Zurracapote y Neón: El Secreto de Oteruelo
El silencio del pueblo abandonado solo se rompe con el crujir de los neumáticos y los gemidos que nadie escuchará. Mientras la noche riojana los envuelve, la línea entre la amistad laboral y el deseo prohibido se desvanece, dejando lugar a una fantasía que ninguno de los tres podría haber imaginado sola.
El aire que entraba por las ventanillas del coche de Juan todavía olía a las fiestas de Alfaro. Atrás dejábamos las peñas, el estruendo de las charangas y ese sabor dulzón y traicionero del zurracapote que habíamos bebido en porrón. Susana iba en el asiento de atrás, riendo por nada, con las mejillas encendidas y ese brillo en los ojos que yo conocía tan bien: el brillo de niña traviesa que empezaba a despertar.
Juan conducía relajado, comentando cosas del trabajo, hasta que en mitad de la oscuridad de la nacional, unas luces de neón rosa y azul empezaron a iluminar el asfalto. Era uno de esos clubes de carretera, un oasis de pecado en mitad de la carretera riojana.
—¿A que no hay huevos de entrar? —soltó Juan de broma, mirando por el retrovisor.
Susana se incorporó, apoyando los codos en el respaldo de nuestros asientos. El escote de su camiseta blanca, algo húmedo por el calor de las fiestas, se entreabrió dejando ver el inicio de sus pechos.
—¿Yo? ¿En un sitio de esos? —dijo ella con una sonrisilla desafiante—. Jamás he pisado uno.
—Venga, Susana —piqué yo, dándome la vuelta para verla—. Con tu marido y un amigo de confianza, ¿qué te va a pasar? Es solo curiosidad antropológica... o a lo mejor es que te da miedo lo que puedas ver allí dentro.
Esa fue la palabra mágica: miedo. Susana no le tiene miedo a nada cuando el alcohol le recorre las venas y yo estoy a su lado.
—¡Para el coche, Juan! —exclamó ella con una carcajada—. Vamos a ver qué se cuece ahí dentro.
Juan frenó con un chirrido de neumáticos y metió el coche en el aparcamiento de grava. Mientras caminábamos hacia la puerta, yo sentía una presión excitante en el pecho. Sabía que entrar en ese ambiente de sexo pagado y mujeres exuberantes iba a disparar la libido de Susana. Ella, la "hembra normal", la esposa educada, iba a entrar en el templo del vicio de la mano de dos hombres.
Al cruzar el umbral, el olor a tabaco, perfume barato y whisky nos golpeó de lleno. La luz era escasa, solo interrumpida por los destellos de la pista. Susana se pegó a mi, intimidada al principio, pero noté cómo sus dedos apretaban mi brazo con fuerza. Estaba excitada. Muy excitada.
Pedimos unas copas en la barra. El ambiente era denso, cargado de esa mezcla de expectación y deseo prohibido. Nos sentamos en unos sofás de escay desgastado en un rincón algo apartado. Juan y yo flanqueábamos a Susana, que no paraba de observar cada detalle con los ojos como platos. Algunas de las chicas del local nos miraron de reojo; sus ojos expertos detectaron enseguida que no éramos clientes habituales. Al ver a Susana allí, sentada entre nosotros con su frescura de mujer "normal" y su camiseta blanca de fiestas, prefirieron no acercarse. Quizás pensaban que éramos policías de paisano o simplemente que no tenían nada que hacer contra la belleza natural de la mujer que nos acompañaba.
—Esto es... diferente a como lo imaginaba —susurró Susana, dándole un trago largo a su copa. Noté cómo su rodilla rozaba la mía con nerviosismo.
En un momento dado, Susana se levantó para ir a los aseos. Juan y yo nos quedamos en silencio, siguiendo con la mirada el vaivén de sus caderas mientras se alejaba. Juan dio un trago seco a su whisky, sin decir palabra, pero su respiración se había vuelto más pesada.
