba con las ganas y no entendía demasiado cómo es que siendo ella una de las guapas oficiales del barrio, no podía disfrutar precisamente por eso del sexo. Debería haber sido la primera en echarse novio pero, desgraciadamente, conjugar un buen partido con un buen disfrute no resultaba tan fácil como ella creía. La segunda circunstancia es que se convirtió en nuestra carabina. Iba a todos lados con nosotros, en teoría para disuadirnos y para estorbar cualquier plan íntimo que tuviéramos, pero lo cierto es que resultó ser todo lo contrario. La complicidad con su hermana era tal, que lo que hacía era cubrirnos frente a su madre y vigilar que no nos pillaran cuando estábamos en faena, que era siempre que podíamos. Ya no eran solo los detalles íntimos que su hermana le contaba en total confianza y que hacían que su joven cuerpo se rebelara reclamando atención propia, era que a veces estaba presente cuando empezábamos con nuestras caricias y besos, que nos oía en la habitación que ambas compartían cuando nos metíamos allí a tener sexo, que a veces asomaba la cabeza para indicarnos que llevábamos ya mucho tiempo y que su madre podía estar a punto de volver, o que estábamos haciendo demasiado ruido y durante unos segundos se recreaba en nuestros cuerpos tensos, acalorados, sudorosos, fijándose sobre todo en mí. En alguna ocasión incluso retardando su salida lo suficiente como para poder atisbar mi sexo, para ver cómo nos acariciábamos o fijarse muy detenidamente en qué hacíamos cuando yo estaba sobre ella o ella montada sobre mí. Rebosaba curiosidad y deseo.
Ni Paqui ni yo éramos tan tontos como para no darnos cuenta de lo que sucedía, teníamos ya la suficiente confianza como para hablar abiertamente de estos temas y, era curioso, pero aquello no nos molestaba, más bien al contrario, nos satisfacía aportándonos un cierto morbo exhibicionista.
- Tu hermana creo que se pone cachonda viéndonos - espeté un día a Paqui poniendo el tema sobre la mesa y poniéndole voz a lo que los dos sabíamos sin habérnoslo dicho.
- A ver, la pobre, también le gustaría tener a alguien.
- Pues en su caso lo tiene facilísimo: puede tener a cualquier chico del barrio.
- No, no es tan fácil - me contestó - Para ella no.
Ambos sabíamos a qué circunstancias se refería.
- ¿Te molesta que mire? si quieres le puedo decir que...
- No me molesta. Al principio me resultaba un poco incómodo o más bien desconcertante, pero mientras yo pueda tenerte a ti no me importa que mire.
- Yo creo que hasta te gusta un poco ¡vamos, confiésalo! te pone tener público.
En ese momento no pude evitar una sonrisa azorada, la verdad es que no podía negarlo. Poder acostarme con Paqui ya era un puntazo. Que alguien nos viera a disfrutar era algo que me motivaba y me empoderaba. Que otros pudieran observar cómo apretaba esos pechos, como le comía esos labios, como hacia mío ese culo, era un auténtico chute para mi autoestima y también para mi vanidad. Raras veces podía ver ésta satisfecha y eso me aceleraba. Pero que además fuera su hermana, creaba un punto de morbo muy, muy especial.
- Pues creo que a ti también te gusta. Lo he notado.
- Lo cierto es que le da un punto picante al asunto ¿verdad?
Yo pensé en ese momento que era porque tenía confianza con ella y se trataba de su hermana, a quien estaba muy unida, que igual si se tratara otra persona distinta o incluso alguien desconocido, a ella ya no le gustaría tanto y se cortaría. Más adelante saldría de mi error.
Tras esta conversación (que seguramente Paqui trasladó a su hermana), Alba interpretó que tenía carta libre para ser más osada. Su propio morbo y curiosidad la empujaban a ser más atrevida y nuestra colaboración y aceptación la impulsaban a ser más descarada. Nos acostumbramos a ese juego hasta que un día las dos hermanas me sorprendieron con un acuerdo que ya tenían hablado. A Alba le parecía poco lo que veía y a Paqui no le importaba enseñar más. Se sentía cómoda conmigo, orgullosa y necesitaba demostrar lo que tenía. Deseaba enseñar su disfrute a quien solo podía hacerlo, porque solo había una persona con la que tuviera esa confianza. La necesidad de mirar y el gusto de enseñar encontraron su punto de confluencia y un buen día en que teníamos la oportunidad una vez más de quedarnos solos en casa de mi novia, ella me preguntó:
- ¿Te importa que mire?
