La vecinita tonta
Detrás de la casa, donde la maleza oculta el mundo, Víctor encontró un rincón para sus fantasías prohibidas. Sofía, la hija del pastor, no sabía que sus ojos ya habían sido testigos de su desnudez. Ahora, el silencio del arroyo esconde secretos que podrían destruirlo todo.
Me llamo Víctor, tengo 58 años, casado, y vivo en una casa en las afueras de Monterrey. Con la jubilación parcial, las tardes son mías. Mi esposa trabaja y mis hijos ya son independientes. Detrás de la casa hay un arroyo escondido entre maleza espesa: un rincón cristalino donde nadie va. Lo descubrí hace tiempo y empecé a bañarme ahí, primero con bañador, luego desnudo. El morbo de la privacidad absoluta me ponía duro solo de pensarlo.
Un día, desde mi estudio, me masturbaba viendo porno cuando noté un destello en la casa vecina. Era Sofía, la hija de 18 años del pastor evangélico de al lado. Pecosa, piel lechosa, pelo largo, cuerpo delgado pero con curvas juveniles. Su padre la tenía casi encerrada: nada de chicos, nada de internet sin supervisión. Ella me observaba con unos binoculares. En vez de parar, abrí más las cortinas y me corrí mirándola directamente. El riesgo de que se lo contara a su padre me excitaba aún más.
Días después, la pillé en el arroyo buscando a su gato. Apareció entre la maleza, sorprendida al verme en slip.
—Tranquila, nadie más conoce este lugar —le dije—. Es nuestro secreto.
Ella miró mi cuerpo con curiosidad inocente. Le ofrecí ayudarla a buscar al gato y terminamos charlando junto al agua. Le propuse volver a bañarse algún día.
—Mi papá me mataría si se entera —susurró, pero sus ojos brillaban.
Empezó a venir a escondidas. Primero mojaba los pies, luego se metió con un bikini que le compré en secreto (uno atrevido que apenas le cubría). La tensión crecía: roces "accidentales" mientras le enseñaba a nadar, mis manos en su cintura, sus pechos rozando mi pecho. Ella fingía no notar mi erección bajo el agua, pero se sonrojaba y apretaba los muslos.
Un día llegué desnudo y me quedé dormido tomando el sol. Desperté con ella de pie, mirando mi polla semierecta.
—¿Por qué estás así? —preguntó inocente.
—Porque me excitas, Sofía. Cuando un hombre ve a una chica bonita, se pone duro.
Ella se quedó quieta, hipnotizada mientras mi verga crecía ante sus ojos. El morbo de estar expuestos en un lugar semi-público (cualquiera podía aparecer) me ponía al límite.
Poco a poco la convencí de hacer topless.
—Aquí nadie nos ve… solo tú y yo —le susurré.
Se quitó el sostén temblando, revelando pechitos pequeños, puntiagudos, pezones oscuros. Los lamí despacio mientras ella gemía bajito:
—Ay, no… ¿qué me haces?
Su inocencia fingida me volvía loco. Le bajé la braguita y la comí entera hasta que se corrió en mi boca, creyendo que se había orinado de la vergüenza.
Le mostré porno en mi tablet (escenas de maduro con joven). Ella miraba fascinada. Le puse la mano en mi polla; empezó a pajearme torpemente, luego a lamerla imitando lo que veía. Cuando la puse en cuatro y le lamí el culo y el coño, metí dedos en su virgen ano. Ella gemía:
—No… por ahí no… me vas a romper.
Pero empujé la punta de mi verga y se la metí un poco. El riesgo de que su padre la buscara por el jardín vecino nos ponía a mil. Me corrí dentro de su culo apretado, sintiendo cómo latía.
Pasaron días sin venir. Temí que lo contara. Pero volvió, más osada. Un viernes, padres fuera en congreso, vino desnuda al arroyo. Nos besamos con lengua, le chupé los pechos, la comí hasta que se corrió gritando. Luego me mamó con ganas, casi ahogándose cuando me corrí en su boca. El semen le salpicó la cara; se limpió roja de vergüenza y excitación.
La tumbé y le metí la polla despacio. Rompí su himen de un empujón; gritó, pero pronto gemía de placer. La follé en misionero, luego ella cabalgó hasta clavársela entera. Se corrió varias veces mientras yo la llenaba de leche dentro, sin condón, sin control. El riesgo de embarazo la aterrorizaba y excitaba al mismo tiempo:
—¿Y si me embarazo? Mi papá nos mata…
Pero seguía moviéndose, pidiendo más.
Durante casi dos años nos vimos en ese arroyo: baños desnudos, mamadas al aire libre, polvos arriesgados donde cualquiera podía aparecer. Cada encuentro era más intenso, más prohibido. Hasta que su padre la mandó a un internado. Aún sueño con su coñito apretado, sus pecas, y el morbo de follar a la hija del pastor en un lugar donde siempre corríamos el riesgo de ser descubiertos.
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