Cuando Susana regresó, no venía sola. Salió de la zona de los baños charlando animadamente con una de las chicas del club, una morena de curvas explosivas y mirada cansada. Se habían hecho "confidencias" de camino al espejo. Susana se acercó a nosotros con una sonrisa triunfal, presentándonos casi como si estuviéramos en una reunión social.
—Le he dicho que tú eres mi marido —me dijo— y que Juan es un compañero tuyo de trabajo.
La chica del club, ni corta ni perezosa, se inclinó hacia Juan, dejando que su escote rozara casi su hombro.
—¿Y el compañero no querrá subir un rato conmigo mientras los casados terminan sus copas? —le soltó con voz melosa.
Juan la miró de arriba abajo, pero sus ojos volvieron rápidamente a Susana, que lo observaba con una curiosidad morbosa, relamiéndose los labios. El rechazo de Juan fue inmediato y tajante.
—No, gracias —dijo Juan con la voz un poco seca—. Nos vamos ya.
Terminamos las copas de un trago. Susana parecía encantada con la situación, con ese poder que acababa de descubrir: la chica del club no había podido competir con ella. Salimos al aparcamiento de grava, y entramos al coche para retomar la carretera hacia Logroño...
Salimos del club y el aire fresco de la noche riojana nos golpeó la cara, pero no sirvió para enfriar lo que se había encendido allí dentro. El motor del coche de Juan volvió a rugir mientras enfilábamos la carretera de vuelta hacia Logroño. El silencio en el habitáculo no era incómodo, era un silencio cargado, espeso como el humo del local que habíamos dejado atrás.
Susana se había sentado otra vez atrás, pero esta vez iba más inquieta. El encuentro en los aseos con aquella chica la había dejado un poco cortocircuitada.
—Juan... —dijo Susana rompiendo el silencio, con esa voz un poco más grave por el alcohol y la excitación—. ¿Por qué le has dicho que no a esa chica? Era guapísima.
Juan apretó el volante. Yo le miraba de reojo desde el asiento del copiloto. Sus nudillos estaban blancos.
—No me apetecía una puta cualquiera, Susana —respondió él sin apartar la vista de la carretera— Prefiero mujeres normales, jajaja.
Yo sonreí en la oscuridad. El juego había empezado. La apuesta del club había servido para que Juan dejara de ver a Susana solo como "la mujer de su compañero". Ahora, bajo las luces de los cuadros de mandos del coche, sentí que ella era su objetivo.
—¿Ah, sí? —replicó ella, echándose hacia delante, invadiendo el espacio entre los dos asientos delanteros—. ¿Churri, te pongo más yo que las del club? —dijo dirigiéndose a mi.
Noté cómo el coche dio un pequeño bandazo. Juan estaba perdiendo la compostura. El olor de Susana, ese perfume mezclado con el rastro del zurracapote y el sudor de las fiestas, llenaba el coche. Yo, como marido, como el "Jorge" que piensa en sus fantasías con Susana, intenté cambiar de tema.
—Venga, Juan, pon algo de música —dije con un tono tranquilo—.
Juan no respondió. En lugar de seguir recto hacia Logroño, giró el volante con decisión y tomó una salida secundaria. El asfalto perfecto de la nacional dio paso a una carretera más estrecha, flanqueada por campos de viñedos que parecían sombras en la noche. Cruzamos uno o dos pueblos pequeños, dormidos bajo la luz de las farolas amarillentas, pero Juan no paró.
—¿A dónde nos llevas, Juan? —pregunté yo, aunque en el fondo sabía que nos estaba conduciendo directos al corazón de la fantasía.
—A Oteruelo —respondió él, con la vista fija en la carretera que empezaba a empinarse—. Es un pueblo abandonado. Quiero enseñaros algo.
Susana, en el asiento de atrás, se quedó callada un momento. Noté cómo se asomaba por la ventanilla, viendo cómo las casas habitadas quedaban atrás. El misterio del lugar, sumado al alcohol y a lo que habíamos vivido en el puticlub, terminó de encenderla.
—¿Un pueblo abandonado? —repitió ella con un hilo de voz—. Allí no habrá nadie, ¿verdad?
—Nadie, Susana —dijo Juan, y esta vez su voz no tembló—. Solo nosotros tres.