Yo me encogí de hombros pensando que se refería a las visitas que nos hacía, generalmente cuando ya habíamos acabado.
- Sabes que no.
Ella se revolvió un poco melosa, acariciándome el pecho.
- Me refiero a que lo haga desde el principio: quiere verlo todo…
Yo me giré hacia a Alba y ella me devolvió la mirada con una sonrisa que me costó interpretar. Todavía no tengo claro si me estaba animando a decir que sí, si se mostraba ilusionada para cumplir su fantasía de vernos follando o simplemente era una sonrisa boba y estúpida de circunstancias que compuso porque no sabía que otra cosa hacer. El caso es que funcionó porque yo contesté a Paqui:
- Si a ti no te importa a mí tampoco.
Nos fuimos al cuarto que compartía con su hermana. Ella ocupó su cama, sentada, con los pies cruzados y la espalda apoyada en la pared, tratando de pasar desapercibida, quieta como la estatua del perro de porcelana que tenían a la entrada de casa. Pero era imposible ignorar su presencia. Esa cama que siempre nos servía para dejar la ropa mientras nosotros nos solazábamos, ahora tenía un habitante. En todo momento había primado la ausencia de su dueña, pero ahora ella estaba ahí, seria, expectante, diríase que formal. Paqui me atrajo hacia sí y me besó para que dejara de mirarla en un vano intento por hacer que me olvidara de su presencia. No me costó centrarme de nuevo en su boca, en su cuello, en acariciar sus pechos, en besarlos, en descender con mis labios dejando un rastro húmedo por su vientre, en enterrarme entre sus piernas. Solo repetía movimientos, gestos, caricias muchas veces ensayadas que ya sabía que con ella funcionaban. Mi propósito número uno con Paqui nunca era satisfacerme, sino satisfacerla a ella en primer lugar y yo sabía lo que le gustaba. Así que actué mecánicamente. Dejándome llevar como si tocara una melodía mil veces ensayada, como si mis dedos, mi boca, mi cuerpo se la supieran ya de memoria y lo hicieran por inercia. Pude observar a Alba meter la mano bajo su falda. Se estaba acariciando. La cara seria y rígida se fue descomponiendo poco a poco mientras sus labios se entreabrían, sus fosas nasales se ampliaban para admitir más aire y sus ojos bizqueaban un poco. Para cuando me quité la ropa y saqué a relucir mi pene erecto, su respiración se convirtió en jadeo. Los ojos le brillaron cuando Paqui me devolvió las caricias. Su mano se movía más rápido entre las piernas y creo que estuvo un par de veces al borde del orgasmo pero se detuvo. Cuando me sitúe entre los muslos de su hermana y la penetré, comenzando un suave vaivén de forma que mi polla entraba hasta el final y volvía a salir, sus jadeos se convirtieron en gemidos que se mezclaron con los de Paqui.
Yo estaba muy excitado, tan excitado que no podía correrme, me había bloqueado. Eso me permitió aguantar hasta que Paqui obtuvo su orgasmo como tantas otras veces, como si no hubiera nadie más allí, como si no le importara lo más mínimo que su hermana nos observara. Más bien al contrario, fue como si aquello fuera un aliciente para hacerla llegar antes. Alba era más guapa, tenía mejor tipo, era la favorita de su madre, pero la que estaba ahora mismo disfrutando, la que poseía a un amante que la llenaba por completo y que la hacía feliz, era ella. Me di cuenta que la embargaba un sentimiento de superioridad, de felicidad, porque en ese momento ella se sentía al centro de aquel triángulo. Un momento que fue rubricado con un orgasmo intenso. Empujé hacia el fondo y me quedé muy dentro de ella mientras su vagina se contraía en espasmos de placer. Yo sabía que le gustaba que la dejara allí, sin meterla y sacarla, presionando muy fuerte porque así su orgasmo era más intenso, de manera que aguanté. Cuando ella terminó se me quedó mirando con ojos vidriosos y luego miró a su hermana. Ella seguía masturbándose. La braga le estorbaba así que levantó las rodillas y aupándose un poco sobre los talones, se deshizo de ella. Pude ver fugazmente un coñito rubio antes de que bajara la falda y volviera a meter la mano. Paqui me apretó contra sí misma, me besó me mordió a su vez en el cuello invitándome a terminar yo también. Pero lo cierto es que mi mente no acababa de estar donde debía y eso a Paqui no le pasaba desapercibido. Me sentía inquieto, desconcentrado, descolocado quizás. Entonces ella me dijo:
- Cierra los ojos.