El coche empezó a traquetear por un camino de tierra. Las luces largas del coche iluminaban fachadas de piedra derruidas, ventanas que parecían cuencas vacías y calles invadidas por la maleza. El silencio de Oteruelo era sepulcral, solo roto por el crujir de la grava bajo los neumáticos. Juan detuvo el motor cerca de lo que parecía la antigua plaza del pueblo.
La oscuridad se tragó el coche de golpe. Solo quedaba el calor que desprendíamos nosotros tres dentro del habitáculo.
—Ya estamos —susurró Juan.
Me di la vuelta para mirar a Susana. En la penumbra, su camiseta blanca parecía brillar. Se había soltado el pelo y su respiración era rápida, entrecortada. Sabía que la idea de estar en un sitio muerto, donde nadie podía oírnos, la estaba volviendo loca de deseo.
El silencio de las ruinas de Oteruelo nos envolvía como una mortaja, pero dentro del coche el aire quemaba. Miré a Susana y vi en sus ojos que estábamos pensando en lo mismo: esa fantasía de nuestra intimidad donde tantas noches, bajo la luz tenue de nuestra habitación, yo la penetraba con el dildo mientras le susurraba que aquel no era yo. Que imaginara a otro hombre tomándola, un extraño, un compañero... alguien que la usara a su antojo.
Y ahora, la fantasía tenía nombre. Se llamaba Juan.
—Sé en qué estás pensando, cariño —le dije con voz muy baja, casi un susurro que Juan también podía oír—. Estás pensando en lo que te decía al oído... en que hoy el dildo no haría falta.
Susana soltó un gemido ahogado y se mordió el labio inferior, clavando sus ojos en la nuca de Juan. Él permanecía inmóvil, agarrando el volante, pero supe que estaba escuchando cada palabra, sintiendo cómo el ambiente se volvía irrespirable.
—Juan —dije yo, apoyando una mano en su hombro—, te voy a hacer una confidencia pero que no salga de aquí, ¿sabes que a Susana le encanta que le cuente fantasías en que otros hombres la follan? A veces jugamos a que tú, o cualquiera de la oficina, entra en nuestra cama y la hace suya mientras yo miro o participo también.
Juan tragó saliva. El sonido fue nítido en el silencio del pueblo abandonado. Lentamente, soltó el volante y se giró hacia atrás, hacia donde Susana esperaba con las piernas ligeramente abiertas y la respiración desbocada.
—¿Es eso verdad, Susana? —preguntó Juan, con una voz que era puro instinto animal.
—“Tengo mucho corte ahora mismo, Juan...” —respondió ella, alargando una mano para coger la mía—. “Y a veces no quiero solo imaginarlo. A veces quiero probarlo”.
En ese momento, Susana se echó hacia atrás en el asiento, subiéndose la camiseta blanca hasta dejar sus pechos a la vista, desafiando a Juan en la penumbra.
—“También tengo mucho calor ahora mismo, me voy a quedar en topless como en la playa, ¿te gustan mis tetas, Juan?
Yo me acomodé en el asiento del copiloto, sintiendo cómo mi propia excitación subía por las nubes. Estaba a punto de ver cómo mi mujer se entregaba a mi compañero en el sitio más desolado y libre del mundo.
Juan se quedó petrificado, con la mirada clavada en la piel morena de Susana que resaltaba sus ojazos en la oscuridad. El silencio de las ruinas de Oteruelo parecía amplificar el sonido de nuestras respiraciones. Juan estiró una mano, dudando por un segundo, hasta que sus dedos rozaron casi con miedo el borde del asiento de atrás.
—Son... son preciosas, Susana —logró decir Juan con un hilo de voz, mientras su mirada bajaba de sus ojos a sus pechos—.
Susana soltó una risita nerviosa, esa que mezcla la vergüenza con la excitación más pura. Me apretó la mano con fuerza, buscando mi aprobación, y yo le devolví el apretón, dándole vía libre.
—“No te cortes, Juan” —le dije yo, con una calma que contrastaba con mi pulso acelerado—. “Tócalas. Siéntelas. Comprueba si son tan suaves como parecen”.
Juan no necesitó que se lo dijera dos veces. Alargó el brazo y su mano envolvió uno de los pechos de Susana. Ella arqueó la espalda hacia atrás, cerrando los ojos y dejando escapar un suspiro largo, mientras sus pezones se erizaban bajo el tacto rudo y ansioso de mi compañero. El contraste era brutal: la mano de Juan, acostumbrada a manejar planos y teclado, ahora se perdía en las tetas de mi mujer.
—¡Dios, Juan! —exclamó ella, echando la cabeza hacia atrás—. Tienes las manos ardiendo...
En ese momento, Susana ya no era la farmacéutica educada de Logroño, ni la esposa perfecta; era la "hembra" de nuestras fantasías, entregada al juego. Se desabrochó el botón de su pantalón corto, dejando que la cremallera cediera, y miró a Juan con un desafío total.
—¿Sabes qué más me imagino, Juan? —susurró ella, mientras su mano libre empezaba a bajar por su propio vientre—. Me imagino que hoy no vas a ser un caballero. Me imagino que me vas a tratar como a una de esas chicas del club... pero con el derecho que te da ser nuestro amigo y que nada de lo que pase hoy aquí va a salir de tu boca, será nuestro secreto.
Juan soltó el volante definitivamente y, con un movimiento ágil, se pasó al asiento de atrás. El coche se balanceó bajo su peso. Yo me giré por completo en el asiento del copiloto, con los ojos muy abiertos, dispuesto a no perderme ni un solo detalle de cómo mi compañero empezaba a devorar a mi mujer en mitad de la nada riojana.
El espacio en el asiento trasero se volvió pequeño, asfixiante, cargado de un deseo que llevaba meses gestándose en la oficina y que el zurracapote había terminado de desatar. Juan, ya instalado frente a ella, no perdió el tiempo. Sus manos, antes dubitativas, se volvieron posesivas. Una de ellas bajó con urgencia hacia la cremallera abierta del pantalón de Susana, mientras la otra se enterraba en su pelo para atraer su boca hacia la suya.
Yo, desde el asiento del copiloto, era el espectador de honor. Ver a mi compañero de trabajo, abalanzarse sobre los pechos desnudos de mi mujer bajo la luna de La Rioja era una imagen que superaba cualquier fantasía con el dildo.
—¡Oh, sí... Juan! —gimió Susana cuando la mano de él se hundió por fin bajo su ropa interior—. Así... no te detengas.
Susana se retorcía bajo él, buscando el contacto de esa piel extraña, disfrutando de la rudeza de un hombre que no era su marido pero que tenía mi permiso total. Juan empezó a besarle el cuello, bajando con hambre hacia sus pezones erizados, mientras ella buscaba mi mirada en la penumbra. Sus ojos brillaban, pidiéndome que no apartara la vista, que viera cómo se entregaba.
—Mira cómo me pone, Jorge... —susurró ella,—. Mira lo que me está haciendo tu amigo...
Juan se detuvo un segundo, jadeando, para mirarme. Su rostro era una máscara de lujuria pura.
—¿Seguro que no te importa, tío? —preguntó, aunque su mano seguía trabajando con ritmo frenético entre las piernas de Susana.
—No solo no me importa, Juan —respondí yo, acomodándome para ver mejor cómo la humedad de Susana empezaba a manchar los dedos de mi compañero—. Me encanta. Quiero que la pongas a mil. Quiero que cuando volvamos a Logroño, ella llegue bien follada a casa.
Aquello disparó la acción. Juan terminó de quitarle los pantalones con un tirón decidido, dejando a Susana totalmente expuesta en el asiento de atrás. Ella separó las piernas al máximo, apoyándolas en los respaldos, ofreciéndose sin reservas mientras el silencio del pueblo abandonado se llenaba con el aroma húmedo de sus cuerpos.