La obedecí. Sus labios me buscaron, la noté intercambiar su aliento, me metió la lengua buscando la mía cuando normalmente era al revés. Su vagina se contraía de nuevo, esta vez no como consecuencia de su propio placer, sino que conseguía hacerlo a voluntad para darme placer a mí. Nuestros corazones se juntaban en un solo latido y nuestras respiraciones seguían mezclándose. Consiguió lo que buscaba: hacerme olvidar que su hermana estaba allí. Pude recuperar el control, el bloqueo se fue deshaciendo y finalmente empecé a follarla con intensidad hasta que me corrí.
Justo cuando eyaculaba llenando el condón de esperma, oí a Alba romperse en un gemido prolongado. Sólo la escuché, porque mis ojos permanecían cerrados y mis sentidos, aunque a flor de piel, seguían concentrados en el cuerpo húmedo y palpitante de mi novia. Me dejé caer sobre ella aplastándola con mi peso mientras cerraba sus muslos contra mis caderas y me abrazaba fuerte. Nos gustaba terminar de esa forma, quedándonos acoplados un rato.
Cuando abrí los ojos me costó enfocar y no pude evitar girar un poco la cabeza. La estampa era la de Alba abierta de piernas con la falda levantada. Esta vez sí, los dedos de la mano derecha brillantes de flujo y su coñito rubio con los labios menores despegados dejando ver un interior rosa. Me llamó la atención porque me pareció una vulva estrecha pero muy alargada. La de Paqui era ancha y abultada y, no sé por qué, había supuesto que el suyo sería igual, pero en rubio. Sin embargo, era más bien una línea en la que sobresalían los labios mayores pero el monte de Venus era casi recto, sin protuberancias, y la raja que de allí partía continuaba uniéndose con la del trasero como si no hubiera solución de continuidad en un solo canal.
Los tres respirábamos jadeando, yo por el orgasmo recién obtenido, Alba igual, Paqui quizás por mi peso sobre ella.
“Ahora ¿Qué?” parecíamos preguntarnos sin decir nada. Y entonces nos dio la risa. La situación un poco cortante provocaba una tensión que flotaba en el ambiente, porque ninguno habíamos previsto qué sucedería una vez calmados nuestros apetitos, que sentimientos nos sorprenderían, si de vergüenza, si de morbo, si de arrepentimiento, si de enfado… pero todo eso se disolvió afortunadamente en el mejor diluyente que hay: la risa. Comenzó con una sonrisa que derivó en un gorgoteo, que rápidamente nos contagiamos unos a otros y que se transformó en carcajadas. Estuvimos así un buen rato y fue nuestra forma de conjurar cualquier sentimiento de malestar o culpabilidad por lo sucedido. Luego, Alba se incorporó. Ya de pie, volvió a ponerse las bragas regalándome otra breve visión de su sexo y con ese aire infantil de chica traviesa, salió diciéndonos algo así como “os dejo solos”.
Paqui y yo nos buscamos abrazándonos, no tanto porque tuviéramos ganas de un segundo asalto en ese momento, sino porque necesitábamos estar el uno junto al otro, saber que todo estaba bien entre nosotros.
- ¿Qué ha pasado aquí? - le pregunté.
- Ella quería verlo. Está deseando hacerlo y se ha llevado un disgusto muy gordo con lo de Modesto.
- ¡Venga ya! tu hermana puede hacerlo cuando quiera.
- Cuando quiera sí, pero no con quien ella quiera. No tiene la suerte que yo.
Yo siempre procuraba decirle cosas bonitas, a mi novia le gustaba saberse querida, amada, deseada, pero no era habitual que los piropos fueran en dirección contraria. Paqui tenía otras formas de demostrar que me quería así que aquello me impactó. La hice darse da la vuelta y la besé. La besé como solo puede besarte quien te ama y ella lo notó. No era un beso de lujuria ni de pasión, era uno de esos besos que sellan compromisos para toda la vida. Instantáneamente mi falo respondió irguiéndose de nuevo ¡Benditos dieciocho años en los que el cuerpo responde una y otra vez al reclamo del deseo sin apenas necesitas descanso!
Paqui se montó a horcajadas sobre mí y se la volvió a introducir, esta vez a pelo. Era capaz de encadenar más de un orgasmo y me cabalgó con furia, excitada y satisfecha de detenerme ahora solo para ella.
- Avísame si te vas a correr - fueron las últimas palabras que sus labios fueron capaces de enhebrar antes de comenzar de nuevo a jadear. Yo no pude evitar pensar que Alba se estaba perdiendo una escena bastante mejor que la anterior. Ahora sí éramos ya nosotros dos: este fue un polvo mucho más genuino.
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