Susana, con una determinación que me dejó atónito, le hizo una señal a Juan para que saliera del coche. Él obedeció, bajándose con los pantalones por las rodillas y quedándose de pie junto a la puerta abierta, su silueta se veía recortada contra las ruinas del pueblo. Susana se deslizó hacia el borde del asiento, sacando sus piernas hacia fuera, y sin dudarlo un segundo, agarró el rabo de Juan. Tenía una presencia imponente, firme y palpitante.
Desde mi posición en el copiloto, yo tenía una vista privilegiada. Vi cómo Susana se inclinaba hacia delante, dejando que su pelo cayera sobre sus hombros, y cómo sus labios carnosos se abrían para recibirlo. Cuando empezó a chupársela, el sonido de los chupetones rompió el silencio sepulcral de Oteruelo.
—¡Dios, Susana! —exclamó Juan, echando la cabeza hacia atrás y apoyando las manos en el techo del coche para no desplomarse—. ¡Cómo la mamas...!
Ella no se detenía. Se deleitaba con cada centímetro, centrando toda su atención en el capullo, saboreando a mi compañero con una entrega animal. Yo sentía mi propia excitación a punto de estallar: ver a mi mujer, la farmacéutica de mirada dulce, convertida en esa hembra insaciable que devoraba a mi amigo a pocos centímetros de mí, era el mejor regalo que ni la tómbola de las fiestas nos había podido dar.
Susana levantó la vista un segundo hacia mí, con los ojos vidriosos y las mejillas encendidas, sin soltar la polla de Juan, como si me diría: "Mira lo que estoy haciendo, mira cómo disfruto de mamar una polla".
Juan estaba al límite. Sus gemidos se hacían más profundos, más desesperados. El rastro de la saliva de Susana brillaba bajo la luz de la luna, y yo sabía que lo que venía ahora iban a ser los fuegos artificiales de esa noche en las fiestas de Alfaro.
Juan ya no podía más. Sus dedos se hundieron en el pelo de Susana, guiando el ritmo frenético de su boca, mientras sus caderas daban sacudidas involuntarias. El silencio de las ruinas parecía contener la respiración con nosotros.
—¡Me corro, Susana! ¡Me corro ya! —gimió Juan, con la voz rota y las piernas temblándole.
Ella, lejos de apartarse, apretó las manos en sus glúteos y succionó con más fuerza, decidida a tragárselo todo. Vi cómo el cuerpo de Juan se tensaba en un último espasmo y, tras un gruñido gutural, descargaba toda su leche. Susana lo tragó todo con una naturalidad que me dejó mudo; sus mejillas se movían al compás de las pulsaciones de Juan, tragando y saboreando el premio de aquella apuesta que empezó tras unos zurracapotes en Alfaro.
Cuando por fin Juan se separó, jadeando y apoyado contra el marco de la puerta, Susana se relamió los labios carnosos con una lentitud provocadora. Me miró fijamente a través del cristal, con una mancha blanquecina recorriendo la comisura de su boca.
—¿Te ha gustado, churri? —me preguntó con un hilo de voz, mientras se pasaba la lengua por los labios para no dejar rastro fuera de su boca—. Porque yo todavía no me he corrido... y Juan todavía tiene fuerzas.
Me bajé del coche. El aire de la noche era puro, pero el olor a sexo que emanaba de la puerta abierta del coche era mucho más embriagador. Juan me miró, todavía recuperando el aliento, con un respeto nuevo en los ojos.
—Tío... no sé qué decir —balbuceó Juan mientras se subía los pantalones a medias.
—No digas nada, Juan. Súbete otra vez atrás con ella —le dije, mientras yo rodeaba el coche para ocupar el asiento del conductor—. Vamos a terminar la fiesta, ella no se ha corrido aún.
Juan se sentó en el asiento trasero, justo detrás del copiloto, con la espalda bien apoyada en el respaldo y las piernas abiertas, dejando que sus pies descansaran sobre la grava del camino, fuera del coche. Susana, todavía en topless se quitó su pantalón corto y con la respiración entrecortada, se colocó de espaldas a él. Con una agilidad que el alcohol solo había hecho más fluida, le puso su culito delante y colocó su coñito encima de su polla, dándole la espalda y dejándose caer sobre ella haciendo que se la clavara hasta dentro.
—Así, Juan... —susurró ella mientras guiaba el miembro de mi compañero, que volvía a estar pétreo, hacia su interior.
Se sentó de golpe, soltando un gemido que resonó en todo el valle de Ocón.
Fue entonces cuando yo entré en escena. En lugar de quedarme mirando desde fuera, me coloqué de pie en el hueco que dejaba la puerta abierta, justo frente a la cara de Susana. Ella, sobre Juan, quedaba a la altura perfecta de mi polla agachándose un poco sobre mi.
La imagen era brutal: yo estaba de pie, con mis pantalones bajados, sintiendo el aire fresquito en las nalgas mientras mi mujer, que subía y bajaba rítmicamente sobre la polla de Juan, me miraba de frente. Estábamos los tres formando un bloque de carne y deseo. Juan, sentado al fondo, agarraba a Susana por la cintura, empujando hacia arriba con fuerza; Susana, en medio, cabalgaba a mi compañero mientras sus labios carnosos buscaban mi propio rabo, que tenía a escasos centímetros de su boca.
—Joder que coño tiene tu mujer, Jorge... —jadeó Juan desde el fondo del asiento, con los ojos en blanco—, que no se te escape este pedazo de hembra.
Enterré mis dedos en el pelo de Susana, guiando su cara hacia mí. Ella abrió la boca con ganas, alternando la mirada entre Juan y yo, disfrutando de ser el nexo de unión entre su marido y su amante de una noche. El sonido de los cuerpos chocando en el asiento trasero se mezclaba con el de su succión, creando una sinfonía de vicio que solo las ruinas de Oteruelo podían presenciar.
Ella, entregada totalmente a la doble sensación, succionaba mi miembro con una pasión desesperada, alternando la mirada entre mis ojos y el vacío de la noche.
Justo cuando yo sentía que mi propia descarga estaba a punto de llegar y Juan rugía detrás de ella, Susana soltó un gemido que no se parecía a ninguno de los anteriores. Sus manos se clavaron en mis muslos con una fuerza increíble y sus uñas se hundieron en mi piel.
—¡Me corro... me cooorrooooo, yaaaaa, Jorge! —gritó ella, apartando por un segundo su boca de mí para poder tomar aire—. ¡Juan, no pares, sigue... sigue... sí.... sí.... así... así...!
Susana empezó a tener una serie de espasmos violentos. Sus músculos internos, lubricados por el deseo y el zurracapote, empezaron a estrujar la polla de Juan en una secuencia de contracciones que lo volvieron loco. Yo veía cómo sus ojos se apretaban y su espalda se arqueaba como un arco tenso bajo la luz de la luna. Fue un orgasmo largo, de esos que la dejan temblando, sacudiendo todo su cuerpo sobre el regazo de mi compañero.
Esa vibración de Susana fue definitiva. Juan, sintiendo cómo el coño de mi mujer lo estrujaba en pleno clímax, soltó un gruñido gutural y descargó toda su leche profundamente en su interior. Casi al mismo tiempo, yo también exploté, llenando su boca y sus pechos con mi semen.
Ella se quedó unos segundos paralizada, vibrando literalmente entre los dos, recibiendo la doble descarga mientras su propio orgasmo terminaba de recorrerla de arriba abajo. Fue un momento total: los tres jadeando, unidos por el sudor, la leche y el silencio de las ruinas de Oteruelo.
Susana se dejó caer pesadamente sobre el pecho de Juan, con una sonrisa de absoluta victoria. Se pasó la mano por el coño recogiendo semen que salía por el y la acercó a su boca juntándolo con el mío y restregándolo con la lengua por sus labios, saboreando las corridas, y me miró con picardía.
—Ahora sí... —susurró con la voz rota—. Ahora sí que podemos volver a Logroño.
Enfilamos la carretera de vuelta. El silencio en el coche ahora era de paz y vicio cumplido. Mientras las luces de Logroño aparecían en el horizonte, yo conducía con una sonrisa, sabiendo que mi mujer llevaba dentro de ella el mejor recuerdo de las fiestas de Alfaro.
Logroño dormía cuando el coche de Juan se detuvo frente a nuestro portal. Nos despedimos con un apretón de manos cargado con un secreto y esa complicidad silenciosa de quienes han compartido algo sagrado en las sombras de Oteruelo. Juan se marchó a su casa, seguro que todavía procesando la imagen de Susana entregada, y nosotros entramos en silencio.
En cuanto cruzamos el umbral de nuestro dormitorio, la atmósfera cambió. Ya no estábamos en el coche ni bajo la luna; estábamos en casa. Susana, sin decir una palabra, se desvistió por completo y se tendió boca arriba en nuestra cama, abriendo las piernas con una naturalidad que me aceleró el pulso de nuevo.
—Jorge... —susurró, mirándome con esos ojos que todavía brillaban por el alcohol y el orgasmo—. Límpiame. Quiero que me comas el coño y limpies la corrida de Juan.
Me arrodillé entre sus piernas. Allí estaba el rastro del vicio: el líquido de mi compañero asomando y recorriendo su rajita abierta, mezclado con su propia humedad. Era el trofeo de la noche.
Me acerqué lentamente, deleitándome con el aroma que emanaba de ella, una mezcla embriagadora de sexo, perfume y noche riojana. Empecé a usar mi lengua, recorriendo cada pliegue con devoción, saboreando el rastro de Juan que ella custodiaba para mí, introduciendo mi lengua en su vagina profanada por mi compañero del trabajo. Susana arqueaba la espalda y gemía suavemente, disfrutando de mi entrega mientras yo dejaba su coño impecable, reclamando mi territorio de la forma más dulce y viciosa posible.
Cuando terminé, ella me atrajo hacia sí, rodeándome con sus brazos y piernas, fundiéndonos en un abrazo cálido y húmedo.
—Gracias, churri, siempre pensé que te enfadarías si aceptaba a hacer realidad nuestra fantasía de sexo con otro y contigo —me dijo al oído antes de quedarse profundamente dormida—. El año que viene... volvemos a Alfaro.
Y mientras la abrazaba, supe que ese final, con ella limpia por fuera pero satisfecha por dentro, era el broche de oro para una noche que ni los mejores fuegos artificiales de San Roque podrían haber superado.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Conociendo a Julia y su cornudo
En la oscuridad de la sala, una mano desconocida se atreve a tocar lo prohibido. No es un robo, es una invitación.
Comparte:Voyeurismo consentidoTrio mfmCuckold
- Hetero: Infidelidad
Cojiendo con una extraña
Karla nunca imaginó que una mirada en la barra cambiaría su noche. Cuando Brayan descubre lo que sucede en el estacionamiento, la vergüenza se…
Comparte:Trio mfmCuckoldVoyeurismo consentido
- Hetero: Infidelidad
La Mujer del Portero (06)
Él sabe exactamente qué le excita a su esposa, y sabe cómo encender esa chispa sin tocarla. Solo necesita que otro hombre la mire de la manera…
Comparte:CuckoldVoyeurismo consentidoInfidelidad oculta
- Hetero: Infidelidad
Sus amigos filman un video conmigo. Foto
Cristian creía que solo estaba viendo un video, pero Peki tenía otros planes. Mientras él la observaba atado a una silla, ella decidió que la ficción…
Comparte:Voyeurismo consentidoTrio mfmCuckold
- Hetero: Infidelidad
Vivo de las mujeres decentes-libro 2 (Capítulo 4)
En la oscuridad del club, las miradas se cruzan y las manos se atreven. No hay nombres que importen, solo el calor de los cuerpos y el riesgo de ser…
Comparte:Infidelidad ocultaTrio mfmCuckold
- Hetero: Infidelidad
Vivo de las mujeres decentes-libro 2 (Capítulo 9)
La suite del hotel huele a promesas incumplidas y a deseo contenido. Cuando Carmen cruza la puerta, el aire se vuelve denso; su esposo la entrega con…
Comparte:Trio mfmVoyeurismo consentidoCuckold